Mitos y Leyendas - Galicia: Santa Mariña das Augas Santas - 2ª parte
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Santa Mariña das Augas Santas - 2ª parte


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ariña hizo una vida sencilla, contribuyendo muy pronto a los trabajos de la casa de su madre adoptiva, quien al recogerse cada día adoctrinaba a la niña en los misterios de la fe que profesaba en secreto y le hablaba no de dioses, sino de un solo Dios que se hizo hombre y sufrió horroroso martirio por salvarnos a todos, y amaba especialmente a los humildes, como Mariña y su aya, puesto que les prometía su reino, que no era de este mundo.

La fantasía popular dice que mientras Mariña se ejercitaba en sus devociones, los pájaros entraban en el corral de su casa y eran tantos sus cantos que formaban concierto de algarabía, porque la niña veía en estas voces la voz de Dios. El carballo que ahora protege las fuentes milagrosas se asegura que lo plantó la niña, para contar con sombra amena mientras hilaba la lana de las ovejas que ella misma apacentaba por los praderíos del lugar.

Creció Mariña cerca de su madre adoptiva, en la felicidad de la vida sencilla y la fe profunda. Cuando ya contaba quince años era una hermosísima joven. La iconografía popular, tan imaginativa, la representa con largos cabellos rubios, grandes ojos azules y muy airosa silueta. En definitiva, una garrida moza, capaz de encandilar a cualquier hombre que la viera.

Las provincias romanas alejadas de la metrópolis eran visitadas periódicamente por los prefectos. Y uno de ellos, de nombre Olibrio, que hubo de recorrer la Gallaecia, vio a Mariña cuando se dedicaba a sus menesteres de pastoreo y se enamoró perdidamente de su acusada belleza.

Insistentemente, Olibrio requirió de amores a Mariña, prometiéndole una vida cortesana con places que la moza desconocía por completo. Mariña rechazó las pretensiones del jerarca una y otra vez, hasta que Olibrio desesperó y haciendo uso de su autoridad, mandó prender a la moza.

Asegura la tradición que el romano, en la rabia de su fracaso, sometió a Mariña a los más variados tormentos, puesto que sabía que el rechazo no era únicamente a su persona, sino a Roma y su religión.

Garfios de hierro candente estragaron el cuerpo de la doncella, que no se cansaba de confesar su fe inamovible en el profeta crucificado más de una centuria atrás, del que Olibrio apenas tenía noticia. Las heridas sanaron de inmediato, sin que los esbirros que las producían pudieran explicarse tan extraordinario hecho.

Al comprobar que el tormento no daba los resultados apetecidos, Olibrio ordenó atar de pies y manos a Mariña e introducirla en un aljibe. Mas las ligaduras se deshicieron al momento y la joven emergió de las aguas sin siquiera emitir un respiro de contrariedad.

Si el agua no acababa con la vida de Mariña, lo haría el fuego. Y así, la martirizada virgen fue introducida en un horno del que inmediatamente, y por completo indemne, fue sacada por manos invisibles, que el pueblo cree hoy, puede que justificadamente, que eran las de San Pedro, el primer vicario de Cristo.


Horno donde fue introducida Santa Mariña

Mariña fue devuelta a la mazmorra y se preparó su decapitación. La espada del sayón asestó tajo certero en la nuca de la niña, y la cabeza de la santa, desprendida del cuerpo, cayó al suelo dando tres botes sucesivos. Y justo en los puntos donde esos golpes se produjeron, manaron tres fuentes de agua purísima, que son las que hoy utilizan los devotos para encomendarse a la niña que vivió tan corta vida terrena hace mil y ochocientos años más o menos.

No se sabe exactamente cómo se conservó el cuerpo de Mariña, hasta que pasado un milenio, como decimos, la devoción popular a la mártir decidió construir un templo donde se veneran sus reliquias. Lo que asegura la tradición es que fue localizado, mucho tiempo después, porque de la tierra emergía un suavísimo perfume que atraía a los endemoniados y posesos, a los cuales libraba de los malos espíritus que se habían adueñado de sus cuerpos y voluntades.

El sepulcro de Mariña fue descubierto casi al mismo tiempo que el de Santiago, en calendas en las que los cristianos, extendidos por la antigua Hispania, estaban empeñados en la reconquista contra la morisma y reinaba en reino de imprecisas y cambiantes fronteras el astur Alfonso II, por sobrenombre El Casto, a quien se atribuye la construcción de un oratorio de la devoción a la virgen mártir que sería más tarde base del actual templo, de bella factura y solidez pétrea.

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