{"id":940,"date":"2010-11-27T22:34:37","date_gmt":"2010-11-27T20:34:37","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=940"},"modified":"2010-11-27T22:34:37","modified_gmt":"2010-11-27T20:34:37","slug":"%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xvi-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xvi-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (XVI) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO XVI<\/strong><\/p>\n<p><strong>Patroclea<\/strong><\/p>\n<p>Al advertirlo, Patroclo suplica a Aquiles que rechace al enemigo; y, no consigui\u00e9ndolo, le ruega que, por lo menos, le preste sus armas y le permita ponerse al frente de los mirm\u00eddones para ahuyentar a los troyanos. Accede Aquiles, y le recomienda que se vuelva atr\u00e1s cuando los haya echado de las naves, pues el destino no le tiene reservada la gloria de apoderarse de Troya. Mas Patroclo, enardecido por sus haza\u00f1as, entre ellas la de dar muerte a Sarped\u00f3n, hijo de Zeus, persigue a los troyanos por la llanura hasta que Apolo le desata la coraza. Euforbo lo hiere y H\u00e9ctor lo mata.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed peleaban por la nave de muchos bancos. Patroclo se present\u00f3 a Aquiles, pastor de hombres, derramando ardientes l\u00e1grimas como fuente profunda que vierte sus aguas sombr\u00edas por escarpada roca. Tan pronto como le vio el divino Aquiles, el de los pies ligeros, compadeci\u00f3se de \u00e9l y le dijo estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfPor qu\u00e9 lloras, Patroclo, como una ni\u00f1a que va con su madre y deseando que la tome en brazos, la tira del vestido, la detiene a pesar de que lleva prisa, y la mira con ojos llorosos para que la levante del suelo? Como ella, oh Patroclo, derramas tiernas l\u00e1grimas. \u00bfVienes a participarnos algo a los mirmidones o a m\u00ed mismo? \u00bfSupiste t\u00fa solo alguna noticia de Ft\u00eda? Dicen que Menecio, hijo de \u00c1ctor, existe a\u00fan; vive tambi\u00e9n Peleo E\u00e1cida entre los mirmidones, y es la muerte d\u00e9 aqu\u00e9l o de \u00e9ste lo que m\u00e1s nos podr\u00eda afligir. \u00bfO lloras quiz\u00e1s porque los argivos perecen, cerca de las c\u00f3ncavas naves, por la injusticia que cometieron? Habla, no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.<\/p>\n<p>\u00a0Dando profundos suspiros, respondiste as\u00ed, caballero Patroclo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh Aquiles, hijo de Peleo, el m\u00e1s valiente de los aqueos! No te irrites, porque es muy grande el pesar que los abruma. Los que antes eran los m\u00e1s fuertes, heridos unos de cerca y otros de lejos, yacen en las naves \u2011con arma arrojadiza fue herido el poderoso Diomedes Tidida; con la pica Ulises, famoso por su lanza, y Agamen\u00f3n; a Eur\u00edpilo flech\u00e1ronle en el muslo\u2011, y los m\u00e9dicos, que conocen muchas drogas, oc\u00fapanse en curarles las heridas. T\u00fa, Aquiles, eres implacable. jam\u00e1s se apodere de m\u00ed rencor como el que guardas! \u00a1Oh t\u00fa, que tan mal empleas el valor! \u00bfA qui\u00e9n podr\u00e1s ser \u00fatil m\u00e1s tarde, si ahora no salvas a los argivos de muerte indigna? \u00a1Despiadado! No fue tu padre el jinete Peleo, ni Tetis tu madre; el glauco mar o las escarpadas rocas debieron de engendrarte, porque tu esp\u00edritu es cruel. Si te abstienes de combatir por alg\u00fan vaticinio que tu veneranda madre, enterada por Zeus, te haya revelado, env\u00edame a m\u00ed con los dem\u00e1s mirmidones, por si llego a ser la aurora de la salvaci\u00f3n de los d\u00e1naos; y permite que cubra mis hombros con tu armadura para que los troyanos me confundan contigo y cesen de pelear, los belicosos d\u00e1naos que tan abatidos est\u00e1n se reanimen y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo. Nosotros, que no nos hallamos extenuados de fatiga, rechazar\u00edamos f\u00e1cilmente de las naves y de las tiendas hacia la ciudad a esos hombres que de pelear est\u00e1n cansados.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed le suplic\u00f3 el muy insensato; y con ello llamaba a la terrible muerte y a la parca. Aquiles, el de los pies ligeros, le contest\u00f3 muy indignado:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Ay de m\u00ed, Patroclo, del linaje de Zeus, qu\u00e9 dijiste! No me abstengo por ning\u00fan vaticinio que sepa y tampoco la veneranda madre me dijo nada de parte de Zeus, sino que se me oprime el coraz\u00f3n y el alma cuando un hombre, porque tiene m\u00e1s poder, quiere privar a su igual de lo que le corresponde y le quita la recompensa. Tal es el gran pesar que tengo, a causa de las contrariedades que mi \u00e1nimo ha padecido. La joven que los aqueos me adjudicaron como recompensa y que hab\u00eda conquistado con mi lanza, al tomar una bien murada ciudad, el rey Agamen\u00f3n Atrida me la quit\u00f3 como si yo fuera un miserable advenedizo. Mas dejemos lo pasado, no es posible guardar siempre la ira en el coraz\u00f3n, aunque hab\u00eda resuelto no deponer la c\u00f3lera hasta que la griter\u00eda y el combate llegaran a mis bajeles. Cubre tus hombros con mi magn\u00edfica armadura, ponte al frente de los belicosos mirmidones y ll\u00e9valos a la pelea; pues negra nube de troyanos cerca ya las naves con gran \u00edmpetu, y los argivos, acorralados en la orilla del mar, s\u00f3lo disponen de un corto espacio. Toda la ciudad de los troyanos ha comparecido confiadamente, porque no ven mi reluciente casco. Pronto huir\u00edan llenando de muertos los fosos, si el rey Agamen\u00f3n fuera justo conmigo; mientras que ahora combaten alrededor de nuestro ej\u00e9rcito. Ya la mano de Diomedes Tidida no blande furiosamente la lanza para librar a los d\u00e1naos de la muerte, ni he o\u00eddo un solo grito que viniera de la odiosa cabeza del Atrida: s\u00f3lo resuena la voz de H\u00e9ctor, matador de hombres, animando a los troyanos, que con voceno ocupan toda la llanura y vencen en la batalla a los aqueos. Pero t\u00fa, Patroclo, \u00e9chate impetuosamente sobre ellos y aparta de las naves esa peste; no sea que, pegando ardiente fuego a los bajeles, nos priven de la deseada vuelta. Haz cuanto te voy a decir, para que me procures mucha honra y gloria ante todos los d\u00e1naos, y \u00e9stos me devuelvan la muy hermosa joven y me hagan adem\u00e1s espl\u00e9ndidos regalos. Tan luego como los alejes de las naves, vuelve atr\u00e1s; y, aunque el tonante esposo de Hera te d\u00e9 gloria, no quieras luchar sin m\u00ed contra los belicosos troyanos, pues contribuir\u00edas a mi deshonra. Y tampoco, estimulado por el combate y la pelea, te encamines, matando enemigos, a Ilio; no sea que alguno de los sempiternos dioses baje del Olimpo, pues a los troyanos los quiere mucho Apolo, el que hiere de lejos. Retrocede tan pronto como hayas hecho brillar la luz de la salvaci\u00f3n en las naves, y deja que se siga peleando en la llanura. Ojal\u00e1, \u00a1padre Zeus, Atenea, Apolo!, ninguno de los troyanos ni de los argivos escape de la muerte, y nos libremos de ella nosotros dos, para que podamos derribar las almenas sagradas de Troya.