Ídolos populares de la radio y la música latinoamericana (IV)

Viene de la la parte III

CELIA CRUZ (CUBA)

Santos Suárez-La Habana, el 21 de octubre de 1925, Fort Lee-New Jersey, 16 de julio de 2003. Fue una de esas voces que no se jubilan y aún recuerdo aquella noche que actuó en el Pueblo Español de Barcelona, a pesar de su edad, lograba encender con su voz y su pícara mirada a centenares de jóvenes y no tan jóvenes que disfrutaron como nunca de su espectáculo musical junto a su inseparable Tito Puente.

Celia nació en un hogar donde no sobraba nada, junto a sus tres hermanos compartió su infancia con sus primos y su madre detectó las posibilidades de ella para la música, aunque el fogonero de los ferrocarriles cubanos (que era su padre) la incitaba a estudiar magisterio y a punto estuvo de conseguir finalizar sus estudios que abandonó en último curso y se dedicó por completo a la música, estudió en el Conservatorio de Música de La Habana.

Inició sus pinitos radiofónicos en programas para debutantes “La hora del té” o “La corte suprema del aire”, antesalas que le abrieron las puertas para otros objetivos. Pasó por la “Gloria Matancera”, “Sonora Caracas”, “Tropicana” o “La Sonora Matancera” en donde reemplazó a la solista Mirta Silva: los años cincuenta y entonces llegó su primer disco de oro por “Burundanga” (1957). Gracias a su profesionalidad convirtió la salsa en algo familiar que se conoce en todo el mundo.

La caída de Batista vino a romper la dinámica del pueblo cubano, así que el 15 de julio de 1960 mientras estaban de gira por México, la banda al completo decidió no regresar a la isla; Celia saltó a los Estados Unidos al año siguiente. Los hispanos de la ciudad de los rascacielos la descubrirán en los años setenta. Tras sus éxitos, se convertiría en un icono para los latinos, sobre todo cuando lanzaba su “Bemba colorá”, su alegría, su manera de encarar su cubanismo, le hizo acabar asumiendo el papel de abanderada contra la dictadura.

Sus cincuenta años de vida profesional dejaron una imborrable impronta en la música latina en general y en la cubana en particular. Participó en las cintas “Los reyes del mambo” (1992) y “Cuando salí de Cuba” (1995), historias del exilio que ella tan bien conocía [cuando murió su madre, La Habana no autorizó su viaje para asistir al sepelio]. Fue una voz que luchó para unir y experimentar con diferentes ritmos: salsa, rumbas o tangos… En el caso español actuó con Azuquita, Jarabe de Palo e incluso algún dúo con Lola Flores a la que se sentía unida por una vieja amistad, tanta que la hija de La Faraona fue la anfitriona en el verano del 2002 cuando celebró el 40 aniversario de su matrimonio.


Celia Cruz en el video musical "La Negra tiene Tumbao". Fuente Youtube.com

Su carrera profesional se vio coronada con 22 álbumes de oro; un tumor cerebral se llevó por delante este huracán multicolor, de calzado y vestimenta imposible, pero llevados con orgullo. Su extravagancia no desanimaba y al grito de “Azúcar” levantaba a todo aquel que acudía en los últimos años a sus giras. Pero si hay algo que impactó fue el multitudinario desfile ante su féretro. La historia dice que en Nueva York el hecho superó incluso la multitudinaria despedida de Judy Garland en el lejano 1969. Después de muerta logró el premio al mejor álbum de salsa en el 2004 y se proyecta llevar su vida al cine. Mientras estábamos con este trabajo moría el que le acompañó toda su vida en un matrimonio felizmente gestionado. Descansen en paz.

DÁMASO PÉREZ PRADO (CUBA)

Nació el 11 de diciembre de 1911 en Matanzas y murió el 15 de septiembre de 1989 en México, como tantos músicos míticos, nadie se pone de acuerdo en su fecha real de nacimiento. Inició sus estudios musicales en su tierra natal junto a Rafael Somavilla y María Angulo; cuando llega a La Habana era la edad de oro del son, pronto consigue trabajo como pianista en el Pennsylvania o el Kursaal y en 1942 lo tenemos tocando en una de las mejores orquestas de su tiempo “La orquesta Casino de la Playa”. El pianista ganaba cinco pesos por noche (entonces en paridad con el dólar) y dos más por cada arreglo acabado. Una fortuna para los años cuarenta, ahora mismo, en Cuba, el sueldo medio son 15$ ¡al mes! Desde allí realiza una gira por Venezuela y Argentina, poco después es catapultado a México donde triunfaban otros míticos de la música de la más grande de las Antillas: Ninón Sevilla, Beni Moré, etc.

