{"id":927,"date":"2010-11-27T22:23:21","date_gmt":"2010-11-27T20:23:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=927"},"modified":"2015-12-29T21:09:39","modified_gmt":"2015-12-29T19:09:39","slug":"la-iliada-iii-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-iliada-iii-homero\/","title":{"rendered":"\u201cLa Iliada\u201d (III) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><strong>CANTO III<\/strong><\/p>\n<p><strong>Juramentos\u2011 Contemplando desde la muralla \u2013 Combate singular de Alejandro y Menelao<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/natureduca.com\/images_estublog\/iliada03.jpg\" border=\"0\" alt=\"\" width=\"329\" height=\"173\" align=\"right\" \/>La primera se interrumpe para que se verifique el combate singular de Alejandro y Menelao, que no produce ning\u00fan resultado, pues, cuando aqu\u00e9l va a ser vencido, lo arrebata por los aires su madre la diosa Afrodita y lo lleva al lado de Helena.<\/p>\n<p>Puestos en orden de batalla con sus respectivos jefes, los troyanos avanzaban chillando y gritando como aves \u2011as\u00ed profieren sus voces las grullas en el cielo, cuando, para huir del fr\u00edo y de las lluvias torrenciales, vuelan gruyendo sobre la corriente del Oc\u00e9ano y llevan la ruina y la muerte a los pigmeos, movi\u00e9ndolos desde el aire cruda guerra\u2011 y los aqueos marchaban silenciosos, respirando valor y dispuestos a ayudarse mutuamente.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed como el Noto derrama en las cumbres de un monte la niebla tan poco grata al pastor y m\u00e1s favorable que la noche para el ladr\u00f3n, y s\u00f3lo se ve el espacio a que alcanza una pedrada; as\u00ed tambi\u00e9n, una densa polvareda se levantaba bajo los pies de los que se pon\u00edan en marcha y atravesaban con gran presteza la llanura.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando ambos ej\u00e9rcitos se hubieron acercado el uno al otro, apareci\u00f3 en la primera fila de los troyanos Alejandro, semejante a un dios, con una piel de leopardo en los hombros, el corvo arco y la espada; y, blandiendo dos lanzas de bronc\u00ednea punta, desafiaba a los m\u00e1s valientes argivos a que con \u00e9l sostuvieran terrible combate.<\/p>\n<p>\u00a0Menelao, caro a Ares, violo venir con arrogante paso al frente de la tropa, y, como el le\u00f3n hambriento que ha encontrado un gran cuerpo de corn\u00edgero ciervo o de cabra mont\u00e9s, se alegra y lo devora, aunque lo persigan \u00e1giles perros y robustos mozos; as\u00ed Menelao se holg\u00f3 de ver con sus propios ojos al deiforme Alejandro \u2011figur\u00f3se que podr\u00eda castigar al culpable\u2011 y al momento salt\u00f3 del carro al suelo sin dejar las armas.<\/p>\n<p>\u00a0Pero el deiforme Alejandro, apenas distingui\u00f3 a Menelao entre los combatientes delanteros, sinti\u00f3 que se le cubr\u00eda el coraz\u00f3n, y, para librarse de la muerte, retrocedi\u00f3 al grupo de sus amigos. Como el que descubre un drag\u00f3n en la espesura de un monte, se echa con prontitud hacia atr\u00e1s, ti\u00e9mblanle las carnes y se aleja con la palidez pintada en sus mejillas; as\u00ed el deiforme Alejandro, temiendo al hijo de Atreo, desapareci\u00f3 en la turba de los altivos troyanos.