EL ANCIANO SOLITARIO DE LOS BOSQUES: EL TEJO

Los humanos olvidaron el tejo y lo abandonaron a su suerte, ya no se acuerdan de cuánto le deben. Hubo un tiempo en que todo él era aprovechable, y no sólo por sus materias, sino también por su calidad de ser vivo con «autoridad» y testigo mudo pero eterno de los actos llevados a cabo a su abrigo, pues bajo la protección de sus ramas se practicaban rituales y juicios, se bailaba, se parlamentaba y realizaban los vecinos sus asambleas.

El tejo fue mítico en la antigüedad por su longevidad, desafío que puede lanzar a cualquier otro árbol con el que se le compare. Sólo él y los suyos pueden apostar su grandeza, no por su altura, la cual no resulta especialmente notable, como sí sucede por ejemplo con otros grandes árboles como las sequoyas, sino por el tiempo vivido (entre 2000 y 4000 años), que excede e incluso nubla el concepto humano sobre esa medida cuando éste intenta evocarla en el horizonte de su propia existencia.

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Tejo de Bermiego (Asturias), considerado el más antiguo de España, con una edad estimada superior a los 1200 años. Foto Wikimedia Commons.

El tejo alberga históricamente la doble concepción de árbol de la vida y de la muerte. Por su hoja perenne, siempre verde, era plantado en las entradas de las casas, como símbolo de la vida; y también próximo a las iglesias y rodeando los cementerios, o dentro mismo de esos campos santos, como símbolo funerario, pero que podría traducirse más bien como objetivo de vida eterna, es decir de inmortalidad y trascendencia. En este sentido, el tejo comparte el carácter funerario con otro árbol de parecido significado, como es el ciprés, igualmente de hoja eternamente verde que simboliza la resurrección, con su figura estrecha y alargada extendiéndose hacia el cielo como queriendo alcanzarlo.

Esa constante asimilación del tejo con la muerte, viene en parte acrecentada por su alta toxicidad. Toda la planta, salvo la semilla de los frutos (el arilo), es venenosa para humanos y animales; contiene un potente alcaloide llamado «taxina», capaz de paralizar el sistema nervioso central y detener el corazón. Antonio Gamoneda, en su «Libro de los venenos», recoge la siguiente descripción que realizara Dioscórides sobre este alcaloide: «El hervido de las bayas del árbol llamado taxo, si se bebe, induce por todo el cuerpo una gran frialdad, ahoga y da muerte muy presta y acelerada. Sus inconvenientes requieren los mismos remedios que la cicuta».

Muchos mitos y leyendas refieren igualmente el tejo en un escenario de muerte. Así, en el infierno de la cultura griega las Erinias (que eran personificaciones femeninas de la venganza) portaban antorchas de madera de tejo para iluminar el Averno, y las orillas de los ríos en el reino de Hades estaban escoltadas por tejos.

Pero, no sólo leyendas aluden al tejo, también existen datos ciertos sobre su uso como objeto dador de muerte. Así, el mismo Julio Cesar, en el año 50 a.C., describió en los Comentarios sobre la guerra de las Galias (en latín «De bello Gallico») como uno de sus enemigos, Catuvolco (caudillo de los Eburones), se suicidó ingiriendo una infusión de hojas de tejo tras ser derrotado por las legiones romanas. El suicidio por ingestión de tejo también fue practicado por otros pueblos antes de verse dominados por Roma, tales como astures, galaicos o cántabros. Éstos últimos, además, tenían como tradición el suicidio a edad avanzada (especialmente los hombres), cuando ya no resultaban útiles para la guerra; liberar a su tribu de esa carga era un acto que les dignificaba.

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El arilo o fruto del tejo es comestible, pero envuelve una semilla tóxica, al igual que el resto de la planta. Foto Wikimedia Commons.

Para quien observe el tejo desde una simple perspectiva natural y estética lo hallará dotado de una singular belleza, pero, si lo imbuye de toda esta simbología de infierno y muerte, podrá verse invadido fácilmente de ese halo al observar sus raíces sinuosas y los tortuosos troncos, impregnando el ambiente en donde crecen de una atmósfera mística y sobrecogedora.  El túnel de tejos que se puede observar en los jardines de Aberglasney, en el País de Gales, puede escenificar y dar una idea de esas sensaciones.

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Túnel de tejos en los jardines de Aberglasney (País de Gales). Las formas tortuosas que adoptan los troncos y ramas, posiblemente orientados artificialmente, ofrecen una extraña y sobrecogedora imagen. Foto Wikimedia Commons.

