{"id":928,"date":"2010-11-27T22:24:10","date_gmt":"2010-11-27T20:24:10","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=928"},"modified":"2015-12-29T21:09:39","modified_gmt":"2015-12-29T19:09:39","slug":"la-iliada-iv-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-iliada-iv-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (IV) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO IV<\/strong><\/p>\n<p><strong>Violaci\u00f3n de los juramentos &#8211; Agamen\u00f3n revista las tropas<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/natureduca.com\/images_estublog\/iliada04.jpg\" border=\"0\" alt=\"\" hspace=\"10\" vspace=\"10\" width=\"334\" height=\"158\" align=\"right\" \/>Menelao lo busca por el campo de batalla y recibe en la cintura el impacto de una flecha lanzada por P\u00e1ndaro, que as\u00ed rompe la tregua convenida por los dos ej\u00e9rcitos antes de empezar el singular desaf\u00edo. Entonces comienza una encarnizada lucha entre aqueos y troyanos.<\/p>\n<p>\u00a0Sentados en el \u00e1ureo pavimento junto a Zeus, los dioses celebraban consejo. La venerable Hebe escanciaba n\u00e9ctar, y ellos recib\u00edan sucesivamente la copa de oro y contemplaban la ciudad de Troya. Pronto el Cronida intent\u00f3 zaherir a Hera con mordaces palabras; y, hablando fingidamente, dijo:<\/p>\n<p>\u00a0-Dos son las diosas que protegen a Menelao, Hera argiva y Atenea alalcomenia; pero, sentadas a distancia, se contentan con mirarlo; mientras que Afrodita, amante de la risa, acompa\u00f1a constantemente al otro y lo Libra de Las parcas, y ahora lo acaba de salvar cuando \u00e9l mismo cre\u00eda perecer. Pero, como la victoria qued\u00f3 por Menelao, caro a Ares, deliberemos sobre sus futuras consecuencias: si conviene promover nuevamente el funesto combate y la terrible pelea, o reconciliar a entrambos pueblos. Si a todos pluguiera y agradara, la ciudad del rey Pr\u00edamo continuar\u00eda poblada y Menelao se llevar\u00eda la argiva Helena.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Atenea y Hera, que ten\u00edan Los asientos contiguos y pensaban en causar da\u00f1o a Los troyanos, se mordieron Los labios. Atenea, aunque airada contra su padre Zeus y pose\u00edda de feroz c\u00f3lera, guard\u00f3 silencio y nada dijo; pero a Hera no le cupo la ira en el pecho, y exclam\u00f3:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Crudel\u00edsimo Cronida! \u00a1Qu\u00e9 palabras proferiste! \u00bfQuieres que sea vano a ineficaz mi trabajo y el sudor que me cost\u00f3? Mis corceles se fatigaron, cuando reun\u00eda el ej\u00e9rcito contra Pr\u00edamo y sus hijos. Haz lo que dices, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le muy indignado Zeus, que amontona las nubes:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Desdichada! \u00bfQu\u00e9 graves ofensas te infieren Pr\u00edamo y sus hijos para que continuamente anheles destruir la bien edificada ciudad de Ilio? Si trasponiendo las puertas de los altos muros, te comieras crudo a Pr\u00edamo, a sus hijos y a los dem\u00e1s troyanos, quiz\u00e1 tu c\u00f3lera se apaciguara. Haz lo que te plazca; no sea que de esta disputa se origine una gran ri\u00f1a entre nosotros. Otra cosa voy a decirte que fijar\u00e1s en la memoria: cuando yo tenga vehemente deseo de destruir alguna ciudad donde vivan amigos tuyos, no retardes mi c\u00f3lera y d\u00e9jame hacer lo que quiera, ya que \u00e9sta te la cedo espont\u00e1neamente, aunque contra los impulsos de mi alma. De las ciudades que los hombres terrestres habitan debajo del sol y del cielo estrellado, la sagrada Ilio era la preferida de mi coraz\u00f3n, con Pr\u00edamo y su pueblo armado con lanzas de fresno. Mi altar jam\u00e1s careci\u00f3 en ella del alimento debido, libaciones y vapor de grasa quemada; que tales son los honores que se nos deben.