{"id":943,"date":"2010-11-27T22:37:14","date_gmt":"2010-11-27T20:37:14","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=943"},"modified":"2010-11-27T22:37:14","modified_gmt":"2010-11-27T20:37:14","slug":"%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xix-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xix-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (XIX) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO XIX<\/strong><\/p>\n<p><strong>Renunciamiento de la c\u00f3lera<\/strong><\/p>\n<p>Pertrechado con la armadura que le hab\u00eda fabricado Hefesto, Aquiles se reconcilia con Agamen\u00f3n. Briseide lamenta la muerte de Patroclo y el ej\u00e9rcito aqueo se prepara para la batalla que va a tener lugar.<\/p>\n<p>\u00a0La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Oc\u00e9ano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis lleg\u00f3 a las naves con la armadura que Hefesto le hab\u00eda entregado. Hall\u00f3 al hijo querido reclinado sobre el cad\u00e1ver de Patroclo, Ilorando ruidosamente y en torno suyo a muchos amigos que derramaban l\u00e1grimas. La divina entre las diosas se puso en medio, asi\u00f3 la mano de Aquiles y habl\u00f3le de este modo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hijo m\u00edo! Aunque estamos afligidos, dejemos que \u00e9se yazga, ya que sucumbi\u00f3 por la voluntad de los dioses; y t\u00fa recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan excelente y bella como jam\u00e1s var\u00f3n alguno la haya Ilevado para proteger sus hombros.<\/p>\n<p>\u00a0La diosa, apenas acab\u00f3 de hablar, coloc\u00f3 en el suelo delante de Aquiles las labradas armas, y \u00e9stas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor; y, sin atreverse a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, as\u00ed que las vio, sinti\u00f3 que se le recrudec\u00eda la c\u00f3lera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama, debajo de los p\u00e1rpados; y el h\u00e9roe se gozaba teniendo en las manos el espl\u00e9ndido presente de la deidad. Y, cuando hubo deleitado su \u00e1nimo con la contemplaci\u00f3n de la labrada armadura, dirigi\u00f3 a su madre estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Madre m\u00eda! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean las obras de los inmortales y como ning\u00fan hombre mortal las hiciera. Ahora me armar\u00e9, pero temo que mientras tanto penetren las moscas por las heridas que el bronce caus\u00f3 al esforzado hijo de Menecio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo \u2011pues le falta la vida\u2011 y corrompan todo el cad\u00e1ver.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Tetis, la diosa de arg\u00e9nteos pies:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Hijo, no te turbe el \u00e1nimo tal pensamiento. Yo procurar\u00e9 apartar los importunos enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos en la guerra. Y, aunque estuviera tendido un a\u00f1o entero, su cuerpo se conservar\u00eda igual que ahora o mejor todav\u00eda. T\u00fa convoca al \u00e1gora a los h\u00e9roes aqueos, renuncia a la c\u00f3lera contra Agamen\u00f3n, pastor de pueblos, \u00e1rmate en seguida para el combate y rev\u00edstete de valor.<\/p>\n<p>\u00a0Dicho esto, infundi\u00f3le fortaleza y audacia, y ech\u00f3 unas gotas de ambros\u00eda y rojo n\u00e9ctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.