Desventuras antárticas: «Shackleton: valor, coraje y liderazgo»

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Después de la conquista del Polo Sur Geográfico por Amundsen en 1911, que se anticipó por un estrecho margen de días al malogrado Scott, y tras un previo intento de Ernest Shackleton en 1908 por alcanzarlo, quedaba una meta por lograr: el cruce del Continente Antártico de mar a mar.

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La distancia a recorrer era de 1800 millas y la mitad de ésta, entre el Mar de Weddell y el Polo, estaba inexplorado. En el proyecto, una segunda expedición partiría hacia el Sur desde el Mar de Ross a esperar la llegada de la expedición principal en la cima del glaciar Beardmore. Dos barcos se necesitarían para ambas misiones: El Endurance y el Aurora, que ya utilizara Mawson en 1911.

El 8 de agosto de 1914, recién estallada la Guerra, el Endurance zarpaba de Plymouth. El 5 de diciembre, tras abandonar las islas Georgias del Sur, se rompió el último eslabón con la civilización. Pronto comenzaron a divisarse peligrosos icebergs que intranquilizaron a Shackleton. En realidad solo era el preludio de lo que le esperaba. El día 7 se internaron entre masas de hielos con la esperanza de encontrar aguas abiertas más allá. Desgraciadamente, se hallaron poco después en una especie de piscina rodeada de grandes placas heladas por todas partes que se estrechaban más y más. El hielo fue encerrando la nave agolpándose a los costados de forma amenazadora. Consiguieron alcanzar un claro que les permitía navegar, pero para primeros de enero sólo se habían movido unas cuantas millas hacia el Sur. Intenntar avanzar entre los témpanos suponía una frustración constante. El 19 de enero de 1915 el Endurance se quedó definitivamente atrapado. Su posición era 76º 34′ Sur, en la costa de Caird. El día 27 Shackleton decidió apagar las calderas, habían quemado demasiado carbón, a razón de media tonelada diaria y con 67 toneladas que quedaban tenían autonomía sólo para 33 días. Para el día 31 la nave había flotado unida al hielo unas 8 millas al Oeste. El Endurance había derivado hasta el punto Sur más lejano a 77º de latitud, desde que se quedara inmovilizado.

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El Endurance intentando alcanzar un claro

Se fue el verano y las temperaturas cayeron drásticamente. El 1 de mayo se despidieron del Sol y los 70 días noches del invierno antártico comenzaron. En julio el Sol regresó a medianoche del día 1 y el día 13 sufrieron la presión del hielo, que aumentó hasta ser causa de gran preocupación por los formidables bloques que les tenían cercados, haciendo temblar toda la estructura. A mediados de septiembre salieron en busca de carne fresca para los perros, pero las focas y pingüinos casi habían desaparecido, habían pasado cinco meses desde que capturaran la última foca.

A finales de septiembre la nave empezó a rugir por la poderosa presión de las masas heladas, amenazando con aplastarla. El domingo 23 de octubre de 1915 quedó marcado por el principio del fin. La posición era 69º 11′ Sur, 51º 5′ Oeste. A 18:45 el Endurance crujió, su costado de estribor empezó a doblar peligrosamente, el entablado y las cuadernas de popa partieron, e inmediatamente se formó una vía de agua. El miércoles 27 de octubre Shackleton escribió: «…después de largos meses de ansiedad y tensión incesante, después de tiempos de grandes ambiciones y tiempos de negras perspectivas; hemos decidido abandonar la nave, que está siendo aplastada, más allá de cualquier posibilidad de ser recuperada. Estamos vivos, tenemos provisiones y equipo para empezar la tarea que tenemos por delante, la de llegar a tierra con todos los hombres de la expedición. Está siendo duro tener que escribir esto».

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El Endurance atrapado entre los hielos

Habían flotado al menos 1.186 millas y estaban a 346 de la isla Paulet, el punto más cercano donde había alguna posibilidad de hallar comida y refugio. Shackleton mandó bajar al hielo los botes, vestimentas, provisiones y trineos. El Endurance había quedado prisionero de los hielos 281 días. Los 28 hombres abrieron cinco tiendas cerca de la nave que llamaron Campamento Océano, pero tuvieron que levantarlas rápidamente a prudente distancia porque el hielo comenzó a resquebrajarse bajo sus pies.

