LA RADIO EN LA LITERATURA: OCHO AÑOS DE SILENCIO

“El pasado sólo existe en la memoria de los hombres”.
[Raquel Franco]

La presente reseña, es fruto de la casualidad, porque no esperas que la radio esté presente en prácticamente cualquier libro que compras, pero así ha sido una vez más. Le hinqué el diente a OCHO AÑOS DE SILENCIO, no porque el título me apasionase, sino por la autora, nacida justo en el año que yo llegué a Barcelona. Tampoco porque la fotografía de portada me sedujera, simplemente porque estaba novelando unos hechos de mi región natal que encontré por casualidad un día que está dando vueltas por la librería. No quería que me pasara lo que en otra ocasión dejé para el último momento y al final regresé a casa sin una veintena de obras que eran un tesoro sobre nuestra INCIVIL en aquella impresionante –por lo grandiosa- librería del DF de la magalópolis de México. Es la realidad, algunas de las cosillas que me traje de aquel viaje hablan de hechos totalmente diferentes a los que la tan cacareada Memoria Histórica quiere reinterpretar cuando sus máximos protagonistas están ya fuera de circulación, aunque por suerte, muchos de ellos también dejaron su legado en una extensísima bibliografía que ya se convirtió en inabarcable para cualquiera que quiera adentrarse en el conflicto de nuestros abuelos.

Se trata de la novela de Raquel Franco Manjón, VICEVERSA, Barcelona, 2009.  Como curiosamente indica, en la parte posterior de su carátula, “No es una novela sobre un pueblo andaluz, ni sobre los inolvidables personas que lo habitan. Tampoco es otra novela sobre la Guerra Civil; ni tan sólo es una novela sobre el largo silencio en el que quedaron sumidos sus habitantes tras el cruel castigo…” El que avisa no es traidor y eso honra a la autora que, a mi parecer, se ha embarcado en algo mucho más gordo que lo que ella podía dar de sí. Vaya, que me he quedado con la sensación de leer un cuento en donde la historia llega un momento que se pierde, fruto de una inmaculada inocencia a la hora de plasmar las ideas en el papel.

Debo de reconocer que no deja de sorprenderme la cantidad de material que se está realizando sobre la INCIVIL y, la mayor parte, centrada desde el abismo de los que, enfrentados a un conflicto, quieren tener la razón a fuerza de machacar a la gente. Así que, a pesar de todo, debo agradecer todos los recuerdos que me acompañaron durante mi infancia-adolescencia en donde, por suerte, ya pude ver que aquello era mucho más gordo que lo que unos decían y otros ocultaban. Afortunado aquel que pudo librarse de abuelos que sólo transmitieron odio a sus retoños y amargaron su futuro, al que le transfirieron también su fracaso.

Sinceramente, finalizada la lectura, uno tiene la sensación de que cualquiera puede escribirse y quedarse tan pancho [bueno cada uno se gasta sus cuartos en lo que le da la gana, porque en ningún lado aparece que haya estado “subvencionada” la edición de esta obra]. No la catalogaré de panfleto, tampoco de libelo. Algo que sí ocurrió con otras reseñas anteriores, pero tampoco es algo para echar cohetes. Vamos que es una de aquellas “novelitas” que uno lee prácticamente porque está sin saber qué hacer. Mi tocaya Franco, seguramente, es un gran profesional de leyes, pero la verdad, le falta oficio para la literatura.

Aparte de la desconexión que puede encontrarse [sobresale una bilis cargada de odio que a uno le ponen la piel de gallina] uno llega a preguntarse, como hiciera José Álvarez Junco al afirmar en El País del pasado 4 de enero “Los exiliados en 1939 añadieron al individualismo otro negativo componente del “carácter nacional”: el cainismo, el odio entre hermanos”. ¿De qué madera estamos hechos? ¿A dónde nos lleva esa mala leche o como dirían en mi tierra natal, de mala follá? [Por cierto el libro titulado LA MALAFOLLÁ GRANAÍNA tampoco es para tirar cohetes]. Tampoco el pasaje “producto de la ignorancia y el atraso cultural de la región [Andalucía] que deformaba su correcto español”, o sea: una descendiente de andaluces que se avergüenza del gracejo y fantástico acento del andaluz; resultará que Freud está todavía por descubrir y entonces uno puede explicarse que para huir de un pasado lo mejor es ir en contra de los orígenes. Vamos que se carga, inconscientemente, su autoestima, su triunfo ante la vida, su placentero lugar en una sociedad que nada le dio y que en todo momento tuvo que demostrar su valía [la autora o los antepasados: las personas que emigran, que salen adelante con su trabajo, su tesón, su entrega, nada deben, al contrario tienen que recibir felicitaciones por cuanto han contribuido a crear riqueza y nada tienen que esconder, aunque aquí, en el nordeste, está mal visto salirse de la manada de borregos y entonces te conviertes en un mal bicho por la tan traída manía del soberanismo/independentismo, que está creando una psicosis que comportará grandes conflictos mentales en los que nos siguen. El colmo del egocentrismo es su final: “Miraban alrededor buscando un nombre, cualquiera, que pudiera servir de apellido. Pero no parecían encontrar nada que avivara su imaginación. Hasta que, finalmente, los ojos de la celadora se fijaron en un retrato del Generalísimo que había colgado en la pared.

