{"id":924,"date":"2023-07-12T02:59:37","date_gmt":"2023-07-12T00:59:37","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=924"},"modified":"2023-07-12T02:59:37","modified_gmt":"2023-07-12T00:59:37","slug":"la-iliada-i-homero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-iliada-i-homero\/","title":{"rendered":"\u00abLa Iliada\u00bb (I) [Homero]"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/natureduca.com\/images_estublog\/iliada01.jpg\" alt=\"\" width=\"336\" height=\"157\" \/><\/p>\n<p>La Iliada (nombre que deriva del nombre griego de Troya, Ili\u00f3n) es una epopeya atribuida a Homero y considerada como el poema de la literatura occidental m\u00e1s antiguo que se conoce. Est\u00e1 compuesta por unos 15.691 versos, divididos en 24 cantos.<\/p>\n<p>Este poema narra lo sucedido a lo largo de 51 d\u00edas durante el d\u00e9cimo y \u00faltimo a\u00f1o de la guerra de Troya.<\/p>\n<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;<\/p>\n<p><strong>CANTO I<\/strong><\/p>\n<p><strong>Peste \u2011 C\u00f3lera<\/strong><\/p>\n<p>Despu\u00e9s de una corta invocaci\u00f3n a la divinidad para que cante \u00abla perniciosa ira de Aquiles\u00bb, nos refiere el poeta que Crises, sacerdote de Apolo, va al campamento aqueo para rescatar a su hija, que hab\u00eda sido hecha cautiva y adjudicada como esclava a Agamen\u00f3n; \u00e9ste desprecia al sacerdote, se niega a darle la hija y lo despide con amenazadoras palabras; Apolo, indignado, suscita una terrible peste en el campamento; Aquiles re\u00fane a los guerreros en el \u00e1gora por inspiraci\u00f3n de la diosa Hera, y, habiendo dicho al adivino Calcante que hablara sin miedo, aunque tuviera que referirse a Agamen\u00f3n, se sabe por fin que el comportamiento de Agamen\u00f3n con el sacerdote Crises ha sido la causa del enojo del dios. Esta declaraci\u00f3n irrita al rey, que pide que, si ha de devolver la esclava, se le prepare otra recompensa; y Aquiles le responde que ya se la dar\u00e1n cuando tomen Troya. As\u00ed, de un modo tan natural, se origina la discordia entre el caudillo supremo del ej\u00e9rcito y el h\u00e9roe m\u00e1s valiente. La ri\u00f1a llega a tal punto que Aquiles desenvaina la espada y habr\u00eda matado a Agamen\u00f3n si no se lo hubiese impedido la diosa Atenea; entonces Aquiles insulta a Agamen\u00f3n, \u00e9ste se irrita y amenaza a Aquiles con quitarle la esclava Briseide, a pesar de la prudente amonestaci\u00f3n que le dirige N\u00e9stor; se disuelve el \u00e1gora y Agamen\u00f3n env\u00eda a dos heraldos a la tienda de Aquiles que se llevan a Briseide; Ulises y otros griegos se embarcan con Criseide y la devuelven a su padre; y, mientras tanto, Aquiles pide a su madre Tetis que suba al Olimpo a impetre de Zeus que conceda la victoria a los troyanos para que Agamen\u00f3n comprenda la falta que ha cometido; Tetis cumple el deseo de su hijo, Zeus accede, y este hecho produce una violenta disputa entre Zeus y Hera, a quienes apacigua su hijo Hefesto; la concordia vuelve a reinar en el Olimpo y los dioses celebran un fest\u00edn espl\u00e9ndido hasta la puesta del sol, en que se recogen en sus palacios.<\/p>\n<p>\u00a0Canta, oh diosa, la c\u00f3lera del Pelida Aquiles; c\u00f3lera funesta que caus\u00f3 infinitos males a los aqueos y precipit\u00f3 al Hades muchas almas valerosas de h\u00e9roes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves \u2011cumpl\u00edase la voluntad de Zeus\u2011 desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.<\/p>\n<p>\u00a0\u00bfCu\u00e1l de los dioses promovi\u00f3 entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Leto y de Zeus. Airado con el rey, suscit\u00f3 en el ej\u00e9rcito maligna peste, y los hombres perec\u00edan por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. \u00c9ste, deseando redimir a su hija, se hab\u00eda presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las \u00ednfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pend\u00edan de \u00e1ureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, as\u00ed les suplicaba:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atridas y dem\u00e1s aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen ol\u00edmpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Pr\u00edamo y regresar felizmente a la patria! Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere de lejos.<\/p>\n<p>\u00a0Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el espl\u00e9ndido rescate; mas el Atrida Agamen\u00f3n, a quien no plugo el acuerdo, le despidi\u00f3 de mal modo y con altaneras voces:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No d\u00e9 yo contigo, anciano, cerca de las c\u00f3ncavas naves, ya porque ahora demores tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quiz\u00e1s no te valgan el cetro y las \u00ednfulas del dios. A aqu\u00e9lla no la soltar\u00e9; antes le sobrevendr\u00e1 la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte m\u00e1s sano y salvo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. El anciano sinti\u00f3 temor y obedeci\u00f3 el mandato. Fuese en silencio por la orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirig\u00eda muchos ruegos al soberano Apolo, a quien pari\u00f3 Leto, la de hermosa cabellera:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1\u00d3yeme, t\u00fa que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas en T\u00e9nedos poderosamente! \u00a1Oh Esminteo! Si alguna vez adorn\u00e9 tu gracioso templo o quem\u00e9 en tu honor ping\u00fces muslos de toros o de cabras, c\u00fampleme este voto: \u00a1Paguen los d\u00e1naos mis l\u00e1grimas con tus flechas!