Abuso sexual infantil en el nuevo siglo

El abuso sexual infantil (ASI) está pasando por un proceso que algunos llevábamos esperando desde hace tiempo. El proceso no es otro que adecuarse a la realidad; una realidad que está rompiendo el tabú social hasta el punto de que todos empiezan a adquirir conciencia de la verdadera magnitud de este problema. Cierto es que aún podemos encontrar personas que mantienen ideas erróneas sobre los ASI, sin embargo estamos en el buen camino: en el de la información y el conocimiento.

Mi particular cruzada se inició allá por el año 2001. Fue entonces cuando por primera vez revelé haber sufrido abusos sexuales por parte de mi padre. Atrás quedaban 38 años de silencio. Años de vergüenza, de miedo, de secretos y de una vida malgastada por culpa de unos hechos que era incapaz de asociar con lo que me estaba ocurriendo en mi adultez. Tardé varios meses en asimilar lo que un hecho traumático de este tipo puede provocar en la vida de una persona. Al fin y al cabo yo me consideraba normal. Claro que cuando echo la vista atrás veo cualquier cosa menos una personal normal. En ningún caso era consciente de la gravedad de mis problemas, y menos aún del origen de los mismos.

Tuve la inmensa fortuna de hallar en mi ciudad la única asociación que se ocupaba de este asunto en toda España. Llegar ahí fue mi salvación. Descubrir que había otras personas que habían pasado por lo mismo, que tenían parecidos sentimientos y sensaciones y que, en definitiva, me hacían sentir que no era un bicho raro, fue un auténtico descubrimiento y una liberación.

Desde aquel día han pasado muchas cosas, quizá demasiadas como para enumerarlas en este artículo. Supongo que, en cierta manera, podría decir que me apunté de un modo entusiasta a la cruzada por conseguir que los ASI sean considerados como lo que realmente son; un problema que afecta y mucho a la sociedad en su conjunto.

Al poco tiempo de asimilar mi propia realidad me propusieron participar en un reportaje. Accedí y aquello significó un punto de inflexión en mi propia historia. A partir de ahí se iniciaron proyectos que siguen en marcha y que cada vez tienen más dinamismo y repercusión. A finales de 2002 puse en marcha un foro en el que pudieran participar los sobrevivientes adultos de ASI, ya que apenas había lugar al que pudieran acudir. Por otra parte un foro asegura el anonimato, una cuestión muy importante para alguien que, posiblemente, aún no le ha dicho a nadie lo que sucedió en su infancia. En ese espacio cibernético puede compartir por vez primera esas sensaciones que no se atrevía a relatar a nadie. Ahí encuentra el apoyo y la comprensión que no pensaba hallar en ningún sitio. Ahí es escuchado y en ningún caso juzgado. Y ahí tiene un lugar abierto las 24 horas del día y los 365 días del año. A día de hoy llevamos ya cerca de seis años funcionando y somos una comunidad que se acerca a los 2000 miembros registrados.

También por esa época empezaba a plasmar por escrito lo que había significado haber dado aquel paso tan importante. En un primer momento no tenía previsto que fuera un libro, ni menos aún editarlo, sin embargo estas cosas van como van, y teniendo en cuenta que desde siempre me he considerado escritor, mi destino parecía claro. A finales de 2004 aparecía mi primer libro “Cuando estuvimos muertos”. Hace poco ha aparecido la segunda edición. También en breve saldrá publicado un segundo libro donde he efectuado un exhaustivo análisis de las secuelas que afectan a las víctimas y a los sobrevivientes de ASI. Hago esta distinción entre víctima y sobreviviente porque es algo que me parece muy interesante: cuando yo padecí los abusos en mi infancia fui una víctima. Ahora soy un sobreviviente. La gente que se refiere a sí misma como víctima creo que se equivoca. Está en nuestras manos modificar nuestro destino, y si nos consideramos víctimas, al menos esa es mi opinión, ya empezamos con mal pie.