<\/p>\n<p>\u00a0Advirti\u00f3lo H\u00e9ctor y lo reprendi\u00f3 con injuriosas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Miserable Paris, el de m\u00e1s hermosa figura, mujeriego, seductor! Ojal\u00e1 no te contaras en el n\u00famero de los nacidos o hubieses muerto c\u00e9libe. Yo as\u00ed lo quisiera y te valdr\u00eda m\u00e1s que ser la verg\u00fcenza y el oprobio de los tuyos. Los melenudos aqueos se r\u00eden de haberte considerado como un bravo campe\u00f3n por tu gallarda figura, cuando no hay en tu pecho ni fuerza ni valor. Y siendo cual eres, \u00bfreuniste a tus amigos, surcaste los mares en ligeros buques, visitaste a extranjeros y trajiste de remota tierra una mujer linda, esposa y cu\u00f1ada de hombres belicosos, que es una gran plaga para tu padre, la ciudad y el pueblo todo, y causa de gozo para los enemigos y de confusi\u00f3n para ti mismo? \u00bfNo esperas a Menelao, caro a Ares? Conocer\u00edas de qu\u00e9 var\u00f3n tienes la floreciente esposa, y no te valdr\u00edan la c\u00edtara, los dones de Afrodita, la cabellera y la hermosura, cuando rodaras por el polvo. Los troyanos son muy t\u00edmidos; pues, si no, ya estar\u00edas revestido de una t\u00fanica de piedras por los males que les has causado.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el deiforme Alejandro:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1H\u00e9ctor! Con motivo me increpas y no m\u00e1s de lo justo; pero tu coraz\u00f3n es inflexible como el hacha que hiende un le\u00f1o y multiplica la fuerza de quien la maneja h\u00e1bilmente para cortar maderos de nav\u00edo: tan intr\u00e9pido es el \u00e1nimo que en tu pecho se encierra. No me eches en cara los amables dones de la dorada Afrodita, que no son despreciables los eximios presentes de los dioses y nadie puede escogerlos a su gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, det\u00e9n a los dem\u00e1s troyanos y a los aqueos todos, y dejadnos en medio a Menelao, caro a Ares, y a m\u00ed para que peleemos por Helena y sus riquezas: el que venza, por ser m\u00e1s valiente, lleve a su casa mujer y riquezas; y, despu\u00e9s de jurar paz y amistad, seguid vosotros en la f\u00e9rtil Troya y vuelvan aqu\u00e9llos a Argos, criadora de caballos, y a la Acaya, de lindas mujeres.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Oy\u00f3lo H\u00e9ctor con intenso placer, y, corriendo al centro de ambos ej\u00e9rcitos con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges troyanas, que al momento se quedaron quietas. Los melenudos aqueos le arrojaban flechas, dardos y piedras. Pero Agamen\u00f3n, rey de hombres, grit\u00f3les con voz recia:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Deteneos, argivos; no tir\u00e9is, j\u00f3venes aqueos; pues H\u00e9ctor, el de tremolante casco, quiere decirnos algo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed se expres\u00f3. Abstuvi\u00e9ronse de combatir y pronto quedaron silenciosos. Y H\u00e9ctor, coloc\u00e1ndose entre unos y otros, dijo:<\/p>\n<p>\u2011O\u00edd de mis labios, troyanos y aqueos de hermosas grebas, el ofrecimiento de Alejandro por quien se suscit\u00f3 la contienda. Propone que troyanos y aqueos dejemos las bellas armas en el f\u00e9rtil suelo, y \u00e9l y Menelao, caro a Ares, peleen en medio por Helena y sus riquezas todas: el que venza, por ser m\u00e1s valiente, llevar\u00e1 a su casa mujer y riquezas, y los dem\u00e1s juraremos paz y amistad.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y Menelao, valiente en la pelea, les habl\u00f3 de este modo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ahora o\u00eddme tambi\u00e9n a m\u00ed. Tengo el coraz\u00f3n traspasado de dolor, y creo que ya, argivos y troyanos, deb\u00e9is separaros, pues padecisteis muchos males por mi contienda, que Alejandro origin\u00f3. Aqu\u00e9l de nosotros para quien se hallen aparejados el destino y la muerte perezca; y los dem\u00e1s separaos cuanto antes. Traed un cordero blanco y una cordera negra para la Tierra y el Sol; nosotros traeremos otro para Zeus. Conducid ac\u00e1 a Pr\u00edamo para que en persona sancione los juramentos, pues sus hijos son soberbios y fementidos: no sea que por alguna trasgresi\u00f3n se quebranten los juramentos prestados invocando a Zeus. El alma de los j\u00f3venes es siempre voluble, y el viejo, cuando interviene en algo, tiene en cuenta lo pasado y lo futuro a fin de que se haga lo m\u00e1s conveniente para ambas partes.