LENGUA - LAS LENGUAS PENINSULARES: El castellano clásico y moderno - 5ª parte
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LAS LENGUAS PENINSULARES

El castellano clásico y moderno - 5ª parte


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El Siglo de Oro de las artes y las letras españolas (continuación)

El Renacimiento (continuación)

Cervantes y el orgullo de una lengua clásica

i el orgullo de la propia lengua condiciona su supervivencia, al asegurar la fidelidad a ella de los hablantes, parece claro que la existencia en el pasado de un hablante excepcional, capaz de llevarla a sus mayores posibilidades expresivas, es un poderoso argumento a favor de ese orgullo: el que sienten los ingleses por Shakespeare, los italianos por Dante Alighieri, los alemanes por Goethe o los españoles por Cervantes.

Un clásico es alguien capaz de hallar, más allá de su propia experiencia, un lenguaje artístico que exprese la conciencia de un tiempo y de una colectividad, y que por ello merezca ser leído no sólo por los habitantes de su país o de su época, sino también por la humanidad de todos los tiempos.

Ese papel le ha correspondido principalmente a Cervantes, aunque también podemos considerar clásicos a escritores de la talla de Garcilaso, San Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora o, más modernamente, Antonio Machado, Borges y García Lorca.

En los momentos más duros de su vida, un soldado que ha luchado en Lepanto, un ex cautivo que ha pasado cinco años en Argel, un oscuro funcionario, escribe poemas, obras de teatro para los corrales de Madrid, unas cuantas novelas, el Quijote... En sus páginas se encuentra toda la ilusión y todo el desengaño de su propia vida, a la vez que aparece una visión lúcida del mundo español y europeo en el tránsito del siglo XVI al XVII, una reflexión sobre los grandes enigmas y esperanzas del hombre que se proyectan hasta el día de hoy: el sentido de la vida, el fracaso, la voluntad. Y se encuentra una lengua, el castellano, capaz tanto para el pensamiento como para el arte, en la que caben niveles y registros muy variados, la más absoluta seriedad y la ironía, la proximidad y la distancia, el habla coloquial de todos los días y la literatura. La realidad total se hace literatura y la literatura conserva e ilumina la realidad.

El Barroco

Este ideal lingüístico y literario va siendo cuestionado por el manierismo (Fernando de Herrera) y definitivamente abandonado en el Barroco: frente a la armonía se elige el contraste; frente a la naturalidad, el artificio; frente a la selección, la concentración. Explicar por qué se produce este cambio no resulta fácil: la inanidad ideológica del siglo XVII, que obliga al ingenio a medirse con los aspectos más formales del lenguaje en detrimento de una verdadera ambición de conocimiento; la conciencia de vivir en un fin de época, radicalmente opuesta al Renacimiento, entusiasta de novedad y curiosidad; el propio cansancio de las formas..., son algunas razones que pueden justamente apuntarse.

No hay nada nuevo que decir: "acudamos a lo eterno", proclama Segismundo en La vida es sueño; sólo puede decirse "de otra forma". Tal parece ser la convicción de Góngora y Gracián, de Mateo Alemán y de Calderón, pero también de Quevedo o Lope de Vega. El lenguaje literario aspira entonces a convertirse en algo autónomo, separado de los usos más comunes, objeto eminentemente estético, y la literatura aspira a ser "paraísos cerrados para muchos, jardines abiertos para pocos", como quería Soto de Rojas.

Naturalmente ello tuvo gran influencia en la lengua, en la que se valora también el ingenio, la brillantez y la agudeza. El gusto por el concepto ("acto del entendimiento que expresa la correspondencia que se halla entre los objetos"), la incorporación de cultismos (que Góngora y sus seguidores llevan tenazmente a cabo), una sintaxis con tendencia al hipérbaton y el recurso habitual a la imagen y a la metáfora afectan íntegramente a la vida del idioma.

Pero quizás su influencia fue más allá; pues si la literatura es siempre un factor creador de la norma lingüística, la invención verbal de los barrocos fue en ocasiones tan lejos que dejó de servir como norma para otros usos cultos del castellano, recriminación que les harán, un siglo más tarde, los ilustrados.

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