LA RADIO EN LA LITERATURA: ¡INTRUSOS!

“Fatigas, pero no tantas, / que a fuerza de muchos golpes / hasta el hierro se quebranta.”
[Manuel Machado]

 

De nuevo una reseña que no esperaba realizar. Cuando compré la trilogía de este autor, jamás pensé que, por la temática, la radio estuviera presente. Y me equivoqué. Los libros de Meana –o al menos los que me encontré en la librería que suelo visitar en mis viajes a la Ciudad Condal- tienen como campo de acción el MUNDO NAVAL o POLAR y eso fue lo que me hizo adquirirlos. Hoy debo decir que, además, me ha tocado disfrutarlos.

La verdad, este segundo que acabo de finiquitar, me cautivó. Y como siempre decimos: ¡Qué diferencia respecto a otros autores que, con menos mimbres, se creen que pueden pontificar y, para colmo, tienen la caradura de considerarse escritores!

LA RADIO EN LA LITERATURA: ¡INTRUSOS!

LA RADIO EN LA LITERATURA: ¡INTRUSOS!

El segundo libro de la trilogía EL PILOTO AZUL se titula ¡Intrusos! Una leyenda de la Antártica, Elías Meana Díaz, Editorial Noray, Barcelona 2005. Me llamó la atención su portada: un hombre y dos animales antárticos que son sus ayudantes impertérritos y, ante ellos, una buena cantidad de pingüinos, los albatros volando y el navío anclado en la bahía con su característico color rojo [y pensar que entre la comunidad educativa hay personas que no aconsejan ese color porque, dicen, es el color asesino] especialmente para su servicio en la Antártica..

Nos encontramos ante un texto asequible, con un cuidado vocabulario que, a poco que te guste el tema, te acaba cautivando, incluso pueden ser leídos con cierta facilidad por los jóvenes, aunque eso sí con un diccionario a mano para tratar de entender el vocabulario específico que habitualmente no se escucha fuera del contexto del mundo naval. Explicaciones a pie de página van aclarando conceptos del mundo del mar e incluso de las ciencias naturales, las especies también las cita por su taxonomía en latín.

Como hilo conductor: la leyenda de los primeros hombres que anduvieron por las tierras australes y el primer naufragio de la historia en aguas antárticas que fue el San  Telmo [alguna vez filatelizado, si mal no recuerdo fue en una serie de la temática EUROPA hace ya bastantes años] que ha sido llevado a las páginas de las publicaciones especializadas en filatelia polar numerosas ocasiones.

A partir de esos hechos históricos engarza una historia que, me imagino, engancha a nuestros jóvenes [o al menos eso es lo que debería ocurrir] a los que les hilvana una narración llena de rigor y humanidad con personajes del mundo animal en los que entronca al protagonista principal y sus amigos [lobo marino, skúa, albatros y cachalote básicamente] de la región; los “humaniza” y viven una apasionante aventura tratando de evitar la despiadada actividad de unos piratas o el desembarco no menos pernicioso de centenares de turistas que cada año se desplazan a esas latitudes que poco a poco van dejando de ser vírgenes. ¡El hombre no tiene límites a la hora de sacar los cuartos a sus congéneres, así que el turismo polar está batiendo récords impensables hace un par de décadas!

Meana realiza un viaje introspectivo sobre un submarino alemán hundido en la guerra, los piratas que intentan saquearlo y, una vez finiquitado este hilo conductor, entra en escena cómo librarse del crucero a fin de evitar sus desastrosas consecuencias para la gran colonia de aves que ya están nidificando y viendo llegar a sus polluelos; para animar aún más la narración le busca un romance al personaje principal que es el sobreviviente de aquel histórico naufragio del San Telmo de 1819. Sólo un pero que, posiblemente, ha sido un lapsus para el autor, en determinado momento pone a Anne Marie [la piloto del pequeño helicóptero] en Diego García en la página 207 [sin duda debería querer decir Diego Ramírez] si en realidad se refiere a la isla del Océano Índico es evidente que se aleja del escenario varios miles de kilómetros y, además, el personaje tampoco da por hecho que haya estado en esas islas a medio camino entre Mauricio y las Maldivas que actualmente son una Base Naval de los Estados Unidos y que entraron en la historia por una serie de acontecimientos, aunque quizá los más recientes sean las exigencias de algunos de los pocos que tuvieron la oportunidad de nacer allí en el siglo pasado y que reclaman el derecho a decidir regresar ante las autoridades británicas [pero no nos engañemos, en el fondo lo único que persiguen es seguir viviendo del erario público a base de alegar derechos que no tienen porque cualquiera que haya analizado todo lo alusivo a las islas de los denominados BIOT verá que nada de eso es posible y que, en todo caso, el reclamante es el primero que tiene que estar callado por haber violado los pactos para instalarse en esos diminutos y aislados territorios].