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed \u00e9stos conversaban. Ayante ya no resist\u00eda: venc\u00edanle el poder de Zeus y los animosos troyanos que le arrojaban dardos; su refulgente casco resonaba de un modo horrible en torno de las sienes, golpeado continuamente en las hermosas abolladuras; y el h\u00e9roe ten\u00eda cansado el hombro derecho de sostener con firmeza el vers\u00e1til escudo, pero no lograban hacerle mover de su sitio por m\u00e1s tiros que le enderezaban. Ayante estaba abrumado por continuo y fatigoso jadeo, abundante sudor manaba de todos sus miembros y apenas pod\u00eda respirar: por todas partes a una desgracia suced\u00eda otra.<\/p>\n<p>\u00a0Decidme, Musas, que pose\u00e9is ol\u00edmpicos palacios, c\u00f3mo por vez primera cay\u00f3 el fuego en las naves aqueas.<\/p>\n<p>\u00a0H\u00e9ctor, que se hallaba cerca de Ayante, le dio con la gran espada un golpe en la pica de fresno y se la quebr\u00f3 por la juntura del asta con el hierro. Quiso Ayante blandir la truncada pica, y la bronc\u00ednea punta cay\u00f3 a lo lejos con gran ruido. Entonces el eximio Ayante reconoci\u00f3 en su esp\u00edritu irreprensible la intervenci\u00f3n de los dioses, estremeci\u00f3se porque Zeus altitonante les frustraba todos los medios de combate y quer\u00eda dar la victoria a los troyanos, y se puso fuera del alcance de los tiros. Los troyanos arrojaron voraz fuego a la velera nave, y pronto se extendi\u00f3 por la misma una llama inextinguible. As\u00ed que el fuego rode\u00f3 la popa, Aquiles, golpe\u00e1ndose el muslo, dijo a Patroclo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Patroclo, del linaje de Zeus, h\u00e1bil jinete! Ya veo en las naves la impetuosa llama del fuego destructor: no sea que se apoderen de ellas, y ni medios para huir tengamos. Apres\u00farate a vestir las armas, y yo entre tanto reunir\u00e9 la gente.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y Patroclo visti\u00f3 la armadura de luciente bronce: p\u00fasose en las piernas elegantes grebas, ajustadas con broches de plata; protegi\u00f3 su pecho con la coraza labrada, refulgente, del E\u00e1cida, de pies ligeros; colg\u00f3 al hombro una espada de bronce, guarnecida de arg\u00e9nteos clavos; embraz\u00f3 el grande y fuerte escudo; cubri\u00f3 la fuerte cabeza con un hermoso casco, cuyo penacho, de crines de caballo, ondeaba terriblemente en la cimera, y asi\u00f3 dos lanzas fuertes que su mano pudiera blandir. Solamente dej\u00f3 la lanza pesada, grande y fornida del eximio E\u00e1cida, porque Aquiles era el \u00fanico aqueo capaz de manejarla: hab\u00eda sido cortada de un fresno de la cumbre del Pelio y regalada por Quir\u00f3n al padre de Aquiles, para que con ella matara h\u00e9roes. Luego, Patroclo mand\u00f3 a Automedonte \u2011el amigo a quien m\u00e1s honraba despu\u00e9s de Aquiles, destructor de hombres. y el m\u00e1s fiel en resistir a su lado la acometida del enemigo en las batallas\u2011 que enganchara en seguida los caballos. Automedonte unci\u00f3 debajo del yugo a Janto y Balio, corceles ligeros que volaban como el viento y ten\u00edan por madre a la harp\u00eda Podarga, la cual, paciendo en una pradera junto a la corriente del Oc\u00e9ano, los concibi\u00f3 del C\u00e9firo. Y con ellos puso al excelente P\u00e9daso, que Aquiles se llev\u00f3 de la ciudad de Eeti\u00f3n cuando la tom\u00f3; corcel que, no obstante su condici\u00f3n de mortal, segu\u00eda a los caballos inmortales.<\/p>\n<p>\u00a0Aquiles, recorriendo las tiendas, hac\u00eda tomar las armas a todos los mirmidones. Como carniceros lobos dotados de una fuerza inmensa despedazan en el monte un grande corn\u00edgero ciervo que han matado y sus mand\u00edbulas aparecen rojas de sangre, luego van en tropel a lamer con las tenues lenguas el agua de un profundo manantial, eructando por la sangre que han bebido, y su vientre se dilata, pero el \u00e1nimo permanece intr\u00e9pido en el pecho, de igual manera los jefes y pr\u00edncipes de los mirmidones se reun\u00edan presurosos alrededor del valiente servidor del E\u00e1cida, de pies ligeros. Y en medio de todos el belicoso Aquiles animaba as\u00ed a los que combat\u00edan en carros, como a los peones armados de escudos.<\/p>\n<p>\u00a0Cincuenta fueron las veleras naves en que Aquiles, caro a Zeus, condujo a Ilio sus tropas; en cada una embarc\u00e1ronse cincuenta hombres; y el h\u00e9roe nombr\u00f3 cinco jefes para que los rigieran, reserv\u00e1ndose el mando supremo. Del primer cuerpo era caudillo Menestio, el de labrada coraza, hijo del r\u00edo Esperqueo, que las celestiales lluvias alimentan: hab\u00edale dado a luz la bella Polidora, hija de Peleo, que siendo mujer se acost\u00f3 con una deidad, con el infatigable Esperqueo; aunque se creyera que to hab\u00eda tenido de Boro, hijo de Perieres, el cual se despos\u00f3 p\u00fablicamente con ella y le constituy\u00f3 una gran dote.\u2011 Mandaba la segunda secci\u00f3n el belicoso Eudoro, nacido de una soltera, de la hermosa Polimela, hija de Filante; de la cual enamor\u00f3se el poderoso Argicida al verla con sus ojos entre las que danzaban al son del canto en un coro de Artemis, la diosa que lleva arco de oro y ama el bullicio de la caza; el ben\u00e9fico Hermes subi\u00f3 en seguida al aposento de la joven, uni\u00e9ronse clandestinamente y ella le dio un hijo ilustre, Eudoro, ligero en el correr y belicoso. Cuando Ilit\u00eda, que preside los partos, sac\u00f3 a luz al infante y \u00e9ste vio los rayos del sol, el fuerte Equecles Act\u00f3rida la tom\u00f3 por esposa, constituy\u00e9ndole una gran dote, y el anciano Filante cri\u00f3 y educ\u00f3 al ni\u00f1o con tanto amor como si hubiera sido hijo suyo.\u2011 Estaba al frente de la tercera divisi\u00f3n el belicoso Pisandro Mem\u00e1lida, que, despu\u00e9s del compa\u00f1ero del Peli\u00f3n, era entre todos los mirmidones quien descollaba m\u00e1s en combatir con la lanza.\u2011 La cuarta l\u00ednea estaba a las \u00f3rdenes de F\u00e9nix, aguijador de caballos; y la quinta ten\u00eda por jefe al eximio Alcimedonte, hijo de Laerces. Cuando Aquiles los hubo puesto a todos en orden de batalla con sus respectivos capitanes, les dijo con voz pujante:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Mirmidones! Ninguno de vosotros olvide las amenazas que en las veleras naves dirig\u00edais a los troyanos mientras dur\u00f3 mi c\u00f3lera, ni las acusaciones con que todos me acriminabais: \u00ab\u00a1Inflexible hijo de Peleo! Sin duda tu madre te nutri\u00f3 con hiel. \u00a1Despiadado, pues retienes a tus compa\u00f1eros en las naves contra su voluntad! Embarqu\u00e9monos en las naves surcadoras del ponto y volvamos a la patria, ya que la c\u00f3lera funesta anid\u00f3 de tal suerte en tu coraz\u00f3n.