{"id":948,"date":"2010-11-27T22:40:28","date_gmt":"2010-11-27T20:40:28","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=948"},"modified":"2015-12-29T21:09:40","modified_gmt":"2015-12-29T19:09:40","slug":"la-iliada-xxiv-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-iliada-xxiv-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (XXIV) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO XXIV<\/strong><\/p>\n<p><strong>Rescate de H\u00e9ctor<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/natureduca.com\/images_estublog\/iliada06.jpg\" border=\"0\" alt=\"\" width=\"333\" height=\"203\" align=\"right\" \/>Los dioses se apiadan de H\u00e9ctor, y Zeus encarga a Tetis que amoneste a su hijo para que devuelva el cad\u00e1ver, a la vez que manda a Pr\u00edamo, por medio de Iris, que con un solo heraldo vaya con magn\u00edficos presentes a la tienda de Aquiles para rescatar el cuerpo de H\u00e9ctor. Pr\u00edamo obedece y parte con el heraldo ideo y dos carros; antes de llegar al campamento se les aparece Hermes, que los gu\u00eda hasta la tienda del h\u00e9roe; entra Pr\u00edamo y, ech\u00e1ndose a los pies de Aquiles, le dirige la s\u00faplica m\u00e1s conmovedora; Aquiles entrega el cad\u00e1ver, los dos ancianos lo conducen a Troya y se celebran con toda solemnidad las honras f\u00fanebres de H\u00e9ctor, que era el principal sost\u00e9n de la ciudad asediada.<\/p>\n<p>\u00a0Disolvi\u00f3se la junta y los guerreros se dispersaron por las veloces naves, tomaron la cena y se regalaron con el dulce sue\u00f1o. Aquiles lloraba, acord\u00e1ndose del compa\u00f1ero querido, sin que el sue\u00f1o, que todo lo rinde, pudiera vencerlo: daba vueltas ac\u00e1 y all\u00e1, y con amargura tra\u00eda a la memoria el vigor y gran \u00e1nimo de Patroclo, lo que de mancom\u00fan con \u00e9l hab\u00eda llevado al cabo y las penalidades que ambos hab\u00edan padecido, ora combatiendo con los hombres, ora surcando las temibles ondas. Al recordarlo, prorrump\u00eda en abundantes l\u00e1grimas; ya se echaba de lado, ya de espaldas, ya de pechos; y al fin, levant\u00e1ndose, vagaba inquieto por la orilla del mar. Nunca le pasaba inadvertido el despuntar de la aurora sobre el mar y sus riberas: entonces unc\u00eda al carro los ligeros corceles y, atando al mismo el cad\u00e1ver de H\u00e9ctor, arrastr\u00e1balo hasta dar tres vueltas al t\u00famulo del difunto Menec\u00edada; acto continuo volv\u00eda a reposar en la tienda, y dejaba el cad\u00e1ver tendido de cara al polvo. Mas Apolo, apiad\u00e1ndose del var\u00f3n aun despu\u00e9s de muerto, le libraba de toda injuria y lo proteg\u00eda con la \u00e9gida de oro para que Aquiles no lacerase el cuerpo mientras lo llevaba por el suelo.<\/p>\n<p>\u00a0De tal manera Aquiles, enojado, insultaba al divino H\u00e9ctor. Al contemplarlo, compadec\u00edanse los bienaventurados dioses a instigaban al vigilante Argicida a que hurtase el cad\u00e1ver. A todos les gustaba tal prop\u00f3sito, menos a Hera, a Poseid\u00f3n y a la virgen de ojos de lechuza, que odiaban como antes a la sagrada Ilio, a Pr\u00edamo y a su pueblo por la injuria que Alejandro hab\u00eda inferido a las diosas cuando fueron a su caba\u00f1a y declar\u00f3 vencedora a la que le hab\u00eda ofrecido funesta liviandad. Cuando, despu\u00e9s de la muerte de H\u00e9ctor, lleg\u00f3 la duod\u00e9cima aurora, Febo Apolo dijo a los \u00ednmortales:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Sois, oh dioses, crueles y mal\u00e9ficos. \u00bfAcaso H\u00e9ctor no quemaba en vuestro honor muslos de bueyes y de cabras escogidas? Ahora, que ha perecido, no os atrev\u00e9is a salvar el cad\u00e1ver y ponerlo a la vista de su esposa, de su madre, de su hijo, de su padre Pr\u00edamo y del pueblo, que al momento lo entregar\u00edan a las llamas y le har\u00edan honras f\u00fanebres; por el contrario, oh dioses, quer\u00e9is favorecer al pernicioso Aquiles, el cual concibe pensamientos no razonables, tiene en su pecho un \u00e1nimo inflexible y medita cosas feroces, como un le\u00f3n que, dej\u00e1ndose llevar por su gran fuerza y esp\u00edritu soberbio, se encamina a los reba\u00f1os de los hombres para aderezarse un fest\u00edn, de igual modo perdi\u00f3 Aquiles la piedad y ni siquiera conserva el pudor que tanto favorece o da\u00f1a a los varones. Aqu\u00e9l a quien se le muere un ser amado, como el hermano carnal o el hijo, al fin cesa de llorar y lamentarse, porque las Parcas dieron al hombre un coraz\u00f3n paciente. Mas Aquiles, despu\u00e9s que quit\u00f3 al divino H\u00e9ctor la dulce vida, ata el cad\u00e1ver al carro y lo arrastra alrededor del t\u00famulo de su compa\u00f1ero querido; y esto ni a aqu\u00e9l le aprovecha, ni es decoroso. Tema que nos irritemos contra \u00e9l, aunque sea valiente, porque enfureci\u00e9ndose insulta a lo que tan s\u00f3lo es ya insensible tierra.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le irritada Hera, la de los n\u00edveos brazos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ser\u00eda como dices, oh t\u00fa que llevas arco de plata, si a Aquiles y a H\u00e9ctor los tuvierais en igual estima. Pero H\u00e9ctor fue mortal y diole el pecho una mujer; mientras que Aquiles es hijo de una diosa a quien yo misma aliment\u00e9 y cri\u00e9 y cas\u00e9 luego con Peleo, var\u00f3n cordialmente amado por los inmortales. Todos los dioses presenciasteis la boda; y t\u00fa pulsaste la c\u00edtara y con los dem\u00e1s tuviste parte en el fest\u00edn; \u00a1oh amigo de los malos, siempre p\u00e9rfido!<\/p>\n<p>\u00a0Replic\u00f3 Zeus, el que amontona las nubes:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hera! No te irrites tanto contra las deidades. No ser\u00e1 el mismo el aprecio en que los tengamos; pero H\u00e9ctor era para los dioses, y tambi\u00e9n para m\u00ed, el m\u00e1s querido de cuantos mortales viven en Ilio, porque nunca se olvid\u00f3 de dedicamos agradables ofrendas, jam\u00e1s mi altar careci\u00f3 ni de libaciones ni de v\u00edctimas, que tales son los honores que se nos deben. Desechemos la idea de robar el cuerpo del audaz H\u00e9ctor: es imposible que se haga a hurto de Aquiles, porque siempre, de noche y de d\u00eda, le acompa\u00f1a su madre. Mas, si alguno de los dioses llamase a Tetis para que se me acercara, yo le dir\u00eda a \u00e9sta lo que fuere oportuno para que Aquiles, recibiendo los dones de Pr\u00edamo, restituyera el cad\u00e1ver.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed se expres\u00f3. Levant\u00f3se Iris, de pies r\u00e1pidos como el hurac\u00e1n, para llevar el mensaje; salt\u00f3 al negro ponto entre Samos y la escarpada Imbros, y reson\u00f3 el estrecho. La diosa se lanz\u00f3 a lo profundo, como desciende el plomo asido al cuerno de un buey montaraz que lleva la muerte a los voraces peces. En la profunda gruta hall\u00f3 a Tetis y a otras muchas diosas marinas que la rodeaban: la ninfa lloraba, en medio de ellas, la suerte de su hijo irreprensible, que hab\u00eda de perecer en la f\u00e9rtil Troya, lejos de la patria. Y, acerc\u00e1ndosele Iris, la de los pies ligeros, as\u00ed le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ven, Tetis, pues te llama Zeus, el conocedor de los eternales decretos.