EL CABO DE HORNOS

Si una adivina me hubiera dicho que andaría por estos mundos [mejor decir navegaría] le habría contestado con una sonrisa y, eso no lo tengas por seguro: ni borracho por esas aguas. Es lo malo que tienen las ideas preconcebidas o el concepto que te formaste en tu mente sobre tal o cual cosa. Jamás me lo llegué a creer y un día, sin esperarlo, un gran crucero y casi cuatro horas allá en esas turbulentas aguas que según el concepto generado por el paso de la historia es el Fin del Mundo.

Pero no, la realidad supera toda imaginación, el resultado fue una quietud inesperada [me recordaba esas calmas que en determinada época del año se dan en el Océano Pacífico y en donde las históricas flotas españolas tenían un peculiar enemigo que era la inapetencia del dios Eolo], pero vayamos y rebusquemos en la historia dicha zona del orbe y lo que aquello significó para la navegación hasta la apertura del Canal de Panamá a mediados del siglo XX.

Fue necesaria una navegación que se inició el día anterior en Ushuaia y que transcurrió plácidamente a través del Canal de Beagle, unas doce horas en total, hasta que a primeras horas de la mañana los altavoces del navío lanzan su atronador mensaje: CABO DE HORNOS a estribor, se inicia la sesión de fotos por parte de los equipos del navío, para evitar tentaciones, no me acerqué y estaba pendiente, cual halcón, de todo lo que mis retinas eran capaces de vislumbrar en aquel amanecer donde la oscuridad todavía era patente. El navío, teniendo en cuenta la quietud de unas aguas que están poco habituadas a esa realidad, girará sobre sí mismo para que todos puedan disfrutar de la contemplación del mítico topónimo o punto geográfico en donde resalta el faro, una especie de cobertizo y un gigantesco monumento: en todos los casos sólo buenas máquinas podrán inmortalizarlos, el resto tendremos que conservar la imagen en nuestras retinas.

El Cabo, infinidad de veces recogido en las letras [especialmente en la literatura de viajes, aventuras y navegación], forma parte de lo que se conoce como Parque Nacional Cabo de Hornos; unas 60.000 hectáreas prácticamente intactas y posiblemente el que menos visitantes tiene de todas las áreas protegidas del orbe. Se trata de la zona más austral del continente americano [apenas le separan unos 600 kilómetros de las primeras islas que, geográficamente, quedan englobadas en la Antártida] y se administra desde la Comuna de Puerto Williams que ostenta, también, el rango de capital de la Antártida Chilena.

Puerto Williams se fundó precisamente el año que yo nacía: 1953 y en ella se ubicó una base de la Armada Chilena; allí viven poco menos de 3.000 personas y se puede llegar a esta liliputiense población, sobre todo si comparamos con Punta Arenas que la acabamos de abandonar dos días antes. Desde esta pequeña población austral, por medio de un vuelo que se realiza con pequeños aparatos tres o cuatro veces por semana podemos volar a o desde Punta Arenas y tampoco resulta un despilfarro si tenemos en cuenta donde estamos [la distancia entre ambos puntos apenas es la de Madrid-Barcelona, pero la climatología allí es la que manda].

Otra opción para llegar a esta isla que tiene el nombre de Navarino [su nombre me recuerda alguna de las emisiones del mítico Escucha Chile de Radio Moscú o el Servicio Latinoamericano de Radio Berlín Internacional, si mal no recuerdo, hasta aquí envió la dictadura a muchos de los que se detuvieron tras el golpe militar y en el que Salvador Allende acabó quitándose la vida] es con la derrota regular del navío que mensualmente realiza para abastecer estos desangelados territorios en donde la minería ha puesto sus ojos y centenares de personas laboran buscando su golpe de suerte como en el XIX lo hiciera Julio Poper [por si desean bucear sobre ese pasado que atrajo a centenares de aventureros tras la quimera del oro, el rumano está suficientemente estudiado, aunque quizá sean los filatélicos y numismáticos los que más saben de él porque emitió sus propios sellos y acuño su propia moneda: en ambos cosas reliquias que alcanzan cifras de vértigo cuando alguna vez aparecen en las subastas].

