{"id":947,"date":"2010-11-27T22:39:50","date_gmt":"2010-11-27T20:39:50","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=947"},"modified":"2010-11-27T22:39:50","modified_gmt":"2010-11-27T20:39:50","slug":"%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xxiii-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xxiii-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (XXIII) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO XXIII<\/strong><\/p>\n<p><strong>Juegos en honor de Patroclo<\/strong><\/p>\n<p>Luego Aquiles celebra unos espl\u00e9ndidos funerales en honor de Patroclo, mientras ata el cad\u00e1ver de H\u00e9dor por los pies a su carro y se lo lleva arrastr\u00e1ndolo por el polvo; y desde entonces todos los d\u00edas, al aparecer la aurora, lo vuelve a arrastrar hasta dar tres vueltas alrededor del t\u00famulo de Patroclo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed gem\u00edan los troyanos en la ciudad. Los aqueos, una vez llegados a las naves y al Helesponto, se fueron a sus respectivos bajeles. Pero a los mirmidones no les permiti\u00f3 Aquiles que se dispersaran; y, puesto en medio de los belicosos compa\u00f1eros, les dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Mirmidones, de r\u00e1pidos corceles, mis compa\u00f1eros amados! No desatemos del yugo los sol\u00edpedos corceles; acerqu\u00e9monos con ellos y los carros a Patroclo, y llor\u00e9moslo, que \u00e9ste es el honor que a los muertos se les debe. Y cuando nos hayamos saciado de triste llanto, desunciremos los caballos y aqu\u00ed mismo cenaremos todos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. Ellos segu\u00edan a Aquiles en compacto grupo y gem\u00edan con frecuencia. Y sollozando dieron tres vueltas alrededor del cad\u00e1ver con los caballos de hermoso pelo: Tetis se hallaba entre los guerreros y les excitaba el deseo de llorar. Regadas de l\u00e1grimas quedaron las arenas, regadas de l\u00e1grimas se ve\u00edan las armaduras de los hombres. \u00a1Tal era el h\u00e9roe, causa de fuga para los enemigos, de quien entonces padec\u00edan soledad! Y el Pelida comenz\u00f3 entre ellos el funeral lamento colocando sus manos homicidas sobre el pecho de su amigo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Al\u00e9grate, oh Patroclo, aunque est\u00e9s en el Hades! Ya voy a cumplirte cuanto te prometiera: he tra\u00eddo arrastrando el cad\u00e1ver de H\u00e9ctor, que entregar\u00e9 a los perros para que lo despedacen cruelmente; y degollar\u00e9 ante tu pira a doce hijos de troyanos ilustres, por la c\u00f3lera que me caus\u00f3 tu muerte.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino H\u00e9ctor, lo tendi\u00f3 boca abajo en el polvo, cabe al lecho del Menec\u00edada. Quit\u00e1ronse todos la luciente armadura de bronce, desuncieron los corceles de sonoros relinchos, y sent\u00e1ronse en gran n\u00famero cerca de la nave del E\u00e1cida, el de los pies ligeros, que les dio un banquete funeral espl\u00e9ndido. Muchos bueyes blancos, ovejas y balantes cabras palpitaban al ser degollados con el hierro; gran copia de grasos puercos, de albos dientes, se asaban, extendidos sobre la llama de Hefesto; y en tomo del cad\u00e1ver la sangre corr\u00eda en abundancia por todas partes.<\/p>\n<p>\u00a0Los reyes aqueos llevaron al Pelida, el de los pies ligeros, que ten\u00eda el coraz\u00f3n afligido por la muerte del compa\u00f1ero, a la tienda de Agamen\u00f3n Atrida, despu\u00e9s de persuadirlo con mucho trabajo; ya en ella, mandaron a los heraldos, de voz sonora, que pusieron al fuego un gran tr\u00edpode por si lograban que aqu\u00e9l se lavase las manchas de sangre y polvo. Pero Aquiles se neg\u00f3 obstinadamente, a hizo, adem\u00e1s, un juramento:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1No, por Zeus, que es el supremo y m\u00e1s poderoso de los dioses! No es justo que el ba\u00f1o moje mi cabeza hasta que ponga a Patroclo en la pira, le erija un t\u00famulo y me corte la cabellera; porque un pesar tan grande no volver\u00e1 lamas a sentirlo mi coraz\u00f3n mientras me cuente entre los vivos. Ahora celebremos el triste banquete; y, cuando se descubra la aurora, manda, oh rey de hombres, Agamen\u00f3n, que traigan le\u00f1a y la coloquen como conviene a un muerto que baja a la regi\u00f3n sombr\u00eda, para que pronto el fuego infatigable consuma y haga desaparecer de nuestra vista el cad\u00e1ver de Patroclo, y los guerreros vuelvan a sus ocupaciones.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Dispuesta con prontitud la cena, comieron todos, y nadie careci\u00f3 de su respectiva porci\u00f3n. Mas, despu\u00e9s que hubieron satisfecho de comida y de bebida al apetito, se fueron a dormir a sus tiendas. Qued\u00f3se el Pelida con muchos mirmidones, dando profundos suspiros, a orillas del estruendoso mar, en un lugar limpio donde las olas ba\u00f1aban la playa; pero no tard\u00f3 en vencerlo el sue\u00f1o, que disipa los cuidados del \u00e1nimo, esparci\u00e9ndose suave en torno suyo; pues el h\u00e9roe hab\u00eda fatigado mucho sus fornidos miembros persiguiendo a H\u00e9ctor alrededor de la ventosa Ilio. Entonces vino a encontrarle el alma del m\u00edsero Patroclo, semejante en un todo a \u00e9ste cuando viv\u00eda, tanto por su estatura y hermosos ojos, como por las vestiduras que llevaba; y, poni\u00e9ndose sobre la cabeza de Aquiles, le dijo estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfDuermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Te cuidabas de m\u00ed mientras viv\u00eda, y ahora que he muerto me abandonas. Enti\u00e9rrame cuanto antes, para que pueda pasar las puertas del Hades; pues las almas, que son im\u00e1genes de los difuntos, me rechazan y no me permiten que atraviese el r\u00edo y me junte con ellas; y de este modo voy errante por los alrededores del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la mano, te lo pido llorando; pues ya no volver\u00e9 del Hades cuando hay\u00e1is entregado mi cad\u00e1ver al fuego. Ni ya, gozando de vida, conversaremos separadamente de los amigos; pues me devor\u00f3 la odiosa muerte que el hado, cuando nac\u00ed, me deparara. Y tu destino es tambi\u00e9n, oh Aquiles semejante a los dioses, morir al pie de los muros de los nobles troyanos. Otra cosa te dir\u00e9 y encargar\u00e9, por si quieres complacerme. No dejes mandado, oh Aquiles, que pongan tus huesos separados de los m\u00edos: ya que juntos nos hemos criado en tu palacio, desde que Menecio me llev\u00f3 de Opunte a vuestra casa por un deplorable homicidio \u2011cuando encoleriz\u00e1ndome en el juego de la taba mat\u00e9 involuntariamente al hijo de Anfidamante\u2011, y el caballero Peleo me acogi\u00f3 en su morada, me cri\u00f3 con regalo y me nombr\u00f3 tu escudero; as\u00ed tambi\u00e9n, una misma urna, la \u00e1nfora de oro que te dio tu veneranda madre, guarde nuestros huesos.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfPor qu\u00e9, cabeza querida, vienes a encargarme estas cosas? Te obedecer\u00e9 y lo cumplir\u00e9 todo como lo mandas. Pero ac\u00e9rcate y abrac\u00e9monos, aunque sea por breves instantes, para saciarnos de triste llanto.