{"id":945,"date":"2010-11-27T22:38:32","date_gmt":"2010-11-27T20:38:32","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=945"},"modified":"2010-11-27T22:38:32","modified_gmt":"2010-11-27T20:38:32","slug":"%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xxi-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xxi-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (XXI) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO XXI<\/strong><\/p>\n<p><strong>Batalla junto al r\u00edo<\/strong><\/p>\n<p>Este r\u00edo pide ayuda al r\u00edo Simoente y quiere sumergir a Aquiles, pero el dios Hefesto le obliga a volver a su cauce. Apolo se transfigure en troyano y se hace perseguir por el h\u00e9roe para que los dem\u00e1s puedan entrar en la ciudad; conseguido su objeto, el dios se descubre.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed que los troyanos llegaron al vado del vortiginoso Janto, r\u00edo de hermosa corriente a quien el inmortal Zeus engendr\u00f3, Aquiles los dividi\u00f3 en dos grupos. A los del primero ech\u00f3los el h\u00e9roe por la llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos hu\u00edan espantados el d\u00eda anterior, cuando el esclarecido H\u00e9ctor se mostraba furioso; por all\u00ed se derramaron entonces los troyanos en su fuga, y Hera, para detenerlos, los envolvi\u00f3 en una densa niebla. Los otros rodaron al caudaloso r\u00edo de arg\u00e9nteos v\u00f3rtices, y cayeron en \u00e9l con gran estr\u00e9pito: resonaba la corriente, retumbaban ambas orillas y los troyanos nadaban ac\u00e1 y acull\u00e1, gritando, mientras eran arrastrados en torno de los remolinos. Como las langostas acosadas por la violencia de un fuego que estalla de repente vuelan hacia el r\u00edo y se echan medrosas en el agua, de la misma manera la corriente sonora del Janto de profundos v\u00f3rtices se llen\u00f3, por la persecuci\u00f3n de Aquiles, de hombres y caballos que en el mismo ca\u00edan confundidos.<\/p>\n<p>\u00a0Aquiles, v\u00e1stago de Zeus, dej\u00f3 su lanza arrimada a un tamariz de la orilla, salt\u00f3 al r\u00edo, cual si fuese una deidad, con s\u00f3lo la espada y meditando en su coraz\u00f3n acciones crueles, y comenz\u00f3 a herir a diestro y a siniestro: al punto levant\u00f3se un horrible clamoreo de los que recib\u00edan los golpes, y el agua bermeje\u00f3 con la sangre. Como los peces huyen del ingente delf\u00edn, y, temerosos, llenan los senos del hondo puerto, porque aqu\u00e9l devora a cuantos coge, de la misma manera los troyanos iban por la impetuosa corriente del r\u00edo y se refugiaban, temblando, debajo de las rocas. Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas de matar, cogi\u00f3 vivos, dentro del r\u00edo, a doce mancebos para inmolarlos m\u00e1s tarde en expiaci\u00f3n de la muerte de Patroclo Menec\u00edada. Sac\u00f3los at\u00f3nitos como cervatos, les at\u00f3 las manos por detr\u00e1s con las correas bien cortadas que llevaban en las flexibles t\u00fanicas y encarg\u00f3 a los amigos que los condujeran a las c\u00f3ncavas naves. Y el h\u00e9roe acometi\u00f3 de nuevo a los troyanos, para hacer en ellos gran destrozo.<\/p>\n<p>\u00a0All\u00ed se encontr\u00f3 Aquiles con Lica\u00f3n, hijo de Pr\u00edamo Dard\u00e1nida; el cual, huyendo, iba a salir del r\u00edo. Ya anteriormente le hab\u00eda hecho prisionero encamin\u00e1ndose de noche a un campo de Pr\u00edamo: Lica\u00f3n cortaba con el agudo bronce los ramos nuevos de un cabrah\u00edgo para hacer los barandales de un carro, cuando el divinal Aquiles, present\u00e1ndose cual imprevista calamidad, se lo llev\u00f3 mal de su grado. Transport\u00f3le luego en una nave a la bien construida Lemnos, y all\u00ed lo puso en venta: el hijo de Jas\u00f3n pag\u00f3 el precio. Despu\u00e9s Eeti\u00f3n de Imbros, que era hu\u00e9sped del troyano, dio por \u00e9l un cuantioso rescate y envi\u00f3lo a la divina Arisbe. Escap\u00f3se Lica\u00f3n, y, volviendo a la casa paterna, estuvo celebrando con sus amigos durante once d\u00edas su regreso de Lemnos; mas, al duod\u00e9cimo, un dios le hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, que deb\u00eda mandarle al Hades, sin que Lica\u00f3n to deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies ligeros, le viera inerme \u2011sin casco, escudo ni lanza, porque todo lo hab\u00eda tirado al suelo\u2011 y que sal\u00eda del r\u00edo con el cuerpo abatido por el sudor y las rodillas vencidas por el cansancio, sorprendi\u00f3se, y a su magn\u00e1nimo esp\u00edritu as\u00ed le habl\u00f3:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vista se ofrece. Ya es posible que los troyanos a quienes mat\u00e9 resuciten de las sombr\u00edas tinieblas; cuando \u00e9ste, libr\u00e1ndose del d\u00eda cruel, ha vuelto de la divina Lemnos, donde fue vendido, y las olas del espumoso mar que a tantos detienen no han impedido su regreso. Mas, ea, har\u00e9 que pruebe la punta de mi lanza para ver y averiguar si volver\u00e1 nuevamente o se quedar\u00e1 en el seno de la f\u00e9rtil tierra que hasta a los fuertes retiene.