GEOGRAFÍA - PAÍSES: Irlanda (o Eire) - 3ª parte
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Geografía

PAÍSES

Irlanda (o Eire) - 3ª parte


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Historia

a llegada de los celtas en el s. IV a C dio a Irlanda unas características específicas que la distinguieron de la gran isla vecina en el archipiélago británico. Dedicados sobre todo a la ganadería y en menor grado a la agricultura, los celtas irlandeses, los gaélicos, se organizaron en pequeños reinos independientes, denominados tuath. Ya a principios de la era cristiana se constituyó la Irlanda de «los cinco quintos», Ulster, Meath, Leinster, Munster y Connacht, regida por un rey supremo. Durante largo tiempo, estos reinos se disputaron el dominio de la isla, si bien los de Ulster y Connacht se destacaron como los más poderosos.

La ausencia de una religión profunda favoreció la difusión del cristianismo y, desde el año 456 hasta el 490, san Patricio completó la evangelización de los irlandeses. Las aportaciones cristianas enriquecieron la civilización céltica, dando lugar a la así llamada edad de oro de Irlanda, en la que mereció el título de «isla de los santos y de los sabios». La construcción de monasterios que eran a la vez centros de ciencia y religión, la ilustración de libros o la perfección alcanzada por la orfebrería fueron expresiones de este florecimiento cultural y artístico, cuyas influencias se extendieron por todo el occidente europeo. Pero la anarquía política reinante en la isla permitió que en el 795 los noruegos se adentraran en ella, saquearan los monasterios y durante dos siglos impusieran su poder. Los invasores, que dieron al país el nombre de Eire, se dedicaron también al comercio y a la fundación de las primeras ciudades: Limerick, Dublín, Waterford.

La desunión política de los señores locales continuó vigente y dio así motivo a la intervención de Enrique II de Inglaterra, que reformó la Iglesia de Irlanda y, por concesión papal, estableció su soberanía en todo el territorio mediante el Tratado de Windsor, de 1175. Desde entonces Irlanda pasó a ser una colonia inglesa, pero la fuerza asimiladora de su cultura no permitió un verdadero avance de la dominación inglesa, si exceptuamos la región del Pale, la llanura que rodea Dublín. En el s. XVI, la reforma religiosa de Enrique VIII de Inglaterra fue rechazada por la católica Irlanda, estimulada por los jesuitas. Ello originó posteriormente, bajo el reinado de Isabel I de Inglaterra, las sublevaciones de Munster y Ulster, como consecuencia de los Estatutos de Supremacía que limitaban la religión católica en la isla e intentaban reimplantar la Iglesia anglicana.

A pesar de contar con el apoyo de tropas españolas, los sublevados irlandeses fueron finalmente sometidos y sus jefes abandonaron el país para refugiarse en el continente. Para asegurar la hegemonía inglesa de forma duradera, durante el reinado de Jacobo I de Inglaterra e Irlanda se puso en práctica la política de las «implantaciones»: las tierras de los rebeldes católicos eran confiscadas y adjudicadas a los colonos ingleses y escoceses de religión protestante, lo que contribuyó a aumentar el éxodo hacia los países católicos a la vez que alentó el antagonismo social y religioso.

Una revuelta de campesinos irlandeses provocó en 1649 la intervención de las fuerzas de Oliver Cromwell: el país fue arrasado y, poco más tarde, prácticamente toda la población irlandesa fue puesta fuera de la ley debido a la promulgación de las llamadas leyes penales: los irlandeses no podían ser elegidos ni electores, estaban excluidos del ejército, de la magistratura y de las profesiones liberales, y la enseñanza del gaélico quedaba también prohibida. De esta forma, el país conoció un período de miserias y persecuciones que se extendió durante gran parte del s. XVIII, si bien en las dos últimas décadas la reimplantación de la libertad de comercio daría lugar a una etapa de relativa prosperidad.

