HISTORIA DEL HUERTO URBANO. UNA OPCIÓN SOSTENIBLE Y DE REGRESO A LA NATURALEZA

INTRODUCCIÓN

El creciente proceso de urbanización tiende a que la población viva cada vez más aglomerada y en espacios muy alejados del entorno natural. Según un informe de ONU-Hábitat, en tan solo dos décadas el 60% de la población mundial vivirá en ciudades. Esta realidad empuja a la sociedad a desvincularse del medio rural, productor de los alimentos básicos para la subsistencia, y a ignorar su extrema dependencia de una serie de medios y recursos, que deben ser continuamente explotados para mantener esa forma de vida muy alejada de los orígenes del ser humano, que primero fue recolector y más tarde agricultor y ganadero, atesorando un conocimiento de miles de años en el proceso de domesticación de animales y plantas.

El incremento constante de la población, especialmente en las zonas urbanas, es igualmente una causa al alza de demanda de alimentos, cuyo impacto e implicación medioambiental ya está ampliamente estudiado y suficientemente reconocido en la actualidad. El huerto urbano como opción sostenible, viene no sólo a ofrecer un apoyo a la economía familiar, la autogestión alimentaria o la recuperación de aquellos sabores que recordamos de los frutos madurados al sol, sino también un cambio sustantivo en el funcionamiento de los agroecosistemas.

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Agricultura urbana en Chicago
Imagen: Creative Commons CC BY 2.0 (Linda from Chicago, USA – New crops)

Que una parte de la alimentación provenga del autoconsumo ecológico, implica una menor demanda de alimentos externos y, en consecuencia, una menor presión sobre los procesos de producción intensiva, los cuales consumen grandes cantidades de agua y energía, y generan mayor contaminación atmosférica. El uso de maquinaria agrícola y el transporte de las mercancías, es un factor añadido a la presión sobre el medioambiente, que queda en parte mitigado con el recurso de la agricultura urbana.

La primera definición oficial de agricultura urbana, fue publicada por la FAO en 1999, en el siguiente sentido: “la practicada en pequeñas superficies (solares, huertos, márgenes, terrazas, recipientes) situadas dentro de una ciudad y destinadas a la producción de cultivos y la cría de ganado menor o vacas lecheras para el consumo propio o para la venta en mercados de la vecindad”.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Los primeros asentamientos humanos

Aunque los huertos urbanos y otras formas de agricultura salpican actualmente las urbes de las grandes ciudades, podríamos decir que esta realidad constituye una mínima aproximación a las actividades agrícolas de los primeros asentamientos.

Cuando el ser humano dejó de recolectar los frutos silvestres y entendió que las plantas podían ser domesticadas, detuvo su peregrinaje en la búsqueda del alimento, se asentó y comenzó a cultivar a su alrededor. Los cultivos y las estructuras que le servían como vivienda constituían un lugar común. Con la domesticación de animales pudo reducir su dependencia de la caza y la pesca, creando paulatinamente con su actividad un ecosistema en sí mismo: animales y plantas empezaron a cubrir las necesidades básicas de subsistencia. Y así, el huerto, el establo y la vivienda pasaron a formar parte indivisible y necesaria para la vida ordinaria.

Ya cubiertas las necesidades básicas de alimentación, los humanos comenzaron a crear sociedades alrededor de sus tierras de cultivo, por varias razones: fundamentalmente por seguridad para protegerse de otras tribus, pero también para cooperar entre sus miembros y hacer más llevaderas las labores agropecuarias.

El alejamiento del medio natural

Cuando las ansias de expansión se apoderaron del ser humano, los periodos de conflicto, las guerras y conquistas entre distintos pueblos y civilizaciones, obligó a que aquellas primeras sociedades que eran abiertas, terminasen muchas de ellas recluidas en castillos y fortalezas. Las tierras de cultivo ya iban quedando puertas afuera, con altas murallas separándolas de los habitantes que las mantenían. Ese “todo”, que englobaba la tierra y la vivienda comenzó a transformarse, sufriendo la humanidad que vivía en grandes comunidades un progresivo alejamiento de la naturaleza.

El nacimiento de los jardines-huerto

A pesar de que Naturaleza y ser humano parecían darse la espalda, las distintas formas de agricultura (aunque predominando la jardinería) fueron actividades que se intentaron llevar al núcleo de la residencia, y así, se puede distinguir históricamente esa vinculación en civilizaciones como la bizantina, egipcia, griega o romana.

La romana constituye sin duda un referente histórico. Una sociedad eminentemente rural formada por agricultores, fue convirtiéndose en urbana progresivamente, pero conservando fuertes lazos con la agricultura, hasta el extremo que el derecho romano perfeccionó un importante tratado en cuanto a lindes, propiedades rurales, comunidades de aguas, etc, que no sólo sirvió al pueblo romano, sino también a todos los que constituían el imperio que se extendía por todo Occidente. Mucha legislación actual, sigue basándose en aquel derecho romano tan preciso.

