GEOGRAFÍA - PAÍSES: Italia - 9ª parte
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Italia - 9ª parte


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Arte

letra capitular En los últimos tiempos del Imperio romano aparecieron las tradiciones regionales y la fragmentación política de la península italiana. El relativo aislamiento de las distintas escuelas se mantuvo hasta el s. XV. Sin embargo, se pueden señalar rasgos generales del arte italiano a partir del Románico: vinculación a la vida pública, con cierto carácter de espectáculo, que hace que todas las artes se sometan a la arquitectura, que a su vez responde al paisaje y a las perspectivas geográfico-humanas; y relación entre arte y vida intelectual o religiosa.

El peso de la tradición determinó una arquitectura de grandes espacios unificados por la riqueza de la decoración y conjuntos urbanos concebidos en función del efecto monumental. La religión se adecuó a la liturgia, fijando un tipo de iglesia basado en la basílica paleocristiana. En la primera Edad Media se sintetizaron esas pervivencias de la antigüedad con las influencias bizantinas, lombardas y carolingias, para desembocar en el primer arte «europeo»: el románico, que en Italia perduró hasta bien entrado el s. XIII. Alcanzó un mayor esplendor en el N (Lombardía y Toscana); lo más característico del románico lombardo fueron las bandas de arquillos ciegos en la parte superior de los edificios y la profusa decoración de las fachadas (Sant'Ambrogio de Milán); en Toscana destacan los mármoles policromados que recubren las fachadas y la independencia de batisterios y campaniles respecto a las iglesias (conjunto de Pisa). En la Italia meridional fue muy evidente el legado normando, sarraceno y bizantino (catedral de Bari).

En la transición del románico al gótico (s. XIII) se intercaló un estilo austero y popular promovido por las órdenes mendicantes, especialmente los franciscanos, pero fue vencido por el afán de lujo y ostentación vinculado al auge de las ciudades y a la gran época del urbanismo medieval. Los primeros impulsores del gótico fueron los monjes cistercienses. El gótico italiano no siguió la tendencia a la verticalidad, al vaciado y a la fragmentación; prevaleció la amplitud y se sacrificaron las aberturas al muro, favoreciendo los frescos a expensas de las vidrieras (catedral de Milán, Santa Maria Novella en Florencia). El apogeo del movimiento comunal provocó un notable desarrollo de la arquitectura civil: palacios comunales, con aspecto exterior macizo, coronados de almenas y con una torre muy elevada (señorías de Florencia o Siena), fuentes monumentales y puentes.

Las artes figurativas hicieron resurgir dos grandes tendencias: una que buscaba el efecto plástico y de la expresión, en la escuela escultórica de Pisa (Nicola y Giovanni Pisano); la otra, orientada hacia la elegancia lineal y el tema narrativo, en Roma (Pietro Cavallini, Cimabue). La pintura italiana del s. XIV nació bajo la influencia de Giotto, maestro del estilo narrativo basado en el equilibrio de volúmenes; sus discípulos más aventajados estuvieron en Siena (Simone Martini, Ambrogio Lorenzetti). En Lombardía tuvo eco una brillante escuela de iluminación. La escultura del Trecento alcanzó el equilibrio entre el realismo, la elegancia y la solidez (Nino Pisano). El restablecimiento del poder papal tras el Cisma de Occidente coincidió en Italia con la consolidación de una serie de estados con economías florecientes (Venecia, Mantua, Ferrara, Urbino, Florencia).

Italia fue el foco principal del Renacimiento, que no era tanto un retorno a la antigüedad clásica como una toma de distancia de Europa respecto a otras civilizaciones y a su pasado medieval, en varios planos, en la mentalidad: por primera vez los europeos toman conciencia histórica. Eso significa el abandono del idealismo por la realidad e, incluso, una humanización de la religión. El realismo se hace patente en los retratos a partir de las pinturas de Piero della Francesca. Pero lo fundamental del Renacimiento es la aplicación de la ciencia a la técnica, que desde entonces caracteriza a la cultura occidental. Ese interés científico se aplica a todos los aspectos: a la naturaleza, requiriendo estudios lumínicos para representar los paisajes; a la arquitectura, sometiéndola a estudios matemáticos y estructurales (platónicos) en los tratados de Leon Battista Alberti o Francesco di Giorgio Martini; y, sobre todo, al urbanismo, fundiéndose los conceptos de comodidad y belleza; los utopistas pretendían cambiar al hombre cambiando el espacio en que se mueve. Se impusieron los planos radiocéntricos, por razones filosóficas y prácticas (militares), valorizando las plazas, de las que fueron teóricos Bramante y Palladio.

