DIARIO DEL VIAJE A CHINA: CONCURSO PERCIBIR CHINA-NINGXIA 2013 (5)

DÍA 14 DE DICIEMBRE

Comienza el periplo protagonista de nuestra historia: la convocatoria del concurso de conocimientos sobre las tres provincias del noroeste de China. En el grupo de Ningxia quedamos los ganadores de tres países de tres continentes: Senegal, India y España. A cada uno le acompaña un traductor o asistente. También viaja un joven chino de la sección italiana que se encarga de la intendencia y la subdirectora de la redacción española de Radio Internacional de China, encargada y responsable del grupo de ocho personas que tomamos el avión en Beijing y volamos hasta el aeropuerto de Yinhcuan (capital de la provincia de Ningxia).

Nada más desembarcar y recoger los equipajes se establece el contacto con las dos personas del turismo provincial que, inmediatamente, van por faena y nos trasladan a un coquetísima emplazamiento junto al río Amarillo y desde su comedor vemos la tranquilidad con la que las aguas bajan y distribuyen su riqueza hídrica hasta miles de kilómetros después del nacimiento.

Tras un copioso y variadísimo menú en la ya tradicional mesa giratoria y con unos excelentes vinos de la zona que me harían exclamar. ¡Qué quieren que les diga, nada que envidiar a los caldos franceses o españoles! O sea, que o espabilamos o hasta el vino lo harán en China. Entre los platos me impresiona el pescado de una gigantesca fuente [calculo tiene cuatro o cinco kilos] de una muy gustosa y suave carne extraído del inmenso curso fluvial que tenemos frente a nosotros y, según nos explicaron, se prepara con una receta tradicional que necesita más de tres horas de lenta cocción. Otro plato delicioso era de cordero hervido y las sopas que, con las bajas temperaturas de estos lares, caían en el estómago como una bendición.

Se inicia la ruta y, tras unos cuarenta minutos de automóvil, nos vemos frente a un impresionante e inimaginable yacimiento arqueológico: SHUIDONGGOU. Si uno creía que lo había visto todo, aquí se da cuenta de lo equivocado que estaba. A simple vista y desde el exterior, uno no llega a imaginarse la magnitud de la instalación, ni la calidad del espectáculo que presenciará.

Personalmente lo que jamás me perdería es el diorama que trata de llevarnos al lejanísimo período del Paleolítico. A la que te descuidas casi llegas a pensar que eres el propio protagonista de aquella presentación, fastuosa e impresionante, que incluso se permite recrear uno de tantos cataclismos de los que ha padecido la Tierra: un gran terremoto [que no te esperas] que sacude todo tu cuerpo y la explosión de las montañas con sus respetivos volcanes. El diluvio es algo que casi te ahoga y sin embargo todo es ficción -salvo el movimiento bajo tus pies-.

Tras esa impresionante sorpresa, seguimos visitando salas y una breve reseña en unas proyecciones de cómo se proyectó tamaña instalación museística que inició su andadura con los primeros descubrimientos, en 1923, de Chardin y Licent. Al salir nos espera un microbús que nos transporta hasta las ruinas de la gran muralla, un fastuoso y laberíntico enclave utilizado por los ejércitos de la Dinastía Ming y que hacía que se convirtieran en fantasmas puesto que acababan desapareciendo bajo la tierra. En muchos casos los que lograban penetrar en la zona acababan allí ante la ingente cantidad de laberintos y mortíferas trampas que jalonan el recorrido. Incluso en alguna de ellas todavía está algún que otro esqueleto ensartado en infinidad de afiladas púas, triste final para el osado que se atrevía a perseguir a los que se amagaban en tan extraordinario laberinto subterráneo, jalonado de desniveles y estrechos pasajes que en ocasiones tienen hasta una doble dirección gracias a algunas gigantescas puertas que ocultan un trozo del túnel según del lado por el que uno entra o sale.

Una gigantesca obra arquitectónica, sin guía es todo un mérito volver a la superficie. Una obra, gigantesca e invisible desde el exterior que reta al caminante pero que no imagina porque está oculta bajo centenares de toneladas de fango compactado durante miles de años por las aportaciones del gran río y que imaginamos era entonces un gigantesco lecho fluvial. Por doquier, la imparable maquinaria abriendo carreteras, centenares, miles de kilómetros que contrastan con esas inacabables vías que vemos en nuestra vida cotidiana en la zona en la que resido [una inacabable A-27 para vergüenza y escarnio del gobierno regional y el nacional que en su momento planeó el ínclito Sr. Pepiño Blanco] y que lo único que nos muestra es la pobreza de miras de nuestros dirigentes respecto a la cosa pública y cómo se ejecuta en otras latitudes [el reciente fiasco del Canal de Panamá es todo un poema para la credibilidad española en un mundo globalizado].

