{"id":935,"date":"2010-11-27T22:29:09","date_gmt":"2010-11-27T20:29:09","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=935"},"modified":"2010-11-27T22:29:09","modified_gmt":"2010-11-27T20:29:09","slug":"%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xi-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xi-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (XI) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO XI<\/strong><\/p>\n<p><strong>Principal\u00eda de Agamen\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p>En la batalla entre aqueos y troyanos, aqu\u00e9llos llevan la peor parte: Agamen\u00f3n, Diomedes y Ulises resultan heridos. Ante la clara ventaja de los troyanos, Aquiles env\u00eda a Patroclo junto a N\u00e9stor.<\/p>\n<p>\u00a0La Aurora se levantaba del lecho, dejando al ilustre Titono, para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando, enviada por Zeus, se present\u00f3 en las veleras naves aqueas la cruel Discordia con la se\u00f1al del combate en la mano. Subi\u00f3 la diosa a la ingente nave negra de Ulises, que estaba en medio de todas, para que lo oyeran por ambos lados hasta las tiendas de Ayante Telamonio y de Aquiles; los cuales hab\u00edan puesto sus bajeles en los extremos, porque confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Desde all\u00ed daba aqu\u00e9lla grandes, agudos y horrendos gritos, y pon\u00eda mucha fortaleza en el coraz\u00f3n de todos los aqueos, a fin de que pelearan y combatieran sin descanso. Y pronto les fue m\u00e1s agradable batallar que volver a la patria tierra en las c\u00f3ncavas naves.<\/p>\n<p>\u00a0El Atrida alz\u00f3 la voz mandando que los argivos se apercibiesen, y \u00e9l mismo visti\u00f3 la armadura de luciente bronce. P\u00fasose en torno de las piernas hermosas grebas sujetas con broches de plata, y cubri\u00f3 su pecho con la coraza que Ciniras le hab\u00eda dado por presente de hospitalidad. Porque hasta Chipre hab\u00eda llegado la noticia de que los aqueos se embarcaban para Troya, y Ciniras, deseoso de complacer al rey, le dio esta coraza que ten\u00eda diez filetes de pavonado acero, doce de oro y veinte de esta\u00f1o, y a cada lado tres cer\u00faleos dragones erguidos hacia el cuello y semejantes al iris que el Croni\u00f3n fija en las nubes como se\u00f1al para los hombres dotados de palabra. Luego, el rey colg\u00f3 del hombro la espada, en la que reluc\u00edan \u00e1ureos clavos, con su vaina de plata sujeta por tirantes de oro. Embraz\u00f3 despu\u00e9s el labrado escudo, fuerte y hermoso, de la altura de un hombre, que presentaba diez c\u00edrculos de bronce en el contorno, ten\u00eda veinte bollos de blanco esta\u00f1o y en el centro uno de negruzco acero, y lo coronaba Gorgona, de ojos horrendos y torva vista, con el Terror y la Fuga a los lados. Su correa era argentada, y sobre la misma enrosc\u00e1base cer\u00faleo drag\u00f3n de tres cabezas entrelazadas, que nac\u00edan de un solo cuello. Cubri\u00f3 en seguida su cabeza con un casco de doble cimera, cuatro abolladuras y penacho de crines de caballo, que al ondear en lo alto causaba pavor; y asi\u00f3 dos fornidas lanzas de aguzada bronc\u00ednea punta, cuyo brillo llegaba hasta el cielo. Y Atenea y Hera tronaron en las alturas para honrar al rey de Micenas, rica en oro.<\/p>\n<p>\u00a0Cada cual mand\u00f3 entonces a su auriga que tuviera dispuestos el carro y los corceles junto al foso; salieron todos a pie y armados, y levant\u00f3se inmenso viento antes que la aurora despuntara. Delante del foso orden\u00e1ronse los infantes, y a \u00e9stos siguieron de cerca los que combat\u00edan en carros. Y el Cronida promovi\u00f3 entre ellos funesto tumulto y dej\u00f3 caer desde el \u00e9ter sanguinoso roc\u00edo porque hab\u00eda de precipitar al Hades a muchas y valerosas almas.<\/p>\n<p>\u00a0Los troyanos pusi\u00e9ronse tambi\u00e9n en orden de batalla en una eminencia de la llanura, alrededor del gran H\u00e9ctor, del eximio Polidamante, de Eneas, honrado como un dios por el pueblo troyano, y de los tres Anten\u00f3ridas: P\u00f3libo, el divino Agenor y el joven Acamante, que parec\u00eda un inmortal. H\u00e9ctor, armado de un escudo liso, lleg\u00f3 con los primeros combatientes. Cual astro funesto, que unas veces brilla en el cielo y otras se oculta detr\u00e1s de las pardas nubes; as\u00ed H\u00e9ctor, ya aparec\u00eda entre los delanteros, ya se mostraba entre los \u00faltimos, siempre dando \u00f3rdenes y brillando por la armadura de bronce como el rel\u00e1mpago del padre Zeus, que lleva la \u00e9gida.<\/p>\n<p>\u00a0Como los segadores caminan en direcciones opuestas por los surcos de un campo de trigo o de cebada de un hombre opulento, y los manojos de espigas caen espesos, de la misma manera, troyanos y aqueos se acomet\u00edan y mataban, sin pensar en la perniciosa fuga. Igual andaba la pelea, y como lobos se embest\u00edan. Goz\u00e1base en verlos la luctuosa Discordia, \u00fanica deidad que se hallaba entre los combatientes; pues los dem\u00e1s dioses permanec\u00edan quietos en los hermosos palacios que se les hab\u00eda construido en los valles del Olimpo y todos acusaban al Cronida, el dios de las sombr\u00edas nubes, porque quer\u00eda conceder la victoria a los troyanos. Mas el padre no se cuidaba de ellos; y, sentado aparte, ufano de su gloria, contemplaba la ciudad troyana, las naves aqueas, el brillo del bronce, a los que mataban y a los que la muerte recib\u00edan.<\/p>\n<p>\u00a0Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado d\u00eda, los tiros alcanzaban por igual a unos y a otros y los hombres ca\u00edan. Cuando lleg\u00f3 la hora en que el le\u00f1ador prepara el almuerzo en la espesura del monte, porque tiene los brazos cansados de cortar grandes \u00e1rboles, siente fatiga en su coraz\u00f3n y el dulce deseo de la comida le ha llegado al alma, los d\u00e1naos, exhort\u00e1ndose mutuamente por las filas y peleando con bravura, rompieron las falanges teucras. Agamen\u00f3n, que fue el primero en arrojarse a ellas, mat\u00f3 primeramente a Bi\u00e1nor, pastor de hombres, y despu\u00e9s a su compa\u00f1ero Oileo, h\u00e1bil jinete. \u00c9ste se hab\u00eda apeado del carro para sostener el encuentro, pero el Atrida le hundi\u00f3 en la frente la aguzada pica, que no fue detenida por el casco del duro bronce, sino que pas\u00f3 a trav\u00e9s del mismo y del hueso, conmovi\u00f3le el cerebro y postr\u00f3 al guerrero cuando contra aqu\u00e9l arremet\u00eda. Despu\u00e9s de quitarles a entrambos la coraza, Agamen\u00f3n, rey de hombres, dej\u00f3los all\u00ed, con el pecho al aire, y fue a dar muerte a Iso y a Antifo, hijos bastardo y leg\u00edtimo, respectivamente, de Pr\u00edamo, que iban en el mismo carro. El bastardo guiaba y el ilustre Antifo combat\u00eda. En otro tiempo Aquiles, habi\u00e9ndolos sorprendido en un bosque del Ida, mientras apacentaban ovejas, at\u00f3los con tiernos mimbres; y luego, pagado el rescate, los puso en libertad. Mas entonces el poderoso Agamen\u00f3n Atrida le envain\u00f3 a Iso la lanza en el pecho, sobre la tetilla, y a Antifo lo hiri\u00f3 con la espada en la oreja y lo derrib\u00f3 del carro. Y, al ir presuroso a quitarles las magn\u00edficas armaduras, los reconoci\u00f3; pues los hab\u00eda visto en las veleras naves cuando Aquiles, el de los pies ligeros, se los llev\u00f3 del Ida. Bien as\u00ed corno un le\u00f3n penetra en la guarida de una \u00e1gil cierva, se echa sobre los hijuelos y despedaz\u00e1ndolos con los fuertes dientes les quita la tierna vida, y la madre no puede socorrerlos, aunque est\u00e9 cerca, porque le da un gran temblor, y atraviesa, azorada y sudorosa, selvas y espesos encinares, huyendo de la acometida de la terrible fiera; tampoco los troyanos pudieron librar a aqu\u00e9llos de la muerte, porque a su vez hu\u00edan delante de los argivos.