{"id":1078,"date":"2010-12-17T20:19:05","date_gmt":"2010-12-17T18:19:05","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=1078"},"modified":"2018-12-22T03:12:38","modified_gmt":"2018-12-22T01:12:38","slug":"don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xliii-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xliii-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra\/","title":{"rendered":"\u00abDon Quijote de La Mancha\u00bb (Primera parte &#8211; cap\u00edtulo XLIII de LII) [Miguel de Cervantes Saavedra]"},"content":{"rendered":"<p>Primera parte<\/p>\n<p><strong>CAP\u00cdTULO XLIII<\/strong><\/p>\n<p><strong>Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros estra\u00f1os acaecimientos en la venta sucedidos.<\/strong><\/p>\n<p>-Marinero soy de amor,<br \/>\ny en su pi\u00e9lago profundo<br \/>\nnavego sin esperanza<br \/>\nde llegar a puerto alguno.<br \/>\nSiguiendo voy a una estrella<br \/>\nque desde lejos descubro,<br \/>\nm\u00e1s bella y resplandeciente<br \/>\nque cuantas vio Palinuro.<br \/>\nYo no s\u00e9 ad\u00f3nde me gu\u00eda,<br \/>\ny as\u00ed, navego confuso,<br \/>\nel alma a mirarla atenta,<br \/>\ncuidadosa y con descuido.<br \/>\nRecatos impertinentes,<br \/>\nhonestidad contra el uso,<br \/>\nson nubes que me la encubren<br \/>\ncuando m\u00e1s verla procuro.<br \/>\n\u00a1Oh clara y luciente estrella,<br \/>\nen cuya lumbre me apuro!;<br \/>\nal punto que te me encubras,<br \/>\nser\u00e1 de mi muerte el punto.<\/p>\n<p>Llegando el que cantaba a este punto, le pareci\u00f3 a Dorotea que no ser\u00eda bien que dejase Clara de o\u00edr una tan buena voz; y as\u00ed, movi\u00e9ndola a una y a otra parte, la despert\u00f3 dici\u00e9ndole:<\/p>\n<p>-Perd\u00f3name, ni\u00f1a, que te despierto, pues lo hago porque gustes de o\u00edr la mejor voz que quiz\u00e1 habr\u00e1s o\u00eddo en toda tu vida.<\/p>\n<p>Clara despert\u00f3 toda so\u00f1olienta, y de la primera vez no entendi\u00f3 lo que Dorotea le dec\u00eda; y, volvi\u00e9ndoselo a preguntar, ella se lo volvi\u00f3 a decir, por lo cual estuvo atenta Clara. Pero, apenas hubo o\u00eddo dos versos que el que cantaba iba prosiguiendo, cuando le tom\u00f3 un temblor tan estra\u00f1o como si de alg\u00fan grave accidente de cuartana estuviera enferma, y, abraz\u00e1ndose estrechamente con Teodora, le dijo:<\/p>\n<p>-\u00a1Ay se\u00f1ora de mi alma y de mi vida!, \u00bfpara qu\u00e9 me despertastes?; que el mayor bien que la fortuna me pod\u00eda hacer por ahora era tenerme cerrados los ojos y los o\u00eddos, para no ver ni o\u00edr a ese desdichado m\u00fasico.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 es lo que dices, ni\u00f1a?; mira que dicen que el que canta es un mozo de mulas.<\/p>\n<p>-No es sino se\u00f1or de lugares -respondi\u00f3 Clara-, y el que le tiene en mi alma con tanta seguridad que si \u00e9l no quiere dejalle, no le ser\u00e1 quitado eternamente.<\/p>\n<p>Admirada qued\u00f3 Dorotea de las sentidas razones de la muchacha, pareci\u00e9ndole que se aventajaban en mucho a la discreci\u00f3n que sus pocos a\u00f1os promet\u00edan; y as\u00ed, le dijo:<\/p>\n<p>-Habl\u00e1is de modo, se\u00f1ora Clara, que no puedo entenderos: declaraos m\u00e1s y decidme qu\u00e9 es lo que dec\u00eds de alma y de lugares, y deste m\u00fasico, cuya voz tan inquieta os tiene. Pero no me dig\u00e1is nada por ahora, que no quiero perder, por acudir a vuestro sobresalto, el gusto que recibo de o\u00edr al que canta; que me parece que con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto.<\/p>\n<p>-Sea en buen hora -respondi\u00f3 Clara.<\/p>\n<p>Y, por no o\u00edlle, se tap\u00f3 con las manos entrambos o\u00eddos, de lo que tambi\u00e9n se admir\u00f3 Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se cantaba, vio que prosegu\u00edan en esta manera:<\/p>\n<p>-Dulce esperanza m\u00eda,<br \/>\nque, rompiendo imposibles y malezas,<br \/>\nsigues firme la v\u00eda<br \/>\nque t\u00fa mesma te finges y aderezas:<br \/>\nno te desmaye el verte<br \/>\na cada paso junto al de tu muerte.<br \/>\nNo alcanzan perezosos<br \/>\nhonrados triunfos ni vitoria alguna,<br \/>\nni pueden ser dichosos<br \/>\nlos que, no contrastando a la fortuna,<br \/>\nentregan, desvalidos,<br \/>\nal ocio blando todos los sentidos.