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Goz\u00e1ronse aqueos y troyanos con la esperanza de que iba a terminar la calamitosa guerra. Detuvieron los corceles en las filas, bajaron de los carros y, dejando la armadura en el suelo, se pusieron muy cerca los unos de los otros. Un corto espacio mediaba entre ambos ej\u00e9rcitos.<\/p>\n<p>\u00a0H\u00e9ctor despach\u00f3 dos heraldos a la ciudad para que en seguida le trajeran las v\u00edctimas y llamaran a Pr\u00edamo. El rey Agamen\u00f3n, por su parte, mand\u00f3 a Taltibio que se llegara a las c\u00f3ncavas naves por un cordero. El heraldo no desobedeci\u00f3 al divino Agamen\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces la mensajera Iris fue en busca de Helena, la de n\u00edveos brazos, tomando la figura de su cu\u00f1ada La\u00f3dice, mujer del rey Helica\u00f3n Anten\u00f3rida, que era la m\u00e1s hermosa de las hijas de Pr\u00edamo. Hall\u00f3la en el palacio tejiendo una gran tela doble, purp\u00farea, en la cual entretej\u00eda muchos trabajos que los troyanos, domadores de caballos, y los aqueos, de bronc\u00edneas corazas, hab\u00edan padecido por ella por mano de Ares. Par\u00f3se Iris, la de los pies ligeros, junto a Helena, y as\u00ed le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ven ac\u00e1, ninfa querida, para que presencies los admirables hechos de los troyanos, domadores de caballos, y de los aqueos, de bronc\u00edneas corazas. Los que antes, \u00e1vidos del funesto combate, llevaban por la llanura al luctuoso Ares unos contra otros, se sentaron \u2011pues la batalla se ha suspendido\u2011 y permanecen silenciosos, reclinados en los escudos, con las luengas picas clavadas en el suelo. Alejandro y Menelao, caro a Ares, luchar\u00e1n por ti con ingentes lanzas, y el que venza te llamar\u00e1 su amada esposa.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando as\u00ed hubo hablado, le infundi\u00f3 en el coraz\u00f3n dulce deseo de su anterior marido, de su ciudad y de sus padres. Y Helena sali\u00f3 al momento de la habitaci\u00f3n, cubierta con blanco velo, derramando tiernas l\u00e1grimas; sin que fuera sola, pues la acompa\u00f1aban dos doncellas, Etra, hija de Piteo, y Cl\u00edmene, la de ojos de novilla. Pronto llegaron a las puertas Esceas.<\/p>\n<p>\u00a0All\u00ed, sobre las puertas Esceas, estaban Pr\u00edamo, P\u00e1ntoo, Timetes, Lampo, Clitio, Hiceta\u00f3n, v\u00e1stago de Ares, y los prudentes Ucalegonte y Antenor, ancianos del pueblo; los cuales a causa de su vejez no combat\u00edan, pero eran buenos arengadores, semejantes a las cigarras que, posadas en los \u00e1rboles de la selva, dejan o\u00edr su aguda voz. Tales pr\u00f3ceres troyanos hab\u00eda en la torre. Cuando vieron a Helena, que hacia ellos se encaminaba, dij\u00e9ronse unos a otros, hablando quedo, estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No es reprensible que troyanos y aqueos, de hermosas grebas, sufran prolijos males por una mujer como \u00e9sta, cuyo rostro tanto se parece al de las diosas inmortales. Pero, aun siendo as\u00ed, v\u00e1yase en las naves, antes de que llegue a convertirse en una plaga para nosotros y para nuestros hijos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed hablaban. Pr\u00edamo llam\u00f3 a Helena y le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ven ac\u00e1, hija querida; si\u00e9ntate a mi lado para que veas a tu anterior marido y a sus parientes y amigos \u2011pues a ti no te considero culpable, sino a los dioses que promovieron contra nosotros la luctuosa guerra de los aqueos\u2011 y me digas c\u00f3mo se llama ese ingente var\u00f3n, qui\u00e9n es ese aqueo gallardo y alto de cuerpo. Otros hay de mayor estatura, pero jam\u00e1s vieron mis ojos un hombre tan hermoso y venerable. Parece un rey.