{"id":933,"date":"2010-11-27T22:27:49","date_gmt":"2010-11-27T20:27:49","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=933"},"modified":"2015-12-29T21:09:40","modified_gmt":"2015-12-29T19:09:40","slug":"la-iliada-ix-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-iliada-ix-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (IX) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO IX<\/strong><\/p>\n<p><strong>Embajada a Aquiles\u2011 S\u00faplicas <\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/natureduca.com\/images_estublog\/iliada05.jpg\" border=\"0\" alt=\"\" hspace=\"10\" vspace=\"10\" width=\"300\" height=\"211\" align=\"right\" \/>Agamen\u00f3n, arrepentido y lamentando su disputa con Aquiles, por consejo de su anciano asesor N\u00e9stor, despacha a Ulises, Ayante y al viejo F\u00e9nix como embajadores ante Aquiles, para solicitar su ayuda, con plenos poderes para prometerle la devoluci\u00f3n de Briseide y abundantes regalos que compensen la afrenta sufrida. Pero Aquiles se mantiene obstinado a inflexible.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed los troyanos guardaban el campo. De los aqueos hab\u00edase ense\u00f1oreado la ingente fuga, compa\u00f1era del glacial terror, y los m\u00e1s valientes estaban agobiados por insufrible pesar. Como conmueven el ponto, en peces abundante, los vientos B\u00f3reas y C\u00e9firo, soplando de improviso desde la Tracia, y las negruzcas olas se levantan y arrojan a la orilla multitud de algas; de igual modo les palpitaba a los aqueos el coraz\u00f3n en el pecho.<\/p>\n<p>\u00a0El Atrida, en gran dolor sumido el coraz\u00f3n, iba de un lado para otro y mandaba a los heraldos de voz sonora que convocaran al \u00e1gora, nominalmente y en voz baja, a todos los capitanes, y tambi\u00e9n \u00e9l los iba llamando y trabajaba como los m\u00e1s diligentes. Los guerreros acudieron afligidos. Levant\u00f3se Agamen\u00f3n, llorando, como fuente profunda que desde alt\u00edsimo pe\u00f1asco deja caer sus aguas sombr\u00edas; y, despidiendo hondos suspiros, habl\u00f3 de esta suerte a los argivos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh amigos, capitanes y pr\u00edncipes de los argivos! En grave infortunio envolvi\u00f3me Zeus Cronida. \u00a1Cruel! Me prometi\u00f3 y asegur\u00f3 que no me ir\u00eda sin destruir la bien murada Ilio y todo ha sido funesto enga\u00f1o; pues ahora me manda regresar a Argos, sin gloria, despu\u00e9s de haber perdido tantos hombres. As\u00ed debe de ser grato al prepotente Zeus, que ha destruido las fortalezas de muchas ciudades y a\u00fan destruir\u00e1 otras, porque su poder es inmenso. Ea, obremos todos como voy a decir: Huyamos en las naves a nuestra patria tierra, pues ya no tomaremos a Troya, la de anchas calles.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Enmudecieron todos y permanecieron callados. Largo tiempo dur\u00f3 el silencio de los afligidos aqueos, mas al fin Diomedes, valiente en el combate, dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida! Empezar\u00e9 combati\u00e9ndote por tu imprudencia, como es permitido hacerlo, oh rey, en el \u00e1gora, pero no te irrites. Poco ha menospreciaste mi valor ante los d\u00e1naos, diciendo que soy cobarde y d\u00e9bil, lo saben los argivos todos, j\u00f3venes y viejos. Mas a ti el hijo del artero Crono de dos cosas te ha dado una: te concedi\u00f3 que fueras honrado como nadie por el cetro, y te neg\u00f3 la fortaleza, que es el mayor de los poderes. \u00a1Desgraciado! \u00bfCrees que los aqueos son tan cobardes y d\u00e9biles como dices? Si tu coraz\u00f3n te incita a regresar, parte: delante tienes el camino y cerca del mar gran copia de naves que desde Micenas lo siguieron; pero los dem\u00e1s melenudos aqueos se quedar\u00e1n hasta que destruyamos la ciudad de Troya. Y, si tambi\u00e9n \u00e9stos quieren irse, huyan en los bajeles a su patria; y nosotros dos, yo y Est\u00e9nelo, seguiremos peleando hasta que a Ilio le llegue su fin; pues vinimos debajo del amparo de los dioses.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del discurso de Diomedes, domador de caballos. Y el caballero N\u00e9stor se levant\u00f3 y dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Tidida! Luchas con valor en el combate y superas en el consejo a los de tu edad; ning\u00fan aqueo osar\u00e1 vituperar ni contradecir tu discurso, pero no has llegado hasta el fin. Eres a\u00fan joven \u2011por tus a\u00f1os podr\u00edas ser mi hijo menor\u2011 y, no obstante, dices cosas discretas a los reyes argivos y has hablado como se debe. Pero yo, que me vanaglorio de ser m\u00e1s viejo que t\u00fa, lo manifestar\u00e9 y expondr\u00e9 todo; y nadie despreciar\u00e1 mis palabras, ni siquiera el rey Agamen\u00f3n. Sin familia, sin ley y sin hogar debe de vivir quien apetece las horrendas luchas intestinas. Ahora obedezcamos a la negra noche: preparemos la cena y los guardias vigilen a orillas del cavado foso que corre delante del muro. A los j\u00f3venes se lo encargo; y t\u00fa, oh Atrida, m\u00e1ndalo, pues eres el rey supremo. Ofrece despu\u00e9s un banquete a los caudillos, que esto es lo que te conviene y lo digno de ti. Tus tiendas est\u00e1n llenas de vino, que las naves aqueas traen continuamente de Tracia por el anchuroso ponto; dispones de cuanto se requiere para recibir a aqu\u00e9llos, a imperas sobre muchos hombres. Una vez congregados, seguir\u00e1s el parecer de quien te d\u00e9 mejor consejo; pues de uno bueno y prudente tienen necesidad los aqueos, ahora que el enemigo enciende tal n\u00famero de hogueras junto a las naves. \u00bfQui\u00e9n lo ver\u00e1 con alegr\u00eda? Esta noche se decidir\u00e1 la ruina o la salvaci\u00f3n del ej\u00e9rcito.