LOS MÚSICOS PERDIDOS

«Me desesperaría si no existieses y no me estuvieses esperando aquí
con el ansioso aliento de tus fugases flores.»
(William Heinesen)

William Heinesen (Torshavn, 15.01.1900-12.03.1991), hijo de padre feroés y madre danesa, es uno de los escritores más emblemáticos de la literatura feroesa, destacó en el mundo de la pintura que puede admirarse en numerosos murales realizados en edificios públicos de las islas, generalmente inspirados en el mundo de la mitología o las ricas leyendas nórdicas y la música. Estudió en la capital danesa, su obra fue escrita en danés; algunas de sus poesías las podemos encontrar en castellano dentro de algunas recopilaciones generales sobre el género dentro de la literatura nórdica.

Tras su formación en la Escuela Superior de Comercio de Copenhague (Dinamarca), regresó a Torshavn en 1932, las islas se localizan a unos 300 kilómetros al noroeste de Escocia, pertenecen al reino danés aunque gozan de una envidiable autonomía. No obstante sus obras ya habían comenzado a circular en el continente; de esa época destacamos su poesía lírica Elegías árticas y otros poemas (Arktiske Elegier og andre Digte, 1921), La cosecha del heno a la orilla del mar (Hobjergning ved Havet, 1924), Cantos de la profundidad de la primavera (Sange mod Vaardybet, 1927), La torre del fin del mundo (Tarnet ved verdens ende), etc. Utilizó el archipiélago como un microcosmos en el que situó su obra que, en realidad, es universal. Su aporte poético nos muestra la mítica de las fuerzas de la naturaleza y el sentido cósmico entre esa misma naturaleza (desolada y feroz) y el ser humano.

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Filatelizado por el servicio postal del archipiélago en varias ocasiones, en 1997  dos sellos con obras inspiradas en su legado pictórico, Tentaciones de San Antonio (4,50 coronas) y La Sirenita (7 coronas); él mismo fue honrado con un bello ejemplar (4,70 coronas) donde aparece de frente con su luenga barba y sereno rostro en una impecable puesta en escena realizada por el insuperable grabador polaco-sueco Czeslaw Slania; en una de las teletarjetas telefónicas lanzadas por Faroese TELECOM el 1 de mayo de 1996, aparece sentado en su casa, tenía un valor de 30 coronas y en la parte superior izquierda va su autógrafo.

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Hoy nos hacemos eco de su novela «Los músicos perdidos» (De fortabte spillemaend, 1950; hay versión española Editorial Bassarai, 408 páginas, 19€)  filatelizada por medio de una hojita bloque. La obra, centrada en la pequeña capital de las islas donde viven seres extravagantes como es Ole Brandy (nada que ver con el licor pues es un viejo lobo de mar) o un grupo que lidera Cornelius Isaksen y sus tres hijos Mourits, Sirius y el pequeño Cornelius que, con la música de sus ajados instrumentos y el calor de un viejo bar en el antiguo barrio de Skindholm dan vida y júbilo a la anquilosada sociedad del momento y, junto a Matti Gokk (el diablo), ayudan a soportar las duras condiciones de los habitantes de este archipiélago del Atlántico Norte. El cuarteto familiar lucha por quitarse de encima la inercia de sus vidas que contrastan con la laboriosidad y las tranquilas costumbres locales, ellos se dejan llevar por el baile, el canto, la bebida y sus fantasías que chocan frente al propósito del banquero Ankersen que lidera una puritana asociación dispuesta a erradicar la decadencia moral del lugar y para ello nada mejor que prohibir el consumo del alcohol: frente a la desinhibición y la alegría de vivir, el contrapunto de los aspectos más oscuros del tradicional protestantismo insular. El grupo se toma la vida como una fiesta, como algo folklórico quizá, pero auténtico, a pesar de lo elemental, resultan pintorescos y chocan, evidentemente, con el resto de integrantes de la comunidad.

Los músicos perdidos supusieron para Heinesen su consagración como autor; es una amarga crónica cuya realidad es el interior del hombre, ese pozo que nos alimenta y que nos permite gozar con enorme vitalidad si sabemos encontrarnos con nuestro mundo interior, al que parece que el ser humano le ha cerrado los oídos en estos momentos de galopante materialismo donde el fomento del «yoísmo o individualismo» nos aboca a la más nefasta de las soledades. Nada más ilustrador que cruzarte en el camino con personas que, aunque no las conoces, le das las buenas tardes y te miran como a un extraño: Nadie conoce a nadie y todos acaban consultando al correspondiente especialista (psiquiatra o psicólogo) en una sociedad cada vez más abrumada y enferma. Encima, nos dicen, que eso es progreso.

La familia de los músicos perdidos nos ofrece una doble metáfora, la calidez del día a día y el gozo de poder disfrutarlo en un lugar socializador por excelencia como es el bar, hasta hace poco era uno de los lugares con mayor predilección para el contacto con otros semejantes, tan denostado, pero que tan buenos momento ha dado aunque los políticos de nuestro tiempo no se cansen de forzarlos al cierre, dudamos lleguen a conseguirlo. ¿Se imaginan un mundo en donde sólo se trabaje para, al final del viaje, descubrir que no nos queda nada?