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le la diosa Tetis, de arg\u00e9nteos pies:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfPor qu\u00e9 aquel gran dios me ordena que vaya? Me da verg\u00fcenza juntarme con los inmortales, pues son muchas las penas que conturban mi coraz\u00f3n. Esto no obstante, ir\u00e9 para que sus palabras no resulten vanas y sin efecto.<\/p>\n<p>\u00a0En diciendo esto, la divina entre las diosas tom\u00f3 un velo tan obscuro que no hab\u00eda otro que fuese m\u00e1s negro. P\u00fasose en camino, precedida por la veloz Iris, de pies r\u00e1pidos como el viento, y las olas del mar se abr\u00edan al paso de ambas deidades. Salieron \u00e9stas a la playa, ascendieron al cielo y hallaron al largovidente Cronida con los dem\u00e1s felices sempiternos dioses congregados en torno suyo. Sent\u00f3se Tetis al lado de Zeus, porque Atenea le cedi\u00f3 el sitio, y Hera p\u00fasole en la mano una copa de oro y la consol\u00f3 con palabras. Tetis devolvi\u00f3 la copa despu\u00e9s de haber bebido. Y el padre de los hombres y de los dioses comenz\u00f3 a hablar de esta manera:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Vienes al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con el \u00e1nimo agobiado por vehemente pesar. Lo s\u00e9. Pero, aun as\u00ed y todo, voy a decirte por qu\u00e9 lo he llamado. Hace nueve d\u00edas que se suscit\u00f3 entre los inmortales una contienda acerca del cad\u00e1ver de H\u00e9ctor, y de Aquiles, asolador de ciudades, a instigaban al vigilante Argicida a que hurtase el muerto, pero yo prefiero dar a Aquiles la gloria de devolverlo, y conservar as\u00ed tu respeto y amistad. Ve en seguida al ej\u00e9rcito y amonesta a tu hijo. Dile que los dioses est\u00e1n muy irritados contra \u00e9l y yo m\u00e1s indignado que ninguno de los inmortales, porque enfureci\u00e9ndose retiene a H\u00e9ctor en las corvas naves y no permite que lo rediman; por si, temi\u00e9ndome, consiente que el cad\u00e1ver sea rescatado. Y enviar\u00e9 la diosa Iris al magn\u00e1nimo Pr\u00edamo para que vaya a las naves de los aqueos y redima a su hijo, llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed se expres\u00f3; y Tetis, la diosa de arg\u00e9nteos pies no fue desobediente. Bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, lleg\u00f3 a la tienda de su hijo: \u00e9ste gem\u00eda sin cesar, y sus compa\u00f1eros se ocupaban diligentemente en preparar la comida, habiendo inmolado dentro de la tienda una grande y lanuda oveja. La veneranda madre se sent\u00f3 muy cerca del h\u00e9roe, le acarici\u00f3 con la mano y habl\u00f3le en estos t\u00e9rminos.<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hijo m\u00edo! \u00bfHasta cu\u00e1ndo dejar\u00e1s que el llanto y la tristeza roan tu coraz\u00f3n, sin acordarte ni de la comida ni de la cama? Bueno es que goces del amor con una mujer, pues ya no has de vivir mucho tiempo; la muerte y el hado cruel se te avecinan. Y ahora pr\u00e9stame atenci\u00f3n, pues vengo como mensajera de Zeus. Dice que los dioses est\u00e1n muy irritados contra ti, y \u00e9l m\u00e1s indignado que ninguno de los inmortales, porque enfureci\u00e9ndote retienes a H\u00e9ctor en las corvas naves y no permites que lo rediman. Ea, entrega el cad\u00e1ver y acepta su rescate.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Sea as\u00ed. Quien traiga el rescate se lleve el muerto, ya que con \u00e1nimo ben\u00e9volo el mismo Ol\u00edmpico lo ha dispuesto.<\/p>\n<p>\u00a0De este modo, dentro del recinto de las naves, pasaban de madre a hijo muchas aladas palabras. Y en tanto, el Cronida envi\u00f3 a Iris a la sagrada Ilio:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Anda, ve, r\u00e1pida Iris! Deja tu asiento del Olimpo, entra en Ilio y di al magn\u00e1nimo Pr\u00edamo que se encamine a las naves de los aqueos y rescate al hijo, Ilevando a Aquiles Bones que aplaquen su enojo. Vaya solo, sin que ning\u00fan troyano se le junte, y acomp\u00e1\u00f1ele un heraldo m\u00e1s viejo que \u00e9l, para que gu\u00ede los mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca luego a la poblaci\u00f3n el cad\u00e1ver de aqu\u00e9l a quien mat\u00f3 el divino Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe su \u00e1nimo, pues le daremos por gu\u00eda el Argicida, el cual le llevar\u00e1 hasta muy cerca de Aquiles. Y cuando haya entrado en la tienda del h\u00e9roe, \u00e9ste no te matar\u00e1, a impedir\u00e1 que los dem\u00e1s lo hagan. Pues Aquiles no es insensato, ni temerario ni perverso, y tendr\u00e1 buen cuidado de respetar a un suplicante.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Levant\u00f3se Iris, la de pies r\u00e1pidos como el hurac\u00e1n, para llevar el mensaje; y, en llegando al palacio de Pr\u00edamo, oy\u00f3 llantos y alaridos. Los hijos, sentados en el patio alrededor del padre, ba\u00f1aban sus vestidos con l\u00e1grimas, y el anciano aparec\u00eda en medio, envuelto en un manto muy ce\u00f1ido, y ten\u00eda en la cabeza y en el cuello abundante esti\u00e9rcol que al revolcarse por el suelo hab\u00eda recogido con sus manos. Las hijas y nueras se lamentaban en el palacio, recordando los muchos varones esforzados que yac\u00edan en la llanura por haber dejado la vida en manos de los argivos. Det\u00favose la mensajera de Zeus cerca de Pr\u00edamo, y habl\u00e1ndole quedo, mientras al anciano un temblor le ocupaba los miembros, as\u00ed le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Cobra \u00e1nimo, Pr\u00edamo Dard\u00e1nida, y no te espantes; que no vengo a presagiarte males, sino a participarte cosas buenas: soy mensajera de Zeus, que, aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece. El Ol\u00edmpico te manda rescatar al divino H\u00e9ctor, llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ve solo, sin que ning\u00fan troyano se te junte, acompa\u00f1ado de un heraldo m\u00e1s viejo que t\u00fa, para que gu\u00ede los mulos y el carro de hermosas ruedas, y conduzca luego a la poblaci\u00f3n el cad\u00e1ver de aqu\u00e9l a quien mat\u00f3 el divino Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe tu \u00e1nimo, pues tendr\u00e1s por gu\u00eda el Argicida, el cual te llevar\u00e1 hasta muy cerca de Aquiles. Y cuando hayas entrado en la tienda del h\u00e9roe, \u00e9ste no te matar\u00e1 a impedir\u00e1 que los dem\u00e1s lo hagan. Pues Aquiles no es insensato, ni temerario, ni perverso, y tendr\u00e1 buen cuidado de respetar a un suplicante.