\u00bb As\u00ed acostumbrabais hablarme cuando os reun\u00edais. Pues a la vista ten\u00e9is la gran empresa del combate que tanto hab\u00e9is anhelado. Y ahora cada uno pelee con valeroso coraz\u00f3n contra los troyanos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed diciendo, les excit\u00f3 a todos el valor y la fuerza; y ellos, al o\u00edr a su rey, cerraron m\u00e1s las filas. Como el obrero junta grandes piedras al construir la pared de una elevada casa, para que resista el \u00edmpetu de los vientos, as\u00ed, tan unidos, estaban los cascos y los abollonados escudos: la rodela se apoyaba en la rodela, el yelmo en el yelmo, cada hombre en su vecino, y los penachos de crines de caballo y los lucientes conos de los cascos se juntaban cuando alguien inclinaba la cabeza. \u00a1Tan apretadas eran las filas! Delante de todos se pusieron dos hombres armados, Patroclo y Automedonte; los cuales ten\u00edan igual \u00e1nimo y deseaban combatir al frente de los mirmidones. Aquiles entr\u00f3 en su tienda y alz\u00f3 la tapa de un arca hermosa y labrada que Tetis, la de argentados pies, hab\u00eda puesto en la nave del h\u00e9roe despu\u00e9s de llenarla de t\u00fanicas y mantos, que le abrigasen contra el viento, y de afelpados cobertores. All\u00ed ten\u00eda una copa de primorosa labor que no usaba nadie para beber el negro vino ni para ofrecer libaciones a otro dios que al padre Zeus. Sac\u00f3la del arca, y, purific\u00e1ndola primero con azufre, la limpi\u00f3 con agua cristalina; acto continuo lav\u00f3se las manos, llen\u00f3 la copa, y, puesto en medio del recinto con los ojos levantados al cielo, lib\u00f3 el negro vino y or\u00f3 a Zeus, que se complace en lanzar rayos, sin que al dios le pasara inadvertido:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Zeus soberano, Dodoneo, Pel\u00e1sgico, que vives lejos y reinas en Dodona, de fr\u00edo invierno, donde moran los selos, tus int\u00e9rpretes, que no se lavan los pies y duermen en el suelo! Escuchaste mis palabras cuando te invoqu\u00e9, y para honrarme oprimiste duramente al pueblo aqueo. Pues tambi\u00e9n ahora c\u00fampleme este voto: Yo me quedo donde est\u00e1n reunidas las naves y mando al combate a mi compa\u00f1ero con muchos mirmidones: haz que le siga la victoria, largovidente Zeus, a inf\u00fandele valor en el coraz\u00f3n para que H\u00e9ctor vea si mi escudero sabe pelear solo, o si sus manos invictas \u00fanicamente se mueven con furia cuando va conmigo a la contienda de Ares. Y cuando haya apartado de los bajeles la griter\u00eda y la pelea, vuelva inc\u00f3lume con todas las armas y con los compa\u00f1eros que de cerca combaten.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo rogando. El pr\u00f3vido Zeus le oy\u00f3; y de las dos cosas el padre le otorg\u00f3 una: concedi\u00f3le que apartase de las naves el combate y la pelea, y neg\u00f3le que volviera ileso de la batalla. Hecha la libaci\u00f3n y la rogativa al padre Zeus, entr\u00f3 Aquiles en la tienda, dej\u00f3 la copa en el arca y apareci\u00f3 otra vez delante de la tienda, porque deseaba en su coraz\u00f3n presenciar la terrible lucha de troyanos y aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0Los mirmidones segu\u00edan con armas y en buen orden al magn\u00e1nimo Patroclo, hasta que alcanzaron a los troyanos y les arremetieron con grandes br\u00edos, esparci\u00e9ndose como las avispas que moran en el camino, cuando los muchachos, siguiendo su costumbre de molestarlas, las irritan y consiguen con su imprudencia que da\u00f1en a buen n\u00famero de personas, pues, si alg\u00fan caminante pasa por all\u00ed y sin querer las mueve, vuelan y defienden con \u00e1nimo valeroso a sus hijuelos; con un coraz\u00f3n y \u00e1nimo semejantes, se esparcieron los mirmidones desde las naves, y levant\u00f3se una griter\u00eda inmensa. Y Patroclo exhortaba a sus compa\u00f1eros, diciendo con voz recia:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Mirmidones compa\u00f1eros del Pelida Aquiles! Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor para que honremos al Pelida, que es el m\u00e1s valiente de cuantos argivos hay en las naves, como to son tambi\u00e9n sus guerreros, que de cerca combaten; y conozca el poderoso Atrida Agamen\u00f3n la falta que cometi\u00f3 no honrando al mejor de los aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0Con estas palabras les excit\u00f3 a todos el valor y la fuerza. Los mirmidones cayeron api\u00f1ados sobre los troyanos y en las naves resonaron de un modo horrible los gritos de los aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando los troyanos vieron al esforzado hijo de Menecio y a su escudero, ambos con lucientes armaduras, a todos se les conturb\u00f3 el \u00e1nimo y sus falanges se agitaron. Figur\u00e1banse que, junto a las naves, el Pelida, ligero de pies, hab\u00eda renunciado a su c\u00f3lera y hab\u00eda preferido volver a la amistad. Y cada uno miraba ad\u00f3nde podr\u00eda huir para librarse de una muerte terrible.<\/p>\n<p>\u00a0Patroclo fue el primero que tir\u00f3 la reluciente lanza en medio de la pelea, all\u00ed donde m\u00e1s hombres se agitaban en confuso mont\u00f3n, junto a la nave del magn\u00e1nimo Protesilao; e hiri\u00f3 a Pirecmes, que hab\u00eda conducido desde Amid\u00f3n, sita en la ribera del Axio de ancha corriente, a los peonios, que combat\u00edan en carros: la lanza se clav\u00f3 en el hombro derecho; el guerrero, dando un gemido, cay\u00f3 de espaldas en el polvo, y los peonios compa\u00f1eros suyos huyeron, porque Patroclo les infundi\u00f3 pavor al matar a su jefe, que tanto sobresal\u00eda en el combate. De este modo Patroclo los ech\u00f3 de los bajeles y apag\u00f3 el ardiente fuego. La nave qued\u00f3 all\u00ed medio quemada, los troyanos huyeron con gran alboroto, los d\u00e1naos se dispersaron por las c\u00f3ncavas naves, y se produjo un gran tumulto. Como cuando Zeus fulminador quita una espesa nube de la elevada cumbre de una gran monta\u00f1a y aparecen todos los promontorios y las cimas y valles, porque en el cielo se ha abierto la vasta regi\u00f3n et\u00e9rea; as\u00ed los d\u00e1naos respiraron un poco despu\u00e9s de librar a las naves del fuego destructor; pero no por eso hubo tregua en el combate. Pues los troyanos no hu\u00edan a carrera abierta desde las negras naves, perseguidos por los belicosos aqueos; sino que a\u00fan resist\u00edan, y s\u00f3lo cediendo a la necesidad se retiraban de las naves.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces, ya extendida la batalla, cada jefe mat\u00f3 a un hombre. El esforzado hijo de Menecio, el primero, hiri\u00f3 con la aguda lanza a Are\u00edlico, que hab\u00eda vuelto la espalda para huir: el bronce atraves\u00f3 el muslo y rompi\u00f3 el hueso, y el troyano dio de ojos en el suelo. El belicoso Menelao hiri\u00f3 a Toante en el pecho, donde \u00e9ste quedaba sin defensa al lado del escudo, y dej\u00f3 sin vigor sus miembros. El Filida, observando que Anficlo iba a acometerlo, se le adelant\u00f3 y logr\u00f3 envasarle la pica en la parte superior de la pierna, donde m\u00e1s grueso es el m\u00fasculo: la punta desgarr\u00f3 los nervios, y la obscuridad cubri\u00f3 los ojos del guerrero. De los Nest\u00f3ridas, Ant\u00edloco traspas\u00f3 con la bronc\u00ednea lanza a Atimnio, clav\u00e1ndosela en el ijar, y el troyano cay\u00f3 a sus pies; el hermano de Atimnio, Maris, irritado por tal muerte, se puso delante del cad\u00e1ver y arremeti\u00f3 con la lanza a Ant\u00edloco; y entonces el otro Nest\u00f3rida, Trasimedes, igual a un dios, le previno y antes que Maris pudiera herir a Ant\u00edloco le acert\u00f3 \u00e9l en la espalda: la punta desgarr\u00f3 el tend\u00f3n de la parte superior del brazo y rompi\u00f3 el hueso; el guerrero cay\u00f3 con estr\u00e9pito, y la obscuridad cubri\u00f3 sus ojos. De tal suerte, estos dos esforzados compa\u00f1eros de Sarped\u00f3n, h\u00e1biles tiradores, a hijos de Amisodaro, el que aliment\u00f3 a la indomable Quimera, causa de males para muchos hombres, fueron vencidos por los dos hermanos y descendieron al \u00c9rebo.