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El Endurance siendo aprisionado por los hielos

El 21 de noviembre de 1915, el Endurance levantó su popa y se hundió bajo el hielo, yendo a descansar al fondo del Mar de Weddell. Los hombres empezaron a notar cómo la superficie sobre la que se encontraba el Campamento Océano iba perdiendo consistencia, así que el 20 de diciembre Shackleton decidió abandonar el lugar y emprender la marcha hacia el Oeste para reducir la distancia a isla Paulet. Los hombres arrastraron los botes James Caird y Dudley Docker haciendo varias paradas. Atrás quedó el otro bote, el Stancomb, que más tarde sería recuperado. Si el hielo se desintegraba los 28 hombres embarcarían en los dos botes, que medían 20 pies de longitud, encomendándose a partir de ahí a la misericordia del Mar de Weddell.

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El Endurance desapareciendo bajo los hielos del Mar de Weddell

El 29 de diciembre, fueron cambiando de una placa a otra arrastrando los botes. Forzados a la aventura en su nuevo «hogar» cruzaron el Círculo Polar Antártico la víspera de Año Nuevo. Shackleton escribió: «Así, después de un año de incesante batalla con el hielo, habíamos regresado a casi la misma latitud de donde habíamos salido con tantas aspiraciones 12 meses antes; ¡pero bajo qué condiciones tan diferentes ahora!, nuestra nave aplastada y perdida y nosotros flotando en un pedazo de hielo a la misericordia de los vientos».

Los meses iban pasando, con los hombres sobre aquel témpano de hielo a la deriva, al antojo de los vientos y corrientes, que jugaba con sus vidas, sus pensamientos y sus destinos. El 9 de abril de 1916 el hielo que les sostenía se desintegró hasta tal punto, que se vieron forzados a echar los botes al agua y embarcar en ellos. El témpano partió, se abrió un cauce bajo él y dos horas más tarde, tras embarcar todas las provisiones, consiguieron navegar una corta distancia de tres millas por el canal abierto. Por la tarde abordaron otro témpano y de nuevo arrastraron los botes hasta la superficie, se instalaron las tiendas y se encendió la estufa. Al día siguiente regresaron al agua y a las 11 de la mañana consiguieron alcanzar aguas abiertas.

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Arrastrando el James Caird

El 12 de abril de 1916 Shackleton observó que progresaban bien hacia el Oeste. La isla Elefante, en las Shetland del Sur, apareció entonces ante ellos en el Nor noroeste. De repente un ventarrón se hizo presente y separó el Dudley Docker de los otros dos, que terminó en una playa estrecha y plagada de piedras. Pronto los demás alcanzaron también el lugar. Shackleton, en el Stancomb, fue el primero en desembarcar. Cuando todos estaban en tierra, los hombres empezaron a correr por toda la playa como si hubiesen encontrado un tesoro o una tonelada de ron; simplemente estaban exaltados de felicidad, aún no estaban salvados ni sabían que les depararía el destino a partir de ahora, pero sus pies tocaban aquella «tierra maravillosa», la primera tierra por primera vez en 16 meses.

El desembarco en este lugar de isla Elefante sabían que no podía ser por mucho tiempo, debían localizar otro punto seguro donde acampar. Consiguieron un lugar bien resguardado, arenoso, a siete millas al Oeste de donde se encontraban. Después de un largo forcejeo por mar, el 17 de abril fue instalado el nuevo campamento en el lugar que llamaron Cabo Wild.

En la siguiente semana Shackleton planeó su peligroso viaje en busca de ayuda. La única respuesta a la pregunta acerca de su rescate parecía encontrarse en las Islas Georgias del Sur, que se encontraban a 800 millas de distancia y donde había una estación ballenera. Pero, el océano al Sur de Cabo de Hornos, en Tierra del Fuego, se reconocía como el área mas tormentosa del planeta. Los hombres tendrían que asumir estas condiciones en un pequeño bote, sabiendo que existían grandes posibilidades de perder la vida en el intento. Shackleton dejó a Wild al mando del grupo que permanecería en isla Elefante, con el encargo de mantenerlo unido hasta que regresasen a rescatarlos. Si por primavera no habían vuelto, Wild tenía que tomar los dos botes que les quedaban e intentar llegar a la isla Decepción, una isla volcánica en medio del mar de Brandsfield pero abrigada y con posibilidades de que algún día un barco ballenero recalase allí.