Las alusiones a la radio son esencialmente en su versión UTILITARIA dentro de las necesidades de comunicación en la región en cualquiera de las rutinarias actividades que se realizan o los desplazamientos que se programan. La radiodifusión como tal, prácticamente no tiene cabida, pero no deja de ser menos interesante esta faceta que ha permitido durante más de un siglo mantener en contacto a los hombres de toda condición incluso en las condiciones más difíciles. Como siempre, al final del párrafo va, entre corchetes y negrita, la página en la que se encuentra esa referencia.

“Esta novedad no dejaba de traer algún que otro “disgustillo” a la intrépida joven, como el que se llevó la primera vez que se puso en contacto por radio con la torre de control de Marsh a fin de notificar su despegue del rompehielos y solicitar instrucciones para el aterrizaje y las condiciones meteorológicas sobre la pista.

Esto fue lo que ocurrió:

-Torre de control de Marsh, aquí Oscar Mike. ¿Me reciben? –llamó en perfecto castellano.

-¿Quién llama a Marsh? –contestaron después de un prolongado silencio.

-Marsh, aquí Oscar Mike, helicóptero del rompehielos Étoile Polaire. ¡Buenos días! Me dispongo a despegar con destino a ese aeropuerto y solicito información meteorológica y de las condiciones de la pista, cambio.

Oscar Mike, aquí Marsh. ¿Está el piloto en la cabina? –preguntaron tras un silencio todavía más prolongado.

-El piloto soy yo, la persona que les está hablando –contestó mosqueada, sin por ello permitir que su voz le delatara.

-Señora, esto es una frecuencia de seguridad aérea y usted la está comprometiendo con su chanza. Búsquese otro pasatiempo y deje de transmitir.

-Aquí Oscar Mike. Me dispongo a despegar. Muchas gracias por su colaboración. En pocos minutos podrá contemplar cuál es mi pasatiempo favorito -contestó, ahora sin preocuparse de que se le notara el cabreo.

-Aquí Marsh, las condiciones locales son las siguientes: cubierto 5/8; altura de las nubes, trescientos pies; visibilidad, cuatro millas; viento en calma; temperatura de seis grados centígrados negativos. La pista está cubierta por veinticinco centímetros de nieve solidificada pero no presenta peligro ni obstáculo alguno para que un helicóptero tome tierra. De cualquier forma, solicitamos que en cuanto tenga a la vista esta torre de control nos vuelva a llamar –contestaron precipitadamente.

-¿Algún problema? –le preguntó el capitán mientras accedía a la diminuta cabina.

-Ninguno, capitán, nos esperan a pie de pista. ¿Listo para el despegue? –preguntó con una sonrisa.

-Listo –contestó abrochándose el cinturón de seguridad.

-Marsh, aquí Oscar Mike; inicio despegue.

-Aquí Marsh, recibido.

-¿Es usted militar? –preguntó el jefe de la base a Anne Marie, cuando, tras el recibimiento y ya en una confortable sala, se despojó, como todos, de la prenda de abrigo, una gruesa cazadora de piel, dejando a la vista la gola que pendía de su cuello.

-¡No!, soy piloto civil –contesto-. Es sólo un recuerdo…, un fetiche –añadió, dando por hecho que era la reluciente insignia la que daba pie a la pregunta.” [16/17]

No obstante, voy a llamarla; a lo mejor está volando lo suficientemente alto como para tener cobertura.

-De cualquier forma, vamos a aproximarnos; cuanto menos tiempo necesite para llegar a casa, mejor para todos –añadió el capitán.

-Estamos de acuerdo –corroboró Ekke, tomando el micrófono del aparato de VHF que, a la altura de sus ojos, se fijaba sobre el mamparo que separaba el puente del cuarto de derrota.

Oscar Mike, aquí Delta Hotel –llamó, mientras el capitán ordenaba hacer rumbo a Decepción.” [45]

“-Llama a tu amigo –insistió Ignacio.

Como un autómata, cogió el walkie-talkie y llamó.

-Walter, ¿me escuchas? Walter, ¿puedes oírme? –llamó sin obtener respuesta.

-¡Rápido, búscale! –ordenó a Rascadota [en los dos libros siempre aparecía Rascasota, evidentemente es un error de mecanografiado o bien el corrector automático ha hecho de las suyas] que, sin decir ni pío, levantó rauda el vuelo.