<\/p>\n<p>\u00a0Alcanz\u00f3 luego el rey Agamen\u00f3n a Pisandro y al intr\u00e9pido Hip\u00f3loco, hijos del aguerrido Ant\u00edmaco (\u00e9ste, ganado por el oro y los espl\u00e9ndidos regalos de Alejandro, se opon\u00eda a que Helena fuese devuelta al rubio Menelao): ambos iban en un carro, y desde su sitio procuraban guiar los veloces corceles, pues hab\u00edan dejado caer las lustrosas riendas y estaban aturdidos. Cuando el Atrida arremeti\u00f3 contra ellos, cual si fuese un le\u00f3n, arrodill\u00e1ronse en el carro y as\u00ed le suplicaron:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Haznos prisioneros, hijo de Atreo, y recibir\u00e1s digno rescate. Muchas cosas de valor tiene en su casa Ant\u00edmaco: bronce, oro, hierro labrado; con ellas nuestro padre lo pagar\u00eda inmenso rescate, si supiera que estamos vivos en las naves aqueas.<\/p>\n<p>\u00a0Con tan dulces palabras y llorando hablaban al rey, pero fue amarga la respuesta que escucharon:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Pues si sois hijos del aguerrido Ant\u00edmaco que aconsejaba en el \u00e1gora de los troyanos matar a Menelao y no dejarle volver a los aqueos, cuando vino a t\u00edtulo de embajador con el deiforme Ulises, ahora pagar\u00e9is la insolente injuria que nos infiri\u00f3 vuestro padre.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y derrib\u00f3 del carro a Pisandro: diole una lanzada en el pecho y lo tumb\u00f3 de espaldas. De un salto ape\u00f3se Hip\u00f3loco, y ya en tierra, Agamen\u00f3n le cercen\u00f3 con la espada los brazos y la cabeza, que tir\u00f3, haci\u00e9ndola rodar como un montero, por entre las filas. El Atrida dej\u00f3 a \u00e9stos, y seguido de otros aqueos, de hermosas grebas, fuese derecho al sitio donde m\u00e1s falanges, mezcl\u00e1ndose en mont\u00f3n confuso, combat\u00edan. Los infantes mataban a los infantes, que se ve\u00edan obligados a huir; los que combat\u00edan desde el carro daban muerte con el bronce a los enemigos que as\u00ed peleaban, y a todos los envolv\u00eda la polvareda que en la llanura levantaban con sus sonoras pisadas los caballos. Y el rey Agamen\u00f3n iba siempre adelante, matando troyanos y animando a los argivos. Como al estallar voraz incendio en un boscaje, el viento hace oscilar las llamas y lo propaga por todas partes, y los arbustos ceden a la violencia del fuego y caen con sus mismas ra\u00edces, de igual manera ca\u00edan las cabezas de los troyanos puestos en fuga por Agamen\u00f3n Atrida, y muchos caballos de erguido cuello arrastraban con estr\u00e9pito por el campo los carros vac\u00edos y echaban de menos a los eximios conductores; pero \u00e9stos, tendidos en tierra, eran ya m\u00e1s gratos a los buitres que a sus propias esposas.<\/p>\n<p>\u00a0A H\u00e9ctor, Zeus le sustrajo de los tiros, el polvo, la matanza, la sangre y el tumulto; y el Atrida iba adelante, exhortando vehementemente a los d\u00e1naos. Los troyanos corr\u00edan por la llanura, deseosos de refugiarse en la ciudad, y ya hab\u00edan dejado a su espalda el sepulcro del antiguo Ilo Dard\u00e1nida y el cabrah\u00edgo; y el Atrida les segu\u00eda al alcance, vociferando, con las invictas manos llenas de polvo y sangre. Los que primero llegaron a las puertas Esceas y a la encina detuvi\u00e9ronse para aguardar a sus compa\u00f1eros, los cuales hu\u00edan por la llanura como vacas aterrorizadas por un le\u00f3n que, present\u00e1ndose en la obscuridad de la noche, da cruel muerte a una de ellas, rompiendo su cerviz con los fuertes dientes y tragando su sangre y sus entra\u00f1as; del mismo modo el rey Agamen\u00f3n Atrida persegu\u00eda a los troyanos, matando al que se rezagaba, y ellos hu\u00edan espantados. El Atrida, manejando la lanza con gran furia, derrib\u00f3 a muchos, ya de pechos, ya de espaldas, de sus respectivos carros. Mas cuando le faltaba poco para llegar al alto muro de la ciudad, el padre de los hombres y de los dioses baj\u00f3 del cielo con el rel\u00e1mpago en la mano, se sent\u00f3 en una de las cumbres del Ida, abundante en manantiales, y llam\u00f3 a Iris, la de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Anda, ve, r\u00e1pida Iris! Dile a H\u00e9ctor estas palabras: Mientras vea que Agamen\u00f3n, pastor de hombres, se agita entre los combatientes delanteros y destroza filas de hombres, ret\u00edrese y ordene al pueblo que combata con los enemigos en la encarnizada batalla. Mas as\u00ed que aqu\u00e9l, herido de lanza o de flecha, suba al carro, le dar\u00e9 fuerzas para matar enemigos hasta que llegue a las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la sagrada noche.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo; y la veloz Iris, de pies ligeros como el viento, no dej\u00f3 de obedecerlo. Descendi\u00f3 de los montes ideos a la sagrada Ilio, y, hallando al divino H\u00e9ctor, hijo del belicoso Pr\u00edamo, de pie en el s\u00f3lido carro, se detuvo a su lado, y le habl\u00f3 de esta manera:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor, hijo de Pr\u00edamo, que en prudencia igualas a Zeus! El padre Zeus me manda para que te diga lo siguiente: Mientras veas que Agamen\u00f3n, pastor de hombres, se agita entre los combatientes delanteros y destroza sus filas, ret\u00edrate de la lucha y ordena al pueblo que combata con los enemigos en la encarnizada batalla. Mas as\u00ed que aqu\u00e9l, herido de lanza o de flecha, suba al carro, te dar\u00e1 fuerzas para matar enemigos hasta que llegues a las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la sagrada noche.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando Iris, la de los pies ligeros, hubo dicho esto, se fue. H\u00e9ctor salt\u00f3 del carro al suelo sin dejar las armas; y, blandiendo afiladas picas, recorri\u00f3 el ej\u00e9rcito, anim\u00f3le a luchar y promovi\u00f3 una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara a los aqueos para embestirlos; los argivos, por su parte, cerraron las filas de las falanges; reanud\u00f3se el combate, y Agamen\u00f3n acometi\u00f3 el primero, porque deseaba adelantarse a todos en la batalla.<\/p>\n<p>\u00a0Decidme ahora, Musas, que pose\u00e9is ol\u00edmpicos palacios, cu\u00e1l fue el primer troyano o aliado ilustre que a Agamen\u00f3n se opuso.