INVENTOS E INVENTORES: Historia de los inventos: El mundo secreto del átomo - 10ª parte
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Inventos e inventores

HISTORIA DE LOS INVENTOS

Fuente: Revista "Sucesos"

El mundo secreto del átomo - 10ª parte


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Benjamin Franklin

élebre físico y político norteamericano nacido en Boston el 17 de enero de 1706. Muerto en Filadelfia a 17 de abril de 1790. Era individuo de una familia de artesanos originaria de Northampton, y profesaba las doctrinas de los presbiterianos. Su padre, Josías Franklin, tintorero de tejidos de seda, salió de Inglaterra a fines del reinado de Carlos II y se trasladó al Nuevo Mundo con su mujer y tres hijos. Establecióse en Boston, y viendo que su oficio producía poco se hizo fabricante de velas de sebo.

Benjamín vino al mundo cuando Josías contaba veinticuatro años de residencia en aquella ciudad, y fue el decimoquinto entre diecisiete hermanos. Enviado a la escuela a la edad de ocho años a fin de que adquiriese la instrucción elemental, mostró aptitudes por las que decidió su padre consagrarle al ministerio evangélico; pero los gastos que suponía la realización de este proyecto obligaron a Josías a desistir de su propósito.

Entonces Benjamín ayudó al autor de sus días en las operaciones más comunes de la fabricación citada, tarea bien ingrata para el joven que, desde sus primeros años, había mostrado gran afición a la lectura, siquiera no pudiese satisfacerla más que en el pequeño número de libros que había en su casa, entre los cuales se encontraba afortunadamente el de las Vidas de Plutarco. Así, aquel obrero de diez años tornó por primeros maestros a los grandes hombres de la antigüedad.

Aficionóse por aquel tiempo con verdadera pasión a la Marina, mas su padre le apartó de aquel camino, y, notando el escaso amor de su hijo al oficio de fabricante de velas, trató inútilmente de inclinarle hacia otras profesiones mecánicas, tales como las de carpintero, tornero y cuchillero. Por último entró Benjamín de aprendiz (1718) en una imprenta que de Inglaterra había llevado su hermano Jacobo, firmando por nueve años el contrato da aprendizaje. Durante ocho años debía servir gratis a su hermano, quien en cambio le alimentaría, pagándole el jornal de un obrero en el noveno año. Pronto fue Benjamín un hábil cajista y comenzó a satisfacer su sed de lectura.

Resolvió no probar la carne, y la economía que resultó de esta frugalidad le permitió adquirir obras. Dedicaba las noches a leer todo lo que caía en sus manos. Comenzó sus estudios por el ensayo de Foe sobre los progresos y el de Mather sobre la buena manera de vivir; leyó después, y procuró imitar, a El espectador; aprendió sin maestro la Aritmética; leyó a la edad de dieciséis años el tratado de Locke sobre el entendimiento humano, la Lógica de Port Royal y las Memorias acerca de Sócrates, por Jenofonte, y acabó de educar su entendimiento con la lectura de una traducción de las Cartas Provinciales, uniendo para la controversia el buen sentido cáustico y la gracia de Sócrates a la alta ironía e invencible vigor de Pascal. Las obras de Collins y Shaftesbury le condujeron a la incredulidad. Su hermano había fundado un periódico, el segundo que se publicó en la América inglesa.

Benjamín que había ensayado sus dotes de poeta y que había renunciado a componer versos cediendo a las amonestaciones de su padre, el cual le decía que rara vez los poetas servían para cosa buena, envió al periódico, ocultando su nombre, algunos artículos y poesías que fueron publicados, y se contó entre los colaboradores hasta que Jacobo descubrió al autor de aquellos trabajos. Habiendo desagradado al gobernador general de la colonia uno de los artículos políticos de dicho periódico, Jacobo fue preso y se le prohibió la publicación de su hoja. Para burlar esta prohibición, Benjamín fue el editor nominal, para lo que recibió de su hermano su titulo de aprendiz y la libertad respecto del compromiso anterior; mas, por un convenio secreto, debía continuar sirviéndole como aprendiz hasta el término del contrato primitivo.

Jacobo era violento y solía golpear a su hermano; éste, no pudiendo resistir por más tiempo tan malos tratamientos, emancipóse de su familia y, secretamente, se embarcó (septiembre de 1723) para Nueva York, sin llevar dinero ni recomendaciones. Allí, como antes en Boston, no halló trabajo, y por mar se trasladó a Filadelfia en una mala barca que inundó la lluvia, y donde le atormentaron la sed y el hambre. Fatigado, lleno de lodo, en traje de obrero y con un dólar, desembarcó al cabo. Compró enseguida tres panes y con ellos penetró en la ciudad, pasando por delante de la casa de su futura esposa, miss Read, que estaba a la puerta, y a quien llamó la atención el extraño aspecto del forastero.

Benjamín Franklin contaba a la sazón diecisiete años de edad y se veía abandonado a sí mismo. Logró ser admitido en el establecimiento de un mal impresor llamado Keimer, y a fuerza de trabajo y habilidad pudo sacar buen partido de un material muy imperfecto. Ganó por esta las simpatías de Guillermo Keith, quien le propuso que se estableciera en la provincia de Pennsylvania, en la que Guillermo era gobernador; marchó con una carta de Keith a pedir a su padre la cantidad necesaria para montar una imprenta; y como Josías no quiso dársela porque le juzgaba demasiado joven, regresó a Filadelfia, y, aconsejado por Guillermo, fue a Inglaterra a fines de 1724 para adquirir caracteres y una imprenta; pero cuando llegó a Londres notó con sorpresa que las cartas de recomendación que el gobernador le había dado no se referían a sus asuntos ni a su persona. Hallóse, pues, sin dinero, sin crédito, sin amigos, mas no perdió el ánimo.

Trabajó sucesivamente en los establecimientos de Palmer y Wall, los dos impresores más célebres de Londres, y siendo más sobrio y laborioso que sus compañeros tuvo siempre pequeñas cantidades y les prestó muchos servicios, procurando a la vez moralizarlos. No careció de faltas. Dispuso para él o para sus camaradas una suma que Vernon, su amigo, le encargó que cobrara, si bien no le fue reclamada en mucho tiempo; escribió una sola vez a miss Read, a la que había dado palabra de casamiento; con su indiferencia dio ocasión a que la joven, instada por su madre, casara con un hombre indigno que la hizo muy desgraciada, y trató de conquistar a la querida de un amigo, falta excusable en un obrero que aun no habla cumplido veinte arios. Mientras residió en Londres, siguió consagrando sus ocios al estudio, y compuso el folleto materialista titulado De la libertad y la necesidad, el placer y la pena, que luego señaló como uno de sus pecados.

Pasados dieciocho meses volvió a Filadelfia (11 de octubre de 1726); estuvo algún tiempo empleado en un comercio de mercaderías preciosas, y muerto el dueño del mismo entró de nuevo en la imprenta de Keimer. Poco después (1728) abrió un establecimiento con un asociado, Meredith, que aportó los fondos necesarios y no tardó en ceder sus derechos a Franklin, a cambio de una corta indemnización y el reembolso de las sumas gastadas. Franklin en total debía satisfacer el equivalente a 95 dólares (del año 1912).

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