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Lanzando al agua el James Caird

El lunes 24 de abril de 1916 los hombres lanzaron el Stancomb al agua cargado con provisiones, vestimentas y lastre. Después se lanzó el James Caird que era el más pesado. El lastre estaba compuesto por bolsas confeccionadas con mantas, que después llenaron con arena. Se cargaron 250 trozos de hielo para disponer de agua potable. Como instrumentos disponían de un sextante, compás, ancla, unos mapas y un par de prismáticos. La operación de carga resultó complicada y laboriosa, los hombres terminaron empapados y helados. Por el mediodía estaban listos para hacerse a la mar. La tripulación del Stancomb estrechó las manos de los hombres del James Caird y éste enfiló hacia el Nordeste. Shackleton junto con Worsley, Crean, Mcneish y Vincent iniciaron aquí el viaje de una vida.

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Despidiendo al James Caird

El James Caird hacía tres millas a la hora en medio de formidables icebergs que rozaban y mordían la embarcación. Worsley imaginó estas poderosas estructuras encarnadas en diversas criaturas cuando escribió: «Cisnes de extrañas formas picoteaban las tablas de nuestra embarcación; una góndola que iba guiada por una jirafa, a muchos compañeros les pareció que se trataba de un pato sentado sobre la cabeza de un cocodrilo; un oso desde lo alto de una torre casi araña nuestra vela. Todo tipo de formas extrañas, fantásticas y majestuosas se abrían ante nosotros».

Entretanto, en isla Elefante, las siguientes dos semanas desde la partida del James Caird, una fuerte ventisca sumió la isla en un lugar inhóspito para las condiciones en que se encontraban los que se habían quedado. Wild y sus hombres, para protegerse de las inclemencias, construyeron una cabaña apoyando los botes boca abajo sobre muros de piedras, que después cubrieron con velas para protegerlos de la lluvia y la nieve. Para las paredes utilizaron retales de lona de una vieja tienda. En su interior montaron la estufa a la que acoplaron una chimenea. Pasaron las semanas muertas; el tiempo lo invertían cantando sus canciones favoritas y recordando sus mejores momentos. Para principios de agosto la comida empezó a escasear teniendo que ser racionada. El día 12 consumieron el último alcohol que les quedaba. El invierno les confinó en la cabaña y sus rigores causó graves problemas de congelación. Los doctores Mecilroy y Macklin no tuvieron más remedio que amputar a Blacborrow los dedos de los pies por la gangrena.

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Construyendo una cabaña en la Isla Elefante

Por su parte, el James Caird continuaba su viaje en una situación de calvario insufrible. Los sacos de dormir llegaron a quedar empapados y resultaba difícil mantener la temperatura de los cuerpos. Los cantos rodados que se llevaban a bordo a modo de lastre, tenían que ser cambiados continuamente de lugar para que se pudiera acceder a la bomba de achique, que era estorbada por bolsas, sacos de dormir, reservas y equipo. En poco tiempo los sacos llegaron a ser prácticamente inútiles porque sus interiores chorreaban. Para calentarse, los hombres frotaban sus piernas con la ropa mojada que no habían cambiado en siete meses. Las comidas eran a base de bizcochos, leche, té, extracto de carne y terrones de azúcar.