<\/p>\n<p>\u00a0Fue Ifidamante Anten\u00f3rida, valiente y alto de cuerpo, que se hab\u00eda criado en la f\u00e9rtil Tracia, madre de ovejas. Era todav\u00eda ni\u00f1o cuando su abuelo materno Ciseo, padre de Teano, la de hermosas mejillas, lo acogi\u00f3 en su casa; y as\u00ed que hubo llegado a la gloriosa edad juvenil, lo conserv\u00f3 a su lado, d\u00e1ndole a su hija en matrimonio. Apenas casado, Ifidamante tuvo que dejar el t\u00e1lamo para ir a guerrear contra los aqueos: lleg\u00f3 por mar hasta Percote, dej\u00f3 all\u00ed las doce corvas naves que mandaba y se encamin\u00f3 por tierra a Ilio. Tal era quien sali\u00f3 al encuentro de Agamen\u00f3n Atrida. Cuando ambos se hallaron frente a frente, acometi\u00e9ronse, y el Atrida err\u00f3 el tiro, porque la lanza se le desvi\u00f3; Ifidamante dio con la pica un bote en la cintura de Agamen\u00f3n, m\u00e1s abajo de la coraza, y, aunque empuj\u00f3 el astil con toda la fuerza de su brazo, no logr\u00f3 atravesar el labrado tahal\u00ed, pues la punta al chocar con la l\u00e1mina de plata se torci\u00f3 como plomo. Entonces el poderoso Agamen\u00f3n asi\u00f3 de la pica, y tirando de ella con la furia de un le\u00f3n, la arranc\u00f3 de las manos de Ifidamante, a quien hiri\u00f3 en el cuello con la espada, dej\u00e1ndole sin vigor los miembros. De este modo cay\u00f3 el desventurado para dormir el sue\u00f1o de bronce, mientras auxiliaba a los troyanos, lejos de su joven y leg\u00edtima esposa, cuya gratitud no lleg\u00f3 a conocer despu\u00e9s que tanto le hab\u00eda dado: hab\u00edale regalado cien bueyes y prometido cien mil cabras y mil ovejas de las innumerables que sus pastores apacentaban. El Atrida Agamen\u00f3n le quit\u00f3 la magn\u00edfica armadura y se la llev\u00f3, abri\u00e9ndose paso por entre los aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0Advirti\u00f3lo Co\u00f3n, var\u00f3n preclaro a hijo primog\u00e9nito de Ant\u00e9nor, y densa nube de pesar cubri\u00f3 sus ojos por la muerte del hermano. P\u00fasose al lado de Agamen\u00f3n sin que \u00e9ste to notara, diole una lanzada en medio del brazo, en el codo, y se lo atraves\u00f3 con la punta de la reluciente pica. Estremeci\u00f3se el rey de hombres, Agamen\u00f3n, mas no por esto dej\u00f3 de luchar ni de combatir; sino que arremeti\u00f3 con la impetuosa lanza a Co\u00f3n, el cual se apresuraba a retirar, asi\u00e9ndolo por el pie, el cad\u00e1ver de Ifidamante, su hermano de padre, y a voces ped\u00eda auxilio a los m\u00e1s valientes. Mientras arrastraba el cad\u00e1ver por entre la turba, cubri\u00e9ndolo con el abollonado escudo, Agamen\u00f3n le envas\u00f3 la bronc\u00ednea lanza; dej\u00f3 sin vigor sus miembros, y le cort\u00f3 la cabeza sobre el mismo Ifidamante. Y ambos hijos de Ant\u00e9nor, cumpli\u00e9ndose su destino, acabaron la vida a manos del rey Atrida y descendieron a la morada de Hades.<\/p>\n<p>\u00a0Entr\u00f3se luego Agamen\u00f3n por las filas de otros guerreros, y combati\u00f3 con la lanza, la espada y grandes piedras mientras la sangre caliente brotaba de la herida; mas as\u00ed que \u00e9sta se sec\u00f3 y la sangre dej\u00f3 de correr, agudos dolores debilitaron sus fuerzas. Como los dolores agudos y acerbos que a la parturienta env\u00edan las Ilitias, hijas de Hera, las cuales presiden los alumbramientos y disponen de los terribles dolores del parto; tales eran los agudos dolores que debilitaron las fuerzas del Atrida. De un salto subi\u00f3 al carro; con el coraz\u00f3n afligido mand\u00f3 al auriga que le llevase a las c\u00f3ncavas naves, y gritando fuerte dijo a los d\u00e1naos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh amigos, capitanes y pr\u00edncipes de los argivos! Apartad vosotros de las naves surcadoras del ponto el funesto combate; pues a m\u00ed el pr\u00f3vido Zeus no me permite combatir todo el d\u00eda con los troyanos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. El auriga pic\u00f3 con el l\u00e1tigo a los caballos de hermosas crines, dirigi\u00e9ndolos a las c\u00f3ncavas naves; ellos volaron gozosos, con el pecho cubierto de espuma, y envueltos en una nube de polvo sacaron del campo de la batalla al fatigado rey.<\/p>\n<p>\u00a0H\u00e9ctor, al notar que Agamen\u00f3n se ausentaba, con penetrantes gritos anim\u00f3 a los troyanos y a los licios:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Troyanos, licios, d\u00e1rdanos que cuerpo a cuerpo combat\u00eds! Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor. El guerrero m\u00e1s valiente se ha ido, y Zeus Cronida me concede una gran victoria. Pero dirigid los sol\u00edpedos caballos hacia los fuertes d\u00e1naos y la gloria que alcanzar\u00e9is ser\u00e1 mayor.<\/p>\n<p>\u00a0Con estas palabras les excit\u00f3 a todos el valor y la fuerza. Como un cazador azuza a los perros de blancos dientes contra un montaraz jabal\u00ed o contra un le\u00f3n, as\u00ed H\u00e9ctor Pri\u00e1mida, igual a Ares, funesto a los mortales, incitaba a los magn\u00e1nimos troyanos contra los aqueos. Muy alentado, abri\u00f3se paso por los combatientes delanteros, y cay\u00f3 en la batalla como tempestad que viene de lo alto y alborota el viol\u00e1ceo ponto.<\/p>\n<p>\u00a0\u00bfCu\u00e1l fue el primero, cu\u00e1l el \u00faltimo de los que entonces mat\u00f3 H\u00e9ctor Pri\u00e1mida cuando Zeus le dio gloria?<\/p>\n<p>\u00a0Aseo, el primero, y despu\u00e9s Aut\u00f3noo, Opites, D\u00f3lope Cl\u00edtida, Ofeltio, Agelao, Esimno, Oro y el bravo Hip\u00f3noo. A tales caudillos d\u00e1naos dio muerte, y adem\u00e1s a muchos hombres del pueblo. Como el C\u00e9firo agita y se lleva en furioso torbellino las nubes que el veloz Noto ten\u00eda reunidas, y gruesas olas se levantan y la espuma llega a to alto por el soplo del errabundo viento; de esta manera ca\u00edan delante de H\u00e9ctor muchas cabezas de gente del pueblo.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces gran estrago a irreparables males se hubieran producido, y los aqueos, d\u00e1ndose a la fuga, no habr\u00edan parado hasta las naves, si Ulises no hubiese exhortado al Tidida Diomedes:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Tidida! \u00bfPor qu\u00e9 no mostramos nuestro impetuoso valor? Ea, ven aqu\u00ed, amigo; ponte a mi lado. Vergonzoso fuera que H\u00e9ctor, el de tremolante casco, se apoderase de las naves.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el fuerte Diomedes:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Yo me quedar\u00e9 y resistir\u00e9, aunque ser\u00e1 poco el provecho que logremos; pues Zeus, que amontona las nubes, quiere conceder la victoria a los troyanos y no a nosotros.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y derrib\u00f3 del carro a Timbreo, envas\u00e1ndole la pica en la tetilla izquierda; mientras Ulises her\u00eda al escudero del mismo rey, a Moli\u00f3n, igual a un dios. Dej\u00e1ronlos tan pronto como los pusieron fuera de combate, y penetrando por la turba causaron confusi\u00f3n y terror, como dos embravecidos jabal\u00edes que acometen a perros de caza. As\u00ed, habiendo vuelto a combatir, mataban a los troyanos; y en tanto los aqueos, que hu\u00edan de H\u00e9ctor, pudieron respirar placenteramente.