Los ricos patricios de las ciudades actuaron como mecenas de los artistas, que ahora ocupaban una posición distinta en la sociedad debido al pensamiento humanista. A partir de 1420 el movimiento se afirmó en Florencia, la más rica capital de Italia. En la Florencia del Quattrocento trabajaron los arquitectos Filippo Brunelleschi (palacio Pitti, capilla de los Pazzi), Michelozzo (palacio Médici-Riccardi) o Ginliano Sangallo (sacristía Sacto Spirito); los escultores Ghiberti (puertas del baptisterio de la catedral), Donatello (David, la Magdalena, San Jorge), Luca della Robbia (tribuna de la cantoría de la catedral) y Verrohio (condotiero Colleoni); y en pintura siguieron a Piero della Francesca, Giotto, Massaccio y Fra Angélico entre otros.

En el s. XVI Florencia cedió el predominio a Roma, donde la corte papal concentró a los mejores artistas para crear el Vaticano (Miguel Ángel y Rafael) y a Venecia, donde se desarrolló una pintura «lumínica» dominante (Giorgione, Tiziano). Hacia 1530 Italia conoció toda suerte de catástrofes derivadas de la Contrarreforma; la crisis se reflejó artísticamente en un sentimiento de que ya todo se había dicho en el siglo anterior, favoreciendo las imitaciones y el eclecticismo, que engendró un relativismo experimental y desilusionado. La Italia de esa época fue esencialmente monárquica; el arte se puso al servicio del príncipe, dando suntuosidad a la corte y esplendor a las fiestas. El arte tendió a ser un juego donde lo más importante era la decoración, cultivando el gusto por efectos simbólicos y alegorías; se ha convenido en llamar a ese estilo manierismo. En esa línea, Giulio Romano construyó el Palacio del Té en Mantua, Bartolomeo Ammanati transformó el Palacio Pitti de Florencia en residencia principesca, y Vignola trabajó en el Gesir de Roma. Pero lo más propio de la arquitectura manierista fueron las villas, sus jardines y sus fuentes. Más visible fue el manierismo en la escultura, con Florencia como principal foco; en ella trabajó el orfebre y broncista Benvenuto Cellini. La pintura manierista buscó el efecto decorativo a expensas de la profundidad y el relieve.

La obra más destacada en Florencia fueron los grandes frescos históricos del palacio Vecchio, de Vasari. A principios del s. XVII nació el Barroco como reacción al manierismo y también a la impersonal austeridad de la Contrarreforma. Fue mantenido por la Iglesia; es un arte de persuasión, incluso de ilusión, que encontró una mejor expresión en la arquitectura. Roma fue el gran foco barroco del Seicento gracias al mecenazgo de los papas y cardenales: Carlo Maderno acabó la basílica de San Pedro. En escultura, Bernini fue el más típicamente barroco por el movimiento y el modelado agitado. Turín y el Piamonte ofrecieron una versión particularmente animada de la escultura barroca con Guarino Guarini.

En pintura, Roma fue campo de experiencias; dos grandes movimientos se enfrentaron: el caravaggismo y el academicismo boloñés. En Roma se impuso el realismo vigoroso de Caravaggio, mientras que en Bolonia se expresaba mayor idealismo (Annibale Carracci). La arquitectura barroca del s. XVIII debe aún a Roma mucho de su esplendor. El gusto por la fastuosidad y el movimiento inspiraron obras como la Fontana de Trevi. La pintura del s. XVIII encontró su fulgor en Venecia con Sebastiano Ricci y, sobre todo, con Giambattista Tiépolo.

El agotamiento del Barroco favoreció desde la mitad del s. XVIII una revolución del gusto bajo el signo de la vuelta a lo antiguo: el neoclásico. El teatro de La Scala de Milán y la Plaza del Popolo en Roma son las mejores obras de la arquitectura neoclásica. El s. XIX estuvo marcado por la crisis, el agotamiento y el eclecticismo ante los siglos anteriores. La arquitectura italiana se desligó muy tarde del neoclasicismo, como prueba el monumento a Víctor Manuel II en Roma. En vísperas de la Primera Guerra Mundial aparecieron nuevas tendencias unidas al futurismo.

En 1926 se fundó el Grupo 7, que aceptó el nacionalismo fascista. Los monumentos mussolinianos son reediciones de los edificios anteriores, pero agrandados desmesuradamente. En la actualidad, ante las dificultades económicas, la arquitectura italiana ha escogido un dominio original, la disposición interior y el «diseño», con varias tendencias: la neo-liberty, eclecticismo que se interesa por el arte regional y las tradiciones populares, y la tendencia orgánica o neobarroco, enfática de la forma y la estructura.

En la pintura italiana se ha producido la explosión más espectacular del modernismo: el futurismo. Tras la Segunda Guerra Mundial toda clase de experiencias han recuperado el tiempo perdido, siendo clave la figura de Giorgio de Chirico. En las últimas décadas Italia ha recibido todas las tendencias vanguardistas mundiales: surrealismo, pop-art, dadaísmo, arte conceptual, hiperrealismo..., siendo actualmente Milán la virtual capital europea del arte.

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