Es, en fin, la crónica amarga -muchas veces hilarante- de una sociedad cerrada en sí misma en los inicios del siglo XX que apenas ha iniciado el fin del oscurantismo en la Europa de la época. Heinesen coloreó su prosa con un vitalismo y un sentido del humor que nos aboca a una fantasía desbordante a poco que nos metamos en la piel de los protagonistas y el mundo insular en que se hallan instalados. Es un gozo disfrutar de la vida, elemental si se quiere, pero pintoresca, sobre todo para los que peinamos canas y nuestra infancia transcurrió en un mundo con tantas similitudes al que retrata en sus páginas a pesar de los miles de kilómetros que separan las islas de nuestro mundo, de su historia y la nuestra.

Su obra, compuesta por más de una veintena de títulos ha sido traducida a una docena de lenguas, incluido el feroés. Entró en la Academia Danesa por elección en 1961 y a ella perteneció hasta su muerte en 1991. Está considerado uno de los más grandes novelistas escandinavos del siglo XX. En 1965 se le concedió el Premio del Consejo Nórdico por su novela «La buena esperanza» (Det gode Hab, 1964), reflejaba la sociedad danesa en el siglo XVII, considerada una de sus mejores obras, en este caso basada en una de las épocas más oscuras del país

Las novelas de Heinesen, repletas de musicalidad y belleza, engarzan en una fabulación que acaba atrapando; el lector se verá abocado a descubrir decenas de personajes que al final del camino reflejan entrañables aspectos del ser humano. En 1981 fue nominado para el Premio Nobel de Literatura que rechazó por motivos personales y literarios, pero sobre todo por coherencia hacia la lengua y la literatura feroesa; lo justificó ante la Academia Sueca con estas palabras:

«Hubo un tiempo en que la lengua feroesa gozó de poca consideración. A pesar de ello, la lengua feroesa ha creado una magnífica literatura y, por tanto, habría sido razonable otorgar el Premio Nobel a un autor que escribiera en feroés. Si me lo hubieran otorgado a mí, habría ido a parar a las manos de un autor que escribe en danés y, en consecuencia, los esfuerzos de los feroeses por crear una cultura independiente se habrían llevado un duro golpe».

Tanto en la obra literaria como en la pictórica, Heinesen combinó su peculiar estilo en donde la sátira, el humor o el placer de la vida primaban por encima del resto: buscaba la alegría de la vida a pesar de la sordidez y lo laberíntico que a veces resulta el recorrido. En la Escuela de Torshavn quedan, como merecido homenaje al gran escritor, sus murales inspirados en el poema «Sigurd» que, en cierta manera, nos transportan a una Arcadia feliz, en una etapa (mediados de los setenta) en que la pintura acabó siendo su particular manera de expresarse. Un nuevo descubrimiento para el arte de su terruño insular que acabó adquiriendo una nueva dimensión y algo podemos admirar en esos dos sellos de la emisión Europa (1977) «Historias y leyendas».

Él también forma parte del resurgir insular y supo impregnar en la sociedad de su tiempo el orgullo de sentirse y ser feroés; quizá como el que más, fruto tal vez de la dualidad en la que creció y se formó, sin que por defender lo propio, tuviera que renunciar al todo: feroés, sí, pero sobre todo era danés y lo expresó de manera bien clara en su escrito a la academia sueca. ¿Cuántos en otros lares han resuelto tan «serenamente» el prestigioso premio?

En su sátira no escapa la crítica, acerada y feroz, sobre los políticos, hombres de negocios y todo tipo de hipócritas seductores que acaban produciendo un incalculable daño a la sociedad en la que se encuentran. ¡Pobre Heinesen si le hubiera tocado vivir en la época actual y en lugar de su país hubiera nacido en una de las regiones de la periferia peninsular poblada de mediocres!

En el ensayo Fra billedmagerens vaerksted (1979) se recoge lo más representativo de este autor y crítico literario. Persona comprometida y luchadora, fue un guía para su pueblo. He aquí uno de sus muchos poemas:

LAS TINIEBLAS HABLAN AL ARBUSTO EN FLOR  (1972)
Yo soy la tiniebla.
¿Sientes mi mejilla sobre la tuya?
¿Sientes mi negra boca sobre la tuya roja?

Sí, tú eres la tiniebla y me asustas.
Tú eres la noche y la eternidad.
Siento tu gélido aliento.
Tú eres la muerte.
Quieres que me marchite.
¡Y tengo tantas ganas de vivir y florecer!

Soy la tiniebla.
Te amo.
Quiero que te marchites.
Que florezcas y te marchites.
Que te marchites y resurjas con tus flores.
Que te marchites y florezcas una y otra vez.
Soy la Noche. La Muerte. La Eternidad.
Te amo.
Me desesperaría si no existieses
y no me estuvieses esperando aquí
con el ansioso aliento de tus fugaces flores.
Con el vivo tropel de tus hermanos,
cálidos besos rojos,
en la profundidad de mi negro corazón solitario.

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