<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3le en seguida Hera veneranda, la de ojos de novilla:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Tres son las ciudades que m\u00e1s quiero: Argos, Esparta y Micenas, la de anchas calles; destr\u00fayelas cuando las aborrezca tu coraz\u00f3n, y no las defender\u00e9, ni me opondr\u00e9 siquiera. Y si me opusiere y no lo permitiere destruirlas, nada conseguir\u00eda, porque tu poder es muy superior. Pero es preciso que mi trabajo no resulte in\u00fatil. Tambi\u00e9n yo soy una deidad, nuestro linaje es el mismo y el artero Crono engendr\u00f3me la m\u00e1s venerable, por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre los inmortales todos. Transijamos, yo contigo y t\u00fa conmigo, y los dem\u00e1s dioses inmortales nos seguir\u00e1n. Manda presto a Atenea que vaya al campo de la terrible batalla de los troyanos y los aqueos, y procure que los troyanos empiecen a ofender, contra lo jurado, a los envanecidos aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. No desobedeci\u00f3 el padre de los hombres y de los dioses; y, dirigi\u00e9ndose a Atenea, profiri\u00f3 en seguida estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ve muy presto al campo de los troyanos y de los aqueos, y procura que los troyanos empiecen a ofender, contra lo jurado, a los envanecidos aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0Con tales voces instig\u00f3lo a hacer lo que ella misma deseaba; y Atenea baj\u00f3 en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo. Cual f\u00falgida estrella que, enviada como se\u00f1al por el hijo del artero Crono a los navegantes o a los individuos de un gran ej\u00e9rcito, despide gran n\u00famero de chispas; de igual modo Palas Atenea se lanz\u00f3 a la tierra y cay\u00f3 en medio del campo. Asombr\u00e1ronse cuantos la vieron, as\u00ed los troyanos, domadores de caballos, como los aqueos, de hermosas grebas, y no falt\u00f3 quien dijera a su vecino:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011O empezar\u00e1 nuevamente el funesto combate y la terrible pelea, o Zeus, \u00e1rbitro de la guerra humana, pondr\u00e1 amistad entre ambos pueblos.<\/p>\n<p>\u00a0De esta manera hablaban algunos de los aqueos y de los troyanos. La diosa, transfigurada en var\u00f3n \u2011parec\u00edase a La\u00f3doco Anten\u00f3rida, esforzado combatiente\u2011, penetr\u00f3 por el ej\u00e9rcito troyano buscando al deiforme P\u00e1ndaro. Hall\u00f3 por fin al eximio y fuerte hijo de Lica\u00f3n en medio de las filas de hombres valientes, escudados, que con \u00e9l hab\u00edan llegado de las orillas del Esepo; y, deteni\u00e9ndose cerca de \u00e9l, le dijo estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfQuerr\u00e1s obedecerme, hijo valeroso de Lica\u00f3n? \u00a1Te atrevieras a disparar una veloz flecha contra Menelao! Alcanzar\u00edas gloria entre los troyanos y te lo agradecer\u00edan todos, y particularmente el pr\u00edncipe Alejandro; \u00e9ste te har\u00eda espl\u00e9ndidos presentes, si viera que a Menelao, belicoso hijo de Atreo, lo sub\u00edan a la triste pira, muerto por una de tus flechas. Ea, tira una saeta al \u00ednclito Menelao, y vota sacrificar a Apolo nacido en Licia, c\u00e9lebre por su arco, una hecatombe perfecta de corderos primog\u00e9nitos cuando vuelvas a tu patria, la sagrada ciudad de Zelea.<\/p>\n<p>As\u00ed dijo Atenea. El insensato se dej\u00f3 persuadir, y asi\u00f3 en seguida el pulido arco hecho con las astas de un lascivo buco mont\u00e9s, a quien \u00e9l hab\u00eda acechado y herido en el pecho cuando saltaba de un pe\u00f1asco: el animal cay\u00f3 de espaldas en la roca, y sus cuernos de diecis\u00e9is palmos fueron ajustados y pulidos por h\u00e1bil art\u00edfice y adornados con anillos de oro. P\u00e1ndaro tendi\u00f3 el arco, baj\u00e1ndolo a inclin\u00e1ndolo al suelo, y sus valientes amigos lo cubrieron con los escudos, para que los belicosos aqueos no arremetieran contra \u00e9l antes que Menelao, aguerrido hijo de Atreo, fuese herido. Destap\u00f3 el carcaj y sac\u00f3 una flecha nueva, alada, causadora de acerbos dolores; adapt\u00f3 en seguida a la cuerda del arco la amarga saeta, y vot\u00f3 a Apolo nacido en Licia, el de glorioso arco, sacrificarle una espl\u00e9ndida hecatombe de corderos primog\u00e9nitos cuando volviera a su patria, la sagrada ciudad de Zelea. Y, cogiendo a la vez las plumas y el bovino nervio, tir\u00f3 hacia su pecho y acerc\u00f3 la punta de hierro al arco. Armado as\u00ed, rechin\u00f3 el gran arco circular, cruji\u00f3 la cuerda y salt\u00f3 la puntiaguda flecha deseosa de volar sobre la multitud.