A Santa Claus No Le Importa

A Santa Claus No Le Importa

Mi hijo tiene tan sólo 12 años. Pero desde los 7 le hice ver que no existe la magia de Navidad.
No cree en Santa Claus por que yo le expliqué que no existe, que es imposible que un hombre con tal sobrepeso pueda viajar en una noche fría de Diciembre en un vehículo descubierto, tirado por 6 rumiantes carentes de alas, miles y miles de kilómetros repartiendo regalos a cada niño cristiano, y a alguno que otro aprovechado, en la tierra. Después de todo, se congelaría con sólo estar a la intemperie en las regiones mas al norte del planeta, su sobrepeso le causaría fallas en la circulación y en las coronarias, sobrevendría la hipotermia y luego un infarto. Además, está científicamente comprobado que los renos no vuelan, y un reno con la nariz roja y luminosa probablemente debió haber estado cerca de Chernobyl o algo así, por lo cual su esperanza de vida estaría muy menguada, impidiéndole guiar por tantos años a un grupo de improbables renos. Le explique que aún que existiera no podría entrar a nuestra casa por que no tenemos chimenea, y puertas y ventanas están protegidas y aseguradas para impedir que entre alguien, por nuestra seguridad. Y aún si nuestra casa tuviera chimenea, esta tendría que ser de tamaño industrial para que pasara Santa Claus junto con su costal de juguetes. También necesitaría equipo de rappel para bajar y subir por la chimenea, y que yo sepa, el atuendo de Santa Claus no incluye ni cuerdas ni mosquetones ni arneses de seguridad.
Los duendes que viven en el Polo Norte y que ayudan a Santa Claus haciendo los juguetes, tendrían que ser varios cientos de miles, lo cual generaría problemas de logística, alimentación, hospedaje, diversiones, etc. Incluso asumiendo que los duendes fueran nativos del Polo Norte, no se tienen noticias de grandes asentamientos de duendes en esas latitudes. Ante la escasa mano de obra, posiblemente Santa Claus consideraría importarla de lugares remotos, famosos por sus altas concentraciones de duendes, como serían Irlanda, Alemania o La Tierra Media, a la que Santa Claus, supongo, podría tener acceso. Más no se ha registrado un éxodo masivo de duendes de ninguno de estos sitios, con fines laborales.
Ahora, suponiendo que nuestro rollizo patrón se las hubiera ingeniado por métodos que desconocemos, para allegarse esa fuerza laboral y que ya los duendes estuvieran ahí, en el Polo Norte, también tendríamos el más que probable conflicto laboral. Es seguro que ya se habrían organizado en sindicatos, dándole más de un dolor de cabeza al barbado capitán de empresa.
Concediendo que el tal Santa Claus hubiera resuelto los problemas anteriores, quedaría el de la fabricación de los juguetes. Estos serían cientos o tal vez miles de millones. Santa Claus debería administrar instalaciones de un tamaño y complejidad jamás vistos, pues su fabrica tendría que hacer desde dulces hasta aparatos electrónicos como videojuegos, televisores de pantalla plana, computadoras, etc. Esto sin mencionar toda la gama intermedia, como serían carritos y muñecas de plástico, bicicletas, montables, sonajas, figuras de acción, autopistas, juegos de te y un larguísimo etcétera. Ni siquiera Carlos Slim tiene una capacidad de producción tan elevada.
Habría que considerar también el que la mayoría de esos bienes que tan desinteresadamente provee nuestro Santa Claus, son de marca registrada, lo que causaría gran cantidad de demandas. Y un vistazo a los empaques nos muestra que la mayoría de estos bienes están hechos en China, la India, Taiwan o incluso Estados Unidos o México, ninguno muestra una leyenda que diga “Made in the North Pole” o algo parecido.
Y bien, teniendo todo esto en consideración, llegó la séptima Navidad de mi hijo. Por tradición, esa noche, cenamos en familia, y al terminar, nos reunimos junto al árbol de Navidad. Repartimos los regalos familiares mientras el y yo nos lanzábamos sonrisas de complicidad. Después de todo, nos habíamos puesto de acuerdo para no mencionar nada frente a los demás, no era cuestión de que meternos en la educación que los padres les dan a su hijos y no era mi intención crear polémica respecto a la existencia de Santa Claus. Cada quien sus mitos y sus creencias.
Pero sucedió algo con lo que yo no contaba. La magia apareció.
Apareció en el beso de su abuela, en la risa de sus primos, en los abrazos de sus tíos, en las miradas de todos. Estaba en una noche cargada de cercanía y buenos deseos, de planes y sueños, de recuerdos de otras noches parecidas, de añorar al que antes nos acompañó en esas otras noches viejas y extrañar la magia que también tuvo su mirada.
La magia estaba en esos momentos únicos e irrepetibles, propios de sólo esa noche. Las siguientes navidades no serán iguales, traerán otros protagonistas o las celebraremos con un nudo en la garganta. Mucha agua pasará bajo el puente de nuestra vida en los próximos 365 días. Sólo es seguro que los que podamos, volveremos de nuevo a reunirnos aquí y a compartir en una noche nueva y distinta, la misma magia que hemos compartido en tantas otras noches viejas.
No me cabe duda que mi hijo llegó a la misma conclusión que yo, si bien por otro camino y sin mi ironía cínica. El simplemente aceptó la magia que le ofrecía el momento, y se dejó llevar por ella. De hecho, yo saqué una lección de el, y puedo decir que de los demás también.
La magia existe.
Está en la emoción de vivir el momento, en lo bien que nos sentimos al dar amor, y en lo confortable que es recibirlo. En la intensidad de un abrazo y de una caricia, en ver en otros no lo que son, sino lo que quisiéramos que fueran.
La magia es soltarnos de la áspera agarradera de la vida y darnos cuenta que así somos libres y que el regalo más grande que habremos de recibir, es tener otra oportunidad, que en nosotros está aprovecharla para decir “te quiero…”, para dar un abrazo sin un motivo en especial, sólo por que uno lo quiere. En que por mal que se vean esos 365 días por venir, son 365 regalos, 365 oportunidades que no se van a repetir.
De los regalos que di o recibí en años pasados, no los recuerdo todos, algunos si. Pero si recuerdo las noches, y ese recuerdo no se hace viejo ni inservible, no se oxida ni se descompone, al contrario, se acumula junto con los demás recuerdos y me hace ver, al voltear hacia atrás, que esas noches también hubo magia y que la compartí. Que esa acumulación de recuerdos, de experiencias, de sucesos, es lo que llamamos vida.
Yo no creo en la magia de Santa Claus. Pero no creo que a el le importe, y dentro de unas noches más va a regresar junto con todos nosotros a esta casa. Y lo voy a recibir, a el y a lo que el traiga.

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