-Ya lo tengo –dijo con la cara iluminada-. Franco. ¿No es precioso? Raquel Franco.” [Página 165]

En fin que la sensación de soledad, hastío o inutilidad al acabar la “novelita” deja un poso amargo. Uno acaba creyéndose que en realidad vivió en un mundo extraño. Casi parodiando aquel título que le daba a una pequeña excursión Alhama-Almuñecar ¡Tan cerca-tan lejos!, lo mismo diría hoy pues, analizando los hechos acontecidos, en algunos aspectos se diferencian como la noche y el día. Sólo podría coincidir con la visión de un libelo que ya mencionara en algún anterior trabajo. Calificativo que no merece la novela puesto que en ningún momento se califica de memorias. Aunque no viene a cuento incluir nombres como Vallejo-Nájera, Carl von Linné, Neruda o Howard Hawks, con la cantidad de personajes que uno puede crear sin recurrir a apellidos de “peso” que, a lo mejor, lo que se persigue es que [por ello] se reseñe una obra. ¡Quién sabe! Definitivamente, no se hace buena literatura con buenas intenciones ni con buenos sentimientos; no me extraña que su página Facebook no pasara del día de la presentación del libro en cuestión.

Crea una historia que se salva, precisamente, por estar novelada y la exime del panfleto-libelo, pero tampoco sale bien parada ¡Qué diferencia con DUKE que hace tiempo reseñáramos! Creo que nuestra obligación no es novelar hechos “tan a la ligera”. En los conflictos, quien esté libre de pecado, puede lanzar la primera piedra. Vamos, esto es como el “corralito” de Grecia y que también nos acecha a nosotros [si alguien se entretuvo en leerme hace más de una década que vaticiné este final] y donde los “constructores” del paraíso no paran de echar las culpas a los demás. ¿Quién ha echado el pulso? ¿Puede una persona realizar tamaña tropelía? ¡Puede! ¿Debe? Esa sería la cuestión, pero que no nos vengan con la murga de siempre: ataco, pero no he hecho nada; como ya se afanan en afirmar las huestes o los seguidores de los populistas del orbe.

En fin, mal vamos por el camino de no aceptar la responsabilidad y de jugar a ventrílocuos con las masas. Al final la factura se paga, aunque tarde [añadimos más dolor al sufrimiento] y la fiesta tiene un mal final. Tendríamos que preguntarnos, como hiciera Josep Pla, todo eso está muy bien pero ¿quién lo paga? ¡Ah! Por supuesto, mientras no haya una responsabilidad política [fuera la inmunidad, para todos Igualdad ante la LEY, nada de privilegios ni otras zarandajas de género, la malversación de fondos a cargo, claro está, del político que la realiza, igualdad en los años de cotización para tener derecho a pensión, límite previsto y no leyes “ad hoc”, etc.] difícilmente podremos exigirle a los demás el resto. No es ejemplar que por doquier te pregunten por qué hay tanta corrupción en España y como respuesta tener que dar el final de aquella célebre película Con faldas y a lo loco: Nadie es perfecto. En fin, dejemos las disquisiciones y vayamos a lo poco que encontré de radio, ¡Que lo disfruten!

“Para amenizar la espera, doña Rosa encendió la radio a la hora del parte; una vez más, don Gonzalo Queipo de Llano –cuyo estólido discurso salpicado de insultos a los dirigentes republicanos de la España leal helaba la sangre del más estoico de los corazones- anunciaba, desde los micrófonos de Unión Radio Sevilla, cuáles serían los objetivos de la jornada por venir: “Mañana tomaremos, en un solo día, Cazorla del Guadalquivir, Arquía de la Millación y Santa Benita la Mayor, tres en un día; que vayan preparando las mujeres mantones de luto, que hemos borrado del diccionario las palabras “perdón” y “amnistía”.

Aquellas palabras metieron el resuello en el cuerpo de quienes esperaban. Tres pueblos en un día, y entre ellos, Arquía. Aquel ejército al que sólo juzgaban de oídas –las del falso trotar radiado de los caballos- les infundió el mismo miedo que acomete a los niños cuando oyen hablar del hombre del saco”. [13]

“Cuatro horas después, a las nueve en punto de la noche, él mismo podría anunciar por Radio Sevilla que la toma de los tres pueblos había finalizado con éxito.” [18]

Y hasta aquí la poca radio que encontré en esta obrita que no pasará a la historia ni por su rigor ni por su calidad literaria, pero ahí está por si alguien tiene interés en devorarla, si es que no muere de aburrimiento. La web de la editorial es www.editorialviceversa.com.

 

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