<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3 Helena, divina entre las mujeres:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Me inspiras, suegro amado, respeto y temor. \u00a1Ojal\u00e1 la muerte me hubiese sido grata cuando vine con tu hijo, dejando, a la vez que el t\u00e1lamo, a mis hermanos, mi hija querida y mis amables compa\u00f1eras! Pero no sucedi\u00f3 as\u00ed, y ahora me consumo llorando. Voy a responder a tu pregunta: \u00c9se es el poderos\u00edsimo Agamen\u00f3n Atrida, buen rey y esforzado combatiente, que fue cu\u00f1ado de esta desvergonzada, si todo no ha sido sue\u00f1o.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. El anciano contempl\u00f3lo con admiraci\u00f3n y exclam\u00f3:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida feliz, nacido con suerte, afortunado! Muchos son los aqueos que lo obedecen. En otro tiempo fui a la Frigia, en vi\u00f1as abundosa, y vi a muchos de sus naturales \u2011los pueblos de Otreo y de Migd\u00f3n, igual a un dios\u2011 que con los \u00e1giles corceles acampaban a orillas del Sangario. Entre ellos me hallaba, a fuer de aliado, el d\u00eda en que llegaron las varoniles amazonas. Pero no eran tantos como los aqueos de ojos vivos.<\/p>\n<p>\u00a0Fijando la vista en Ulises, el anciano volvi\u00f3 a preguntar:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ea, dime tambi\u00e9n, hija querida, qui\u00e9n es aqu\u00e9l, menor en estatura que Agamen\u00f3n Atrida, pero m\u00e1s ancho de espaldas y de pecho. Ha dejado en el f\u00e9rtil suelo las armas y recorre las filas como un carnero. Parece un velloso carnero que atraviesa un gran reba\u00f1o de c\u00e1ndidas ovejas.<\/p>\n<p>\u00a0Al momento le respondi\u00f3 Helena, hija de Zeus:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Aqu\u00e9l es el hijo de Laertes, el ingenioso Ulises, que se cri\u00f3 en la \u00e1spera Itaca; tan h\u00e1bil en urdir enga\u00f1os de toda especie, como en dar prudentes consejos.<\/p>\n<p>\u00a0El sensato Ant\u00e9nor replic\u00f3 al momento:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Mujer, mucha verdad es lo que dices. Ulises vino por ti, como embajador, con Menelao, caro a Ares; yo los hosped\u00e9 y agasaj\u00e9 en mi palacio y pude conocer la condici\u00f3n y los prudentes consejos de ambos. Entre los troyanos reunidos, de pie, sobresal\u00eda Menelao por sus anchas espaldas; sentados, era Ulises m\u00e1s majestuoso. Cuando hilvanaban razones y consejos para todos nosotros, Menelao hablaba de prisa, poco, pero muy claramente: pues no era verboso, ni, con ser el m\u00e1s joven, se apartaba del asunto; el ingenioso Ulises, despu\u00e9s de levantarse, permanec\u00eda en pie con la vista baja y los ojos clavados en el suelo, no meneaba el cetro que ten\u00eda inm\u00f3vil en la mano, y parec\u00eda un ignorante: lo hubieras tomado por un iracundo o por un est\u00fapido. Mas tan pronto como sal\u00edan de su pecho las palabras pronunciadas con voz sonora, como caen en invierno los copos de nieve, ning\u00fan mortal hubiese disputado con Ulises. Y entonces ya no admir\u00e1bamos tanto la figura de h\u00e9roe.<\/p>\n<p>\u00a0Reparando la tercera vez en Ayante, dijo el anciano:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfQui\u00e9n es ese otro aqueo gallardo y alto, que descuella entre los argivos por su cabeza y anchas espaldas?