<\/p>\n<p>\u00a0En diciendo esto, le tendi\u00f3 los brazos, pero no consigui\u00f3 asirlo: disip\u00f3se el alma cual si fuese humo y penetr\u00f3 en la tierra dando chillidos. Aquiles se levant\u00f3 at\u00f3nito, dio una palmada y exclam\u00f3 con voz l\u00fagubre:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh dioses! Cierto es que en la morada de Hades quedan el alma y la imagen de los que mueren, pero la fuerza vital desaparece por entero. Toda la noche ha estado cerca de m\u00ed el alma del m\u00edsero Patroclo, derramando l\u00e1grimas y despidiendo suspiros, para encargarme lo que debo hacer; y era muy semejante a \u00e9l cuando viv\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y a todos les excit\u00f3 el deseo de llorar. Todav\u00eda se hallaban alrededor del cad\u00e1ver, sollozando lastimeramente, cuando despunt\u00f3 la Aurora de ros\u00e1ceos dedos. Entonces el rey Agamen\u00f3n mand\u00f3 que de todas las tiendas saliesen hombres con mulos para ir por le\u00f1a; y a su frente se puso un var\u00f3n excelente, Meriones, escudero del valeroso Idomeneo. Los mulos iban delante; tras ellos caminaban los hombres, llevando en sus manos hachas de cortar madera y sogas bien torcidas; y as\u00ed subieron y bajaron cuestas, y recorrieron atajos y veredas. Mas, cuando llegaron a los bosques del Ida, abundante en manantiales, se apresuraron a cortar con el afilado bronce encinas de alta copa que ca\u00edan con estr\u00e9pito. Los aqueos las partieron en rajas y las cargaron sobre los mulos. En seguida \u00e9stos, midiendo con sus pasos la tierra, volvieron atr\u00e1s por los espesos matorrales, deseosos de regresar a la llanura. Todos los le\u00f1adores llevaban troncos, porque as\u00ed lo hab\u00eda ordenado Meriones, escudero del valeroso Idomeneo. Y los fueron dejando sucesivamente en un sitio de la orilla del mar, que Aquiles indic\u00f3 para que all\u00ed se erigiera el gran t\u00famulo de Patroclo y de s\u00ed mismo.<\/p>\n<p>\u00a0Despu\u00e9s que hubieron descargado la inmensa cantidad de le\u00f1a, se sentaron todos juntos y aguardaron. Aquiles mand\u00f3 en seguida a los belicosos mirmidones que tomaran las armas y uncieran los caballos; y ellos se levantaron, vistieron la armadura, y los caudillos y sus aurigas montaron en los carros. Iban \u00e9stos al frente, segu\u00edales la nube de la copiosa infanter\u00eda, y en medio los amigos llevaban a Patroclo, cubierto de cabello que en su honor se hab\u00edan cortado. El divino Aquiles sosten\u00edale la cabeza, y estaba triste porque desped\u00eda para el Hades al eximio compa\u00f1ero.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando llegaron al lugar que Aquiles les se\u00f1al\u00f3, dejaron el cad\u00e1ver en el suelo, y en seguida amontonaron abundante le\u00f1a. Entonces el divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra idea: separ\u00e1ndose de la pira, se cort\u00f3 la rubia cabellera, que conservaba espl\u00e9ndida para ofrecerla al r\u00edo Esperqueo; y exclam\u00f3 apenado, fijando los ojos en el vinoso ponto:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Esperqueo! En vano mi padre Peleo te hizo el voto de que yo, al volver a la tierra patria, me cortar\u00eda la cabellera en tu honor y te inmolar\u00eda una sacra hecatombe de cincuenta carneros cerca de tus fuentes, donde est\u00e1n el bosque y el perfumado altar a ti consagrados. Tal voto hizo el anciano, pero t\u00fa no has cumplido su deseo. Y ahora, como no he de volver a la tierra patria, dar\u00e9 mi cabellera al h\u00e9roe Patroclo para que se la lleve consigo.<\/p>\n<p>\u00a0Habiendo hablado as\u00ed, puso la cabellera en las manos del compa\u00f1ero querido, y a todos les excit\u00f3 el deseo de llorar. Y entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si Aquiles no se hubiese acercado a Agamen\u00f3n para decirle:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida! Puesto que la gente aquea te obedecer\u00e1 m\u00e1s que a nadie, y tiempo habr\u00e1 para saciarse de llanto, aparta de la pira a los guerreros y m\u00e1ndales que preparen la cena; y de lo que resta nos cuidaremos nosotros, a quienes corresponde de un modo especial honrar al muerto. Qu\u00e9dense tan s\u00f3lo los caudillos.<\/p>\n<p>\u00a0Al o\u00edrlo, el rey de hombres, Agamen\u00f3n, despidi\u00f3 la gente para que volviera a las naves bien proporcionadas; y los que cuidaban del funeral amontonaran le\u00f1a, levantaron una pira de cien pies por lado, y, con el coraz\u00f3n afligido, pusieron en lo alto de ella el cuerpo de Patroclo. Delante de la pira mataron y desollaron muchas ping\u00fces ovejas y flex\u00edpedes bueyes de curvas astas; y el magn\u00e1nimo Aquiles tom\u00f3 la grasa de aqu\u00e9llas y de \u00e9stos, cubri\u00f3 con la misma el cad\u00e1ver de pies a cabeza, y hacin\u00f3 alrededor los cuerpos desollados. Llev\u00f3 tambi\u00e9n a la pira dos \u00e1nforas, llenas respectivamente de miel y de aceite, y las aboc\u00f3 al lecho; y, exhalando profundos suspiros, arroj\u00f3 a la hoguera cuatro corceles de erguido cuello. Nueve perros ten\u00eda el rey que se alimentaban de su mesa, y, degollando a dos, ech\u00f3los igualmente en la pira. Sigui\u00e9ronles doce hijos valientes de troyanos ilustres, a quienes mat\u00f3 con el bronce, pues el h\u00e9roe meditaba en su coraz\u00f3n acciones crueles. Y entregando la pira a la violencia indomable del fuego para que la devorara, gimi\u00f3 y nombr\u00f3 al compa\u00f1ero amado:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Al\u00e9grate, oh Patroclo, aunque est\u00e9s en el Hades! Ya te cumplo cuanto te promet\u00ed. El fuego devora contigo a doce hijos valientes de troyanos ilustres; y a H\u00e9ctor Pri\u00e1mida no le entregar\u00e9 a la hoguera para que lo consuma, sino a los perros.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo en son de amenaza. Pero los canes no se acercaron a H\u00e9ctor. La diosa Afrodita, hija de Zeus, los apart\u00f3 d\u00eda y noche, y ungi\u00f3 el cad\u00e1ver con un divino aceite rosado para que Aquiles no lo lacerase al arrastrarlo. Y Febo Apolo cubri\u00f3 el espacio ocupado por el muerto con una sombr\u00eda nube que hizo pasar del cielo a la llanura, a fin de que el ardor del sol no secara el cuerpo, con sus nervios y miembros.<\/p>\n<p>\u00a0En tanto, la pira en que se hallaba el cad\u00e1ver de Patroclo no ard\u00eda. Entonces el divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra idea: apart\u00f3se de la pira, or\u00f3 a los vientos B\u00f3reas y C\u00e9firo y vot\u00f3 ofrecerles solemnes sacrificios; y, haci\u00e9ndoles repetidas libaciones con una copa de oro, les rog\u00f3 que acudieran para que la le\u00f1a ardiese bien y los cad\u00e1veres fueran consumidos prestamente por el fuego. La veloz Iris oy\u00f3 las s\u00faplicas, y fue a avisar a los vientos, que estaban reunidos celebrando un banquete en la morada del impetuoso C\u00e9firo. Iris lleg\u00f3 corriendo y se detuvo en el umbral de piedra. As\u00ed que la vieron, levant\u00e1ronse todos, y cada uno la llamaba a su lado. Pero ella no quiso sentarse, y pronunci\u00f3 estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No puedo sentarme; porque voy, por cima de la corriente del Oc\u00e9ano, a la tierra de los et\u00edopes, que ahora ofrecen hecatombes a los inmortales, para entrar a la parte en los sacrificios. Aquiles ruega al B\u00f3reas y al estruendoso C\u00e9firo, prometi\u00e9ndoles solemnes sacrificios, que vayan y hagan arder la pira en que yace Patroclo, por el cual gimen los aqueos todos.<\/p>\n<p>\u00a0Habl\u00f3 as\u00ed y fuese. Los vientos se levantaron con inmenso ruido, esparciendo las nubes; pasaron por cima del ponto, y las olas crec\u00edan al impulso del sonoro soplo, llegaron, por fin, a la f\u00e9rtil Troya, cayeron en la pira y el fuego abrasador bram\u00f3 grandemente. Durante toda la noche, los dos vientos, soplando con agudos silbidos, agitaron la llama de la pira, durante toda la noche, el veloz Aquiles, sacando vino de una cratera de oro, con una copa de doble asa, lo verti\u00f3 y reg\u00f3 la tierra, a invoc\u00f3 el alma del m\u00edsero Patroclo. Como solloza un padre, quemando los huesos del hijo reci\u00e9n casado, cuya muerte ha sumido en el dolor a sus progenitores, de igual modo sollozaba Aquiles al quemar los huesos del amigo; y, arrastr\u00e1ndose en torno de la hoguera, gem\u00eda sin cesar.