Ese concepto del tejo como árbol de la muerte más que de la vida, ha sido para muchos mal entendido y, junto con la persecución de su preciada madera, constituyeron factores negativos que llevaron estos fascinantes árboles casi a su extinción en diversas áreas donde crecían de forma silvestre. El descubrimiento en las últimas décadas del siglo XX de una sustancia valiosa extraída del tejo para el tratamiento de algunos tipos de cáncer, aumentó si cabe la presión sobre los escasos bosques de tejos que permanecen en el planeta. En muchos países este árbol es hoy en día una especie protegida.

Pero el tejo ha tenido también, y sobre todo, un destino mucho más terrenal, siendo una preciada fuente de materia prima para la práctica de la guerra, especialmente para la construcción de arcos y flechas, debido a la dureza y a la vez elasticidad de la madera de este árbol. Aunque se estima que el arco en sí ya existía en el Paleolítico Superior como herramienta de caza, se han hallado arcos de tejo y olmo con una antigüedad de 9.000 años en el área arqueológica de Stellmoor, en Hamburgo; también se conservan arcos de tejo escandinavos con más de 6.000 años.

La construcción de un arco de tejo requería una maduración de la madera de entre uno y dos años, para posteriormente trabajarla lentamente dándole forma. El proceso completo podía durar hasta cuatro años.

Antes del desarrollo de las armas de fuego, el arco más temido fue el llamado «longbow» o arco largo inglés, y que en realidad procedía de Gales. El conocimiento de esta arma vino de la mano de William de Braose, IV Lord de Bramber, el cual narró cómo durante un combate contra los galeses en 1188, una flecha disparada con uno de esos arcos le atravesó la malla, el muslo, la silla de montar y terminó penetrando en el costado del caballo, al que mató. Esta noticia llegó rápidamente a Inglaterra causando preocupación, pues venía a confirmar que un simple arquero podía derribar sin dificultad a un caballero bien pertrechado. A partir de entonces los ingleses adoptaron ese tipo de arco galés, popularizándose con el nombre de arco largo inglés.
El longbow estaba construido con tejo, preferentemente importado de bosques españoles y en su defecto de Italia; si no podían utilizar tejo lo sustituían por olmo o fresno. Medía cerca de dos metros de altura y conseguía una potencia de entre 36 y 54 Kg. En principio los arcos no eran las armas preferidas por los ejércitos europeos, siendo la ballesta la más popular, sin embargo tras los éxitos de los arqueros galeses en los sucesos bélicos ya narrados, los ingleses introdujeron su arco largo en la Guerra de los Cien Años, demostrando su poder devastador. En escenarios de guerra como la de Agincour o la de Crézy, la caballería francesa fue prácticamente barrida del campo de batalla por los arqueros ingleses que portaban arcos largos. Desde entonces este tipo de arco decidió un buen número de batallas durante la Edad Media.

Los antiguos bosques de tejos ya sólo se hallan en el recuerdo y los textos históricos. Hoy, estos árboles viven solitarios, aislados o en conjuntos de escasos ejemplares, producto de esa casi extinción infligida por las insaciables actividades humanas.

Las tejedas silvestres que aun quedan en el mundo están pobladas por los últimos vestigios de aquellas antiguas selvas, habitualmente en zonas inaccesibles o de alta montaña, a donde los humanos no pueden desplazar transportes y máquinas con facilidad. Uno de esos lugares único en Europa y que puede ser catalogado como la catedral de los tejos, es el llamado Teixadal de Casaio, en el ayuntamiento de Carballeda (Ourense, España). Esta reliquia de poco más de 400 ejemplares de tejo era casi desconocido incluso por los propios gallegos, ha salido a la luz gracias a un extenso trabajo documental de 27 años del ingeniero de montes Olano Gurriarán. Aunque los tejos que acoge esta área no son especialmente ancianos, la edad de toda la tejeda de Casaio en su conjunto hay que medirla en centenares de miles de años, allá por el Terciario, ya que nunca ha sido tocada por la mano del hombre, es decir, que al contrario de otras tejedas en que los árboles han sido plantados o cultivados, el que nos ocupa presenta la imagen misma de los descendientes espontáneos de aquellos tejos que poblaron la tierra en sus orígenes.

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Teixadal de Casaio (Ourense – España). Foto Rutas Google Maps.

Es aquí, en estos espacios históricamente apartados de la interferencia humana, donde los patrimonios naturales de gran valor ecológico y reservas de biodiversidad, aparte de constituir enclaves de gran belleza paisajística, pueden ser conservados como una biblioteca viva del saber universal.

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Abel Domínguez

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