Mitos y Leyendas - Galicia: La isla errante de San Barandán - 2ª parte
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Mitos y Leyendas

GALICIA

La isla errante de San Barandán, o San Brandán - 2ª parte


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uelga encarecer la bravura del océano proa al norte de Finisterre, hacia las Islas Británicas, porque es algo que bien saben, y no pocas veces han sufrido, nuestras intrépidas gentes de mar, desde el Eo, frente a las Asturias, hasta A Guarda, mirando a Portugal.

Lo cierto es que en la navegación se desencadenó tan tremenda tormenta, que la elemental nao, pese a haber sido bien aparejada, comenzó a sufrir los embates de las olas, que sobrepasaban la arboladura y por momentos la sumergían en la inmensidad abisal de Neptuno.

Quiso el prelado contrarrestar estas fuerzas indominables con la única arma de que disponía: la oración. Y así, mientras su cabildo, a coro, entonaba oraciones de rogativa, Brandán dispuso la celebración de la santa misa sobre la exigua cubierta de la embarcación.

El improvisado altar, sobre bocoyes, pese a haber sido bien sujeto de amarras a las amuras del barco, fue un loco balancín, y menos que chubasqueros los ornamentos bordados con los que el ministro de Dios se había revestido para la rememoración de la Eucaristía.

Entre bandazos y lamentos prosiguió con la liturgia, hasta que el trallazo de una ola le arrebató la hostia, que iba a consagrar, y a punto estuvo él mismo de hundirse en las aguas con el exiguo pan que iba a ser cuerpo de Cristo.

Las manos de obispo y canónigos fueron garfios a cabos y salientes de la obra muerta de la nao. Entre gritos de terror, anegados por el horrísono fragor del galernazo, se musitaban plegarias, que los ministros del Señor ni siquiera en las más adversas situaciones pierden la fe, que siempre es esperanza.

No precisan los cronicones cuánto tiempo transcurrió esperando, a merced del poderoso océano, la desmochada embarcación, cuyas sentinas semejaban sucursal del mar. El esfuerzo y la tensión agotó a todos. De pronto, las aguas retornaron a la calma. La marinería pensó que a consecuencia de que los vientos habían cesado. Los religiosos, sencillamente porque aquél en quien creían, había escuchado sus plegarias.

Hubo recuento de pasaje y tripulación. En uno y otra había ausencias. Sin más lamentos, Brandán entonó responsos y recomendaciones del alma por los desaparecidos, aquellos que tendrían por sepultura el incierto e inabarcable seno del mar.

La embarcación, en puerto tan bien armada, era un cascarón agujereado. Una rápida inspección de las vías de agua decidió a la marinería a improvisar remos con las costillas de la quilla, puesto que navegar, con viento o a favor de la corriente era imposible.

Todos aguzaron la mirada en busca de tierra. Más el horizonte era un telón gris e impreciso, a distancia incierta si bien no lejana.

Cundía ya la desesperanza cuando el prelado divisó una curva verduzca por estribor.

―Allí, allí, mis buenos marineros, gritó

Todos enfilaron la mirada en la dirección que el obispo señalaba con gesto insistente de su brazo extendido, con el índice rígido, como si quisiera tocar lo que tan lejos estaba.

La marinería remó, hasta el agotamiento, para aproximarse al incierto perfil, que cobraba dimensión a medida que se acercaban. Por fin, y tras compleja maniobra, consiguieron acoderar la banda de babor del maltrecho barco a la solidez que emergía de las aguas y con agilidad increíble, saltaron todos a lo que asemejaba tierra firme, aunque sin duda, insular.

Muy pronto recorrieron, en su improvisada descubierta, toda la superficie. Era áspera y sin vegetación alguna. La veintena de hombres apenas podía dar cuatro pasos sin tropezarse entre sí. De todos modos, el prelado se dispuso a reiniciar la Eucaristía que la bravura del mar había cortado tan bruscamente. Y en el momento en que simbólicamente consagraba, la isla se estremeció, perdió superficie y estuvo a punto de sumergirse por completo.

Los marineros gritaron como enloquecidos que no se trataba de isla, sino que habían arribado al cuerpo de una ballena, inmensa y como dormida, por lo que el peligro no sólo no había pasado, sino que se centuplicaba.

San Brandán y su séquito sobre la ballena, ilustración en un manuscrito del siglo XV
San Brandán y su séquito sobre la ballena, ilustración en un manuscrito del siglo XV

Brandán hizo caso omiso de los lamentos y con firmeza prosiguió su ceremonial sagrado. El gigante marino, sin más sacudida, navegó mansamente, sobre las aguas sin referencia, hasta que feneció el día y durante toda la noche siguiente.

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