{"id":941,"date":"2010-11-27T22:35:51","date_gmt":"2010-11-27T20:35:51","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=941"},"modified":"2010-11-27T22:35:51","modified_gmt":"2010-11-27T20:35:51","slug":"%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xvii-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xvii-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (XVII) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO XVII<\/strong><\/p>\n<p><strong>Principal\u00eda de Menelao<\/strong><\/p>\n<p>Se entabla un encarnizado combate entre aqueos y troyanos para apoderarse de las arenas y el cad\u00e1ver de Patroclo. Por fin, Menelao y Meriones, protegidos por los dos Ayante, cargan a sus espaldas con el cad\u00e1ver de Patroclo y se lo llevan al campamento.<\/p>\n<p>\u00a0No dej\u00f3 de advertir el Atrida Menelao, caro a Ares, que Patroclo hab\u00eda sucumbido en la lid a manos de los troyanos; y, armado de luciente bronce, se abri\u00f3 camino por los combatientes delanteros y empez\u00f3 a moverse en torno del cad\u00e1ver para defenderlo. Como la vaca primeriza da vueltas alrededor de su becerrillo mugiendo tiernamente, porque antes ignoraba lo que era el parto, de semejante manera bull\u00eda el rubio Menelao cerca de Patroclo. Y coloc\u00e1ndose delante del muerto, enhiesta la lanza y embrazado el liso escudo, se aprestaba a matar a quien se le opusiera. Tampoco Euforbo, el h\u00e1bil lancero hijo de P\u00e1ntoo, se descuid\u00f3 al ver en el suelo al eximio Patroclo, sino que se detuvo a su lado y dijo a Menelao, caro a Ares:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida Menelao, alumno de Zeus, pr\u00edncipe de hombres! Ret\u00edrate, suelta el cad\u00e1ver y desampara estos sangrientos despojos; pues, en la re\u00f1ida pelea, ninguno de los troyanos ni de los auxiliares ilustres envas\u00f3 su lanza a Patroclo antes que yo lo hiciera. D\u00e9jame alcanzar inmensa gloria entre los troyanos. No sea que, hiri\u00e9ndote, te quite la dulce vida.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le muy indignado el rubio Menelao:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Padre Zeus! No es bueno que nadie se vanaglorie con tanta soberbia. Ni la pantera, ni el le\u00f3n, ni el da\u00f1ino jabal\u00ed que tienen gran \u00e1nimo en el pecho y est\u00e1n orgullosos de su fuerza se presentan tan osados como los h\u00e1biles lanceros hijos de P\u00e1ntoo. Pero el fuerte Hiperenor, domador de caballos, no sigui\u00f3 gozando de su juventud cuando me aguard\u00f3, despu\u00e9s de injuriarme diciendo que yo era el m\u00e1s cobarde de los guerreros d\u00e1naos, y no creo que haya podido volverse con sus pies para regocijar a su esposa y a sus venerandos padres. Del mismo modo te quitar\u00e9 la vida a ti, si osas afrontarme, y te aconsejo que vuelvas a tu ej\u00e9rcito y no te pongas delante, pues el necio s\u00f3lo conoce el mal cuando ya est\u00e1 hecho.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3, sin persuadir a Euforbo, que contest\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Menelao, alumno de Zeus, ahora pagar\u00e1s la muerte de mi hermano, de que canto te jactas. Dejaste viuda a su mujer en el reciente t\u00e1lamo; causaste a nuestros padres llanto y dolor profundo. Yo conseguir\u00eda que aquellos infelices cesaran de llorar, si, llev\u00e1ndome tu cabeza y tus armas, las pusiera en las manos de P\u00e1ntoo y de la divina Frontis. Pero no se diferir\u00e1 mucho tiempo el combate, ni quedar\u00e1 sin decidir qui\u00e9n haya de ser el vencedor y qui\u00e9n el vencido.<\/p>\n<p>\u00a0Dicho esto, dio un bote en el escudo liso del Atrida, pero no pudo romper el bronce, porque la punta se torci\u00f3 al chocar con el fuerte escudo. El Atrida Menelao acometi\u00f3, a su vez, con la pica, orando al padre Zeus, y, al ir Euforbo a retroceder, se la clav\u00f3 en la parte inferior de la garganta, empuj\u00f3 el asta con la robusta mano y la punta atraves\u00f3 el delicado cuello. Euforbo cay\u00f3 con estr\u00e9pito, resonaron sus armas y se mancharon de sangre sus cabellos, semejantes a los de las Gracias, y los rizos, que llevaba sujetos con anillos de oro y plata. Cual frondoso olivo que, plantado por el Labrador en un lugar solitario donde abunda el agua, crece hermoso, es mecido por vientos de toda clase y se cubre de blancas flores; y, viniendo de repente el hurac\u00e1n, te arranca de la tierra y te tiende en el suelo; as\u00ed el Atrida Menelao dio muerte a Euforbo, hijo de P\u00e1ntoo y h\u00e1bil lancero, y en seguida comenz\u00f3 a quitarle la armadura.<\/p>\n<p>\u00a0Como un montaraz le\u00f3n, confiado en su fuerza, coge del reba\u00f1o que est\u00e1 paciendo la mejor vaca, le rompe la cerviz con Los fuertes dientes, y, despedaz\u00e1ndola, traga la sangre y todas las entra\u00f1as; y as\u00ed los perros como los pastores gritan mucho a su alrededor, pero de lejos, sin atreverse a ir contra la fiera porque el p\u00e1lido temor los domina, de la misma manera ninguno tuvo bastante \u00e1nimo en su pecho para salir al encuentro del glorioso Menelao. Y el Atrida se habr\u00eda llevado f\u00e1cilmente las magn\u00edficas armas del Pantoida, si no te hubiese impedido Febo Apolo; el cual, tomando la figura de Mentes, caudillo de los c\u00edcones, suscit\u00f3 contra aqu\u00e9l a H\u00e9ctor, igual al veloz Ares, con estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor! T\u00fa corres ahora tras lo que no es posible alcanzar: los corceles del aguerrido E\u00e1cida. Dif\u00edcil es que ninguno ni de los hombres ni de los dioses los sujete y sea por ellos llevado, fuera de Aquiles, que tiene una madre inmortal. Y en tanto, Menelao, belicoso hijo de Atreo, que defiende el cad\u00e1ver de Patroclo, ha muerto a uno de los m\u00e1s esforzados troyanos, a Euforbo Pantoida, acabando con el impetuoso valor de este caudillo.