<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo rogando. Oy\u00f3le Febo Apolo e, irritado en su coraz\u00f3n, descendi\u00f3 de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenz\u00f3 a moverse. Iba parecido a la noche. Sent\u00f3se lejos de las naves, tir\u00f3 una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los \u00e1giles perros; mas luego dirigi\u00f3 sus amargas saetas a los hombres, y continuamente ard\u00edan muchas piras de cad\u00e1veres.<\/p>\n<p>\u00a0Durante nueve d\u00edas volaron por el ej\u00e9rcito las flechas del dios. En el d\u00e9cimo, Aquiles convoc\u00f3 al pueblo al \u00e1gora: se lo puso en el coraz\u00f3n Hera, la diosa de los n\u00edveos brazos, que se interesaba por los d\u00e1naos, a quienes ve\u00eda morir. Acudieron \u00e9stos y, una vez reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levant\u00f3 y dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida! Creo que tendremos que volver atr\u00e1s, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabar\u00e1n con los aqueos. Mas, consultemos a un adivino, sacerdote o int\u00e9rprete de sue\u00f1os \u2011pues tambi\u00e9n el sue\u00f1o procede de Zeus\u2011, para que nos diga por qu\u00e9 se irrit\u00f3 tanto Febo Apolo: si est\u00e1 quejoso con motivo de alg\u00fan voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querr\u00e1 libramos de la peste.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando as\u00ed hubo hablado, se sent\u00f3. Levant\u00f3se entre ellos Calcante Test\u00f3rida, el mejor de los augures \u2011conoc\u00eda lo presente, lo futuro y lo pasado, y hab\u00eda guiado las naves aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo\u2011, y ben\u00e9volo los areng\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh Aquiles, caro a Zeus! M\u00e1ndasme explicar la c\u00f3lera de Apolo, del dios que hiere de lejos. Pues bien, hablar\u00e9; pero antes declara y jura que est\u00e1s pronto a defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar a un var\u00f3n que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es m\u00e1s poderoso que el inferior contra quien se enoja; y, si bien en el mismo d\u00eda refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra ejecutarlo en el pecho de aqu\u00e9l. Dime, pues, si me salvar\u00e1s.<\/p>\n<p>\u00a0Y contest\u00e1ndole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues \u00a1por Apolo, caro a Zeus; a quien t\u00fa, Calcante, invocas siempre que revelas or\u00e1culos a los d\u00e1naos!, ninguno de ellos pondr\u00e1 en ti sus pesadas manos, cerca de las c\u00f3ncavas naves, mientras yo viva y vea la luz ac\u00e1 en la tierra, aunque hablares de Agamen\u00f3n, que al presente se jacta de ser en mucho el m\u00e1s poderoso de todos los aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0Entonces cobr\u00f3 \u00e1nimo y dijo el eximio vate:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011No est\u00e1 el dios quejoso con motivo de alg\u00fan voto o hecatombe, sino a causa del ultraje que Agamen\u00f3n ha inferido al sacerdote, a quien no devolvi\u00f3 la hija ni admiti\u00f3 el rescate. Por esto el que hiere de lejos nos caus\u00f3 males y todav\u00eda nos causar\u00e1 otros. Y no librar\u00e1 a los d\u00e1naos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando as\u00ed le hayamos aplacado, renacer\u00e1 nuestra esperanza.<\/p>\n<p>\u00a0Dichas estas palabras, se sent\u00f3. Levant\u00f3se al punto el poderoso h\u00e9roe Agamen\u00f3n Atrida, afligido, con las negras entra\u00f1as llenas de c\u00f3lera y los ojos parecidos al relumbrante fuego; y, encarando a Calcante la torva vista, exclam\u00f3:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Adivino de males! jam\u00e1s me has anunciado nada grato. Siempre te complaces en profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste nada bueno. Y ahora, vaticinando ante los d\u00e1naos, afirmas que el que hiere de lejos les env\u00eda calamidades, porque no quise admitir el espl\u00e9ndido rescate de la joven Criseide, a quien anhelaba tener en mi casa. La prefiero, ciertamente, a Clitemnestra, mi leg\u00edtima esposa, porque no le es inferior ni en el talle, ni en el natural, ni en inteligencia, ni en destreza. Pero, aun as\u00ed y todo, consiento en devolverla, si esto es lo mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero preparadme pronto otra recompensa, para que no sea yo el \u00fanico argivo que sin ella se quede; lo cual no parecer\u00eda decoroso. Ved todos que se va a otra parte la que me hab\u00eda correspondido.