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando el lucero de la ma\u00f1ana apareci\u00f3 sobre la tierra anunciando el d\u00eda, y poco despu\u00e9s la aurora, de azafranado velo, se esparci\u00f3 por el mar, apag\u00e1base la hoguera y mor\u00eda la llama. Los vientos regresaron a su morada por el ponto de Tracia, que gem\u00eda a causa de la hinchaz\u00f3n de las olas alborotadas, y el Pelida, habi\u00e9ndose separado un poco de la pira, acost\u00f3se, rendido de cansancio, y el dulce sue\u00f1o le venci\u00f3. Pronto los caudillos se reunieron en gran n\u00famero alrededor del Atrida; y el alboroto y ruido que hac\u00edan al llegar despertaron a Aquiles. Incorpor\u00f3se el h\u00e9roe; y, sent\u00e1ndose, les dijo estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida y dem\u00e1s pr\u00edncipes de los aqueos todos! Primeramente apagad con negro vino cuanto de la pira alcanz\u00f3 la violencia del fuego; recojamos despu\u00e9s los huesos de Patroclo Menec\u00edada, distingui\u00e9ndolos bien \u2011f\u00e1cil ser\u00e1 reconocerlos, porque el cad\u00e1ver estaba en medio de la pira y en los extremos se quemaron confundidos hombres y caballos\u2011, y pong\u00e1moslos en una urna de oro, cubiertos por doble capa de grasa donde se guarden hasta que yo descienda al Hades. Quiero que le erij\u00e1is un t\u00famulo no muy grande, sino cual corresponde al muerto; y m\u00e1s adelante, aqueos, los que est\u00e9is vivos en las naves de muchos bancos cuando yo muera, hacedIo anchuroso y alto.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y ellos obedecieron al Peli\u00f3n, de pies ligeros. Primeramente apagaron con negro vino la parte de la pira a que alcanz\u00f3 la llama, y la ceniza cay\u00f3 en abundancia; despu\u00e9s recogieron, llorando, los blancos huesos del dulce amigo y los encerraron en una urna de oro, cubiertos por doble capa de grasa; dejaron la urna en la tienda, tendiendo sobre la misma un sutil velo; trazaron el \u00e1mbito del t\u00famulo en torno de la pira, echaron los cimientos, a inmediatamente amontonaron la tierra que antes hab\u00edan excavado. Y, erigido el t\u00famulo, volvieron a su sitio. Aquiles detuvo al pueblo y le hizo sentar, formando un gran circo; y al momento sac\u00f3 de las naves, para premio de los que vencieren en los juegos, calderas, tr\u00edpodes, caballos, mulos, bueyes de robusta cabeza, mujeres de hermosa cintura y luciente hierro.<\/p>\n<p>\u00a0Empez\u00f3 exponiendo los premios destinados a los veloces aurigas: el que primero llegara se llevar\u00eda una mujer diestra en primorosas labores y un tr\u00edpode con asas, de veintid\u00f3s medidas; para el segundo ofreci\u00f3 una yegua de seis a\u00f1os, ind\u00f3mita, que llevaba en su vientre un feto de mulo; para el tercero, una hermosa caldera no puesta al fuego y luciente a\u00fan, cuya capacidad era de cuatro medidas; para el cuarto, dos talentos de oro; y para el quinto, un vaso con dos asas no puesto al fuego todav\u00eda. Y, estando en pie, dijo a los argivos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida y dem\u00e1s aqueos de hermosas grebas! Estos premios que en medio he colocado son para los aurigas. Si los juegos se celebraran en honor de otro difunto, me llevar\u00eda a mi tienda los mejores. Ya sab\u00e9is cu\u00e1nto mis caballos aventajan en ligereza a los dem\u00e1s, porque son inmortales: Poseid\u00f3n se los regal\u00f3 a mi padre Peleo, y \u00e9ste me los ha dado a m\u00ed. Pero yo me quedar\u00e9, y tambi\u00e9n los sol\u00edpedos corceles, porque perdieron al ilustre y benigno auriga que tantas veces derram\u00f3 aceite sobre sus crines, despu\u00e9s de lavarlos con agua pura. Ambos, habi\u00e9ndose quedado quietos, sienten soledad de \u00e9l; y con las crines colgando hasta tocar la tierra permanecen en pie y afligidos en su coraz\u00f3n. \u00a1Adelantaos, pues, los aqueos que confi\u00e9is en vuestros corceles y s\u00f3lidos carros!<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed hablo el Pelida, y los veloces aurigas se reunieron. Levant\u00f3se mucho antes que nadie el rey de hombres Eumelo, hijo amado de Admeto, que descollaba en el arte de guiar el carro. Present\u00f3se despu\u00e9s el fuerte Diomedes Tidida, el cual puso el yugo a los corceles de Tros, que hab\u00eda quitado a Eneas cuando Apolo salv\u00f3 a este h\u00e9roe. Alz\u00f3se luego el rubio Menelao Atrida, del linaje de Zeus, y unci\u00f3 al carro una yegua y un caballo veloces: Eta, propia de Agamen\u00f3n, y Podargo, que era suyo. Hab\u00eda dado la yegua a Agamen\u00f3n, como presente, Equepolo, hijo de Anquises, por no seguirle a la ventosa Ilio y gozar tranquilo en la vasta Sici\u00f3n, donde moraba, de la abundante riqueza que Zeus le hab\u00eda concedido; \u00e9sta fue la yegua que Menelao unci\u00f3 al yugo, la cual estaba deseosa de corren\u2011 Fue el cuarto en aparejar los corceles de hermoso pelo Ant\u00edloco, hijo ilustre del magn\u00e1nimo rey N\u00e9stor Nelida: de su carro tiraban caballos de Pilos, de pies ligeros. Y su padre se le acerc\u00f3 y empez\u00f3 a darle buenos consejos, aunque no le faltaba inteligencia:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ant\u00edloco! Si bien eres joven, Zeus y Poseid\u00f3n te quieren y te han ense\u00f1ado todo el arte del auriga. No es preciso, por tanto, que yo lo instruya. Sabes perfectamente c\u00f3mo los caballos deben dar la vuelta en torno de la meta, pero tus corceles son los m\u00e1s lentos en correr, y temo que alg\u00fan suceso desagradable ha de ocurrirte. Empero, si otros caballos son m\u00e1s veloces, sus conductores no lo aventajan en obrar sagazmente. Ea, pues, querido, piensa en emplear toda clase de habilidades para que los premios no se te escapen. El le\u00f1ador m\u00e1s hace con la habilidad que con la fuerza; con su habilidad el piloto gobierna en el vinoso ponto la veloz nave combatida por los vientos; y con su habilidad puede un auriga vencer a otro. El que conf\u00eda en sus caballos y en su carro les hace dar vueltas imprudentemente ac\u00e1 y acull\u00e1, y luego los corceles divagan en la carrera y no los puede sujetar, mas el que conoce los arbitrios del arte y gu\u00eda caballos inferiores clava los ojos continuamente en la meta, da la vuelta cerca de la misma, y no le pasa inadvertido cu\u00e1ndo debe aguijar a aqu\u00e9llos con el l\u00e1tigo de piel de buey: as\u00ed los domina siempre, a la vez que observa a quien le precede. La meta de ahora es muy f\u00e1cil de conocer, y voy a indic\u00e1rtela para que no dejes de verla. Un tronco seco de encina o de pino, que la lluvia no ha podrido a\u00fan, sobresale un codo de la tierra; encu\u00e9ntranse a uno y otro lado del mismo, cuando el camino acaba, sendas piedras blancas; y luego el terreno es llano por todas partes y propio para las carreras de carros: el tronco debe de haber pertenecido a la tumba de un hombre que ha tiempo muri\u00f3, o fue puesto como moj\u00f3n por los antiguos; y ahora el divino Aquiles, el de los pies ligeros, lo ha elegido por meta. Ac\u00e9rcate a \u00e9sta y den la vuelta casi toc\u00e1ndola carro y caballos; y t\u00fa incl\u00ednate en el fuerte asiento hacia la izquierda y anima con imperiosas voces al corcel del otro lado afloj\u00e1ndole las riendas. El caballo izquierdo se aproxime tanto a la meta, que parezca que el cubo de la bien construida rueda haya de llegar al tronco, pero gu\u00e1rdate de chocar con la piedra: no sea que hieras a los corceles, rompas el carro y causes el regocijo de los dem\u00e1s y la confusi\u00f3n de ti mismo. Procura, oh querido, ser cauto y prudente. Pero, si aguijando los caballos, logras dar la vuelta a la meta, ya nadie se te podr\u00e1 anticipar ni alcanzarte siquiera, aunque gu\u00ede al divino Ari\u00f3n \u2011el veloz caballo de Adrasto, que descend\u00eda de un dios\u2011 o sea arrastrado por los corceles de Laomedonte, que se criaron aqu\u00ed tan excelentes.