Durante estos años he intervenido en diversas ocasiones en los medios, tanto en TV, radio como prensa. Los motivos fundamentales son dos: primero demostrar con mi presencia que es posible superar esto y que se puede y debe hablar de ello. Y el segundo es dar a conocer los recursos disponibles. Todavía es largo el camino que queda por recorrer, pero también es cierto que se ha hecho bastante en este sentido. A día de hoy podemos decir que ya están funcionando cuatro asociaciones: Aspasi de Madrid, Gasje de San Sebastián, Acasi de Valencia y Avasi de Bilbao. En estos momentos también estamos tratando de poner en marcha nuevas asociaciones en Alava, en Málaga y en Sevilla.

Consideramos imprescindible que todos puedan acceder a una información veraz y ajustada a la realidad, algo que socialmente no ha sucedido cuando se habla de abusos sexuales a los niños. Y judicialmente todavía es peor. En cierto modo resulta tan atroz esta idea que muchos prefieren creer que estas cosas no ocurren en su entorno. Piensan que sólo se da en ambientes marginales y en familias desestructuradas. Por desgracia la realidad es otra, una realidad que nos habla de familias aparentemente normales. El 60% de los abusos son perpetrados por algún familiar. Ante este dato uno se pregunta ¿es que nadie se da cuenta? La verdad es que esta pregunta me la han formulado más de una vez. Y la respuesta, al menos en mi caso, es no. Y así es; en muchos casos nadie se da cuenta. Volvemos a lo de antes; nadie se imagina que tal cosa pueda suceder en su propia casa, así que si no hay pruebas muy evidentes difícilmente se llega a esa conclusión. Por otra parte el agresor ya se preocupa de que nadie se entere. Al tener la oportunidad de estar continuamente en contacto con el menor puede escoger el momento sin levantar sospechas. Además puede contar casi siempre con la “fidelidad” del menor, ya que este raramente revelará lo acontecido. ¿Por qué? Primero por que se siente cómplice, circunstancia de la que el propio agresor ya se ocupa de que ocurra, después por vergüenza, miedo y sentimiento de culpa. También puede ocurrir que sí existan sospechas sobre el abuso pero que, por diferentes motivos, se prefiera mirar hacia otro lado. No es una postura infrecuente por desgracia. Y por último hablaríamos de los casos donde sí se da alguien cuenta, casi siempre la madre, y entonces se procede a impedirlo por todos los medios, esto es, mediante la ley y la oportuna denuncia. Y ahí volvemos a lo que ya comentaba antes: judicialmente el menor corre el riesgo de revictimización y la madre de ser tratada poco menos que de paranoica o de querer sacar algún provecho por esta denuncia. En definitiva, lo tenemos bastante mal.

Hay otros aspectos del abuso sexual que no se corresponden con la realidad, como por ejemplo que dichos abusos pueden ocurrir con las niñas pero casi nunca con los niños. Es cierto que se dan más casos de niñas, pero la diferencia no es tanta: un 23% contra un 15% aproximadamente. También quiero remarcar que los abusos ocurren con independencia de la clase social o del lugar. Muchos se imaginan al abusador como alguien depravado, antisocial, marginal, etc. cuando en realidad se trata de personas integradas socialmente, con familia y que no llaman la atención en absoluto. En más de una ocasión me han preguntado sobre el perfil del agresor, y la respuesta es que no hay perfil.

El abuso sexual es, por encima de cualquier otra consideración, un abuso de poder que se ejerce sobre alguien más débil. Las consecuencias para el menor pueden ser devastadoras. Y las secuelas que arrastraremos de adultos pueden ser igualmente terribles. En este sentido, y sirva como ejemplo, en el foro del que antes hablaba hice una encuesta sobre algo que siempre me ha llamado mucho la atención: el suicidio. Ha habido 152 participaciones, lo cual tal vez no sea una cifra lo suficientemente alta como para sentar precedente, no obstante sí me parece aceptable para marcar una tendencia, y más tratándose de personas que conozco en su mayoría y por lo tanto de total fiabilidad. La pregunta fue quien ha intentado suicidarse en una o más ocasiones, sin tener en cuenta ideas o fantasías sobre el asunto. El resultado ha sido de un 61% de personas que lo han intentado y un 39% que jamás lo intentaron. Con estas cifras sólo quisiera llamar la atención sobre la gravedad de los abusos sexuales a la infancia, de que a todos nos corresponde hacer algo al respecto, y en primer lugar a las instituciones que nos representan.

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