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando esto hubo dicho, fuese Iris, la de los pies ligeros. Pr\u00edamo mand\u00f3 a sus hijos que prepararan un carro de mulas, de hermosas ruedas, pusieran encima un arca y la sujetaran con sogas. Baj\u00f3 despu\u00e9s al perfumado t\u00e1lamo, que era de cedro, ten\u00eda elevado techo y guardaba muchas preciosidades; y, llamando a su esposa H\u00e9cuba, habl\u00f3le en estos t\u00e9rminos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh infeliz! La mensajera del Olimpo ha venido, por orden de Zeus, a encargarme que vaya a las naves de los aqueos y rescate al hijo, llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ea, dime: \u00bfqu\u00e9 piensas acerca de esto? Pues mi mente y mi coraz\u00f3n me instigan vivamente a ir all\u00e1, a las naves, al campamento vasto de los aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. La mujer prorrumpi\u00f3 en sollozos y respondi\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ay de m\u00ed! \u00bfQu\u00e9 es de la prudencia que antes lo hizo c\u00e9lebre entre los extranjeros y entre aqu\u00e9llos sobre los cuales reinas? \u00bfC\u00f3mo quieres ir solo a las naves de los aqueos y presentarte ante los ojos del hombre que te mat\u00f3 tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el coraz\u00f3n. Si ese guerrero cruel y p\u00e9rfido llega a verte con sus propios ojos y te coge, ni se apiadar\u00e1 de ti, ni te respetar\u00e1 en lo m\u00e1s m\u00ednimo. Lloremos a H\u00e9ctor desde lejos, sentados en el palacio; ya que, cuando le di a luz, el hado poderoso hil\u00f3 de esta suerte el estambre de su vida: que habr\u00eda de saciar con su carne a los veloces perros, lejos de sus padres y junto al hombre violento cuyo h\u00edgado ojal\u00e1 pudiera yo comer hinc\u00e1ndole los dientes. Entonces quedar\u00edan vengados los insultos que ha hecho a mi hijo; que \u00e9ste, cuando aqu\u00e9l lo mat\u00f3, no se portaba cobardemente, sino que a pie firme defend\u00eda a los troyanos y a las troyanas de profundo seno, no pensando ni en huir ni en evitar el combate.<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3 el anciano Pr\u00edamo, semejante a un dios:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No te opongas a mi resoluci\u00f3n, ni me seas ave de mal ag\u00fcero en el palacio. No me persuadir\u00e1s. Si me diese la orden uno de los que viven en la tierra, aunque fuera adivino, ar\u00faspice o sacerdote, la creer\u00edamos falsa y desconfiar\u00edamos a\u00fan m\u00e1s; pero ahora, como yo mismo he o\u00eddo a la diosa y la he visto delante de m\u00ed, ir\u00e9 y no ser\u00e1n ineficaces sus palabras. Y si mi destino es morir en las naves de los aqueos, de bronc\u00edneas corazas, lo acepto: m\u00e1teme Aquiles tan luego como abrace a mi hijo y satisfaga el deseo de llorarle.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y, levantando las hermosas tapas de las arcas, cogi\u00f3 doce magn\u00edficos peplos, doce mantos sencillos, doce tapetes, doce palios blancos, y otras tantas t\u00fanicas. Pes\u00f3 luego diez talentos de oro. Y, por fin, sac\u00f3 dos tr\u00edpodes relucientes, cuatro calderas y una magn\u00edfica copa que los tracios le dieron cuando fue, como embajador, a su pa\u00eds, y era un soberbio regalo; pues el anciano no quiso dejarla en el palacio a causa del vehemente deseo que ten\u00eda de rescatar a su hijo. Y volviendo al p\u00f3rtico, ech\u00f3 afuera a los troyanos, increp\u00e1ndolos con injuriosas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Idos ya, hombres infames y vituperables! \u00bfPor ventura no hay llanto en vuestra casa, que ven\u00edas a afligirme? \u00bfO cre\u00e9is que son pocos los pesares que Zeus Cronida me env\u00eda, con hacerme perder un hijo valiente? Tambi\u00e9n los probar\u00e9is vosotros. Muerto \u00e9l, ser\u00e1 mucho m\u00e1s f\u00e1cil que los argivos os maten. Pero antes que con estos ojos vea la ciudad tomada y destruida, descienda yo a la mansi\u00f3n de Hades.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y con el cetro ech\u00f3 a los hombres. \u00c9stos salieron apremiados por el anciano. Y en seguida Pr\u00edamo reprendi\u00f3 a sus hijos H\u00e9leno, Paris, Agat\u00f3n divino, Pam\u00f3n, Ant\u00edfono, Polites valiente en la pelea, De\u00edfobo, Hip\u00f3too y el conspicuo D\u00edo; a los nueve los increp\u00f3 y les dio \u00f3rdenes, diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Daos prisa, malos hijos, ruines! Ojal\u00e1 que en lugar de H\u00e9ctor hubieseis muerto todos en las veleras naves. \u00a1Ay de m\u00ed, desventurado, que engendr\u00e9 hijos valent\u00edsimos en la vasta Troya, y ya puedo decir que ninguno me queda! Al divino M\u00e9stor, a Troilo, que combat\u00eda en carro, y a H\u00e9ctor, que era un dios entre los hombres y no parec\u00eda hijo de un mortal, sino de una divinidad, Ares les dio muerte; y restan los que son indignos, embusteros, danzarines, se\u00f1alados \u00fanicamente en los coros y h\u00e1biles en robar al pueblo corderos y cabritos. Pero \u00bfno me preparar\u00e9is al instante el carro, poniendo en \u00e9l todas estas cosas, para que emprendamos el camino?<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Ellos, temiendo la reconvenci\u00f3n del padre, sacaron un carro de mulas, de hermosas ruedas, magn\u00edfico, reci\u00e9n construido; pusieron encima el arca, que ataron bien; descolgaron del clavo el corvo yugo de madera de boj, provisto de anillos, y tomaron una correa de nueve codos que serv\u00eda para atarlo. Colgaron despu\u00e9s el yugo sobre la parte anterior de la lanza, metieron el anillo en su clavija, y sujetaron a aqu\u00e9l, at\u00e1ndolo con la correa, a la cual hicieron dar tres vueltas a cada lado y cuyos extremos reunieron en un nudo. Luego fueron sacando de la c\u00e1mara y acomodando en el pulimentado carro los innumerables dones para el rescate de H\u00e9ctor; uncieron las mulas de tiro, de fuertes cascos, que en otro tiempo hab\u00edan regalado los misios a Pr\u00edamo como espl\u00e9ndido presente, y acercaron al yugo dos corceles, a los cuales el anciano en persona daba de comer en pulimentado pesebre.<\/p>\n<p>\u00a0Mientras el heraldo y Pr\u00edamo, prudentes ambos, unc\u00edan los caballos en el alto palacio, acerc\u00f3seles H\u00e9cuba, con \u00e1nimo abatido, llevando en su diestra una copa de oro, llena de dulce vino, para que hicieran la libaci\u00f3n antes de partir; y, deteni\u00e9ndose delante del carro, dijo a Pr\u00edamo:<\/p>\n<p>\u00a0Toma, haz la libaci\u00f3n al padre Zeus y supl\u00edcale que puedas volver del campamento de los enemigos a to casa; ya que tu \u00e1nimo lo incita a ir a las naves contra mi deseo. Ruega, pues, al Croni\u00f3n Ideo, el dios de las sombr\u00edas nubes que desde lo alto contempla a Troya entera, y p\u00eddele que haga aparecer a tu derecha su veloz mensajera, el ave que le es m\u00e1s querida y cuya fuerza es inmensa, para que, en vi\u00e9ndola con tus propios ojos, vayas, alentado por el ag\u00fcero, a las naves de los d\u00e1naos, de r\u00e1pidos corceles. Y si el largovidente Zeus no te enviase su mensajera, yo no te aconsejar\u00eda que fueras a las naves de los argivos por mucho que lo desees.