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y ellos lo escucharon atentamente y lo obedecieron. A punto se apresuraron a salir con armas, para encargarse de la guardia, Trasimedes Nest\u00f3rida, pastor de hombres; Asc\u00e1lafo y Y\u00e1lmeno, hijos de Ares; Meriones, Afareo, De\u00edpiro y el divino Licomedes, hijo de Creonte. Siete eran los capitanes de los centinelas, y cada uno mandaba cien mozos provistos de luengas picas. Situ\u00e1ronse entre el foso y la muralla, encendieron fuego, y todos sacaron su respectiva cena.<\/p>\n<p>\u00a0El Atrida llev\u00f3 a su tienda a los pr\u00edncipes aqueos, as\u00ed que se hubieron reunido, y les dio un espl\u00e9ndido banquete. Ellos metieron mano en los manjares que ten\u00edan delante, y, cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, el anciano N\u00e9stor, cuya opini\u00f3n era considerada siempre como la mejor, empez\u00f3 a aconsejarles; y. areng\u00e1ndolos con benevolencia, les dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Glorios\u00edsimo Atrida! \u00a1Rey de hombres, Agamen\u00f3n! Por ti acabar\u00e9 y por ti comenzar\u00e9 tambi\u00e9n, ya que reinas sobre muchos hombres y Zeus te ha dado cetro y leyes para que mires por los s\u00fabditos. Por esto debes exponer tu opini\u00f3n y o\u00edr la de los dem\u00e1s y aun llevarla a cumplimiento cuando cualquiera, siguiendo los impulsos de su \u00e1nimo, proponga algo bueno; que es atribuci\u00f3n tuya ejecutar lo que se acuerde. Te dir\u00e9 lo que considero m\u00e1s conveniente y nadie concebir\u00e1 una idea mejor que la que tuve y sigo teniendo, oh v\u00e1stago de Zeus, desde que, contra mi parecer, te llevaste la joven Briseide arrebat\u00e1ndola de la tienda del enojado Aquiles. Gran empe\u00f1o puse en disuadirte, pero venci\u00f3 tu \u00e1nimo fogoso y menospreciaste a un fort\u00edsimo var\u00f3n honrado por los dioses, arrebat\u00e1ndole la recompensa que todav\u00eda retienes. Mas veamos todav\u00eda si podremos aplacarlo con agradables presentes y dulces palabras.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el rey de hombres, Agamen\u00f3n:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No has mentido, anciano, al enumerar mis faltas. Proced\u00ed mal, no lo niego; vale por muchos el var\u00f3n a quien Zeus ama cordialmente; y ahora el dios, queriendo honrar a \u00e9se, ha causado la derrota de los aqueos. Mas, ya que le falt\u00e9, dej\u00e1ndome llevar por la funesta pasi\u00f3n, quiero aplacarlo y le ofrezco la muchedumbre de espl\u00e9ndidos presentes que voy a enumerar: Siete tr\u00edpodes no puestos a\u00fan al fuego, diez talentos de oro, veinte calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados, que en la carrera alcanzaron la victoria. No ser\u00eda pobre ni carecer\u00eda de precioso oro quien tuviera los premios que estos sol\u00edpedos caballos lograron. Le dar\u00e9 tambi\u00e9n siete mujeres lesbias, h\u00e1biles en hacer primorosas labores, que yo mismo escog\u00ed cuando tom\u00f3 la bien construida Lesbos y que en hermosura a las dem\u00e1s aventajaban. Con ellas le entregar\u00e9 la hija de Briseo, que entonces le quit\u00e9, y jurar\u00e9 solemnemente que jam\u00e1s sub\u00ed a su lecho ni me un\u00ed con ella, como es costumbre entre hombres y mujeres. Todo esto se le presentar\u00e1 en seguida; mas, si los dioses nos permiten destruir la gran ciudad de Pr\u00edamo, entre en ella cuando los aqueos partamos el bot\u00edn, cargue abundantemente de oro y de bronce su nave y elija \u00e9l mismo las veinte troyanas que m\u00e1s hermosas sean despu\u00e9s de la argiva Helena. Y, si conseguimos volver a los f\u00e9rtiles campos de Argos de Acaya, podr\u00e1 ser mi yerno y tendr\u00e1 tantos honores como Orestes, mi hijo menor, que se cr\u00eda con mucho regalo. De las tres hijas que dej\u00e9 en el alc\u00e1zar bien construido, Cris\u00f3temis, La\u00f3dice a Ifianasa, ll\u00e9vese la que quiera, sin dotarla, a la casa de Peleo; que yo la dotar\u00e9 tan espl\u00e9ndidamente, como nadie haya dotado jam\u00e1s a su hija: ofrezco darle siete populosas ciudades \u2011Card\u00e1mila, Enope, la herbosa Hira, la divina Feras, Antea, la de los hermosos prados, la linda Epea y P\u00e9daso, en vi\u00f1as abundante\u2011, situadas todas junto al mar, en los confines de la arenosa Pilos, y pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes, que lo honrar\u00e1n con ofrendas como a una deidad y pagar\u00e1n, regidos por su cetro, crecidos tributos. Todo esto har\u00eda yo, con tal de que depusiera la c\u00f3lera. Que se deje ablandar; pues, por ser implacable a inexorable, Hades es para los mortales el m\u00e1s aborrecible de todos los dioses; y ceda a m\u00ed, que en poder y edad de aventajarlo me glorio.<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3 N\u00e9stor, caballero gerenio:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Glorios\u00edsimo Atrida! \u00a1Rey de hombres, Agamen\u00f3n! No son despreciables los regalos que ofreces al rey Aquiles. Ea, elijamos esclarecidos varones que cuanto antes vayan a la tienda del Pelida. Y, si quieres, yo mismo los designar\u00e9 y ellos obedezcan: F\u00e9nix, caro a Zeus, que ser\u00e1 el jefe, el gran Ayante y el divino Ulises, acompa\u00f1ados de los heraldos Odio y Eunbates. Dadnos agua a las manos a imponed silencio, para rogar a Zeus Cronida que se apiade de nosotros.