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo N\u00e9stor Nelida, y volvi\u00f3 a sentarse cuando hubo enterado a su hijo de to m\u00e1s importante de cada cosa.<\/p>\n<p>\u00a0Meriones fue el quinto en aparejar los caballos de hermoso pelo. Subieron los aurigas a los carros y echaron suertes en un casco que agitaba Aquiles. Sali\u00f3 primero la de Ant\u00edloco Nest\u00f3rida; despu\u00e9s, la del rey Eumelo; luego, la de Menelao Atrida, famoso por su lanza; en seguida, la de Meriones; y por \u00faltimo, la del Tidida, que era el m\u00e1s h\u00e1bil. Pusi\u00e9ronse en fila, y Aquiles les indic\u00f3 la meta a lo lejos, en el terreno llano; y encarg\u00f3 a F\u00e9nix, escudero de su padre, que se sentara cerca de aqu\u00e9lla como observador de la carrera, a fin de que, reteniendo en la memoria cuanto ocurriese, les dijese luego la verdad.<\/p>\n<p>\u00a0Todos a un tiempo levantaron el l\u00e1tigo, dej\u00e1ronlo caer sobre los caballos y los animaron con ardientes voces. Y \u00e9stos, alej\u00e1ndose de las naves, corr\u00edan por la llanura con suma rapidez; la polvareda que levantaban envolv\u00edales el pecho como una nube o un torbellino, y las crines ondeaban al soplo del viento. Los carros unas veces tocaban al f\u00e9rtil suelo, y otras daban saltos en el aire; los aurigas permanec\u00edan en los asientos con el coraz\u00f3n palpitante por el deseo de la victoria; cada cual animaba a sus corceles, y \u00e9stos volaban, levantando polvo, por la llanura.<\/p>\n<p>\u00a0Mas, cuando los veloces caballos llegaron a la segunda mitad de la carrera y ya volv\u00edan hacia el espumoso mar, entonces se mostr\u00f3 la pericia de cada conductor, pues todos aqu\u00e9llos empezaron a galopar. Ven\u00edan delante las yeguas, de pies ligeros, de Eumelo Feret\u00edada. Segu\u00edanlas los caballos de Diomedes, procedentes de los de Tros; y estaban tan cerca del primer carro, que parec\u00eda que iban a subir en \u00e9l: con su aliento calentaban la espalda y anchos hombros de Eumelo, y volaban poniendo la cabeza sobre el mismo. Diomedes le hubiera pasado delante, o por lo menos hubiera conseguido que la victoria quedase indecisa si Febo Apolo, que estaba irritado con el hijo de Tideo, no le hubiese hecho caer de las manos el lustroso l\u00e1tigo. Afligi\u00f3se el h\u00e9roe, y las l\u00e1grimas humedecieron sus ojos al ver que las yeguas corr\u00edan m\u00e1s que antes, y en cambio sus caballos aflojaban, porque ya no sent\u00edan el azote. No le pas\u00f3 inadvertido a Atenea que Apolo jugara esta treta al Tidida; y, corriendo hacia el pastor de hombres, devolvi\u00f3le el l\u00e1tigo, a la vez que daba nuevos br\u00edos a sus caballos. Y la diosa, irritada, se encamin\u00f3 al momento hacia el hijo de Admeto y le rompi\u00f3 el yugo: cada yegua se fue por su lado, fuera de camino; el tim\u00f3n cay\u00f3 a tierra, y el h\u00e9roe vino al suelo, junto a una rueda, hiri\u00f3se en los codos, boca y narices, se rompi\u00f3 la frente por encima de las cejas, se le arrasaron los ojos de l\u00e1grimas, y la voz, vigorosa y sonora, se le cort\u00f3. El Tidida gui\u00f3 los sol\u00edpedos caballos, desvi\u00e1ndolos un poco, y se adelant\u00f3 un gran espacio a todos los dem\u00e1s; porque Atenea dio vigor a sus corceles y le concedi\u00f3 a \u00e9l la gloria del triunfo. Segu\u00edale el rubio Menelao Atrida. E inmediato a \u00e9l iba Ant\u00edloco, que animaba a los caballos de su padre:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Corred y alargad el paso cuanto pod\u00e1is. No os mando que compit\u00e1is con aqu\u00e9llos, con los caballos del aguerrido Tidida, a los cuales Atenea dio ligereza, concedi\u00e9ndole a \u00e9l la gloria del triunfo. Mas alcanzad pronto a los corceles del Atrida y no os qued\u00e9is rezagados para que no os averg\u00fcence Eta con ser hembra. \u00bfPor qu\u00e9 os atras\u00e1is, excelentes caballos? Lo que os voy a decir se cumplir\u00e1: se acabar\u00e1n para vosotros los cuidados en el palacio de N\u00e9stor, pastor de hombres, y \u00e9ste os matar\u00e1 en seguida con el agudo bronce si por vuestra desidia nos llevamos el peor premio. Seguid y apresuraos cuanto pod\u00e1is. Y yo pensar\u00e9 c\u00f3mo, vali\u00e9ndome de la astucia, me adelanto en el lugar donde se estrecha el camino; no se me escapar\u00e1 la ocasi\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su se\u00f1or, corrieron m\u00e1s diligentemente un breve rato. Pronto el belicoso Ant\u00edloco alcanz\u00f3 a descubrir el punto m\u00e1s estrecho del camino \u2011hab\u00eda all\u00ed una hendedura de la tierra, producida por el agua estancada durante el invierno, la cual rob\u00f3 parte de la senda y cav\u00f3 el suelo\u2011, y por aquel sitio guiaba Menelao sus corceles, procurando evitar el choque con los dem\u00e1s carros. Pero Ant\u00edloco, torciendo la rienda a sus caballos, sac\u00f3 el carro fuera del camino, y por un lado y de cerca segu\u00eda a Menelao. El Atrida temi\u00f3 un choque, y le dijo gritando:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ant\u00edloco! De temerario modo gu\u00edas el carro. Det\u00e9n los corceles; que ahora el camino es angosto, y en seguida, cuando sea m\u00e1s ancho, podr\u00e1s ganarme la delantera. No sea que choquen los carros y seas causa de que recibamos da\u00f1o.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Pero Ant\u00edloco, como si no le oyese, hac\u00eda correr m\u00e1s a sus caballos pic\u00e1ndolos con el aguij\u00f3n. Cuanto espacio recorre el disco que tira un joven desde lo alto de su hombro para probar la fuerza, tanto aqu\u00e9llos se adelantaron. Las yeguas del Atrida cejaron, y \u00e9l mismo, voluntariamente, dej\u00f3 de avivarlas; no fuera que los sol\u00edpedos caballos, tropezando los unos con los otros, volcaran los fuertes carros, y ellos cayeran en el polvo por el anhelo de alcanzar la victoria. Y el rubio Menelao, reprendiendo a Ant\u00edloco, exclam\u00f3:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ant\u00edloco! Ning\u00fan mortal es m\u00e1s funesto que t\u00fa. Ve enhoramala; que los aqueos no est\u00e1bamos en lo cierto cuando te ten\u00edamos por sensato. Pero no te llevar\u00e1s el premio sin que antes jures.<\/p>\n<p>\u00a0Despu\u00e9s de hablar as\u00ed, anim\u00f3 a sus caballos con estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No afloj\u00e9is el paso, ni teng\u00e1is el coraz\u00f3n afligido. A aqu\u00e9llos se les cansar\u00e1n los pies y las rodillas antes que a vosotros, pues ya ambos pasaron de la edad juvenil.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su se\u00f1or, corrieron m\u00e1s diligentemente, y pronto se hallaron cerca de los otros.