<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3 Helena, la de largo peplo, divina entre las mujeres:<\/p>\n<p>\u2011\u00c9se es el ingente Ayante, antemural de los aqueos. Al otro lado est\u00e1 Idomeneo, como un dios, entre los cretenses; rod\u00e9anlo los capitanes de sus tropas. Muchas veces Menelao, caro a Ares, lo hosped\u00f3 en nuestro palacio cuando ven\u00eda de Creta. Distingo a los dem\u00e1s aqueos de ojos vivos, y me ser\u00eda f\u00e1cil reconocerlos y nombrarlos; mas no veo a dos caudillos de hombres, C\u00e1stor, domador de caballos, y P\u00f3lux, excelente p\u00fagil, hermanos carnales que me dio mi madre. \u00bfAcaso no han venido de la amena Lacedemonia? \u00bfO llegaron en las naves, surcadoras del ponto, y no quieren entrar en combate para no hacerse part\u00edcipes de mi deshonra y de mis muchos oprobios?<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed habl\u00f3. A ellos la f\u00e9rtil tierra los ten\u00eda ya consigo, en Lacedemonia, en su misma patria.<\/p>\n<p>\u00a0Los heraldos atravesaban la ciudad con las v\u00edctimas para los divinos juramentos, los dos corderos, y el regocijador vino, fruto de la tierra, encerrado en un odre de piel de cabra. El heraldo Ideo llevaba adem\u00e1s una reluciente cratera y copas de oro; y, acerc\u00e1ndose al anciano, invit\u00f3lo diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Lev\u00e1ntate, Laomedont\u00edada! Los pr\u00f3ceres de los troyanos, domadores de caballos, y de los aqueos, de bronc\u00edneas corazas, te piden que bajes a la llanura y sanciones los fieles juramentos; pues Alejandro y Menelao, caro a Ares, combatir\u00e1n con luengas lanzas por la esposa: mujer y riquezas ser\u00e1n del que venza, y, despu\u00e9s de pactar amistad con fieles juramentos, nosotros seguiremos habitando la f\u00e9rtil Troya, y aqu\u00e9llos volver\u00e1n a Argos, criador de caballos, y a Acaya, la de lindas mujeres.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Estremeci\u00f3se el anciano y mand\u00f3 a los amigos que engancharan los caballos. Obedeci\u00e9ronlo sol\u00edcitos. Subi\u00f3 Pr\u00edamo y cogi\u00f3 las riendas; a su lado, en el magn\u00edfico carro, se puso Antenor. E inmediatamente guiaron los ligeros corceles hacia la llanura por las puertas Esceas.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando hubieron llegado al campo, descendieron del carro al almo suelo y se encaminaron al espacio que mediaba entre los troyanos y los aqueos. Levant\u00f3se al punto el rey de hombres, Agamen\u00f3n, levant\u00f3se tambi\u00e9n el ingenioso Ulises; y los heraldos conspicuos juntaron las v\u00edctimas que deb\u00edan inmolarse para los sagrados juramentos, mezclaron vinos en la cratera y dieron aguamanos a los reyes. El Atrida, con la daga que llevaba junto a la gran vaina de la espada, cort\u00f3 pelo de la cabeza de los corderos, y los heraldos lo repartieron a los pr\u00f3ceres troyanos y aqueos. Y, coloc\u00e1ndose el Atrida en medio de todos, or\u00f3 en alta voz con las manos levantadas:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Padre Zeus, que reinas desde el Ida, glorios\u00edsimo, m\u00e1ximo! \u00a1Sol, que todo lo ves y todo lo oyes! \u00a1R\u00edos! \u00a1Tierra! \u00a1Y vosotros que en lo profundo castig\u00e1is a los muertos que fueron perjuros! Sed todos testigos y guardad los fieles juramentos: Si Alejandro mata a Menelao, sea suya Helena con todas las riquezas y nosotros volv\u00e1monos en las naves, surcadoras del ponto; mas si el rubio Menelao mata a Alejandro, devu\u00e9lvannos los troyanos a Helena y las riquezas todas, y paguen a los argivos la indemnizaci\u00f3n que sea justa para que llegue a conocimiento de los hombres venideros. Y, si, vencido Alejandro, Pr\u00edamo y sus hijos se negaren a pagar la indemnizaci\u00f3n, me quedar\u00e9 a combatir por ella hasta que termine la guerra.