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y su discurso agrad\u00f3 a todos. Los heraldos dieron en seguida aguamanos a los caudillos, y los mancebos, coronando de bebida las crateras, distribuy\u00e9ronla a todos los presentes despu\u00e9s de haber ofrecido en copas las primicias. Luego que hicieron libaciones y cada cual bebi\u00f3 cuanto quiso, salieron de la tienda de Agamen\u00f3n Atrida. Y N\u00e9stor, caballero gerenio, fijando sucesivamente los ojos en cada uno de los elegidos, les recomendaba mucho, y de un modo especial a Ulises, que procuraran persuadir al eximio Peli\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0Fu\u00e9ronse \u00e9stos por la orilla del estruendoso mar y dirig\u00edan muchos ruegos a Poseid\u00f3n, que ci\u00f1e y bate la tierra, para que les resultara f\u00e1cil llevar la persuasi\u00f3n al altivo esp\u00edritu del E\u00e1cida. Cuando hubieron llegado a las tiendas y naves de los mirmidones, hallaron al h\u00e9roe deleit\u00e1ndose con una hermosa lira labrada de arg\u00e9nteo puente, que hab\u00eda cogido de entre los despojos cuando destruy\u00f3 la ciudad de Eeti\u00f3n; con ella recreaba su \u00e1nimo, cantando haza\u00f1as de los hombres. Patroclo, solo y callado, estaba sentado frente a \u00e9l y esperaba que el E\u00e1cida acabase de cantar. Entraron aqu\u00e9llos, precedidos por Ulises, y se detuvieron delante del h\u00e9roe; Aquiles, at\u00f3nito, se alz\u00f3 del asiento sin dejar la lira y Patroclo al verlos se levant\u00f3 tambi\u00e9n. Aquiles, el de los pies ligeros, tendi\u00f3les la mano y dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Salud, amigos que lleg\u00e1is! Grande debe de ser la necesidad cuando ven\u00eds vosotros, que sois para m\u00ed, aunque est\u00e9 irritado, los m\u00e1s queridos de los aqueos todos.<\/p>\n<p>\u00a0En diciendo esto, el divino Aquiles les hizo sentar en sillas provistas de purp\u00fareos tapetes, y en seguida dijo a Patroclo, que estaba cerca de \u00e9l:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hijo de Menecio! Saca la cratera mayor, ll\u00e9nala del vino m\u00e1s a\u00f1ejo y distribuye copas; pues est\u00e1n debajo de mi techo los hombres que me son m\u00e1s caros.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y Patroclo obedeci\u00f3 al compa\u00f1ero amado. En un taj\u00f3n que acerc\u00f3 a la lumbre puso los lomos de una oveja y de una ping\u00fce cabra y la grasa espalda de un suculento jabal\u00ed. Automedonte sujetaba la carne; Aquiles, despu\u00e9s de cortarla y dividirla, la espetaba en asadores; y el Menec\u00edada, var\u00f3n igual a un dios, encend\u00eda un gran fuego; y luego, quemada la le\u00f1a y muerta la llama, extendi\u00f3 las brasas, coloc\u00f3 encima los asadores asegur\u00e1ndolos con piedras y sazon\u00f3 la carne con la divina sal. Cuando aqu\u00e9lla estuvo asada y servida en la mesa, Patrocio reparti\u00f3 pan en hermosas canastillas; y Aquiles distribuy\u00f3 la carne, sent\u00f3se frente al divino Ulises, de espaldas a la pared, y orden\u00f3 a Patroclo, su amigo, que hiciera la ofrenda a los dioses. Patroclo ech\u00f3 las primicias al fuego. Metieron mano a los manjares que ten\u00edan delante, y, cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, Ayante hizo una se\u00f1a a F\u00e9nix; y Ulises, al advertirlo, llen\u00f3 de vino la copa y brind\u00f3 a Aquiles:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Salve, Aquiles! De igual fest\u00edn hemos disfrutado en la tienda del Atrida Agamen\u00f3n que ahora aqu\u00ed, donde podr\u00edamos comer muchos y agradables manjares; pero los placeres del delicioso banquete no nos halagan porque tememos, oh alumno de Zeus, que nos suceda una gran desgracia: dudamos si nos ser\u00e1 dado salvar o perder las naves de muchos bancos, si t\u00fa no lo revistes de valor. Los orgullosos troyanos y sus auxiliares, venidos de lejas tierras, acampan junto a las naves y al muro y han encendido una porci\u00f3n de hogueras; y dicen que, como no podremos resistirlos, asaltar\u00e1n las negras naves; Zeus Cronida relampaguea haci\u00e9ndoles favorables se\u00f1ales, y H\u00e9ctor, envanecido por su bravura y confiando en Zeus, se muestra estupendamente furioso, no respeta a hombres ni a dioses, est\u00e1 pose\u00eddo de cruel rabia, y pide que aparezca pronto la divina Aurora, asegurando que ha de cortar nuestras elevadas popas, quemar las naves con ardiente fuego y matar cerca de ellas a los aqueos aturdidos por el humo. Mucho teme mi alma que los dioses cumplan sus amenazas y el destino haya dispuesto que muramos en Troya, lejos de Argos, criadora de caballos. Ea, lev\u00e1ntate si deseas, aunque tarde, salvar a los aqueos, que est\u00e1n acosados por los troyanos. A ti mismo te ha de pesar si no lo haces, y no puede repararse el mal una vez causado; piensa, pues, c\u00f3mo librar\u00e1s a los d\u00e1naos de tan funesto d\u00eda. Amigo, tu padre Peleo te daba estos consejos el d\u00eda en que desde Ft\u00eda lo envi\u00f3 a Agamen\u00f3n: \u00ab\u00a1Hijo m\u00edo! La fortaleza, Atenea y Hera te la dar\u00e1n si quieren; t\u00fa refrena en el pecho el natural fogoso\u2011 la benevolencia es preferible \u2011y abstente de perniciosas disputas para que seas m\u00e1s honrado por los argivos j\u00f3venes y ancianos.