<\/p>\n<p>\u00a0Los argivos, sentados en el circo, no quitaban los ojos de los caballos; y \u00e9stos volaban, levantando polvo por la llanura. Idomeneo, caudillo de los cretenses, fue quien distingui\u00f3 antes que nadie los primeros corceles que llegaban; pues era el que estaba en el sitio m\u00e1s alto por haberse sentado en un altozano, fuera del circo. Oyendo desde lejos la voz del auriga que animaba a los corceles, la reconoci\u00f3; y al momento vio que corr\u00eda, adelant\u00e1ndose a los dem\u00e1s, un caballo magn\u00edfico, todo bermejo, con una mancha en la frente, blanca y redonda como la luna. Y poni\u00e9ndose en pie, dijo estas palabras a los argivos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh amigos, capitanes y pr\u00edncipes de los argivos! \u00bfVeo los caballos yo solo o tambi\u00e9n vosotros? Par\u00e9ceme que no son los mismos de antes los que vienen delanteros, ni el mismo el auriga: deben de haberse lastimado en la llanura las yeguas que poco ha eran vencedoras. Las vi cuando doblaban la meta; pero ahora no puedo distinguirlas, aunque registro con mis ojos todo el campo troyano. Quiz\u00e1 las riendas se le fueron al auriga, y, si\u00e9ndole imposible gobernar las yeguas al llegar a la meta, no dio felizmente la vuelta: me figuro que habr\u00e1 ca\u00eddo, el carro estar\u00e1 roto, y las yeguas, dej\u00e1ndose llevar por su \u00e1nimo enardecido, se habr\u00e1n echado fuera del camino. Pero levantaos y mirad, pues yo no lo distingo bien: par\u00e9ceme que el que viene delante es un var\u00f3n etolio, el fuerte Diomedes, hijo de Tideo, domador de caballos, que reina sobre los argivos.<\/p>\n<p>\u00a0Y el veloz Ayante de Oileo increp\u00f3le con injuriosas voces:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1ldomeneo! \u00bfPor qu\u00e9 charlas antes de lo debido? Las voladoras yeguas vienen corriendo a lo lejos por la llanura espaciosa. T\u00fa no eres el m\u00e1s joven de los argivos, ni tu vista es la mejor, pero siempre hablas mucho y sin substancia. Preciso es que no seas tan g\u00e1rrulo, estando presentes otros que te son superiores. Esas yeguas que aparecen las primeras son las de antes, las de Eumelo, y \u00e9l mismo viene en el carro y tiene las riendas.<\/p>\n<p>\u00a0El caudillo de los cretenses le respondi\u00f3 enojado:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ayante, valiente en la injuria, detractor; pues en todo lo restante est\u00e1s por debajo de los argivos a causa de tu esp\u00edritu perverso. Apostemos un tr\u00edpode o una caldera y nombremos \u00e1rbitro al Atrida Agamen\u00f3n para que manifieste cu\u00e1les son las yeguas que vienen delante y t\u00fa lo aprendas perdiendo la apuesta.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. En seguida el veloz Ayante de Oileo se alz\u00f3 col\u00e9rico para contestarle con palabras duras. Y la contienda habr\u00eda pasado m\u00e1s adelante entre ambos, si el propio Aquiles, levant\u00e1ndose, no les hubiese dicho:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ayante a Idomeneo! No alterqu\u00e9is con palabras duras y pesadas, porque no es decoroso; y vosotros mismos os irritar\u00edais contra el que as\u00ed lo hiciera. Sentaos en el circo y fijad la. vista en los caballos, que pronto vendr\u00e1n aqu\u00ed por el anhelo de alcanzar la victoria, y sabr\u00e9is cu\u00e1les corceles argivos son los delanteros y cu\u00e1les los rezagados.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; el Tidida, que ya se hab\u00eda acercado un buen trecho, aguijaba a los corceles, y constantemente les azotaba la espalda con el l\u00e1tigo, y ellos, levantando en alto los pies, recorr\u00edan velozmente el camino y rociaban de polvo al auriga. El carro, guarnecido de oro y esta\u00f1o, corr\u00eda arrastrado por los veloces caballos y las llantas casi no dejaban huella en el tenue polvo. \u00a1Con tal ligereza volaban los corceles! Cuando Diomedes lleg\u00f3 al circo, detuvo el luciente carro; copioso sudor corr\u00eda de la cerviz y del pecho de los corceles hasta el suelo, y el h\u00e9roe, saltando a tierra, dej\u00f3 el l\u00e1tigo colgado del yugo. Entonces no anduvo remiso el esforzado Est\u00e9nelo, sino que al instante tom\u00f3 el premio y lo entreg\u00f3 a los magn\u00e1nimos compa\u00f1eros; y mientras \u00e9stos conduc\u00edan la cautiva a la tienda y se llevaban el tr\u00edpode con asas, desunci\u00f3 del carro a los corceles.<\/p>\n<p>\u00a0Despu\u00e9s de Diomedes lleg\u00f3 Ant\u00edloco, descendiente de Neleo, el cual se hab\u00eda anticipado a Menelao por haber usado de fraude y no por la mayor ligereza de su carro; pero, as\u00ed y todo, Menelao guiaba muy cerca de \u00e9l los veloces caballos. Cuando el corcel dista de las ruedas del carro en que lleva a su se\u00f1or por la llanura (las \u00faltimas cerdas de la cola tocan la llanta y un corto espacio los separa mientras aqu\u00e9l corre por el campo inmenso): tan rezagado estaba Menelao del eximio Ant\u00edloco; pues, si bien al principio se qued\u00f3 a la distancia de un tiro de disco, pronto volvi\u00f3 a alcanzarle porque el fuerte vigor de la yegua de Agamen\u00f3n, de Et\u00e1, de hermoso pelo, iba aumentando. Y si la carrera hubiese sido m\u00e1s larga, el Atrida se le habr\u00eda adelantado, sin dejar dudosa la victoria.\u2011 Meriones, el buen escudero de Idomeneo, segu\u00eda al \u00ednclito Menelao, como a un tiro de lanza; pues sus corceles, de hermoso pelo, eran m\u00e1s tardos y \u00e9l muy poco diestro en guiar el carro en un certamen.\u2011 Present\u00f3se, por \u00faltimo, el hijo de Admeto tirando de su hermoso carro y conduciendo por delante los caballos. Al verlo, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, se compadeci\u00f3 de \u00e9l, y dirigi\u00f3 a los argivos estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Viene el \u00faltimo con los sol\u00edpedos caballos el var\u00f3n que m\u00e1s descuella en guiarlos. Ea, d\u00e9mosle, como es justo, el segundo premio, y ll\u00e9vese el primero el hijo de Tideo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3 y todos aplaudieron lo que propon\u00eda. Y le hubiese entregado la yegua \u2011pues los aqueos lo aprobaban\u2011, si Ant\u00edloco, hijo del magn\u00e1nimo N\u00e9stor, no se hubiera levantado para decir con raz\u00f3n al Pelida Aquiles:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh Aquiles! Mucho me irritar\u00e9 contigo si llevas a cabo lo que dices. Vas a quitarme el premio, atendiendo a que recibieron da\u00f1o su carro y los veloces corceles y \u00e9l es esforzado, pero ten\u00eda que rogar a los inmortales y no habr\u00eda llegado el \u00faltimo de todos. Si le compadeces y es grato a tu coraz\u00f3n, como hay en tu tienda abundante oro y posees bronce, reba\u00f1os, esclavas y sol\u00edpedos caballos, entr\u00e9gale, tom\u00e1ndolo de estas cosas, un premio a\u00fan mejor que \u00e9ste, para que los aqueos te alaben. Pero la yegua no la dar\u00e9, y pruebe de quit\u00e1rmela quien desee llegar a las manos conmigo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. Sonri\u00f3se el divino Aquiles, el de los pies ligeros, holg\u00e1ndose de que Ant\u00edloco se expresara en tales t\u00e9rminos, porque era amigo suyo; y en respuesta, d\u00edjole estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ant\u00edloco! Me ordenas que d\u00e9 a Eumelo otro premio, sac\u00e1ndolo de mi tienda, y as\u00ed lo har\u00e9. Voy a entregarle la coraza de bronce que quit\u00e9 a Asteropeo, la cual tiene en sus orillas una franja de luciente esta\u00f1o, y constituir\u00e1 para \u00e9l un presente de valor.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y mand\u00f3 a Automedonte, el compa\u00f1ero querido, que la sacara de la tienda; fue \u00e9ste y llev\u00f3sela; y Aquiles la puso en las manos de Eumelo, que la recibi\u00f3 alegremente.