Tras emerger a la superficie, vemos que el sol apenas es un punto en el horizonte. El microbús del yacimiento nos devuelve a la puerta de entrada con las cuatro gigantescas cabezas mirando la inmensa autopista y que parecen estar preparadas para darnos el adiós definitivo de SHUIDONGGOU, allí está nuestro micro que nos devuelve al infernal tráfico rodado, al atasco cotidiano, a la contaminación que provoca el uso masivo de miles de vehículos de todo tipo una vez hemos abandonado la carretera de casi exclusivo uso del yacimiento y en donde millones de toneladas de tierra están siendo removidas para adecentar la zona e, imaginamos, generar terreno cultivable a juzgar por el esmerado aplanado en que lo estaban dejando las gigantescas máquinas. Y pensar que en Valls apenas encontré cuatro líneas sobre esta ciudad que hoy funge como flamante capital de la provincia de Ningxia.

¡Menos mal que los mapas nos dicen que esto es un inhóspito territorio! ¿Qué sería si estuviese en una zona climatológicamente menos dura que la, geográficamente hablando, región de Mongolia? Miles, millones de personas viven aquí, trabajan aquí, son felices aquí y, por lo que pude ver, nuestra sociedad difícilmente puede dar lecciones a estas gentes que, se nos antojan, a juzgar por la permanente sonrisa, viven en un estado de bienestar individual que deberíamos repensarnos hacia donde llevamos nuestro hedonista sistema de vida occidental.

Inmediatamente nos instalamos en el gigantesco CHANGXIANGYI HOTEL (Nº 120 Yuhuangge North Street-Yinchuan) que me acaba devolviendo a las imágenes de la CCTV que, antes de partir, me ofrecía sobre los humedales próximos a la capital de la provincia objeto del concurso. Dicen que hace pocos años era una tranquila ciudad y de edificios que apenas sobresalían en el horizonte. Ahora, puedo asegurar, hay más rascacielos que en toda la Ciudad Condal. Apenas tenemos tiempo de dejar nuestros bártulos e higienizarnos como podemos [o hacer como los gatos, quitarte el polvo de la visita al yacimiento, refrescarte la cara y repasar el calzado, siquiera superficialmente] y a las siete ya está lista la cena. Nos ofrecen un salón privado, algo que sucedió durante todas las comidas durante el viaje y una impresionante cantidad de personas adornando la mesa, colocando platos, sirviendo té o pendiente de nuestros posibles deseos.

Ante la variedad de platos uno vuelve a sus lecturas de niñez con las aventuras del intrépido Marco Polo [natural de la isla de Kórcula en la actual República Croata]. Una veintena de primorosos platos con los más sorprendentes manjares y, por supuesto, nada de cerdo. Gustos exóticos y sorprendentes, fuertemente picantes algunos, demasiado acaramelados, otros y parece que no todos los estómagos la aceptan. En realidad están deliciosos, sobre todo los platos de verduras de una variedad y sabores que te sorprenden. El cordero exquisitamente cortado [diría que es el plato principal en esta cultura centenaria del pueblo hui], pescado de la zona y un toque de occidentalización: nos ofrecen cerveza danesa, aunque no sé si realmente era de este pequeño país o que ya se fabricaba bajo licencia en estas latitudes. Convenientemente aislada, la servilleta esterilizada para limpiarse las manos, el té caliente, endiabladamente caliente, tanto que has de dejarlo reposar y esas “ocho joyas”, como ellos lo llaman nos sorprenden una vez ha bajado la temperatura, con un atractivo sabor que en casa apagamos al añadirle más azúcar de la necesaria.

Tras un par de horas, en otras salas hay grupos que celebran el fin de semana con sus tradiciones: el licor parece que tiene una preponderancia socializadora y las risas, los aplausos, contrastan con el silencio de nuestro grupo que escucha con atención las explicaciones de las guías locales sobre su realidad cotidiana y ajena a ese heterogéneo grupo de visitantes: ocho personas que por primera vez son todo ojos en este lejano y enigmático gran norte de China.

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