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, cort\u00f3les el cuello a los corderos y los puso palpitantes, pero sin vida, en el suelo; el cruel bronce les hab\u00eda quitado el vigor. Llenaron las copas sacando vino de la cratera, y derram\u00e1ndolo oraban a los sempiternos dioses. Y algunos de los aqueos y de los troyanos exclamaron:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Zeus glorios\u00edsimo, m\u00e1ximo! \u00a1Dioses inmortales! Los primeros que obren contra lo jurado, vean derram\u00e1rseles a tierra, como este vino, sus sesos y los de sus hijos, y sus esposas caigan en poder de extra\u00f1os.<\/p>\n<p>\u00a0De esta manera hablaban, pero el Croni\u00f3n no ratific\u00f3 el voto. Y Pr\u00edamo Dard\u00e1nida les dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1O\u00eddme, troyanos y aqueos, de hermosas grebas! Yo regresar\u00e9 a la ventosa Ilio, pues no podr\u00eda ver con estos ojos a mi hijo combatiendo con Menelao, caro a Ares. Zeus y los dem\u00e1s dioses inmortales saben para cu\u00e1l de ellos tiene el destino preparada la muerte.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y el var\u00f3n igual a un dios coloc\u00f3 los corderos en el carro, subi\u00f3 \u00e9l mismo y tom\u00f3 las riendas; a su lado, en el magn\u00edfico carro, se puso Ant\u00e9nor. Y al instante volvieron a Ilio.<\/p>\n<p>\u00a0H\u00e9ctor, hijo de Pr\u00edamo, y el divino Ulises midieron el campo, y, echando dos suertes en un casco de bronce, lo meneaban para decidir qui\u00e9n ser\u00eda el primero en arrojar la bronc\u00ednea lanza. Los hombres oraban y levantaban las manos a los dioses. Y algunos de los aqueos y de los troyanos exclamaron:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Padre Zeus, que reinas desde el Ida, glorios\u00edsimo, m\u00e1ximo! Concede que quien tantos males nos caus\u00f3 a unos y a otros, muera y descienda a la morada de Hades, y nosotros disfrutemos de la jurada amistad.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dec\u00edan. El gran H\u00e9ctor, el de tremolante casco, agitaba las suertes volviendo el rostro atr\u00e1s: pronto salt\u00f3 la de Paris. Sent\u00e1ronse los guerreros, sin romper las filas, donde cada uno ten\u00eda los briosos corceles y las labradas armas. El divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, visti\u00f3 una magn\u00edfica armadura: p\u00fasose en las piernas elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegi\u00f3 el pecho con la coraza de su hermano Lica\u00f3n, que se le acomodaba bien; colg\u00f3 del hombro una espada de bronce guarnecida con clavos de plata; embraz\u00f3 el grande y fuerte escudo; cubri\u00f3 la robusta cabeza con un hermoso casco, cuyo terrible penacho de crines de caballo ondeaba en la cimera, y asi\u00f3 una fornida lanza que su mano pudiera manejar. De igual manera visti\u00f3 las armas el aguerrido Menelao.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando hubieron acabado de armarse separadamente de la muchedumbre, aparecieron en el lugar que mediaba entre ambos ej\u00e9rcitos, mir\u00e1ndose de un modo terrible; y as\u00ed los troyanos, domadores de caballos, como los aqueos, de hermosas grebas, se quedaron at\u00f3nitos al contemplarlos. Encontr\u00e1ronse aqu\u00e9llos en el medido campo, y se detuvieron blandiendo las lanzas y mostrando el odio que rec\u00edprocamente se ten\u00edan. Alejandro arroj\u00f3 el primero la luenga lanza y dio un bote en el escudo liso del Atrida, sin que el bronce lo rompiera: la punta se torci\u00f3 al chocar con el fuerte escudo. Y Menelao Atrida, disponi\u00e9ndose a acometer con la suya, or\u00f3 al padre Zeus:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Soberano Zeus! Perm\u00edteme castigar al divino Alejandro, que me ofendi\u00f3 primero, y hazlo sucumbir a mis manos, para que los hombres venideros teman ultrajar a quien los hospedare y les ofreciere su amistad.