<\/p>\n<p>\u00a0Pero levant\u00f3se Menelao, afligido en su coraz\u00f3n y muy irritado contra Ant\u00edloco. El heraldo le dio el cetro, y orden\u00f3 a los argivos que callaran. Y el var\u00f3n igual a un dios habl\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ant\u00edloco! T\u00fa, que antes eras sensato, \u00bfqu\u00e9 has hecho? Desluciste mi habilidad y atropellaste mis corceles, haciendo pasar delante a los tuyos, que son mucho peores. \u00a1Ea, capitanes y pr\u00edncipes de los argivos! Juzgadnos imparcialmente a entrambos: no sea que alguno de los aqueos, de bronc\u00edneas corazas, exclame: \u00abMenelao, violentando con mentiras a Ant\u00edloco, ha conseguido llevarse la yegua, a pesar de la inferioridad de sus corceles, por ser m\u00e1s valiente y poderoso.\u00bb Y si quer\u00e9is, yo mismo lo decidir\u00e9; y creo que ning\u00fan d\u00e1nao me podr\u00e1 reprender, porque el fallo ser\u00e1 justo. Ea, Ant\u00edloco, alumno de Zeus, ven aqu\u00ed y, puesto, como es costumbre, delante de los caballos y el carro, teniendo en la mano el flexible l\u00e1tigo con que los guiabas y tocando los corceles, jura, por el que ci\u00f1e y sacude la tierra, que si detuviste mi carro fue involuntariamente y sin dolo.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el prudente Ant\u00edloco:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Perd\u00f3name, oh rey Menelao, pues soy m\u00e1s joven y t\u00fa eres mayor y m\u00e1s valiente. No te son desconocidas las faltas que comete un mozo, porque su pensamiento es r\u00e1pido y su juicio escaso. Apac\u00edg\u00fcese, pues, tu coraz\u00f3n: yo mismo te cedo la yegua que he recibido; y, si de cuanto tengo me pidieras algo de m\u00e1s valor que este premio, preferir\u00eda d\u00e1rtelo en seguida, oh alumno de Zeus, a perder para siempre tu afecto y ser culpable delante de los dioses.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3 el hijo del magn\u00e1nimo N\u00e9stor, y, conduciendo la yegua adonde estaba el Atrida, se la puso en la mano. A \u00e9ste se le alegr\u00f3 el alma: como el roc\u00edo cae en torno de las espigas cuando las mieses crecen y los campos se erizan, del mismo modo, oh Menelao, tu esp\u00edritu se ba\u00f1\u00f3 en gozo. Y, respondi\u00e9ndole, pronunci\u00f3 estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ant\u00edloco! Aunque estaba irritado, ser\u00e9 yo quien ceda; porque hasta aqu\u00ed no has sido imprudente ni ligero y ahora la juventud venci\u00f3 a la raz\u00f3n. Abst\u00e9nte en lo sucesivo de querer enga\u00f1ar a los que te son superiores. Ning\u00fan otro aqueo me ablandar\u00eda tan pronto, pero has padecido y trabajado mucho por mi causa, y tu padre y tu hermano tambi\u00e9n; acceder\u00e9, pues, a tus s\u00faplicas y te dar\u00e9 la yegua, que es m\u00eda, para que \u00e9stos sepan que mi coraz\u00f3n no fue nunca ni soberbio ni cruel.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; entreg\u00f3 a Noem\u00f3n, compa\u00f1ero de Ant\u00edloco, la yegua para que se la llevara, y tom\u00f3 la reluciente caldera. Meriones, que hab\u00eda llegado el cuarto, recogi\u00f3 los dos talentos de oro. Quedaba el quinto premio, el vaso con dos asas; y Aquiles levant\u00f3lo, atraves\u00f3 el circo y lo ofreci\u00f3 a N\u00e9stor con estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Toma, anciano; sea tuyo este presente como recuerdo de los funerales de Patroclo, a quien no volver\u00e1s a ver entre los argivos. Te doy el premio porque no podr\u00e1s ser parte ni en el pugilato, ni en la lucha, ni en el certamen de los dardos, ni en la carrera, que ya lo abruma la vejez penosa.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed diciendo, se lo puso en las manos. N\u00e9stor recibi\u00f3lo con alegr\u00eda, y respondi\u00f3 con estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011S\u00ed, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Ya mis miembros no tienen el vigor de antes, ni mis pies, ni mis brazos se mueven \u00e1giles a partir de los hombros. Ojal\u00e1 fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando los epeos enterraron en Buprasio al poderoso Amarinceo, y los hijos de \u00e9ste sacaron premios para los juegos que deb\u00edan celebrarse en honor del rey. All\u00ed ninguno de los epeos, ni de los pilios, ni de los magn\u00e1nimos etolios, pudo igualarse conmigo. Venc\u00ed en el pugilato a Clitomedes, hijo de \u00c9nope, y en la lucha a Anceo Pleuronio, que os\u00f3 afrontarme; en la carrera pas\u00e9 delante de Ificlo, que era robusto; y en arrojar la lanza super\u00e9 a Fileo y a Polidoro. S\u00f3lo los hijos de \u00c1ctor me dejaron atr\u00e1s con su carro porque eran dos; y me disputaron la victoria a causa de haberse reservado los mejores premios para este juego. Eran aqu\u00e9llos hermanos gemelos, y el uno gobernaba con firmeza los caballos, s\u00ed, gobernaba con firmeza los caballos, mientras el otro con el l\u00e1tigo los aguijaba. As\u00ed era yo en aquel tiempo. Ahora los m\u00e1s j\u00f3venes entren en las luchas; que ya debo ceder a la triste senectud, aunque entonces sobresaliera entre los h\u00e9roes. Ve y contin\u00faa celebrando los juegos f\u00fanebres de tu amigo. Acepto gustoso el presente, y se me alegra el coraz\u00f3n al ver que te acuerdas siempre del buen N\u00e9stor y no dejas de advertir con qu\u00e9 honores he de ser honrado entre los aqueos. Las deidades te concedan por ello abundantes gracias.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3; y el Pelida, o\u00eddo todo el elogio que de \u00e9l hizo el Nelida, fuese por entre la muchedumbre de los aqueos. En seguida sac\u00f3 los premios del duro pugilato: condujo al circo y at\u00f3 en medio de \u00e9l una mula de seis a\u00f1os, cerril, dif\u00edcil de domar, que hab\u00eda de ser sufridora del trabajo; y puso para el vencido una copa de doble asa. Y, estando en pie, dijo a los argivos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida y dem\u00e1s aqueos de hermosas grebas! Invitemos a los dos varones que sean m\u00e1s diestros, a que levanten los brazos y combatan a pu\u00f1adas por estos premios. Aqu\u00e9l a quien Apolo conceda la victoria, reconoci\u00e9ndolo as\u00ed todos los aqueos, conduzca a su tienda la mula sufridora del trabajo; el vencido se llevar\u00e1 la copa de doble asa.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. Levant\u00f3se al instante un var\u00f3n fuerte, alto y experto en el pugilato: Epeo, hijo de Panopeo. Y, poniendo la mano sobre la mula paciente en el trabajo, dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ac\u00e9rquese el que haya de llevarse la copa de doble asa, pues no creo que ning\u00fan aqueo consiga la mula, si ha de vencerme en el pugilato. Me glor\u00edo de mantenerlo mejor que nadie. \u00bfNo basta acaso que sea inferior a otros en la batalla? No es posible que un hombre sea diestro en todo. Lo que voy a decir se cumplir\u00e1: al campe\u00f3n que se me oponga le rasgar\u00e9 la piel y le aplastar\u00e9 los huesos; los que de \u00e9l hayan de cuidar qu\u00e9dense aqu\u00ed reunidos, para llev\u00e1rselo cuando sucumba a mis manos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed se expres\u00f3. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y tan s\u00f3lo se levant\u00f3 para luchar con \u00e9l Eur\u00edalo, var\u00f3n igual a un dios, hijo del rey Mecisteo Talay\u00f3nida, el cual fue a Teba cuando muri\u00f3 Edipo y en los juegos f\u00fanebres venci\u00f3 a todos los cadmeos. El Tidida, famoso por su lanza, animaba a Eur\u00edalo con razones, pues ten\u00eda un gran deseo de que alcanzara la victoria, y le ayudaba a disponerse para la lucha: at\u00f3le el cintur\u00f3n y le dio unas bien cortadas correas de piel de buey salvaje. Ce\u00f1idos ambos contendientes, comparecieron en medio del circo, levantaron las robustas manos, acometi\u00e9ronse y los fornidos brazos se entrelazaron. Cruj\u00edan de un modo horrible las mand\u00edbulas y el sudor brotaba de todos los miembros. El divino Epeo, arremetiendo, dio un golpe en la mejilla de su rival que le espiaba; y Eur\u00edalo no sigui\u00f3 en pie largo tiempo, porque sus hermosos miembros desfallecieron. Como, encresp\u00e1ndose la mar al soplo del B\u00f3reas, salta un pez en la orilla poblada de algas y las negras olas lo cubren en seguida, as\u00ed Eur\u00edalo, al recibir el golpe, dio un salto hacia atr\u00e1s. Pero el magn\u00e1nimo Epeo, cogi\u00e9ndole por las manos, lo levant\u00f3; rode\u00e1ronle los compa\u00f1eros y se lo llevaron del circo \u2011arrastraba los pies, escup\u00eda espesa sangre y la cabeza se le inclinaba a un lado; sent\u00e1ronle entre ellos, desvanecido, y fueron a recoger la copa doble.<\/p>\n<p>\u00a0El Pelida sac\u00f3 despu\u00e9s otros premios para el tercer juego, la penosa lucha, y se los mostr\u00f3 a los d\u00e1naos: para el vencedor un gran tr\u00edpode, apto para ponerlo al fuego, que los aqueos apreciaban en doce bueyes; para el vencido, una mujer diestra en muchas labores y valorada en cuatro bueyes, que sac\u00f3 en medio de ellos. Y, estando en pie, dijo a los argivos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Levantaos, los que hay\u00e1is de entrar en esta lucha.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. Alz\u00f3se en seguida el gran Ayante Telamonio y luego el ingenioso Ulises, fecundo en ardides. Puesto el ce\u00f1idor, fueron a encontrarse en medio del circo y se cogieron con los robustos brazos como se enlazan las vigas que un ilustre art\u00edfice une, al construir alto palacio, para que resistan el embate de los vientos. Sus espaldas cruj\u00edan, estrechadas fuertemente por los vigorosos brazos; copioso sudor les brotaba de todo el cuerpo; muchos cruentos cardenales iban apareciendo en los costados y en las espaldas; y ambos contendientes anhelaban siempre alcanzar la victoria y con ella el bien construido tr\u00edpode. Pero ni Ulises lograba hacer caer y derribar por el suelo a Ayante, ni \u00e9ste a aqu\u00e9l, porque la gran fuerza de Ulises se lo imped\u00eda. Y cuando los aqueos ya empezaban a cansarse de la lucha, dijo el gran Ayante Telamonio:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Laert\u00edada, del linaje de Zeus, Ulises, fecundo en ardides! Lev\u00e1ntame, o te levantar\u00e9 yo; y Zeus se cuidar\u00e1 del resto.<\/p>\n<p>\u00a0Habiendo hablado as\u00ed, lo levantaba; mas Ulises no se olvid\u00f3 de sus ardides, pues, d\u00e1ndole por detr\u00e1s un golpe en la corva, dej\u00f3le sin vigor los miembros, le hizo venir al suelo, de espaldas, y cay\u00f3 sobre su pecho: la muchedumbre qued\u00f3 admirada y at\u00f3nita al contemplarlo. Luego, el divino y paciente Ulises alz\u00f3 un poco a Ayante, pero no consigui\u00f3 sostenerlo en vilo; porque se le doblaron las rodillas y ambos cayeron al suelo, el uno cerca del otro, y se mancharon de polvo. Levant\u00e1ronse, y hubieran luchado por tercera vez, si Aquiles, poni\u00e9ndose en pie, no los hubiese detenido:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No luch\u00e9is ya, ni os hag\u00e1is m\u00e1s da\u00f1o. La victoria qued\u00f3 por ambos. Recibid igual premio y retiraos para que entren en los juegos otros aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Ellos le escucharon y obedecieron; pues en seguida, despu\u00e9s de haberse limpiado el polvo, vistieron la t\u00fanica.<\/p>\n<p>\u00a0El Pelida sac\u00f3 otros premios para la velocidad en la carrera. Expuso primero una cratera de plata labrada, que ten\u00eda seis medidas de capacidad y superaba en hermosura a todas las de la tierra. Los sidonios, eximios art\u00edfices, la fabricaron primorosa; los fenicios, despu\u00e9s de llevarla por el sombr\u00edo ponto de puerto en puerto, se la regalaron a Toante; m\u00e1s tarde, Euneo Jas\u00f3nida la dio al h\u00e9roe Patroclo para rescatar a Lica\u00f3n, hijo de Pr\u00edamo; y entonces Aquiles la ofreci\u00f3 como premio, en honor del difunto amigo, al que fuese m\u00e1s veloz en correr con los pies ligeros. Para el que llegase el segundo se\u00f1al\u00f3 un buey corpulento y ping\u00fce, y para el \u00faltimo, medio talento de oro. Y estando en pie, dijo a los argivos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Levantaos, los que hay\u00e1is de entrar en esta lucha.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. Levant\u00f3se al instante el veloz Ayante de ileo, despu\u00e9s el ingenioso Ulises, y por fin Ant\u00edloco, hijo de N\u00e9stor, que en la carrera venc\u00eda a todos los j\u00f3venes. Pusi\u00e9ronse en fila y Aquiles les indic\u00f3 la meta. Empezaron a correr desde el sitio se\u00f1alado, y el Oil\u00edada se adelant\u00f3 a los dem\u00e1s, aunque el divino Ulises le segu\u00eda de cerca. Cuanto dista del pecho el huso que una mujer de hermosa cintura revuelve en su mano, mientras devana el hilo de la trama, y tiene constantemente junto al seno, tan inmediato a Ayante corr\u00eda el divinal Ulises: pisaba las huellas de aqu\u00e9l antes de que el polvo cayera en torno de las mismas y le echaba el aliento a la cabeza, corriendo siempre con suma rapidez. Todos los aqueos aplaud\u00edan los esfuerzos que realizaba Ulises por el deseo de alcanzar la victoria, y le animaban con sus voces. Mas cuando les faltaba poco para terminar la carrera, Ulises or\u00f3 en su coraz\u00f3n a Atenea, la de ojos de lechuza:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00d3yeme, diosa, y ven a socorrerme propicia, dando a mis pies m\u00e1s ligereza.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo rogando. Palas Atenea le oy\u00f3, y agilit\u00f3le los miembros todos y especialmente los pies y las manos. Ya iban a coger el premio, cuando Ayante, corriendo, dio un resbal\u00f3n \u2011pues Atenea quiso perjudicarle\u2011 en el lugar que hab\u00edan llenado de esti\u00e9rcol los bueyes mugidores sacrificados por Aquiles, el de los pies ligeros, en honor de Patroclo; y el h\u00e9roe llen\u00f3se de bo\u00f1iga la boca y las narices. El divino y paciente Ulises le pas\u00f3 delante; y el preclaro Ayante se detuvo, tom\u00f3 el buey silvestre, y, asi\u00e9ndolo por el asta, mientras escup\u00eda el esti\u00e9rcol, habl\u00f3 as\u00ed a los argivos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh dioses! Una diosa me da\u00f1\u00f3 los pies; aqu\u00e9lla que desde antiguo acorre y favorece a Ulises cual una madre.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y todos rieron con gusto. Ant\u00edloco recibi\u00f3, sonriente, el \u00faltimo premio; y dirigi\u00f3 estas palabras a los argivos:<\/p>\n<p>\u2011Os dir\u00e9, argivos, aunque todos lo sab\u00e9is, que los dioses honran a los hombres de m\u00e1s edad, hasta en los juegos. Ayante es un poco mayor que yo; Ulises pertenece a la generaci\u00f3n precedente, a los hombres antiguos, dicen que es ya de edad provecta, pero vigoroso, y contender con \u00e9l en la carrera es muy dif\u00edcil para cualquier aqueo que no sea Aquiles.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, ensalzando al Pelida, de pies ligeros. Aquiles respondi\u00f3le con estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ant\u00edloco! No en balde me habr\u00e1s elogiado, pues a\u00f1ado a tu premio medio talento de oro.