\u2011 Ayante Oil\u00edada acometi\u00f3 y cogi\u00f3 vivo a Cleobulo, atropellado por la turba, y le quit\u00f3 la vida, hiri\u00e9ndole en el cuello con la espada provista de empu\u00f1adura: la hoja entera se calent\u00f3 con la sangre, y la purp\u00farea muerte y la parca cruel velaron los ojos del guerrero.\u2011 Pen\u00e9leo y Lic\u00f3n fueron a encontrarse, y, habiendo arrojado sus lanzas en vano, pues ambos erraron el tiro, se acometieron con las espadas: Lica\u00f3n dio a su enemigo un tajo en la cimera del casco, que adornaban crines de caballo; pero la espada se le rompi\u00f3 junto a la empu\u00f1adura; Pen\u00e9leo hundi\u00f3 la suya en el cuello de Lic\u00f3n, debajo de la oreja, y se lo cort\u00f3 por entero: la cabeza cay\u00f3 a un lado, sostenida tan s\u00f3lo por la piel, y los miembros perdieron su vigor.\u2011 Meriones dio alcance con sus ligeros pies a Acamante, cuando sub\u00eda al carro, y le hiri\u00f3 en el hombro derecho: el troyano cay\u00f3 en tierra, y las tinieblas cubrieron sus ojos.\u2011 A Erimante meti\u00f3le Idomeneo el cruel bronce por la boca: la lanza atraves\u00f3 la cabeza por debajo del cerebro, rompi\u00f3 los blancos huesos y conmovi\u00f3 los dientes; los ojos llen\u00e1ronse con la sangre que flu\u00eda de las narices y de la boca abierta, y la muerte, cual si fuese obscura nube, envolvi\u00f3 al guerrero.<\/p>\n<p>\u00a0Cada uno de estos caudillos d\u00e1naos mat\u00f3, pues, a un hombre. Como los voraces lobos acometen a corderos o cabritos, arrebat\u00e1ndolos de un hato que se dispersa en el monte por la impericia del pastor, pues as\u00ed que aqu\u00e9llos los ven se los llevan y despedazan por tener los \u00faltimos un coraz\u00f3n t\u00edmido; as\u00ed los d\u00e1naos cargaban sobre los troyanos, y \u00e9stos, pensando en la fuga horr\u00edsona, olvid\u00e1banse de su impetuoso valor.<\/p>\n<p>\u00a0El gran Ayante deseaba constantemente arrojar su lanza a H\u00e9ctor, armado de bronce; pero el h\u00e9roe, que era muy experto en la guerra, cubriendo sus anchos hombros con un escudo de pieles de toro, estaba atento al silbo de las flechas y al ruido de los dardos. Bien conoc\u00eda que la victoria se inclinaba del lado de los enemigos, pero resist\u00eda a\u00fan y procuraba salvar a sus compa\u00f1eros queridos.<\/p>\n<p>\u00a0Como se va extendiendo una nube desde el Olimpo al cielo, despu\u00e9s de un d\u00eda sereno, cuando Zeus prepara una tempestad, as\u00ed los troyanos huyeron de las naves, dando gritos, y ya no fue con orden como repasaron el foso. A H\u00e9ctor le sacaron de all\u00ed, con sus armas, los corceles de ligeros pies; y el h\u00e9roe desampar\u00f3 la turba de los troyanos, a quienes deten\u00eda, mal de su grado, el profundo foso. Muchos veloces corceles, rompiendo los carros de los caudillos por el extremo del tim\u00f3n, all\u00ed los dejaron.\u2011 Patroclo iba adelante, exhortando vehementemente a los d\u00e1naos y pensando en causar da\u00f1o a los troyanos; los cuales, una vez puestos en desorden, llenaban todos los caminos huyendo con gran clamoreo; la polvareda llegaba a to alto debajo de las nubes, y los sol\u00edpedos caballos volv\u00edan a la ciudad desde las naves y las tiendas. Patroclo, donde ve\u00eda m\u00e1s gente del pueblo desordenada, all\u00ed se encaminaba vociferando; los guerreros ca\u00edan de cara debajo de los ejes de sus carros, y \u00e9stos volcaban con gran estruendo. Al llegar al foso, los caballos inmortales que los dioses hab\u00edan regalado a Peleo como espl\u00e9ndido presente lo salvaron de un salto, deseosos de seguir adelante; y, cuando a Patroclo el \u00e1nimo le impuls\u00f3 a ir hacia H\u00e9ctor para herirlo, ya los veloces corceles de \u00e9ste se lo hab\u00edan llevado. Como en el oto\u00f1o descarga una tempestad sobre la negra tierra, cuando Zeus env\u00eda violenta lluvia, irritado contra los hombres que en el foro dan sentencias inicuas y echan a la justicia, no temiendo la venganza de los dioses; y todos los r\u00edos salen de madre y los torrentes cortan muchas colinas, braman al correr desde lo alto de las monta\u00f1as al mar purp\u00fareo y destruyen las labores del campo; de semejante modo corr\u00edan las yeguas troyanas, dando lastimeros relinchos.<\/p>\n<p>\u00a0Patroclo, cuando hubo separado de los dem\u00e1s enemigos a los que formaban las \u00faltimas falanges, les oblig\u00f3 a volver hacia los bajeles, en vez de permitirles que subiesen a la ciudad; y, acometi\u00e9ndoles entre las naves, el r\u00edo y el alto muro, los mataba para vengar a muchos de los suyos. Entonces envas\u00f3le a Pr\u00f3noo la brillante lanza en el pecho, donde \u00e9ste quedaba sin defensa al lado del escudo, y le dej\u00f3 sin vigor los miembros: el troyano cay\u00f3 con estr\u00e9pito. Luego acometi\u00f3 a T\u00e9stor, hijo de Enope, que se hallaba encogido en el lustroso asiento y en su turbaci\u00f3n hab\u00eda dejado que las riendas se le fuesen de la mano: clav\u00f3le desde cerca la lanza en la mejilla derecha, se la hizo pasar por los dientes y lo levant\u00f3 por encima del barandal. Como el pescador sentado en una roca prominente saca del mar un pez enorme, vali\u00e9ndose de la cuerda y del reluciente bronce, as\u00ed Patroclo, alzando la brillante lanza, sac\u00f3 del carro a T\u00e9stor con la boca abierta y le arroj\u00f3 de cara al suelo; el troyano, al caer, perdi\u00f3 la vida.\u2011 Despu\u00e9s hiri\u00f3 de una pedrada en medio de la cabeza a Erilao, que a acometerle ven\u00eda, y se la parti\u00f3 en dos dentro del fuerte casco: el troyano dio de manos en el suelo, y le envolvi\u00f3 la destructora muerte.\u2011 Y sucesivamente fue derribando en la f\u00e9rtil tierra a Erimante, Anf\u00f3tero, Epaltes, Tlep\u00f3lemo Damast\u00f3rida, Equio, Piris, Ifeo, Evipo y Polimelo Arg\u00e9ada.<\/p>\n<p>\u00a0Sarped\u00f3n, al ver que sus compa\u00f1eros, de corazas sin cintura, sucumb\u00edan a manos de Patroclo Menec\u00edada, increp\u00f3 a los deiformes licios:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Qu\u00e9 verg\u00fcenza, oh licios! \u00bfAd\u00f3nde hu\u00eds? Sed esforzados. Yo saldr\u00e9 al encuentro de ese hombre, para saber qui\u00e9n es el que as\u00ed vence y tantos males causa a los troyanos, pues ya a muchos valientes les ha quebrado las rodillas.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y salt\u00f3 del carro al suelo sin dejar las armas. A su vez Patroclo, al verlo, se ape\u00f3 del suyo. Como dos buitres de corvas u\u00f1as y combado pico ri\u00f1en, dando chillidos, sobre elevada roca; as\u00ed aqu\u00e9llos se acometieron vociferando. Violos el hijo del artero Crono; y, compadecido, dijo a Hera, su hermana y esposa:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ay de m\u00ed! La parca dispone que Sarped\u00f3n, a quien amo sobre todos los hombres, sea muerto por Patroclo Menec\u00edada. Entre dos prop\u00f3sitos vacila en mi pecho el coraz\u00f3n: \u00bflo arrebatar\u00e9 vivo de la luctuosa batalla, para llevarlo al opulento pueblo de la Licia, o dejar\u00e9 que sucumba a manos del Menec\u00edada?