En1801, para hacer frente al separatismo de la isla, el gobierno inglés fusionó Gran Bretaña e Irlanda en el Reino Unido. La integración significó para Irlanda un empobrecimiento aún mayor, ya que su papel fue el de proveedor agrícola para una Inglaterra cada vez más industrializada. Las condiciones sociales se deterioraron hasta alcanzar niveles de auténtica miseria y el descontento se extendió a todos los sectores. Daniel O'Connoll, un nacionalista convencido, se dedicó a la creación de un movimiento popular para luchar contra la fusión y, en 1829, consiguió para los católicos irlandeses el derecho a participar en las elecciones.

Entre 1845 y 1848, el hambre y diversas epidemias diezmaron la isla. Los numerosos emigrantes radicados en Gran Bretaña y en Estados Unidos difundieron los principios del movimiento nacionalista y revolucionario, el Sinn Féin (nosotros solos). La concesión de autonomía (Home Rule), en 1912, no tuvo concreción práctica al resultar imposible su aplicación por el estallido de la Primera Guerra Mundial y los nacionalistas optaron por contactar con los alemanes. Tras diversos intentos de conseguir la independencia, en 1916 estalló la insurrección de Dublín, a la que siguieron la proclamación de la República, la constitución del parlamento libre de Irlanda (Dail) y la formación de las guerrillas del Ejército Republicano Irlandés (IRA) que, dirigidas por Michael Collins, durante años lucharon contra las tropas inglesas.

Finalmente, Londres se vio obligado a acordar el alto el fuego y el 6 de diciembre de 1921 los negociadores republicanos firmaron un tratado que dividía a la isla en dos sectores y establecía en el sur el Estado Libre de Irlanda, dejando al Ulster (Irlanda del Norte) anexionado al Reino Unido. El acuerdo fue denunciado por los nacionalistas republicanos y durante dos años, los miembros del IRA que se oponían al tratado se enfrentaron en una cruenta guerra civil contra los que estaban a favor del mismo. El líder nacionalista Eamon de Valera hizo un llamamiento para dejar las armas y luchar por otros medios. De Valera llegó al poder en el sur tras las elecciones de 1933 y, cuatro años después, promulgó una constitución por la cual Irlanda pasó a llamarse Eire y se desvinculó de la monarquía británica.

Durante la Segunda Guerra Mundial, De Valera mantuvo una política de neutralidad pese a las presiones del presidente Franklin D. Roosevelt, y ya en 1949 el gobierno irlandés dirigido por el nacionalista conservador John Costello se desvinculó formalmente de la Commonwealth. El IRA no renunció a la liberación total de la isla y prosiguió su empeño independentista apoyado en la lucha armada. Después de sucesivos cambios de gobierno protagonizados por republicanos y conservadores, en 1966 subió al poder Jack Lynch, jefe del partido republicano, quien mantuvo una política de acercamiento a Londres e intentó apaciguar la conflictividad en el Ulster entre los protestantes y el IRA. En 1985 se firmó un tratado entre la República de Irlanda y el Reino Unido por el que el gobierno irlandés reconocía la pertenencia de Irlanda del Norte a Gran Bretaña a cambio de ejercer un papel de consulta en la administración del Ulster.

En 1990, Mary Robinson, del Partido Laborista, fue elegida presidenta de la república. Después de las elecciones de noviembre de 1992 se formó un gobierno de coalición entre laboristas y nacionalistas dirigido por A. Reynolds. En diciembre de 1994, John Bruton, líder del partido conservador minoritario Fine Gael, fue elegido primer ministro gracias al apoyo de una coalición tripartita con los laboristas y la Izquierda Democrática. Bruton sustituyó a Reynolds, obligado a dimitir como consecuencia de un escándalo judicial, relacionado con la extradición al Ulster de un sacerdote católico, acusado de abusos sexuales a menores. El nuevo gobierno, en el que el peso de las negociaciones con Gran Bretaña recayó sobre el laborista Dick Spring, se consideró de transición dada la diversidad ideológica de los partidos que integraron la coalición.

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