<\/p>\n<p>\u00a0El dios, habiendo hablado as\u00ed, volvi\u00f3 a la batalla. H\u00e9ctor sinti\u00f3 profundo dolor en las negras entra\u00f1as, oje\u00f3 las hileras y vio en seguida al Atrida que despojaba de la espl\u00e9ndida armadura a Euforbo, y a \u00e9ste tendido en el suelo y vertiendo sangre por la herida. Acto continuo, armado como se hallaba de luciente bronce y dando agudos gritos, abri\u00f3se paso por los combatientes delanteros cual si fuese una llama inextinguible encendida por Hefesto. No le pas\u00f3 inadvertido al hijo de Atreo, que gimi\u00f3 al o\u00edr las voces, y a su magn\u00e1nimo esp\u00edritu as\u00ed le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ay de m\u00ed! Si abandono estas magn\u00edficas armas y a Patrocio, que por vengarme yace aqu\u00ed tendido, temo que se irritar\u00e1 cualquier d\u00e1nao que lo presencie. Y si por verg\u00fcenza peleo con H\u00e9ctor y Los troyanos, como ellos son muchos y yo estoy solo, quiz\u00e1s me cerquen; pues H\u00e9ctor, el de tremolaiite casco, trae aqu\u00ed a todos Los troyanos. Mas \u00bfpor qu\u00e9 el coraz\u00f3n me hace pensar en tales cosas? Cuando, oponi\u00e9ndose a la divinidad, el hombre lucha con un guerrero protegido por alg\u00fan dios, pronto le sobreviene grave da\u00f1o. As\u00ed, pues, ninguno de Los d\u00e1naos se irritar\u00e1 conmigo porque me vean ceder a H\u00e9ctor, que combate amparado por Las deidades. Pero, si a mis o\u00eddos llegara la voz de Ayante, valiente en la pelea, volver\u00eda aqu\u00ed con \u00e9l y s\u00f3lo pensar\u00edamos en luchar, aunque fuese contra un dios, para ver si logr\u00e1bamos arrastrar el cad\u00e1ver y entregarlo al Pelida Aquiles. Ser\u00eda esto lo mejor para hacer llevaderos los presentes males.<\/p>\n<p>\u00a0Mientras tales pensamientos revolv\u00eda en su mente y en su coraz\u00f3n, llegaron las huestes de los troyanos, acaudilladas por H\u00e9ctor. Menelao dej\u00f3 el cad\u00e1ver y retrocedi\u00f3, volvi\u00e9ndose de cuando en cuando. Como el melenudo le\u00f3n, a quien alejan del establo los canes y los hombres con gritos y venablos, siente que el coraz\u00f3n audaz se le encoge y abandona de mala gana el redil; de la misma suerte apart\u00e1base de Patroclo el rubio Menelao, quien, al juntarse con sus amigos, se detuvo, volvi\u00f3 la cara a los troyanos y busc\u00f3 con los ojos al gran Ayante, hijo de Telam\u00f3n. Pronto le distingui\u00f3 a la izquierda de la batalla, donde animaba a sus compa\u00f1eros y les incitaba a pelear, pues Febo Apolo les hab\u00eda infundido un gran terror. Corri\u00f3 a encontrarle; y, poni\u00e9ndose a su lado, le dijo estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ayante! Ven, amigo; apresur\u00e9monos a combatir por Patroclo muerto, y quiz\u00e1s podamos llevar a Aquiles el cad\u00e1ver desnudo, pues las armas las tiene H\u00e9ctor, el de tremolante casco.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; y conmovi\u00f3 el coraz\u00f3n del aguerrido Ayante, que atraves\u00f3 al momento las primeras filas junto con el rubio Menelao. H\u00e9ctor hab\u00eda despojado a Patroclo de las magn\u00edficas armas y se lo llevaba arrastrando, para separarle con el agudo bronce la cabeza de los hombros y entregar el cad\u00e1ver a los perros de Troya. Pero acerc\u00f3sele Ayante con su escudo como una torre; y H\u00e9ctor, retrocediendo, lleg\u00f3 al grupo de sus amigos, salt\u00f3 al carro y entreg\u00f3 las magn\u00edficas armas a los troyanos para que las llevaran a la ciudad, donde hab\u00edan de causarle inmensa gloria. Ayante cubri\u00f3 con su gran escudo al Menec\u00edada y se mantuvo firme. Como el le\u00f3n anda en torno de sus cachorros cuando llev\u00e1ndolos por el bosque le salen al encuentro los cazadores, y, haciendo gala de su fuerza, baja los p\u00e1rpados ocultando sus ojos, de aquel modo corr\u00eda Ayante alrededor del h\u00e9roe Patroclo. En la parte opuesta hall\u00e1base el Atrida Menelao, caro a Ares, en cuyo pecho el dolor iba creciendo.<\/p>\n<p>\u00a0Glauco, hijo de Hip\u00f3loco, caudillo de los licios, dirigi\u00f3 entonces la torva faz a H\u00e9ctor, y le increp\u00f3 con estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor, el de m\u00e1s hermosa figura, muy falto est\u00e1s del valor que la guerra demanda! Inmerecida es tu buena fama, cuando solamente sabes huir. Piensa c\u00f3mo en adelante defender\u00e1s la ciudad y sus habitantes, solo y sin m\u00e1s auxilio que los hombres nacidos en Ilio. Ninguno de los licios ha de pelear ya con los d\u00e1naos en favor de la ciudad, puesto que para nada se agradece el combatir siempre y sin descanso contra el enemigo. \u00bfC\u00f3mo, oh cruel, salvar\u00e1s en la turba a un obscuro combatiente, si dejas que Sarped\u00f3n, hu\u00e9sped y amigo tuyo, llegue a ser presa y bot\u00edn de los argivos? Mientras estuvo vivo, prest\u00f3 grandes servicios a la ciudad y a ti mismo; y ahora no te atreves a apartar de su cad\u00e1ver a los perros. Por esto, si los licios me obedecieren, volver\u00edamos a nuestra patria, y la ruina m\u00e1s espantosa amenazar\u00eda a Troya. Mas, si ahora tuvieran los troyanos el valor audaz a intr\u00e9pido que suelen mostrar los que por la patria sostienen contiendas y luchas con los enemigos, pronto arrastrar\u00edamos el cad\u00e1ver de Patroclo hasta Ilio. Y en seguida que el cuerpo de \u00e9ste fuera retirado del campo y conducido a la gran ciudad del rey Pr\u00edamo, los argivos nos entregar\u00edan, para rescatarlo, las hermosas armas de Sarped\u00f3n, y tambi\u00e9n podr\u00edamos llevar a Ilio el cad\u00e1ver del h\u00e9roe; pues Patroclo fue escudero del argivo m\u00e1s valiente que hay en las naves, como asimismo lo son sus tropas, que combaten cuerpo a cuerpo. Pero t\u00fa no osaste esperar al magn\u00e1nimo Ayante, ni resistir su mirada en la lucha, ni combatir con \u00e9l, porque te aventaja en fortaleza.<\/p>\n<p>\u00a0Mir\u00e1ndole con torva faz, respondi\u00f3 H\u00e9ctor, el de tremolante casco:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Glauco! \u00bfPor qu\u00e9, siendo cual eres, hablas con tanta soberbia? \u00a1Oh dioses! Te consideraba como el hombre de m\u00e1s seso de cuantos viven en la f\u00e9rtil Licia, y ahora he de reprenderte por lo que pensaste y dijiste al asegurar que no puedo sostener la acometida del ingente Ayante. Nunca me espant\u00f3 la batalla, ni el ruido de los caballos; pero siempre el pensamiento de Zeus, que lleva la \u00e9gida, es m\u00e1s eficaz que el de los hombres, y el dios pone en fuga al var\u00f3n esforzado y le quita f\u00e1cilmente la victoria, aunque \u00e9l mismo le haya incitado a combatir. Mas, ea, ven ac\u00e1, amigo, ponte a mi lado, contempla mis hechos, y ver\u00e1s si ser\u00e9 cobarde en la batalla, como has dicho, aunque dure todo el d\u00eda; o si har\u00e9 que alguno de los d\u00e1naos, no obstante su ardimiento y valor, cese de defender el cad\u00e1ver de Patroclo.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando as\u00ed hubo hablado, exhort\u00f3 a los troyanos, dando grandes voces:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Troyanos, licios, d\u00e1naos, que cuerpo a cuerpo pele\u00e1is! Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor, mientras visto las armas hermosas del eximio Aquiles, de que despoj\u00e9 al fuerte Patroclo despu\u00e9s de matarlo.