<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Hera veneranda, la de ojos de novilla:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Terribil\u00edsimo Cronida, qu\u00e9 palabras proferiste! \u00bfUna vez m\u00e1s quieres librar de la muerte horr\u00edsona a ese hombre mortal, a quien tiempo ha que el hado conden\u00f3 a morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos. Otra cosa voy a decirte, que fijar\u00e1s en la memoria: Piensa que, si a Sarped\u00f3n le mandas vivo a su palacio, alg\u00fan otro dios querr\u00e1 sacar a su hijo del duro combate, pues muchos hijos de los inmortales pelean en torno de la gran ciudad de Pr\u00edamo, y har\u00e1s que sus padres se enciendan en terrible ira. Pero, si Sarped\u00f3n te es caro y tu coraz\u00f3n le compadece, deja que muera a manos de Patroclo Menec\u00edada en re\u00f1ido combate; y cuando el alma y la vida le abandonen, ordena a la Muerte y al dulce Sue\u00f1o que lo lleven a la vasta Licia, para que sus hermanos y amigos le hagan exequias y le erijan un t\u00famulo y un cipo, que tales son los honores debidos a los muertos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. El padre de los hombres y de los dioses no desobedeci\u00f3, a hizo caer sobre la tierra sanguinolentas gotas para honrar al hijo amado, a quien Patroclo hab\u00eda de matar en la f\u00e9rtil Troya, lejos de su patria.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando ambos h\u00e9roes se hallaron frente a frente, Patroclo arroj\u00f3 la lanza, y, acertando a dar en el empeine del ilustre Trasimelo, escudero valeroso del rey Sarped\u00f3n, dej\u00f3le sin vigor los miembros. Sarped\u00f3n acometi\u00f3 a su vez; y, despidiendo la reluciente lanza, err\u00f3 el tiro; pero hiri\u00f3 en el hombro derecho al corcel P\u00e9daso, que relinch\u00f3 mientras perd\u00eda el vital aliento. El caballo cay\u00f3 en el polvo, y el \u00e1nimo vol\u00f3 de su cuerpo. Forcejearon los otros dos corceles por separarse, cruji\u00f3 el yugo y enred\u00e1ronse las riendas a causa de que el caballo lateral yac\u00eda en el polvo. Pero Automedonte, famoso por su lanza, hall\u00f3 el remedio: desenvainando la espada de larga punta, que llevaba junto al fornido muslo, cort\u00f3 apresuradamente los tirantes del caballo lateral, y los otros dos se enderezaron y obedecieron a las riendas. Y los h\u00e9roes volvieron a acometerse con roedor encono.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces Sarped\u00f3n arroj\u00f3 otra reluciente lanza y err\u00f3 el tiro, pues aqu\u00e9lla pas\u00f3 por cima del hombro izquierdo de Patroclo sin herirlo. Patroclo despidi\u00f3 la suya y no en balde; ya que acert\u00f3 a Sarped\u00f3n y le hiri\u00f3 en el tejido que al denso coraz\u00f3n envuelve. Cay\u00f3 el h\u00e9roe como la encina, el \u00e1lamo o el elevado pino que en el monte cortan con afiladas hachas los art\u00edfices para hacer un m\u00e1stil de nav\u00edo; as\u00ed yac\u00eda aqu\u00e9l, tendido delante de los corceles y del carro, rechin\u00e1ndole los dientes y cogiendo con las manos el polvo ensangrentado. Como el rojizo y animoso toro, a quien devora un le\u00f3n que se ha presentado entre los fex\u00edpedes bueyes, brama al morir entre las mand\u00edbulas del le\u00f3n, as\u00ed el caudillo de los licios escudados, herido de muerte por Patroclo, se enfurec\u00eda; y, llamando al compa\u00f1ero, le hablaba de este modo:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Caro Glauco, guerrero afamado entre los hombres! Ahora debes portarte como fuerte y audaz luchador; ahora te ha de causar placer la batalla funesta, si eres valiente. Ve por todas partes, exhorta a los capitanes licios a que combatan en torno de Sarped\u00f3n y defi\u00e9ndeme t\u00fa mismo con el bronce. Constantemente, todos los d\u00edas, ser\u00e9 para ti motivo de verg\u00fcenza y oprobio, si, sucumbiendo en el recinto de las naves, los aqueos me despojan de la armadura. \u00a1Pelea, pues, denodadamente y anima a todo el ej\u00e9rcito!<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; y el velo de la muerte le cubri\u00f3 los ojos y las narices. Patroclo, sujet\u00e1ndole el pecho con el pie, le arranc\u00f3 el asta, con ella sigui\u00f3 el diafragma, y salieron a la vez la punta de la lanza y el alma del guerrero. Y los mirmidones detuvieron los corceles de Sarped\u00f3n, los cuales anhelaban y quer\u00edan huir desde que qued\u00f3 vac\u00edo el carro de sus due\u00f1os.<\/p>\n<p>\u00a0Glauco sinti\u00f3 hondo pesar al o\u00edr la voz de Sarped\u00f3n y se le turb\u00f3 el \u00e1nimo porque no pod\u00eda socorrerlo. Apret\u00f3se con la mano el brazo, pues le abrumaba una herida que Teucro le hab\u00eda causado dispar\u00e1ndole una flecha cuando \u00e9l asaltaba el alto muro y el aqueo defend\u00eda a los suyos; y or\u00f3 de esta suerte a Apolo, el que hiere de lejos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Oyeme, oh soberano, ya te halles en el opulento pueblo de Licia, ya te encuentres en Troya; pues desde cualquier lugar puedes atender al que est\u00e1 afligido, como lo estoy ahora. Tengo esta grave herida, padezco agudos dolores en el brazo y la sangre no se seca; el hombro se entorpece, y me es imposible manejar firmemente la lanza y pelear con los enemigos. Ha muerto un hombre fort\u00edsimo, Sarped\u00f3n, hijo de Zeus, el cual ya ni a su prole defiende. C\u00farame, oh soberano, la grave herida, adormece mis dolores y dame fortaleza para que mi voz anime a los licios a combatir y yo mismo luche en defensa del cad\u00e1ver.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo rogando. Oy\u00f3le Febo Apolo y en seguida calm\u00f3 los dolores, sec\u00f3 la negra sangre de la grave herida a infundi\u00f3 valor en el \u00e1nimo del troyano. Glauco, al notarlo, se holg\u00f3 de que el gran dios hubiese escuchado su ruego. En seguida fue por todas partes y exhort\u00f3 a los capitanes licios para que combatieran en torno de Sarped\u00f3n. Despu\u00e9s, encamin\u00f3se a paso largo hacia los troyanos; busc\u00f3 a Polidamante Pantoida, al divino Agenor, a Eneas y a H\u00e9ctor armado de bronce; y, deteni\u00e9ndose cerca de los mismos, dijo estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor! Te olvidas del todo de los aliados que por ti pierden la vida lejos de los amigos y de la patria tierra, y ni socorrerles quieres. Yace en tierra Sarped\u00f3n, el rey de los licios escudados, que con su justicia y su valor gobernaba a Licia. El bronc\u00edneo Ares lo ha matado con la lanza de Patroclo. Oh amigos, venid a indignaos en vuestro coraz\u00f3n: no sea que los mirmidones le quiten la armadura a insulten el cad\u00e1ver, irritados por la muerte de los d\u00e1naos, a quienes dieron muerte nuestras picas junto a las veleras naves.