LENGUA - LAS LENGUAS PENINSULARES: El castellano clásico y moderno - 7ª parte
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LAS LENGUAS PENINSULARES

El castellano clásico y moderno - 7ª parte


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El castellano clásico (continuación)

Los cambios gramaticales y léxicos

os cambios gramaticales más notables se refieren al verbo, muy fluctuante hasta la época clásica en sus formas, entre las cuales se elige y se regulariza ("amáis", en vez de "amás"; "cantad", en vez de "cantá"). La extensión del sufijo "-ísimo" para el superlativo en los adjetivos, la pujanza del diminutivo "-ito" junto al general "-illo", y la elección de las formas "nosotros", "vosotros" frente a "nos" y "vos", son otros cambios de interés.

El verbo "haber" se convierte exclusivamente en auxiliar y el "ser" deja de usarse como auxiliar de los verbos intransitivos; la utilización de la preposición "a" ante complemento directo de persona procede también de esta época.

En general, la estructura gramatical es la misma que en castellano actual, si bien la norma es más flexible en cuanto a la localización del verbo en la frase, que registra la tendencia a ir al final por influjo del latín, e impone que los pronombres átonos vayan tras el verbo.

Los cambios en el vocabulario fueron abundantes. Numerosos cultismos, procedentes del latín o del griego, se incorporaron durante el Barroco y se recurrió con mucha frecuencia a la derivación. Muchos italianismos ("centinela", "estancia", "festejar", "novela"...), galicismos ("bagaje", "corcel", "batallón", "batería"...), lusismos ("mermelada", "caramelo", "brincar", "bandeja"...) y americanismos entraron en la lengua. La actitud general fue la de incorporación léxica, accediendo al estándar palabras de muy diversos registros lingüísticos, incluida la jerga del hampa.

Los estudios lingüísticos

Una muestra evidente del entusiasmo por el propio idioma y de la valoración que de él se tiene es la abundancia de estudios sobre la lengua. La Gramática de Nebrija había sido el primer hito, y los estudios de los humanistas, los iniciadores de un trabajo que va en diversas direcciones.

Por un lado, se redactan obras normativas; la primera cartilla para aprender a leer y escribir el castellano es de 1532, obra del maestro de pajes de Carlos V, Bernabé Busto. Hacia esa preocupación normativa giraron los estudios lingüísticos con frecuencia, lo que no impidió la creación pujante y libre de los literatos de la época, ni una reflexión más profunda sobre la lengua.

Así, hay que citar la Gramática de Cristóbal de Villalón (1558), el Origen y principio de la lengua castellana, de Bernardo Aldrete (1606), o la obra de Gonzalo Correas, a quien se debe la propuesta de simplificar la ortografía para igualarla a la pronunciación.

El Arte de escribir (1559), de Juan de Yciar, es un ejemplo de la importancia que la lengua castellana cobró en multitud de estudios y tratados.
El Arte de escribir (1559), de Juan de Yciar, es un ejemplo de la importancia que la lengua castellana cobró en multitud de estudios y tratados.

Por otro lado, se elaboraron diversos diccionarios, el más importante de los cuales es el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias (1611), luego utilizado por el de la Real Academia y que contiene valiosa información sobre costumbres e ideales del momento.

La edición de diccionarios bilingües y de obras dirigidas a extranjeros que deseaban aprender el castellano muestra bien, por su parte, la difusión internacional de la lengua.

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