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Pr\u00edamo, semejante a un dios:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh mujer! No dejar\u00e9 de hacer lo que me recomiendas. Bueno es levantar las manos a Zeus, para que de nosotros se apiade.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo as\u00ed el anciano, y mand\u00f3 a la esclava despensera que le diese agua limpia a las manos. Present\u00f3se la cautiva con una fuente y un jarro. Y Pr\u00edamo, as\u00ed que se hubo lavado, recibi\u00f3 la copa de manos de su esposa; or\u00f3, de pie, en medio del patio; lib\u00f3 el vino, alzando los ojos al cielo, y pronunci\u00f3 estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Padre Zeus, que reinas desde el Ida, glorios\u00edsimo, m\u00e1ximo! Conc\u00e9deme que al llegar a la tienda de Aquiles le sea yo grato y de m\u00ed se apiade; y haz que aparezca a mi derecha to veloz mensajera, el ave que te es m\u00e1s querida y cuya fuerza es inmensa, para que despu\u00e9s de verla con mis propios ojos vaya, alentado por el ag\u00fcero, a las naves de los d\u00e1naos, de r\u00e1pidos corceles.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo rogando. Oy\u00f3le el pr\u00f3vido Zeus, y al momento envi\u00f3 la mejor de las aves agoreras, un \u00e1guila rapaz de color obscuro, conocida con el nombre de percn\u00f3n. Cuanta anchura suele tener en la casa de un rico la puerta de la c\u00e1mara de alto techo, bien adaptada al marco y asegurada por un cerrojo, tanto espacio ocupaba con sus alas, desde el uno al otro extremo, el \u00e1guila que apareci\u00f3 volando a la derecha por cima de la ciudad. Al verla, todos se alegraron y la confianza renaci\u00f3 en sus pechos.<\/p>\n<p>\u00a0El anciano subi\u00f3 presuroso al carro y lo gui\u00f3 a la calle, pasando por el vest\u00edbulo y el p\u00f3rtico sonoro. Iban delante las mulas que tiraban del carro de cuatro ruedas, y eran gobernadas por el prudente Ideo; segu\u00edan los caballos que el viejo aguijaba con el l\u00e1tigo para que atravesaran prestamente la ciudad; y todos los amigos acompa\u00f1aban al rey, derramando abundantes l\u00e1grimas, como si a la muerte caminara. Cuando hubieron bajado de la ciudad al campo, hijos y yernos regresaron a Ilio. Mas, al atravesar Pr\u00edamo y el heraldo la Ilanura, no dej\u00f3 de advertirlo el largovidente Zeus, que vio al anciano y se compadeci\u00f3 de \u00e9l. Y, llamando en seguida a su hijo Hermes, le habl\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hermes! Puesto que te es grato acompa\u00f1ar a los hombres y oyes las s\u00faplicas del que quieres, anda, ve y conduce a Pr\u00edamo a las c\u00f3ncavas naves aqueas, de suerte que ning\u00fan d\u00e1nao le vea ni le descubra hasta que haya llegado a la tienda del Pelida.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. El mensajero Argicida no fue desobediente: calz\u00f3se al instante los \u00e1ureos divinos talares que le llevaban sobre el mar y la tierra inmensa con la rapidez del viento, y tom\u00f3 la vara con la cual adormece los ojos de cuantos quiere o despierta a los que duermen. Llev\u00e1ndola en la mano, el poderoso Argicida emprendi\u00f3 el vuelo, lleg\u00f3 muy pronto a Troya y al Helesponto, y ech\u00f3 a andar, transfigurado en un joven pr\u00edncipe a quien comienza a salir el bozo y est\u00e1 gracios\u00edsimo en la flor de la juventud.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando Pr\u00edamo y el heraldo llegaron m\u00e1s all\u00e1 del gran t\u00famulo de Ilio, detuvieron las mulas y los caballos para que bebiesen en el r\u00edo. Ya se iba haciendo noche sobre la tierra. Advirti\u00f3 el heraldo la presencia de Hermes, que estaba junto a \u00e9l, y hablando a Pr\u00edamo dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Atiende, Dard\u00e1nida, pues el lance que se presenta requiere prudencia. Veo a un hombre y me figuro que al punto nos ha de matar. Ea, huyamos en el carro, o supliqu\u00e9mosle, abrazando sus rodillas, para ver si se compadece de nosotros.<\/p>\n<p>d As\u00ed dijo. Turb\u00f3sele al anciano la raz\u00f3n, sinti\u00f3 un gran terror, se le eriz\u00f3 el pelo en los flexibles miembros y qued\u00f3 estupefacto. Entonces el ben\u00e9fico Hermes se lleg\u00f3 al viejo, tom\u00f3le por la mano y le interrog\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfAd\u00f3nde, padre m\u00edo, diriges estos caballos y mulas durante la noche divina, mientras duermen los dem\u00e1s mortales? \u00bfNo temes a los aqueos, que respiran valor, los cuales te son mal\u00e9volos y enemigos y se hallan cerca de nosotros? Si alguno de ellos te viera conducir tantas riquezas en. esta obscura y r\u00e1pida noche, \u00bfqu\u00e9 resoluci\u00f3n tomar\u00edas? T\u00fa no eres joven, \u00e9ste que te acompa\u00f1a es tambi\u00e9n anciano, y no podr\u00edais rechazar a quien os ultrajara. Pero yo no te causar\u00e9 ning\u00fan da\u00f1o y, adem\u00e1s, te defender\u00eda de cualquier hombre, porque te encuentro semejante a mi querido padre.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el anciano Pr\u00edamo, semejante a un dios:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011As\u00ed es, como dices, hijo querido. Pero alguna deidad extiende la mano sobre m\u00ed, cuando me hace salir al encuentro un caminante de tan favorable augurio como t\u00fa, que tienes cuerpo y aspecto dignos de admiraci\u00f3n y esp\u00edritu prudente, y naciste de padres felices.<\/p>\n<p>\u00a0D\u00edjole a su vez el mensajero Argicida:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011S\u00ed, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero, ea, habla y dime con sinceridad: \u00bfmandas a gente extra\u00f1a tantas y tan preciosas riquezas a fin de ponerlas en cobro; o ya todos abandon\u00e1is, amedrentados, la sagrada Ilio, por haber muerto el var\u00f3n m\u00e1s fuerte, tu hijo, que a ninguno de los aqueos ced\u00eda en el combate?<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3le el anciano Pr\u00edamo, semejante a un dios:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfQui\u00e9n eres, hombre excelente, y cu\u00e1les los padres de que naciste, que con tanta oportunidad has mencionado la muerte de mi hijo infeliz?