<\/p>\n<p>\u00a0Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inm\u00f3vil. Lica\u00f3n, asustado, se le acerc\u00f3 a tocarle las rodillas; pues en su \u00e1nimo sent\u00eda vivo deseo de librarse de la triste muerte y de la negra Parca. El divino Aquiles levant\u00f3 en seguida la enorme lanza con intenci\u00f3n de herirlo, pero Lica\u00f3n se encogi\u00f3 y corriendo le abraz\u00f3 las rodillas; y aqu\u00e9lla, pas\u00e1ndole por cima del dorso, se clav\u00f3 en el suelo, codiciosa de cebarse en el cuerpo de un hombre. En tanto Lica\u00f3n suplicaba a Aquiles; y, abrazando con una mano sus rodillas y sujet\u00e1ndole con la otra la aguda lanza, sin que la soltara, estas aladas palabras le dec\u00eda:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Aquiles: resp\u00e9tame y api\u00e1date de m\u00ed. Has de tenerme, oh alumno de Zeus, por un suplicante digno de consideraci\u00f3n; pues com\u00ed en tu tienda el fruto de Dem\u00e9ter el d\u00eda en que me hiciste prisionero en el campo bien cultivado, y, llev\u00e1ndome lejos de mi padre y de mis amigos, me vendiste en Lemnos: cien bueyes te vali\u00f3 mi persona. Ahora te dar\u00eda el triple por rescatarme. Doce d\u00edas ha que, habiendo padecido mucho, volv\u00ed a Ilio; y otra vez el hado funesto me pone en tus manos. Debo de ser odioso al padre Zeus, cuando nuevamente me entrega a ti. Para darme una vida corta, me pari\u00f3 La\u00f3toe, hija del anciano Altes, que reina sobre los belicosos l\u00e9leges y posee la excelsa P\u00e9daso junto al Satnioente. A la hija de aqu\u00e9l la tuvo Pr\u00edamo por esposa con otras muchas; de la misma nacimos dos varones y a entrambos nos habr\u00e1s dado muerte. Ya hiciste sucumbir entre los infantes delanteros al deiforme Polidoro, hiri\u00e9ndole con la aguda pica; y ahora la desgracia lleg\u00f3 para m\u00ed, pues no espero escapar de tus manos despu\u00e9s que un dios me ha echado en ellas. Otra cosa te dir\u00e9 que fijar\u00e1s en la memoria: No me mates; pues no soy del mismo vientre que H\u00e9ctor, el que dio muerte a tu dulce y esforzado amigo.<\/p>\n<p>\u00a0Con tales palabras el preclaro hijo de Pr\u00edamo suplicaba a Aquiles, pero fue amarga la respuesta que escuch\u00f3:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Insensato! No me hables del rescate, ni lo menciones siquiera. Antes que a Patroclo le llegara el d\u00eda fatal, me era grato abstenerme de matar a los troyanos y fueron muchos los que cog\u00ed vivos y vend\u00ed luego; mas ahora ninguno escapar\u00e1 de la muerte, si un dios lo pone en mis manos delante de Ilio y especialmente si es hijo de Pr\u00edamo. Por Canto, amigo, muere t\u00fa tambi\u00e9n. \u00bfPor qu\u00e9 te lamentas de este modo? Muri\u00f3 Patroclo, que tanto te aventajaba. \u00bfNo ves cu\u00e1n gallardo y alto de cuerpo soy yo, a quien engendr\u00f3 un padre ilustre y dio a luz una diosa? Pues tambi\u00e9n me aguardan la muerte y la Parca cruel. Vendr\u00e1 una ma\u00f1ana, una tarde o un mediod\u00eda en que alguien me quitar\u00e1 la vida en el combate, hiri\u00e9ndome con la lanza o con una flecha despedida por el arco.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Desfallecieron las rodillas y el coraz\u00f3n del troyano que, soltando la lanza, se sent\u00f3 y tendi\u00f3 ambos brazos. Aquiles puso mano a la tajante espada a hiri\u00f3 a Lica\u00f3n en la clav\u00edcula, junto al cuello: meti\u00f3le dentro toda la hoja de dos filos, el troyano dio de ojos por el suelo y su sangre flu\u00eda y mojaba la tierra. El h\u00e9roe cogi\u00f3 el cad\u00e1ver por el pie, arroj\u00f3lo al r\u00edo para que la corriente se lo llevara, y profiri\u00f3 con jactancia estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0-Yaz ah\u00ed entre los peces que tranquilos te lamer\u00e1n la sangre de la herida. No te colocar\u00e1 tu madre en un lecho para llorarte, sino que ser\u00e1s llevado por el voraginoso Escamandro al vasto seno del mar. Y alg\u00fan pez, saliendo de las olas a la negruzca y encrespada superficie, comer\u00e1 la blanca grasa de Lica\u00f3n. As\u00ed perezc\u00e1is los dem\u00e1s troyanos hasta que lleguemos a la sacra ciudad de Ilio, vosotros huyendo y yo detr\u00e1s haciendo gran riza. No os salvar\u00e1 ni siquiera el r\u00edo de hermosa corriente y arg\u00e9nteos remolinos, a quien desde antiguo sacrific\u00e1is muchos toros y en cuyos v\u00f3rtices ech\u00e1is vivos los sol\u00edpedos caballos. As\u00ed y todo, perecer\u00e9is miserablemente unos en pos de otros, hasta que hay\u00e1is expiado la muerte de Patrocio y el estrago y la matanza que hicisteis en los aqueos junto a las naves, mientras estuve alejado de la lucha.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3, y el r\u00edo, con el coraz\u00f3n irritado, revolv\u00eda en su mente c\u00f3mo har\u00eda cesar al divinal Aquiles de combatir y librar\u00eda de la muerte a los troyanos. En tanto, el hijo de Peleo dirigi\u00f3 su ingente lanza a Asteropeo, hijo de Peleg\u00f3n, con \u00e1nimo de matarlo. A Peleg\u00f3n le hab\u00edan engendrado el Axio, de ancha corriente, y Peribea, la hija mayor de Aces\u00e1meno; que con \u00e9sta se uni\u00f3 aquel r\u00edo de profundos remolinos. Encamin\u00f3se, pues, Aquiles hacia Asteropeo, el cual sali\u00f3 a su encuentro llevando dos lanzas; y el Janto, irritado por la muerte de los j\u00f3venes a quienes Aquiles hab\u00eda hecho perecer sin compasi\u00f3n en la misma corriente, infundi\u00f3 valor en el pecho del troyano. Cuando ambos guerreros se hallaron frente a frente, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, fue el primero en hablar, y dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfQui\u00e9n eres t\u00fa y de d\u00f3nde, que osas salirme al encuentro? Infelices de aqu\u00e9llos cuyos hijos se oponen a mi furor.