<\/p>\n<p>\u00a0No se olvidaron de ti, oh Menelao, los felices a inmortales dioses y especialmente la hija de Zeus, que impera en las batallas; la cual, poni\u00e9ndose delante, desvi\u00f3 la amarga flecha: apart\u00f3la del cuerpo como la madre ahuyenta una mosca de su ni\u00f1o que duerme con pl\u00e1cido sue\u00f1o, y la dirigi\u00f3 al lugar donde los anillos de oro sujetaban el cintur\u00f3n y la coraza era doble. La amarga saeta atraves\u00f3 el ajustado cintur\u00f3n, obra de art\u00edfice; se clav\u00f3 en la magn\u00edfica coraza, y, rompiendo la chapa que el h\u00e9roe llevaba para proteger el cuerpo contra las flechas y que lo defendi\u00f3 mucho, rasgu\u00f1\u00f3 la piel y al momento brot\u00f3 de la herida la negra sangre.<\/p>\n<p>\u00a0Como una mujer meonia o caria ti\u00f1e en p\u00farpura el marfil que ha de adornar el freno de un caballo, muchos jinetes desean llevarlo y aqu\u00e9lla lo guarda en su casa para un rey a fin de que sea ornamento para el caballo y motivo de gloria para el caballero; de la misma manera, oh Menelao, se ti\u00f1eron de sangre tus bien formados muslos, las piernas, y m\u00e1s abajo los hermosos tobillos.<\/p>\n<p>\u00a0Estremeci\u00f3se el rey de hombres, Agamen\u00f3n, al ver la negra sangre que manaba de la herida. Estremeci\u00f3se asimismo Menelao, caro a Ares; mas, como advirtiera que quedaban fuera el nervio y las plumas, recobr\u00f3 el \u00e1nimo en su pecho. Y el rey Agamen\u00f3n, asiendo de la mano a Menelao, dijo entre hondos suspiros mientras los compa\u00f1eros gem\u00edan:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hermano querido! Para tu muerte celebr\u00e9 el jurado convenio cuando te puse delante de todos a fin de que lucharas por los aqueos, t\u00fa solo, con los troyanos. As\u00ed te han herido: pisoteando los juramentos de fidelidad. Pero no ser\u00e1n in\u00fatiles el pacto, la sangre de los corderos, las libaciones de vino puro y el apret\u00f3n de manos en que confi\u00e1bamos. Si el Ol\u00edmpico no los castiga ahora, lo har\u00e1 m\u00e1s tarde, y pagar\u00e1n cuanto hicieron con una gran pena: con sus propias cabezas, sus mujeres y sus hijos. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi coraz\u00f3n: d\u00eda vendr\u00e1 en que perezcan la sagrada llio, y Priamo, y su pueblo armado con lanzas de Fresno; el excelso Zeus Cronida, que vive en el \u00e9ter, irritado por este enga\u00f1o, agitar\u00e1 contra ellos su \u00e9gida espantosa. Todo esto ha de suceder irremisiblemente. Pero ser\u00e1 grande mi pesar, oh Menelao, si mueres y llegas al t\u00e9rmino fatal de tu vida, y he de volver con gran oprobio a la \u00e1rida Argos; porque los aqueos se acordar\u00e1n en seguida de su tierra patria, dejaremos como trofeos en poder de Pr\u00edamo y de los troyanos a la argiva Helena, y tus huesos se pudrir\u00e1n en Troya a causa de una empresa no llevada a cumplimiento. Y alguno de los troyanos soberbios exclamar\u00e1, saltando sobre la tumba del glorioso Menelao: \u00abAs\u00ed efect\u00fae Agamen\u00f3n todas sus venganzas como \u00e9sta; pues trajo in\u00fatilmente un ej\u00e9rcito aqueo y regres\u00f3 a su patria con las naves vac\u00edas, dejando aqu\u00ed al valiente Menelao.\u00bb Y cuando esto diga, \u00e1braseme la anchurosa tierra.<\/p>\n<p>\u00a0Para tranquilizarlo, respondi\u00f3 el rubio Menelao:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ten \u00e1nimo y no espantes a los aqueos. La aguda flecha no se me ha clavado en sitio mortal, pues me protegi\u00f3 por fuera el labrado cintur\u00f3n y por dentro la faja y la chapa que forjaron obreros broncistas.<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3le el rey Agamen\u00f3n, diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ojal\u00e1 sea as\u00ed, querido Menelao! Un m\u00e9dico reconocer\u00e1 la herida y le aplicar\u00e1 drogas que calmen los terribles dolores.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y en seguida dio esta orden al divino heraldo Taltibio:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Taltibio! Llama pronto a Maca\u00f3n, el hijo del insigne m\u00e9dico Asclepio, para que reconozca al aguerrido Menelao, hijo de Atreo, a quien ha flechado un h\u00e1bil arquero troyano o licio; gloria para \u00e9l y llanto para nosotros.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y el heraldo al o\u00edrlo no desobedeci\u00f3. Fuese por entre los aqueos, de bronc\u00edneas corazas, busc\u00f3 con la vista al h\u00e9roe Maca\u00f3n y lo hall\u00f3 en medio de las fuertes filas de hombres escudados que lo hab\u00edan seguido desde Trica, criadora de caballos. Y, deteni\u00e9ndose cerca de \u00e9l, le dirigi\u00f3 estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ven, Asclep\u00edada! Te llama el rey Agamen\u00f3n para que reconozcas al aguerrido Menelao, caudillo de los aqueos, a quien ha flechado h\u00e1bil arquero troyano o licio; gloria para \u00e9l y llanto para nosotros.