<\/p>\n<p>\u00a0Replic\u00f3 el mensajero Argicida:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Me quieres probar, oh anciano, y por eso me hablas del divino H\u00e9ctor. Muchas veces le vieron estos ojos en la batalla, donde los varones se hacen ilustres, y tambi\u00e9n cuando lleg\u00f3 a las naves matando argivos, a quienes her\u00eda con el agudo bronce. Nosotros le admir\u00e1bamos sin movernos, porque Aquiles estaba irritado contra el Atrida y no nos dejaba pelear. Pues yo soy servidor de Aquiles, con quien vine en la misma nave bien construida; desciendo de mirmidones y tengo por padre a Pol\u00edctor, que es rico y anciano como t\u00fa. Soy el m\u00e1s joven de sus siete hijos y, como lo decidi\u00e9ramos por suerte, toc\u00f3me a m\u00ed acompa\u00f1ar al h\u00e9roe. Y ahora he venido de las naves a la llanura, porque ma\u00f1ana los aqueos, de ojos vivos, presentar\u00e1n batalla en los contornos de la ciudad: se aburren de estar ociosos, y los reyes aqueos no pueden contener su impaciencia por entrar en combate.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el anciano Pr\u00edamo, semejante a un dios:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Si eres servidor del Pelida Aquiles, ea, dime toda la verdad: \u00bfmi hijo yace a\u00fan cerca de las naves, o Aquiles lo ha desmembrado y entregado a sus perros?<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3le el mensajero Argicida:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh anciano! Ni los perros ni las aves lo han devorado, y todav\u00eda yace junto a la nave de Aquiles, dentro de la tienda. Doce d\u00edas lleva de estar tendido, y ni el cuerpo se pudre, ni lo comen los gusanos que devoran a los hombres muertos en la guerra. Cuando apunta la divinal aurora, Aquiles lo arrastra sin piedad alrededor del t\u00famulo de su compa\u00f1ero querido; pero ni aun as\u00ed lo desfigura, y t\u00fa mismo, si a \u00e9l te acercaras, lo admirar\u00edas de ver cu\u00e1n fresco est\u00e1: la sangre le ha sido lavada, no presenta mancha alguna, y cuantas heridas recibi\u00f3 \u2011pues fueron muchos los que le envasaron el bronce\u2011 todas se han cerrado. De tal modo los bienaventurados dioses cuidan de tu buen hijo, aun despu\u00e9s de muerto, porque era muy caro a su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. Alegr\u00f3se el anciano, y respondi\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh hijo! Bueno es ofrecer a los inmortales los debidos dones. jam\u00e1s mi hijo, si no ha sido un sue\u00f1o que haya existido, olvid\u00f3 en el palacio a los dioses que moran en el Olimpo, y por esto se acordaron de \u00e9l en el fatal trance de la muerte. Mas, ea, recibe de mis manos esta linda copa, para que la guardes, y gu\u00edame con el favor de los dioses hasta que llegue a la tienda del Pelida.<\/p>\n<p>\u00a0D\u00edjole a su vez el mensajero Argicida:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Quieres tentarme, anciano, porque soy m\u00e1s joven; pero no me persuadir\u00e1s con tus ruegos a que acepte el regalo sin saberlo Aquiles. Le temo y me da mucho miedo defraudarle: no fuera que despu\u00e9s se me siguiese alg\u00fan da\u00f1o. Pero te acompa\u00f1ar\u00eda cuidadosamente en una velera nave o a pie, aunque fuera hasta la famosa Argos, y nadie osar\u00eda acometerte, despreciando al gu\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y, subiendo el ben\u00e9fico Hermes al carro, recogi\u00f3 al instante el l\u00e1tigo y las riendas a infundi\u00f3 gran vigor a los corceles y mulas. Cuando llegaron al foso y a las torres que proteg\u00edan las naves, los centinelas comenzaban a preparar la cena, y el mensajero Argicida los adormeci\u00f3 a todos; en seguida abri\u00f3 la puerta, descorriendo los cerrojos, a introdujo a Pr\u00edamo y el carro que llevaba los espl\u00e9ndidos regalos. Llegaron, por fin, a la elevada tienda que los mirmidones hab\u00edan construido para el rey con troncos de abeto, cubri\u00e9ndola con un techo inclinado de frondosas ca\u00f1as que cortaron en la pradera; rode\u00e1bala una gran cerca de muchas estacas y ten\u00eda la puerta asegurada por una barra de abeto que quitaban o pon\u00edan tres aqueos juntos, y s\u00f3lo Aquiles la descorr\u00eda sin ayuda. Entonces el ben\u00e9fico Hermes abri\u00f3 la puerta a introdujo al anciano y los presentes para el Pelida, el de los pies ligeros. Y ape\u00e1ndose del carro, dijo a Pr\u00edamo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh anciano! Yo soy un dios inmortal, soy Hermes; y mi padre me envi\u00f3 para que fuese tu gu\u00eda. Me vuelvo antes de llegar a la presencia de Aquiles, pues ser\u00eda indecoroso que un dios inmortal se tomara p\u00fablicamente tanto inter\u00e9s por los mortales. Entra t\u00fa, abraza las rodillas del Pelida y supl\u00edcale por su padre, por su madre de hermosa cabellera y por su hijo, para que conmuevas su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando esto hubo dicho, Hermes se encamin\u00f3 al vasto Olimpo. Pr\u00edamo salt\u00f3 del carro a tierra, dej\u00f3 a Ideo con el fin de que cuidase de los caballos y mulas, y fue derecho a la tienda en que moraba Aquiles, caro a Zeus. Hall\u00f3le dentro y sus amigos estaban sentados aparte; s\u00f3lo dos de ellos, el h\u00e9roe Automedonte y \u00c1lcimo, v\u00e1stago de Ares, le serv\u00edan, pues acababa de cenar; y, si bien ya no com\u00eda ni beb\u00eda, aun la mesa continuaba puesta. El gran Pr\u00edamo entr\u00f3 sin ser visto, acerc\u00f3se a Aquiles, abraz\u00f3le las rodillas y bes\u00f3 aquellas manos terribles, homicidas, que hab\u00edan dado muerte a tantos hijos suyos. Como quedan at\u00f3nitos los que, hall\u00e1ndose en la casa de un rico, ven llegar a un hombre que, pose\u00eddo de la cruel Ofuscaci\u00f3n, mat\u00f3 en su patria a otro var\u00f3n y ha emigrado a pa\u00eds extra\u00f1o, de igual manera asombr\u00f3se Aquiles de ver al deiforme Pr\u00edamo; y los dem\u00e1s se sorprendieron tambi\u00e9n y se miraron unos a otros. Y Pr\u00edamo suplic\u00f3 a Aquiles, dirigi\u00e9ndole estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0Acu\u00e9rdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha llegado al funesto umbral de la vejez. Quiz\u00e1 los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien te salve del infortunio y de la ruina; pero al menos aqu\u00e9l, sabiendo que t\u00fa vives, se alegra en su coraz\u00f3n y espera de d\u00eda en d\u00eda que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichad\u00edsimo, despu\u00e9s que engendr\u00e9 hijos excelentes en la espaciosa Troya, puedo decir que de ellos ninguno me queda. Cincuenta ten\u00eda cuando vinieron los aqueos: diez y nueve proced\u00edan de un solo vientre; a los restantes diferentes mujeres los dieron a luz en el palacio. A los m\u00e1s el furibundo Ares les quebr\u00f3 las rodillas; y el que era \u00fanico para m\u00ed, pues defend\u00eda la ciudad y sus habitantes, a \u00e9se t\u00fa lo mataste poco ha, mientras combat\u00eda por la patria, a H\u00e9ctor, por quien vengo ahora a las naves de los aqueos, a fin de redimirlo de ti, y traigo un