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el preclaro hijo de Peleg\u00f3n:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Magn\u00e1nimo Pelida! \u00bfPor qu\u00e9 sobre el abolengo me interrogas? Soy de la f\u00e9rtil Peonia, que est\u00e1 lejos; vine mandando a los peonios, que combaten con largas picas, y hace once d\u00edas que llegu\u00e9 a Ilio. Mi linaje trae su origen del Axio de ancha corriente, del Axio que esparce su hermos\u00edsimo raudal sobre la tierra: Axio engendr\u00f3 a Peleg\u00f3n, famoso por su lanza, y de \u00e9ste dicen que he nacido. Pero peleemos ya, esclarecido Aquiles.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3, en son de amenaza. El divino Aquiles levant\u00f3 el fresno del Peli\u00f3n, y el h\u00e9roe Asteropeo, que era ambidextro, tir\u00f3le a un tiempo las dos lanzas: la una dio en el escudo, pero no lo atraves\u00f3 porque la l\u00e1mina de oro que el dios puso en el mismo la detuvo; la otra rasgu\u00f1\u00f3 el brazo derecho del h\u00e9roe, junto al codo, del cual brot\u00f3 negra sangre; mas el arma pas\u00f3 por encima y se clav\u00f3 en el suelo, codiciosa de la carne. Aquiles arroj\u00f3 entonces la lanza, de recto vuelo, a Asteropeo con intenci\u00f3n de matarlo, y err\u00f3 el tiro: la lanza de fresno cay\u00f3 en la elevada orilla y se hundi\u00f3 hasta la mitad del palo. El Pelida, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, arremeti\u00f3 enardecido a Asteropeo, quien con la mano robusta intentaba arrancar del escarpado borde la lanza de Aquiles: tres veces la mene\u00f3 para arrancarla, y otras tantas careci\u00f3 de fuerza. Y cuando, a la cuarta vez, quiso doblar y romper la lanza de fresno del E\u00e1cida, acerc\u00f3sele Aquiles y con la espada le quit\u00f3 la vida: hiri\u00f3le en el vientre, junto al ombligo; derram\u00e1ronse en el suelo todos los intestinos, y las tinieblas cubrieron los ojos del troyano, que cay\u00f3 anhelante. Aquiles se abalanz\u00f3 a su pecho, le quit\u00f3 la armadura; y, blasonando del triunfo, dijo estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Yaz ah\u00ed. Dif\u00edcil era que t\u00fa, aunque engendrado por un r\u00edo, pudieses disputar la victoria a los hijos del prepotente Croni\u00f3n. Dijiste que tu linaje procede de un r\u00edo de ancha corriente; mas yo me jacto de pertenecer al del gran Zeus. Engendr\u00f3me un var\u00f3n que reina sobre muchos mirmidones, Peleo, hijo de \u00c9aco; y este \u00faltimo era hijo de Zeus. Y como Zeus es m\u00e1s poderoso que los nos, que corren al mar, as\u00ed tambi\u00e9n los descendientes de Zeus son m\u00e1s fuertes que los de los r\u00edos. A tu lado tienes uno grande, si es que puede auxiharte. Mas no es posible combatir con Zeus Croni\u00f3n. A \u00e9ste no le igualan ni el fuerte Aqueloo, ni el grande y poderoso Oc\u00e9ano de profunda corriente del que nacen todos los r\u00edos, todo el mar y todas las fuentes y grandes pozos; pues tambi\u00e9n el Oc\u00e9ano teme el rayo del gran Zeus y el espantoso trueno, cuando retumba desde el cielo.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; arranc\u00f3 del escarpado borde la bronc\u00ednea lanza y abandon\u00f3 a Asteropeo all\u00ed, tendido en la arena, tan pronto como le hubo quitado la vida: el agua turbia ba\u00f1aba el cad\u00e1ver, y anguilas y peces acudieron a comer la grasa que cubr\u00eda los ri\u00f1ones. Aquiles se fue para los peonios que peleaban en carros; los cuales hu\u00edan por las m\u00e1rgenes del voraginoso r\u00edo, desde que vieron que el m\u00e1s fuerte ca\u00eda en el duro combate, vencido por las manos y la espada del Pelida. \u00c9ste mat\u00f3 entonces a Ters\u00edloco, Mid\u00f3n, Ast\u00edpilo, Mneso, Trasio, Enio y Ofelestes. Y a m\u00e1s peonios diera muerte el veloz Aquiles, si el r\u00edo de profundos remolinos, irritado y transfigurado en hombre, no le hubiese dicho desde uno de los profundos v\u00f3rtices:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh Aquiles! Superas a los dem\u00e1s hombres tanto en el valor como en la comisi\u00f3n de acciones nefandas; porque los propios dioses te prestan constantemente su auxilio. Si el hijo de Crono te ha concedido que destruyas a todos los troyanos, ap\u00e1rtalos de m\u00ed y ejecuta en el llano tus proezas. Mi hermosa corriente est\u00e1 llena de cad\u00e1veres que obstruyen el cauce y no me dejan verter el agua en la mar divina; y t\u00fa sigues matando de un modo atroz. Pero, ea, cesa ya; pues me tienes asombrado, oh pr\u00edncipe de hombres.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Se har\u00e1, oh Escamandro, alumno de Zeus, como t\u00fa lo ordenas; pero no me abstendr\u00e9 de matar a los altivos troyanos hasta que los encierre en la ciudad y, peleando con H\u00e9ctor, \u00e9l me mate a m\u00ed o yo acabe con \u00e9l.