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y Maca\u00f3n sinti\u00f3 que en el pecho se le conmov\u00eda el \u00e1nimo. Atravesaron, hendiendo por la gente, el espacioso campamento de los aqueos; y llegando al lugar donde fue herido el rubio Menelao (\u00e9ste aparec\u00eda como un dios entre los principales caudillos que en torno de \u00e9l se hab\u00edan congregado), Maca\u00f3n arranc\u00f3 la flecha del ajustado c\u00edngulo; pero, al tirar de ella, rompi\u00e9ronse las plumas, y entonces desat\u00f3 el vistoso cintur\u00f3n y quit\u00f3 la faja y la chapa que hab\u00edan hecho obreros broncistas. Tan pronto como vio la herida causada por la cruel saeta, chup\u00f3 la sangre y aplic\u00f3 con pericia drogas calmantes que a su padre hab\u00eda dado Quir\u00f3n en prueba de amistad.<\/p>\n<p>\u00a0Mientras se ocupaban en curar a Menelao, valiente en la pelea, llegaron las huestes de los escudados troyanos; vistieron aqu\u00e9llos la armadura, y ya s\u00f3lo pensaron en el combate.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces no hubieras visto que el divino Agamen\u00f3n se durmiera, temblara o rehuyera el combate, pues iba presuroso a la lid, donde los varones alcanzan gloria. Dej\u00f3 los caballos y el carro de bronc\u00edneos adornos \u2011Eurimedonte, hijo de Ptolomeo Pira\u00edda, se qued\u00f3 a cierta distancia con los fogosos corceles\u2011, encarg\u00f3 al auriga que no se alejara por si el cansancio se apoderaba de sus miembros, mientras ejerc\u00eda el mando sobre aquella multitud de hombres y empez\u00f3 a recorrer a pie las hileras de guerreros. A cuantos ve\u00eda, de entre los d\u00e1naos de \u00e1giles corceles, que se apercib\u00edan para la pelea, los animaba diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Argivos! No desmaye vuestro impetuoso valor. El padre Zeus no proteger\u00e1 a los p\u00e9rfidos: como han sido los primeros en faltar a lo jurado, sus tiernas carnes ser\u00e1n pasto de buitres y nosotros nos llevaremos en las naves a sus esposas e hijos cuando tomemos la ciudad.<\/p>\n<p>\u00a0A los que ve\u00eda remisos en marchar al odioso combate, los increpaba con iracundas voces:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Argivos que s\u00f3lo con el arco sab\u00e9is pelear, hombres vituperables! \u00bfNo os avergonz\u00e1is? \u00bfPor qu\u00e9 os hallo at\u00f3nitos como cervatos que, habiendo corrido por espacioso campo, se detienen cuando ning\u00fan vigor queda en su pecho? As\u00ed est\u00e1is vosotros: pasmados y sin combatir. \u00bfAguard\u00e1is acaso que los troyanos lleguen a la orilla del espumoso mar donde tenemos las naves de lindas popas, para ver si el Croni\u00f3n extiende su mano sobre vosotros?<\/p>\n<p>\u00a0De tal suerte revistaba, como general\u00edsimo, las filas de guerreros. Andando por entre la muchedumbre, lleg\u00f3 al sitio donde los cretenses vest\u00edan las armas con el aguerrido Idomeneo. \u00c9ste, semejante a un jabal\u00ed por su bravura, se hallaba en las primeras filas, y Meriones enardec\u00eda a los soldados de las \u00faltimas falanges. Al verlos, el rey de hombres, Agamen\u00f3n, se alegr\u00f3 y al punto dijo a Idomeneo con suaves voces:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Idomeneo! Te honro de un modo especial entre los d\u00e1naos, de \u00e1giles corceles, as\u00ed en la guerra a otra empresa, como en el banquete, cuando los pr\u00f3ceres argivos beben el negro vino de honor mezclado en las crateras. A los dem\u00e1s aqueos de larga cabellera se les da su raci\u00f3n; pero t\u00fa tienes siempre la copa llena, como yo, y bebes cuanto te place. Corre ahora a la batalla y muestra el denuedo de que te jactas.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Idomeneo, caudillo de los cretenses:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida! Siempre he de ser tu amigo fiel, como lo asegur\u00e9 y promet\u00ed que lo ser\u00eda. Pero exhorta a los dem\u00e1s melenudos aqueos, para que cuanto antes peleemos con los troyanos, ya que \u00e9stos han roto los pactos. La muerte y toda clase de calamidades les aguardan, por haber sido los primeros en faltar a lo jurado.