<\/p>\n<p>\u00a0Dieron tambi\u00e9n alcance a dos hombres que eran los m\u00e1s valientes de su pueblo y ven\u00edan en un mismo carro, a los hijos de M\u00e9rope percosio: \u00e9ste conoc\u00eda como nadie el arte adivinatoria, y no quer\u00eda que sus hijos fuesen a la homicida guerra; pero ellos no lo obedecieron, impelidos por las parcas de la negra muerte. Diomedes Tidida, famoso por su lanza, les quit\u00f3 el alma y la vida y los despoj\u00f3 de las magn\u00edficas armaduras. Ulises mat\u00f3 a Hip\u00f3damo y a Hip\u00e9roco.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces el Cronida, que desde el Ida contemplaba la batalla, igual\u00f3 el combate en que troyanos y aqueos se mataban. El hijo de Tideo dio una lanzada en la cadera al h\u00e9roe Ag\u00e1strofo Pe\u00f3nida, que por no tener cerca los corceles no pudo huir, y \u00e9sta fue la causa de su desgracia: el escudero ten\u00eda el carro algo distante, y \u00e9l se revolv\u00eda furioso entre los combatientes delanteros, hasta que perdi\u00f3 la vida. Atisb\u00f3 H\u00e9ctor a Ulises y a Diomedes, los arremeti\u00f3 gritando, y pronto siguieron tras \u00e9l las falanges de los troyanos. Al verlo, estremeci\u00f3se el valeroso Diomedes, y dijo a Ulises, que estaba a su lado:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Contra nosotros viene esa calamidad, el impetuoso H\u00e9ctor. Ea, aguard\u00e9mosle a pie firme y cerremos con \u00e9l.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y apuntando a la cabeza de H\u00e9ctor, blandi\u00f3 y arroj\u00f3 la ingente lanza, y no le err\u00f3, pues fue a dar en la cima del yelmo; pero el bronce rechaz\u00f3 al bronce, y la punta no lleg\u00f3 al hermoso cutis por imped\u00edrselo el casco de tres dobleces y agujeros a guisa de ojos, regalo de Febo Apolo. H\u00e9ctor entonces retrocedi\u00f3 un buen trecho, y, penetrando por la turba, cay\u00f3 de rodillas, apoy\u00f3 la robusta mano en el suelo y obscura noche cubri\u00f3 sus ojos. Mientras el Tidida atravesaba las primeras filas para recoger la lanza que en el suelo se hab\u00eda clavado, H\u00e9ctor torn\u00f3 en su sentido, subi\u00f3 de un salto al carro, y, dirigi\u00e9ndolo por en medio de la multitud, evit\u00f3 la negra muerte. Y el fuerte Diomedes, que lanza en mano lo persegu\u00eda, exclam\u00f3:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdici\u00f3n, pero te salv\u00f3 Febo Apolo, a quien debes de rogar cuando sales al campo antes de o\u00edr el estruendo de los dardos. Yo acabar\u00e9 contigo si m\u00e1s tarde te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora perseguir\u00e9 a los dem\u00e1s que se me pongan al alcance.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y empez\u00f3 a despojar el cad\u00e1ver del Pe\u00f3nida, famoso por su lanza. Pero Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que se apoyaba en una columna del sepulcro de Ilo Dard\u00e1nida, antiguo anciano honrado por el pueblo, arm\u00f3 el arco y lo asest\u00f3 al hijo de Tideo, pastor de hombres. Y mientras \u00e9ste quitaba al cad\u00e1ver del valeroso Ag\u00e1strofo la labrada coraza, el manejable escudo de debajo del pecho y el pesado casco, aqu\u00e9l tir\u00f3 del arco y dispar\u00f3; y la flecha no sali\u00f3 in\u00fatilmente de su mano, sino que le atraves\u00f3 al h\u00e9roe el empeine del pie derecho y se clav\u00f3 en tierra. Alejandro sali\u00f3 de su escondite, y con grande y regocijada risa se gloriaba diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Herido est\u00e1s; no se perdi\u00f3 el tiro. Ojal\u00e1 que, acert\u00e1ndote en un ijar, lo hubiese quitado la vida. As\u00ed los troyanos tendr\u00edan un desahogo en sus males, pues te temen como al le\u00f3n las baladoras cabras.<\/p>\n<p>\u00a0Sin turbarse le respondi\u00f3 el fuerte Diomedes:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Flechero, insolente, experto s\u00f3lo en manejar el arco, mir\u00f3n de doncellas! Si frente a frente midieras conmigo las armas, no te valdr\u00eda el arco ni las abundantes flechas. Ahora te alabas sin motivo, pues s\u00f3lo me rasgu\u00f1aste el empeine del pie. Tanto me cuido de la herida como si una mujer o un insipiente ni\u00f1o me la hubiese causado, que poco duele la flecha de un hombre vil y cobarde. De otra clase es el agudo dardo que yo arrojo: por poco que penetre deja ex\u00e1nime al que lo recibe, y la mujer del muerto desgarra sus mejillas, sus hijos quedan hu\u00e9rfanos, y el cad\u00e1ver se pudre enrojeciendo con su sangre la tierra y teniendo a su alrededor m\u00e1s aves de rapi\u00f1a que mujeres.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Ulises, famoso por su lanza, acudi\u00f3 y se le puso delante. Diomedes se sent\u00f3, arranc\u00f3 del pie la aguda flecha y un dolor terrible recorri\u00f3 su cuerpo. Entonces subi\u00f3 al carro y con el coraz\u00f3n afligido mand\u00f3 al auriga que lo llevase a las c\u00f3ncavas naves.<\/p>\n<p>\u00a0Ulises, famoso por su lanza, se qued\u00f3 solo; ning\u00fan argivo permaneci\u00f3 a su lado, porque el terror los pose\u00eda a todos. Y gimiendo, a su magn\u00e1nimo esp\u00edritu as\u00ed le hablaba:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ay de m\u00ed! \u00bfQu\u00e9 me ocurrir\u00e1? Muy malo es huir, temiendo a la muchedumbre, y peor a\u00fan que me cojan qued\u00e1ndome solo, pues a los dem\u00e1s d\u00e1naos el Croni\u00f3n los puso en fuga. Mas \u00bfpor qu\u00e9 en tales cosas me hace pensar el coraz\u00f3n? S\u00e9 que los cobardes huyen del combate, y quien descuella en la batalla debe mantenerse firme, ya sea herido, ya a otro hiera.<\/p>\n<p>\u00a0Mientras revolv\u00eda tales pensamientos en su mente y en su coraz\u00f3n, llegaron las huestes de los escudados troyanos, y, rode\u00e1ndole, su propio mal entre ellos encerraron. Como los perros y los florecientes mozos cercan y embisten a un jabal\u00ed que sale de la espesa selva aguzando en sus corvas mand\u00edbulas los blancos colmillos, y aunque la fiera cruja los dientes y aparezca terrible, resisten firmemente; as\u00ed los troyanos acomet\u00edan entonces por todos lados a Ulises, caro a Zeus. Mas \u00e9l dio un salto y clav\u00f3 la aguda pica en un hombro del eximio Deyopites; mat\u00f3 luego a To\u00f3n y a Ennomo; alance\u00f3 en el ombligo por debajo del c\u00f3ncavo escudo a Quersidamante, que se apeaba del carro y cay\u00f3 en el polvo y cogi\u00f3 el suelo con las manos; y, dej\u00e1ndolos a todos, envas\u00f3 la lanza a C\u00e1rope Hip\u00e1sida, hermano carnal del noble Soco. \u00c9ste, que parec\u00eda un dios, vino a defenderlo, y, deteni\u00e9ndose cerca de Ulises, habl\u00f3le de este modo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1C\u00e9lebre Ulises, var\u00f3n incansable en urdir enga\u00f1os y en trabajar! Hoy, o podr\u00e1s gloriarte de haber muerto y despojado de las armas a ambos Hip\u00e1sidas, o perder\u00e1s la vida, herido por mi lanza.