<\/p>\n<p>\u00a0Esto dicho, arremeti\u00f3 a los troyanos, cual si fuese un dios. Y entonces el r\u00edo de profundos remolinos dirigi\u00f3se a Apolo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh dioses! T\u00fa, el del arco de plata, hijo de Zeus, no cumples las \u00f3rdenes del Croni\u00f3n, el cual te encarg\u00f3 muy mucho que socorrieras a los troyanos y les prestaras to auxilio hasta que, llegada la tarde, se pusiera el sol y quedara a obscuras el f\u00e9rtil campo.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo. Aquiles, famoso por su lanza, salt\u00f3 desde la escarpada orilla al centro del r\u00edo. Pero \u00e9ste le atac\u00f3 enfurecido: hinch\u00f3 sus aguas, revolvi\u00f3 la corriente, y, arrastrando muchos cad\u00e1veres de hombres muertos por Aquiles, que hab\u00eda en el cauce, arroj\u00f3los a la orilla mugiendo como un toro, y en Canto salvaba a los vivos dentro de la hermosa corriente, ocult\u00e1ndolos en los profundos y anchos remolinos. Las revueltas olas rodeaban a Aquiles, la corriente ca\u00eda sobre su escudo y le empujaba, y el h\u00e9roe ya no se pod\u00eda tener en pie. Asi\u00f3se entonces con ambas manos a un olmo corpulento y frondoso; pero \u00e9ste, arrancado de ra\u00edz, rompi\u00f3 el borde escarpado, oprimi\u00f3 la hermosa corriente con sus muchas ramas, cay\u00f3 entero al r\u00edo y se convirti\u00f3 en un puente. Aquiles, amedrentado, dio un salto, sali\u00f3 del abismo y vol\u00f3 con pie ligero por la llanura. Mas no por esto el gran dios desisti\u00f3 de perseguirlo, sino que lanz\u00f3 tras \u00e9l olas de sombr\u00eda cima con el prop\u00f3sito de hacer cesar al divino Aquiles de combatir y librar de la muerte a los troyanos. El Pelida salv\u00f3 cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la impetuosidad de la rapaz \u00e1guila negra, que es la m\u00e1s forzuda y veloz de las aves; parecido a ella, el h\u00e9roe coma y el bronce resonaba horriblemente sobre su pecho. Aquiles procuraba huir, desvi\u00e1ndose a un lado; pero la corriente se iba tras \u00e9l y le persegu\u00eda con gran ruido. Como el fontanero conduce el agua desde el profundo manantial por entre las plantas de un huerto y con un azad\u00f3n en la mano quita de la reguera los estorbos; y la corriente sigue su curso, y mueve las piedrecitas, pero al llegar a un declive murmura, acelera la marcha y pasa delante del que la gu\u00eda; de igual modo, la corriente del r\u00edo alcanzaba continuamente a Aquiles, porque los dioses son m\u00e1s poderosos que los hombres. Cuantas veces el divino Aquiles, el de los pies ligeros, intentaba esperarla, para ver si le persegu\u00edan todos los inmortales que tienen su morada en el espacioso cielo, otras tantas, las grandes olas del r\u00edo, que las celestiales lluvias alimentan, le azotaban los hombros. El h\u00e9roe, afligido en su coraz\u00f3n, saltaba; pero el r\u00edo, sigui\u00e9ndole con la r\u00e1pida y tortuosa corriente, le cansaba las rodillas y le robaba el suelo all\u00ed donde pon\u00eda los pies. Y el Pelida, levantando los ojos al vasto cielo, gimi\u00f3 y dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Zeus padre! \u00bfC\u00f3mo no viene ning\u00fan dios a salvarme a m\u00ed, miserando, de la persecuci\u00f3n del r\u00edo, y luego sufrir\u00e9 cuanto sea preciso? Ninguna de las deidades del cielo tiene tanta culpa como mi madre, que me halag\u00f3 con falsas predicciones: dijo que me matar\u00edan al pie del muro de los troyanos, armados de coraza, las veloces flechas de Apolo. \u00a1Ojal\u00e1 me hubiese muerto H\u00e9ctor, que es aqu\u00ed el m\u00e1s bravo! Entonces un valiente hubiera muerto y despojado a otro valiente. Mas ahora quiere el destino que yo perezca de miserable muerte, cercado por un gran r\u00edo; como el ni\u00f1o porquerizo a quien arrastran las aguas invernales del torrente que intentaba atravesar.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed se expres\u00f3. En seguida Poseid\u00f3n y Atenea, con figura humana, se le acercaron y le asieron de las manos mientras le animaban con palabras. Poseid\u00f3n, que sacude la tierra, fue el primero en hablar y dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Pelida! No tiembles, ni te asustes. \u00a1Tal socorro vamos a darte, con la venia de Zeus, nosotros los dioses, yo y Palas Atenea! Porque no dispone el hado que seas muerto por el r\u00edo, y \u00e9ste dejar\u00e1 pronto de perseguirte, como ver\u00e1s t\u00fa mismo. Te daremos un prudente consejo, por si quieres obedecer: no descanse tu brazo en la batalla funesta hasta haber encerrado dentro de los \u00ednclitos muros de Ilio a cuantos troyanos logren escapar. Y cuando hayas privado de la vida a H\u00e9ctor, vuelve a las naves; que nosotros te concederemos que alcances gloria.