Hoy, la región, no es lo que fue y el confort del siglo XXI se paga. En Puerto Williams uno puede darse una vuelta por el Museo Antropológico Martín Gusinde, un sacerdote antropólogo que trabajó por aquella región durante un lustro [1918-1923]. El museo o el puerto de la ciudad es el lugar por donde uno suele encontrarse a los aventureros que aparecen por estos desolados lares tratando de llegar hasta el mítico Cabo. El museo muestra la historia de los aborígenes y el censo realizado por el religioso en 1920: 276 individuos. Durante mi paso sólo quedaba una anciana que había superado el siglo de vida y con ella desaparecerá definitivamente la presencia de este pueblo que durante diez mil años colonizó estas gélidas latitudes. A finales del último cuarto de siglo XX habían contabilizado unos 10.000 individuos que en apenas medio siglo fueron sucumbiendo a la actividad depredadora de los hacenderos que les fueron parcelando sus tierras o cazándolos como si de conejos se tratase.

Por cierto, el famoso Canal de Beagle, antaño era un impresionante lugar para las ballenas hasta que prácticamente la actividad depredadora de esa industria las acabó aniquilando y hoy resulta que ves más entre Tenerife y La Gomera que por aquellas latitudes australes; en su lugar hay una inusitada riqueza que puede alegrar el día, especialmente la de los fotógrafos si van pertrechados con buenos objetivos; los pescadores a veces capturan las célebres centollas que tan bien cocinan en Ushuaia, lamentablemente no tengo referencia directa de la gastronomía de la isla, aunque si la preparan tan buena como el curanto de Chiloe, entonces es seguro que te chupas los dedos ante tamaña exquisitez.

Cabo de Hornos (imagen Wikimedia Commons)

Cabo de Hornos (imagen Wikimedia Commons)

El Cabo de Hornos puede ser sobrevolado o visitado (sin descenso) con un crucero. Eso sí, en caso de buena mar, con tiempo para contemplarlo y, si tienes zoom, realizar fotos que difícilmente volverás a tener la oportunidad de hacer. Como folclore, las navieras preparan una jornada cutre [sólo les faltaría la sección de perforado y anillado correspondiente siguiendo la costumbre de los antiguos marinos que cruzaban el paso a vela y que tenían como hecho diferencial la oportunidad de llevar un anillo en la oreja y ello indicaba haber superado ese terrorífico punto] como es el denominado “Bautizo en Cabo de Hornos” ceremonia a la que se prestan, pacientemente, los viajeros y oficia como encargado de ceremonias [al menos en el viaje que a mí me tocó] el mismísimo director de hotel que, por lo visto, está para distraer al paisanaje y no para solucionar los problemas que se puedan presentar [un mes después el mismo barco volvió a ser actualidad por otro incidente en Valparaíso, ahora agravado: los viajeros fueron encerrados en la Terminal que, dicho sea de paso, no la tienen en Europa ni los terneros que van al matadero].

Los viajeros que se prestan a esa farra, parece que se apuntan a un bombardeo, pacientemente hicieron una larga fila y se iban acercando al lugar escogido donde, con un casco de vikingo, agujereado por el centro, se les echaba el agua helada de esa región austral que, al parecer, habían recogido los encargados de entretener al pasaje [no sé si ya dije que la horquilla de edad debería estar entre los 65-75 años, vaya que no éramos precisamente críos], se inicia el espectáculo y centenares de máquinas fotográficas, desde todos los ángulos posibles, se dedican a disparar para llevarse tan inusual safari fotográfico.

Si uno tiene tiempo de sobra [estás controlado por ti mismo, dependes del horario del crucero, otra cosa es que te montes el viaje por tu cuenta y entonces estiras o acortas de acuerdo con lo que te va apareciendo en el camino] lo mejor será intentar embarcar en uno de los escasos viajes que sí hacen pie y siguen unos circuitos prefijados que no deterioran el inhóspito territorio de esta región austral hasta el Faro y el grupo escultórico existente. La zona fue descubierta en 1616 por los holandeses Jakob le Mairie y Willem Schouten que viajaban con el Unity navío que, según la documentación histórica, parece fue pasto de las llamas en la zona de Puerto Deseado. Lo bautizaron como HOORN (Hornos, otros te explican que eso mismo viene por el fuego que contempló el primer europeo y, ya se sabe, de un horno suele salir fuego) que era el lugar de origen en Holanda de la expedición comercial que realizó esta ruta hace 400 años, concretamente en el verano austral, era el 29 de enero de 1616, el comandante Schouten le puso el topónimo que ha llegado hasta hoy.