<\/p>\n<p>\u00a0Replic\u00f3le en seguida el celer\u00edpede divino Aquiles:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Atrida glorios\u00edsimo, el m\u00e1s codicioso de todos! \u00bfC\u00f3mo pueden darte otra recompensa los magn\u00e1nimos aqueos? No sabemos que existan en parte alguna cosas de la comunidad, pues las del saqueo de las ciudades est\u00e1n repartidas, y no es conveniente obligar a los hombres a que nuevamente las junten. Entrega ahora esa joven al dios, y los aqueos te pagaremos el triple o el cu\u00e1druple, si Zeus nos permite alg\u00fan d\u00eda tomar la bien murada ciudad de Troya.<\/p>\n<p>\u00a0Y, contest\u00e1ndole, el rey Agamen\u00f3n le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no ocultes as\u00ed tu pensamiento, pues no podr\u00e1s burlarme ni persuadirme. \u00bfAcaso quieres, para conservar tu recompensa, que me quede sin la m\u00eda, y por esto me aconsejas que la devuelva? Pues, si los magn\u00e1nimos aqueos me dan otra conforme a mi deseo para que sea equivalente&#8230; Y si no me la dieren, yo mismo me apoderar\u00e9 de la tuya o de la de Ayante, o me llevar\u00e9 la de Ulises, y montar\u00e1 en c\u00f3lera aqu\u00e9l a quien me llegue. Mas sobre esto deliberaremos otro d\u00eda. Ahora, ea, echemos una negra nave al mar divino, reunamos los convenientes remeros, embarquemos v\u00edctimas para una hecatombe y a la misma Criseide, la de hermosas mejillas, y sea capit\u00e1n cualquiera de los jefes: Ayante, Idomeneo, el divino Ulises o t\u00fa, Pelida, el m\u00e1s portentoso de todos los hombres, para que nos aplaques con sacrificios al que hiere de lejos.<\/p>\n<p>\u00a0Mir\u00e1ndolo con torva faz, exclam\u00f3 Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ah, impudente y codicioso! \u00bfC\u00f3mo puede estar dispuesto a obedecer tus \u00f3rdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha o para combatir valerosamente con otros hombres? No he venido a pelear obligado por los belicosos troyanos, pues en nada se me hicieron culpables \u2011no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jam\u00e1s la cosecha en la f\u00e9rtil Ft\u00eda, criadora de hombres, porque muchas umbr\u00edas monta\u00f1as y el ruidoso mar nos separan\u2011, sino que te seguimos a ti, grand\u00edsimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro. No fijas en esto la atenci\u00f3n, ni por ello te tomas ning\u00fan cuidado, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jam\u00e1s el bot\u00edn que obtengo iguala al tuyo cuando \u00e9stos entran a saco una populosa ciudad de los troyanos: aunque la parte m\u00e1s pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo a mis naves, teni\u00e9ndola peque\u00f1a, aunque grata, despu\u00e9s de haberme cansado en el combate. Ahora me ir\u00e9 a Ft\u00eda, pues lo mejor es regresar a la patria en las c\u00f3ncavas naves: no pienso permanecer aqu\u00ed sin honra para procurarte ganancia y riqueza.<\/p>\n<p>\u00a0Contest\u00f3 en seguida el rey de hombres, Agamen\u00f3n:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Huye, pues, si tu \u00e1nimo a ello te incita; no te ruego que por m\u00ed te quedes; otros hay a mi lado que me honrar\u00e1n, y especialmente el pr\u00f3vido Zeus. Me eres m\u00e1s odioso que ning\u00fan otro de los reyes, alumnos de Zeus, porque siempre te han gustado las ri\u00f1as, luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios te la dio. Vete a la patria, llev\u00e1ndote las naves y los compa\u00f1eros, y reina sobre los mirmidones, no me importa que est\u00e9s irritado, ni por ello me preocupo, pero te har\u00e9 una amenaza: Puesto que Febo Apolo me quita a Criseide, la mandar\u00e9 en mi nave con mis amigos; y encamin\u00e1ndome yo mismo a tu tienda, me llevar\u00e9 a Briseide, la de hermosas mejillas, tu recompensa, para que sepas bien cu\u00e1nto m\u00e1s poderoso soy y otro tema decir que es mi igual y compararse conmigo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Acongoj\u00f3se el Pelida, y dentro del velludo pecho su coraz\u00f3n discurri\u00f3 dos cosas: o, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, abrirse paso y matar al Atrida, o calmar su c\u00f3lera y reprimir su furor. Mientras tales pensamientos revolv\u00eda en su mente y en su coraz\u00f3n y sacaba de la vaina la gran espada, vino Atenea del cielo: envi\u00f3la Hera, la diosa de los n\u00edveos brazos, que amaba cordialmente a entrambos y por ellos se interesaba. P\u00fasose detr\u00e1s del Pelida y le tir\u00f3 de la blonda cabellera, apareci\u00e9ndose a \u00e9l tan s\u00f3lo; de los dem\u00e1s, ninguno la ve\u00eda. Aquiles, sorprendido, volvi\u00f3se y al instante conoci\u00f3 a Palas Atenea, cuyos ojos centelleaban de un modo terrible. Y hablando con ella, pronunci\u00f3 estas aladas palabras:<\/p>\n<p>\u2011\u00bfPor qu\u00e9 nuevamente, oh hija de Zeus, que lleva la \u00e9gida, has venido? \u00bfAcaso para presenciar el ultraje que me infiere Agamen\u00f3n Atrida? Pues te dir\u00e9 lo que me figuro que va a ocurrir: Por su insolencia perder\u00e1 pronto la vida.