\u00bb As\u00ed te amonestaba el anciano y t\u00fa lo olvidas. Cede ya y dep\u00f3n la funesta c\u00f3lera; pues Agamen\u00f3n te ofrece dignos presentes si renuncias a ella. Y si quieres, oye y te referir\u00e9 cuanto Agamen\u00f3n dijo en su tienda que te dar\u00eda: Siete tr\u00edpodes no puestos a\u00fan al fuego, diez talentos de oro, veinte calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados, que alcanzaron la victoria en la carrera. No ser\u00eda pobre ni carecer\u00eda de precioso oro quien tuviera los premios que estos caballos de Agamen\u00f3n con sus pies lograron. Te dar\u00e1 tambi\u00e9n siete mujeres lesbias, h\u00e1biles en hacer primorosas labores, que \u00e9l mismo escogi\u00f3 cuando tomaste la bien construida Lesbos y que en hermosura a las dem\u00e1s aventajaban. Con ellas te entregar\u00e1 la hija de Briseo, que te ha quitado, y jurar\u00e1 solemnemente que jam\u00e1s subi\u00f3 a su lecho ni se uni\u00f3 con la misma, como es costumbre, oh rey, entre hombres y mujeres. Todo esto se te presentar\u00e1 en seguida; mas, si los dioses nos permiten destruir la gran ciudad de Pr\u00edamo, entra en ella cuando los aqueos partamos el bot\u00edn, carga abundantemente de oro y de bronce tu nave y elige t\u00fa mismo las veinte troyanas que m\u00e1s hermosas sean despu\u00e9s de la argiva Helena. Y, si conseguimos volver a los f\u00e9rtiles campos de Argos de Acaya, podr\u00e1s ser su yerno y tendr\u00e1s tantos honores como Orestes, su hijo menor, que se cr\u00eda con mucho regalo. De las tres hijas que dej\u00f3 en el palacio bien construido, Cris\u00f3temis, La\u00f3dice a Ifianasa, ll\u00e9vate la que quieras, sin dotarla, a la casa de Peleo, que \u00e9l la dotar\u00e1 espl\u00e9ndidamente como nadie haya dotado jam\u00e1s a su hija: ofrece darte siete populosas ciudades \u2011Card\u00e1mila, \u00c9nope, la herbosa Hira, la divina Feras, Antea, la de los amenos prados, la linda Epea y P\u00e9daso, en vi\u00f1as abundante\u2011, situadas todas junto al mar, en los confines de la arenosa Pilos, y pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes, que te honrar\u00e1n con ofrendas como a un dios y pagar\u00e1n, regidos por tu cetro, crecidos tributos. Todo esto har\u00eda, con tal de que depusieras la c\u00f3lera. Y, si el Atrida y sus regalos te son odiosos, api\u00e1date de los aqueos todos, que, atribulados como est\u00e1n en el ej\u00e9rcito, te venerar\u00e1n como a un dios y conseguir\u00e1s entre ellos inmensa gloria. Ahora podr\u00edas matar a H\u00e9ctor, que llevado de su funesta rabia se acercar\u00e1 mucho a ti, pues dice que ninguno de los d\u00e1naos que trajeron las naves lo iguala en valor.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Laert\u00edada, del linaje de Zeus! \u00a1Ulises, fecundo en ardides! Preciso es que os manifieste lo que pienso hacer para que dej\u00e9is de importunarme unos por un lado y otros por el opuesto. Me es tan odioso como las puertas de Hades quien piensa una cosa y manifiesta otra. Dir\u00e9, pues, lo que me parece mejor. Creo que ni el Atrida Agamen\u00f3n ni los d\u00e1naos lograr\u00e1n convencerme, ya que para nada se agradece el combatir siempre y sin descanso contra hombres enemigos. La misma recompensa obtiene el que se queda en su tienda, que el que pelea con bizarr\u00eda; en igual consideraci\u00f3n son tenidos el cobarde y el valiente; y as\u00ed muere el holgaz\u00e1n como el laborioso. Ninguna ventaja me ha procurado sufrir tantos pesares y exponer mi vida en el combate. Como el ave lleva a los implumes hijuelos la comida que coge, priv\u00e1ndose de ella, as\u00ed yo pas\u00e9 largas noches sin dormir y d\u00edas enteros entregado a la cruenta lucha con hombres que combat\u00edan por sus esposas. Conquist\u00e9 doce ciudades por mar y once por tierra en la f\u00e9rtil regi\u00f3n troyana; de todas saqu\u00e9 abundantes y preciosos despojos que di al Atrida, y \u00e9ste, que se quedaba en las veleras naves, recibi\u00f3los, reparti\u00f3 unos pocos y se guard\u00f3 los restantes. Mas las recompensas que Agamen\u00f3n concedi\u00f3 a los reyes y caudillos siguen en poder de \u00e9stos; y a m\u00ed, solo entre los aqueos, me quit\u00f3 la dulce esposa y la retiene a\u00fan: que goce durmiendo con ella. \u00bfPor qu\u00e9 los argivos han tenido que mover guerra a los troyanos? \u00bfPor qu\u00e9 el Atrida ha juntado y tra\u00eddo el ej\u00e9rcito? \u00bfNo es por Helena, la de hermosa cabellera? Pues \u00bfacaso son los Atridas los \u00fanicos hombres, de voz articulada, que aman a sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida a la suya, y yo apreciaba cordialmente a la m\u00eda, aunque la hab\u00eda adquirido por medio de la lanza. Ya que me defraud\u00f3, arrebat\u00e1ndome de las manos la recompensa, no me tiente; lo conozco y no me persuadir\u00e1. Delibere contigo, Ulises, y con los dem\u00e1s reyes c\u00f3mo podr\u00e1 librar a las naves del fuego enemigo. Muchas cosas ha hecho ya sin mi ayuda, pues construy\u00f3 un muro, abriendo a su pie ancho y profundo foso que defiende una empalizada; mas ni con esto puede contener el arrojo de H\u00e9ctor, matador de hombres. Mientras combat\u00ed por los aqueos, jam\u00e1s quiso H\u00e9ctor que la pelea se trabara lejos de la muralla; s\u00f3lo llegaba a las puertas Esceas y a la encina; y, una vez que all\u00ed me