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Los troyanos sintieron grande a inconsolable pena, porque Sarped\u00f3n, aunque forastero, era un baluarte para la ciudad; hab\u00eda llevado a ella a muchos hombres y en la pelea los superaba a todos. Con grandes br\u00edos dirigi\u00e9ronse aqu\u00e9llos contra los d\u00e1naos, y a su frente marchaba H\u00e9ctor, irritado por la muerte de Sarped\u00f3n. Y Patroclo Menec\u00edada, de coraz\u00f3n valiente, anim\u00f3 a los aqueos; y dijo a los Ayantes, que ya de combatir estaban deseosos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ayantes! Poned empe\u00f1o en rechazar al enemigo y mostraos tan valientes como hab\u00e9is sido hasta aqu\u00ed o m\u00e1s a\u00fan. Yace en tierra Sarped\u00f3n, el que primero asalt\u00f3 nuestra muralla. \u00a1Ah, si apoder\u00e1ndonos del cad\u00e1ver pudi\u00e9semos ultrajarlo, quitarle la armadura de los hombros y matar con el cruel bronce a alguno de los compa\u00f1eros que lo defienden!&#8230;<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, aunque ellos ya deseaban rechazar al enemigo. Y troyanos y licios por una parte, y mirmidones y aqueos por otra, cerraron las falanges, vinieron a las manos y empezaron a pelear con horrenda griter\u00eda en torno del cad\u00e1ver. Cruj\u00edan las armaduras de los guerreros, y Zeus cubri\u00f3 con una da\u00f1osa obscuridad la re\u00f1ida contienda, para que produjese mayor estrago el combate que por el cuerpo de su hijo se empe\u00f1aba.<\/p>\n<p>\u00a0En un principio, los troyanos rechazaron a los aqueos, de ojos vivos, porque fue herido un var\u00f3n que no era ciertamente el m\u00e1s cobarde de los mirmidones: el divino Epigeo, hijo de Agacles magn\u00e1nimo; el cual rein\u00f3 en otro tiempo en la populosa Budeo; luego, por haber dado muerte a su valiente primo, se present\u00f3 como suplicante a Peleo y a Tetis, la de arg\u00e9nteos pies, y ellos le enviaron a Ilio, abundante en hermosos corceles, con Aquiles, destructor de las filas de guerreros, para que combatiera contra los troyanos. Epigeo echaba mano al cad\u00e1ver cuando el esclarecido H\u00e9ctor le dio una pedrada en la cabeza y se la parti\u00f3 en dos dentro del fuerte casco: el guerrero cay\u00f3 boca abajo sobre el cuerpo de Sarped\u00f3n, y a su alrededor esparci\u00f3se la destructora muerte. Apesadumbr\u00f3se Patroclo por la p\u00e9rdida del compa\u00f1ero y atraves\u00f3 al instante las primeras filas, como el veloz gavil\u00e1n persigue a unos grajos o estorninos: de la misma manera acometiste, oh h\u00e1bil jinete Patroclo, a los licios y troyanos, airado en tu coraz\u00f3n por la muerte del amigo. Y cogiendo una piedra, hiri\u00f3 en el cuello a Estenelao, hijo querido de It\u00e9menes, y le rompi\u00f3 los tendones. Retrocedieron los combatientes delanteros y el esclarecido H\u00e9ctor. Cuanto espacio recorre el luengo venablo que lanza un hombre, ya en el juego para ejercitarse, ya en la guerra contra los enemigos que la vida quitan, otro tanto se retiraron los troyanos, cediendo al empuje de los aqueos. Glauco, capit\u00e1n de los escudados licios, fue el primero que volvi\u00f3 la cara y mat\u00f3 al magn\u00e1nimo Baticles, hijo amado de Calc\u00f3n, que ten\u00eda su casa en la H\u00e9lade y se se\u00f1alaba entre los mirmidones por sus bienes y riquezas: escap\u00e1base Glauco, y Baticles iba a darle alcance, cuando aqu\u00e9l se volvi\u00f3 repentinamente y le hundi\u00f3 la pica en medio del pecho. Baticles cay\u00f3 con estr\u00e9pito, los aqueos sintieron hondo pesar por la muerte del valiente guerrero, y los troyanos, muy alegres, rodearon en tropel el cad\u00e1ver; pero los aqueos no se olvidaron de su impetuoso valor y arremetieron denodadamente al enemigo. Entonces Meriones mat\u00f3 a un combatiente troyano, a La\u00f3gono, esforzado hijo de On\u00e9tor y sacerdote de Zeus Ideo, a quien el pueblo veneraba como a un dios: hiri\u00f3le debajo de la quijada y de la oreja, la vida huy\u00f3 de los miembros del guerrero, y la obscuridad horrible le envolvi\u00f3. Eneas arroj\u00f3 la bronc\u00ednea lanza, con el intento de herir a Meriones, que se adelantaba protegido por el escudo. Pero Meriones la vio venir y evit\u00f3 el golpe inclin\u00e1ndose hacia adelante: la ingente lanza se clav\u00f3 en el suelo detr\u00e1s de \u00e9l y el regat\u00f3n temblaba; pero pronto la impetuosa arma perdi\u00f3 su fuerza. Penetr\u00f3, pues, la vibrante punta en la tierra, y la lanza fue echada en vano por el robusto brazo. Eneas, con el coraz\u00f3n irritado, dijo:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Meriones! Aunque eres \u00e1gil saltador, mi lanza lo habr\u00eda apartado para siempre del combate, si lo hubiese herido.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Meriones, c\u00e9lebre por su lanza:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Eneas! Dif\u00edcil lo ser\u00e1, aunque seas valiente, aniquilar la fuerza de cuantos hombres salgan a pelear contigo. Tambi\u00e9n t\u00fa eres mortal. Si lograra herirte en medio del cuerpo con el agudo bronce, en seguida, a pesar de tu vigor y de la confianza que tienes en tu brazo, me dar\u00edas gloria, y a Hades, el de los famosos corceles, el alma.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; y el valeroso hijo de Menecio le reprendi\u00f3, diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Meriones! \u00bfPor qu\u00e9, siendo valiente, te entretienes en hablar as\u00ed? \u00a1Oh amigo! Con palabras injuriosas no lograremos que los troyanos dejen el cad\u00e1ver; preciso ser\u00e1 que alguno de ellos baje antes al seno de la tierra. Las batallas se ganan con los pu\u00f1os, y las palabras sirven en el consejo. Conviene, pues, no hablar, sino combatir.<\/p>\n<p>\u00a0En diciendo esto, ech\u00f3 a andar y sigui\u00f3le Meriones, igual a un dios. Como el estruendo que producen los le\u00f1adores en la espesura de un monte y que se deja o\u00edr a lo lejos, tal era el estr\u00e9pito que se elevaba de la tierra espaciosa al ser golpeados el bronce, el cuero y los bien construidos escudos de pieles de buey por las espadas y las lanzas de doble filo. Y ya ni un hombre perspicaz hubiera conocido al divino Sarped\u00f3n, pues los dardos, la sangre y el polvo lo cubr\u00edan completamente de pies a cabeza. Agit\u00e1banse todos alrededor del cad\u00e1ver como en la primavera zumban las moscas en el establo por cima de las escudillas llenas de leche, cuando \u00e9sta hace rebosar los tarros: de igual manera bull\u00edan aqu\u00e9llos en torno del muerto. Zeus no apartaba los refulgentes ojos de la dura contienda; y, contemplando a los guerreros, revolv\u00eda en su \u00e1nimo muchas cosas acerca de la muerte de Patroclo: vacilaba entre si en la encarnizada contienda el esclarecido H\u00e9ctor deber\u00eda matar con el bronce a Patroclo sobre Sarped\u00f3n, igual a un dios, y quitarle la armadura de los hombros, o convendr\u00eda extender la terrible pelea. Y considerando como lo m\u00e1s conveniente que el bravo escudero del Pelida Aquiles hiciera arredrar a los troyanos y a H\u00e9ctor, armado de bronce, hacia la ciudad y quitara la vida a muchos guerreros, comenz\u00f3 infundiendo timidez primeramente a H\u00e9ctor, el