<\/p>\n<p>\u00a0Dichas estas palabras, ambas deidades fueron a reunirse con los dem\u00e1s inmortales. Aquiles, impelido por el mandato de los dioses, enderez\u00f3 sus pasos a la llanura inundada por el agua del r\u00edo, en la cual flotaban cad\u00e1veres y hermosas armas de j\u00f3venes muertos en la pelea. El h\u00e9roe caminaba derechamente, saltando por el agua, sin que el anchuroso r\u00edo lograse detenerlo; pues Atenea le hab\u00eda dado muchos br\u00edos. Pero el Escamandro no ced\u00eda en su furor; sino que, irrit\u00e1ndose a\u00fan m\u00e1s contra el Peli\u00f3n, hinchaba y levantaba a lo alto sus olas, y a gritos llamaba al Simoente:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hermano querido! Junt\u00e9monos para contener la fuerza de ese hombre, que pronto tomar\u00e1 la gran ciudad del rey Pr\u00edamo, pues los troyanos no le resistir\u00e1n en la batalla. Ven al momento en mi auxilio: aumenta tu caudal con el agua de las fuentes, concita a todos los arroyos, levanta grandes olas y arrastra con estr\u00e9pito troncos y piedras, para que anonademos a ese feroz guerrero que ahora triunfa y piensa en haza\u00f1as propias de los dioses. Creo que no le valdr\u00e1n ni su fuerza, ni su hermosura, ni sus magn\u00edficas armas, que han de quedar en el fondo de este lago cubiertas de cieno. A \u00e9l lo envolver\u00e9 en abundante arena, derramando en torno suyo mucho cascajo; y ni siquiera sus huesos podr\u00e1n ser recogidos por los aqueos: tanto limo amontonar\u00e9 encima. Y tendr\u00e1 su t\u00famulo aqu\u00ed mismo, y no necesitar\u00e1 que los aqueos se lo erijan cuando le hagan las exequias.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y, revuelto, arremeti\u00f3 contra Aquiles, alz\u00e1ndose furioso y mugiendo con la espuma, la sangre y los cad\u00e1veres. Las purp\u00fareas ondas del r\u00edo, que las celestiales lluvias alimentan, se manten\u00edan levantadas y arrastraban al Pelida. Pero Hera, temiendo que el gran r\u00edo derribara a Aquiles, grit\u00f3, y dijo en seguida a Hefesto, su hijo amado:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Lev\u00e1ntate, estevado, hijo querido; pues creemos que el Janto voraginoso es tu igual en el combate! Socorre pronto a Aquiles, haciendo aparecer inmensa llama. Voy a suscitar con el C\u00e9firo y el veloz Noto una gran borrasca, para que viniendo del mar extienda el destructor incendio y se quemen las cabezas y las armas de los troyanos. T\u00fa abrasa los \u00e1rboles de las orillas del Janto, m\u00e9tele en el fuego, y no to dejes persuadir ni con palabras dulces ni con amenazas. No cese tu furia hasta que yo te lo diga gritando; y entonces apaga el fuego infatigable.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; y Hefesto, arrojando una abrasadora llama, incendi\u00f3 primeramente la llanura y quem\u00f3 muchos cad\u00e1veres de guerreros a quienes hab\u00eda muerto Aquiles; sec\u00f3se el campo, y el agua cristalina dej\u00f3 de correr. Como el B\u00f3reas seca en el oto\u00f1o un campo reci\u00e9n inundado y se alegra el que lo cultiva, de la misma suerte, el fuego sec\u00f3 la llanura entera y quem\u00f3 los cad\u00e1veres. Luego Hefesto dirigi\u00f3 al r\u00edo la resplandeciente llama y ardieron, as\u00ed los olmos, los sauces y los tamariscos, como el loto, el junco y la juncia que en abundancia hab\u00edan crecido junto a la hermosa corriente. Anguilas y peces padec\u00edan y saltaban ac\u00e1 y all\u00e1, en los remolinos o en la corriente, oprimidos por el soplo del ingenioso Hefesto. Y el r\u00edo, quem\u00e1ndose tambi\u00e9n, as\u00ed hablaba:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hefesto! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar contigo ni con tu llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el divino Aquiles arroje de la ciudad a los troyanos. \u00bfQu\u00e9 inter\u00e9s tengo en la contienda ni en auxiliar a nadie?<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3, abrasado por el fuego; y la hermosa corriente herv\u00eda. Como en una caldera puesta sobre un gran fuego, la grasa de un puerco cebado se funde, hierve y rebosa por todas partes, mientras la le\u00f1a seca arde debajo; as\u00ed la hermosa corriente se quemaba con el fuego y el agua herv\u00eda, y, no pudiendo ir hacia adelante, paraba su curso oprimida por el vapor que con su arte produjera el ingenioso Hefesto. Y el r\u00edo, dirigiendo muchas s\u00faplicas a Hera, estas aladas palabras le dec\u00eda:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hera! \u00bfPor qu\u00e9 tu hijo maltrata mi corriente, atac\u00e1ndome a m\u00ed solo entre los dioses? No debo de ser para ti tan culpable como todos los dem\u00e1s que favorecen a los troyanos. Yo desistir\u00e9 de ayudarlos, si t\u00fa lo mandas; pero que \u00e9ste cese tambi\u00e9n. Y jurar\u00e9 no librar a los troyanos del d\u00eda fatal, aunque Troya entera llegue a ser pasto de las voraces llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando Hera, la diosa de los n\u00edveos brazos, oy\u00f3 estas palabras, dijo en seguida a Hefesto, su hijo amado:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hefesto hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene que, a causa de los mortales, a un dios inmortal atormentemos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Hefesto apag\u00f3 la abrasadora llama, y las olas retrocedieron a la hermosa corriente.