<\/p>\n<p>\u00a0D\u00edjole a su vez Atenea, la diosa de ojos de lechuza:<\/p>\n<p>\u2011Vengo del cielo para apaciguar tu c\u00f3lera, si obedecieres; y me env\u00eda Hera, la diosa de los n\u00edveos brazos, que os ama cordialmente a entrambos y por vosotros se interesa. Ea, cesa de disputar, no desenvaines la espada a inj\u00farialo de palabra como te parezca. Lo que voy a decir se cumplir\u00e1: Por este ultraje se te ofrecer\u00e1n un d\u00eda triples y espl\u00e9ndidos presentes. Dom\u00ednate y obed\u00e9cenos.<\/p>\n<p>\u00a0Y, contest\u00e1ndole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Preciso es, oh diosa, hacer lo que mand\u00e1is, aunque el coraz\u00f3n est\u00e9 muy irritado. Proceder as\u00ed es lo mejor. Quien a los dioses obedece es por ellos muy atendido.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo; y puesta la robusta mano en el arg\u00e9nteo pu\u00f1o, envain\u00f3 la enorme espada y no desobedeci\u00f3 la orden de Atenea. La diosa regres\u00f3 al Olimpo, al palacio en que mora Zeus, que lleva la \u00e9gida, entre las dem\u00e1s deidades.<\/p>\n<p>\u00a0El Pelida, no amainando en su c\u00f3lera, denost\u00f3 nuevamente al Atrida con injuriosas voces:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ebrioso, que tienes ojos de perro y coraz\u00f3n de ciervo! Jam\u00e1s te atreviste a tomar las armas con la gente del pueblo para combatir, ni a ponerte en emboscada con los m\u00e1s valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin duda, mucho mejor arrebatar los dones, en el vasto campamento de los aqueos, a quien te contradiga. Rey devorador de tu pueblo, porque mandas a hombres abyectos&#8230;; en otro caso, Atrida, \u00e9ste fuera tu \u00faltimo ultraje. Otra cosa voy a decirte y sobre ella prestar\u00e9 un gran juramento: S\u00ed, por este cetro que ya no producir\u00e1 hojas ni ramos, pues dej\u00f3 el tronco en la monta\u00f1a; ni reverdecer\u00e1, porque el bronce lo despoj\u00f3 de las hojas y de la corteza, y ahora lo empu\u00f1an los aqueos que administran justicia y guardan las leyes de Zeus (grande ser\u00e1 para ti este juramento): alg\u00fan d\u00eda los aqueos todos echar\u00e1n de menos a Aquiles, y t\u00fa, aunque te aflijas, no podr\u00e1s socorrerlos cuando muchos sucumban y perezcan a manos de H\u00e9ctor, matador de hombres. Entonces desgarrar\u00e1s tu coraz\u00f3n, pesaroso por no haber honrado al mejor de los aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo el Pelida; y, tirando a tierra el cetro tachonado con clavos de oro, tom\u00f3 asiento. El Atrida, en el opuesto lado, iba enfureci\u00e9ndose. Pero levant\u00f3se N\u00e9stor, suave en el hablar, elocuente orador de los pilios, de cuya boca las palabras flu\u00edan m\u00e1s dulces que la miel \u2011hab\u00eda visto perecer dos generaciones de hombres de voz articulada que nacieron y se criaron con \u00e9l en la divina Pilos y reinaba sobre la tercera\u2011, y ben\u00e9volo los areng\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh dioses! \u00a1Qu\u00e9 motivo de pesar tan grande le ha llegado a la tierra aquea! Alegrar\u00edanse Pr\u00edamo y sus hijos, y regocijar\u00edanse los dem\u00e1s troyanos en su coraz\u00f3n, si oyeran las palabras con que disput\u00e1is vosotros, los primeros de los d\u00e1naos as\u00ed en el consejo como en el combate. Pero dejaos convencer, ya que ambos sois m\u00e1s j\u00f3venes que yo. En otro tiempo trat\u00e9 con hombres a\u00fan m\u00e1s esforzados que vosotros, y jam\u00e1s me desde\u00f1aron. No he visto todav\u00eda ni ver\u00e9 hombres como Pir\u00edtoo, Driante, pastor de pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual a un dios, y Teseo Egeida, que parec\u00eda un inmortal. Cri\u00e1ronse \u00e9stos los m\u00e1s fuertes de los hombres; muy fuertes eran y con otros muy fuertes combatieron: con los montaraces centauros, a quienes exterminaron de un modo estupendo. Y yo estuve en su compa\u00f1\u00eda \u2011habiendo acudido desde Pilos, desde lejos, desde esa apartada tierra, porque ellos mismos me llamaron\u2011 y combat\u00ed seg\u00fan mis fuerzas. Con tales hombres no pelear\u00eda ninguno de los mortales que hoy pueblan la tierra; no obstante lo cual, segu\u00edan mis consejos y escuchaban mis palabras. Prestadme tambi\u00e9n vosotros obediencia, que es lo mejor que pod\u00e9is hacer. Ni t\u00fa, aunque seas valiente, le quites la joven, sino d\u00e9jasela, puesto que se la dieron en recompensa los magn\u00e1nimos aqueos; ni t\u00fa, Pelida, quieras altercar de igual a igual con el rey, pues jam\u00e1s obtuvo honra como la suya ning\u00fan otro soberano que usara cetro y a quien Zeus diera gloria. Si t\u00fa eres m\u00e1s esforzado, es porque una diosa te dio a luz; pero \u00e9ste es m\u00e1s poderoso, porque reina sobre mayor n\u00famero de hombres. Atrida, apacigua tu c\u00f3lera; yo te suplico que depongas la ira contra Aquiles, que es para todos los aqueos un fuerte antemural en el pernicioso combate.<\/p>\n<p>\u00a0Y, contest\u00e1ndole, el rey Agamen\u00f3n le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011S\u00ed, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero este hombre quiere sobreponerse a todos los dem\u00e1s; a todos quiere dominar, a todos gobernar, a todos dar \u00f3rdenes que alguien, creo, se negar\u00e1 a obedecer. Si los sempiternos dioses le hicieron belicoso, \u00bfle permiten por esto proferir injurias?