La isla apenas tiene ocho kilómetros cuadrados que alcanzan una altitud máxima de 424 metros y prácticamente todo son acantilados donde la acción corrosiva del agua y los vientos va dejando su huella en las laderas en forma de constantes desprendimientos como atestiguan las zonas más jóvenes que quedan libres del musgo que las irá ennegreciendo. La oscuridad, a pesar de estar climatológicamente en el verano austral, es total a primeras horas de la mañana y por lo tanto poca luminosidad para las fotografías. Si le atrae la región grandes escritores de aventuras han inmortalizado con su imaginación el Fin del Mundo: Coleridge, Melville, Poe o Verne [personalmente el que me atrapó fue el relato que un día, hace una decena de años, devoré, cansado de verlo sobre la mesa sin haberlo leído, estaba escrito por Luis Sepúlveda: Patagonia Expréss, debo confesar que si no me hubiera entretenido con Un viejo que leía novelas de amor, del mismo autor, no me habría entrado el gusanillo por La Patagonia y por la que era la tercera vez que deambulé en el 2017] servirían para entrar en el tema; con cualquiera de ellos podríamos llegar a comprender por qué los marinos le tenían tanto miedo a aquellas gélidas aguas. El lugar, famoso por la violencia que allí desarrolla el mar, da lugar a los famosos “rugientes del sur” que prácticamente soplan durante todo el año. Forma parte de la sierra volcánica que desde Los Andes llega hasta las islas Georgia del Sur

Vaya, que el pánico no era una quimera, en dos siglos de registros, varios cientos de navíos se hundieron en esta zona y unos 20.000 seres humanos perdieron la vida. Tras la apertura del Canal de Panamá la ruta marítima prácticamente colapsó y con ello los pingües beneficios que otrora realizaran personajes como el avilesino Menéndez o el ruso Braun [prácticamente eran los amos indiscutibles de la región austral sobre todo tras los matrimonios realizados entre los miembros de ambas familias] también se evaporaron y como símbolo de aquella riqueza quedan los edificios, señoriales y europeos, que están en la parte histórica de Punta Arenas, la mayoría de ellos en manos del gobierno chileno que los utiliza con fines públicos o institucionales. Recordemos que cuando Magallanes llegó a estas latitudes, necesitó nada menos que un mes para lograr pasar al otro océano [en su memoria está el Estrecho que lleva su nombre]: el temor a pasar por el terrible Cabo de Hornos fue el que les hizo buscar una alternativa y se convirtieron en los primeros humanos de los que se tiene constancia realizaron dicha gesta y que circunnavegaron la Tierra. El navegante luso [recordemos que estaba al servicio de la Corona de Castilla] murió en Filipinas y la toponimia honró su gesta que el viajero inmortaliza con el correspondiente certificado en las instalaciones portuarias de Punta Arenas.

JUAN FRANCO CRESPO
lacandon999@yahoo.es

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Un comentario:

  1. Abel (El Tecnotrón)

    Tengo una historia que me contó un comandante de Infantería de Marina en plena Antártida, que demuestra hasta qué extremo los españoles no sólo olvidamos nuestra historia, sino que incluso nos jactamos de ser los más ignorantes en ese tema.
    Te dejo la historia del San Telmo, un buque de la Armada española que en el siglo XIX terminó derivando en el Cabo de Hornos y acabando en una isla del Antártico que ni siquiera había sido descubierta. Murieron allí más de 600 españoles. Mejor lee el artículo que escribí sobre el tema y ya me contarás. Te dejo el enlace:
    https://natureduca.com/blog/el-san-telmo-gloria-sin-gozo/

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