LENGUA - LAS LENGUAS PENINSULARES: Los dialectos - 11ª parte
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LAS LENGUAS PENINSULARES

Los dialectos - 11ª parte


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Dialectos del castellano (continuación)

El castellano de América

ás de cien familias de lenguas se hablaban en América cuando llegaron los colonizadores. La conquista, el sometimiento y la cristianización impusieron sobre ellas el castellano, que se habla hoy en las repúblicas de México, Cuba, Dominicana, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay y Uruguay (en todas ellas es lengua oficial; en Paraguay lo es también el guaraní), además de Puerto Rico. Se habla asimismo castellano en el sudoeste de los Estados Unidos.

Los colonizadores vieron muy pronto el conflicto entre su lengua y las de los indígenas y lo plantearon desde puntos de vista distintos: los intereses de los militares y los burócratas no siempre coincidieron con los de los clérigos. Ciertas lenguas se primaron para la comunicación entre pueblos diversos y para la predicación (el quechua, el guaraní), y muchas sobrevivieron (ya fuera por la fidelidad a ellas de sus hablantes, el apoyo de la Corona o de órdenes religiosas como los jesuitas, o la ausencia de medios para enseñar el castellano a los indios).

Sobrevivieron hasta el punto de que, a principios del siglo XIX, sólo un cuarto de la población de las colonias hablaba castellano; pero ésta era la lengua de los sectores hegemónicos (españoles o criollos), de la administración y de la cultura. Cuando las colonias se constituyen en repúblicas independientes, a lo largo de ese siglo, el castellano es -paradójicamente, acaso- asumido como lengua nacional de los nuevos Estados y, valorado como eficaz instrumento de cohesión, su difusión aumenta y se regulariza: hoy es la lengua de millones de americanos, incluidos los hablantes de las lenguas autóctonas, en su mayor parte bilingües.

El castellano de América es, en lo esencial, la lengua que se habla en la Península. Obviamente, desde el punto de vista de la norma peninsular, es una variedad. Y, por encima de su evidente diversidad geográfica (un mejicano no habla igual que un argentino, un cubano no lo hace como un chileno), presenta una considerable unidad.

Esta unidad es visible en el plano fónico: el seseo ("pasiensia" por "paciencia"), la aspiración o desaparición de la /s/ al final de sílaba o palabra ("boh.que" por "bosque"), el yeísmo ("caye" o, frecuentemente "cae", con /y/ rehilante, en lugar de "calle"), el trueque entre /r/ y /l/ al final de sílaba ("almario" por "armario"), la aspiración de la h- inicial procedente de la latina ("jhablar" por "hablar") son fenómenos ampliamente extendidos en el castellano de América (y los dos primeros absolutamente generales). La coincidencia de estos rasgos con los que presentan el andaluz y los dialectos meridionales ha dado lugar a una larga polémica.

Unos lingüistas piensan que la evolución del castellano hablado en tierras americanas siguió las pautas ofrecidas por el andaluz, en el cual los rasgos citados se documentan desde finales del siglo XV. Apoya esta tesis la participación masiva de andaluces (que llegaron a un sesenta por ciento de los primeros expedicionarios) en la colonización de las Antillas, donde su habla se convertiría en norma de la primera sociedad criolla y serviría como modelo del castellano extendido a otros lugares del continente. La influencia, además, de Cádiz y Sevilla, que centralizaron durante siglos el comercio y las relaciones con América, sería decisiva en la formación de hábitos lingüísticos de las sucesivas oleadas de colonizadores.

Otros investigadores alegan que los rasgos fónicos citados ni son exclusivos de los dialectos meridionales (en efecto, varios de ellos se encuentran en otras zonas de la Península) ni son lo uniformes que a veces se pretende; y piensan que tales rasgos responden más bien a una tendencia de la lengua, con independencia del influjo andaluz, que sin duda existió (por ejemplo en el seseo), pero no como causa única.

La primera de estas dos interpretaciones cuenta hoy con más partidarios, pero el problema, a falta de estudios dialectológicos rigurosos, no está enteramente resuelto.

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