cual subi\u00f3 al carro, se puso en fuga y exhort\u00f3 a los dem\u00e1s troyanos a que huyeran, porque hab\u00eda conocido hacia qu\u00e9 lado se inclinaba la balanza sagrada de Zeus. Tampoco los fuertes licios osaron resistir, y huyeron todos al ver a su rey herido en el coraz\u00f3n y echado en un mont\u00f3n de cad\u00e1veres; pues cayeron muchos hombres a su alrededor cuando el Croni\u00f3n aviv\u00f3 el duro combate. Los aqueos quit\u00e1ronle a Sarped\u00f3n la reluciente armadura de bronce y el esforzado hijo de Menecio la entreg\u00f3 a sus compa\u00f1eros para que la llevaran a las c\u00f3ncavas naves. Y entonces Zeus, que amontona las nubes, dijo a Apolo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ea, querido Febo! Ve y despu\u00e9s de sacar a Sarped\u00f3n de entre los dardos, l\u00edmpiale la negra sangre, cond\u00facele a un sitio lejano y l\u00e1vale en la corriente de un r\u00edo, \u00fangele con ambros\u00eda, ponle vestiduras divinas y entr\u00e9galo a los veloces conductores y hermanos gemelos: el Sue\u00f1o y la Muerte. Y \u00e9stos, transport\u00e1ndolo con presteza, lo dejar\u00e1n en el rico pueblo de la vasta Licia. All\u00ed sus hermanos y amigos le har\u00e1n exequias y le erigir\u00e1n un t\u00famulo y un cipo, que tales son los honores debidos a los muertos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y Apolo no desobedeci\u00f3 a su padre. Descendi\u00f3 de los montes ideos a la terrible batalla, y en seguida levant\u00f3 al divino Sarped\u00f3n de entre los dardos, y, conduci\u00e9ndole a un sitio lejano, lo lav\u00f3 en la corriente de un r\u00edo; ungi\u00f3lo con ambros\u00eda, p\u00fasole vestiduras divinas y entreg\u00f3lo a los veloces conductores y hermanos gemelos: el Sue\u00f1o y la Muerte. Y \u00e9stos, transport\u00e1ndolo con presteza, to dejaron en el rico pueblo de la vasta Licia.<\/p>\n<p>\u00a0Patroclo animaba a los corceles y a Automedonte y persegu\u00eda a los troyanos y licios, y con ello se atrajo un gran infortunio. \u00a1Insensato! Si se hubiese atenido a la orden del Pelida, se hubiera visto libre de la funesta parca, de la negra muerte. Pero siempre el pensamiento de Zeus es m\u00e1s eficaz que el de los hombres (aquel dios pone en fuga al var\u00f3n esforzado y le quita f\u00e1cilmente la victoria, aunque \u00e9l mismo le haya incitado a combatir), y entonces alent\u00f3 el \u00e1nimo en el pecho de Patroclo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00bfCu\u00e1l fue el primero y cu\u00e1l el \u00faltimo que mataste, oh Patroclo, cuando los dioses lo llamaron a la muerte?<\/p>\n<p>\u00a0Fueron primeramente Adrasto, Aut\u00f3noo, Equeclo, P\u00e9rimo M\u00e9gada, Ep\u00edstor y Melanipo; y despu\u00e9s, \u00c9laso, Mulio y Pilartes. Mat\u00f3 a \u00e9stos, y los dem\u00e1s se dieron a la fuga.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces los aqueos habr\u00edan tomado Troya, la de altas puertas, por las manos de Patroclo, que manejaba con gran furia la lanza, si Febo Apolo no se hubiese colocado en la bien construida torre para da\u00f1ar a aqu\u00e9l y ayudar a los troyanos. Tres veces encamin\u00f3se Patroclo a un \u00e1ngulo de la elevada muralla; tres veces rechaz\u00f3le Apolo, agitando con sus manos inmortales el refulgente escudo. Y cuando, semejante a un dios, atacaba por cuarta vez, increp\u00f3le la deidad terriblemente con estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ret\u00edrate, Patroclo del linaje de Zeus! El hado no ha dispuesto que la ciudad de los altivos troyanos sea destruida por tu lanza, ni por Aquiles, que tanto te aventaja.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y Patroclo retrocedi\u00f3 un gran trecho, para no atraerse la c\u00f3lera de Apolo, el que hiere de lejos.<\/p>\n<p>\u00a0H\u00e9ctor se hallaba con el carro y los sol\u00edpedos corceles en las puertas Esceas, y estaba indeciso entre guiarlos de nuevo hacia la turba y volver a combatir, o mandar a voces que las tropas se refugiasen en el muro. Mientras reflexionaba sobre esto, present\u00f3sele Febo Apolo, que tom\u00f3 la figura del valiente joven Asio, el cual era t\u00edo materno de H\u00e9ctor, domador de caballos, hermano carnal de H\u00e9cuba a hijo de Dimante, y habitaba en la Frigia, junto a la corriente del Sangario. As\u00ed transfigurado, exclam\u00f3 Apolo, hijo de Zeus:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor! \u00bfPor qu\u00e9 te abstienes de combatir? No debes hacerlo. Ojal\u00e1 te superara tanto en bravura, cuanto te soy inferior: entonces te ser\u00eda funesto el retirarte de la batalla. Mas, ea, gu\u00eda los corceles de duros cascos hacia Patroclo, por si puedes matarlo y Apolo te da gloria.<\/p>\n<p>\u00a0En diciendo esto, el dios volvi\u00f3 a la batalla. El esclarecido H\u00e9ctor mand\u00f3 a Cebr\u00edones que picara a los corceles y los dirigiese a la pelea; y Apolo, entr\u00e1ndose por la turba, suscit\u00f3 entre los argivos funesto tumulto y dio gloria a H\u00e9ctor y a los troyanos. H\u00e9ctor dej\u00f3 entonces a los dem\u00e1s d\u00e1naos, sin que fuera a matarlos, y enderez\u00f3 a Patroclo los caballos de duros cascos. Patroclo, a su vez, salt\u00f3 del carro a tierra con la lanza en la izquierda; cogi\u00f3 con la diestra una piedra Blanca y erizada de puntas que llenaba la mano; y, estribando en el suelo, la arroj\u00f3, hiriendo en seguida a un combatiente, pues el tiro no sali\u00f3 vano: dio la aguda piedra en la frente de Cebr\u00edones, auriga de H\u00e9ctor, que era hijo bastardo del ilustre Pr\u00edamo, y entonces gobernaba las riendas de los caballos. La piedra se llev\u00f3 ambas cejas; el hueso tampoco resisti\u00f3; los ojos cayeron en el polvo a los pies de Cebr\u00edones; y \u00e9ste, cual si fuera un buzo, cay\u00f3 del asiento bien construido, porque la vida huy\u00f3 de sus miembros. Y burl\u00e1ndose de \u00e9l, oh caballero Patroclo, exclamaste:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh dioses! \u00a1Muy \u00e1gil es el hombre! \u00a1Cu\u00e1n f\u00e1cilmente salta a lo buzo! Si se hallara en el ponto, en peces abundante, ese hombre saltar\u00eda de la nave, aunque el mar estuviera tempestuoso, y podr\u00eda saciar a muchas personas con las ostras que pescara. \u00a1Con tanta facilidad ha dado la voltereta del carro a la llanura! Es indudable que tambi\u00e9n los troyanos tienen buzos.<\/p>\n<p>\u00a0En diciendo esto, corri\u00f3 hacia el h\u00e9roe con la impetuosidad de un le\u00f3n que devasta los establos hasta que es herido en el pecho y su mismo valor lo mata; de la misma manera, oh Patroclo, te arrojaste enardecido sobre Cebr\u00edones. H\u00e9ctor, por su parte, salt\u00f3 del carro al suelo sin dejar las armas. Y entrambos luchaban en torno de Cebr\u00edones como dos hambrientos leones que en la cumbre de un monte pelean furiosos por el cad\u00e1ver de una cierva, as\u00ed los dos aguerridos campeones, Patroclo Menec\u00edada y el esclarecido H\u00e9ctor, deseaban herirse el uno al otro con el cruel bronce. H\u00e9ctor hab\u00eda cogido al muerto por la cabeza y no lo soltaba; Patroclo lo as\u00eda de un pie, y los dem\u00e1s troyanos y d\u00e1naos sosten\u00edan encarnizado combate.