<\/p>\n<p>\u00a0Y tan pronto como el \u00e1nimo del Janto fue abatido, ellos cesaron de luchar porque Hera, aunque irritada, los contuvo; pero una re\u00f1ida y espantosa pelea se suscit\u00f3 entonces entre los dem\u00e1s dioses: divididos en dos bandos, vinieron a las manos con fuerte estr\u00e9pito; bram\u00f3 la vasta tierra, y el gran cielo reson\u00f3 como una trompeta. Oy\u00f3lo Zeus, sentado en el Olimpo, y con el coraz\u00f3n alegre re\u00eda al ver que los dioses iban a embestirse. Y ya no estuvieron separados largo tiempo; pues el primero Ares, que horada los escudos, acometiendo a Atenea con la bronc\u00ednea lanza, estas injuriosas palabras le dec\u00eda:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfPor qu\u00e9 nuevamente, oh mosca de perro, promueves la contienda entre los dioses con insaciable audacia? \u00bfQu\u00e9 poderoso afecto lo mueve? \u00bfAcaso no te acuerdas de cuando incitabas a Diomedes Tidida a que me hiriese, y cogiendo t\u00fa misma la reluciente pica la enderezaste contra m\u00ed y me desgarraste el hermoso cutis? Pues me figuro que ahora pagar\u00e1s cuanto me hiciste.<\/p>\n<p>\u00a0Apenas acab\u00f3 de hablar, dio un bote en el escudo floqueado, horrendo, que ni el rayo de Zeus romper\u00eda, all\u00ed acert\u00f3 a dar Ares, manchado de homicidios, con la ingente lanza. Pero la diosa, volvi\u00e9ndose, aferr\u00f3 con su robusta mano una gran piedra negra y erizada de puntas que estaba en la llanura y hab\u00eda sido puesta por los antiguos como linde de un campo; e, hiriendo con ella al furibundo Ares en el cuello, dej\u00f3le sin vigor los miembros. Vino a tierra el dios y ocup\u00f3 siete yeguadas, el polvo manch\u00f3 su cabellera y las armas resonaron. Ri\u00f3se Palas Atenea; y, glori\u00e1ndose de la victoria, profiri\u00f3 estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Necio! A\u00fan no has comprendido que me jacto de ser mucho m\u00e1s fuerte, puesto que osas oponer tu furor al m\u00edo. As\u00ed padecer\u00e1s, cumpli\u00e9ndose las imprecaciones de tu airada madre que maquina males contra ti porque abandonaste a los aqueos y favoreces a los orgullosos troyanos.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando esto hubo dicho, volvi\u00f3 a otra parte los ojos refulgentes. Afrodita, hija de Zeus, asi\u00f3 por la mano a Ares y le acompa\u00f1aba, mientras el dios daba muchos suspiros y apenas pod\u00eda recobrar el aliento. Pero la vio Hera, la diosa de los n\u00edveos brazos, y al punto dijo a Atenea estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh dioses! \u00a1Hija de Zeus, que lleva la \u00e9gida! \u00a1Ind\u00f3mita! Aquella mosca de perro vuelve a sacar del da\u00f1oso combate, por entre el tumulto, a Ares, funesto a los mortales. \u00a1Anda tras ella!<\/p>\n<p>\u00a0De tal modo habl\u00f3. Alegr\u00f3sele el alma a Atenea, que corri\u00f3 hacia Afrodita, y alzando la robusta mano descarg\u00f3le un golpe sobre el pecho. Desfallecieron las rodillas y el coraz\u00f3n de la diosa, y ella y Ares quedaron tendidos en la f\u00e9rtil tierra. Y Atenea, vanaglori\u00e1ndose, pronunci\u00f3 estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ojal\u00e1 fuesen tales cuantos auxilian a los troyanos en las batallas contra los argivos, armados de coraza; as\u00ed, tan audaces y atrevidos como Afrodita que vino a socorrer a Ares desafiando mi furor; y tiempo ha que habr\u00edamos puesto fin a la guerra con la toma de la bien construida ciudad de Ilio!<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed se expres\u00f3. Sonri\u00f3se Hera, la diosa de los n\u00edveos brazos. Y el soberano Poseid\u00f3n, que sacude la tierra, dijo entonces a Apolo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Febo! \u00bfPor qu\u00e9 nosotros no luchamos tambi\u00e9n? No conviene abstenerse, una vez que los dem\u00e1s han dado principio a la pelea. Vergonzoso fuera que volvi\u00e9semos al Olimpo, a la morada de Zeus erigida sobre bronce, sin haber combatido. Empieza t\u00fa, pues eres el menor en edad y no parecer\u00eda decoroso que comenzara yo que nac\u00ed primero y tengo m\u00e1s experiencia. \u00a1Oh necio, y cu\u00e1n irreflexivo es tu coraz\u00f3n! Ya no te acuerdas de los muchos males que en torno de Ilio padecimos los dos, solos entre los dioses, cuando enviados por Zeus trabajamos un a\u00f1o entero para el soberbio Laomedonte; el cual, con la promesa de darnos el salario convenido, nos mandaba como se\u00f1or. Yo cerqu\u00e9 la ciudad de los troyanos con un muro ancho y hermos\u00edsimo, para hacerla inexpugnable; y t\u00fa, Febo, pastoreabas los flex\u00edpedes bueyes de curvas astas en los bosques y selvas del Ida, en valles abundoso. Mas cuando las alegres horas trajeron el t\u00e9rmino del ajuste, el soberbio Laomedonte se neg\u00f3 a pagarnos el salario y nos despidi\u00f3 con amenazas. A ti te amenaz\u00f3 con venderte, atado de pies y manos, en lejanas islas; aseguraba adem\u00e1s que con el bronce nos cortar\u00eda a entrambos las orejas; y nosotros nos fuimos pesarosos y con el \u00e1nimo irritado porque no nos dio la paga que hab\u00eda prometido. \u00a1Y todav\u00eda se lo agradeces, favoreciendo a su pueblo, en vez de procurar con nosotros que todos los troyanos perezcan de mala muerte con sus hijos y castas esposas!