inmenso rescate. Pero, respeta a los dioses, Aquiles, y api\u00e1date de m\u00ed, acord\u00e1ndote de tu padre; que yo soy todav\u00eda m\u00e1s digno de piedad, puesto que me atrev\u00ed a lo que ning\u00fan otro mortal de la tierra: a llevar a mi boca la mano del hombre matador de mis hijos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. A Aquiles le vino deseo de llorar por su padre; y, asiendo de la mano a Pr\u00edamo, apart\u00f3le suavemente. Entregados uno y otro a los recuerdos, Pr\u00edamo, ca\u00eddo a los pies de Aquiles, lloraba copiosamente por H\u00e9ctor, matador de hombres; y Aquiles lloraba unas veces a su padre y otras a Patroclo; y el gemir de entrambos se alzaba en la tienda. Mas as\u00ed que el divino Aquiles se hart\u00f3 de llanto y el deseo de sollozar ces\u00f3 en su alma y en sus miembros, alz\u00f3se de la silla, tom\u00f3 por la mano al viejo para que se levantara, y, mirando compasivo su blanca cabeza y su blanca barba, d\u00edjole estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ah, infeliz! Muchos son los infortunios que tu \u00e1nimo ha soportado. \u00bfC\u00f3mo osaste venir solo a las naves de los aqueos, a los ojos del hombre que te mat\u00f3 tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el coraz\u00f3n. Mas, ea, toma asiento en esta silla; y, aunque los dos estamos afligidos, dejemos reposar en el alma las penas, pues el triste llanto para nada aprovecha. Los dioses destinaron a los m\u00edseros mortales a vivir en la tristeza, y s\u00f3lo ellos est\u00e1n descuitados. En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles de dones que el dios reparte: en el uno est\u00e1n los males y en el otro los bienes. Aqu\u00e9l a quien Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados, unas veces topa con la desdicha y otras con la buena ventura; pero el que tan s\u00f3lo recibe penas vive con afrenta, una gran hambre le persigue sobre la divina tierra y va de un lado para otro sin ser honrado ni por los dioses ni por los hombres. As\u00ed las deidades hicieron a Peleo claros dones desde su nacimiento: aventajaba a los dem\u00e1s hombres en felicidad y riqueza, reinaba sobre los mirmidones, y, siendo mortal, le dieron por mujer una diosa. Pero tambi\u00e9n la divinidad le impuso un mal: que no tuviese hijos que reinaran luego en el palacio. Tan s\u00f3lo engendr\u00f3 uno, a m\u00ed, cuya vida ha de ser breve; y no le cuido en su vejez, porque permanezco en Troya, muy lejos de la patria, para contristarte a ti y a tus hijos. Y dicen que tambi\u00e9n t\u00fa, oh anciano, fuiste dichoso en otro tiempo; y que en el espacio que comprende Lesbos, donde rein\u00f3 M\u00e1car, y m\u00e1s arriba la Frigia hasta el Helesponto inmenso, descollabas entre todos por tu riqueza y por tu prole. Mas, desde que los dioses celestiales te trajeron esta plaga, suc\u00e9dense alrededor de la ciudad las batallas y las matanzas de hombres. S\u00fafrelo resignado y no dejes que de tu coraz\u00f3n se apodere incesante pesar, pues nada conseguir\u00e1s afligi\u00e9ndote por tu hijo, ni lograr\u00e1s que se levante, antes tendr\u00e1s que padecer un nuevo mal.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3 en seguida el anciano Pr\u00edamo, semejante a un dios:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No me hagas sentar en esta silla, alumno de Zeus, mientras H\u00e9ctor yace insepulto en la tienda. Entr\u00e9gamelo cuanto antes para que lo contemple con mis ojos, y t\u00fa recibe el cuantioso rescate que te traemos. Ojal\u00e1 puedas disfrutar de \u00e9l y volver al patrio suelo, ya que ahora me has dejado vivir y ver la luz del sol.<\/p>\n<p>\u00a0Mir\u00e1ndole con torva faz, le dijo Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>o \u2011\u00a1No me irrites m\u00e1s, oh anciano! Tengo acordado entregarte a H\u00e9ctor, pues para ello Zeus me envi\u00f3 como mensajera la madre que me dio a luz, la hija del anciano del mar. Comprendo tambi\u00e9n, oh Pr\u00edamo, y no se me oculta, que un dios te trajo a las veleras naves de los aqueos; porque ning\u00fan mortal, aunque estuviese en la flor de la juventud, se atrever\u00eda a venir al ej\u00e9rcito, ni entrar\u00eda sin ser visto por los centinelas, ni desatrancar\u00eda con facilidad nuestras puertas. Abstente, pues, de exacerbar los dolores de mi coraz\u00f3n; no sea que a ti, oh anciano, no te respete en mi tienda, aunque siendo mi suplicante, y viole las \u00f3rdenes de Zeus.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. El anciano sinti\u00f3 temor y obedeci\u00f3 el mandato. El Pelida, saltando como un le\u00f3n, sali\u00f3 de la tienda, y no se fue solo, pues le siguieron dos de sus servidores: el h\u00e9roe Automedonte y \u00c1lcimo, que eran los compa\u00f1eros a quienes m\u00e1s apreciaba desde que hab\u00eda muerto Patroclo. En seguida desengancharon caballos y mulas, introdujeron el heraldo, vocero del anciano, haci\u00e9ndole sentar en una silla, y quitaron del lustroso carro los inmensos rescates de la cabeza de H\u00e9ctor. Tan s\u00f3lo dejaron dos mantos y una t\u00fanica bien tejida, para envolver el cad\u00e1ver antes que lo entregara para que lo llevasen a casa. Aquiles llam\u00f3 entonces a las esclavas y les mand\u00f3 que lo lavaran y ungieran, traslad\u00e1ndolo a otra parte para que Pr\u00edamo no viese a su hijo; no fuera que, afligi\u00e9ndose al verlo, no pudiese reprimir la c\u00f3lera en su pecho a irritase el coraz\u00f3n de Aquiles, y \u00e9ste lo matara, quebrantando las \u00f3rdenes de Zeus. Lavado ya y ungido con aceite, las esclavas lo cubrieron con la t\u00fanica y el hermoso palio, despu\u00e9s el mismo Aquiles lo levant\u00f3 y coloc\u00f3 en un lecho, y por fin los compa\u00f1eros lo subieron al lustroso carro. Y el h\u00e9roe suspir\u00f3 y dijo, nombrando a su amigo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No te enojes conmigo, oh Patroclo, si en el Hades te enteras de que he entregado el divino H\u00e9ctor a su padre; pues me ha tra\u00eddo un rescate digno, y de \u00e9l te dedicar\u00e9 la debida parte.