<\/p>\n<p>\u00a0El divino Aquiles se encamin\u00f3 a la orilla del mar, y, dando horribles voces, convoc\u00f3 a los h\u00e9roes aqueos. Y cuantos sol\u00edan quedarse en el recinto de las naves, y hasta los pilotos que las gobernaban, y como despenseros distribu\u00edan los v\u00edveres, fueron entonces al \u00e1gora, porque Aquiles se presentaba, despu\u00e9s de haber permanecido alejado del triste combate durante mucho tiempo. El intr\u00e9pido Tidida y el divino Ulises, servidores de Ares, acudieron cojeando, apoy\u00e1ndose en el arrimo de la lanza \u2011a\u00fan no ten\u00edan curadas las graves heridas\u2011, y se sentaron delante de todos. Agamen\u00f3n, rey de hombres, Ileg\u00f3 el \u00faltimo y tambi\u00e9n estaba herido, pues Co\u00f3n Anten\u00f3rida hab\u00edale clavado su bronc\u00ednea pica durante la encarnizada lucha. Cuando todos los aqueos se hubieron congregado, levant\u00e1ndose entre ellos dijo Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos, para ti y para m\u00ed, continuar unidos que sostener, con el coraz\u00f3n angustiado, roedora disputa por una joven. As\u00ed la hubiese muerto \u00c1rtemis en las naves con una de sus flechas el mismo d\u00eda que la cautiv\u00e9 al tomar a Lirneso; y no habr\u00edan mordido el anchuroso suelo tantos aqueos como sucumbieron a manos del enemigo mientras dur\u00f3 mi c\u00f3lera. Para H\u00e9ctor y los troyanos fue el beneficio, y me figuro que los aqueos se acordar\u00e1n largo tiempo de nuestra disputa. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la c\u00f3lera, que no ser\u00eda razonable estar siempre irritado. Mas, ea, incita a los melenudos aqueos a que peleen; y ver\u00e9, saliendo al encuentro de los troyanos, si querr\u00e1n pasar la noche junto a los bajeles. Creo que con gusto se entregar\u00e1 al descanso el que logre escapar del feroz combate, puesto en fuga por mi lanza.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3; y los aqueos, de hermosas grebas, holg\u00e1ronse de que el magn\u00e1nimo Peli\u00f3n renunciara a la c\u00f3lera. Y el rey de hombres, Agamen\u00f3n, les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh amigos, h\u00e9roes d\u00e1naos, servidores de Ares! Bueno ser\u00e1 que escuch\u00e9is sin interrumpirme, pues lo contrario molesta hasta al que est\u00e1 ejercitado en hablar. \u00bfC\u00f3mo se podr\u00eda o\u00edr o decir algo en medio del tumulto producido por muchos hombres? Turbar\u00edase el orador aunque fuese elocuente. Yo me dirigir\u00e9 al Pelida; pero vosotros, los dem\u00e1s argivos, prestadme atenci\u00f3n y cada uno penetre bien mis palabras. Muchas veces los aqueos me han dirigido las mismas Palabras, increp\u00e1ndome por to ocurrido, y yo no soy el culpable, sino Zeus, la Parca y Erinia, que vaga en las tinieblas; los cuales hicieron padecer a mi alma, durante el \u00e1gora, cruel ofuscaci\u00f3n el d\u00eda en que le arrebat\u00e9 a Aquiles la recompensa. Mas, \u00bfqu\u00e9 pod\u00eda hacer? La divinidad es quien lo dispone todo. Hija veneranda de Zeus es la perniciosa Ofuscaci\u00f3n, a todos tan funesta: sus pies son delicados y no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres, a quienes causa da\u00f1o, y se apodera de uno, por lo menos, de los que contienden. En otro tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que es tenido por el m\u00e1s poderoso de los hombres y de los dioses; pues Hera, no obstante ser hembra, le enga\u00f1\u00f3 cuando Alcmena hab\u00eda de parir al fornido Heracles en Teba, ce\u00f1ida de hermosas murallas. El dios, glori\u00e1ndose, dijo as\u00ed ante todas las deidades: \u00abO\u00eddme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi coraz\u00f3n me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos, sacar\u00e1 a luz un var\u00f3n que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinar\u00e1 sobre todos sus vecinos.\u00bb Y habl\u00e1ndole con astucia, le replic\u00f3 la venerable Hera: \u00abMentir\u00e1s, y no llevar\u00e1s al cabo lo que dices. Y si no, ea, Ol\u00edmpico, jura solemnemente que reinar\u00e1 sobre todos sus vecinos el ni\u00f1o que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy entre los pies de una mujer.