<\/p>\n<p>\u00a0Dichas estas palabras, H\u00e9ctor, el de tremolante casco, sali\u00f3 de la funesta lid, y, corriendo con ligera planta, alcanz\u00f3 pronto y no muy lejos a sus amigos que llevaban hacia la ciudad las magn\u00edficas armas del hijo de Peleo. All\u00ed, fuera del luctuoso combate se detuvo y cambi\u00f3 de armadura: entreg\u00f3 la propia a los belicosos troyanos, para que la dejaran en la sacra Ilio, y visti\u00f3 las armas divinas del Pelida Aquiles, que los dioses celestiales dieron a Peleo, y \u00e9ste, ya anciano, cedi\u00f3 a su hijo, quien no hab\u00eda de usarlas tanto tiempo que llegara a la vejez llev\u00e1ndolas todav\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando Zeus, que amontona las nubes, vio que H\u00e9ctor, apart\u00e1ndose, vest\u00eda las armas del divino Pelida, moviendo la cabeza, habl\u00f3 consigo mismo y dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u00ab\u00a1Ah, m\u00edsero! No piensas en la muerte, que ya se halla cerca de ti, y vistes las armas divinas de un hombre valent\u00edsimo a quien todos temen. Has muerto a su amigo, tan bueno como fuerte, y le has quitado ignominiosamente la armadura de la cabeza y de los hombros. Mas todav\u00eda dejar\u00e9 que alcances una gran victoria como compensaci\u00f3n de que Andr\u00f3maca no recibir\u00e1 de tus manos, volviendo t\u00fa del combate, las magn\u00edficas armas del Peli\u00f3n\u00bb.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo el Croni\u00f3n, y baj\u00f3 las negras cejas en se\u00f1al de asentimiento. La armadura de Aquiles le vino bien a H\u00e9ctor, apoder\u00f3se de \u00e9ste un terrible furor b\u00e9lico, y sus miembros se vigorizaron y fortalecieron; y el h\u00e9roe, dando recias voces, enderez\u00f3 sus pasos a los aliados ilustres y se les present\u00f3 con las resplandecientes armas del magn\u00e1nimo Peli\u00f3n. Y acerc\u00e1ndose a cada uno para animarlos con sus palabras \u2011a Mestles, Glauco, Medonte, Ters\u00edloco, Asteropeo, Dis\u00e9nor, Hip\u00f3too, Forcis, Cromio y el augur \u00c9nnomo\u2011, los instig\u00f3 con estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1O\u00edd, tribus inn\u00fameras de aliados que habit\u00e1is alrededor de Troya! No ha sido por el deseo ni por la necesidad de reunir una muchedumbre por lo que os he tra\u00eddo de vuestras ciudades, sino para que defend\u00e1is animosamente de los belicosos aqueos a las esposas y a los tiernos infantes de los troyanos. Con este pensamiento abrumo a mi pueblo y le exijo dones y v\u00edveres para excitar vuestro valor. Ahora cada uno haga frente y embista al enemigo, ya muera, ya se salve, que tales son los lances de la guerra. Al que arrastre el cad\u00e1ver de Patrocio hasta las filas de los troyanos, domadores de caballos, y haga ceder a Ayante, le dar\u00e9 la mitad de los despojos, reserv\u00e1ndome la otra mitad, y su gloria ser\u00e1 tan grande como la m\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Todos arremetieron con las picas levantadas y cargaron sobre los d\u00e1naos, pues ten\u00edan grandes esperanzas de arrancar el cuerpo de Patroclo de las manos de Ayante Telamon\u00edada. \u00a1Insensatos! Sobre el mismo cad\u00e1ver, Ayante hizo perecer a muchos de ellos. Y este h\u00e9roe dijo entonces a Menelao, valiente en la pelea:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh amigo, oh Menelao, alumno de Zeus! Ya no espero que salgamos con vida de esta batalla. Ni temo tanto por el cad\u00e1ver de Patroclo, que pronto saciar\u00e1 en Troya a los perros y aves de rapi\u00f1a, cuanto por tu cabeza y por la m\u00eda; pues el nublado de la guerra, H\u00e9ctor, todo to cubre, y a nosotros nos espera una muerte cruel. Ea, llama a los m\u00e1s valientes d\u00e1naos, por si alguno lo oye.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Menelao, valiente en la pelea, no desobedeci\u00f3; y, alzando recio la voz, dijo a los d\u00e1naos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh amigos, capitanes y pr\u00edncipes de los argivos, los que beb\u00e9is en la tienda de los Atridas Agamen\u00f3n y Menelao el vino que el pueblo paga, mand\u00e1is las tropas y os viene de Zeus el honor y la gloria! Me es dif\u00edcil ver a cada uno de los caudillos. \u00a1Tan grande es el combate que aqu\u00ed se ha empe\u00f1ado! Pero acercaos vosotros, indign\u00e1ndoos en vuestro coraz\u00f3n de que Patroclo llegue a ser juguete de los perros troyanos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Oy\u00f3le en seguida el veloz Ayante de Oileo, y acudi\u00f3 antes que nadie, corriendo a trav\u00e9s del campo. Sigui\u00e9ronle Idomeneo y su escudero Meriones, igual al homicida Enialio. \u00bfY qui\u00e9n podr\u00eda retener en la memoria y decir los nombres de cuantos aqueos fueron llegando para reanimar la pelea?<\/p>\n<p>\u00a0Los troyanos acometieron apinados, con H\u00e9ctor a su frente. Como en la desembocadura de un r\u00edo que las celestiales lluvias alimentan, las ingentes olas chocan bramando contra la corriente del mismo, refluyen al mar y las altas orillas resuenan en torno; con una griter\u00eda tan grande marchaban los troyanos. Mientras tanto, los aqueos permanec\u00edan firmes alrededor del cad\u00e1ver del Menec\u00edada, conservando el mismo \u00e1nimo y defendi\u00e9ndose con los escudos de bronce; y el Croni\u00f3n rode\u00f3 de espesa niebla sus relucientes cascos, porque nunca hab\u00eda aborrecido al Menec\u00edada mientras vivi\u00f3 y fue servidor del E\u00e1cida, y entonces ve\u00eda con desagrado que el cad\u00e1ver pudiera llegar a ser juguete de los perros troyanos. Por esto el dios incitaba a los compa\u00f1eros a que lo defendieran.<\/p>\n<p>\u00a0En un principio, los troyanos rechazaron a los aqueos, de ojos vivos, y \u00e9stos, desamparando al muerto, huyeron espantados. Y si bien los altivos troyanos no consiguieron matar con sus lanzas a ning\u00fan aqueo, como deseaban, empezaron a arrastrar el cad\u00e1ver. Poco tiempo deb\u00edan los aqueos permanecer alejados de \u00e9ste, pues los hizo volver Ayante; el cual, as\u00ed por su figura, como por sus obras, era el mejor de los d\u00e1naos, despu\u00e9s del eximio Peli\u00f3n. Atraves\u00f3 el h\u00e9roe las primeras Filas, y parecido por su bravura al jabal\u00ed que en el monte dispersa f\u00e1cilmente, dando vueltas por los matorrales, a los perros y a los florecientes mancebos, de la misma manera el esclarecido Ayante, hijo del ilustre Telam\u00f3n, acometi\u00f3 y dispers\u00f3 las falanges de troyanos que se agitaban en torno de Patroclo con el decidido prop\u00f3sito de llevarlo a la ciudad y alcanzar gloria.