<br \/>\nQue amor sus glorias venda<br \/>\ncaras, es gran raz\u00f3n, y es trato justo,<br \/>\npues no hay m\u00e1s rica prenda<br \/>\nque la que se quilata por su gusto;<br \/>\ny es cosa manifiesta<br \/>\nque no es de estima lo que poco cuesta.<br \/>\nAmorosas porf\u00edas<br \/>\ntal vez alcanzan imposibles cosas;<br \/>\ny ans\u00ed, aunque con las m\u00edas<br \/>\nsigo de amor las m\u00e1s dificultosas,<br \/>\nno por eso recelo<br \/>\nde no alcanzar desde la tierra el cielo.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed dio fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara. Todo lo cual encend\u00eda el deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de tan suave canto y de tan triste lloro. Y as\u00ed, le volvi\u00f3 a preguntar qu\u00e9 era lo que le quer\u00eda decir denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda no la oyese, abrazando estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto del o\u00eddo de Dorotea, que seguramente pod\u00eda hablar sin ser de otro sentida, y as\u00ed le dijo:<\/p>\n<p>-Este que canta, se\u00f1ora m\u00eda, es un hijo de un caballero natural del reino de Arag\u00f3n, se\u00f1or de dos lugares, el cual viv\u00eda frontero de la casa de mi padre en la Corte; y, aunque mi padre ten\u00eda las ventanas de su casa con lienzos en el invierno y celos\u00edas en el verano, yo no s\u00e9 lo que fue, ni lo que no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni s\u00e9 si en la iglesia o en otra parte. Finalmente, \u00e9l se enamor\u00f3 de m\u00ed, y me lo dio a entender desde las ventanas de su casa con tantas se\u00f1as y con tantas l\u00e1grimas, que yo le hube de creer, y aun querer, sin saber lo que me quer\u00eda. Entre las se\u00f1as que me hac\u00eda, era una de juntarse la una mano con la otra, d\u00e1ndome a entender que se casar\u00eda conmigo; y, aunque yo me holgar\u00eda mucho de que ans\u00ed fuera, como sola y sin madre, no sab\u00eda con qui\u00e9n comunicallo, y as\u00ed, lo dej\u00e9 estar sin dalle otro favor si no era, cuando estaba mi padre fuera de casa y el suyo tambi\u00e9n, alzar un poco el lienzo o la celos\u00eda y dejarme ver toda, de lo que \u00e9l hac\u00eda tanta fiesta, que daba se\u00f1ales de volverse loco. Lleg\u00f3se en esto el tiempo de la partida de mi padre, la cual \u00e9l supo, y no de m\u00ed, pues nunca pude dec\u00edrselo. Cay\u00f3 malo, a lo que yo entiendo, de pesadumbre; y as\u00ed, el d\u00eda que nos partimos nunca pude verle para despedirme d\u00e9l, siquiera con los ojos. Pero, a cabo de dos d\u00edas que camin\u00e1bamos, al entrar de una posada, en un lugar una jornada de aqu\u00ed, le vi a la puerta del mes\u00f3n, puesto en h\u00e1bito de mozo de mulas, tan al natural que si yo no le trujera tan retratado en mi alma fuera imposible conocelle. Conoc\u00edle, admir\u00e9me y alegr\u00e9me; \u00e9l me mir\u00f3 a hurto de mi padre, de quien \u00e9l siempre se esconde cuando atraviesa por delante de m\u00ed en los caminos y en las posadas do llegamos; y, como yo s\u00e9 qui\u00e9n es, y considero que por amor de m\u00ed viene a pie y con tanto trabajo, mu\u00e9rome de pesadumbre, y adonde \u00e9l pone los pies pongo yo los ojos. No s\u00e9 con qu\u00e9 intenci\u00f3n viene, ni c\u00f3mo ha podido escaparse de su padre, que le quiere estraordinariamente, porque no tiene otro heredero, y porque \u00e9l lo merece, como lo ver\u00e1 vuestra merced cuando le vea. Y m\u00e1s le s\u00e9 decir: que todo aquello que canta lo saca de su cabeza; que he o\u00eddo decir que es muy gran estudiante y poeta. Y hay m\u00e1s: que cada vez que le veo o le oigo cantar, tiemblo toda y me sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca y venga en conocimiento de nuestros deseos. En mi vida le he hablado palabra, y, con todo eso, le quiero de manera que no he de poder vivir sin \u00e9l. Esto es, se\u00f1ora m\u00eda, todo lo que os puedo decir deste m\u00fasico, cuya voz tanto os ha contentado; que en sola ella echar\u00e9is bien de ver que no es mozo de mulas, como dec\u00eds, sino se\u00f1or de almas y lugares, como yo os he dicho.