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando esto hubo dicho, le dio un bote en el liso escudo: la fornida lanza atraves\u00f3 el luciente escudo, clav\u00f3se en la labrada coraza y levant\u00f3 la piel del costado; pero Palas Atenea no permiti\u00f3 que llegara a las entra\u00f1as del var\u00f3n. Entendi\u00f3 Ulises que por el sitio la herida no era mortal, y retrocediendo dijo a Soco estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ah infortunado! Grande es la desgracia que sobre ti ha ca\u00eddo. Lograste que cesara de luchar con los troyanos, pero yo te digo que la perdici\u00f3n y la negra muerte te alcanzar\u00e1n hoy; y, vencido por mi lanza, me dar\u00e1s gloria, y a Hades, el de los famosos corceles, el alma.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y como Soco se volviera para huir, clav\u00f3le la lanza en el dorso, entre los hombros, y le atraves\u00f3 el pecho. El guerrero cay\u00f3 con estr\u00e9pito, y el divino Ulises se jact\u00f3 de su obra:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh Soco, hijo del aguerrido H\u00edpaso, domador de caballos! Te sorprendi\u00f3 la muerte antes de que pudieses evitarla. \u00a1Ah m\u00edsero! A ti, una vez muerto, ni el padre ni la veneranda madre te cerrar\u00e1n los ojos, sino que te desgarrar\u00e1n las carn\u00edvoras aves cubri\u00e9ndote con sus tupidas alas; mientras que a m\u00ed, si muero, los divinos aqueos me har\u00e1n honras f\u00fanebres.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed diciendo, arranc\u00f3 de su cuerpo y del abollonado escudo la ingente lanza que Soco le hab\u00eda arrojado; brot\u00f3 la sangre y afligi\u00f3le el coraz\u00f3n. Los magn\u00e1nimos troyanos, al ver la sangre, se exhortaron mutuamente entre la turba y embistieron todos a Ulises, y \u00e9ste retrocedi\u00f3, llamando a voces a sus compa\u00f1eros. Tres veces grit\u00f3 cuanto un var\u00f3n puede hacerlo a voz en cuello; tres veces Menelao, caro a Ares, to oy\u00f3, y al punto dijo a Ayante, que estaba a su lado:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, pr\u00edncipe de hombres! Oigo la voz del paciente Ulises como si los troyanos, habi\u00e9ndole aislado en la terrible lucha, lo estuviesen acosando. Acud\u00e1mosle, abri\u00e9ndonos calle por la turba, pues lo mejor es llevarle socorro. Temo que a pesar de su valent\u00eda le suceda alguna desgracia solo entre los troyanos, y que despu\u00e9s los d\u00e1naos te echen muy de menos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed diciendo, parti\u00f3 y sigui\u00f3le Ayante, var\u00f3n igual a un dios. Pronto dieron con Ulises, caro a Zeus, a quien los troyanos acomet\u00edan por todos lados como los rojizos chacales circundan en el monte a un corn\u00edgero ciervo herido por la flecha que un hombre le dispar\u00f3 con el arco \u2011s\u00e1lvase el ciervo, merced a sus pies, y huye en tanto que la sangre est\u00e1 caliente y las rodillas \u00e1giles; p\u00f3stralo luego la veloz saeta, y, cuando carn\u00edvoros chacales lo despedazan en la espesura de un monte, trae la fortuna un voraz le\u00f3n que, dispersando a los chacales, devora a aqu\u00e9l\u2011; as\u00ed entonces muchos y robustos troyanos arremet\u00edan al aguerrido y sagaz Ulises; y el h\u00e9roe, blandiendo la pica, apartaba de s\u00ed la cruel muerte. Pero lleg\u00f3 Ayante con su escudo como una torre, se puso al lado de Ulises y los troyanos se espantaron y huyeron a la desbandada. Y el marcial Menelao, asiendo de la mano al h\u00e9roe, sac\u00f3lo de la turba mientras el escudero acercaba el carro.<\/p>\n<p>\u00a0Ayante, acometiendo a los troyanos, mat\u00f3 a Doriclo, hijo bastardo de Pr\u00edamo, a hiri\u00f3 a P\u00e1ndoco, Lisandro, P\u00edraso y Pilartes. Como el hinchado torrente que acreci\u00f3 la lluvia de Zeus baja rebosante por los montes a la llanura, arrastra muchos pinos y encinas secas, y arroja al mar gran cantidad de cieno, as\u00ed entonces el ilustre Ayante desordenaba y persegu\u00eda por el campo a los enemigos y destrozaba corceles y guerreros. H\u00e9ctor no lo hab\u00eda advertido, porque peleaba en la izquierda de la batalla, cerca de la orilla del Escamandro: all\u00ed las cabezas ca\u00edan en mayor n\u00famero y un inmenso vocer\u00edo se dejaba o\u00edr alrededor del gran N\u00e9stor y del marcial Idomeneo. Entre todos revolv\u00edase H\u00e9ctor, que, haciendo arduas proezas con su lanza y su habilidad ecuestre, destru\u00eda las falanges de j\u00f3venes guerreros. Y los divinos aqueos no retrocedieran a\u00fan, si Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, no hubiese puesto fuera de combate a Maca\u00f3n, pastor de hombres, mientras descollaba en la pelea, hiri\u00e9ndolo en la espalda derecha con trifurcada saeta. Los aqueos, aunque respiraban valor, temieron que la lucha se inclinase, y aqu\u00e9l fuera muerto. Y al punto habl\u00f3 Idomeneo al divino N\u00e9stor:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh N\u00e9stor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Ea, sube al carro, p\u00f3ngase Maca\u00f3n junto a ti, y dirige presto a las naves los sol\u00edpedos corceles. Pues un m\u00e9dico vale por muchos hombres, por su pericia en arrancar flechas y aplicar drogas calmantes.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y N\u00e9stor, caballero gerenio, no dej\u00f3 de obedecerlo. Subi\u00f3 al carro, y tan pronto como Maca\u00f3n, hijo del eximio m\u00e9dico Asclepio, lo hubo seguido, pic\u00f3 con el l\u00e1tigo a los caballos y \u00e9stos volaron de su grado hacia las c\u00f3ncavas naves, pues les gustaba volver a ellas.<\/p>\n<p>\u00a0Cebr\u00edones, que acompa\u00f1aba a H\u00e9ctor en el carro, not\u00f3 que los troyanos eran derrotados, y le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor! Mientras nosotros combatimos aqu\u00ed con los d\u00e1naos en un extremo de la batalla horr\u00edsona, los dem\u00e1s troyanos son desbaratados y se agitan en confuso tropel hombres y caballos. Ayante Telamonio es quien los desordena; bien lo conozco por el ancho escudo que cubre sus espaldas. Enderecemos a aquel sitio los corceles del carro, que all\u00ed es m\u00e1s empe\u00f1ada la pelea, mayor la matanza de peones y de los que combaten en carros, a inmensa la griter\u00eda que se levanta.<\/p>\n<p>\u00a0Habiendo hablado as\u00ed, azot\u00f3 con el sonoro l\u00e1tigo a los caballos de hermosas crines. Sintieron \u00e9stos el golpe y arrastraron velozmente por entre troyanos y aqueos el veloz carro, pisando cad\u00e1veres y escudos; el eje ten\u00eda la parte inferior cubierta de sangre y los barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las llantas de las ruedas desped\u00edan. H\u00e9ctor, deseoso de penetrar y deshacer aquel grupo de hombres, promov\u00eda gran tumulto entre los d\u00e1naos, no dejaba la lanza quieta, recorr\u00eda las filas de aqu\u00e9llos y peleaba con la lanza, la espada y grandes piedras; solamente evitaba el encuentro con Ayante Telamonio (porque Zeus se irritaba contra \u00e9l cuando combat\u00eda con un guerrero m\u00e1s valiente).