<\/p>\n<p>\u00a0Hip\u00f3too, hijo preclaro del pelasgo Leto, hab\u00eda atado una correa a un tobillo de Patroclo, alrededor de los tendones; y arrastraba el cad\u00e1ver por el pie, a trav\u00e9s del re\u00f1ido combate, para congraciarse con H\u00e9ctor y los troyanos. Pronto le ocurri\u00f3 una desgracia, de que nadie, por m\u00e1s que lo deseara, pudo librarlo. Pues el hijo de Telam\u00f3n, acometi\u00e9ndole por entre la turba, le hiri\u00f3 de cerca por el casco de bronc\u00edneas carrilleras: el casco, guarnecido de un penacho de crines de caballo, se quebr\u00f3 al recibir el golpe de la gran lanza manejada por la robusta mano; el cerebro fluy\u00f3 sanguinolento por la herida, a lo largo del asta; el guerrero perdi\u00f3 las fuerzas, dej\u00f3 escapar de sus manos al suelo el pie del magn\u00e1nimo Patroclo, y cay\u00f3 de pechos, junto al cad\u00e1ver, lejos de la f\u00e9rtil Larisa; y as\u00ed no pudo pagar a sus progenitores la crianza, ni fue larga su vida, porque sucumbi\u00f3 vencido por la lanza del magn\u00e1nimo Ayante. A su vez, H\u00e9ctor arroj\u00f3 la reluciente lanza a Ayante, pero \u00e9ste, al notarlo, hurt\u00f3 un poco el cuerpo, y la bronc\u00ednea arma alcanz\u00f3 a Esquedio, hijo del magn\u00e1nimo \u00edfito y el m\u00e1s valiente de los focios, que ten\u00eda su casa en la c\u00e9lebre Panopeo y reinaba sobre muchos hombres: clav\u00f3se la bronc\u00ednea punta debajo de la clav\u00edcula y, atraves\u00e1ndola, sali\u00f3 por la extremidad del hombro. El guerrero cay\u00f3 con estr\u00e9pito, y sus armas resonaron.<\/p>\n<p>\u00a0Ayante hiri\u00f3 en medio del vientre al aguerrido Forcis, hijo de F\u00e9nope, que defend\u00eda el cad\u00e1ver de Hip\u00f3too; y el bronce rompi\u00f3 la cavidad de la coraza y desgarr\u00f3 las entra\u00f1as: el troyano, ca\u00eddo en el polvo, cogi\u00f3 el suelo con las manos. Arredr\u00e1ronse los combatientes delanteros y el esclarecido H\u00e9ctor; y los argivos dieron grandes voces, retiraron los cad\u00e1veres de Forcis y de Hip\u00f3too, y quitaron de sus hombros las respectivas armaduras.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces los troyanos hubieran vuelto a entrar en Ilio, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por su cobard\u00eda; y los argivos hubiesen alcanzado gloria, contra la voluntad de Zeus, por su fortaleza y su valor; pero el mismo Apolo instig\u00f3 a Eneas, tomando la figura del heraldo Perifante Ep\u00edtida, que hab\u00eda envejecido ejerciendo de pregonero en la casa del padre del h\u00e9roe y sab\u00eda dar saludables consejos. As\u00ed transfigurado, habl\u00f3 Apolo, hijo de Zeus, diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Eneas! \u00bfDe qu\u00e9 modo podr\u00edais salvar la excelsa Ilio, hasta si un dios se opusiera? Como he visto hacerlo a otros varones que confiaban en su fuerza y vigor, en su bravura y en la muchedumbre de tropas formadas por un pueblo intr\u00e9pido. Mas, al presente, Zeus desea que la victoria quede por vosotros y no por los d\u00e1naos; y vosotros hu\u00eds temblando, sin combatir.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Eneas, como viera delante de s\u00ed a Apolo, el que hiere de lejos, le reconoci\u00f3, y a grandes voces dijo a H\u00e9ctor:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor y dem\u00e1s caudillos de los troyanos y sus aliados! Es una verg\u00fcenza que entremos en Ilio, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por nuestra cobard\u00eda. Una deidad ha venido a decirme que Zeus, el \u00e1rbitro supremo, ser\u00e1 a\u00fan nuestro auxiliar en la batalla. Marchemos, pues, en derechura a los d\u00e1naos, para que no se lleven tranquilamente a las naves el cad\u00e1ver de Patroclo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3; y, saltando mucho m\u00e1s all\u00e1 de los combatientes delanteros, se detuvo. Los troyanos volvieron la cara y afrontaron a los aqueos. Entonces Eneas dio una lanzada a Le\u00f3crito, hijo de Arisbante y compa\u00f1ero valiente de Licomedes. Al verlo derribado en tierra, compadeci\u00f3se Licomedes, caro a Ares; y, par\u00e1ndose muy cerca del enemigo, arroj\u00f3 la reluciente lanza, hiri\u00f3 en el h\u00edgado, debajo del diafragma, a Apisa\u00f3n Hip\u00e1sida, pastor de hombres, y le dej\u00f3 sin vigor las rodillas: este guerrero proced\u00eda de la f\u00e9rtil Peonia, y era, despu\u00e9s de Asteropeo, el que m\u00e1s descollaba en el combate. Vioto caer el belicoso Asteropeo, y, apiad\u00e1ndose, corri\u00f3 hacia \u00e9l, dispuesto a pelear con los d\u00e1naos. Mas no le fue posible; pues cuantos rodeaban por todas partes a Patroclo se cubr\u00edan con los escudos y calaban las lamas. Ayante recorr\u00eda las filas y daba muchas \u00f3rdenes: mandaba que ninguno retrocediese, abandonando el cad\u00e1ver, ni combatiendo se adelantara a los dem\u00e1s aqueos, sino que todos rodearan al muerto y pelearan de cerca. As\u00ed se lo encargaba el ingente Ayante. La tierra estaba regada de purp\u00farea sangre y ca\u00edan muertos, unos en pos de otros, muchos troyanos, poderosos auxiliares, y d\u00e1naos; pues estos \u00faltimos no peleaban sin derramar sangre, aunque perec\u00edan en mucho menor n\u00famero porque cuidaban siempre de defenderse rec\u00edprocamente en medio de la turba, para evitar la cruel muerte.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed combat\u00edan, con el ardor del fuego. No hubieras dicho que a\u00fan subsistiesen el sol y luna, pues hall\u00e1banse cubiertos por la niebla todos los guerreros ilustres que peleaban alrededor del cad\u00e1ver del Menec\u00edada. Los restantes troyanos y aqueos, de hermosas grebas, libres de la obscuridad, luchaban al cielo sereno: los vivos rayos del sol her\u00edan el campo, sin que apareciera ninguna nube sobre la tierra ni en las monta\u00f1as, y ellos combat\u00edan y descansaban alternativamente, hall\u00e1ndose a gran distancia unos de otros y procurando librarse de los dolorosos tiros que les dirig\u00edan los contrarios. Y en tanto, los del centro padec\u00edan muchos males a causa de la niebla y del combate, y los m\u00e1s valientes estaban da\u00f1ados por el cruel bronce. Dos varones insignes, Trasimedes y Ant\u00edloco, ignoraban a\u00fan que el eximio Patroclo hubiese muerto y cre\u00edan que, vivo a\u00fan, luchaba con los troyanos en la primera fila. Ambos, aunque estaban en la cuenta de que sus compa\u00f1eros eran muertos o derrotados, peleaban separadamente de los dem\u00e1s; que as\u00ed se to hab\u00eda ordenado N\u00e9stor, cuando desde las negras naves los envi\u00f3 a la batalla.