aguard\u00f3, cost\u00f3le trabajo salvarse de mi acometida. Y puesto que ya no deseo guerrear contra el divino H\u00e9ctor ma\u00f1ana, despu\u00e9s de ofrecer sacrificios a Zeus y a los dem\u00e1s dioses, echar\u00e9 al mar los cargados bajeles, y ver\u00e1s, si quieres y te interesa, mis naves surcando el Helesponto, en peces abundoso, y en ellas hombres que remar\u00e1n gustosos; y, si el glorioso agitador de la tierra me concede una navegaci\u00f3n feliz, al tercer d\u00eda llegar\u00e1 a la f\u00e9rtil Ft\u00eda. En ella dej\u00e9 muchas cosas cuando en mal hora vine y de aqu\u00ed me llevar\u00e9 oro, rojizo bronce, mujeres de hermosa cintura y luciente hierro, que por suerte me tocaron; ya que el rey Agamen\u00f3n Atrida, insult\u00e1ndome, me ha quitado la recompensa que \u00e9l mismo me diera. Dec\u00eddselo p\u00fablicamente, os lo encargo, para que los dem\u00e1s aqueos se indignen, si con su habitual impudencia pretendiese enga\u00f1ar a alg\u00fan otro d\u00e1nao. No se atrever\u00eda, por desvergonzado que sea, a mirarme cara a cara, con \u00e9l no deliberar\u00e9 ni har\u00e9 cosa alguna, y, si me enga\u00f1\u00f3 y ofendi\u00f3, ya no me embaucar\u00e1 m\u00e1s con sus palabras; s\u00e9ale esto bastante y corra tranquilo a su perdici\u00f3n, puesto que el pr\u00f3vido Zeus le ha quitado el juicio. Sus presentes me son odiosos, y hago tanto caso de \u00e9l como de un cabello. Aunque me diera diez o veinte veces m\u00e1s de lo que posee o de lo que a poseer llegare, o cuanto entra en Orc\u00f3meno, o en la egipcia Teba, cuyas casas guardan muchas riquezas \u2011cien puertas dan ingreso a la ciudad y por cada una pasan diariamente doscientos hombres con caballos y carros\u2011, o tanto, cuantas son las arenas o los granos de polvo, ni aun as\u00ed aplacar\u00eda Agamen\u00f3n mi enojo, si antes no me pagaba la dolorosa afrenta. No me casar\u00e9 con la hija de Agamen\u00f3n Atrida, aunque en hermosura rivalice con la dorada Afrodita y en las labores compita con Atenea, la de ojos de lechuza; ni siendo as\u00ed me desposar\u00e9 con ella; elija aquel otro aqueo que le convenga y sea rey m\u00e1s poderoso. Si, salv\u00e1ndome los dioses, vuelvo a mi casa, el mismo Peleo me buscar\u00e1 consorte. Gran n\u00famero de aqueas hay en la H\u00e9lade y en Ft\u00eda, hijas de pr\u00edncipes que gobiernan las ciudades; la que yo quiera ser\u00e1 mi mujer. Mucho me aconseja mi coraz\u00f3n varonil que tome leg\u00edtima esposa, digna c\u00f3nyuge m\u00eda, y goce all\u00e1 de las riquezas adquiridas por el anciano Peleo; pues no creo que valga lo que la vida ni cuanto dicen que se encerraba en la populosa ciudad de Ilio en tiempo de paz, antes que vinieran los aqueos, ni cuanto contiene el lap\u00eddeo templo de Apolo, que hiere de lejos, en la rocosa Pito. Se pueden apresar los bueyes y las ping\u00fces ovejas, se pueden adquirir los tr\u00edpodes y los tostados alazanes; pero no es posible prender ni coger el alma humana para que vuelva, una vez ha salvado la barrera que forman los dientes. Mi madre, la diosa Tetis, de argentados pies, dice que las parcas pueden llevarme al fin de la muerte de una de estas dos maneras: Si me quedo aqu\u00ed a combatir en torno de la ciudad troyana, no volver\u00e9 a la patria tierra, pero mi gloria ser\u00e1 inmortal; si regreso, perder\u00e9 la \u00ednclita fama, pero mi vida ser\u00e1 larga, pues la muerte no me sorprender\u00e1 tan pronto. Yo os aconsejo que os embarqu\u00e9is y volv\u00e1is a vuestros hogares, porque ya no conseguir\u00e9is arruinar la excelsa Ilio: el largovidente Zeus extendi\u00f3 el brazo sobre ella y sus hombres est\u00e1n llenos de confianza. Vosotros llevad la respuesta a los pr\u00edncipes aqueos \u2011que \u00e9sta es la misi\u00f3n de los legados\u2011, a fin de que busquen otro medio de salvar las c\u00f3ncavas naves y a los aqueos que hay a su alrededor, pues aqu\u00e9l en que pensaron no puede emplearse mientras subsista mi enojo. Y F\u00e9nix qu\u00e9dese con nosotros, acu\u00e9stese y ma\u00f1ana volver\u00e1 conmigo a la patria tierra, si as\u00ed to desea, que no he de llevarlo a viva fuerza.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y todos enmudecieron, asombrados de o\u00edrlo; pues fue mucha la vehemencia con que se neg\u00f3. Y el anciano jinete F\u00e9nix, que sent\u00eda gran temor por las naves aqueas, dijo despu\u00e9s de un buen rato y salt\u00e1ndole las l\u00e1grimas:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Si piensas en el regreso, preclaro Aquiles, y te niegas en absoluto a defender del voraz fuego las veleras naves, porque la ira penetr\u00f3 en tu coraz\u00f3n, \u00bfc\u00f3mo podr\u00eda quedarme solo y sin ti, hijo querido? El anciano jinete Peleo quiso que yo te acompa\u00f1ase el d\u00eda en que te envi\u00f3 desde Ft\u00eda a Agamen\u00f3n, todav\u00eda ni\u00f1o y sin experiencia de la funesta guerra ni del \u00e1gora, donde los varones se hacen ilustres; y me mand\u00f3 que te ense\u00f1ara a hablar bien y a realizar grandes hechos. Por esto, hijo querido, no querr\u00eda verme abandonado de ti, aunque un dios en persona me prometiera rasparme la vejez y dejarme tan joven como cuando sal\u00ed de la H\u00e9lade, de lindas mujeres, huyendo de las imprecaciones de Am\u00edntor Orm\u00e9nida, mi padre, que se irrit\u00f3 conmigo por una concubina de hermosa cabellera, a quien amaba con ofensa de su esposa y madre m\u00eda. \u00c9sta me suplicaba