<\/p>\n<p>\u00a0Habl\u00f3 as\u00ed el divino Aquiles y volvi\u00f3 a la tienda. Sent\u00f3se en la silla, labrada con mucho arte, de que antes se hab\u00eda levantado y que se hallaba adosada al muro, y en seguida dirigi\u00f3 a Pr\u00edamo estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Tu hijo, oh anciano, rescatado est\u00e1, como ped\u00edas: yace en un lecho, y al despuntar la aurora podr\u00e1s verlo y llev\u00e1rtelo. Ahora pensemos en cenar, pues hasta N\u00edobe, la de hermosas trenzas, se acord\u00f3 de tomar alimento cuando en el palacio murieron sus dos v\u00e1stagos: seis hijas y seis hijos florecientes. A \u00e9stos Apolo, airado contra N\u00edobe, los mat\u00f3 disparando el arco de plata; a aqu\u00e9llas dioles muerte \u00c1rtemis, que se complace en tirar flechas; porque la madre osaba compararse con Leto, la de hermosas mejillas, y dec\u00eda que \u00e9sta s\u00f3lo hab\u00eda dado a luz dos hijos, y ella hab\u00eda tenido muchos; y los de la diosa, no siendo m\u00e1s que dos, acabaron con todos los de N\u00edobe. Nueve d\u00edas permanecieron tendidos en su sangre, y no hubo quien los enterrara porque el Croni\u00f3n a la gente la hab\u00eda vuelto de piedra; pero, al llegar el d\u00e9cimo, los dioses celestiales los sepultaron. Y N\u00edobe, cuando se hubo cansado de llorar, pens\u00f3 en el alimento. H\u00e1llase actualmente en las rocas de los montes yermos de S\u00edpilo, donde, seg\u00fan dice, est\u00e1n las grutas de las ninfas que bailan junto al Aqueloo, y aunque convertida en piedra, devora a\u00fan los dolores que las deidades le causaron. Mas, ea, divino anciano, cuidemos tambi\u00e9n nosotros de comer, y m\u00e1s tarde, cuando hayas transportado el hijo a Ilio, podr\u00e1s hacer llanto sobre el mismo, y ser\u00e1 por ti muy llorado.<\/p>\n<p>\u00a0En diciendo esto, el veloz Aquiles levant\u00f3se y degoll\u00f3 una blanca oveja; sus compa\u00f1eros la desollaron y prepararon bien como era debido; la descuartizaron con arte, y, cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los retiraron del fuego. Automedonte reparti\u00f3 pan en hermosas cestas, y Aquiles distribuy\u00f3 la carne. Ellos alargaron la diestra a los manjares que ten\u00edan delante; y, cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Pr\u00edamo Dard\u00e1nida admir\u00f3 la estatura y el aspecto de Aquiles, pues el h\u00e9roe parec\u00eda un dios; y, a su vez, Aquiles admir\u00f3 a Pr\u00edamo Dard\u00e1nida, contemplando su noble rostro y escuchando sus palabras. Y, cuando se hubieron deleitado, mir\u00e1ndose el uno al otro, el anciano Pr\u00edamo, semejante a un dios, dijo el primero:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011M\u00e1ndame ahora, sin tardanza, a la cama, oh alumno de Zeus, para que, acost\u00e1ndonos, gocemos del dulce sue\u00f1o. Mis ojos no se han cerrado desde que mi hijo muri\u00f3 a tus manos, pues continuamente gimo y devoro innumerables congojas, revolc\u00e1ndome por el esti\u00e9rcol en el recinto del patio. Ahora he probado la comida y rociado con el negro vino la garganta, pues desde entonces nada hab\u00eda probado.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo. Aquiles mand\u00f3 a sus compa\u00f1eros y a las esclavas que pusieran camas debajo del p\u00f3rtico, las proveyesen de hermosos cobertores de p\u00farpura, extendiesen sobre ellos tapetes y dejasen encima afelpadas t\u00fanicas para abrigarse. Las esclavas salieron de la tienda llevando antorchas en sus manos, y aderezaron diligentemente dos lechos. Y Aquiles, el de los pies ligeros, chance\u00e1ndose, dijo a Pr\u00edamo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Acu\u00e9state fuera de la tienda, anciano querido; no sea que alguno de los caudillos aqueos venga, como suelen, a consultarme sobre sus proyectos; si alguno de ellos lo viera durante la veloz y obscura noche, podr\u00eda decirlo en seguida a Agamen\u00f3n, pastor de pueblos, y quiz\u00e1s se diferir\u00eda la entrega del cad\u00e1ver. Mas, ea, habla y dime con sinceridad durante cu\u00e1ntos d\u00edas quieres hacer honras al divino H\u00e9ctor, para, mientras tanto, permanecer yo mismo quieto y contener el ej\u00e9rcito.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le en seguida el anciano Pr\u00edamo, semejante a un dios:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Si quieres que yo pueda celebrar los funerales del divino H\u00e9ctor, haciendo lo que voy a decirte, oh Aquiles, me dejar\u00edas complacido. Ya sabes que vivimos encerrados en la ciudad; y la le\u00f1a hay que traerla de lejos, del monte, y los troyanos tienen mucho miedo. Durante nueve d\u00edas lo lloraremos en el palacio, el d\u00e9cimo lo sepultaremos y el pueblo celebrar\u00e1 el banquete f\u00fanebre, el und\u00e9cimo le erigiremos un t\u00famulo y el duod\u00e9cimo volveremos a pelear, si necesario fuere.<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3le el divino Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Se har\u00e1 como dispones, anciano Pr\u00edamo, y suspender\u00e9 la guerra tanto tiempo como me pides.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed, pues, diciendo, estrech\u00f3 por el pu\u00f1o la diestra del anciano para que no sintiera en su alma temor alguno. El heraldo y Pr\u00edamo, prudentes ambos, se acostaron, all\u00ed en el vest\u00edbulo de la mansi\u00f3n. Aquiles durmi\u00f3 en el interior de la tienda, s\u00f3lidamente construida, y a su lado descans\u00f3 Briseide, la de hermosas mejillas.<\/p>\n<p>\u00a0Las dem\u00e1s deidades y los hombres que combaten en carros durmieron toda la noche, vencidos del dulce sue\u00f1o; pero \u00e9ste no se apoder\u00f3 del ben\u00e9fico Hermes, que meditaba c\u00f3mo sacar\u00eda del recinto de las naves al rey Pr\u00edamo sin que lo advirtiesen los sagrados guardianes de las puertas. E, inclin\u00e1ndose sobre la cabeza del rey, as\u00ed le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh anciano! No te inquieta el peligro cuando duermes as\u00ed, en medio de los enemigos, despu\u00e9s que Aquiles te ha respetado. Acabas de rescatar a tu hijo, dando muchos presentes; pero los otros hijos que all\u00e1 se quedaron tendr\u00edan que dar tres veces m\u00e1s para redimirte vivo, si llegaran a descubrirte Agamen\u00f3n Atrida y los aqueos todos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. El anciano sinti\u00f3 temor y despert\u00f3 al heraldo. Hermes unci\u00f3 caballos y mulas, y acto continuo los gui\u00f3 por entre el ej\u00e9rcito sin que nadie lo advirtiera.<\/p>\n<p>\u00a0Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto, r\u00edo de hermosa corriente que el inmortal Zeus hab\u00eda engendrado, Hermes se fue al vasto Olimpo. La Aurora de azafranado velo se esparc\u00eda por toda la tierra, cuando ellos, gimiendo y lament\u00e1ndose, guiaban los corceles hacia la ciudad, y les segu\u00edan las mulas con el cad\u00e1ver. Ning\u00fan hombre ni mujer de hermosa cintura los vio llegar antes que Casandra, semejante a la \u00e1urea Afrodita; pues, subiendo a P\u00e9rgamo, distingui\u00f3 el carro y en \u00e9l a su padre y al heraldo, pregonero de la ciudad, y vio detr\u00e1s a H\u00e9ctor, tendido en un lecho que las mulas conduc\u00edan. En seguida prorrumpi\u00f3 en sollozos y fue clamando por toda la ciudad:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Venid a ver a H\u00e9ctor, troyanos y troyanas, si otras veces os alegrasteis de que volviese vivo del combate; pues era el regocijo de la ciudad y de todo el pueblo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y ning\u00fan hombre ni mujer se qued\u00f3 all\u00ed, en la ciudad. Todos sintieron intolerable congoja y fueron a juntarse cerca de las puertas con el que les tra\u00eda el cad\u00e1ver. La esposa querida y la veneranda madre, ech\u00e1ndose las primeras sobre el carro de hermosas ruedas y tocando con sus manos la cabeza de H\u00e9ctor, se arrancaban los cabellos; y la turba las rodeaba llorando. Y hubieran permanecido delante de las puertas todo el d\u00eda, hasta la puesta del sol, derramando l\u00e1grimas por H\u00e9ctor, si el anciano no les hubiese dicho desde el carro:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Haceos a un lado para que yo pase con las mulas; y, una vez to haya conducido al palacio, os hartar\u00e9is de llanto.