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y el Atrida con el coraz\u00f3n alegre pas\u00f3 adelante. Andando por entre la muchedumbre lleg\u00f3 al sitio donde estaban los Ayantes. \u00c9stos se armaban, y una nube de infantes los segu\u00eda. Como el nubarr\u00f3n, impelido por el c\u00e9firo, camina sobre el mar y se le ve a lo lejos negro como la pez y pre\u00f1ado de tempestad, y el cabrero se estremece al divisarlo desde una altura, y, antecogiendo el ganado, lo conduce a una cueva; de igual modo iban al da\u00f1oso combate, con los Ayantes, las densas y obscuras falanges de j\u00f3venes ilustres, erizadas de lanzas y escudos. Al verlos, el rey Agamen\u00f3n se regocij\u00f3, y dijo estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ayantes, pr\u00edncipes de los argivos de bronc\u00edneas corazas! A vosotros \u2011inoportuno fuera exhortaros\u2011 nada os encargo, porque ya instig\u00e1is al ej\u00e9rcito a que pelee valerosamente. Ojal\u00e1, \u00a1padre Zeus, Atenea, Apolo!, que hubiese el mismo \u00e1nimo en todos los pechos, pues pronto la ciudad del rey Pr\u00edamo ser\u00eda tomada y destruida por nuestras manos.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando as\u00ed hubo hablado, los dej\u00f3 y se fue hacia otros. Hall\u00f3 a N\u00e9stor, elocuente orador de los pilios, ordenando a los suyos y anim\u00e1ndolos a pelear, junto con el gran Pelagonte, Al\u00e1stor, Cromio, el poderoso Hem\u00f3n y Biante, pastor de hombres. Pon\u00eda delante, con los respectivos carros y corceles, a los que desde aqu\u00e9llos combat\u00edan; detr\u00e1s, a gran copia de valientes peones que en la batalla formaban como un muro, y en medio, a los cobardes para que mal de su grado tuviesen que combatir. Y, dando instrucciones a los primeros, les encargaba que sujetaran los caballos y no promoviesen confusi\u00f3n entre la muchedumbre:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Nadie, confiando en su pericia ecuestre o en su valor, quiera luchar solo y fuera de las filas con los troyanos; que asimismo nadie retroceda; pues con mayor facilidad ser\u00edais vencidos. El que caiga del carro y suba al de otro pelee con la lanza, pues hacerlo as\u00ed es mucho mejor. Con tal prudencia y \u00e1nimo en el pecho destruyeron los antiguos muchas ciudades y murallas.<\/p>\n<p>\u00a0De tal suerte el anciano, diestro desde antiguo en la guerra, los enardec\u00eda. Al verlo, el rey Agamen\u00f3n se alegr\u00f3, y le dijo estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh anciano! \u00a1As\u00ed como conservas el \u00e1nimo en tu pecho, tuvieras \u00e1giles las rodillas y sin menoscabo las fuerzas! Pero te abruma la vejez, que a nadie respeta. Ojal\u00e1 que otro cargase con ella y t\u00fa fueras contado en el n\u00famero de los j\u00f3venes.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le N\u00e9stor, caballero gerenio:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida! Tambi\u00e9n yo quisiera ser como cuando mat\u00e9 al divino Ereutali\u00f3n. Pero jam\u00e1s las deidades lo dieron todo y a un mismo tiempo a los hombres: si entonces era joven, ya para m\u00ed lleg\u00f3 la senectud. Esto no obstante, acompa\u00f1ar\u00e9 a los que combaten en carros para exhortarlos con consejos y palabras, que tal es la misi\u00f3n de los ancianos. Las lanzas las blandir\u00e1n los j\u00f3venes, que son m\u00e1s vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo, y el Atrida pas\u00f3 adelante con el coraz\u00f3n alegre. Hall\u00f3 al excelente jinete Menesteo, hijo de P\u00e9teo, de pie entre los atenienses ejercitados en la guerra. Estaba cerca de ellos el ingenioso Ulises, y a poca distancia las huestes de los fuertes cefalenios, los cuales, no habiendo o\u00eddo el grito de guerra \u2011pues as\u00ed las falanges de los troyanos, domadores de caballos, como las de los aqueos, se pon\u00edan entonces en movimiento\u2011, aguardaban que otra columna aquea cerrara con los troyanos y diera principio la batalla. Al verlos, el rey Agamen\u00f3n los increp\u00f3 con estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hijo del rey P\u00e9teo, alumno de Zeus; y t\u00fa, perito en malas artes, astuto! \u00bfPor qu\u00e9, medrosos, os absten\u00e9is de pelear y esper\u00e1is que otros tomen la ofensiva? Debierais estar entre los delanteros y correr a la ardiente pelea, ya que os invito antes que a nadie cuando los aqueos damos un banquete a los pr\u00f3ceres. Entonces os gusta comer carne asada y beber sin tasa copas de dulce vino, y ahora ver\u00edais con placer que diez columnas aqueas combatieran delante de vosotros con el cruel bronce.