Pérez Prado fusiona las corrientes jazzísticas y los ritmos afrocubanos, monta su propia orquesta e inicia un ascendente camino hasta convertir el mambo en sus señas de identidad. La década de los cincuenta fue precisamente, en música latina, la década dorada del mambo y el nombre inconfundible que va ligado a él, Pérez Prado. En 1953 vuelve a La Habana, pero regresa a México y acaba nacionalizándose en 1980.

Como creador de esa exitosa fusión, pianista de singular capacidad musical su gran facilidad como arreglista le allanó el camino hasta encontrar ese ritmo pegadizo que otros muchos buscaban. A él le corresponde el éxito de la popularización definitiva. Aún hoy discuten los “entendidos” sobre el origen del mambo, es igual que si nos ponemos a hablar de la radio: fue necesario el trabajo y la experimentación de muchos, pero a Marconi corresponde el golpe de suerte definitivo y la fortuna de encontrar los apoyos que hicieron posible la instalación del invento a nivel planetario. En el mambo, Pérez Prado fue el que dio, definitivamente, con la fórmula y disfrutó, podríamos decir en solitario, de ese éxito indiscutible durante toda su vida.

En la temporada 1950/51 vendió casi cinco millones de copias de “Qué rico el mambo”. Pero no todo fue éxito, como muchas veces ocurre, lo innovador no siempre es aceptado (su primer master de Mambo caén y Só caballo, por ejemplo, pasó por alto para los empresarios de la época): él, en definitiva, iba demasiado adelantado a su época pero… ¿cuántas veces lo lamentarían los que le rechazaron?

En 1951 el [todavía desconocido] periodista colombiano Gabriel García Márquez, escribió: “Cuando el serio y bien vestido compositor cubano Dámaso Pérez Prado descubrió la manera de ensartar todos los ruidos urbanos en un hilo de saxofón, se dio un golpe de estado contra la soberanía de todos los ritmos conocidos…”

Entre sus aportaciones más sobresalientes al género contamos con el Mambo nº 5, (Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas, mueven la cintura y los hombros igualito que las cubanas), Mambo nº 8, Caballo negro, El ruletero, La chula linda o Lupita. Pero si hay uno que puede hacerlos enloquecer, es el que nos ofrece el sensual baile de Jane Russell en la película “Underwater” (1955), ahí Pérez Prado demostró que era un maestro “con mayúscula” y ese Cerezo rosa, un mambo lento, con la correcta interpretación puede llevar a la gloria, fue declarada la canción instrumental más famosa de todos los tiempos y, a finales de la década reconocido con un Grammy: durante 54 semanas estuvo en el HIT norteamericano en 1958. Su figura -no era gran cosa- no le acompañaba, pero tenía una elegancia natural al vestir y un peculiar bigote que atrajeron sobre él numerosos apodos, entre el que más nos gusta está el que le dedicó Beni Moré: “El chaparrito con cara de foca” [Cara’e’foca dirían los cubanos] le viene que ni pintado. A veces, el aspecto de una persona, es lo que más se detesta, sobre todo cuando ésta conquista a las mujeres y en aquellos tiempos él no las conquistaba: con su música enloquecían.


Perez Prado – Mambo nº 5. Fuente Youtube.com

El mambo, en fin, no era fácil de bailar para la gente común, sus movimientos, casi violentos, le generaron una reputación de “baile lascivo” que simulaba el acto carnal y se llegó a prohibir en 1952 en Lima. Incluso el mercado japonés cayó a sus pies, allí fue una veintena de veces. Fellini empleó “Patricia” como banda sonora de “Dolce Vita”; Fred Astaire, Ginger Rogers, Silvana Mangano o la BB -Brigitte Bardot- bailaron en algunas de sus interpretaciones su famosísimo mambo.

Ese triunfo, efímero si se quiere -hoy las cosas van mucho más deprisa todavía- al separar a la pareja en aquellas contorsiones de película, acabaron pasándole factura, poco después entró en escena el Cha, cha, cha! Ritmo en el que la pareja se entregaba con un inusitado regocijo. Pérez Prado, sin embargo, había entrado en la historia de la música latina al frente de un género en donde prácticamente nunca tuvo competencia de calidad. Intentó crear otros subgéneros, pero ya no logró la fusión que le permitió alcanzar las altas cimas del mambo. ¡Fue el más grande y ese trono nadie se lo ha podido discutir por mucho que Cuba haya intentado batir su figura por razones puramente ideológicas!

Continúa en la parte V

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