<\/p>\n<p>\u00a0Interrumpi\u00e9ndole, exclam\u00f3 el divino Aquiles:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Cobarde y vil podr\u00eda llam\u00e1rseme si cediera en todo lo que dices; manda a otros, no me des \u00f3rdenes, pues yo no pienso ya obedecerte. Otra cosa te dir\u00e9 que fijar\u00e1s en la memoria: No he de combatir con estas manos por la joven ni contigo, ni con otro alguno, pues al fin me quit\u00e1is lo que me disteis; pero, de lo dem\u00e1s que tengo junto a mi negra y veloz embarcaci\u00f3n, nada podr\u00edas llevarte tom\u00e1ndolo contra mi voluntad. Y si no, ea, int\u00e9ntalo, para que \u00e9stos se enteren tambi\u00e9n; y presto tu negruzca sangre brotar\u00e1 en torno de mi lanza.<\/p>\n<p>\u00a0Despu\u00e9s de altercar as\u00ed con encontradas razones, se levantaron y disolvieron el \u00e1gora que cerca de las naves aqueas se celebraba. Fuese el Pelida hacia sus tiendas y sus bien proporcionados bajeles con el Menec\u00edada y otros amigos; y el Atrida ech\u00f3 al mar una velera nave, escogi\u00f3 veinte remeros, carg\u00f3 las v\u00edctimas de la hecatombe para el dios, y, conduciendo a Criseide, la de hermosas mejillas, la embarc\u00f3 tambi\u00e9n; fue capit\u00e1n el ingenioso Ulises.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed que se hubieron embarcado, empezaron a navegar por l\u00edquidos caminos. El Atrida mand\u00f3 que los hombres se purificaran, y ellos hicieron lustraciones, echando al mar las impurezas, y sacrificaron junto a la orilla del est\u00e9ril mar hecatombes perfectas de toros y de cabras en honor de Apolo. El vapor de la grasa llegaba al cielo, enrosc\u00e1ndose alrededor del humo.<\/p>\n<p>\u00a0En tales cosas ocup\u00e1banse \u00e9stos en el ej\u00e9rcito. Agamen\u00f3n no olvid\u00f3 la amenaza que en la contienda hab\u00eda hecho a Aquiles, y dijo a Taltibio y Eur\u00edbates, sus heraldos y diligentes servidores:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Id a la tienda del Pelida Aquiles, y asiendo de la mano a Briseide, la de hermosas mejillas, traedla ac\u00e1, y, si no os la diere, ir\u00e9 yo mismo a quit\u00e1rsela, con m\u00e1s gente, y todav\u00eda le ser\u00e1 m\u00e1s duro.<\/p>\n<p>\u00a0Habl\u00e1ndoles de tal suerte y con altaneras voces, los despidi\u00f3. Contra su voluntad fu\u00e9ronse los heraldos por la orilla del est\u00e9ril mar, llegaron a las tiendas y naves de los mirmidones, y hallaron al rey cerca de su tienda y de su negra nave. Aquiles, al verlos, no se alegr\u00f3. Ellos se turbaron, y, habiendo hecho una reverencia, par\u00e1ronse sin decir ni preguntar nada. Pero el h\u00e9roe lo comprendi\u00f3 todo y dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres! Acercaos; pues para m\u00ed no sois vosotros los culpables sino Agamen\u00f3n, que os env\u00eda por la joven Briseide. \u00a1Ea, Patroclo, del linaje de Zeus! Saca la joven y entr\u00e9gasela para que se la lleven. Sed ambos testigos ante los bienaventurados dioses, ante los mortales hombres y ante ese rey cruel, si alguna vez tienen los dem\u00e1s necesidad de m\u00ed para librarse de funestas calamidades porque \u00e9l tiene el coraz\u00f3n pose\u00eddo de furor y no sabe pensar a la vez en lo futuro y en lo pasado, a fin de que los aqueos se salven combatiendo junto a las naves.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Patroclo, obedeciendo a su amigo, sac\u00f3 de la tienda a Briseide, la de hermosas mejillas, y la entreg\u00f3 para que se la llevaran. Partieron los heraldos hacia las naves aqueas, y la mujer iba con ellos de mala gana. Aquiles rompi\u00f3 en llanto, alej\u00f3se de los compa\u00f1eros, y, sent\u00e1ndose a orillas del blanquecino mar con los ojos clavados en el ponto inmenso y las manos extendidas, dirigi\u00f3 a su madre muchos ruegos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Madre! Ya que me pariste de corta vida, el ol\u00edmpico Zeus altitonante deb\u00eda honrarme y no lo hace en modo alguno. El poderoso Agamen\u00f3n Atrida me ha ultrajado, pues tiene mi recompensa, que \u00e9l mismo me arrebat\u00f3.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo derramando l\u00e1grimas. Oy\u00f3le la veneranda madre desde el fondo del mar, donde se hallaba junto al padre anciano, a inmediatamente emergi\u00f3 de las blanquecinas ondas como niebla, sent\u00f3se delante de aqu\u00e9l, que derramaba l\u00e1grimas, acarici\u00f3lo con la mano y le habl\u00f3 de esta manera:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hijo! \u00bfPor qu\u00e9 lloras? \u00bfQu\u00e9 pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.