<\/p>\n<p>\u00a0Todo el d\u00eda sostuvieron la gran contienda y el cruel combate. Cansados y sudosos ten\u00edan las rodillas, las piernas y m\u00e1s abajo los pies, y manchados de polvo las manos y los ojos, cuantos peleaban en torno del valiente servidor del E\u00e1cida, de pies ligeros. Como un hombre da a los obreros, para que la estiren, una piel grande de toro cubierta de grasa, y ellos, cogi\u00e9ndola, se distribuyen a su alrededor, y tirando todos sale la humedad, penetra la grasa y la piel queda perfectamente extendida por todos lados, de la misma manera tiraban aqu\u00e9llos del cad\u00e1ver ac\u00e1 y acull\u00e1, en un reducido espacio, y ten\u00edan grandes esperanzas de arrastrarlo los troyanos hacia Ilio, y los aqueos a las c\u00f3ncavas naves. Un tumulto feroz se produc\u00eda alrededor del muerto; y ni Ares, que enardece a los guerreros, ni Atenea por airada que estuviera, habr\u00edan hallado nada que baldonar, si lo hubiesen presenciado: tal funesto combate de hombres y caballos suscit\u00f3 Zeus aquel d\u00eda sobre el cad\u00e1ver de Patroclo. El divino Aquiles ignoraba a\u00fan la muerte del h\u00e9roe, porque la pelea se hab\u00eda empe\u00f1ado muy lejos de las veleras naves, al pie del muro de Troya. No se figuraba que hubiese muerto, sino que despu\u00e9s de acercarse a las puertas volver\u00eda vivo; porque tampoco esperaba que llegara a tomar la ciudad, ni solo, ni con \u00e9l mismo. As\u00ed se lo hab\u00eda o\u00eddo muchas veces a su madre cuando, habl\u00e1ndole separadamente de los dem\u00e1s, le revelaba el pensamiento del gran Zeus. Pero entonces la diosa no le anunci\u00f3 la gran desgracia que acababa de ocurrir: la muerte del compa\u00f1ero a quien m\u00e1s amaba.<\/p>\n<p>\u00a0Los combatientes, blandiendo afiladas lanzas, se acomet\u00edan continuamente alrededor del cad\u00e1ver; y unos a otros se mataban. Y hubo quien entre los aqueos, de bronc\u00edneas corazas, habl\u00f3 de esta manera:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh amigos! No ser\u00eda para nosotros acci\u00f3n gloriosa la de volver a las c\u00f3ncavas naves. Antes la negra tierra se nos trague a todos; que preferible fuera, si hemos de permitir a los troyanos, domadores de caballos, que arrastren el cad\u00e1ver a la ciudad y alcancen gloria.<\/p>\n<p>\u00a0Y a su vez alguno de los magn\u00e1nimos troyanos as\u00ed dec\u00eda:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh amigos! Aunque la parca haya dispuesto que sucumbamos todos junto a ese hombre, nadie abandone la batalla.<\/p>\n<p>\u00a0Con tales palabras excitaban el valor de sus compa\u00f1eros. Segu\u00eda el combate, y el f\u00e9rreo estr\u00e9pito llegaba al cielo de bronce, a trav\u00e9s del infecundo \u00e9ter.<\/p>\n<p>\u00a0Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo de la batalla, desde que supieron que su auriga hab\u00eda sido postrado en el polvo por H\u00e9ctor, matador de hombres. Por m\u00e1s que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible l\u00e1tigo y les dirig\u00eda palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni quer\u00edan volver atr\u00e1s, a las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando. Como la columna se mantiene firme sobre el t\u00famulo de un var\u00f3n difunto o de una matrona, tan inm\u00f3viles permanec\u00edan aqu\u00e9llos con el magn\u00edfico carro. Inclinaban la cabeza al suelo, de sus p\u00e1rpados ca\u00edan a tierra ardientes l\u00e1grimas con que lloraban la p\u00e9rdida del auriga, y las lozanas crines estaban manchadas y ca\u00eddas a ambos lados del yugo.<\/p>\n<p>\u00a0Al verlos llorar, el Croni\u00f3n se compadeci\u00f3 de ellos, movi\u00f3 la cabeza, y, hablando consigo mismo, dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u00ab\u00a1Ah, infelices! \u00bfPor qu\u00e9 os entregamos al rey Peleo, a un mortal, estando vosotros exentos de la vejez y de la muerte? \u00bfAcaso para que tuvieseis penas entre los m\u00edseros mortales? Porque no hay un ser m\u00e1s desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra. H\u00e9ctor Pri\u00e1mida no ser\u00e1 llevado por vosotros en el labrado carro; no lo permitir\u00e9. \u00bfPor ventura no es bastante que se haya apoderado de las armas y se glor\u00ede de esta manera? Dar\u00e9 fuerza a vuestras rodillas y a vuestro esp\u00edritu, para que llev\u00e9is salvo a Automedonte desde la batalla a las c\u00f3ncavas naves; y conceder\u00e9 gloria a los troyanos, los cuales seguir\u00e1n matando hasta que lleguen a las naves de muchos bancos, se ponga el sol y la sagrada obscuridad sobrevenga.\u00bb<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed diciendo, infundi\u00f3 gran vigor a los caballos: sacudieron \u00e9stos el polvo de las crines y arrastraron velozmente el ligero carro hacia los troyanos y los aqueos. Automedonte, aunque afligido por la suerte de su compa\u00f1ero, quer\u00eda combatir desde el carro, y con los corceles se echaba sobre los enemigos como el buitre sobre los \u00e1nsares; y con la misma facilidad hu\u00eda del tumulto de los troyanos, que arremet\u00eda a la gran turba de ellos para seguirles el alcance. Pero no mataba hombres cuando se lanzaba a perseguir, porque, estando solo en el sagrado asiento, no le era posible acometer con la lanza y sujetar al mismo tiempo los veloces caballos. Viole al fin su compa\u00f1ero Alcimedonte, hijo de Laerces Hem\u00f3nida; y, poni\u00e9ndose detr\u00e1s del carro, dijo a Automedonte:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Automedonte! \u00bfQu\u00e9 dios te ha sugerido tan in\u00fatil prop\u00f3sito dentro del pecho y te ha privado de te buen juicio? \u00bfPor qu\u00e9, estando solo, combates con los troyanos en la primera fila? Tu compa\u00f1ero recibi\u00f3 la muerte, y H\u00e9ctor se vanagloria de cubrir sus hombros con las armas del E\u00e1cida.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Automedonte, hijo de Diores:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Alcimedonte! \u00bfCu\u00e1l otro aqueo podr\u00eda sujetar o aguijar estos caballos inmortales mejor que t\u00fa, si no fuera Patroclo, consejero igual a los dioses, mientras estuvo vivo? Pero ya la muerte y la parca lo alcanzaron. Recoge el l\u00e1tigo y las lustrosas riendas, y yo bajar\u00e9 del carro para combatir.