<\/p>\n<p>\u00a0El padre Zeus, que tiene su trono en las alturas, infundi\u00f3 temor en Ayante y \u00e9ste se qued\u00f3 at\u00f3nito, se ech\u00f3 a la espalda el escudo formado por siete boyunos cueros, pase\u00f3 su mirada por la turba, como una fiera, y retrocedi\u00f3 volvi\u00e9ndose con frecuencia y andando a paso lento. Como los canes y los pastores del campo ahuyentan del bo\u00edl a un tostado le\u00f3n, y, vigilando toda la noche, no le dejan llegar a los ping\u00fces bueyes; y el le\u00f3n, \u00e1vido de carne, acomete furioso y nada consigue, porque caen sobre \u00e9l multitud de venablos arrojados por robustas manos y encendidas teas que le dan miedo, y, cuando empieza a clarear el d\u00eda, se escapa la fiera con \u00e1nimo afligido; as\u00ed Ayante se alejaba entonces de los troyanos, contrariado y con el coraz\u00f3n entristecido, porque tem\u00eda mucho por las naves de los aqueos. De la suerte que un tardo asno se acerca a un campo, y venciendo la resistencia de los ni\u00f1os que rompen en sus espaldas muchas varas, penetra en \u00e9l y destroza las crecidas mieses; los muchachos lo apalean; pero, como su fuerza es poca, s\u00f3lo consiguen echarlo con trabajo, despu\u00e9s que se ha hartado de comer; de la misma manera los animosos troyanos y sus auxiliares, reunidos en gran n\u00famero, persegu\u00edan al gran Ayante, hijo de Telam\u00f3n, y le golpeaban el escudo con las lanzas. Ayante unas veces mostraba su impetuoso valor, y revolviendo deten\u00eda las falanges de los troyanos, domadores de caballos; otras, tornaba a huir; y, movi\u00e9ndose con furia entre los troyanos y los aqueos, consegu\u00eda que los enemigos no se encaminasen a las veleras naves. Las lanzas que manos audaces desped\u00edan se clavaban en el gran escudo o ca\u00edan en el suelo delante del h\u00e9roe, antes de llegar a su blanca piel, deseosas de saciarse de su carne.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando Eur\u00edpilo, preclaro hijo de Evem\u00f3n, vio que Ayante estaba tan abrumado por los copiosos tiros, se coloc\u00f3 a su lado, arroj\u00f3 la reluciente lanza y se la clav\u00f3 en el h\u00edgado, debajo del diafragma, a Apisa\u00f3n Faus\u00edada, pastor de hombres, dej\u00e1ndole sin vigor las rodillas. Corri\u00f3 en seguida hacia \u00e9l y se puso a quitarle la armadura. Pero advirti\u00f3lo el deiforme Alejandro, y disparando el arco contra Eur\u00edpilo logr\u00f3 herirlo en el muslo derecho: la ca\u00f1a de la saeta se rompi\u00f3, qued\u00f3 colgando y apesgaba el muslo del guerrero. \u00c9ste retrocedi\u00f3 al grupo de sus amigos, para evitar la muerte, y, dando grandes voces, dec\u00eda a los d\u00e1naos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh amigos, capitanes y pr\u00edncipes de los argivos! Deteneos, volved la cara al enemigo, y librad del d\u00eda cruel a Ayante que est\u00e1 abrumado por los tiros y no creo que escape con vida del horr\u00edsono combate. Pero deteneos afrontando a los contrarios, y rodead al gran Ayante, hijo de Telam\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0Tales fueron las palabras de Eur\u00edpilo al sentirse herido, y ellos se colocaron junto a \u00e9l con los escudos sobre los hombros y las picas levantadas. Ayante, apenas se junt\u00f3 con sus compa\u00f1eros, det\u00favose y volvi\u00f3 la cara a los troyanos.<\/p>\n<p>\u00a0Siguieron, pues, combatiendo con el ardor de encendido fuego; y, entre tanto, las yeguas de Neleo, cubiertas de sudor, sacaban del combate a N\u00e9stor y a Maca\u00f3n, pastor de pueblos. Reconoci\u00f3 al \u00faltimo el divino Aquiles, el de los pies ligeros, que desde la popa de la ingente nave contemplaba la gran derrota y deplorable fuga, y en seguida llam\u00f3, desde la nave, a Patroclo, su compa\u00f1ero: oy\u00f3lo \u00e9ste, y, parecido a Ares, sali\u00f3 de la tienda. Tal fue el origen de su desgracia. El esforzado hijo de Menecio habl\u00f3 el primero, diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfPor qu\u00e9 me llamas, Aquiles? \u00bfNecesitas de m\u00ed?<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3 Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Divino Menec\u00edada, car\u00edsimo a mi coraz\u00f3n! Ahora espero que los aqueos vendr\u00e1n a suplicarme y se postrar\u00e1n a mis plantas, porque no es llevadera la necesidad en que se hallan. Pero ve Patroclo, caro a Zeus, y pregunta a N\u00e9stor qui\u00e9n es el herido que saca del combate. Por la espalda tiene gran semejanza con Maca\u00f3n el Asclep\u00edada, pero no le vi el rostro; pues las yeguas, deseosas de llegar cuanto antes, pasaron r\u00e1pidamente por mi lado.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Patroclo obedeci\u00f3 al amado compa\u00f1ero y se fue corriendo a las tiendas y naves aqueas.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando aqu\u00e9llos hubieron llegado a la tienda del Nelida, descendieron del carro al almo suelo, y Eurimedonte, servidor del anciano, desunci\u00f3 los corceles. N\u00e9stor y Maca\u00f3n dejaron secar el sudor que mojaba sus corazas, poni\u00e9ndose al soplo del viento en la orilla del mar; y, penetrando luego en la tienda, se sentaron en sillas. Entonces les prepar\u00f3 una mixtura Hecamede, la de hermosa cabellera, hija del magn\u00e1nimo Ars\u00ednoo, que el anciano se hab\u00eda llevado de T\u00e9nedos cuando Aquiles entr\u00f3 a saco en esta ciudad: los aqueos se la adjudicaron a N\u00e9stor, que a todos superaba en el consejo. Hecamede acerc\u00f3 una mesa magn\u00edfica, de pies de acero, pulimentada; y puso encima una fuente de bronce con cebolla, manjar propio para la bebida, miel reciente y .sacra harina de flor, y una bella copa guarnecida de \u00e1ureos clavos que el anciano se hab\u00eda llevado de su palacio y ten\u00eda cuatro asas \u2011Dada una entre dos palomas de oro\u2011 y dos sustent\u00e1culos. A otro anciano le hubiese sido dif\u00edcil mover esta copa cuando despu\u00e9s de llenarla se pon\u00eda en la mesa, pero N\u00e9stor la levantaba sin esfuerzo. En ella la mujer, que parec\u00eda una diosa, les prepar\u00f3 la bebida: ech\u00f3 vino de Pramnio, rasp\u00f3 queso de cabra con un rallo de bronce, espolvore\u00f3 la mezcla con blanca harina y los invit\u00f3 a beber as\u00ed que tuvo compuesto el potaje. Ambos bebieron, y, apagada la abrasadora sed, se entregaron al deleite de la conversaci\u00f3n cuando Patroclo, var\u00f3n igual a un dios, apareci\u00f3 en la puerta. Violo el anciano; y, levant\u00e1ndose del vistoso asiento, le asi\u00f3 de la mano, le hizo entrar y le rog\u00f3 que se sentara; pero Patroclo se excus\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No puedo sentarme, anciano alumno de Zeus; no lograr\u00e1s convencerme. Respetable y temible es quien me env\u00eda a preguntar a qu\u00e9 guerrero trajiste herido; pero ya lo s\u00e9, pues estoy viendo a Maca\u00f3n, pastor de hombres. Voy a llevar, como mensajero, la noticia a Aquiles. Bien sabes t\u00fa, anciano alumno de Zeus, lo violento que es aquel hombre y cu\u00e1n pronto culpar\u00eda hasta a un inocente.