<\/p>\n<p>\u00a0Encar\u00e1ndole la torva vista, exclam\u00f3 el ingenioso Ulises:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida! \u00a1Qu\u00e9 palabras se te escaparon del cerco de los dientes! \u00bfPor qu\u00e9 dices que somos remisos en ir al combate? Cuando los aqueos excitemos al feroz Ares contra los troyanos domadores de caballos, ver\u00e1s, si quieres y te importa, c\u00f3mo el padre amado de Tel\u00e9maco penetra por las primeras filas de los troyanos, domadores de caballos. Vano y sin fundamento es tu lenguaje.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando el rey Agamen\u00f3n comprendi\u00f3 que el h\u00e9roe se irritaba, sonri\u00f3se y, retract\u00e1ndose dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Laert\u00edada, del linaje de Zeus! \u00a1Ulises, fecundo en ardides! No ha sido mi intento ni reprenderte en demas\u00eda, ni darte \u00f3rdenes. Conozco los ben\u00e9volos sentimientos del coraz\u00f3n que tienes en el pecho, pues tu modo de pensar coincide con el m\u00edo. Pero ve, y si te dije algo ofensivo, luego arreglaremos este asunto. Hagan los dioses que todo se lo lleve el viento.<\/p>\n<p>\u00a0Esto dicho, los dej\u00f3 all\u00ed, y se fue hacia otros. Hall\u00f3 al animoso Diomedes, hijo de Tideo, de pie entre los corceles y los s\u00f3lidos carros; y a su lado a Est\u00e9nelo, hijo de Capaneo. En viendo a aqu\u00e9l, el rey Agamen\u00f3n lo reprendi\u00f3, profiriendo estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ay, hijo del aguerrido Tideo, domador de caballos! \u00bfPor qu\u00e9 tiemblas? \u00bfPor qu\u00e9 miras azorado el espacio que de los enemigos nos separa? No sol\u00eda Tideo temblar de este modo, sino que, adelant\u00e1ndose a sus compa\u00f1eros, peleaba con el enemigo. As\u00ed lo refieren quienes lo vieron combatir, pues yo no lo presenci\u00e9 ni lo vi, y dicen que a todos superaba. Estuvo en Micenas, no para guerrear, sino como hu\u00e9sped, junto con el divino Polinices, cuando ambos reclutaban tropas para dirigirse contra los sagrados muros de Teba. Mucho nos rogaron que les di\u00e9ramos auxiliares ilustres, y los ciudadanos quer\u00edan conced\u00e9rselos y prestaban asenso a lo que se les ped\u00eda; pero Zeus, con funestas se\u00f1ales, les hizo variar de opini\u00f3n. Volvi\u00e9ronse aqu\u00e9llos; despu\u00e9s de andar mucho, llegaron al Asopo, cuyas orillas pueblan juncales y prados, y los aqueos nombraron embajador a Tideo para que fuera a Teba. En el palacio del fuerte Eteocles encontr\u00e1banse muchos cadmeos reunidos en banquete; pero ni ah\u00ed, siendo hu\u00e9sped y solo entre tantos, se turb\u00f3 el eximio jinete Tideo: los desafiaba y venc\u00eda f\u00e1cilmente en toda clase de luchas. \u00a1De tal suerte lo proteg\u00eda Atenea! Cuando se fue, irritados los cadmeos, aguijadores de caballos, pusieron en emboscada a cincuenta j\u00f3venes al mando de dos jefes: Me\u00f3n Hem\u00f3nida, que parec\u00eda un inmortal, y Polifonte, intr\u00e9pido hijo de Aut\u00f3fono. A todos les dio Tideo ignominiosa muerte menos a uno, a Me\u00f3n, a quien permiti\u00f3, acatando divinales indicaciones, que volviera a la ciudad. Tal fue Tideo etolio, y el hijo que engendr\u00f3 le es inferior en el combate y superior en el \u00e1gora.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. El fuerte Diomedes oy\u00f3 con respeto la increpaci\u00f3n del venerable rey y guard\u00f3 silencio, pero el hijo del glorioso Capaneo hubo de replicarle:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida! No mientas, pudiendo decir la verdad. Nos gloriamos de ser m\u00e1s valientes que nuestros padres, pues hemos tomado a Teba, la de las siete puertas, con un ej\u00e9rcito menos numeroso, que, confiando en divinales indicaciones y en el auxilio de Zeus, reunimos al pie de su muralla, consagrada a Ares; mientras que aqu\u00e9llos perecieron por sus locuras. No nos consideres, pues, a nuestros padres y a nosotros dignos de igual estimaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0Mir\u00e1ndolo con torva faz, le contest\u00f3 el fuerte Diomedes:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Calla, amigo; obedece mi consejo. Yo no me enfado porque Agamen\u00f3n, pastor de hombres, anime a los aqueos, de hermosas grebas, antes del combate. Suya ser\u00e1 la gloria, si los aqueos rindieren a los troyanos y tomaren la sagrada Ilio; suyo el gran pesar, si los aqueos fueren vencidos. Ea, pensemos tan s\u00f3lo en mostrar nuestro impetuoso valor.