<\/p>\n<p>\u00a0Dando profundos suspiros, contest\u00f3 Aquiles, el de los pies ligeros:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Lo sabes. \u00bfA qu\u00e9 referirte lo que ya conoces? Fuimos a Teba, la sagrada ciudad de Eeti\u00f3n; la saqueamos, y el bot\u00edn que trajimos se lo distribuyeron equitativamente los aqueos, separando para el Atrida a Criseide, la de hermosas mejillas. Luego Crises, sacerdote de Apolo, el que hiere de lejos, deseando redimir a su hija, se present\u00f3 en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las \u00ednfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pend\u00edan de \u00e1ureo cetro, en la mano; y suplic\u00f3 a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos. Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetase al sacerdote y se admitiera el espl\u00e9ndido rescate; mas el Atrida Agamen\u00f3n, a quien no plugo el acuerdo, lo despidi\u00f3 de mal modo y con altaneras voces. El anciano se fue irritado; y Apolo, accediendo a sus ruegos, pues le era muy querido, tir\u00f3 a los argivos funesta saeta: mor\u00edan los hombres unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por todas partes en el vasto campamento de los aqueos. Un adivino bien enterado nos explic\u00f3 el vaticinio del que hiere de lejos, y yo fui el primero en aconsejar que se aplacara al dios. El Atrida encendi\u00f3se en ira; y, levant\u00e1ndose, me dirigi\u00f3 una amenaza que ya se ha cumplido. A aqu\u00e9lla los aqueos de ojos vivos la conducen a Crisa en velera nave con presentes para el dios; y a la hija de Briseo, que los aqueos me dieron, unos heraldos se la han llevado ahora mismo de mi tienda. T\u00fa, si puedes, socorre a tu buen hijo; ve al Olimpo y ruega a Zeus, si alguna vez llevaste consuelo a su coraz\u00f3n con palabras o con obras. Muchas veces, hall\u00e1ndonos en el palacio de mi padre, o\u00ed que te gloriabas de haber evitado, t\u00fa sola entre los inmortales, una afrentosa desgracia al Cronida, el de las sombr\u00edas pubes, cuando quisieron atarlo otros dioses ol\u00edmpicos, Hera, Posid\u00f3n y Palas Atenea. T\u00fa, oh diosa, acudiste y lo libraste de las ataduras, llamando en seguida al espacioso Olimpo al cent\u00edmano a quien los dioses nombran Briareo y todos los hombres Ege\u00f3n, el cual es superior en fuerza a su mismo padre, y se sent\u00f3 entonces al lado de Zeus, ufano de su gloria; temi\u00e9ronlo los bienaventurados dioses y desistieron del atamiento. Recu\u00e9rdaselo, si\u00e9ntate a su lado y abraza sus rodillas: quiz\u00e1s decida favorecer a los troyanos y acorralar a los aqueos, que ser\u00e1n muertos entre las popas, cerca del mar; para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso Agamen\u00f3n Atrida la falta que ha cometido no honrando al mejor de los aqueos.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le en seguida Tetis, derramando l\u00e1grimas:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ay, hijo m\u00edo! \u00bfPor qu\u00e9 te he criado, si en hora aciaga te di a luz? \u00a1Ojal\u00e1 estuvieras en las naves sin llanto ni pena, ya que tu vida ha de ser corta, de no larga duraci\u00f3n! Ahora eres juntamente de breve vida y el m\u00e1s infortunado de todos. Con hado funesto te par\u00ed en el palacio. Yo misma ir\u00e9 al nevado Olimpo y hablar\u00e9 a Zeus, que se complace en lanzar rayos, por si se deja convencer. T\u00fa qu\u00e9date en las naves de ligero andar, conserva la c\u00f3lera contra los aqueos y abstente por entero de combatir. Ayer se march\u00f3 Zeus al Oc\u00e9ano, al pa\u00eds de los probos et\u00edopes, para asistir a un banquete, y todos los dioses lo siguieron. De aqu\u00ed a doce d\u00edas volver\u00e1 al Olimpo. Entonces acudir\u00e9 a la morada de Zeus, sustentada en bronce; le abrazar\u00e9 las rodillas, y espero que lograr\u00e9 persuadirlo.<\/p>\n<p>\u00a0Dichas estas palabras parti\u00f3, dejando a Aquiles con el coraz\u00f3n irritado a causa de la mujer de bella cintura que violentamente y contra su voluntad le hab\u00edan arrebatado.<\/p>\n<p>\u00a0En tanto, Ulises llegaba a Crisa con las v\u00edctimas para la sagrada hecatombe. Cuando arribaron al profundo puerto, amainaron las velas, guard\u00e1ndolas en la negra nave; abatieron r\u00e1pidamente por medio de cuerdas el m\u00e1stil hasta la cruj\u00eda, y llevaron la nave, a fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron a la playa, desembarcaron las v\u00edctimas de la hecatombe para Apolo, el que hiere de lejos, y Criseide sali\u00f3 de la nave surcadora del ponto. El ingenioso Ulises llev\u00f3 la doncella al altar y, poni\u00e9ndola en manos de su padre, dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Oh Crises! Env\u00edame al rey de hombres, Agamen\u00f3n, a traerte la hija y ofrecer en favor de los d\u00e1naos una sagrada hecatombe a Febo, para que aplaquemos a este dios que tan deplorables males ha causado a los argivos.<\/p>\n<p>\u00a0Habiendo hablado as\u00ed, puso en sus manos la hija amada, que aqu\u00e9l recibi\u00f3 con alegr\u00eda. Acto continuo, ordenaron la sagrada hecatombe en torno del bien construido altar, lav\u00e1ronse las manos y tomaron la mola. Y Crises or\u00f3 en alta voz y con las manos levantadas:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1\u00d3yeme, t\u00fa que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila a imperas en T\u00e9nedos poderosamente! Me escuchaste cuando te supliqu\u00e9, y, para honrarme, oprimiste duramente al ej\u00e9rcito aqueo; pues ahora c\u00fampleme este voto: \u00a1Aleja ya de los d\u00e1naos la abominable peste!