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le N\u00e9stor, caballero gerenio:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfC\u00f3mo es que Aquiles se compadece de los aqueos que han recibido heridas? \u00a1No sabe en qu\u00e9 aflicci\u00f3n est\u00e1 sumido el ej\u00e9rcito! Los m\u00e1s fuertes, heridos unos de cerca y otros de lejos, yacen en las naves. Con arma arrojadiza fue herido el poderoso Tidida Diomedes; con la pica, Ulises, famoso por su lanza, y Agamen\u00f3n; a Eur\u00edpilo flech\u00e1ronle en el muslo, y acabo de sacar del combate a este otro, herido tambi\u00e9n por una saeta que un arco despidi\u00f3. Pero Aquiles, a pesar de su valent\u00eda, ni se cura de los d\u00e1naos ni se apiada de ellos. \u00bfAguarda acaso que las veleras naves sean devoradas por el fuego enemigo en la orilla del mar, sin que los argivos puedan impedirlo, y que unos en pos de otros sucumbamos todos? Ya el vigor de mis \u00e1giles miembros no es el de antes. \u00a1Ojal\u00e1 fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando en la contienda levantada entre los epeos y nosotros por el robo de bueyes, mat\u00e9 a Itimoneo, al valiente Hiper\u00f3quida, que viv\u00eda en la Elide, y tom\u00e9 represalias! Itimoneo defend\u00eda sus vacas, pero cay\u00f3 en tierra entre los primeros, herido por el dardo que le arroj\u00f3 mi mano, y los dem\u00e1s campesinos huyeron espantados. En aquel campo logramos un espl\u00e9ndido bot\u00edn: cincuenta vacadas, otras tantas manadas de ovejas, otras tantas piaras de cerdos, otros tantos reba\u00f1os copiosos de cabras y ciento cincuenta yeguas bayas, muchas de ellas con sus potros. Aquella misma noche lo llevamos a Pilos, ciudad de Neleo, y \u00e9ste se alegr\u00f3 en su coraz\u00f3n de que me correspondiera una gran parte, a pesar de ser yo tan joven cuando fui al combate. Al alborear, los heraldos pregonaron con voz sonora que se presentaran todos aqu\u00e9llos a quienes se les deb\u00eda algo en la divina \u00c9lide, y los caudillos pilios repartieron el bot\u00edn. Con muchos de nosotros estaban en deuda los epeos, pues, como en Pilos \u00e9ramos pocos, nos ofend\u00edan; y en a\u00f1os anteriores hab\u00eda venido el fornido Heracles, que nos maltrat\u00f3 y dio muerte a los principales ciudadanos. De los doce hijos del irreprensible Neleo, tan s\u00f3lo yo qued\u00e9 con vida; todos los dem\u00e1s perecieron. Engre\u00eddos los epeos, de bronc\u00edneas corazas, por tales hechos, nos insultaban y urd\u00edan contra nosotros inicuas acciones.\u2011El anciano Neleo tom\u00f3 entonces un reba\u00f1o de bueyes y otro grande de cabras, escogiendo trescientas de \u00e9stas con sus pastores, por la gran deuda que ten\u00eda que cobrar en la divina \u00c9lide: hab\u00eda enviado cuatro corceles, vencedores en anteriores juegos, uncidos a un carro, para aspirar al premio de la carrera, el cual consist\u00eda en un tr\u00edpode; y Aug\u00edas, rey de hombres, se qued\u00f3 con ellos y despidi\u00f3 al auriga, que se fue triste por lo ocurrido. Airado por tales insultos y acciones, el anciano escogi\u00f3 muchas cosas y dio lo restante al pueblo, encargando que se distribuyera y que nadie se viese privado de su respectiva porci\u00f3n. Hecho el reparto, ofrecimos en la ciudad sacrificios a los dioses.\u2011 Tres d\u00edas despu\u00e9s se presentaron muchos epeos con carros tirados por sol\u00edpedos caballos y toda la hueste reunida; y entre sus guerreros se hallaban ambos Moli\u00f3n, que entonces eran ni\u00f1os y no hab\u00edan mostrado a\u00fan su impetuoso valor. Hay una ciudad llamada Trioesa, en la cima de un monte contiguo al Alfeo, en los confines de la arenosa Pilos: los epeos quisieron destruirla y la sitiaron. Mas as\u00ed que hubieron atravesado la llanura, Atenea descendi\u00f3 presurosa del Olimpo, cual nocturna mensajera, para que tom\u00e1ramos las armas, y no hall\u00f3 en Pilos un pueblo indolente, pues todos sent\u00edamos vivos deseos de combatir. A m\u00ed Neleo no me dejaba vestir las armas y me escondi\u00f3 los caballos, no teni\u00e9ndome por suficientemente instruido en las cosas de la guerra. Y con todo eso, sobresal\u00ed, siendo infante, entre los nuestros, que combat\u00edan en carros; pues fue Atenea la que dispuso de esta suerte el combate. Hay un r\u00edo nombrado Minieo, que desemboca en el mar cerca de Arene: all\u00ed los caudillos de los pilios aguardamos que apareciera la divina Aurora, y en tanto afluyeron los infantes. Reunidos todos y vestida la armadura, marchamos, llegando al mediod\u00eda a la sagrada corriente del Alfeo. Hicimos hermosos sacrificios al prepotente Zeus, inmolamos un toro al Alfeo, otro a Poseid\u00f3n y una gregal vaca a Atenea, la de ojos de lechuza; cenamos sin romper las filas, y dormimos, con la armadura puesta, a orillas del r\u00edo. Los magn\u00e1nimos epeos estrechaban el cerco de la ciudad, deseosos de destruirla; pero antes de lograrlo se les present\u00f3 una gran acci\u00f3n de Ares. Cuando el resplandeciente sol apareci\u00f3 en lo alto, trabamos la batalla, despu\u00e9s de orar a Zeus y a Atenea. Y en la lucha de los pilios con los epeos, fui el primero que mat\u00f3 a un hombre, al belicoso Mulio, cuyos sol\u00edpedos corceles me llev\u00e9. Era \u00e9ste yerno de Aug\u00edas, por estar casado con la rubia Agamede, la hija mayor, que conoc\u00eda cuantas drogas produce la vasta tierra. Y, acerc\u00e1ndome a \u00e9l, le envas\u00e9 la bronc\u00ednea lanza, lo derrib\u00e9 en el polvo, salt\u00e9 a su carro y me coloqu\u00e9 entre los combatientes delanteros. Los magn\u00e1nimos epeos huyeron en desorden, aterrorizados de ver en el suelo al hombre que mandaba a los que combat\u00edan en carros y tan fuerte era en la batalla. Lanc\u00e9me a ellos cual obscuro torbellino; tom\u00e9 cincuenta carros, venciendo con mi lanza y haciendo morder la tierra a los dos guerreros que en cada uno ven\u00edan; y hubiera matado a entrambos Moli\u00f3n Actori\u00f3n, si su padre, el poderoso Poseid\u00f3n, que conmueve la tierra, no los hubiese salvado, envolvi\u00e9ndolos en espesa niebla y sac\u00e1ndolos del combate. Entonces Zeus concedi\u00f3 a los pilios una gran victoria. Perseguimos a los epeos por la espaciosa llanura, matando hombres y recogiendo magn\u00edficas armas, hasta que nuestros corceles nos llevaron a Buprasio, f\u00e9rtil en trigo, la roca Olenia y Alesio, al sitio llamado la colina, donde Atenea hizo que el ej\u00e9rcito se volviera. All\u00ed dej\u00e9 tendido al \u00faltimo hombre que mat\u00e9. Cuando desde Buprasio dirigieron los aqueos los r\u00e1pidos corceles a Pilos, todos daban gracias a Zeus entre los dioses y a N\u00e9stor entre los hombres. Tal era yo entre los guerreros, si todo no ha sido un sue\u00f1o.