Al cuarto día de la salida una severa tormenta les golpeó duramente. El siguiente día el temporal era tan feroz que evitaron capearlo; recogieron la vela mayor y enarbolaron el foque pequeño. Miles de veces parecía que el bote iba a volcar, pero milagrosamente aguantó las embestidas. El temporal nació en el Continente Antártico y con él vinieron temperaturas extremas. El rocío a bordo se congeló, todo el bote quedó cubierto por una capa de hielo. La embarcación llegó a ser tan pesada que forzó a los hombres a utilizar continuamente herramientas para astillar los hielos y lanzarlos lejos. Pasó un día más y el hielo se convirtió en un verdadero problema ya que el bote, más que a un barco, se parecía a un tronco flotante. Algunos equipos fueron por la borda, entre ellos los remos de repuesto que se habían encajonado en el hielo a ambos lados del bote, y dos sacos de dormir que estaban completamente helados por la humedad que habían acumulado. En los hombres también causó estragos, desarrollándose grandes ampollas en dedos y manos.

Al alba del séptimo día el viento había menguado, de nuevo se puso rumbo a las Georgias del Sur. El Sol salió y los hombres colgaron del mástil los calcetines y sacos de dormir que quedaban. El hielo comenzaba a fundirse a lo lejos y las ballenas soplaban en las inmediaciones del bote. Wild tomó una situación al Sol y calculó que habían recorrido 380 millas, les faltaba casi la mitad del viaje para llegar a su destino. Hasta el undécimo día -5 de mayo de 1916- se navegó con tranquilidad, pero fue entonces cuando un tremendo huracán se desarrolló, a medianoche se divisó en el horizonte una línea de cielo claro entre el Sur sudoeste; Shackleton escribió. «llamé a los otros hombres y les dije que el cielo aclaraba, y entonces un momento más tarde me di cuenta de que eso que había visto no era un claro en las nubes, sino la cresta blanca de una ola gigantesca». El barco quedaría al albedrío del mar embravecido y no había tierra a la vista; el desastre era inevitable, empezaron a prepararse para un naufragio seguro. De repente, milagrosamente, el viento cambió, suspiraron y de nuevo pusieron rumbo a la tierra que tanto anhelaban. La noche llegó y al alba del día 10 de mayo vieron una zona de tierra que pensaron era la bahía del Rey Haakon; Shackleton decidió que ese sería el lugar del desembarco, por lo que pusieron proa a esa bahía que enseguida alcanzaron.

A la llegada se encontraron con peligrosos arrecifes a ambos lados y glaciares que finalizaban en el mar. Tras varios intentos, al cambiar el viento llegaron a la playa por un estrecho paso. A las dos de la mañana desembarcaron gritando de alegría, pero se encontraban a 17 millas de la estación ballenera Stromness; un penoso viaje por las montañas y glaciares de las Georgias del Sur era inevitable. Macnish y Vincent estaban demasiado débiles para intentar el viaje, así que Shackleton les dejó allí al cuidado de Macarthy.

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Desembarcando en las Georgias del Sur

El 15 de mayo Shackleton, Crean y Worsley salieron a otra aventura: alcanzar a pie la estación ballenera Stromness. Subieron pesadamente heladas cuestas y glaciares hasta cubrir una altitud de 4.500 pies. Mirando atrás podían ver una espesa niebla que les seguía en su ascenso. No disponían de sacos de dormir, así que era obligado bajar a una cota menor antes de que cayese la noche. Hallaron una pendiente nevada muy acusada y como si fueran niños se lanzaron por ella deslizándose con sus cuerpos; en sólo 2 ó 3 minutos habían descendido 900 pies. A las seis de la tarde hicieron una comida, una hora después la oscuridad era total. Aproximadamente dos horas más tarde, una luna llena apareció tras las dentadas cimas iluminando la senda. A medianoche estaban de nuevo a una altitud de unos 4.000 pies. A la una de la mañana volvieron a tomar algo caliente que renovó sus fuerzas. Poco después de emprender la marcha se toparon con otro glaciar y como no se detuvieron en toda la noche se cansaron terriblemente. A las cinco de la mañana estaban tan exhaustos que se sentaron al abrigo de una roca, se abrazaron todos juntos para guardar el calor y en un minuto Worsley y Crean estaban dormidos, Shackleton se dio cuenta de que eso sería desastroso, si todos se dormían no sobrevivirían. Tras cinco minutos de descanso Shackleton los despertó y les obligó a continuar. A pocos cientos de metros, cuando ya no podían doblar sus rodillas, se alzó ante ellos una cadena montañosa; al otro lado se encontraba la bahía de Stromness. A las seis de la mañana encontraron una entrada y con los cuerpos destrozados por el cansancio, pero ansiosos, emprendieron la etapa final. Tras salvar las formaciones rocosas de Huvik Haracur, apareció la temprana luz del alba. A las seis y media de la mañana Shackleton creyó oír el sonido de los vapores balleneros que salían a la mar. La bahía Stromness estaba ante ellos, pero a pesar de encontrarse tan cerca aún no acabarían las penalidades. Precipicios, pendientes imposibles y planicies nevadas donde se hundían hasta las rodillas, agotaba a los hombres hasta la desesperación, que veían como sus últimos metros se hacían interminables.