<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3 el soberano Apolo, que hiere de lejos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Batidor de la tierra! No me tendr\u00edas por sensato si combatiera contigo por los m\u00edseros mortales que, semejantes a las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos comiendo los frutos de la tierra, ya se quedan ex\u00e1nimes y mueren. Pero absteng\u00e1monos en seguida de combatir y peleen ellos entre s\u00ed.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed diciendo, le volvi\u00f3 la espalda; pues por respeto no quer\u00eda llegar a las manos con su t\u00edo paterno. Y su hermana, la campestre \u00c1rtemis, que de las fieras es se\u00f1ora, lo increp\u00f3 duramente con injuriosas voces:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfHuyes ya, t\u00fa que hieres de lejos, y das la victoria a Posid\u00f3n, concedi\u00e9ndole inmerecida gloria? \u00a1Necio! \u00bfPor qu\u00e9 llevas ese arco in\u00fatil? No oiga yo que te jactes en el palacio de mi padre, como hasta aqu\u00ed lo hiciste ante los inmortales dioses, de luchar cuerpo a cuerpo con Poseid\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y Apolo, que hiere de lejos, nada respondi\u00f3. Pero la venerable esposa de Zeus, irritada, increp\u00f3 con injuriosas voces a la que se complace en tirar flechas:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfC\u00f3mo es que pretendes, perra atrevida, oponerte a m\u00ed? Dif\u00edcil te ser\u00e1 resistir mi fortaleza, aunque lleves arco y Zeus te haya hecho leona entre las mujeres y te permita matar, a la que te plazca. Mejor es cazar en el monte fieras agrestes o ciervos, que luchar denodadamente con quienes son m\u00e1s poderosos. Y, si quieres probar el combate, empieza, para que sepas bien cu\u00e1nto m\u00e1s fuerte soy que t\u00fa; ya que contra m\u00ed quieres emplear tus fuerzas.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; asi\u00f3la con la mano izquierda por ambas mu\u00f1ecas, quit\u00f3le de los hombros, con la derecha, el arco y el carcaj, y riendo se puso a golpear con \u00e9stos las orejas de \u00c1rtemis, que volv\u00eda la cabeza, ora a un lado, ora a otro, mientras las veloces flechas se esparc\u00edan por el suelo. \u00c1rtemis huy\u00f3 llorando, como la paloma que perseguida por el gavil\u00e1n vuela a refugiarse en el hueco de excavada roca, porque no hab\u00eda dispuesto el hado que aqu\u00e9l la cogiese. De igual manera huy\u00f3 la diosa, vertiendo l\u00e1grimas y dejando all\u00ed arco y aljaba. Y el mensajero Argicida dijo a Leto:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Leto! Yo no pelear\u00e9 contigo, porque es arriesgado luchar con las esposas de Zeus, que amontona las nubes. J\u00e1ctate muy satisfecha, delante de los inmortales dioses, de que me venciste con tu poderosa fuerza.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Leto recogi\u00f3 el corvo arco y las saetas que hab\u00edan ca\u00eddo ac\u00e1 y acull\u00e1, en medio de un torbellino de polvo; y se fue en pos de su hija. Lleg\u00f3 \u00e9sta al Olimpo, a la morada de Zeus erigida sobre bronce; sent\u00f3se llorando en las rodillas de su padre, y el divino velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre Cronida cogi\u00f3la en el regazo; y, sonriendo dulcemente, le pregunt\u00f3:<\/p>\n<p>\u2011\u00bfCu\u00e1l de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te ha maltratado, como si en su presencia hubieses cometido alguna falta?<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le \u00c1rtemis, que se recrea con el bullicio de la caza y lleva hermosa diadema:<\/p>\n<p>\u00a0-Tu esposa Hera, la de los n\u00edveos brazos, me ha maltratado, padre; por ella la discordia y la contienda han surgido entre los inmortales.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed \u00e9stos conversaban. En tanto, Febo Apolo entr\u00f3 en la sagrada Ilio, temiendo por el muro de la bien edificada ciudad: no fuera que en aquella ocasi\u00f3n lo destruyesen los d\u00e1naos, contra lo ordenado por el destino. Los dem\u00e1s dioses sempiternos volvieron al Olimpo, irritados unos y envanecidos otros por el triunfo; y se sentaron junto a Zeus, el de las sombr\u00edas nubes. Aquiles, persiguiendo a los troyanos, mataba hombres y sol\u00edpedos caballos. De la suerte que cuando una ciudad es presa de las llamas y llega el humo al anchuroso cielo, porque los dioses se irritaron contra ella, todos los habitantes trabajan y muchos padecen grandes males, de igual modo Aquiles causaba a los troyanos fatigas y da\u00f1os.<\/p>\n<p>\u00a0El anciano Pr\u00edamo estaba en la sagrada torre; y, como viera al ingente Aquiles, y a los troyanos puestos en confusi\u00f3n, huyendo espantados y sin fuerzas para resistirle, empez\u00f3 a gemir y baj\u00f3 de aqu\u00e9lla para exhortar a los \u00ednclitos varones que custodiaban las puertas de la muralla:<\/p>\n<p>\u00a0Abrid las puertas y sujetadlas con la mano hasta que lleguen a la ciudad los guerreros que huyen espantados. Aquiles es quien los estrecha y pone en desorden, y temo que han de ocurrir desgracias. Mas, tan pronto como aqu\u00e9llos respiren, refugiados dentro del muro, entornad las hojas fuertemente unidas; pues estoy con miedo de que ese hombre funesto entre por el muro.