<\/p>\n<p>\u00a0Como el Euro y el Noto contienden en la espesura de un monte, agitando la poblada selva, y las largas ramas de los fresnos, encinas y cortezudos cornejos chocan entre s\u00ed con inmenso estr\u00e9pito, y se oyen los crujidos de las que se rompen, de semejante modo troyanos y aqueos se acomet\u00edan y mataban, sin acordarse de la perniciosa fuga. Alrededor de Cebr\u00edones se clavaron en tierra muchas agudas lanzas y aladas flechas que saltaban de los arcos; buen n\u00famero de grandes piedras her\u00edan los escudos de los que combat\u00edan en torno suyo; y el h\u00e9roe yac\u00eda en el suelo, sobre un gran espacio, envuelto en un torbellino de polvo y olvidado del arte de guiar los carros.<\/p>\n<p>\u00a0Hasta que el sol hubo recorrido la mitad del cielo, los tiros alcanzaban por igual a unos y a otros, y los hombres ca\u00edan. Cuando aqu\u00e9l se encamin\u00f3 al ocaso, los aqueos eran vencedores, contra lo dispuesto por el destino; y, habiendo arrastrado el cad\u00e1ver del h\u00e9roe Cebr\u00edones fuera del alcance de los dardos y del tumulto de los troyanos, le quitaron la armadura de los hombros.<\/p>\n<p>\u00a0Patroclo acometi\u00f3 furioso a los troyanos: tres veces los acometi\u00f3, cual si fuera el r\u00e1pido Ares, dando horribles voces; tres veces mat\u00f3 nueve hombres. Y cuando, semejante a un dios, arremetiste, oh Patroclo, por cuarta vez, viose claramente que ya llegabas al t\u00e9rmino de tu vida, pues el terrible Febo sali\u00f3 a tu encuentro en el duro combate. Mas Patroclo no vio al dios; el cual, cubierto por densa nube, atraves\u00f3 la turba, se le puso detr\u00e1s, y, alargando la mano, le dio un golpe en la espalda y en los anchos hombros. Al punto los ojos del h\u00e9roe padecieron v\u00e9rtigos. Febo Apolo le quit\u00f3 de la cabeza el casco con agujeros a guisa de ojos, que rod\u00f3 con estr\u00e9pito hasta los pies de los caballos; y el penacho se manch\u00f3 de sangre y polvo. Jam\u00e1s aquel casco, adornado con crines de caballo, se hab\u00eda manchado cayendo en el polvo, pues proteg\u00eda la cabeza y hermosa frente del divino Aquiles. Entonces Zeus permiti\u00f3 tambi\u00e9n que lo llevara H\u00e9ctor, porque ya la muerte se iba acercando a este caudillo. A Patroclo se le rompi\u00f3 en la mano la pica larga, pesada, grande, fornida, armada de bronce; el ancho escudo y su correa cayeron al suelo, y el soberano Apolo, hijo de Zeus, desat\u00f3 la coraza que aqu\u00e9l llevaba. El estupor se apoder\u00f3 del esp\u00edritu del h\u00e9roe, y sus hermosos miembros perdieron la fuerza. Patroclo se detuvo at\u00f3nito, y entonces desde cerca clav\u00f3le aguda lanza en la espalda, entre los hombros, el d\u00e1rdano Euforbo Pantoida; el cual aventajaba a todos los de su edad en el manejo de la pica, en el arte de guiar un carro y en la veloz carrera, y la primera vez que se present\u00f3 con su carro para aprender a combatir derrib\u00f3 a veinte guerreros de sus carros respectivos. \u00c9ste fue, oh caballero Patroclo, el primero que contra ti despidi\u00f3 su lanza, pero a\u00fan no lo hizo sucumbir. Euforbo arranc\u00f3 la lanza de fresno; y, retrocediendo, se mezcl\u00f3 con la turba, sin esperar a Patroclo, aunque le viera desarmado; mientras \u00e9ste, vencido por el golpe del dios y la lanzada, retroced\u00eda al grupo de sus compa\u00f1eros para evitar la muerte.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando H\u00e9ctor advirti\u00f3 que el magn\u00e1nimo Patroclo se alejaba y que lo hab\u00edan herido con el agudo bronce, fue en su seguimiento, por entre las filas, y le envain\u00f3 la lanza en la parte inferior del vientre, que el hierro pas\u00f3 de parte a parte; y el h\u00e9roe cay\u00f3 con estr\u00e9pito, causando gran aflicci\u00f3n al ej\u00e9rcito aqueo. Como el le\u00f3n acosa en la lucha al ind\u00f3mito jabal\u00ed cuando ambos pelean arrogantes en la cima de un monte por un escaso manantial donde quieren beber, y el le\u00f3n vence con su fuerza al jabal\u00ed, que respira anhelante, as\u00ed H\u00e9ctor Pri\u00e1mida priv\u00f3 de la vida, hiri\u00e9ndolo de cerca con la lanza, al esforzado hijo de Menecio, que a tantos hab\u00eda dado muerte. Y blasonando del triunfo, profiri\u00f3 estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Patroclo! Sin duda esperabas destruir nuestra ciudad, hacer cautivas a las mujeres troyanas y llev\u00e1rtelas en los bajeles a tu patria o tierra. \u00a1Insensato! Los veloces caballos de H\u00e9ctor vuelan al combate para defenderlas; y yo, que en manejar la pica sobresalgo entre los belicosos troyanos, aparto de los m\u00edos el d\u00eda de la servidumbre, mientras que a ti te comer\u00e1n los buitres. \u00a1Ah, infeliz! Ni Aquiles, con ser valiente, te ha socorrido. Cuando saliste de las naves, donde \u00e9l se ha quedado, debi\u00f3 de hacerte muchas recomendaciones, y hablarte de este modo: \u00abNo vuelvas a las c\u00f3ncavas naves, caballero Patroclo, antes de haber roto la coraza que envuelve el pecho de H\u00e9ctor, matador de hombres, te\u00f1ida de sangre\u00bb. As\u00ed te dijo, sin duda; y t\u00fa, oh necio, te dejaste persuadir.<\/p>\n<p>\u00a0Con l\u00e1nguida voz le respondiste, caballero Patroclo:<\/p>\n<p>\u00a0\u00a1H\u00e9ctor! J\u00e1ctate ahora con altaneras palabras, ya que te han dado la victoria Zeus Cronida y Apolo; los cuales me vencieron f\u00e1cilmente, quit\u00e1ndome la armadura de los hombros. Si. veinte guerreros como t\u00fa me hubiesen hecho frente, todos habr\u00edan muerto vencidos por mi lanza. Mat\u00e1ronme la parca funesta y el hijo de Leto, y, entre los hombres, Euforbo, y t\u00fa llegas el tercero, para despojarme de las armas. Otra cosa voy a decirte, que fijar\u00e1s en la memoria. Tampoco t\u00fa has de vivir largo tiempo, pues la muerte y la parca cruel se te acercan, y sucumbir\u00e1s a manos del eximio Aquiles E\u00e1cida.<\/p>\n<p>\u00a0Apenas acab\u00f3 de hablar, la muerte le cubri\u00f3 con su manto: el alma vol\u00f3 de los miembros y descendi\u00f3 al Hades, llorando su suerte porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el esclarecido H\u00e9ctor le dijo, aunque muerto le ve\u00eda:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Patroclo! \u00bfPor qu\u00e9 me profetizas una muerte terrible? \u00bfQui\u00e9n sabe si Aquiles, hijo de Tetis, la de hermosa cabellera, no perder\u00e1 antes la vida, herido por mi lanza?<\/p>\n<p>\u00a0Dichas estas palabras, puso un pie sobre el cad\u00e1ver, arranc\u00f3 la bronc\u00ednea lanza y lo tumb\u00f3 de espaldas. Inmediatamente se encamin\u00f3, lanza en mano, hacia Automedonte, el deiforme servidor del E\u00e1cida, de pies ligeros, pues deseaba herirlo, pero los veloces caballos inmortales, que a Peleo le dieron los dioses como espl\u00e9ndido presente, ya lo sacaban de la batalla.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO XVI Patroclea Al advertirlo, Patroclo suplica a Aquiles que rechace al enemigo; y, no consigui\u00e9ndolo, le ruega que, por lo menos, le preste sus armas y le permita ponerse al frente de los mirm\u00eddones para ahuyentar a los troyanos. 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