-Tu amigo estará metido en alguna grieta que le impide la recepción, pero no te preocupes, enseguida sabremos de él –le reveló con una sonrisa que pretendía tranquilizarlo.

Anne-Marie, entendiendo que lo que quería decir era que insistiera en las llamadas, intentó de nuevo obtener contestación.

-El hombre está caído en el fondo de un pequeño cráter que hay a unos quinientos metros de aquí; el castañazo ha debido de ser de padre y muy señor mío –le informó en ese momento Rascasota desde el aire, mientras se aproximaba a la máxima velocidad que le permitían sus alas.

-¿Se mueve? –preguntó.

-No se mueve, pero creo que respira; he podido ver que tiene la frente ensangrentada –respondió.

-Deja de llamarle y prepárate para despegar; tu amigo ha sufrido un accidente cerca de aquí. En dos minutos estoy de vuelta con él –informó escuetamente a Anne-Marie, para a continuación salir disparado.” [47]

Oscar Mike, aquí Delta Hotel, ¿me recibes? –llamó Ekke por cuarta vez.

A quinientos cincuenta pies sobre el nivel del mar, altura a la que en ese momento volaba Anne-Marie, la voz de su amigo salió clara y potente por los auriculares que colgaban de su cuello. Fue a contestar pero Rascasota, que olfateaba una nueva turbulencia, cambió de rumbo, y le faltó una mano para actuar sobre la llave del micrófono.

-¡Lo tengo en el radar! –exclamó el capitán en ese momento, refiriéndose al helicóptero, cuyo minúsculo eco acaba de aparecer en la pantalla despegándose del que producía el contorno de la isla.

Delta Hotel, aquí Oscar Mike, recibo fuerte y claro –oyeron responder a Anne-Marie, que, libre la mano de la maniobra pudo pulsar el micro.

-Está volando hacia el este, debe de tener averiado el compás. Dile que vire noventa grados –avisó Calcató, que, siguiendo el vuelo, no apartaba la vista de la pantalla.

-Anne-Marie, estás fuera de rumbo, vira noventa grados –informó Ekke directamente, obviando la llamada protocolaria.

-Lo sé, pero estoy tratando de evitar las turbulencias.” [50]

“¡Te vemos! –exclamó alborozado Ekke por la radio.

-Y yo a vosotros –contestó mecánicamente.” [52]

El patrón del bote había notificado el accidente al barco mediante el walkie y, también por radio, se había solicitado ayuda a la base, a la vez que el médico de a bordo se disponía a acudir al lugar del accidente en la neumática equipada con un potente “fuera borda” que permanecía siempre alistada al costado del barco para casos de emergencia.

La comunicación entre el barco y la base se había realizado en el canal 16 de VHF, el canal de socorro y seguridad marítima en el que todas les estaciones, tanto las de tierra como las de a bordo, están obligadas a mantener escucha permanente y había sido captada en el Étoile Polaire, que se encontraba navegando por el estrecho canal que separa la isla de Doumer de la de Anvers. La distancia que les separaba por el aire del lugar del accidente era de dieciséis kilómetros, a los que había que sumar otros nueve para llegar a Palmer, a cuya enfermería sería trasladado el herido en primera instancia. El Alouette podía recorrer estos trayectos en menos de veinte minutos, aunque, en este caso, no era la velocidad lo que primaba, sino la conveniencia de evacuar al herido con el menor traqueteo posible, razón fundamental por la que, tanto el capitán del Globetrotter, como el jefe de la base, no habían dudado en aceptar la ayuda.” [204/205]

“Mientras tanto, Anne-Marie, situada de nuevo a popa del iceberg, tomó el micrófono y llamó al rompehielos.

-Delta Hotel, aquí Oscar Mike. ¿Me recibís?, cambio.

-Oscar Mike, aquí Delta Hotel, fuerte y claro. Adelante, Anne-Marie –contestó Ekke.

-Oscar Mike, volando sin novedad. En quince minutos estaré a vuestra altura, cambio.

-Aquí Delta Hotel, recibido. Hace diez minutos que nos informaron desde Palmer de tu despegue y empezábamos a preocuparnos. ¿No te funcionaba la radio?

-La radio no ha dejado de funcionar,  pero he estado muy entretenida; volando sobre el glaciar, me ha sorprendido un chubasco que me ha obligado a dar un rodeo –contestó, ruborizándose por la mentira.” [217/218]

Y hasta aquí lo que dio de sí el segundo volumen de la trilogía de Meana. Ahora toca hincarle el diente al tercero y último para dar por concluida esta pequeña entrega de temática Antártica y en donde la radio es uno de esos auxiliares imprescindibles para todos los que investigan o viajan por aquellas latitudes australes.

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