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Abrieron las puertas, quitando los cerrojos, y a esto se debi\u00f3 la salvaci\u00f3n de las tropas. Apolo salt\u00f3 fuera del muro para librar de la ruina a los troyanos. \u00c9stos, acosados por la sed y llenos de polvo, hu\u00edan por el campo en derechura a la ciudad y su alta muralla. Y Aquiles los persegu\u00eda impetuosamente con la lanza, teniendo el coraz\u00f3n pose\u00eddo de violenta rabia y deseando alcanzar gloria.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces los aqueos hubieran tomado a Troya, la de altas puertas, si Febo Apolo no hubiese incitado al divino Agenor, hijo ilustre y valiente de Ant\u00e9nor, a esperar a Aquiles. El dios infundi\u00f3le audacia en el coraz\u00f3n, y, para apartar de \u00e9l a las crueles Parcas, se qued\u00f3 a su lado, recostado en una encina y cubierto de espesa niebla. Cuando Agenor vio llegar a Aquiles, asolador de ciudades, se detuvo, y en su agitado coraz\u00f3n vacilaba sobre el partido que deber\u00eda tomar. Y gimiendo, a su magn\u00e1nimo esp\u00edritu le dec\u00eda:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ay de m\u00ed! Si huyo del valiente Aquiles por donde los dem\u00e1s corren espantados y en desorden, me coger\u00e1 tambi\u00e9n y me matar\u00e1 sin que me pueda defender. Si dejando que \u00e9stos sean derrotados por el Pelida Aquiles, me fuese por la llanura troyana, lejos del muro, hasta llegar a los bosques del Ida, y me escondiera en los matorrales, podr\u00eda volver a Ilio por la tarde, despu\u00e9s de tomar un ba\u00f1o en el r\u00edo para refrescarme y quitarme el sudor. Mas \u00bfpor qu\u00e9 en tales cosas me hace pensar el coraz\u00f3n? No sea que aqu\u00e9l advierta que me alejo de la ciudad por la llanura, y persigui\u00e9ndome con ligera planta me d\u00e9 alcance; y ya no podr\u00e9 evitar la muerte y las Parcas, porque Aquiles es el m\u00e1s fuerte de todos los hombres. Y si delante de la ciudad le salgo al encuentro&#8230; Vulnerable es su cuerpo por el agudo bronce, hay en \u00e9l una sola alma y dicen los hombres que el h\u00e9roe es mortal; pero Zeus Cronida le da gloria.<\/p>\n<p>\u00a0Esto, pues, se dec\u00eda; y, encogi\u00e9ndose, aguard\u00f3 a Aquiles, porque su coraz\u00f3n esforzado estaba impaciente por luchar y combatir. Como la pantera, cuando oye el ladrido de los perros, sale de la poblada selva y va al encuentro del cazador, sin que arrebaten su \u00e1nimo ni el miedo ni el espanto, y si aqu\u00e9l se le adelanta y la hiere desde cerca o desde lejos, no deja de luchar, aunque est\u00e9 atravesada por la jabalina, hasta venir con \u00e9l a las manos o sucumbir, de la misma suerte, el divino Agenor, hijo del preclaro Ant\u00e9nor, no quer\u00eda huir antes de entrar en combate con Aquiles. Y, cubri\u00e9ndose con el liso escudo, le apuntaba la lanza, mientras dec\u00eda con fuertes voces:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Grandes esperanzas concibe tu \u00e1nimo, esclarecido Aquiles, de tomar en el d\u00eda de hoy la ciudad de los altivos troyanos. \u00a1Insensato! Buen n\u00famero de males habr\u00e1n de padecerse todav\u00eda por causa de ella. Estamos dentro muchos y fuertes varones que, peleando por nuestros padres, esposas e hijos, salvaremos a Ilio; y t\u00fa recibir\u00e1s aqu\u00ed mismo la muerte, a pesar de ser un terrible y audaz guerrero.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo. Con la robusta mano arroj\u00f3 el agudo dardo, y no err\u00f3 el tiro; pues acert\u00f3 a dar en la pierna del h\u00e9roe, debajo de la rodilla. La greba de esta\u00f1o reci\u00e9n construida reson\u00f3 horriblemente, y el bronce fue rechazado sin que lograra penetrar, porque lo impidi\u00f3 la armadura, regalo del dios. El Pelida arremeti\u00f3 a su vez con Agenor, igual a una deidad; pero Apolo no le dej\u00f3 alcanzar gloria, pues, arrebatando al troyano, le cubri\u00f3 de espesa niebla y le mand\u00f3 a la ciudad para que saliera tranquilo de la batalla.<\/p>\n<p>\u00a0Luego el que hiere de lejos apart\u00f3 del ej\u00e9rcito al Peli\u00f3n, vali\u00e9ndose de un enga\u00f1o. Tom\u00f3 la figura de Agenor, y se puso delante del h\u00e9roe, que se lanz\u00f3 a perseguirlo. Mientras Aquiles iba tras de Apolo, por un campo paniego, hacia el r\u00edo Escamandro, de profundos v\u00f3rtices, y corr\u00eda muy cerca de \u00e9l, pues el odio le enga\u00f1aba con esta astucia a fin de que tuviera siempre la esperanza de darle alcance en la carrera, los dem\u00e1s troyanos, huyendo en tropel, llegaron alegres a la ciudad, que se llen\u00f3 con los que all\u00ed se refugiaron. Ni siquiera se atrevieron a esperarse los unos a los otros, fuera de la ciudad y del muro, para saber qui\u00e9nes hab\u00edan escapado y qui\u00e9nes hab\u00edan muerto en la batalla, sino que afluyeron presurosos a la ciudad cuantos, merced a sus pies y a sus rodillas, lograron salvarse.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO XXI Batalla junto al r\u00edo Este r\u00edo pide ayuda al r\u00edo Simoente y quiere sumergir a Aquiles, pero el dios Hefesto le obliga a volver a su cauce. 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