<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo rogando, y Febo Apolo lo oy\u00f3. Hecha la rogativa y esparcida la mola, cogieron las v\u00edctimas por la cabeza, que tiraron hacia atr\u00e1s, y las degollaron y desollaron; en seguida cortaron los muslos, y, despu\u00e9s de pringarlos con gordura por uno y otro lado y de cubrirlos con trozos de carne, el anciano los puso sobre la le\u00f1a encendida y los roci\u00f3 de vino tinto. Cerca de \u00e9l, unos j\u00f3venes ten\u00edan en las manos asadores de cinco puntas. Quemados los muslos, probaron las entra\u00f1as, y, dividiendo lo restante en pedazos muy peque\u00f1os, lo atravesaron con pinchos, lo asaron cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto el banquete, comieron, y nadie careci\u00f3 de su respectiva porci\u00f3n. Cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, los mancebos coronaron de vino las crateras y lo distribuyeron a todos los presentes despu\u00e9s de haber ofrecido en copas las primicias. Y durante todo el d\u00eda los aqueos aplacaron al dios con el canto, entonando un hermoso pe\u00e1n a Apolo, el que hiere de lejos, que los o\u00eda con el coraz\u00f3n complacido.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando el sol se puso y sobrevino la noche, durmieron cerca de las amarras de la nave. Mas, as\u00ed que apareci\u00f3 la hija de la ma\u00f1ana, la Aurora de rosados dedos, hici\u00e9ronse a la mar para volver al espacioso campamento aqueo, y Apolo, el que hiere de lejos, les envi\u00f3 pr\u00f3spero viento. Izaron el m\u00e1stil, descogieron las velas, que hinch\u00f3 el viento, y las purp\u00fareas olas resonaban en torno de la quilla mientras la nave corr\u00eda siguiendo su rumbo. Una vez llegados al vasto campamento de los aqueos, sacaron la negra nave a sierra firme y la pusieron en alto sobre la arena, sosteni\u00e9ndola con grandes maderos. Y luego se dispersaron por las tiendas y los bajeles.<\/p>\n<p>\u00a0El hijo de Peleo y descendiente de Zeus, Aquiles, el de los pies ligeros, segu\u00eda irritado en las veleras naves, y ni frecuentaba el \u00e1gora donde los varones cobran fama, ni cooperaba a la guerra; sino que consum\u00eda su coraz\u00f3n, permaneciendo en las naves, y echaba de menos la griter\u00eda y el combate.<\/p>\n<p>\u00a0Cuando, despu\u00e9s de aquel d\u00eda, apareci\u00f3 la duod\u00e9cima aurora, los sempiternos dioses volvieron al Olimpo con Zeus a la cabeza. Tetis no olvid\u00f3 entonces el encargo de su hijo: saliendo de entre las olas del mar, subi\u00f3 muy de ma\u00f1ana al gran cielo y al Olimpo, y hall\u00f3 al largo vidente Cronida sentado aparte de los dem\u00e1s dioses en la m\u00e1s alta de las muchas cumbres del monte. Acomod\u00f3se ante \u00e9l, abraz\u00f3 sus rodillas con la mano izquierda, toc\u00f3le la barba con la derecha y dirigi\u00f3 esta s\u00faplica al soberano Zeus Croni\u00f3n:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Padre Zeus! Si alguna vez te fui \u00fatil entre los inmortales con palabras a obras, c\u00fampleme este voto: Honra a mi hijo, el h\u00e9roe de m\u00e1s breve vida, pues el rey de hombres, Agamen\u00f3n, lo ha ultrajado, arrebat\u00e1ndole la recompensa que todav\u00eda retiene. V\u00e9ngalo t\u00fa, pr\u00f3vido Zeus Ol\u00edmpico, concediendo la victoria a los troyanos hasta que los aqueos den satisfacci\u00f3n a mi hijo y lo colmen de honores.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Zeus, que amontona las nubes, nada contest\u00f3 guardando silencio un buen rato. Pero Tetis, que segu\u00eda como cuando abraz\u00f3 sus rodillas, le suplic\u00f3 de nuevo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Prom\u00e9temelo claramente, asintiendo, o ni\u00e9gamelo \u2011pues en ti no cabe el temor\u2011 para que sepa cu\u00e1n despreciada soy entre todas las deidades.<\/p>\n<p>\u00a0Zeus, que amontona las nubes, d\u00edjole afligid\u00edsimo:<\/p>\n<p>\u2011\u00a1Funestas acciones! Pues har\u00e1s que me malquiste con Hera, cuando me zahiera con injuriosas palabras. Sin motivo me ri\u00f1e siempre ante los inmortales dioses, porque dice que en las batallas favorezco a los troyanos. Pero ahora vete, no sea que Hera advierta algo; yo me cuidar\u00e9 de que esto se cumpla. Y si lo deseas, te har\u00e9 con la cabeza la se\u00f1al de asentimiento para que tengas confianza. \u00c9ste es el signo m\u00e1s seguro, irrevocable y veraz para los inmortales; y no deja de efectuarse aquello a que asiento con la cabeza.<\/p>\n<p>\u00a0Dijo el Cronida, y baj\u00f3 las negras cejas en se\u00f1al de asentimiento; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y a su influjo estremeci\u00f3se el dilatado Olimpo.