Prólogo del libro Artabria, de Alonso Salvatierra:
«Lo más difícil no es perder un mundo, sino reconocer que ya no te pertenece»

PRÓLOGO
Dicen los ancianos que hubo un tiempo en que el mar no traía hierro, ni voces extrañas, ni sombras que avanzaban con el orden de un solo hombre. Figuras que no caminaban: marchaban como si midieran la tierra.
Dicen que, antes de que el primer casco romano tocara estas aguas, la costa respiraba al ritmo de los clanes, y Briganta era solo un nombre dicho en voz baja; cada colina guardaba uno que solo los suyos conocían.
En aquellos días, la tierra ártabra era un mundo cerrado sobre sí mismo. Los bosques descendían hasta besar la espuma, los castros vigilaban desde lo alto, y los caminos eran apenas sendas abiertas por generaciones de pasos descalzos. El viento llevaba historias, no órdenes. El fuego sellaba pactos, no fronteras.
Pero el mar —ese mar que parecía eterno— empezó a cambiar.
Primero fueron rumores: pescadores que regresaban con los ojos demasiado abiertos, hablando de velas rectangulares que se movían como alas rígidas; de un brillo metálico que no era de pez ni de luna; de un silencio extraño, como si el océano contuviera la respiración.
Luego llegaron los presagios. Un halcón que no volvió a su nido. Una piedra ritual que amaneció partida en dos. Y en el sendero sagrado, un tejo seco de raíz, erguido aún, pero muerto, como si algo le hubiera robado el aliento durante la noche.
Y, sobre todo, el sueño del anciano Laro, el único al que el clan permitía hablar con los dioses. Contó que había visto un sol al revés, naciendo por el oeste. Un sol frío, sin calor, que iluminaba un mar inmóvil. Nadie lo vio en el cielo real. Aun así, cuando Laro habló, todos guardaron silencio: sabían lo que aquel sueño anunciaba.
Y finalmente, un amanecer distinto.
El cielo tenía un color que nadie recordaba en su memoria. El viento traía un olor desconocido, mezcla de resina quemada y aceite. Las gaviotas no se atrevían a acercarse a la orilla.
Aquel día, una muchacha de catorce inviernos subió al montículo donde pasaba las mañanas, dejando que la tierra y el mar le hablaran a su manera.
Lo que vio cambió para siempre el nombre de su mundo.
Porque allí, en el horizonte, avanzaban las primeras formaciones romanas. Ordenadas. Marciales. Imparables.
Y la tierra ártabra, sin saberlo aún, estaba a punto de despertar a su último amanecer.
…. puedes adquirir el libro en Amazón:
https://www.amazon.es/dp/B0GMC7198V