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3; y ellos, apart\u00e1ndose, dejaron que pasara el carro. Dentro ya del magn\u00edfico palacio, pusieron el cad\u00e1ver en torneado lecho a hicieron sentar a su alrededor cantores que preludiaban el treno: \u00e9stos cantaban dolientes querellas, y las mujeres respond\u00edan con gemidos. Y en medio de ellas Andr\u00f3maca, la de n\u00edveos brazos, que sosten\u00eda con las manos la cabeza de H\u00e9ctor, matador de hombres, dio comienzo a las lamentaciones exclamando:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Marido! Saliste de la vida cuando a\u00fan eras joven, y me dejas viuda en el palacio. El hijo que nosotros \u00a1infelices! hemos engendrado es todav\u00eda infante y no creo que llegue a la mocedad; antes ser\u00e1 la ciudad arruinada desde su cumbre, porque has muerto t\u00fa que eras su defensor, el que la salvaba, el que proteg\u00eda a las venerables matronas y a los tiernos infantes. Pronto se las llevar\u00e1n en las c\u00f3ncavas naves y a m\u00ed con ellas. Y t\u00fa, hijo m\u00edo, o me seguir\u00e1s y tendr\u00e1s que ocuparte en oficios viles, trabajando en provecho de un amo cruel; o alg\u00fan aqueo te coger\u00e1 de la mano y te arrojar\u00e1 de lo alto de una torre, \u00a1muerte horrenda!, irritado porque H\u00e9ctor le matara el hermano, el padre o el hijo; pues muchos aqueos mordieron la vasta tierra a manos de H\u00e9ctor. No era blando tu padre en la funesta batalla, y por esto le lloran todos en la ciudad. \u00a1Oh H\u00e9ctor! Has causado a tus padres llanto y dolor indecibles, pero a m\u00ed me aguardan las penas m\u00e1s graves. Ni siquiera pudiste, antes de morir, tenderme los brazos desde el lecho, ni hacerme saludables advertencias que hubiera recordado siempre, de noche y de d\u00eda, con l\u00e1grimas en los ojos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo llorando, y las mujeres gimieron. Y entre ellas, H\u00e9cuba empez\u00f3 a su vez el funeral lamento:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor, el hijo m\u00e1s amado de mi coraz\u00f3n! No puede dudarse de que en vida fueras caro a los dioses, pues no se olvidaron de ti en el fatal trance de la muerte. Aquiles, el de los pies ligeros, a los dem\u00e1s hijos m\u00edos que logr\u00f3 coger vendi\u00f3los al otro lado del mar est\u00e9ril, en Samos, Imbros o Lemnos, de escarpada costa; a ti, despu\u00e9s de arrancarte el alma con el bronce de larga punta, lo arrastraba muchas veces en torno del sepulcro de su compa\u00f1ero Patroclo, a quien mataste, mas no por esto resucit\u00f3 a su amigo. Y ahora yaces en el palacio, tan fresco como si acabaras de morir y semejante al que Apolo, el del arg\u00e9nteo arco, mata con sus suaves flechas.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3, derramando l\u00e1grimas, y excit\u00f3 en todos vehemente llanto. Y Helena fue la tercera en dar principio al funeral lamento:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor, el cu\u00f1ado m\u00e1s querido de mi coraz\u00f3n! Mi marido, el deiforme Alejandro, me trajo a Troya, \u00a1ojal\u00e1 me hubiera muerto antes!; y en los veinte a\u00f1os que van transcurridos desde que vine y abandon\u00e9 la patria, jam\u00e1s he o\u00eddo de tu boca una palabra ofensiva o grosera; y si en el palacio me increpaba alguno de los cu\u00f1ados, de las cu\u00f1adas o de las esposas de aqu\u00e9llos, o la suegra \u2011pues el suegro fue siempre cari\u00f1oso como un padre\u2011, conten\u00edas su enojo aquiet\u00e1ndolos con tu afabilidad y tus suaves palabras. Con el coraz\u00f3n afligido lloro a la vez por ti y por m\u00ed, desgraciada; que ya no habr\u00e1 en la vasta Troya quien me sea ben\u00e9volo ni amigo, pues todos me detestan.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo llorando, y la inmensa muchedumbre prorrumpi\u00f3 en gemidos. Y el anciamo Pr\u00edamo dijo al pueblo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ahora, troyanos, traed le\u00f1a a la ciudad y no tem\u00e1is ninguna emboscada por parte de los argivos; pues Aquiles, al despedirme en las negras naves, me prometi\u00f3 no causarnos da\u00f1o hasta que llegue la duod\u00e9cima aurora.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Pronto la gente del pueblo, unciendo a los carros bueyes y mulas, se reuni\u00f3 fuera de la ciudad. Por espacio de nueve d\u00edas acarrearon abundante le\u00f1a; y, cuando por d\u00e9cima vez apunt\u00f3 la aurora, que trae la luz a los mortales, sacaron llorando el cad\u00e1ver del audaz H\u00e9ctor, lo pusieron en lo alto de la pira y le prendieron fuego.<\/p>\n<p>\u00a0Mas, as\u00ed que se descubri\u00f3 la hija de la ma\u00f1ana, la Aurora de ros\u00e1ceos dedos, congreg\u00f3se el pueblo en torno de la pira del ilustre H\u00e9ctor. Y cuando todos acudieron y se hubieron reunido, apagaron con negro vino la parte de la pira a que la violencia del fuego hab\u00eda alcanzado; y seguidamente los hermanos y los amigos, gimiendo y corri\u00e9ndoles las l\u00e1grimas por las mejillas, recogieron los blancos huesos y los colocaron en una urna de oro, envueltos en fino velo de p\u00farpura. Depositaron la urna en el hoyo, que cubrieron con muchas y grandes piedras, y erigieron el t\u00famulo. Hab\u00edan puesto centinelas por todos lados, para no ser sorprendidos si los aqueos, de hermosas grebas, los acomet\u00edan. Levantado el t\u00famulo, volvi\u00e9ronse; y, reunidos despu\u00e9s en el palacio del rey Pr\u00edamo, alumno de Zeus, celebraron un espl\u00e9ndido banquete f\u00fanebre.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed hicieron las honras de H\u00e9ctor, domador de caballos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO XXIV Rescate de H\u00e9ctor Los dioses se apiadan de H\u00e9ctor, y Zeus encarga a Tetis que amoneste a su hijo para que devuelva el cad\u00e1ver, a la vez que manda a Pr\u00edamo, por medio de Iris, que con un solo heraldo vaya con magn\u00edficos presentes a la tienda de\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" href=\"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-iliada-xxiv-homero\/\">Seguir leyendo&#8230;<i 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