<\/p>\n<p>\u00a0Despu\u00e9s de deliberar as\u00ed, se separaron: ella salt\u00f3 al profundo mar desde el resplandeciente Olimpo, y Zeus volvi\u00f3 a su palacio. Todos los dioses se levantaron al ver a su padre, y ninguno aguard\u00f3 que llegara, sino que todos salieron a su encuentro. Sent\u00f3se Zeus en el trono; y Hera, que, por haberlo visto, no ignoraba que Tetis, la de arg\u00e9nteos pies, hija del anciano del mar, con \u00e9l hab\u00eda departido, dirigi\u00f3 al momento injuriosas palabras a Zeus Cronida:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00bfCu\u00e1l de las deidades, oh doloso, ha conversado contigo? Siempre te es grato, cuando est\u00e1s lejos de m\u00ed, pensar y resolver algo secretamente, y jam\u00e1s te has dignado decirme una sola palabra de lo que acuerdas.<\/p>\n<p>\u00a0Respondi\u00f3le el padre de los hombres y de los dioses:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Hera! No esperes conocer todas mis decisiones, pues te resultar\u00e1 dif\u00edcil aun siendo mi esposa. Lo que pueda decirse, ning\u00fan dios ni hombre lo sabr\u00e1 antes que t\u00fa; pero lo que quiera resolver sin contar con los dioses, no lo preguntes ni procures averiguarlo.<\/p>\n<p>\u00a0Replic\u00f3 en seguida Hera veneranda, la de ojos de novilla:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Terribil\u00edsimo Cronida, qu\u00e9 palabras proferiste! No ser\u00e1 mucho lo que te haya preguntado o querido averiguar, puesto que muy tranquilo meditas cuanto te place. Mas ahora mucho recela mi coraz\u00f3n que te haya seducido Tetis, la de arg\u00e9nteos pies, hija del anciano del mar. A amanecer el d\u00eda sent\u00f3se cerca de ti y abraz\u00f3 tus rodillas; y pienso que le habr\u00e1s prometido, asintiendo, honrar a Aquiles y causar gran matanza junto a las naves aqueas.<\/p>\n<p>\u00a0Y contest\u00e1ndole, Zeus, que amontona las nubes, le dijo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011\u00a1Ah, desdichada! Siempre sospechas y de ti no me oculto. Nada, empero, podr\u00e1s conseguir sino alejarte de mi coraz\u00f3n; lo cual todav\u00eda te ser\u00e1 m\u00e1s duro. Si es cierto lo que sospechas, as\u00ed debe de serme grato. Pero si\u00e9ntate en silencio y obedece mis palabras. No sea que no te valgan cuantos dioses hay en el Olimpo, acerc\u00e1ndose a ti, cuando te ponga encima mis invictas manos.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Temi\u00f3 Hera veneranda, la de ojos de novilla, y, refrenando el coraje, sent\u00f3se en silencio. Indign\u00e1ronse en el palacio de Zeus los dioses celestiales. Y Hefesto, el ilustre art\u00edfice, comenz\u00f3 a arengarlos para consolar a su madre Hera, la de los n\u00edveos brazos:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Funesto a insoportable ser\u00e1 lo que ocurra, si vosotros disput\u00e1is as\u00ed por los mortales y promov\u00e9is alborotos entre los dioses; ni siquiera en el banquete se hallar\u00e1 placer alguno, porque prevalece lo peor. Yo aconsejo a mi madre, aunque ya ella tiene juicio, que obsequie al padre querido, a Zeus, para que no vuelva a re\u00f1irla y a turbarnos el fest\u00edn. Pues, si el Ol\u00edmpico fulminador quiere echarnos del asiento&#8230; nos aventaja mucho en poder. Pero hal\u00e1galo con palabras cari\u00f1osas y en seguida el Ol\u00edmpico nos ser\u00e1 propicio.<\/p>\n<p>\u00a0De este modo habl\u00f3 y, tomando una copa de doble asa, ofreci\u00f3la a su madre, diciendo:<\/p>\n<p>\u00a0\u2011Sufre, madre m\u00eda, y sop\u00f3rtalo todo, aunque est\u00e9s afligida; que a ti, tan querida, no lo vean mis ojos apaleada sin que pueda socorrerte, porque es dif\u00edcil contrarrestar al Ol\u00edmpico. Ya otra vez que quise defenderte me asi\u00f3 por el pie y me arroj\u00f3 de los divinos umbrales. Todo el d\u00eda fui rodando y a la puesta del sol ca\u00ed en Lemnos. Un poco de vida me quedaba y los sinties me recogieron tan pronto como hube ca\u00eddo.<\/p>\n<p>\u00a0As\u00ed dijo. Sonri\u00f3se Hera, la diosa de los n\u00edveos brazos; y, sonriente a\u00fan, tom\u00f3 la copa que su hijo le presentaba. Hefesto se puso a escanciar dulce n\u00e9ctar para las otras deidades, sac\u00e1ndolo de la cratera; y una risa inextinguible se alz\u00f3 entre los bienaventurados dioses viendo con qu\u00e9 af\u00e1n los serv\u00eda en el palacio.<\/p>\n<p>\u00a0Todo el d\u00eda, hasta la puesta del sol, celebraron el fest\u00edn; y nadie careci\u00f3 de su respectiva porci\u00f3n, ni falt\u00f3 la hermosa c\u00edtara que ta\u00f1\u00eda Apolo, ni las Musas que con linda voz cantaban alternando.<\/p>\n<p>\u00a0Mas, cuando la f\u00falgida luz del sol lleg\u00f3 al ocaso, los dioses fueron a recogerse a sus respectivos palacios, que hab\u00eda construido Hefesto, el ilustre cojo de ambos pies, con sabia inteligencia. Zeus ol\u00edmpico, fulminador, se encamin\u00f3 al lecho donde acostumbraba dormir cuando el dulce sue\u00f1o le venc\u00eda. Subi\u00f3 y acost\u00f3se; y a su lado descans\u00f3 Hera, la de \u00e1ureo trono.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Iliada (nombre que deriva del nombre griego de Troya, Ili\u00f3n) es una epopeya atribuida a Homero y considerada como el poema de la literatura occidental m\u00e1s antiguo que se conoce. Est\u00e1 compuesta por unos 15.691 versos, divididos en 24 cantos. 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