INVENTOS E INVENTORES: Historia de los inventos: El mundo secreto del átomo - 13ª parte
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Inventos e inventores

HISTORIA DE LOS INVENTOS

Fuente: Revista "Sucesos"

El mundo secreto del átomo - 13ª parte


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Benjamin Franklin (continuación)

letra capitular En esta época presentó la petición del primer Congreso americano, y noticioso de que se trataba de prenderle se embarcó para el Nuevo Mundo (22 de marzo de 1775), a donde llegó seis semanas más tarde, siendo inmediatamente elegido diputado de dicho Congreso. Como individuo de las comisiones de Seguridad y Correspondencia general se mostró infatigable, y también fue individuo de la comisión que propuso al Congreso la declaración de independencia, declaración pronunciada en 4 de julio de 1776. Faltando recursos para la guerra buscóse la ayuda de Francia, y Franklin, nombrado comisario de los Estados Unidos en esta nación y acompañado de Silas Deane y Arturo Lee, partió de Filadelfia en 22 de octubre y llegó a París en el mes de diciembre.

Esperando el día en que se le recibiera oficialmente por el gobierno establecióse en Passy, manteniendo relaciones amistosas con madam Helvetius y los literatos y filósofos franceses mas distinguidos, y prosiguió sus negociaciones a la vez con Francia, España y Holanda. Con el primero de estos países ajustó un tratado (6 de febrero de 1778) que imponía a Francia todas las cargas de la guerra sin asegurarle ventaja ninguna, y que, sin embargo, excitó en el país inmenso entusiasmo. En París visitó por aquellos días a Voltaire, que después de hablar con él un rato en inglés, al continuar en francés el diálogo lo dijo: “No he podido resistir al deseo de hablar un momento la lengua de Franklin”; y como el sabio de Filadelfia pidiera al patriarca de Ferney la bendición para su nieto, Voltaire, alzando las manos sobre a cabeza del joven, pronunció estas palabras: “God and liberty (Dios y libertad): he aquí la única bendición que conviene al nieto de Franklin.” Poco después se encontraron en una sesión de la Academia de Ciencias y tomaron asiento el uno al lado del otro.

El público contemplaba emocionado a los dos ancianos, que, cediendo a un impulso irresistible, se abrazaron, dando motivo así a una prolongada salva de aplausos. Era, ha dicho un biógrafo, el genio brillante y renovador del Viejo Mundo abrazando al genio sencillo y emprendedor del Nuevo. Franklin completó su obra diplomática ganando para su país el concurso de España (1779) y Holanda (1780), y la neutralidad armada, concluida en agosto de 1780, entre Rusia, Dinamarca y Suecia. El Ministerio de Shelburne y de Fox, que sucedió en Inglaterra al de North, abrió negociaciones con la corte de Versalles y los comisionados americanos, con independencia unos de otros, si bien Francia y los Estados Unidos se comprometieron a obrar de acuerdo. Sin embargo, los representantes de la República norteamericana aceleraron el convenio con la Gran Bretaña, y sólo cuando le habían firmado comunicaron sus artículos al país amigo. Franklin se disculpó por esta extraña conducta, y conservó el afecto de la corte francesa.

El tratado definitivo se firmó en 3 de septiembre de 1783, y Franklin solicitó permiso para regresar a su patria, pero no lo obtuvo hasta dos años más tarde, y en este tiempo ajustó tratados de comercio con Suecia y Prusia. Tras ocho años de residencia en Francia volvió a América, siendo llevado desde Passy al Havre, donde embarcó (28 de julio de 1785), en una litera que le prestó la reina, porque el mal de piedra, que padecía no le permitía ir en carruaje. Recibido con gran entusiasmo en Filadelfia (14 de septiembre), fue en seguida elegido individuo del Consejo ejecutivo supremo de Filadelfia, y, pasado corto plazo, presidente del estado de Pennsylvania.

Representó al mismo estado en la célebre Convención de 1787 que, bajo la presidencia de Washington, revisó la Constitución federal; tomó parte activa en esta obra, y expirada la época de su mandato se retiró de la política. La enfermedad que sin cesar le atormentaba desde 1782 agravó su estado de día en día, y le obligó en el último año de su vida a guardar cama y a usar con frecuencia el opio; pero el dolor no turbó su serenidad ni debilitó la bondad de su carácter. Su pensamiento, cada vez más fijo en Dios, le hacía esperar tranquilamente la hora de su muerte, que era a su juicio el comienzo de otra vida.

Una pleuresía aguda, y no el mal de piedra, puso término a su existencia. El Congreso ordenó que en toda la Confederación se guardara luto durante dos meses, y en Francia la Asamblea Constituyente, a propuesta de Mi rabeau, acordó llevar tres días luto por Benjamín Franklin. Turgot resumió los méritos del ilustre norteamericano en este verso célebre: Eripuit cœlo fulmem sceptrumque tyrannis (Arrebató el rayo al cielo y el cetro a los tiranos).

Las Obras de Franklin se publicaron en Londres (1806, 3 vol. en 18.°), y un nieto suyo imprimió sus Memorias y sus Obras póstumas (1817, 3 vol. en 4.°). Jared Sparks dio a las prensas una edi ción completa de las Obras de Franklin (Boston, 1840, un vol. en 8.°), cuyo nombre se dio en los Estados Unidos a un gran número de comarcas y ciudades poco importantes.

Robert Fulton

Célebre mecánico norteamericano, nacido en Little-Britain (Pennsylvania) en 1765 y muerto el 24 de febrero de 1815. Hijo de una familia de emigrados irlandeses que vivían casi en la miseria, quedó huérfano de padre cuando sólo contaba tres años de edad, y aprendió a leer y escribir. Única instrucción que recibió en la escuela de un pueblo pero dando ya muestras de su ingenio consagraba al estudio los ratos de ocio. Entró luego en el taller de un joyero de Filadelfia para aprender el oficio; estudió al mismo tiempo la Pintura, y con el producto de la venta de sus paisajes y retratos ganó en cuatro años lo bastante para comprar una pequeña quinta, que cedió a su madre.

A la edad de veintidós años se trasladó a Londres fue admitido, por recomendación de Samuel Scorbitt, en el estudio de West, que ya había adquirido gran reputación, y pasó algunos años recibiendo las lecciones de este maestro. Convencido de que no era la Pintura su verdadera vocación, dejó la paleta y se consagró exclusivamente a la mecánica.

Merced a sus trabajos en Exeter (condado de Devon), logró la protección del duque de Bridgewater y del conde de Stanhope, tan conocido en Inglaterra por su amor a las artes mecánicas; regresó a Londres, donde se unió por estrecha amistad a su compatriota Jacobo Remsey, mecánico muy distinguido, y gracias a esta intimidad, si no mienten sus biógrafos, adquirieron gran desarrollo sus facultades inventivas.

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