\u00bb As\u00ed dijo; Zeus, no sospechando el dolo, prest\u00f3 el gran juramento que tan funesto le hab\u00eda de ser. Pues Hera dej\u00f3 en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto lleg\u00f3 a Argos de Acaya, donde viv\u00eda la esposa ilustre de Est\u00e9nelo Persida; y, como \u00e9sta se hallara encinta de siete meses cumplidos, la diosa sac\u00f3 a luz el ni\u00f1o, aunque era prematuro, y retard\u00f3 el parto de Alcmena, deteniendo a las Ilitias. Y en seguida particip\u00f3selo a Zeus Cronida, diciendo: \u00ab\u00a1Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya naci\u00f3 el noble var\u00f3n que reinar\u00e1 sobre los argivos: Euristeo, hijo de Est\u00e9nelo Persida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre aqu\u00e9llos.\u00bb As\u00ed dijo, y un agudo dolor penetr\u00f3 el alma del dios, que, irritado en su coraz\u00f3n, cogi\u00f3 a Ofuscaci\u00f3n por los n\u00edtidos cabellos y prest\u00f3 solemne juramento de que Ofuscaci\u00f3n, tan funesta a todos, jam\u00e1s volver\u00eda al Olimpo y al cielo estrellado. Y, volte\u00e1ndola con la mano, la arroj\u00f3 del cielo. En seguida lleg\u00f3 Ofuscaci\u00f3n a los campos cultivados por los hombres. Y Zeus gem\u00eda por causa de ella, siempre que contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le iba imponiendo. Por esto, cuando el gran H\u00e9ctor, el de tremolante casco, mataba a los argivos junto a las popas de las naves, yo no pod\u00eda olvidarme de Ofuscaci\u00f3n, cuyo funesto influjo hab\u00eda experimentado. Pero ya que falt\u00e9 y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y t\u00fa ve al combate y anima a los dem\u00e1s guerreros. Voy a darte cuanto ayer lo ofreci\u00f3 en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres, aguarda, aunque est\u00e9s impaciente por combatir, y mis servidores traer\u00e1n de la nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu \u00e1nimo los que te brindo.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida glorios\u00edsimo, rey de hombres, Agamen\u00f3n! Luego podr\u00e1s regalarme estas cosas, como es justo, o retenerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso es que no perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la acci\u00f3n \u2011la gran empresa est\u00e1 a\u00fan por acabar\u2011, para que vean nuevamente a Aquiles entre los combatientes delanteros, aniquilando con su bronc\u00ednea lanza las falanges teucras. Y vosotros pensad tambi\u00e9n en combatir con los enemigos.<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3 el ingenioso Ulises:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no exhortes a los aqueos a que peleen en ayunas con los troyanos, cerca de Ilio; que no durar\u00e1 poco tiempo la batalla cuando las falanges vengan a las manos y la divinidad excite el valor de ambos ej\u00e9rcitos. Ord\u00e9nales, por el contrario, a los aqueos que en las veleras naves se harten de manjares y vino, pues esto da fuerza y valor. Estando en ayunas no puede el var\u00f3n combatir todo el d\u00eda, hasta la puesta del sol, con el enemigo; aunque su coraz\u00f3n lo desee, los miembros se le entorpecen sin que \u00e9l lo advierta, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan al andar. Pero el que pelea todo el d\u00eda con los enemigos, saciado de vino y de manjares, tiene en el pecho un coraz\u00f3n audaz y sus miembros no se cansan hasta que todos se han retirado de la lid. Ea, despide las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey de hombres, Agamen\u00f3n, traiga los regalos en medio del \u00e1gora para que los vean todos los aqueos con sus propios ojos y lo regocijes en el coraz\u00f3n; jure el Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subi\u00f3 al lecho de Briseide ni se junt\u00f3 con ella, como es costumbre, oh rey, entre hombres y mujeres; y t\u00fa, Aquiles, procura tener en el pecho un \u00e1nimo benigno. Que luego se te ofrezca en el campamento un espl\u00e9ndido banquete de reconciliaci\u00f3n, para que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida sea en adelante m\u00e1s justo con todos; pues no se puede reprender que se apacig\u00fce a un rey, a quien primero se injuri\u00f3.