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y blandiendo la luenga lanza, acert\u00f3 a dar en el escudo liso del Pri\u00e1mida. La ingente lanza atraves\u00f3 el terso escudo, se clav\u00f3 en la labrada coraza y rasg\u00f3 la t\u00fanica sobre el ijar. Inclin\u00f3se el troyano y evit\u00f3 la negra muerte. El Atrida desenvain\u00f3 entonces la espada guarnecida de arg\u00e9nteos clavos; pero, al herir al enemigo en la cimera del casco, se le cay\u00f3 de la mano, rota en tres o cuatro pedazos. Y el Atrida, alzando los ojos al anchuroso cielo, se lament\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Padre Zeus, no hay dios m\u00e1s funesto que t\u00fa! Esperaba castigar la perfidia de Alejandro, y la espada se quiebra en mis manos, la lanza es arrojada in\u00fatilmente y no consigo vencerlo.<\/p>\n<p>\u00a0Dice, y arremetiendo a Paris, c\u00f3gelo por el casco adornado con espesas crines de caballo, que retuerce, y lo arrastra hacia los aqueos de hermosas grebas, medio ahogado por la bordada correa que, atada por debajo de la barba para asegurar el casco, le apretaba el delicado cuello. Y se lo hubiera llevado, consiguiendo inmensa gloria, si al punto no lo hubiese advertido Afrodita, hija de Zeus, que rompi\u00f3 la correa hecha del cuero de un buey degollado: el casco vac\u00edo sigui\u00f3 a la robusta mano, el h\u00e9roe lo volte\u00f3 y arroj\u00f3 a los aqueos, de hermosas grebas, y sus fieles compa\u00f1eros lo recogieron. De nuevo asalt\u00f3 Menelao a Paris para matarlo con la bronc\u00ednea lanza; pero Afrodita arrebat\u00f3 a su hijo con gran facilidad, por ser diosa, y llev\u00f3lo, envuelto en densa niebla, al oloroso y perfumado t\u00e1lamo. Luego fue a llamar a Helena, hall\u00e1ndola en la alta torre con muchas troyanas; tir\u00f3 suavemente de su perfumado velo, y, tomando la figura de una anciana cardadora que all\u00e1 en Lacedemonia le preparaba a Helena hermosas lanas y era muy querida de \u00e9sta, d\u00edjole la diosa Afrodita:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Ven ac\u00e1. Te llama Alejandro para que vuelvas a tu casa. H\u00e1llase, esplendente por su belleza y sus vestidos, en el torneado lecho de la c\u00e1mara nupcial. No dir\u00edas que viene de combatir, sino que va al baile o que reposa de reciente danza.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Helena sinti\u00f3 que en el pecho le palpitaba el coraz\u00f3n; pero, al ver el hermos\u00edsimo cuello, los lindos pechos y los refulgentes ojos de la diosa, se asombr\u00f3 y le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Cruel! \u00bfPor qu\u00e9 quieres enga\u00f1arme? \u00bfMe llevar\u00e1s acaso m\u00e1s all\u00e1, a cualquier populosa ciudad de la Frigia o de la Meonia amena donde alg\u00fan hombre dotado de palabra te sea querido? \u00bfVienes con enga\u00f1os porque Menelao ha vencido al divino Alejandro, y quieres que yo, la odiosa, vuelva a su casa? Ve, si\u00e9ntate al lado de Paris, deja el camino de las diosas, no te conduzcan tus pies al Olimpo; y llora, y vela por \u00e9l, hasta que te haga su esposa o su esclava. No ir\u00e9 all\u00e1, \u00a1vergonzoso fuera!, a compartir su lecho; todas las troyanas me lo vituperar\u00edan, y ya son muchos los pesares que conturban mi coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a0La divina Afrodita le respondi\u00f3 airada:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1No me irrites, desgraciada! No sea que, enoj\u00e1ndome, te desampare; te aborrezca de modo tan extraordinario como hasta aqu\u00ed te am\u00e9; ponga funestos odios entre troyanos y d\u00e1naos, y t\u00fa perezcas de mala muerte.