continuamente, abrazando mis rodillas, que me juntara con la concubina para que aborreciese al anciano. Quise obedecerla y lo hice; mi padre, que no tard\u00f3 en conocerlo, me maldijo repetidas veces pidi\u00f3 a las horrendas Erinias que jam\u00e1s pudiera sentarse en sus rodillas un hijo m\u00edo, y los dioses \u2011el Zeus subterr\u00e1neo y la terrible Pers\u00e9fone \u2011ratificaron sus imprecaciones. [Pens\u00e9 matar a mi padre con el agudo bronce; mas alguno de los inmortales calm\u00f3 mi c\u00f3lera, haciendo que a mi coraz\u00f3n se representara la fama que tendr\u00eda yo entre los hombres y los muchos baldones que de ellos recibir\u00eda, a fin de que no fuese llamado parricida entre los aqueos.] Desde entonces no tuve \u00e1nimo para vivir en el palacio con mi padre enojado. Amigos y deudos quer\u00edan retenerme all\u00ed y me dirig\u00edan insistentes s\u00faplicas: degollaron gran copia de ping\u00fces ovejas y flex\u00edpedes bueyes de retorcidos cuernos; pusieron a asar muchos puercos grasos sobre la llama de Hefesto; bebi\u00f3se buena parte del vino que las tinajas del anciano conten\u00edan; y nueve noches seguidas durmieron aqu\u00e9llos a mi lado, vigil\u00e1ndome por turno y teniendo encendidas dos hogueras, una en el p\u00f3rtico del bien cercado patio y otra en el vest\u00edbulo ante la puerta de la habitaci\u00f3n. Al llegar por d\u00e9cima vez la tenebrosa noche, sal\u00ed del aposento rompiendo las tablas fuertemente unidas de la puerta; salt\u00e9 con facilidad el muro del patio, sin que mis guardianes ni las sirvientas lo advirtieran, y, huyendo por la espaciosa H\u00e9lade, llegu\u00e9 a la f\u00e9rtil Ft\u00eda, madre de ovejas, a la casa del rey Peleo. Este me acogi\u00f3 ben\u00e9volo; me am\u00f3 como debe de amar un padre al hijo unig\u00e9nito que haya tenido en la vejez, viviendo en la opulencia; enriqueci\u00f3me y p\u00fasome al frente de numeroso pueblo, y desde entonces viv\u00ed en un conf\u00edn de la Ft\u00eda, reinando sobre los d\u00f3lopes. Y te cri\u00e9 hasta hacerte cual eres, oh Aquiles semejante a los dioses, con cordial cari\u00f1o; y t\u00fa ni quer\u00edas ir con otro al banquete, ni comer en el palacio, hasta que, sent\u00e1ndote en mis rodillas, te saciaba de carne cortada en pedacitos y te acercaba el vino. \u00a1Cu\u00e1ntas veces durante la molesta infancia me manchaste la t\u00fanica en el pecho con el vino que devolv\u00edas! Mucho padec\u00ed y trabaj\u00e9 por tu causa, y, considerando que los dioses no me hab\u00edan dado descendencia, te adopt\u00e9 por hijo, oh Aquiles semejante a los dioses, para que un d\u00eda me librases del cruel infortunio. Pero, Aquiles, refrena tu \u00e1nimo fogoso; no conviene que tengas un coraz\u00f3n despiadado, cuando los dioses mismos se dejan aplacar, no obstante su mayor virtud, dignidad y poder. Con sacrificios, votos agradables, libaciones y vapor de grasa quemada los desenojan cuantos infringieron su ley y pecaron. Pues las S\u00faplicas son hijas del gran Zeus, y aunque cojas, arrugadas y bizcas, cuidan de ir tras de Ofuscaci\u00f3n: \u00e9sta es robusta, de pies ligeros, y por lo mismo se adelanta, y, recorriendo la tierra, ofende a los hombres: y aqu\u00e9llas reparan luego el da\u00f1o causado. Quien acata a las hijas de Zeus cuando se le presentan, consigue gran provecho y es por ellas atendido si alguna vez tiene que invocarlas. Mas si alguien las desatiende y se obstina en rechazarlas, se dirigen a Zeus Cronida y le piden que Ofuscaci\u00f3n acompa\u00f1e siempre a aqu\u00e9l para que con el da\u00f1o sufra la pena. Concede t\u00fa tambi\u00e9n a las hijas de Zeus, oh Aquiles, la debida consideraci\u00f3n, por la cual el esp\u00edritu de otros valientes se aplac\u00f3. Si el Atrida no te brindara esos presentes, ni te hiciera otros ofrecimientos para lo futuro, y conservara pertinazmente su c\u00f3lera, no te exhortar\u00eda a que, deponiendo la ira, socorrieras a los argivos, aunque es grande la necesidad en que se hallan. Pero te da muchas cosas, te promete m\u00e1s y te env\u00eda, para que por \u00e9l rueguen, varones excelentes, escogiendo en el ej\u00e9rcito aqueo los argivos que te son m\u00e1s caros. No desprecies las palabras de \u00e9stos, ni dejes sin efecto su venida, ya que no se te puede reprender que antes estuvieras irritado. Todos hemos o\u00eddo contar haza\u00f1as de los h\u00e9roes de anta\u00f1o, y sabemos que, cuando estaban pose\u00eddos de feroz c\u00f3lera, eran placables con dones y exorables a los ruegos. Recuerdo lo que pas\u00f3 en cierto caso, no reciente, sino antiguo, y os lo voy a referir a vosotros, que sois todos amigos m\u00edos. Curetes y bravos etolios combat\u00edan en torno de Calid\u00f3n y unos a otros se mataban, defendiendo los etolios su hermosa ciudad y deseando los curetes asolarla por medio de Ares. Hab\u00eda promovido esta contienda \u00c1rtemis, la de \u00e1ureo trono, enojada porque Eneo no le dedic\u00f3 los sacrificios de la siega en el f\u00e9rtil campo: los otros dioses regal\u00e1ronse con las hecatombes, y s\u00f3lo a la hija del gran Zeus dej\u00f3 aqu\u00e9l de ofrecerlas, por olvido o por inadvertencia, cometiendo una gran falta. Airada la deidad que se complace en tirar flechas, hizo aparecer un jabal\u00ed, de albos dientes, que caus\u00f3 gran destrozo en el campo de Eneo, desarraigando alt\u00edsimos \u00e1rboles y ech\u00e1ndolos por tierra cuando ya con la llor promet\u00edan