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo entonces el rey de hombres, Agamen\u00f3n:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Con agrado escuch\u00e9 tus palabras, Laert\u00edada, pues en todo lo que narraste y expusiste has sido oportuno. Quiero hacer el juramento; mi \u00e1nimo me lo aconseja, y no ser\u00e1 para un perjurio mi invocaci\u00f3n a la divinidad. Aquiles aguarde, aunque est\u00e9 impaciente por combatir, y los dem\u00e1s continuad reunidos aqu\u00ed hasta que traigan de mi tienda los presentes y consagremos con un sacrificio nuestra fiel amistad. A ti mismo lo te encargo y ordeno: escoge entre los j\u00f3venes aqueos los m\u00e1s principales; y, encamin\u00e1ndoos a mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos a Aquiles, sin dejar las mujeres. Y Taltibio, atravesando el anchuroso campamento aqueo, vaya a buscar y prepare un jabal\u00ed para inmolarlo a Zeus y al Sol.<\/p>\n<p>\u00a0 Replic\u00f3 Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida glorios\u00edsimo, rey de hombres, Agamen\u00f3n! Todo esto debierais hacerlo cuando se suspenda el combate y no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho. \u00a1Yacen insepultos los que mat\u00f3 H\u00e9ctor Pri\u00e1mida cuando Zeus le dio gloria, y vosotros nos aconsej\u00e1is que comamos! Yo mandar\u00eda a los aqueos que combatieran en ayunas, sin tomar nada; y que a la puesta del sol, despu\u00e9s de vengar la afrenta, celebraran un gran banquete. Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas, a causa de la muerte de mi compa\u00f1ero; el cual yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce, con los pies hacia el vest\u00edbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por esto, aquellas cosas en nada interesan a mi esp\u00edritu, sino tan s\u00f3lo la matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el ingenioso Ulises:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh Aquiles, hijo de Peleo, el m\u00e1s valiente de todos los aqueos! Eres m\u00e1s fuerte que yo y me superas no poco en el manejo de la lanza, pero te aventajo mucho en el pensar, porque nac\u00ed antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, tu coraz\u00f3n a lo que voy a decir. Pronto se cansan los hombres de pelear, si, haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo, la mies es escasa, porque Zeus, el \u00e1rbitro de la guerra humana, inclina al otro lado la balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre, pues siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los d\u00edas, \u00bfcu\u00e1ndo podr\u00edamos respirar sin pena? Se debe enterrar con \u00e1nimo firme al que muere y llorarle un d\u00eda, y luego cuantos hayan escapado del combate funesto piensen en comer y beber para vestir otra vez el indomable bronce y pelear continuamente y con m\u00e1s tes\u00f3n a\u00fan contra los enemigos. Ning\u00fan guerrero deje de salir aguardando otra exhortaci\u00f3n, que para su da\u00f1o la esperar\u00e1 quien se quede junto a las naves argivas. Vayamos todos juntos y excitemos al cruel Ares contra los troyanos, domadores de caballos.