A la una y media de la tarde habían salvado la última cima, pero aún tuvieron que descolgarse con sogas por una cascada de 30 pies, para evitar tener que dar un rodeo de cinco millas. Hambrientos y estremecidos por el frío caminaron casi arrastrándose, para cubrir la milla y media que les quedaba hasta la estación ballenera. Cuando finalmente llegaron, la imagen que presentaban era penosa. Sus barbas y cabellos sucios y largos hasta los hombros parecían espartos, las ropas estaban andrajosas después de no haber sido lavadas en un año. En su camino encontraron dos niños a quienes preguntaron donde estaba la casa del gerente, pero ellos no contestaron y salieron corriendo tan rápido como sus piernas les permitían. Al llegar al muelle, el encargado les llevó hasta el gerente, no sin tener que dar explicaciones, ya que el aspecto de los hombres no infundía confianza alguna. Shackleton ya conocía a Sorlle, el gerente, pero éste no le reconoció hasta que se identificó, relatándole lo que había sucedido y las penalidades que tuvieron que sufrir para llegar hasta allí. Después de comer, lavarse y afeitarse Worsley marchó a bordo de un ballenero a recoger a los compañeros que se habían quedado refugiados bajo el James Caird, al otro lado de las montañas. Entretanto, Shackleton preparaba ya el proyecto de rescate de los hombres de Isla Elefante.

A la mañana siguiente, Shackleton, Worsley y Crean partieron en el ballenero noruego Cielo del Sur para isla Elefante, pero al poco tuvieron que desistir por los hielos. Entonces el gobierno de Uruguay prestó a Shackleton el barco Instituto de Pesca, pero de nuevo el hielo impidió el avance. Decidieron marchar a Punta Arenas, donde residentes británicos y chilenos donaron a Shackleton suficientes fondos para fletar la goleta Emma. A 100 millas al Norte de la isla Elefante la caldera auxiliar se averió; un cuarto intento sería necesario. Esta vez el gobierno de Chile puso a disposición de Shackleton el vapor Yelcho, al mando del Capitán Luís Pardo. El 30 de agosto de 1916, Marston, uno de los hombres confinados en isla Elefante, divisó el Yelcho en un claro entre la llovizna y empezó a gritar desesperadamente. Para hacer una señal derribaron inmediatamente la lona que les cubría, empaparon ropas con el resto de aceite y parafina que les quedaba y a continuación prendieron fuego a todo; el barco enseguida se dirigió al lugar. Blackborrow, que no podía andar por las amputaciones de sus dedos, fue llevado a hombros por sus compañeros hasta una roca alta y se mantuvo allí arriba en su saco de dormir; no quería perderse ni un detalle de la llegada de sus rescatadores. Shackleton, al ver a todos sus compañeros vivos, satisfecho y feliz como nunca en su vida exclamó: «¡Gracias a Dios!». Una hora después, encabezaron todos juntos el viaje hacia el Norte. Habían sobrevivido solos en isla Elefante 105 días, pero el mundo no había tenido noticias de ninguno desde octubre de 1914.

Shackleton ha sido considerado como el director de expedición más seguro y confiable, tanto para sus hombres como para sí mismo. Sin duda, será recordado como uno de los hombres más valientes y con más coraje de todos los exploradores antárticos.

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Abel Domínguez R.
Miembro de las Campañas científicas españolas
a la Antártida 1989-90 y 1990-91

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