LA RADIO EN LA LITERATURA: LAS DOS BARAJAS

Nos aguardan terribles acontecimientos, una verdadera guerra civil, larga, feroz e incalculable.
[Agustí Calvet “Gaziel” (octubre de 1934)]

La presente reseña, una vez más, es fruto de la casualidad. Me explico, estaba haciendo cola con mi hermano, para pagar la cuenta del supermercado, de repente me acuerdo de algo que tenía que comprar, me desplazo a la estantería y retorno. Evidentemente, voy y me coloco tras mi hermano y dejo en la cinta lo que había olvidado. Un energúmeno comienza a gritar como poseído que eso no es así, que eso es jugar con dos barajas… Evidentemente aquello no tenía visos de ir por buen camino y opté por ignorarlo [después de todo cuando uno nace “mongo” toda la vida lo es y con cuarenta años viendo al personaje ya había más que suficiente].

Unos meses después, en una librería de viejo, en un montón impresionante de libros, veo uno titulado LAS DOS BARAJAS y, lamentablemente, volví a vivir aquella desagradable incidencia en la cola de la caja registradora. Lo ví, lo repasé y, opté por comprarlo. Total, el precio apenas representaba un café, así que aquella incidencia me lleva a leer un libro que, visto lo visto, y vivido, lo vivido. No sólo me hizo descubrir algunas cosillas, sino que me sorprendió que estuviera editado en el año en que se hizo.

LAS DOS BARAJAS es un libro escrito por Ángel Ruíz Ayúcar, la edición corrió a cargo de Luis de Caralt, Barcelona, 1956. La portada ya puede darte una idea de lo que puedes encontrar y, efectivamente, aunque bien novelada, no deja de ser una realidad para los que peinamos canas. Rojo y Azul, colores en liza. Pueblo en ruinas que me recuerdan algunas imágenes de Belchite y, por supuesto, el doble juego, las dos barajas del personaje inmerso en entradas y salidas de los territorios en donde se “asaeteaban” nuestros antepasados de manera inmisericorde. En definitiva, una obra que, gracias a una casualidad, cae en mis manos pero cuyo autor nunca me lo había encontrado en los créditos de los materiales en mis estudios, aunque es cierto que no me especialicé en la Incivil y por eso también puede que estuviera de lado…

Lo increíble del caso es que ahí ya se habla de cantidad de cosas que mucha gente de mi edad dicen que tenían vetadas y uno a veces se pregunta qué hay de verdad en todo ello o simplemente si es una amnesia colectiva como manera de eludir cada uno su responsabilidad. Aunque evidentemente, los de mi generación, en todo caso, lo único que tienen en su haber es haber entrado a trabajar a edades tempranas y haber padecido todas las faltas posibles en años de escasez. Dicho esto, tampoco cambio mi infancia, mi juventud ni mi vida laboral por la de ahora… Es más, me sorprende la facilidad con que los “trileros” nos han birlado derechos y la tranquilidad con la que se van a sus casas tras darse las manos y hacerse las fotos. Vaya que no tienen vergüenza, pero eso ya es un análisis que escapa a nuestro tema: LA RADIO.

Así que, una vez más, vamos a lo que nos preocupa. El mundo de la radio que aparece en cerca de veinte párrafos a lo largo de toda la obra. Entre corchetes y en negrita va la página o páginas de donde se extrae la información radial.

“La cena la sirvieron pronto. Al terminar nadie se fue a acostar. Esperaban recibir antes el parte oficial de guerra de los nacionales. Borge invitaba todas las noches a don Damián a tomar café con él, y mientras lo hacían, en la radio ponían la emisora nacional que mejor salía. Algunas noches oían también por Radio Sevilla la charla del general Queipo de Llano. Después, don Damián, disfrutaba repitiendo las noticias a sus compañeros de refugio” [25/26]

“En cuanto a los que quieran irse, lo harán en pequeñas expediciones y no saldrá una hasta que no sepamos que la anterior se encuentra a salvo al otro lado. Radio Burgos servirá de control”. [30]