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; mand\u00f3 que le siguiesen los hijos del glorioso N\u00e9stor, Meges Filida, Toante, Meriones, Licomedes Creont\u00edada y Melanipo, y encamin\u00f3se con ellos a la tienda de Agamen\u00f3n Atrida. Y apenas hecha la proposici\u00f3n, ya estaba cumplida. Llev\u00e1ronse de la tienda los siete tr\u00edpodes que el Atrida hab\u00eda ofrecido, veinte calderas relucientes y doce caballos; a hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y a Briseide, la de hermosas mejillas, que fue la octava. Al volver, Ulises iba delante con los diez talentos de oro que \u00e9l mismo hab\u00eda pesado, y le segu\u00edan los j\u00f3venes aqueos con los presentes. Pusi\u00e9ronio todo en medio del \u00e1gora; alz\u00f3se Agamen\u00f3n, y al lado del pastor de hombres se puso Taltibio, cuya voz parec\u00eda la de una deidad, sujetando con la mano a un jabal\u00ed. El Atrida sac\u00f3 el cuchillo que llevaba colgado junto a la gran vaina de la espada, cort\u00f3 por primicias algunas cerdas del jabal\u00ed y or\u00f3, levantando las manos a Zeus; y todos los argivos, sentados en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. \u00c9ste, alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Sean testigos Zeus, el m\u00e1s excelso y poderoso de los dioses, y luego la Tierra, el Sol y las Erinias que debajo de la tierra castigan a los muertos que fueron perjuros, de que jam\u00e1s he puesto la mano sobre la joven Briseide para yacer con ella ni para otra cosa alguna, sino que en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare, env\u00edenme los dioses los much\u00edsimos males con que castigan al que, jurando, contra ellos peca.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y con el cruel bronce degoll\u00f3 el jabal\u00ed que Taltibio arroj\u00f3, haci\u00e9ndole dar vueltas, a gran abismo del espumoso mar para pasto de los peces. Y Aquiles, levant\u00e1ndose entre los belicosos argivos, habl\u00f3 en estos t\u00e9rminos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Zeus padre! Grandes son los infortunios que mandas a los hombres. Jam\u00e1s el Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni hubiese tenido poder para arrebatarme la joven contra mi voluntad; pero sin duda quer\u00eda Zeus que muriesen muchos aqueos. Ahora id a comer para que luego trabemos el combate.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed se expres\u00f3; y al momento disolvi\u00f3 el \u00e1gora. Cada uno volvi\u00f3 a su respectiva nave. Los magn\u00e1nimos mirmidones se hicieron cargo de los presentes, y, llev\u00e1ndolos hacia , el bajel del divino Aquiles, dej\u00e1ronlos en la tienda, dieron sillas a las mujeres, y servidores ilustres guiaron a los caballos al sitio en que los dem\u00e1s estaban.<\/p>\n<p>\u00a0Briseide, que a la \u00e1urea Afrodita se asemejaba, cuando vio a Patroclo atravesado por el agudo bronce, se ech\u00f3 sobre el mismo y prorrumpi\u00f3 en fuertes sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pecho, el delicado cuello y el f lindo rostro. Y, llorando aquella mujer semejante a una diosa, as\u00ed dec\u00eda:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh Patroclo, amigo car\u00edsimo al coraz\u00f3n de esta desventurada! Vivo te dej\u00e9 al partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver, oh pr\u00edncipe de hombres. \u00a1C\u00f3mo me persigue una desgracia tras otra! Vi al hombre a quien me entregaron mi padre y mi venerable madre, atravesado por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad; y los tres hermanos queridos que una misma madre me diera murieron tambi\u00e9n. Pero t\u00fa, cuando el ligero Aquiles mat\u00f3 a mi esposo y tom\u00f3 la ciudad del divino Mines, no me dejabas llorar, diciendo que lograr\u00edas que yo fuera la mujer leg\u00edtima del divino Aquiles, que \u00e9ste me llevar\u00eda en su nave a Ft\u00eda y que all\u00ed, entre los mirmidones, celebrar\u00edamos el banquete nupcial. Y ahora que has muerto no me cansar\u00e9 de llorar por ti, que siempre has sido afable.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente por Patroclo, y en realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se reunieron en torno de Aquiles y le suplicaron que comiera; pero \u00e9l se neg\u00f3, dando suspiros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Yo os ruego, si alguno de mis compa\u00f1eros quiere obedecerme a\u00fan, que no me invit\u00e9is a saciar\u2011el deseo de comer o de beber; porque un grave dolor se apodera de m\u00ed. Aguardar\u00e9 hasta la puesta del sol y soportar\u00e9 la fatiga.