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, salt\u00f3 del carro al suelo sin dejar las armas, y tan terrible fue el resonar del bronce sobre su pecho, que hubiera sentido pavor hasta un hombre muy esforzado.<\/p>\n<p>\u00a0Como las olas impelidas por el C\u00e9firo se suceden en la ribera sonora, y primero se levantan en alta mar, braman despu\u00e9s al romperse en la playa y en los promontorios, suben comb\u00e1ndose a lo alto y escupen la espuma; as\u00ed las falanges de los d\u00e1naos marchaban sucesivamente y sin interrupci\u00f3n al combate. Los capitanes daban \u00f3rdenes a los suyos respectivos, y \u00e9stos andaban callados (no hubieras dicho que los siguieran a aqu\u00e9llos tantos hombres con voz en el pecho) y temerosos de sus caudillos. En todos reluc\u00edan las labradas armas de que iban revestidos.\u2011 Los troyanos avanzaban tambi\u00e9n, y como muchas ovejas balan sin cesar en el establo de un hombre opulento, cuando, al series extra\u00edda la blanca leche, oyen la voz de los corderos; de la misma manera elev\u00e1base un confuso vocer\u00edo en el vasto ej\u00e9rcito de aqu\u00e9llos. No era igual el sonido ni el modo de hablar de todos y las lenguas se mezclaban, porque los guerreros proced\u00edan de diferentes pa\u00edses.\u2011 A los unos los excitaba Ares; a los otros, Atenea, la de ojos de lechuza, y a entrambos pueblos, el Terror, la Fuga y la Discordia, insaciable en sus furores y hermana y compa\u00f1era del homicida Ares, la cual al principio aparece peque\u00f1a y luego toca con la cabeza el cielo mientras anda sobre la tierra. Entonces la Discordia, penetrando por la muchedumbre, arroj\u00f3 en medio de ella el combate funesto para todos y aument\u00f3 el af\u00e1n de los guerreros.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando los ej\u00e9rcitos llegaron a juntarse, chocaron entre s\u00ed los escudos, las lanzas y el valor de los hombres armados de bronc\u00edneas corazas, y al aproximarse los abollonados escudos se produjo un gran alboroto. All\u00ed se o\u00edan simult\u00e1neamente los lamentos de los moribundos y los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre. Como dos torrentes nacidos en grandes manantiales se despe\u00f1an por los montes, re\u00fanen las hirvientes aguas en hondo barranco abierto en el valle y producen un estruendo que oye desde lejos el pastor en la monta\u00f1a, as\u00ed eran la griter\u00eda y el trabajo de los que vinieron a las manos.<\/p>\n<p>\u00a0Fue Ant\u00edloco quien primeramente mat\u00f3 a un guerrero troyano, a Equepolo Talis\u00edada, que peleaba valerosamente en la vanguardia: hiri\u00f3lo en la cimera del penachudo casco, y la bronc\u00ednea lanza, clav\u00e1ndose en la frente, atraves\u00f3 el hueso, las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero y \u00e9ste cay\u00f3 como una torre en el duro combate. Al punto asi\u00f3le de un pie el rey Elef\u00e9nor Calcodont\u00edada, caudillo de los bravos abantes, y lo arrastraba para ponerlo fuera del alcance de los dardos y quitarle la armadura. Poco dur\u00f3 su intento. El magn\u00e1nimo Agenor lo vio arrastrar el cad\u00e1ver, e, hiri\u00e9ndolo con la bronc\u00ednea lanza en el costado, que al bajarse qued\u00f3 descubierto junto al escudo, dej\u00f3le sin vigor los miembros. De este modo perdi\u00f3 Elef\u00e9nor la vida y sobre su cuerpo trabaron enconada pelea troyanos y aqueos: como lobos se acomet\u00edan y unos a otros se mataban.<\/p>\n<p>\u00a0Ayante Telamonio tir\u00f3le un bote de lanza a Simoesio, hijo de Antemi\u00f3n, que se hallaba en la flor de la juventud. Su madre hab\u00edale dado a luz a orillas del Simoente, cuando baj\u00f3 del Ida con sus padres para ver las ovejas: por esto le llamaron Simoesio. Mas no pudo pagar a sus progenitores la crianza ni fue larga su vida, porque sucumbi\u00f3 vencido por la lanza del magn\u00e1nimo Ayante: acomet\u00eda el troyano, cuando Ayante lo hiri\u00f3 en el pecho junto a la tetilla derecha, y la bronc\u00ednea punta sali\u00f3 por la espalda. Cay\u00f3 el guerrero en el polvo como el terso \u00e1lamo nacido en la orilla de una espaciosa laguna y coronado de ramas que corta el carrero con el hierro reluciente, para hacer las pinas de un hermoso carro, dejando que el tronco se seque en la ribera; de igual modo, Ayante, del linaje de Zeus despoj\u00f3 a Simoesio Ant\u00e9mida.