La agricultura romana dio también origen a variada literatura, escrita por agricultores de la época basada en las experiencias propias y comunitarias.

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Relieve de una actividad agrícola en la antigua Roma
Imagen: natureduca.com

Con el Renacimiento surgen los jardines-huerto, y en el siglo XVIII se populariza el concepto de “paseo”, potenciándose los jardines en el interior de las ciudades, en muchos casos intentando emular a la naturaleza dentro de ese ambiente eminentemente urbano.

Los monasterios como huertos para la ciencia

Aunque el concepto de huerto urbano aún empezaría a despuntar a comienzos del siglo XIX, esos espacios ya eran muy notorios y productivos en la Edad Media en monasterios y conventos. En ellos se cultivaban muchos productos de huerta que abastecían, no sólo a las congregaciones religiosas, sino también a sus aledaños.

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Jardín-huerto monástico – Museo Cluny París

Es precisamente en el ámbito cerrado de las instituciones monacales, donde nace la ciencia agronómica. Los monjes, además de estudiosos de la literatura y traductores de obras clásicas, ejercían la experimentación biológica y el aprendizaje sobre todo lo que cultivaban. En este sentido, cabe citar al monje agustino austriaco Gregor Joham Mendel, que en 1865 fuera abad del monasterio de Brünn (República checa). Los estudios de Mendel constituyen el fundamento de la genética moderna. Sus experimentos los llevó a cabo sobre más de 27.000 plantas. Formuló las leyes hereditarias que llevan su nombre, tras descubrir una serie de propiedades a lo largo de varias generaciones de determinados vegetales, básicamente guisantes, que cultivaba en el huerto del monasterio.

El huerto urbano en los conflictos bélicos y la sociedad industrial

En la sociedad industrial del siglo XIX y comienzos del XX, asociaciones benéficas, Iglesia, humanistas y otras organizaciones sociales, cedieron terrenos y fomentaron el establecimiento y uso de huertos urbanos, para personas sin recursos o más necesitadas. Fueron los conocidos en su momento como “Huertos para pobres”, ideados en principio por sus creadores como una función política y religiosa de control del ocio, la salud o la “moralidad”. También variadas empresas apoyaron los huertos para pobres de manera paternalista, aunque estableciendo determinadas condiciones de uso, como la limitación del tamaño o la prohibición de vender lo producido, y por tanto no poder obtener un salario con esa actividad. Trascendía no obstante el ánimo de control de la autonomía de los trabajadores, con objeto de alejarlos de un movimiento obrero incipiente.

En los periodos de conflicto bélico, como la Primera y Segunda Guerra Mundial, el huerto urbano no sólo jugó un papel de subsistencia de muchas familias, sino que fue además una recurrida herramienta gubernamental para mantener la economía de guerra. El funcionamiento ordinario de los huertos urbanos procuraban un autoabastecimiento de las ciudades, especialmente en cultivos de verduras y frutas, además de la cría de animales.

En Estados Unidos y Gran Bretaña, se lanzaban campañas publicitarias donde se instaba a la población a construir huertos urbanos, incluso los personajes de comic tenían su huerto “patriótico”. Por su parte, los “schrebergarten” o huertos comunitarios alemanes, proliferaron en el extrarradio de las ciudades, que además de fuente de alimentos servían como refugio de la población que habían perdido sus viviendas tras un bombardeo.

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Propaganda estadounidense de la Victory gardens o Huertos de la victoria en comics

EL NUEVO CONCEPTO DE HUERTO URBANO: SALUD, SOSTENIBILIDAD Y COHESIÓN SOCIAL

En la década de 1970, los huertos urbanos van perdiendo el sentido de espacios de autoabastecimiento para la subsistencia, para convertirse en lugares de cohesión social y de educación ambiental; se empieza a popularizar el término “huertos comunitarios”. Estos espacios comienzan a ser reutilizados, no sólo para el cultivo de alimentos, sino también como una herramienta a la contribución de variadas causas sociales.

Aquellos primeros “huertos comunitarios”, han trascendido en sus funciones primitivas, y se muestran ahora como verdaderas alternativas de agricultura sostenible en el medio urbano, es decir, que los huertos urbanos ayudan al medioambiente. Esto significa, que los alimentos obtenidos no sólo deben contribuir a conservar la salud, gracias al cultivo ecológico, sino también a cuidar el medio natural, mediante el uso adecuado de fertilizantes (habitualmente orgánicos procedentes de los propios residuos, como el compost), el agua y las técnicas agrícolas sostenibles, tales como la elección del tipo de cultivo y diversidad, su rotación, el control biológico y preventivo de plagas, etc. Todo ello con el objetivo de obtener un rendimiento del huerto, sin que nuestra actividad implique ayudar al desajuste medioambiental.

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