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed diciendo, despidi\u00f3 a los dem\u00e1s reyes, y s\u00f3lo se quedaron los dos Atridas, el divino Ulises, N\u00e9stor, Idomeneo y el anciano jinete F\u00e9nix para distraer a Aquiles, que estaba profundamente afligido. Pero nada pod\u00eda alegrar el coraz\u00f3n del h\u00e9roe, mientras no entrara en sangriento combate. Y acord\u00e1ndose de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspiros, y as\u00ed dec\u00eda:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011En otro tiempo, t\u00fa, infeliz, el m\u00e1s amado de los compa\u00f1eros, me serv\u00edas en esta tienda, diligente y sol\u00edcito, el agradable desayuno cuando los aqueos se daban prisa por traba el luctuoso combate con los troyanos, domadores de cabaIlos. Y ahora yaces, atravesado por el bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, a pesar de no faltarme, por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que supiera que ha muerto mi padre, el cual quiz\u00e1s llora all\u00e1 en Ft\u00eda por no tener a su lado un hijo como yo, mientras peleo con los troyanos en pa\u00eds extranjero a causa de la odiosa Helena; ni que falleciera mi hijo amado que se cr\u00eda en Esciro, si el deiforme Neopt\u00f3lemo vive todav\u00eda. Antes el coraz\u00f3n abrigaba en mi pecho la esperanza de que s\u00f3lo yo perecer\u00eda aqu\u00ed en Troya, lejos de Argos, criador de caballos, y de que t\u00fa, volviendo a Ft\u00eda, ir\u00edas en una veloz nave negra a Esciro, recoger\u00edas a mi hijo y le mostrar\u00edas todos mis bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo. Porque me figuro que Peleo ya no existe; y, si le queda un poco de vida, estar\u00e1 afligido, se ver\u00e1 abrumado por la odiosa vejez y temer\u00e1 siempre recibir la triste noticia de mi muerte.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se acordaba de aqu\u00e9llos a quienes hab\u00eda dejado en su respectivo palacio. El Croni\u00f3n, al verlos sollozar, se compadeci\u00f3 de ellos, y al instante dirigi\u00f3 a Atenea estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hija m\u00eda! Desamparas de todo en todo a ese eximio var\u00f3n. \u00bfAcaso tu esp\u00edritu ya no se cuida de Aquiles? H\u00e1llase junto a las naves de altas popas, llorando a su compa\u00f1ero amado; los dem\u00e1s se fueron a comer, y \u00e9l sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y derrama en su pecho un poco de n\u00e9ctar y ambros\u00eda para que el hambre no le atormente.<\/p>\n<p>\u00a0Con tales palabras instig\u00f3le a hacer lo que ella misma deseaba. Atenea emprendi\u00f3 el vuelo, cual si fuese un halc\u00f3n de anchas alas y aguda voz, desde el cielo a trav\u00e9s del \u00e9ter. Ya los aqueos se armaban en el ej\u00e9rcito, cuando la diosa derram\u00f3 en el pecho de Aquiles un poco de n\u00e9ctar y de ambros\u00eda deliciosa, para que el hambre molesta no hiciera flaquear las rodillas del h\u00e9roe; y en seguida regres\u00f3 al s\u00f3lido palacio del prepotente padre. Los guerreros afluyeron a un lugar algo distante de las veleras naves. Cuan numerosos caen los copos de nieve que env\u00eda Zeus y vuelan helados al impulso del B\u00f3reas, nacido en el \u00e9ter, en tan gran n\u00famero ve\u00edanse salir del recinto de las naves los refulgentes cascos, los abollonados escudos, las fuertes corazas y las lanzas de fresno. El brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra se mostraba risue\u00f1a por los rayos que el bronce desped\u00eda, y un gran ruido se levantaba de los pies de los guerreros. Arm\u00e1base entre \u00e9stos el divino Aquiles: rechin\u00e1ndole los dientes, con los ojos centelleantes como encendida llama y el