el fruto. Al fin lo mat\u00f3 Meleagro, hijo de Eneo, ayudado por cazadores y perros de muchas ciudades \u2011pues no era posible vencerlo con poca gente, \u00a1tan corpulento era!, y ya a muchos los hab\u00eda hecho subir a la triste pira\u2011, y la diosa suscit\u00f3 entonces una clamorosa contienda entre los curetes y los magn\u00e1nimos etolios por la cabeza y la hirsuta piel del jabal\u00ed. Mientras Meleagro, caro a Ares, combati\u00f3, les fue mal a los curetes, que no pod\u00edan, a pesar de ser tantos, acercarse a los muros. Pero el h\u00e9roe, irritado con su madre Altea, se dej\u00f3 dominar por la c\u00f3lera que perturba la mente de los m\u00e1s cuerdos y se qued\u00f3 en el palacio con su linda esposa Cleopatra, hija de Marpesa Evenina, la de hermosos tobillos, y de Idas, el m\u00e1s fuerte de los hombres que entonces poblaban la tierra. (Atrevi\u00f3se Idas a armar el arco contra el soberano Febo Apolo, a causa de la joven de hermosos tobillos, y desde entonces pusi\u00e9ronle a Cleopatra su padre y su veneranda madre el sobrenombre de Alc\u00edone, porque la madre, sufriendo la suerte del sufrid\u00edsimo alci\u00f3n, deshac\u00edase en l\u00e1grimas mientras Febo Apolo, que hiere de lejos, se la llevaba.) Retirado, pues, con su esposa, devoraba Meleagro la acerba c\u00f3lera que le causaron las imprecaciones de su madre; la cual, acongojada por la muerte violenta de un hermano, oraba mucho a los dioses, y, puesta de rodillas y con el seno ba\u00f1ado en l\u00e1grimas, golpeaba mucho el f\u00e9rtil suelo invocando a Hades y a la terrible Pers\u00e9fone para que dieran muerte a su hijo. Erinias, que vaga en las tinieblas y tiene un coraz\u00f3n inexorable, la oy\u00f3 desde el \u00c9rebo, y en seguida creci\u00f3 el tumulto y la griter\u00eda ante las puertas de la ciudad, las torres fueron atacadas y los etolios ancianos enviaron a los eximios sacerdotes de los dioses para que suplicaran a Meleagro que saliera a defenderlos, ofreci\u00e9ndole un rico presente: donde el suelo de la amena Calid\u00f3n fuera m\u00e1s f\u00e9rtil, escoger\u00eda \u00e9l mismo un hermoso campo de cincuenta yugadas, mitad vi\u00f1a y mitad tierra labrant\u00eda. Present\u00f3se tambi\u00e9n en el umbral del alto aposento el anciano jinete Eneo; y, llamando a la puerta, dirigi\u00f3 a su hijo muchas s\u00faplicas. Rog\u00e1ronle asimismo muchas veces sus hermanas y su venerable madre. Pero \u00e9l se negaba cada vez m\u00e1s. Acudieron sus mejores y m\u00e1s caros amigos, y tampoco consiguieron mover su coraz\u00f3n, ni persuadirlo a que no aguardara, para salir del cuarto, a que llegaran hasta \u00e9l los enemigos. Y los curetes escalaron las torres y empezaron a pegar fuego a la gran ciudad. Entonces la esposa, de bella cintura, inst\u00f3 a Meleagro llorando y refiri\u00e9ndole las desgracias que padecen los hombres, cuya ciudad sucumbe: Matan a los varones, le dec\u00eda; el fuego destruye la ciudad, y son reducidos a la esclavitud los ni\u00f1os y las mujeres de estrecha cintura. Meleagro, al o\u00edr estos males, sinti\u00f3 que se le conmov\u00eda el coraz\u00f3n; y, dej\u00e1ndose llevar por su \u00e1nimo, visti\u00f3 las lucientes armas y libr\u00f3 del funesto d\u00eda a los etolios; pero ya no le dieron los muchos y hermosos presentes, a pesar de haberlos salvado de la ruina. Y ahora t\u00fa, amigo, no pienses de igual manera, ni un dios te induzca a obrar as\u00ed; ser\u00e1 peor que difieras el socorro para cuando las naves sean incendiadas; ve, pues, por los regalos, y los aqueos te venerar\u00e1n como a un dios, porque, si intervinieres en la homicida guerra cuando ya no te ofrezcan dones, no alcanzar\u00e1s tanta honra aunque rechaces a los enemigos.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1F\u00e9nix, anciano padre, alumno de Zeus! Para nada necesito tal honor; y espero que, si Zeus quiere, ser\u00e9 honrado en las c\u00f3ncavas naves mientras la respiraci\u00f3n no falte a mi pecho y mis rodillas se muevan. Otra cosa voy a decirte, que grabar\u00e1s en tu memoria: No me conturbes el \u00e1nimo con llanto y gemidos por complacer al h\u00e9roe Atrida, a quien no debes querer si deseas que el afecto que te profeso no se convierta en odio; mejor es que aflijas conmigo a quien me aflige. Ejerce el mando conmigo y comparte mis honores. \u00c9sos llevar\u00e1n la respuesta, t\u00fa qu\u00e9date y acu\u00e9state en blanda cama, y al despuntar la aurora determinaremos si nos conviene regresar a nuestros hogares o quedarnos aqu\u00ed todav\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y orden\u00f3 a Patroclo, haci\u00e9ndole con las cejas silenciosa se\u00f1al, que dispusiera una mullida cama para F\u00e9nix, a fin de que los dem\u00e1s pensaran en salir cuanto antes de la tienda. Y Ayante Telamon\u00edada, igual a un dios, habl\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Laert\u00edada, del linaje de Zeus! \u00a1Ulises, fecundo en ardides! \u00a1V\u00e1mosnos! No espero lograr nuestro prop\u00f3sito por este camino, y hemos de anunciar la respuesta, aunque sea desfavorable, a los d\u00e1naos que est\u00e1n aguardando. Aquiles tiene en su pecho un coraz\u00f3n feroz y soberbio. \u00a1Cruel! En nada aprecia la amistad de sus compa\u00f1eros, con la cual lo honr\u00e1bamos en el campamento m\u00e1s que a otro alguno. \u00a1Despiadado! Por la muerte del hermano o del hijo se recibe una compensaci\u00f3n; y, una vez pagada la importante cantidad, el matador se queda en el pueblo, y el coraz\u00f3n y el \u00e1nimo airado del ofendido se apaciguan con la compensaci\u00f3n recibida, y a ti los dioses te han llenado el pecho de implacable y funesto rencor por una sola joven. Siete excelentes te ofrecemos hoy y otras muchas cosas; s\u00e9anos tu coraz\u00f3n propicio y respeta tu morada, pues estamos debajo de tu techo, enviados por el ej\u00e9rcito d\u00e1nao, y anhelamos ser para ti los m\u00e1s apreciados y los m\u00e1s amigos de los aqueos todos.