\u2011 Antifo Pri\u00e1mida, que iba revestido de labrada coraza, lanz\u00f3 por entre la muchedumbre su agudo dardo contra Ayante y no lo toc\u00f3; pero hiri\u00f3 en la ingle a Leuco, compa\u00f1ero valiente de Ulises, mientras arrastraba el cad\u00e1ver: desprendi\u00f3se \u00e9ste y el guerrero cay\u00f3 junto al mismo.\u2011 Ulises, muy irritado por tal muerte, atraves\u00f3 las primeras filas cubierto de refulgente bronce, det\u00favose muy cerca del matador, y, revolviendo el rostro a todas partes, arroj\u00f3 la brillante lanza. Al verlo, huyeron los troyanos. No fue vano el tiro, pues hiri\u00f3 a Democoonte, hijo bastardo de Pr\u00edamo, que hab\u00eda venido de Abidos, pa\u00eds de corredoras yeguas: Ulises, irritado por la muerte de su compa\u00f1ero, le envas\u00f3 la lanza, cuya bronc\u00ednea punta le entr\u00f3 por una sien y le sali\u00f3 por la otra; la obscuridad cubri\u00f3 los ojos del guerrero, cay\u00f3 \u00e9ste con estr\u00e9pito y sus armas resonaron. Arredr\u00e1ronse los combatientes delanteros y el esclarecido H\u00e9ctor; y los argivos dieron grandes voces, retiraron los muertos y avanzaron un buen trecho. Mas Apolo, que desde P\u00e9rgamo lo presenciaba, se indign\u00f3 y con recios gritos exhort\u00f3 a los troyanos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Acometed, troyanos domadores de caballos! No ced\u00e1is en la batalla a los argivos, porque sus cuerpos no son de piedra ni de hierro para que puedan resistir, si los her\u00eds, el tajante bronce; ni pelea Aquiles, hijo de Tetis, la de hermosa cabellera, que se qued\u00f3 en las naves y all\u00ed rumia la dolorosa c\u00f3lera.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo el terrible dios desde la ciudadela. A su vez, la hija de Zeus, la glorios\u00edsima Tritogenia, recorr\u00eda el ej\u00e9rcito aqueo y animaba a los remisos.<\/p>\n<p>\u00a0Fue entonces cuando el hado ech\u00f3 los lazos de la muerte a Diores Amarincida. Herido en el tobillo derecho por puntiaguda piedra que le tir\u00f3 P\u00edroo Imbr\u00e1sida, caudillo de los tracios, que hab\u00eda llegado de Eno \u2011la insolente piedra rompi\u00f3le ambos tendones y el hueso\u2011, cay\u00f3 de espaldas en el polvo, y expirante tend\u00eda los brazos a sus camaradas cuando el mismo P\u00edroo, que lo hab\u00eda herido, acudi\u00f3 presuroso e hiri\u00f3lo nuevamente con la lanza junto al ombligo; derram\u00e1ronse los intestinos y las tinieblas velaron los ojos del guerrero.<\/p>\n<p>\u00a0Mientras P\u00edroo arremet\u00eda, Toante el etolio alance\u00f3lo en el pecho, por cima de una tetilla, y el bronce se le clav\u00f3 en el pulm\u00f3n. Acerc\u00f3sele Toante, le arranc\u00f3 del pecho la ingente lanza y, hundi\u00e9ndole la aguda espada en medio del vientre, le quit\u00f3 la vida. Mas no pudo despojarlo de la armadura, porque se vio rodeado por los compa\u00f1eros del muerto, los tracios que dejan crecer la cabellera en lo m\u00e1s alto de la cabeza, quienes le asestaban sus largas picas; y, aunque era corpulento, vigoroso a ilustre, fue rechazado y hubo de retroceder. As\u00ed cayeron y se juntaron en el polvo el caudillo de los tracios y el de los epeos, de bronc\u00edneas corazas, y a su alrededor murieron otros muchos.<\/p>\n<p>\u00a0Y quien, sin haber sido herido de cerca o de lejos por el agudo bronce, hubiera recorrido el campo, llevado de la mano y protegido de las saetas por Palas Atenea, no habr\u00eda baldonado los hechos de armas; pues aquel d\u00eda gran n\u00famero de troyanos y de aqueos yac\u00edan, unos junto a otros, ca\u00eddos de cara al polvo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO IV Violaci\u00f3n de los juramentos &#8211; Agamen\u00f3n revista las tropas Menelao lo busca por el campo de batalla y recibe en la cintura el impacto de una flecha lanzada por P\u00e1ndaro, que as\u00ed rompe la tregua convenida por los dos ej\u00e9rcitos antes de empezar el singular desaf\u00edo. 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