“El primer grupo hará de conejo de indias. Cuando llegue al otro lado podrá dar por la radio la consigna que acuerden. Los siguientes irán ya sobre seguro. Hacen falta cuatro voluntarios para el primer viaje. Como propaganda se lo haré más barato. Cinco mil pesetas por persona.” [32]

“La consigna que van a dar ustedes por Radio Burgos y que todos conocen es: “los cuatro corderitos llegaron bien.” Pero si esto fuera una trampa, esos canallas son capaces de valerse de alguna estratagema y conseguir que radien la consigna de todas formas, con lo que nos cazarían a los demás. Por eso quiero darle a usted otra que sólo conozcamos los dos. Ésa será la única que nos garantizará que han llegado bien al otro lado; lo que les deseo de todo corazón. En ese caso, después de lo de los corderitos, que digan: “El lunes hizo buen tiempo.” ¿Le parece?

-De acuerdo. Lo haré. Y si oye esa consigna por la radio, no dude de que la he dado yo. A mí no me la sacan los rojos ni aunque me desuellen vivo.
-Gracias, José Luis, muchas gracias –dijo don Damián abrazándole con fuerza-. Usted es nuestra esperanza. No se olvide: “El lunes hizo buen tiempo”. Y que lo oigamos pronto.” [34]

“Al día siguiente lograron que el señor Borge les instalara un receptor de radio en el comedor, para poder escuchar todos, directamente, las noticias nacionales. Hasta entonces sólo las oía don Damián, o alguna otra persona a la que, de vez en cuando, invitaba el diplomático a tomar café con él, después de cenar.

Cuando llegó la hora de lectura del parte de guerra, conectaron con Radio Burgos. El aparato era potente y estaba enlazado con la antena del edificio. Consiguieron aislar de interferencias la emisora castellana, y oírla con claridad, sin necesidad de aumentar el volumen de potencia.

Un toque de cornetín anunció la lectura del parte. La voz del locutor leyó con voz clara y solemne: “Cuartel General del Generalísimo. –Boletín de información con noticias llegadas a este Cuartel General hasta las veinte horas del día…

Después, acabada la conexión con Radio Salamanca, el locutor de Burgos comenzó la lectura de mensajes particulares. Los oyentes de la Embajada contuvieron la respiración. Esperaban anhelantes noticias del grupo fugitivo. “María llegó bien”, leía el locutor; y repetía luego, recalcando las palabras: “María… llegó… bien”. “Atención, Almería. Atención, Almería: Mañana será cuarto menguante.” Así fue leyendo varios mensajes. Cuando terminó, de los cuatro corderitos no había dicho nada.” [40/41]

“A la noche siguiente volvieron a reunirse todos junto a la radio. De nuevo sonó el toque de cornetín, agudo y vibrante, que a aquella hora entraba en millares de hogares españoles, de una y otra zona, como un anuncio de victoria. Comenzó la lectura del parte: “…Boletín de información de las noticias llegadas a este Cuartel General hasta las veinte horas del día…” Otras veces los boletines les sabían a poco, querían más, más noticias, más éxitos, pero aquel día deseaban que acabase en seguida. El locutor proseguía: “…Ejército del Norte. Quinta División. –En el frente de Alcubierre y Almodóvar, ligero tiroteo. –En Asturias, el enemigo atacó nuestras líneas de comunicación entre Grado y Escamplero…

De repente se hizo en la sala un silencio impresionante, angustioso, lleno de ilusiones y de zozobra. El locutor de Radio Burgos comenzaba a leer los mensajes. Se oyó decir con voz clara: “Los cuatro corderitos llegaron bien.”
El locutor, después de repetir el primer mensaje, dio lectura a otro: “El lunes hará buen tiempo.” Al oírlo, don Damián se irguió orgulloso y exclamó:
-¡Ahora sí que son ellos!“ [42/43]

“La cena la haría probablemente en algún hotel de Toledo o Ávila, daba lo mismo. Allí oiría públicamente el parte de guerra, con la radio puesta a toda potencia. Cuando sonaran los himnos, se pondría de pie, escuchándolos con respeto. “Ustedes perdonen –explicaría a los otros clientes-. Acabo de llegar de zona roja y es la primera vez que oigo con libertad nuestros himnos.” Todo el mundo le miraría con curiosidad y respeto, mientas él se sentaba silencioso.” [47]

¿”Marcha bien la emisora? –preguntó Lara.
-Convendría cambiar algunas piezas. No se encuentran fácilmente y me da miedo buscarlas. Podría levantar sospechas.