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Alcimedonte, subiendo en seguida al veloz carro, empu\u00f1\u00f3 el l\u00e1tigo y las riendas, y Automedonte salt\u00f3 a tierra. Advirti\u00f3lo el esclarecido H\u00e9ctor; y al momento dijo a Eneas, que a su lado estaba:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Eneas, consejero de los troyanos, de bronc\u00edneas corazas! Advierto que los corceles del E\u00e1cida, ligero de pies, aparecen nuevamente en la lid guiados por aurigas d\u00e9biles. Y creo que me apoderar\u00eda de los mismos, si t\u00fa quisieras ayudarme; pues, arremetiendo nosotros a los aurigas, \u00e9stos no se.. atrever\u00e1n a resistir ni a pelear frente a frente.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; y el valeroso hijo de Anquises no dej\u00f3 de obedecerle. Ambos pasaron adelante, protegiendo sus hombros con s\u00f3lidos escudos de pieles secas de buey, cubiertas con gruesa capa de bronce. Sigui\u00e9ronles Cromio y el deiforme Areto, que ten\u00edan grandes esperanzas de matar a los aurigas y llevarse los corceles de erguido cuello. \u00a1Insensatos! No sin derramar sangre hab\u00edan de escapar de Automedonte. \u00c9ste, orando al padre Zeus, llen\u00f3 de fuerza y vigor las negras entra\u00f1as; y en seguida dijo a Alcimedonte, su fiel compa\u00f1ero:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Alcimedonte! No tengas los caballos lejos de m\u00ed; sino tan cerca, que sienta su resuello sobre mi espalda. Creo que H\u00e9ctor Pri\u00e1mida no calmar\u00e1 su ardor hasta que suba al carro de Aquiles y gobierne los corceles de hermosas crines, despu\u00e9s de darnos muerte a nosotros y desbaratar las filas de los guerreros argivos; o \u00e9l mismo sucumba, peleando con los combatientes delanteros.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habiendo hablado, llam\u00f3 a los dos Ayantes y a Menelao:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ayantes, caudillos de los argivos! \u00a1Menelao! Dejad a los m\u00e1s fuertes el cuidado de rodear al muerto y defenderlo, rechazando las haces enemigas; y venid a librarnos del d\u00eda cruel a nosotros que a\u00fan vivimos, pues se dirigen a esta parte, corriendo por el luctuoso combate, H\u00e9ctor y Eneas, que son los m\u00e1s valientes de los troyanos. En la mano de los dioses est\u00e1 lo que haya de ocurrir. Yo arrojar\u00e9 mi lanza, y Zeus se cuidar\u00e1 del resto.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y, blandiendo la ingente lanza, acert\u00f3 a dar en el escudo liso de Areto, que no logr\u00f3 detener a aqu\u00e9lla: atraves\u00f3lo la punta de bronce, y rasgando el cintur\u00f3n se clav\u00f3 en el empeine del guerrero. Como un joven hiere con afilada segur a un buey montaraz por detr\u00e1s de las astas, le corta el nervio y el animal da un salto y cae, de esta manera el troyano salt\u00f3 y cay\u00f3 boca arriba y la lanza aguda, vibrando a\u00fan en sus entra\u00f1as, dej\u00f3le sin vigor los miembros.\u2011 H\u00e9ctor arroj\u00f3 la reluciente lanza contra Automedonte, pero \u00e9ste, como la viera venir, evit\u00f3 el golpe inclin\u00e1ndose hacia adelante: la fornida lanza se clav\u00f3 en el suelo detr\u00e1s de \u00e9l, y el regat\u00f3n temblaba; pero pronto la impetuosa arma perdi\u00f3 su fuerza. Y se atacaron de cerca con las espadas, si no les hubiesen obligado a separarse los dos Ayantes; los cuales, enardecidos, abri\u00e9ronse paso por la turba y acudieron a las voces de su amigo. Temi\u00e9ronlos H\u00e9ctor, Eneas y el deiforme Cromio, y, retrocediendo, dejaron a Areto, que yac\u00eda en el suelo con el coraz\u00f3n traspasado. Automedonte, igual al veloz Ares, despoj\u00f3le de las armas y, glori\u00e1ndose, pronunci\u00f3 estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011El pesar de mi coraz\u00f3n por la muerte del Menec\u00edada se ha aliviado un poco; aunque le es inferior el var\u00f3n a quien he dado muerte.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed diciendo, tom\u00f3 y puso en el carro los sangrientos despojos; y en seguida subi\u00f3 al mismo, con los pies y las manos ensangrentados como el le\u00f3n que ha devorado un toro.<\/p>\n<p>\u00a0De nuevo se trab\u00f3 una pelea encarnizada, funesta, luctuosa, en torno de Patroclo. Excit\u00f3 la lid a Atenea, que vino del cielo, enviada a socorrer a los d\u00e1naos por el largovidente Zeus, cuya mente hab\u00eda cambiado. De la suerte que Zeus tiende en el cielo el purp\u00fareo arco iris, como se\u00f1al de una guerra o de un invierno tan fr\u00edo que obliga a suspender las labores del campo y entristece a los reba\u00f1os, de este modo la diosa, envuelta en purp\u00farea nube, penetr\u00f3 por las tropas aqueas y anim\u00f3 a cada guerrero. Primero enderez\u00f3 sus pasos hacia el fuerte Menelao, hijo de Atreo, que se hallaba cerca; y, tomando la figura y voz infatigable de F\u00e9nix, le exhort\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ser\u00eda para ti, oh Menelao, motivo de verg\u00fcenza y de oprobio que los veloces perros despedazaran cerca del muro de Troya el cad\u00e1ver de quien fue compa\u00f1ero fiel del ilustre Aquiles. \u00a1Combate denodadamente y anima a todo el ej\u00e9rcito!<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Menelao, valiente en la pelea:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Padre F\u00e9nix, anciano respetable! Ojal\u00e1 Atenea me infundiese vigor y me librase del \u00edmpetu de los tiros. Yo quisiera ponerme al lado de Patroclo y defenderlo, porque su muerte conmovi\u00f3 mucho mi coraz\u00f3n; pero H\u00e9ctor tiene la terrible fuerza de una llama, y no cesa de matar con el bronce, protegido por Zeus, que le da gloria.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Atenea, la diosa de ojos de lechuza, holg\u00e1ndose de que aqu\u00e9l la invocara la primera entre todas las deidades, le vigoriz\u00f3 los hombros y las rodillas, a infundi\u00f3 en su pecho la audacia de la mosca, la cual, aunque sea ahuyentada repetidas veces, vuelve a picar porque la sangre humana le es agradable; de una audacia semejante llen\u00f3 la diosa las negras entra\u00f1as del h\u00e9roe. Encamin\u00f3se Menelao hacia el cad\u00e1ver de Patroclo y despidi\u00f3 la reluciente lanza. Hall\u00e1base entre los troyanos Podes, hijo de Eeti\u00f3n, rico y valiente, a quien H\u00e9ctor honraba mucho en la ciudad porque era su compa\u00f1ero querido en los festines; a \u00e9ste, que ya emprend\u00eda la fuga, atraves\u00f3lo el rubio Menelao con la bronc\u00ednea lanza que se clav\u00f3 en el ce\u00f1idor, y el troyano cay\u00f3 con estr\u00e9pito. Al punto, el Atrida Menelao arrastr\u00f3 el cad\u00e1ver desde los troyanos adonde se hallaban sus amigos.