INVENTOS E INVENTORES: Historia de los inventos: El mundo secreto del átomo - 15ª parte
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Inventos e inventores

HISTORIA DE LOS INVENTOS

Fuente: Revista "Sucesos"

El mundo secreto del átomo - 15ª parte


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Galileo Galilei (1564-1643)

élebre matemático, físico y astrónomo italiano. Nacido en Pisa en 1564. Muerto en 1643. Descendía de una noble familia florentina. Su padre, que había estudiado Música con gran éxito, quiso hacerle aprender este arte así como el del Dibujo, pero él mostró poca inclinación a las Artes. Enviáronle a seguir la carrera de Medicina y Filosofía en Pisa mas las doctrinas peripatéticas que en aquella época reinaban no lograron satisfacer su penetrante inteligencia.

Desde entonces dejó adivinar las luchas que había de sostener en su vida, oponiéndose a las doctrinas de Aristóteles, lo cual le causó el antagonismo de sus profesores. Era aún alumno de la Universidad de Pisa cuando a la edad de diecinueve años hizo uno de los más hermosos descubrimientos. Hallábase un día en la catedral; sus ojos soñadores fijáronse en una lámpara suspendida en la bóveda y a la cual acababa el sacristán de comunicar un movimiento oscilatorio al ir a encenderla. Notó Galileo que las oscilaciones eran de la misma duración por más que su amplitud disminuía poco a poco; esta observación le inspiró la idea de aplicar el péndulo a la medida del tiempo, idea sobre la cual volvió a meditar después, y que no se realizó sino después de su muerte. Galileo, cosa extraordinaria, no cursó en aquella época más que imperfectamente las Matemáticas; las estudió solo, e hizo tales progresos que a los veinticinco años obtenía una cátedra en la Universidad de Padua. Se distinguió especialmente por las tendencias prácticas de su inteligencia y por huir de las vagas disertaciones que tan en boga hallábanse entonces. Puede considerársele como el verdadero fundador del método experimental. Inventó por aquella época el termómetro y la balanza hidrostática, que usó para la determinación de las densidades; estableció por medio de experimentos las leyes del movimiento de los cuerpos sometidos a la acción de la gravedad. Estos descubrimientos, en contradicción con las ideas que entonces reinaban, le crearon gran número de enemigos entre los profesores, tan apegados a las rancias tradiciones; mas no por eso abandonó el camino que había emprendido con una energía peligrosa para su tranquilidad.

La sencillez del sistema astronómico de Copérnico le había seducido; contenido, sin embargo, por las animosidades que sentía había de despertar, guardó por el momento una reserva necesaria y empleó cierta prudencia al propagar las nuevas teorías. Hallábase aún en Venecia cuando construyó en 1609 su telescopio, según indicaciones poco precisas; después de varios ensayos, y gracias a un trabajo constante, logró obtener un aumento de más de treinta veces. Sus observaciones se consagraron en un principio al estudio de la Luna, aprendió a medir las montañas de aquel satélite convenciéndose de que desde l a Tierra no se ve más que un mismo lado de él, excepto pequeñas libraciones que él llamaba titu beos. Aventuró la hipótesis de que la Luna podía estar habitada, conjetura que puso contra él a la escuela escolástica. Nuevas investigaciones dieron por resaltado los más brillantes descubrimientos sobre la composición estelar de la vía láctea, de los satélites de Júpiter, del anillo de Saturno y de las manchas y la rotación del Sol sobre su eje y las fases de Venus, etc., novedades todas ellas que venían a corroborar la presunción en favor del sistema de Copérnico.

Mientras Galileo siguió habitando el territorio de la República los odios fueron impotentes, porque no podían más que amenazarle de lejos, mas en 1610 fue él mismo a ponerse en manos de sus enemigos, accediendo a las instancias del gran duque Cosme II, que le llamaba a Toscana para colmarle de favores. Comenzóse desde entonces a calumniarle cerca de la corte pontificia, diciendo que sus opiniones astronómicas y sus descubrimientos estaban en contradicción con varios pasajes de las Sagradas Escrituras. Trataron en un principio sus enemigos de vencerle, valiéndose del ridículo; se le llamó visionario, se le hizo objeto de multitud de epigramas, y hasta hubo un imprudente predicador que le aplicó desde el púlpito este pasaje del Evangelio: Viri Galilei, quid statis inspicientis in cœlum?

Evidentemente Jesucristo había hecho una alusión al futuro astrónomo para ponernos en guardia por adelantado contra la inanidad de sus descu brimientos. Antes de atreverse a acusarle abiertamente se le tendió un lazo; denunciáronse a la Santa Sede las doctrinas de Copérnico con el objeto evidente de obligarle y comprometerle a salir a su defensa, como era fácil suponer. En efecto, Galileo las defendió porque sabía que eran la verdad, pero lo hizo con una hábil prudencia. Dijo que los pasajes de la Biblia que se oponían a la verdad científica habían sido mal interpretados, y que además el fin de las Sagradas Escrituras era la salvación de los hombres y no la enseñanza de la Astronomía. Estas declaraciones no dejaron satisfechos a los jueces, que pronunciaron la sentencia siguiente:

“Sostener que el Sol está colocado inmóvil en el centro del mundo es una opinión absurda, falsa en Filosofía y formalmente herética, porque es expresamente contraria a las Escrituras. Sostener que la Tierra no está colocada en el centro del mundo, que no es un punto inmóvil y que tiene un movimiento de rotación es también una proposición absurda, falsa en Filosofía y no menos herética en la fe.”

Al comunicar esta sentencia a Galileo se le advirtió, por medio del cardenal Bellarmino, que no defendiera en el porvenir las ideas condenadas. Prometió Galileo todo lo que se le exigió y se apresuró a volver a Florencia. Una vez allí no se creyó obligado a obedecer, y en lugar de cambiar su opinión sobre el movimiento de la Tierra y la rotación sobre su eje sostuvo el nuevo sistema con más ardor que nunca, y se dedicó a reunir las necesarias pruebas que debían darle el triunfo.

Concibió la idea de escribir un libro que pusiera al alcance de todas las inteligencias las verdades que había descubierto, y lo publicó en 1632 con este título: “Dialoghi quatro, sopra i due massimi sistemi del mondo, Ptolomaico et Copernicanum”. La mayor parte de los peripatéticos creyeron verse representados en uno de los interlocutores, Simplicio, cuyas ideas eran refutadas con vigor por los otros dos. Se hizo creer al Papa Urbano VIII que también él estaba representado en un personaje, y las pruebas de estimación que había dado a Galileo cambiáronse, desde entonces, en otros sentimientos. La obra fue entregada a la Inquisición, y Galileo, a los setenta años, hubo de comparecer ante aquel tribunal. Llegó a Roma el 10 de febrero y fue encerrado en el palacio de la Trinidad del Monte, residencia del embajador de Toscana, siendo tratado materialmente con ciertas consideraciones. Se le aconsejó en secreto que reparara el enorme escándalo que había dado al mundo proclamando el movimiento de la Tierra, que es absurdo puesto que está escrito: “Terra autem in œternum stabit quia in œternum stat”.

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