ENERGÍAS - ENERGÍA NUCLEAR: El arma atómica - 3ª parte
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ENERGÍA NUCLEAR

El arma atómica - 3ª parte


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os efectos térmicos y mecánicos de la explosión de un bomba nuclear, son despreciables frente a la radiación creada, causante de daños incalculables en los organismos vivos. A pesar de ello, la radiactividad residual cesa al poco tiempo. Puede ser de dos tipos, según se base en la fisión o la fusión nuclear: la bomba de fisión está constituida por dos masas subcríticas, que al unirse dan lugar a una masa supercrítica y explotan.

En la bomba de fusión o de hidrógeno para desencadenar la fusión se usa una bomba de fisión como detonante. La energía desprendida es mucho mayor que en las de fisión, pero el peligro de una lluvia radiactiva es mucho menor.

En los primeros segundos de la explosión de una bomba nuclear, se propaga una onda térmica que incendia cualquier material inflamable en un radio de varios kilómetros. Después viene una onda de presión (llamada onda de choque) desplazándose rápidamente desde el centro de la explosión hacia afuera, que supera los efectos de un huracán en un radio aproximado de 1 km. Le sigue una onda de succión que acaba de destrozar lo que aún quedaba en pie. A todo esto hay que añadir los efectos de la radiactividad que contamina la zona de la explosión y que puede producir la llamada lluvia radiactiva (caída de material radiactivo que se había elevado en la explosión) en puntos más alejados.

El poder de devastación de una bomba atómica de 10 megatones detonada a una altura óptima, puede superar un radio de 20 kilómetros. La radiación térmica alcanzaría los 30 kilómetros y, dependiendo de determinadas condiciones, puede producir tormentas de fuego por efecto de las corrientes ascendentes, las cuales generarían a su vez fortísimos vientos que avivarían las llamas y destruirían cualquier material susceptible de inflamarse.

En los primeros segundos de la explosión de una bomba nuclear, se propaga una onda térmica que incendia cualquier material inflamable en un radio de varios kilómetros
En los primeros segundos de la explosión de una bomba nuclear, se propaga una onda térmica que incendia cualquier material inflamable en un radio de varios kilómetros

Por su parte, la radiactividad, que es un tipo de radiación totalmente diferente al de la radiación térmica, provoca gravísimos daños cuando es absorbida por los organismos vivos. En Japón, por ejemplo, mucho tiempo después de producirse la explosión nuclear de Hiroshima y Nagasaki en 1945, murieron gran cantidad de personas que habían quedado a salvo de las ondas expansivas y radiaciones térmicas, y todavía sigue manifestándose en los descendientes de los supervivientes.

Esa radiación puede penetrar en la tierra y aguas subterráneas, y trasladarse con el viento o dispersarse cubriendo áreas de miles de kilómetros cuadrados. Ejemplo más reciente lo observamos en los efectos producidos por el accidente de la central nuclear ucraniana de Chernobil, el 26 de abril de 1986; las radiaciones que se produjeron durante 10 días, causaron que durante los 5 años siguientes aumentaran las enfermedades de cáncer y leucemia en un 50%.

Las bombas H llamadas limpias o de neutrones, se precian de no emitir sustancias radiactivas de forma directa. La radiación temida es la producida por la bomba de fisión que actúa como detonante de la bomba H (de fusión). Se considera como limpia la bomba H cuya energía de fisión sea inferior al 50%, ya que la energía de fusión apenas genera sustancias radiactivas. La bomba limpia o de neutrones fue probada por varias potencias nucleares, y en ella la radiación solo alcanza el 5%, por tanto se consigue un 95% de energía liberada de contaminantes radiactivos.

Los efectos de una bomba atómica sobre los seres humanos, construcciones y medio ambiente, tuvieron su trágico laboratorio de pruebas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto de 1945. El día 6, un Boeing B-29 dejó caer a a 8.000 metros de altura sobre el cielo de Hiroshima, de entre 250.000 y 300.000 habitantes, una bomba atómica de 20 kilotones que fue detonada a 600 metros de altura. Los efectos producidos fueron extraordinarios, calculándose en 70.000 los muertos ocasionados, bien debido a las temperaturas tan elevadas que se produjeron después de la explosión, o bien a los efectos de la radiactividad, considerándose éstos como efectivos, en mayor o menor medida, a una distancia de unos 4,5 kilómetros del foco de la explosión. Los daños más importantes sobre construcciones se produjeron en un radio de 1200 metros y los incendios directos en un diámetro de 1500 metros. 10 Kilómetros cuadrados de superficie quedaron totalmente arrasados.

Pocos días después, el 9 de agosto de 1945, fue lanzada sobre la ciudad de Nagasaki una bomba de mayor potencia que la arrojada sobre Hiroshima. Los efectos fueron análogos a los producidos con la anterior. Media hora después del ataque, a una distancia de 100 kilómetros, se podía distinguir sobre la ciudad  una nube de 7 kilómetros de altura. Esta bomba, que fue arrojada desde una altura similar a la anterior, e hizo explosión en las proximidades del suelo, ocasionó la muerte de unos 30.000 habitantes y cerca de 50.000 heridos. La ciudad quedó totalmente destruida en una superficie de cuatro kilómetros cuadrados, bastante menos que en Hiroshima a pesar de ser una bomba de mayor potencia, pero debido sobre todo al tipo de construcción, concentración y distribución de los edificios, que influyeron notablemente en la contención de la devastación.

Al día siguiente de ser lanzada la bomba atómica sobre Nagasaki, el Gobierno japonés ordenó a sus tropas la deposición de las armas y solicitó la paz.

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