LA RADIO EN LA LITERATURA: MANOLO

“El político busca la masa”
[Francisco de Cossío]

Obra de Francisco de Cossío, Editorial Akron S. A., Apartado 134, E-24700 Astorga-León, 2008, 130 páginas.
En esta ocasión las referencias radiales las encontré en una obra que es una experiencia emocional o la reflexión tras un hecho violento: la muerte de dos de los hijos del autor. El libro, editado de manera póstuma [el autor murió en 1975] tiene como hilo conductor la muerte del jovencísimo Manolo. Contrasta por su calidad narrativa y por su entereza intelectual con otras obras que sobre nuestra INCIVIL había leído estos últimos años.
Es un trabajo histórico, introspectivo, donde se tratan de encontrar las raíces de todos nuestros males y todas nuestras ensoñaciones para circunscribirlo a lo absurdo de la muerte en una contienda que, vista la historia, es también otra de nuestras constantes. Parece como si los españoles no fueran capaces de comportarse civilizadamente y su afán sea el de estar dándose tortas de manera continua. Lo más curioso es que casi todos los que se atreven a hincarle el diente a la problemática, sin partidismos, sin censuras, sin politiqueos, encuentran cuál es el problema. Lamentablemente lo que no se encuentra es la vacuna y, generación tras generación, parece que ese arte de “darse hostias” es consustancial a nuestro destino.

Impresiona la madurez de ese trabajo que permaneció en un cajón. No hay rencor en la narración de los hechos. El lenguaje, preciso, el análisis comedido, pero no la descalificación y, al final, siempre la pregunta ¿por qué esas ideas nos acaban atropellando? ¿Por qué somos tan dados a destruir? ¿Por qué nos conformamos con lo que cuatro cantamañanas nos largan cada día desde los medios de comunicación? ¿Por qué hemos llegado tan lejos en esta degeneración, en esta corrupción que nos carcome? Es evidente que estamos, de nuevo, ante la encrucijada de la historia y que nadie sabe por dónde saltará. Parece como si Europa tuviera un miedo endémico a la PAZ [porque, sinceramente, por mucho que hablen de ella, parece que juegan a volver a enredar el panorama] y ésta, sin proponérselo, acaba pagando el plato roto de los individuos que “manejan” los hilos sólo y exclusivamente para medrar y enriquecerse gracias, precisamente, a esa masa que asiste, impávida, a la degeneración de la vida pública.

Pero la historia está ahí y siempre volvemos a la misma reflexión ¿Por qué nadie escarmienta en piel ajena? Posiblemente es nuestra debilidad, nuestra gran seguridad en que somos diferentes y, por eso, acabamos padeciendo (o repitiendo) los mismos errores. Nunca nos ponemos de acuerdo para construir una cosa (algunos, incluso, se molestan si quieres construir) pero para destruir somos campeones en aprovechar la primera oportunidad. En nuestro terreno radial podría ser el tema de las entidades Diexistas en nuestro país. Constantes enfrentamientos, constantes zancadillas y, al final, el ocaso que a nada nos lleva. Sólo algunos quijotes tienen la llama en sus manos (y la aguantan).
No somos nada y, encima, a pesar de los desastres, nos empeñamos en seguir la senda equivocada. Ya se sabe, si a la primera te engañan, tiene una cierta justificación. Si ocurre dos veces, entonces no hay duda: eres tonto. Así que, me dejo de filosofar y me centro en lo que nos trae aquí La radio en la literatura que, eso sí, apenas es una pincelada, apenas unas líneas, prácticamente nada, pero merece la pena, porque de una u otra forma, la radio en el siglo XX fue la gran dama y en este XXI todos los inconscientes están remando por su liquidación y para “ensanchar” los dividendos de las grandes compañías de los medios que no paran de engrosar sus resultados gracias a los descubrimientos y a las redes electrónicas, es evidente que todo eso no es radio, aunque sirva para tener a la masa en un estado catatónico. Después se quejan del radicalismo de ciertos pueblos que han sido abandonados a su suerte en el mundo de las ondas radiales y donde los mensajes de violencia van calando cual “gota malaya”.

“Pero ya la ciudad hace muchas horas que es totalmente nuestra. Entonces se acuerdan las milicias en armas que hay que tomar los centros oficiales, pues a esas horas no se ha tomado sino la radio. A las doce de la noche llamamos desde el periódico por teléfono al Gobierno Civil, y aún está en el despacho el gobernador del Frente Popular, solo con su secretario, sin que nadie se haya cuidado de ir allí. En el Gobierno Civil no queda nadie, ni guardias, ni ordenanzas, ni empleados…” [79]

“Sonaba nuestra “radio” y, de pronto, la prima Pepita se iba poniendo seria, y rompía a llorar de súbito.
-¿Por qué lloras, muchacha?
-Es que ese tango lo cantaba Carlitos.
Manolo ideaba en seguida alguna excentricidad para distraerla…” [86]

“El español, generalmente, no sabe por qué hace las cosas. Una palabra, entre nosotros, se hace tópica en seguida. Se reza el Ave María, sin entender su significado. “La civilización occidental y cristiana”, “la antipatria”, “los sin Dios”, “el imperio”, “la restauración del Imperio”, “la santa tradición”… La radio y la prensa están agotadas de repetir tanto estos conceptos. Es como un formulario epistolar en el que hay giros retóricos para todas las necesidades urbanas, y como ahora los españoles que no hablaron ni escribieron nunca quieren hablar y escribir, en estas expresiones encuentran recurso fácil para salir del paso. No piensan que no hay palabra indiferente, y que, cada una, ha de implicar un juego reflexivo, para ponerla en su lugar y con su significado estricto.” [90]

“Entramos en un convento. El acceso es difícil, no llega a él ni el ferrocarril, ni la carretera. Noble edificio de piedra, pero desnudo de toda alusión que halague la sensualidad. Sus celdas blancas, y no más que con lo imprescindible para un duro reposo. La comida frugal. Allí ni baños, ni teléfono, ni “radio”, ni electricidad, ni muebles para el ocio… ¿En qué siglo estamos? Es como si hubiésemos dado un salto en el tiempo…” [114]

Y hasta aquí lo poco que la obra refleja sobre la radio. El resto de vivencias son desgarradoras unas y, sobre todo, clarificadoras ante la verdad, farisea, de una parte de la historia. Esa historia que está ahí pero que hay que rastrear con “guantes de seda” si no quieres verte envuelto en ella. Casi como lo que ahora vivimos en pleno siglo XXI ¿para esto criticábamos tanto a los norteamericanos? Ucrania merece un respeto y no fomentar lo que se está fomentando con no se sabe qué oscuros intereses. Pero hay muchos políticos dispuestos a lanzar la primera piedra y, después, pues eso: que se jodan [aunque no deberíamos irnos tan lejos para ver que esa irresponsabilidad es congénita al bípedo que llevamos dentro].

La vida merece la pena vivirla y después de ella, nada nos llevamos. Nos hemos echado demasiadas obligaciones y han resultado ser nuestra cárcel. Un libro para leer con paciencia; debería hacernos reflexionar que la violencia no nos lleva nada más que a la degradación como seres humanos; nos pone a prueba y sólo, cuando en alguna ocasión te has visto al límite de tus fuerzas, la interiorizas mejor. Como dice la canción venezolana: “Porque después de esta vida no hay otra oportunidad.” (Simón Díaz)

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