HISTORIA Y ARTE - EL IMPERIO BIZANTINO: Mentalidad y pensamiento - 2ª parte
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Historia y Arte

EL IMPERIO BIZANTINO

Mentalidad y pensamiento - 2ª parte


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Las características religiosas

omo punto de partida, hay que señalar que la cristiandad tuvo su origen y más temprano desarrollo en Oriente. Bizancio fue así cuna de la mayor parte de los fundamentos, tanto jerárquicos como dogmáticos, del cristianismo. La historia de Bizancio es, en cierto modo, la historia de su religión. Ésta condicionó gran parte de las relaciones con Occidente y la vinculación de los emperadores a la Iglesia fue tal que los problemas de dogma fueron siempre, también, cuestiones de Estado.

El mundo cristiano de Bizancio se caracterizó, desde época muy temprana, por su fuerte jerarquización y por cierta inclinación a la discusión de las cuestiones del dogma. El sistema jerárquico de la Iglesia, que debió surgir de forma más o menos espontánea, estaba ya bastante definido en el siglo IV. El territorio se había dividido en parroquias que formaban diócesis, al mando de las cuales estaban los obispos y, por encima de éstos y como grandes jerarcas, estaban los patriarcas con sede en las más grandes ciudades.

Por otro lado, la influencia del mundo griego y su tradición filosófica hizo que el clero bizantino se encontrara más predispuesto a investigar e interpretar los textos sagrados, lo que motivó frecuentes enfrentamientos en materia de dogma. Entre esas disputas destacaron las dedicadas a la figura de Cristo (cristológicas) sobre todo en relación con el problema de la Trinidad. Estas cuestiones fueron importantes en los primeros tiempos, pues llegaron a suponer que Egipto y Siria, amparándose en la doctrina monofisita, se independizaran de Bizancio, pero, con el paso del tiempo, quedaron limitadas a los teólogos y padres de la Iglesia.

Más incidencia popular tuvo el problema de los iconoclastas (destructores de imágenes) que tampoco fue ajeno a unos concretos intereses políticos. A principios del siglo VIII el culto a las imágenes alcanzó un grado desmesurado, suponiendo un gran prestigio para las comunidades religiosas que lo fomentaban y que incluso debieron encargarse de la producción de sus propios iconos (imágenes). Pronto surgieron grupos que entendieron esa adoración como una idolatría, pero en la querella iconoclasta hubo intereses y motivaciones muy diversos. Por un lado, era un reflejo de la oposición entre la mentalidad oriental y la occidental y, por otro, no dejaba de representar la necesidad que la Iglesia de Oriente tenía de una cierta autonomía frente al Estado.

La actitud de los emperadores contra las imágenes coincidió con un proceso similar en el mundo islámico y, curiosamente, los emperadores más opuestos fueron un sirio, León III, y un armenio, León V, es decir procedían de Oriente. El proceso iconoclasta fue iniciado de forma definitiva por León III a través de un edicto del año 730 que ordenaba la destrucción de todo tipo de imágenes. En el 787, la emperatriz Irene toleró de nuevo las representaciones, pero la llegada al poder de un nuevo emperador, León V, hizo que la prohibición entrara de nuevo en vigor en el año 813, perdurando hasta que, en el 843, otra emperatriz, Teodora, restableció definitivamente la veneración (no adoración) de imágenes.

El resultado de esta larga disputa fue que muchos partidarios de las imágenes se refugiaron en Italia, que se perdieron valiosas obras de arte y que el Estado bizantino enriqueció su tesoro a costa de numerosas confiscaciones realizadas como castigo.

Todo ello, no obstante, demuestra que la cristiandad bizantina, no sólo vivía intensamente sus disputas religiosas, sino que, además, la participación del poder imperial en las mismas (cesaropapismo) fue determinante. Igualmente la iconoclastia pone de relieve la fuerte influencia de las religiones orientales en el mundo bizantino.

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