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, pr\u00edncipe de hombres! Creo que has dicho lo que sientes, pero mi coraz\u00f3n se enciende en ira cuando me acuerdo de aqu\u00e9llos y del menosprecio con que el Atrida me trat\u00f3 en presencia de los argivos, cual si yo fuera un miserable advenedizo. Id y publicad mi respuesta: No me ocupar\u00e9 en la cruenta guerra hasta que el hijo del aguerrido Pr\u00edamo, H\u00e9ctor divino, llegue matando argivos a las tiendas y naves de los mirmidones y las incendie. Creo que H\u00e9ctor, aunque est\u00e9 enardecido, se abstendr\u00e1 de combatir tan pronto como se acerque a mi tienda y a mi negra nave.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Cada uno tom\u00f3 una copa de doble asa; y, hecha la libaci\u00f3n, los enviados, con Ulises a su frente, regresaron a las naves. Patroclo orden\u00f3 a sus compa\u00f1eros y a las esclavas que aderezaran al momento una mullida cama para F\u00e9nix; y ellas, obedeciendo el mandato, hici\u00e9ronla con pieles de oveja una colcha y fin\u00edsima cubierta del mejor lino. All\u00ed descans\u00f3 el viejo, aguardando la divina Aurora. Aquiles durmi\u00f3 en lo m\u00e1s retirado de la s\u00f3lida tienda con una mujer que se hab\u00eda llevado de Lesbos: con Diomede, hija de Forbante, la de hermosas mejillas. Y Patroclo se acost\u00f3 junto a la pared opuesta, teniendo a su lado a Ifis, la de bella cintura, que le hab\u00eda regalado Aquiles al tomar la excelsa Esciro, ciudad de Enieo.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando los enviados llegaron a la tienda del Atrida, los aqueos, puestos en pie, les presentaban \u00e1ureas copas y les hac\u00edan preguntas. Y el rey de hombres, Agamen\u00f3n, los interrog\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ea! Dime, c\u00e9lebre Ulises, gloria insigne de los aqueos. \u00bfQuiere librar a las naves del fuego enemigo, o se niega porque su coraz\u00f3n soberbio se halla a\u00fan dominado por la c\u00f3lera?<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3 el paciente divino Ulises:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Glorios\u00edsimo Atrida, rey de hombres, Agamen\u00f3n! No quiere aqu\u00e9l deponer la c\u00f3lera, sino que se enciende a\u00fan m\u00e1s su ira y te desprecia a ti y tus dones. Manda que deliberes con los argivos c\u00f3mo podr\u00e1s salvar las naves y al pueblo aqueo, dice en son de amenaza que echar\u00e1 al mar sus corvos bajeles, de muchos bancos, al descubrirse la nueva aurora, y aconseja que los dem\u00e1s se embarquen y vuelvan a sus hogares, porque ya no conseguir\u00e9is arruinar la excelsa Ilio: el largovidente Zeus extendi\u00f3 el brazo sobre ella, y sus hombres est\u00e1n llenos de confianza. As\u00ed dijo, como pueden referirlo \u00e9stos que fueron conmigo: Ayante y los dos heraldos, que ambos son prudentes. El anciano F\u00e9nix se acost\u00f3 all\u00ed por orden de aqu\u00e9l, para que ma\u00f1ana vuelva a la patria tierra, si as\u00ed lo desea, porque no ha de llevarle a viva fuerza.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3, y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues era muy grave lo que acababa de decir. Largo rato dur\u00f3 el silencio de los afligidos aqueos; mas al fin exclam\u00f3 Diomedes, valiente en el combate:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Glorios\u00edsimo Atrida, rey de hombres, Agamen\u00f3n! No debiste rogar al eximio Peli\u00f3n, ni ofrecerle innumerables regalos; ya era altivo, y ahora has dado p\u00e1bulo a su soberbia. Pero dej\u00e9moslo, ya se vaya, ya se quede: volver\u00e1 a combatir cuando el coraz\u00f3n que tiene en el pecho se lo ordene y un dios le incite. Ea, obremos todos como voy a decir. Acostaos despu\u00e9s de satisfacer los deseos de vuestro coraz\u00f3n comiendo y bebiendo vino, pues esto da fuerza y vigor. Y, cuando aparezca la hermosa Aurora de ros\u00e1ceos dedos, haz que se re\u00fanan junto a las naves los hombres y los carros, exhorta al pueblo y pelea en primera fila.<\/p>\n<p>\u00a0Tales fueron sus palabras, que todos los reyes aplaudieron, admirados del discurso de Diomedes, domador de caballos. Y hechas las libaciones, volvieron a sus respectivas tiendas, acost\u00e1ronse y el don del sue\u00f1o recibieron.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO IX Embajada a Aquiles\u2011 S\u00faplicas Agamen\u00f3n, arrepentido y lamentando su disputa con Aquiles, por consejo de su anciano asesor N\u00e9stor, despacha a Ulises, Ayante y al viejo F\u00e9nix como embajadores ante Aquiles, para solicitar su ayuda, con plenos poderes para prometerle la devoluci\u00f3n de Briseide y abundantes regalos que\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" href=\"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-iliada-ix-homero\/\">Seguir leyendo&#8230;<i 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