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed diciendo, se lo puso en la mano, y Ant\u00edloco lo recibi\u00f3 con alegr\u00eda. Acto continuo el Pelida sac\u00f3 y coloc\u00f3 en el circo una larga pica, un escudo y un casco, que eran las armas que Patroclo hab\u00eda quitado a Sarped\u00f3n. Y puesto en pie, dijo a los argivos:<\/p>\n<p>\u00a0Invitemos a los dos varones que sean m\u00e1s esforzados, a que, vistiendo las armas y asiendo el tajante bronce, pongan a prueba su valor ante el concurso. Al primero que logre tocar el gallardo cuerpo de su adversario, le rasgu\u00f1e el vientre atreves\u00e1ndole la armadura y le haga brotar la negra sangre, dar\u00e9le esta magn\u00edfica espada tracia, tachonada con clavos de plata, que quit\u00e9 a Asteropeo. Ambos campeones se llevar\u00e1n las restantes armas y les daremos un espl\u00e9ndido banquete en nuestra tienda.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Levant\u00f3se en seguida el gran Ayante Telamonio y luego el fuerte Diomedes Tidida. Tan pronto como se hubieron armado, separadamente de la muchedumbre, fueron a encontrarse en medio del circo, deseosos de combatir y mir\u00e1ndose con torva faz; y todos los aqueos se quedaron at\u00f3nitos. Cuando se hallaron frente a frente, tres veces se acometieron y tres veces procuraron herirse de cerca. Ayante dio un bote en el escudo liso del adversario, peor no pudo llegar a su cuerpo, porque la coraza lo impidi\u00f3. El Tidida intentaba alcanzar con la punta de la luciente lanza el cuello de aqu\u00e9l, por cima del gran escudo. Y los aqueos, temiendo por Ayante, mandaron que cesara la lucha y ambos contendientes se llevaran igual premio; pero el h\u00e9roe dio al Tidida la gran espada, ofreci\u00e9ndosela con la vaina y el bien cortado ce\u00f1idor.<\/p>\n<p>\u00a0Luego el Pelida sac\u00f3 la bola de hierro sin bru\u00f1ir que en otro tiempo lanzaba el forzudo Eeti\u00f3n: el divino Aquiles, el de los pies ligeros, mat\u00f3 a este pr\u00edncipe y se llev\u00f3 en las naves la bola con otras riquezas. Y, puesto en pie, dijo a los argivos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Levantaos los que hay\u00e1is de entrar en esta lucha! La presente bola procurar\u00e1 al que venciere cuanto hierro necesite durante cinco a\u00f1os, aunque sean muy extensos sus f\u00e9rtiles campos; y sus pastores y labradores no tendr\u00e1n que ir por hierro a la ciudad.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. Levant\u00f3se en seguida el intr\u00e9pido Polipetes; despu\u00e9s, el vigoroso Leonteo, igual a un dios; luego, Ayante Telamon\u00edada, y, por fin, el divino Epeo. Pusi\u00e9ronse en fila, y el divino Epeo cogi\u00f3 la bola y la arroj\u00f3, despu\u00e9s de voltearla, y todos los aqueos se rieron. La tir\u00f3 el segundo, Leonteo, v\u00e1stago de Ares. El gran Ayante Telamonio la despidi\u00f3 tambi\u00e9n, con su robusta mano, y logr\u00f3 pasar las se\u00f1ales de los anteriores tiros. Tom\u00f3la entonces el intr\u00e9pido Polipetes y cuanta es la distancia a que llega el cayado cuando lo lanza el pastor y voltea por cima de la vacada, tanto pas\u00f3 la bola el espacio del circo; aplaudieron los aqueos, y los amigos del esforzado Polipetes, levant\u00e1ndose, llevaron a las c\u00f3ncavas naves el premio que su rey hab\u00eda ganado.<\/p>\n<p>\u00a0Luego sac\u00f3 Aquiles azulado hierro para los arqueros, colocando en el circo diez hachas grandes y otras diez peque\u00f1as. Clav\u00f3 en la arena, a lo lejos, un m\u00e1stil de nav\u00edo despu\u00e9s de atar en su punta, por el pie y con delgado cordel, una t\u00edmida paloma; a invit\u00f3les a tirarle saetas, diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011El que hiera a la t\u00edmida paloma ll\u00e9vese a su casa Codas las hachas grandes; el que acierte a dar en la cuerda sin tocar al ave, como m\u00e1s inferior, tomar\u00e1 las hachas peque\u00f1as.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Levant\u00f3se en seguida el robusto caudillo Teucro y luego Meriones, esforzado escudero de Idomeneo. Echaron dos suertes en un casco de bronce, y, agit\u00e1ndolas, sali\u00f3 primero la de Teucro. \u00c9ste arroj\u00f3 al momento y con vigor una flecha, sin ofrecer a Apolo una hecatombe perfecta de corderos primog\u00e9nitos; y, si bien no toc\u00f3 al ave \u2011neg\u00f3selo Apolo\u2011, la amarga saeta rompi\u00f3 el cordel muy cerca de la pata por la cual se hab\u00eda atado a la paloma: \u00e9sta vol\u00f3 al cielo, el cordel qued\u00f3 colgando y los aqueos aplaudieron. Meriones arrebat\u00f3 apresuradamente el arco de las manos de Teucro, acerc\u00f3 a la cuerda la flecha que de antemano ten\u00eda preparada, vot\u00f3 a Apolo sacrificarle una hecatombe de corderos primog\u00e9nitos; y, viendo a la t\u00edmida paloma que daba vueltas all\u00e1 en lo alto del aire, cerca de las nubes, dispar\u00f3 y le atraves\u00f3 una de las alas. La flecha vino al suelo, a los pies de Meriones; y el ave, pos\u00e1ndose en el m\u00e1stil del nav\u00edo de negra proa, inclin\u00f3 el cuello y abati\u00f3 las tupidas alas, la vida huy\u00f3 veloz de sus miembros y aqu\u00e9lla cay\u00f3 del m\u00e1stil a lo lejos. La gente lo contemplaba con admiraci\u00f3n y asombro. Meriones tom\u00f3, por tanto, todas las diez hachas grandes, y Teucro se llev\u00f3 a las c\u00f3ncavas naves las peque\u00f1as.<\/p>\n<p>\u00a0Luego el Pelida sac\u00f3 y coloc\u00f3 en el circo una larga pica y una caldera no puesta a\u00fan al fuego, que era del valor de un buey y estaba decorada con flores. Dos hombres diestros en arrojar la lanza se levantaron: el poderoso Agamen\u00f3n Atrida y Meriones, escudero esforzado de Idomeneo. Y el divino Aquiles, el de los pies ligeros, les dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida! Pues sabemos cu\u00e1nto aventajas a todos y que as\u00ed en la fuerza como en arrojar la lanza eres el m\u00e1s se\u00f1alado, toma este premio y vuelve a las c\u00f3ncavas naves. Y entregaremos la pica al h\u00e9roe Meriones, si te place lo que te propongo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. Agamen\u00f3n, rey de hombres, no dej\u00f3 de obedecerle. Aquiles dio a Meriones la pica de bronce, y el h\u00e9roe Atrida tom\u00f3 el magn\u00edfico premio y se lo entreg\u00f3 al heraldo Taltibio.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO XXIII Juegos en honor de Patroclo Luego Aquiles celebra unos espl\u00e9ndidos funerales en honor de Patroclo, mientras ata el cad\u00e1ver de H\u00e9dor por los pies a su carro y se lo lleva arrastr\u00e1ndolo por el polvo; y desde entonces todos los d\u00edas, al aparecer la aurora, lo vuelve a\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" href=\"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xxiii-homero\/\">Seguir leyendo&#8230;<i class=\"crycon-right-dir\"><\/i><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":75,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"rop_custom_images_group":[],"rop_custom_messages_group":[],"rop_publish_now":"initial","rop_publish_now_accounts":{"twitter_226634691_226634691":""},"rop_publish_now_history":[],"rop_publish_now_status":"pending","_uag_custom_page_level_css":"","footnotes":""},"categories":[5,1109],"tags":[1016,1012,1018,1015,1289,1287,1115,1057,1025,1033,1020,2682],"class_list":["post-947","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-literatura","category-textos-literarios","tag-arte","tag-ave","tag-ayuda","tag-flor","tag-homero","tag-iliada","tag-jovenes","tag-pensamiento","tag-rosa","tag-vino","tag-violencia","tag-xxiii"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.4 - 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