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Helena, hija de Zeus, tuvo miedo; y, ech\u00e1ndose el blanco y espl\u00e9ndido velo, sali\u00f3 en silencio tras la diosa, sin que ninguna de las troyanas lo advirtiera.<\/p>\n<p>\u00a0Tan pronto como llegaron al magn\u00edfico palacio de Alejandro, las esclavas volvieron a sus labores, y la divina entre las mujeres se fue derecha a la c\u00e1mara nupcial de elevado techo. La risue\u00f1a Afrodita coloc\u00f3 una silla delante de Alejandro; sent\u00f3se Helena, hija de Zeus, que lleva la \u00e9gida, y, apartando la vista de su esposo, lo increp\u00f3 con estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Vienes de la lucha, y hubieras debido perecer a manos del esforzado var\u00f3n que fue mi anterior marido! Blasonabas de ser superior a Menelao, caro a Ares, en fuerza, en pu\u00f1os y en el manejo de la lanza; pues prov\u00f3calo de nuevo a singular combate. Pero no: te aconsejo que desistas, y no quieras pelear ni contender temerariamente con el rubio Menelao; no sea que en seguida sucumbas, herido por su lanza.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le Paris con estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Mujer, no me zahieras con amargos baldones. Hoy ha vencido Menelao con el auxilio de Atenea; otro d\u00eda lo vencer\u00e9 yo, pues tambi\u00e9n tenemos dioses que nos protegen. Mas, ea, acost\u00e9monos y volvamos a ser amigos. Jam\u00e1s la pasi\u00f3n se apoder\u00f3 de mi esp\u00edritu como ahora; ni cuando, despu\u00e9s de robarte, partimos de la amena Lacedemonia en las naves surcadoras del ponto y llegamos a la isla de Cr\u00e1nae, donde me uni\u00f3 contigo amoroso consorcio: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de m\u00ed se apodera.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo, y empez\u00f3 a encaminarse al t\u00e1lamo; y en seguida lo sigui\u00f3 la esposa.<\/p>\n<p>\u00a0Acost\u00e1ronse ambos en el torneado lecho, mientras el Atrida se revolv\u00eda entre la muchedumbre, como una fiera, buscando al deiforme Alejandro. Pero ning\u00fan troyano ni aliado ilustre pudo mostr\u00e1rselo a Menelao, caro a Ares; que no por amistad lo hubiesen ocultado, pues a todos se les hab\u00eda hecho tan odioso como la negra muerte. Y Agamen\u00f3n, rey de hombres, les dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011iO\u00edd, troyanos, d\u00e1rdanos y aliados! Es evidente que la victoria qued\u00f3 por Menelao, caro a Ares; entregadnos la argiva Helena con sus riquezas y pagad una indemnizaci\u00f3n, la que sea justa, para que llegue a conocimiento de los hombres venideros.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo el Atrida, y los dem\u00e1s aqueos aplaudieron.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CANTO III Juramentos\u2011 Contemplando desde la muralla \u2013 Combate singular de Alejandro y Menelao La primera se interrumpe para que se verifique el combate singular de Alejandro y Menelao, que no produce ning\u00fan resultado, pues, cuando aqu\u00e9l va a ser vencido, lo arrebata por los aires su madre la diosa\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" href=\"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-iliada-iii-homero\/\">Seguir leyendo&#8230;<i 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