250 años del British Museum

A principios de 2009 el Museo Británico cumplió 250 años desde que abrió sus puertas por primera vez en 1759. Sus fondos han contado desde entonces la historia de la humanidad como nadie.

Es el museo más grande de Gran Bretaña y se encuentra entre los mayores museos de antigüedades del mundo. Sus vitrinas acogen a más de siete millones de objetos procedentes de todos los continentes, y sigue siendo un referente de gran interés desde sus inicios, en que comenzó como fundación con una simple colección donada por el naturalista Sir Hans Sloane, compuesta por 71.000 piezas, entre las que se encontraban libros, manuscritos, antigüedades griegas, romanas y egipcias, especies de plantas desecadas, etc.

El museo, a través de sus galerías, tiene la capacidad de transportar al visitante a otros tiempos, o hacer que nos sintamos en casa si somos foráneos, pues consigue que se haga realidad la premisa fundadora de «museo universal».

Su director afirma que el Museo es, de alguna manera, una «colección privada para cada ciudadano del mundo», y tiene entre sus aspiraciones crear una red internacional de comisarios expertos en los objetos que acoge el Museo, para que cada uno de ellos pueda realizar exposiciones en sus respectivos países.

Una muestra de esa aspiración ya fue llevada a cabo en Pekín por comisarios chinos que, mediante objetos del Museo Británico, deseaban relatar la historia de cómo el Reino Unido llegó a convertirse en un Imperio.

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El legado de Sloane ha sido destacado por la prensa internacional con motivo del 250 aniversario de la creación de la fundación, por tratarse este naturalista e intelectual, que fue amigo de Voltaire, Händel y Newton, de una persona interesada en que se extendiera la idea de humanidad, y cuyos preceptos quedaron reflejados en el documento de constitución de la institución.

El Museo fue adquiriendo numerosos objetos de gran valor desde su fundación, una de ellas es la piedra de Rosseta, descubierta en el delta del Nilo por los franceses, pero confiscada por los británicos en 1801. Esta piedra es clave para descifrar los jeroglíficos de los antiguos egipcios.

Algunas de las piezas del Museo no están exentas de polémica en cuanto a la legitimidad de su pertenencia. Así, en 1806 el séptimo conde de Elgin (por entonces embajador británico ante el Imperio Otomano), se hizo con una colección de los frisos del Partenón, en la Acrópolis de Atenas, y las transportó a Inglaterra. Posteriormente fueron adquiridos por el Museo en 1816. La reclamación de Grecia para que fueran devueltos a su lugar de origen no obtuvo respuesta positiva, y la controversia continúa en la actualidad. Algunos críticos consideran que muchos de los objetos expoliados deberían ser devueltos a sus países de origen si se justificase la suficiente experiencia y conocimiento para su conservación.

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