\u2011 Pero del valor de Aquiles s\u00f3lo se aprovechar\u00e1 \u00e9l mismo, y creo que ha de ser grand\u00edsimo su llanto cuando el ej\u00e9rcito perezca. \u00a1Oh amigo! Menecio to hizo un encargo el d\u00eda en que lo envi\u00f3 desde Ft\u00eda a Agamen\u00f3n, est\u00e1bamos dentro del palacio yo y el divino Ulises y o\u00edmos cuanto aqu\u00e9l le encarg\u00f3. Nosotros, que entonces reclut\u00e1bamos tropas en la f\u00e9rtil Acaya, hab\u00edamos llegado a la bien habitada casa de Peleo, donde encontramos al h\u00e9roe Menecio, a ti y a Aquiles. Peleo, el anciano jinete, quemaba dentro del patio ping\u00fces muslos de buey en honor de Zeus, que se complace en lanzar rayos; y con una copa de oro vert\u00eda el negro vino en la ardiente llama del sacrificio, mientras vosotros preparabais carnes de buey. Nos detuvimos en el vest\u00edbulo; Aquiles se levant\u00f3 sorprendido, y cogi\u00e9ndonos de la mano nos introdujo, nos hizo sentar y nos ofreci\u00f3 presentes de hospitalidad, como se acostumbra hacer con los forasteros. Satisficimos de bebida y de comida el apetito, y empec\u00e9 a exhortaros para que os vinierais con nosotros; ambos to anhelabais y vuestros padres os daban muchos consejos. El anciano Peleo recomendaba a su hijo Aquiles que descollara siempre y sobresaliera entre los dem\u00e1s, y a su vez Menecio, hijo de \u00c1ctor, lo aconsejaba as\u00ed: \u00ab\u00a1Hijo m\u00edo! Aquiles te aventaja por su abolengo, pero t\u00fa le superas en edad; aqu\u00e9l es mucho m\u00e1s fuerte, pero hazle prudentes advertencias, amon\u00e9stalo a instr\u00fayelo y te obedecer\u00e1 para su propio bien.\u00bb As\u00ed lo aconsejaba el anciano, y t\u00fa lo olvidas. Pero a\u00fan podr\u00edas record\u00e1rselo al aguerrido Aquiles y quiz\u00e1s lograras persuadirlo. \u00bfQui\u00e9n sabe si con la ayuda de alg\u00fan dios conmover\u00edas su coraz\u00f3n? Gran fuerza tiene la exhortaci\u00f3n de un amigo. Y si se abstiene de combatir por alg\u00fan vaticinio que su madre, enterada por Zeus, le ha revelado, que a lo menos te env\u00ede a ti con los dem\u00e1s mirmidones, por si llegas a ser la aurora de salvaci\u00f3n de los d\u00e1naos, y te permita llevar en el combate su magn\u00edfica armadura para que los troyanos te confundan con \u00e9l y cesen de pelear, los belicosos aqueos que tan abatidos est\u00e1n se reanimen, y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo. Vosotros, que no os hall\u00e1is extenuados de fatiga, rechazar\u00edais f\u00e1cilmente de las naves y tiendas hacia la ciudad a esos hombres que de pelear est\u00e1n cansados.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y conmovi\u00f3le el coraz\u00f3n dentro del pecho. Patroclo fuese corriendo por entre las naves para volver a la tienda de Aquiles E\u00e1cida. Mas cuando, corriendo, lleg\u00f3 a los bajeles del divino Ulises \u2011all\u00ed se celebraba el \u00e1gora y se administraba justicia ante los altares erigidos a los dioses\u2011 regresaba del combate, cojeando, Eur\u00edpilo Evem\u00f3nida, del linaje de Zeus, que hab\u00eda recibido un flechazo en el muslo: abundante sudor corr\u00eda por su cabeza y sus hombros, y la negra sangre brotaba de la grave herida, pero su inteligencia permanec\u00eda firme. Violo el esforzado hijo de Menecio, se compadeci\u00f3 de \u00e9l y, suspirando, dijo estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ah infelices caudillos y pr\u00edncipes de los d\u00e1naos! \u00a1As\u00ed deb\u00edais en Troya, lejos de los amigos y de la patria tierra, saciar con vuestra blanca grasa a los \u00e1giles perros! Pero dime, h\u00e9roe Eur\u00edpilo, alumno de Zeus: \u00bfPodr\u00e1n los aqueos sostener el ataque del ingente H\u00e9ctor, o perecer\u00e1n vencidos por su lanza?<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Eur\u00edpilo herido:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Patroclo, del linaje de Zeus! Ya no habr\u00e1 defensa para los aqueos que corren a refugiarse en las negras naves. Cuantos fueron hasta aqu\u00ed los m\u00e1s valientes yacen en sus bajeles, heridos unos de cerca y otros de lejos por mano de los troyanos, cuya fuerza va en aumento. Pero s\u00e1lvame llev\u00e1ndome a la negra nave, arr\u00e1ncame la flecha del muslo, lava con agua tibia la negra sangre que fluye de la herida y ponme en ella drogas calmantes y salut\u00edferas que, seg\u00fan dicen, te dio a conocer Aquiles, instruido por Quir\u00f3n, el m\u00e1s justo de los centauros. Pues de los dos m\u00e9dicos, Podalirio y Maca\u00f3n, el uno creo que est\u00e1 herido en su tienda, y a su vez necesita de un buen m\u00e9dico, y el otro sostiene vivo combate en la llanura troyana.<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3 el esforzado hijo de Menecio:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfC\u00f3mo acabar\u00e1 esto? \u00bfQu\u00e9 haremos, h\u00e9roe Eur\u00edpilo? Iba a decir al aguerrido Aquiles lo que N\u00e9stor Gerenio, protector de los aqueos, me encarg\u00f3; pero no te dejar\u00e9 as\u00ed, abrumado por el dolor.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y, cogiendo al pastor de hombres por el pecho, llev\u00f3lo a la tienda. El escudero, al verlos venir, extendi\u00f3 en el suelo pieles de buey. Patroclo recost\u00f3 en ellas a Eur\u00edpilo y sac\u00f3 del muslo, con la daga, la aguda y acerba flecha; y, despu\u00e9s de lavar con agua tibia la negra sangre, espolvore\u00f3 la herida con una ra\u00edz amarga y calmante que previamente hab\u00eda desmenuzado con la mano. La ra\u00edz le calm\u00f3 todos los dolores, sec\u00f3se la herida y la sangre dej\u00f3 de correr.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO XI Principal\u00eda de Agamen\u00f3n En la batalla entre aqueos y troyanos, aqu\u00e9llos llevan la peor parte: Agamen\u00f3n, Diomedes y Ulises resultan heridos. Ante la clara ventaja de los troyanos, Aquiles env\u00eda a Patroclo junto a N\u00e9stor. \u00a0La Aurora se levantaba del lecho, dejando al ilustre Titono, para llevar la\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" href=\"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cla-iliada%e2%80%9d-xi-homero\/\">Seguir leyendo&#8230;<i class=\"crycon-right-dir\"><\/i><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":75,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"rop_custom_images_group":[],"rop_custom_messages_group":[],"rop_publish_now":"initial","rop_publish_now_accounts":{"twitter_226634691_226634691":""},"rop_publish_now_history":[],"rop_publish_now_status":"pending","_uag_custom_page_level_css":"","footnotes":""},"categories":[5,1109],"tags":[1016,1012,1018,1088,1015,1034,1289,1287,1115,1143,1057,1051,1025,1033,1020],"class_list":["post-935","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-literatura","category-textos-literarios","tag-arte","tag-ave","tag-ayuda","tag-droga","tag-flor","tag-guerra","tag-homero","tag-iliada","tag-jovenes","tag-justicia","tag-pensamiento","tag-planta","tag-rosa","tag-vino","tag-violencia"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.4 - 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