-Vamos a verla, tomaré nota y te mandaré lo que haga falta. Yo me encargo de todo.
La emisora estaba instalada en el desván, ocupando un rincón oculto con cajones viejos. Lara la examinó, y oyó las explicaciones de Bibiano. Después de despidieron. Bibiano se quedó junto al aparato. Era la hora de transmitir. Lara salió a la calle. A pesar de la recomendación de Bibiano dejó la puerta abierta. Se detuvo en la acera y sacó un cigarrillo. Al ir a encenderlo, se le apagó la cerilla. Encendió otra y le pasó lo mismo. A la tercera consiguió por fin su propósito.

Se apartó lentamente de la casa y vio un grupo de hombres acercarse a ella. Unos iban de paisano, otros con mono. Pero Lara sabía que eran guardias civiles. Habían visto su señal. Ya sabían lo que tenían que hacer. En realidad debía de haberles advertido que Bibiano tenía una pistola montada la lado del aparato, y que era hombre que no se dejaría coger sin usarla.” [114/115]

“Usted me ha traído un soplo de aire limpio que se respira en la zona republicana. En mi escondite no disponía de radio y sólo podía leer la prensa enemiga que se empeñaba en presentarnos la España leal como un mundo caótico de crímenes, robos, violaciones y desórdenes.” [143]

“El tufo de carroña que exhalaba la zona roja. Pero tampoco les llegó a Ortega y Gasset, a Unamuno o a Madariaga el de la República de 1931, hasta que se vieron enterrados en la podredumbre hasta lasa narices. Luego, en julio de 1936, cuando comprobaron que sus preciosas vidas peligraban en la lucha trágica que la república había desencadenado en España, se sacudieron despectivamente el polvo de las zapatillas, y se fueron al extranjero a hablar tranquilamente en la radio o en la prensa de los males nacionales y de sus remedios. Mientras tanto, la juventud que un día creyó en ellos, y que ahora moría en el frente, buscó a sus maestros intelectuales, y no les encontró. Ni en un lado ni en el otro.” [147]

“La gente se impacientaba porque no se ocupaba una capital de provincia cada ocho días. En la zona roja se conformaban con gritar por la radio. Puede que las Brigadas Internacionales dieran otra fisonomía a la lucha.” [167]

“¡Oh, las mujeres! Ni siquiera las intelectuales se libraban de la inconstancia en las ideas. La misma Federica Montseny no sólo había roto la tradición apolítica del anarquismo, sino que durante la revuelta anarcosindicalista de Barcelona fue a recomendar por radio a sus camaradas la sumisión al poder constituido. ¡Pobre anarquismo, traicionado por unos y perseguido por otros!” [216]

“Los oyentes buscaban sobre el mapa, junto al Ebro, los nombres citados. Amposta y Gandesa si que se veían, pero las noticias oficiales no aseguraban su conquista. En cambio, los otros pueblos citados no los encontraban. Debían de ser demasiado pequeños. Hubo que recurrir a planos militares de menor escala. Aquellos oficiales nombrados a dedo los manejaban torpemente, perdiéndose entre las curvas de nivel y las coordenadas. Por fin aparecieron los lugares citados en las noticias oficiales.” [321]

“Por la noche hablaron por “Radio Madrid” el socialista Besteiro, miembro de la Junta, Cipriano Mera y Casado, reiterando su decisión de lograr una paz y oponerse a la tiranía comunista que quería arrastrar a la nación al desastre, en beneficio de intereses extranjeros:” [341]

“Se luchaba violentamente en varios puntos de la ciudad, y la situación de la Junta era cada vez más precaria. No obstante, conservaban la Emisora, que utilizaban para mantener la moral de sus partidarios, y varios centros oficiales. [343]

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