LITERATURA PROSISTA - TEORÍA LITERARIA: Modelos para el comentario de textos - 21ª parte
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Literatura prosista

TEORÍA LITERARIA

Modelos para el comentario de textos - 21ª parte


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Siglo XX (continuación)

Un texto del Siglo XX: Juan Quinto, de Valle-Inclán (continuación)

Texto de la obra (continuación)

(...)
Juan Quinto era alto, fuerte, airoso, cenceño. Tenía la barba de cobre y las pupilas verdes como dos esmeraldas, audaces y exaltadas. Por los caminos, entre chalanes y feriantes, prosperaba la voz de que era muy valeroso, y el exclaustrado conocía todas las hazañas de aquel bigardo que ahora le miraba fijamente con el cuchillo levantado para aterrorizarle:
--Traigo priesa, señor abad. ¡La bolsa o la vida!
El abad se santiguó:
--Pero tú vienes trastornado. ¿Cuántos vasos apuraste, perdulario? Sabía tu mala conducta, aquí vienen muchos feligreses a dolerse... ¡Pero, hombre, no me habían dicho que fueses borracho!
Juan Quinto gritó con repentina violencia:
--¡Señor abad, rece el Yo Pecador!
--Rézalo tú, que más falta te hace.
--¡Que le siego la garganta! ¡Que le pico la lengua! ¡Que le como los hígados!
El abad, siempre sosegado, se incorporó en las almohadas:
--¡No seas bárbaro, rapaz! ¡Qué provecho iba a hacerte tanta carne cruda!
--¡No me juegue a burlas, señor abad! ¡La bolsa o la vida!
--Yo no tengo dinero, y si lo tuviese tampoco iba a ser para ti. ¡Anda a cavar la tierra!
Juan Quinto levantó el cuchillo sobre la cabeza del exclaustrado:
--Señor abad, rece el Yo Pecador.
El abad acabó por fruncir el áspero entrecejo:
--No me da la gana. Si estás borracho, anda a dormirla. Y en lo sucesivo aprende que a mí se me debe otro respeto por mis años y por mi dignidad de eclesiástico.
Aquel bigardo atrevido y violento quedó callado un instante y luego murmuró con la voz asombrada y cubierta de un velo:
--¡Usted no sabe quién es Juan Quinto!
Antes de responderle, el exclaustrado le miró de alto abajo con grave indulgencia:
--Mejor lo sé que tú mismo, mal cristiano.
Insistió el otro con imponente rabia:
--¡Un león!
--¡Un gato!
--¡Los dineros!
--No los tengo.
--¡Que no me voy sin ellos!
--Pues de huésped no te recibo.
En la ventana rayaba el día, y los gallos cantaban quebrando albores. Juan Quinto miró a la redonda, por la ancha sala donde el tonsurado dormía, y descubrió una gaveta:
--Me parece que ya di con el nido.
Tosió el frailuco.
--Malos vientos tienes.
Y comenzó a vestirse muy reposadamente y a rezar en latín. De tiempo en tiempo, a par que se santiguaba, dirigía los ojos al bandolero, que iba de un lado a otro cateando. Sonreía socarrón el frailuco y murmuraba a media voz, una voz grave y borbollona:
--Busca, busca. ¡No encuentro yo con el claro día y has de encontrar tú a tentones!...
Cuando acabó de vestirse salió a la solana por ver cómo amanecía. Cantaban los pájaros, estremeciéndose las yerbas, todo tornaba a nacer con el alba del día. El abad gritóle al bigardo, que seguía cateando en la gaveta:
--Tráeme el breviario, rapaz.
Juan Quinto apareció con el breviario, y al tomárselo de las manos, el exclaustrado le reconvino lleno de indulgencia:
--¿Pero quién te aconsejó para haber tomado este mal camino? ¡Ponte a cavar la tierra, rapaz!
--Yo no nací para cavar la tierra. ¡Tengo sangre de señores!
--Pues compra una cuerda y ahórcate, porque para robar tampoco sirves.
Con estas palabras bajó el frailuco las escaleras de la solana y entró en la iglesia para celebrar su misa. Juan Quinto huyó galgueando a través de unos maizales, pues se venía por los montes la mañana y en la fresca del día muchos campanarios saludaban a Dios. Y fue en esta misma mañana ingenua y fragante cuando robó y mató a un chalán en el camino de Santa María de Meis.
Micaela la Galana, en el final del cuento, bajaba la voz santiguándose, y con murmullo de su boca sin dientes recordaba la genealogía de Juan Quinto:
--Era de buenas familias. Hijo de Remigio de Bealo, nieto de Pedro, que acompañó al difunto señor en la batalla del Puente San Payo. Recemos un Padrenuestro por los muertos y por los vivos.

(Fuente de este texto: Editorial Espasa-Calpe. Colección Austral, 4.ª)

Fuente del artículo: Didáctica de la literatura, de Carlos A. Castro Alonso: Editorial Anaya, 1971, páginas 354-359.

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