coraz\u00f3n traspasado por insoportable dolor, lleno de ira contra los troyanos, vest\u00eda el h\u00e9roe la armadura regalo del dios Hefesto, que la hab\u00eda fabricado. P\u00fasose en las piernas elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegi\u00f3 su pecho con la coraza; colg\u00f3 del hombro una espada de bronce guarnecida con arg\u00e9nteos clavos y embraz\u00f3 el grande y fuerte escudo cuyo resplandor semejaba desde lejos al de la luna. Como aparece el fuego encendido en un sitio solitario en lo alto de un monte a los navegantes que vagan por el mar, abundante en peces, porque las tempestades los alejaron de sus amigos; de la misma manera, el resplandor del hermoso y labrado escudo de Aquiles llegaba al \u00e9ter. Cubri\u00f3 despu\u00e9s la cabeza con el fornido yelmo de crines de caballo que brillaba como un astro; y a su alrededor ondearon las \u00e1ureas y espesas crines que Hefesto hab\u00eda colocado en la cimera. El divino Aquiles prob\u00f3 si la armadura se le ajustaba, y si, Ilev\u00e1ndola puesta, mov\u00eda con facilidad los miembros; y las armas vinieron a ser como alas que levantaban al pastor de hombres. Sac\u00f3 del estuche la lanza paterna, pesada, grande y robusta, que entre todos los aqueos solamente \u00e9l pod\u00eda manejar: hab\u00eda sido cortada de un fresno de la cumbre del Pelio y regalada por Quir\u00f3n al padre de Aquiles para que con ella matara h\u00e9roes. En tanto, Automedonte y \u00c1lcimo se ocupaban en uncir los caballos: sujet\u00e1ronlos con hermosas correas, les pusieron el freno en la boca y tendieron las riendas hacia atr\u00e1s, at\u00e1ndolas al fuerte asiento. Sin dilaci\u00f3n cogi\u00f3 Automedonte el magn\u00edfico l\u00e1tigo y salt\u00f3 al carro. Aquiles, cuya armadura reluc\u00eda como el f\u00falgido Hiperi\u00f3n, subi\u00f3 tambi\u00e9n y exhort\u00f3 con horribles voces a los caballos de su padre:<\/p>\n<p>\u2011\u00bfJanto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo a la muchedumbre de los d\u00e1naos al que hoy os gu\u00eda cuando nos hayamos saciado de combatir, y no le dej\u00e9is muerto all\u00e1 como a Patroclo.<\/p>\n<p>\u00a0Y Janto, el corcel de ligeros pies, baj\u00f3 la cabeza \u2011sus crines, cayendo en torno de la extremidad del yugo, llegaban al suelo, y, habi\u00e9ndole dotado de voz Hera, la diosa de los n\u00edveos brazos, respondi\u00f3 desde debajo del yugo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Hoy te salvaremos a\u00fan, impetuoso Aquiles; pero est\u00e1 cercano el d\u00eda de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros, sino un dios poderoso y la Parca cruel. No fue por nuestra lentitud ni por nuestra pereza que los troyanos quitaron la armadura de los hombros de Patroclo; sino que el m\u00e1s fuerte de los dioses, a quien pari\u00f3 Leto, la de hermosa cabellera, mat\u00f3le entre los combatientes delanteros y dio gloria a H\u00e9ctor. Nosotros correr\u00edamos tan veloces como el soplo del C\u00e9firo, que es tenido por el m\u00e1s r\u00e1pido. Pero tambi\u00e9n t\u00fa est\u00e1s destinado a sucumbir a manos de un dios y de un hombre.<\/p>\n<p>\u00a0Dichas estas palabras, las Erinias le cortaron la voz. Y muy indignado, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Janto! \u00bfPor qu\u00e9 me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Ya s\u00e9 que mi destino es perecer aqu\u00ed, lejos de mi padre y de mi madre; mas, con todo eso, no he de descansar hasta que harte de combate a los troyanos.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y, dando voces, dirigi\u00f3 los sol\u00edpedos caballos por las primeras filas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO XIX Renunciamiento de la c\u00f3lera Pertrechado con la armadura que le hab\u00eda fabricado Hefesto, Aquiles se reconcilia con Agamen\u00f3n. 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