<\/p>\n<p>\u00a0Apolo incit\u00f3 a H\u00e9ctor, poni\u00e9ndose a su lado despu\u00e9s de tomar la figura de F\u00e9nope As\u00edada; \u00e9ste ten\u00eda la casa en Abides, y era para el h\u00e9roe el m\u00e1s querido de sus hu\u00e9spedes. As\u00ed transfigurado, dijo Apolo, el que hiere de lejos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor! \u00bfCu\u00e1l otro aqueo te temer\u00e1, cuando huyes temeroso ante Menelao, que siempre fue guerrero d\u00e9bil y ahora \u00e9l solo ha levantado y se lleva fuera del alcance de los troyanos el cad\u00e1ver de tu fiel amigo a quien mat\u00f3, del que peleaba con denuedo entre los combatientes delanteros, de Podes, hijo de Eeti\u00f3n?<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y negra nube de pesar envolvi\u00f3 a H\u00e9ctor, que en seguida atraves\u00f3 las primeras filas, cubierto de reluciente bronce. Entonces el Cronida tom\u00f3 la esplendorosa \u00e9gida floqueada, cubri\u00f3 de nubes el Ida, relampague\u00f3 y tron\u00f3 fuertemente, agit\u00f3 la \u00e9gida, y dio la victoria a los troyanos, poniendo en fuga a los aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0El primero que huy\u00f3 fue Pen\u00e9leo, el beocio, por haber recibido, vuelto siempre de cara a los troyanos, una herida leve en el hombre; y Polidamante, acerc\u00e1ndose a \u00e9l, le arroj\u00f3 la lanza, que desgarr\u00f3 la piel y lleg\u00f3 hasta el hueso.\u2011 H\u00e9ctor, a su vez, hiri\u00f3 en la mu\u00f1eca y dej\u00f3 fuera de combate a Leito, hijo del magn\u00e1nimo Alectri\u00f3n; el cual huy\u00f3 espantado y mirando en torno suyo, porque ya no esperaba que con la lanza en la mano pudiese combatir con los troyanos.\u2011 Contra H\u00e9ctor, que persegu\u00eda a Leito, arroj\u00f3 Idomeneo su lanza y le dio un bote en el peto de la coraza, junto a la tetilla; pero rompi\u00f3se aqu\u00e9lla en la uni\u00f3n del asta con el hierro; y los troyanos gritaron. H\u00e9ctor despidi\u00f3 su lama contra Idomeneo Deuc\u00e1lida, que iba en un carro; y por poco no acert\u00f3 a herirlo; pero el bronce se clav\u00f3 en C\u00e9rano, escudero y auriga de Meriones, a quien acompa\u00f1aba desde que partieron de la bien construida Licto. Idomeneo sali\u00f3 aquel d\u00eda de las corvas naves al campo, como infante; y hubiera procurado a los troyanos un gran triunfo, si no hubiese llegado C\u00e9rano guiando los veloces corceles: \u00e9ste fue su salvador, porque le libr\u00f3 del d\u00eda cruel al perder la vida a manos de H\u00e9ctor, matador de hombres. A C\u00e9rano, pues, hiri\u00f3le H\u00e9ctor debajo de la quijada y de la oreja: la punta de la lanza hizo saltar los dientes y atraves\u00f3 la lengua. El guerrero cay\u00f3 del carro, y dej\u00f3 que las riendas vinieran al suelo. Meriones, inclin\u00e1ndose, recogi\u00f3las, y dijo a Idomeneo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Aquija con el l\u00e1tigo los caballos hasta que llegues a las veleras naves; pues ya t\u00fa mismo conoces que no ser\u00e1n los aqueos quienes alcancen la victoria.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3; a Idomeneo fustig\u00f3 los corceles de hermosas crines, gui\u00e1ndolos hacia las c\u00f3ncavas naves, porque el temor hab\u00eda entrado en su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0No les pas\u00f3 inadvertido al magn\u00e1nimo Ayante y a Menelao que Zeus otorgaba a los troyanos la inconstante victoria. Y el gran Ayante Telamonio fue el primero en decir:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh dioses! Ya hasta el m\u00e1s simple conocer\u00eda que el padre Zeus favorece a los troyanos. Los tiros de todos ellos, sea cobarde o valiente el que dispara, no yerran el blanco, porque Zeus los encamina; mientras que los nuestros caen al suelo sin da\u00f1ar a nadie. Ea, pensemos c\u00f3mo nos ser\u00e1 m\u00e1s f\u00e1cil sacar el cad\u00e1ver y volvernos, para regocijar a nuestros amigos; los cuales deben de afligirse mirando hacia ac\u00e1, y sin duda piensan que ya no podemos resistir la fuerza y las invictas manes de H\u00e9ctor, matador de hombres, y pronto tendremos que caer en las negras naves. Ojal\u00e1 alg\u00fan amigo avisara r\u00e1pidamente al Pelida, pues no creo que sepa la infausta nueva de que ha muerto su compa\u00f1ero amado. Pero no puedo distinguir entre los aqueos a nadie capaz de hacerlo, cubiertos como est\u00e1n por densa niebla hombres y caballos. \u00a1Padre Zeus! \u00a1Libra de la espesa niebla a los aqueos, serena el cielo, concede que nuestros ojos vean, y destr\u00fayenos en la luz, ya que as\u00ed te place!<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; y el padre, compadecido de verle derramar l\u00e1grimas, disip\u00f3 en el acto la obscuridad y apart\u00f3 la niebla. Brill\u00f3 el sol y toda la batalla qued\u00f3 alumbrada. Y entonces dijo Ayante a Menelao, valiente en la pelea:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Mira ahora, Menelao, alumno de Zeus, si ves a Ant\u00edloco, hijo del magn\u00e1nimo N\u00e9stor, vivo a\u00fan; y env\u00edale para que vaya corriendo a decir al belicoso Aquiles que ha muerto su compa\u00f1ero m\u00e1s amado.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; y Menelao, valiente en la pelea, obedeci\u00f3 y se fue, como se aleja del establo un le\u00f3n despu\u00e9s de irritar a los canes y a los hombres que, vigilando toda la noche, no le han dejado comer los ping\u00fces bueyes \u2011el animal, \u00e1vido de carne, acomete, pero nada consigue porque audaces manos le arrojan muchos venablos y teas encendidas que le hacen temer, aunque est\u00e1 enfurecido\u2011; y al despuntar la aurora se va con el coraz\u00f3n atligido: de tan mala gana, Menelao, valiente en la pelea, se apartaba de Patroclo, porque sent\u00eda gran temor de que los aqueos, vencidos por el fuerte miedo, lo dejaran y fuera presa de los enemigos. Y se lo recomend\u00f3 mucho a Meriones y a los Ayantes, dici\u00e9ndoles:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ayantes, caudillos de los argivos! \u00a1Meriones! Acordaos ahora de la mansedumbre del m\u00edsero Patroclo, el cual supo ser amable con todos mientras goz\u00f3 de vida. Pero ya la muerte y la parca le alcanzaron.<\/p>\n<p>\u00a0Dicho esto, el rubio Menelao parti\u00f3 mirando a todas partes como el \u00e1guila (el ave, seg\u00fan dicen, de vista m\u00e1s perspicaz entre cuantas vuelan por el cielo), a la cual, aun estando en las alturas, no le pasa inadvertida una liebre de pies ligeros echada debajo de un arbusto frondoso, y se abalanza a ella y en un instante la coge y le quita la vida; del mismo modo, oh Menelao, alumno de Zeus, tus brillantes ojos dirig\u00edanse a todos lados, por la turba numerosa de los compa\u00f1eros, para ver si podr\u00edas hallar vivo al hijo de N\u00e9stor. Pronto le distingui\u00f3 a la izquierda del combate, donde animaba a sus compa\u00f1eros y les incitaba a pelear. Y deteni\u00e9ndose a su lado, habl\u00f3le as\u00ed el rubio Menelao:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ea, ven ac\u00e1, Ant\u00edloco, alumno de Zeus, y sabr\u00e1s una infausta nueva que ojal\u00e1 no debiera darte! Creo que t\u00fa mismo conocer\u00e1s, con s\u00f3lo tender la vista, que un dios nos manda la derrota a los d\u00e1naos y que la victoria es de los troyanos. Ha muerto el m\u00e1s valiente aqueo, Patroclo, y los d\u00e1naos le echan muy de menos. Corre hacia las naves aqueas y an\u00fancialo a Aquiles; por si, d\u00e1ndose prisa en venir, puede llevar a su bajel el cad\u00e1ver desnudo, pues las armas las tiene H\u00e9ctor, el de tremolante casco.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Estremeci\u00f3se Ant\u00edloco al o\u00edrle, estuvo un buen rato sin poder hablar, llen\u00e1ronse de l\u00e1grimas sus ojos y la voz sonora se le cort\u00f3. Mas no por esto descuid\u00f3 de cumplir la orden de Menelao: entreg\u00f3 las armas a La\u00f3doco, el eximio compa\u00f1ero que a su lado reg\u00eda los sol\u00edpedos caballos, y ech\u00f3 a correr.<\/p>\n<p>\u00a0Llevado por sus pies fuera del combate, fuese llorando a dar al Pelida Aquiles la triste noticia. Y a ti, oh Menelao, alumno de Zeus, no te aconsej\u00f3 el \u00e1nimo que te quedaras all\u00ed para socorrer a los fatigados compa\u00f1eros de Ant\u00edloco, aunque los pilios echaban muy de menos a su jefe. Envi\u00f3les, pues, el divino Trasimedes; y volviendo a la carrera hacia el cad\u00e1ver del h\u00e9roe Patroclo, se detuvo junto a los Ayantes, y en seguida les dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ya he enviado a aqu\u00e9l a las veleras naves, para que se presente a Aquiles, el de los pies ligeros; pero no creo que Aquiles venga en seguida, por m\u00e1s airado que est\u00e9 con el divino H\u00e9ctor, porque sin armas no podr\u00e1 combatir con los troyanos. Pensemos nosotros mismos c\u00f3mo nos ser\u00e1 m\u00e1s f\u00e1cil sacar el cad\u00e1ver y librarnos, en la lucha con los troyanos, de la muerte y la parca.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el gran Ayante Telamonio:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Oportuno es cuanto dijiste, \u00ednclito Menelao. T\u00fa y Meriones introduc\u00edos prontamente, levantad el cad\u00e1ver y sacadlo de la lid. Y nosotros dos, que tenernos igual \u00e1nimo, llevamos el mismo nombre y siempre hemos sostenido juntos el vivo combate, os seguiremos, peleando a vuestra espalda con los troyanos y el divino H\u00e9ctor.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Aqu\u00e9llos cogieron al muerto y alz\u00e1ronlo muy alto; y grit\u00f3 el ej\u00e9rcito troyano al ver que los aqueos levantaban el cad\u00e1ver. Arremetieron los troyanos como los perros que, adelant\u00e1ndose a los j\u00f3venes cazadores, persiguen al jabal\u00ed herido; as\u00ed como \u00e9stos corren detr\u00e1s del jabal\u00ed y anhelan despedazarlo, pero, cuando el animal, fiado en su fuerza, se vuelve, retroceden y espantados se dispersan; del mismo modo los troyanos segu\u00edan en tropel y her\u00edan a los aqueos con las espadas y lanzas de doble filo; pero, cuando los Ayantes volvieron la cara y se detuvieron, a todos se les mud\u00f3 el color del semblante y ninguno os\u00f3 adelantarse para disputarles el cad\u00e1ver.<\/p>\n<p>\u00a0De tal manera ambos caudillos llevaban presurosos el cad\u00e1ver desde la batalla hacia las c\u00f3ncavas naves. Tras ellos suscit\u00f3se feroz combate: como el fuego que prende en una ciudad, se levanta de pronto y resplandece, y las casas se arruinan entre grandes llamas que el viento, enfurecido, mueve; de igual suerte, un horr\u00edsono tumulto de caballos y guerreros acompa\u00f1aba a los que se iban retirando. As\u00ed como mulos vigorosos sacan del monte y arrastran por \u00e1spero camino una viga o un gran tronco destinado a m\u00e1stil de nav\u00edo, y apresuran el paso, pero su \u00e1nimo est\u00e1 abatido por el cansancio y el sudor: de la misma manera ambos caudillos transportaban animosamente el cad\u00e1ver. Detr\u00e1s de ellos, los Ayantes conten\u00edan a los troyanos como el valladar selvoso extendido por gran parte de la llanura refrena las corrientes perjudiciales de los r\u00edos de curso arrebatado, les hace torcer el camino y les se\u00f1ala el cauce por donde todos han de correr, y jam\u00e1s los r\u00edos pueden romperlo con la fuerza de sus aguas; de semejante modo, los Ayantes apartaban a los troyanos que les segu\u00edan peleando, especialmente Eneas Anquis\u00edada y el preclaro H\u00e9ctor. Como vuela una bandada de estorninos o grajos, dando horribles chillidos, cuando ven al gavil\u00e1n que trae la muerte a los pajarillos, as\u00ed entonces los aqueos, perseguidos por Eneas y H\u00e9ctor, corr\u00edan chillando horriblemente y se olvidaban de combatir. Muchas armas hermosas de los d\u00e1naos fugitivos cayeron en el foso o en sus orillas, y la batalla continuaba sin intermisi\u00f3n alguna.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO XVII Principal\u00eda de Menelao Se entabla un encarnizado combate entre aqueos y troyanos para apoderarse de las arenas y el cad\u00e1ver de Patroclo. Por fin, Menelao y Meriones, protegidos por los dos Ayante, cargan a sus espaldas con el cad\u00e1ver de Patroclo y se lo llevan al campamento. \u00a0No\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" href=\"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xvii-homero\/\">Seguir leyendo&#8230;<i class=\"crycon-right-dir\"><\/i><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":75,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"rop_custom_images_group":[],"rop_custom_messages_group":[],"rop_publish_now":"initial","rop_publish_now_accounts":{"twitter_226634691_226634691":""},"rop_publish_now_history":[],"rop_publish_now_status":"pending","_uag_custom_page_level_css":"","footnotes":""},"categories":[5,1109],"tags":[1069,1016,1012,1018,1015,1034,1289,1287,1115,1060,1057,1051,1025,1046,1033],"class_list":["post-941","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-literatura","category-textos-literarios","tag-animal","tag-arte","tag-ave","tag-ayuda","tag-flor","tag-guerra","tag-homero","tag-iliada","tag-jovenes","tag-lengua","tag-pensamiento","tag-planta","tag-rosa","tag-salud","tag-vino"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.6 - 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