<\/p>\n<p>-No dig\u00e1is m\u00e1s, se\u00f1ora do\u00f1a Clara -dijo a esta saz\u00f3n Dorotea, y esto, bes\u00e1ndola mil veces-; no dig\u00e1is m\u00e1s, digo, y esperad que venga el nuevo d\u00eda, que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que tengan el felice fin que tan honestos principios merecen.<\/p>\n<p>-\u00a1Ay se\u00f1ora! -dijo do\u00f1a Clara-, \u00bfqu\u00e9 fin se puede esperar, si su padre es tan principal y tan rico que le parecer\u00e1 que aun yo no puedo ser criada de su hijo, cuanto m\u00e1s esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo har\u00e9 por cuanto hay en el mundo. No querr\u00eda sino que este mozo se volviese y me dejase; quiz\u00e1 con no velle y con la gran distancia del camino que llevamos se me aliviar\u00eda la pena que ahora llevo, aunque s\u00e9 decir que este remedio que me imagino me ha de aprovechar bien poco. No s\u00e9 qu\u00e9 diablos ha sido esto, ni por d\u00f3nde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan muchacha y \u00e9l tan muchacho, que en verdad que creo que somos de una edad mesma, y que yo no tengo cumplidos diez y seis a\u00f1os; que para el d\u00eda de San Miguel que vendr\u00e1 dice mi padre que los cumplo.<\/p>\n<p>No pudo dejar de re\u00edrse Dorotea, oyendo cu\u00e1n como ni\u00f1a hablaba do\u00f1a Clara, a quien dijo:<\/p>\n<p>-Reposemos, se\u00f1ora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecer\u00e1 Dios y medraremos, o mal me andar\u00e1n las manos.<\/p>\n<p>Soseg\u00e1ronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio; solamente no dorm\u00edan la hija de la ventera y Maritornes, su criada, las cuales, como ya sab\u00edan el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba fuera de la venta armado y a caballo haciendo la guarda, determinaron las dos de hacelle alguna burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo oy\u00e9ndole sus disparates.<\/p>\n<p>Es, pues, el caso que en toda la venta no hab\u00eda ventana que saliese al campo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por defuera.<\/p>\n<p>A este agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote estaba a caballo, recostado sobre su lanz\u00f3n, dando de cuando en cuando tan dolientes y profundos suspiros que parec\u00eda, que con cada uno se le arrancaba el alma. Y asimesmo oyeron que dec\u00eda con voz blanda, regalada y amorosa:<\/p>\n<p>-\u00a1Oh mi se\u00f1ora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate de la discreci\u00f3n, archivo del mejor donaire, dep\u00f3sito de la honestidad, y, ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo! Y \u00bfqu\u00e9 far\u00e1 agora la tu merced? \u00bfSi tendr\u00e1s por ventura las mientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros, por s\u00f3lo servirte, de su voluntad ha querido ponerse? Dame t\u00fa nuevas della, \u00a1oh luminaria de las tres caras! Quiz\u00e1 con envidia de la suya la est\u00e1s ahora mirando; que, o pase\u00e1ndose por alguna galer\u00eda de sus suntuosos palacios, o ya puesta de pechos sobre alg\u00fan balc\u00f3n, est\u00e1 considerando c\u00f3mo, salva su honestidad y grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado coraz\u00f3n padece, qu\u00e9 gloria ha de dar a mis penas, qu\u00e9 sosiego a mi cuidado y, finalmente, qu\u00e9 vida a mi muerte y qu\u00e9 premio a mis servicios. Y t\u00fa, sol, que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos, por madrugar y salir a ver a mi se\u00f1ora, as\u00ed como la veas, supl\u00edcote que de mi parte la saludes; pero gu\u00e1rdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro, que tendr\u00e9 m\u00e1s celos de ti que t\u00fa los tuviste de aquella ligera ingrata que tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las riberas de Peneo, que no me acuerdo bien por d\u00f3nde corriste entonces celoso y enamorado.<\/p>\n<p>A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero razonamiento, cuando la hija de la ventera le comenz\u00f3 a cecear y a decirle:<\/p>\n<p>-Se\u00f1or m\u00edo, ll\u00e9guese ac\u00e1 la vuestra merced si es servido.<\/p>\n<p>A cuyas se\u00f1as y voz volvi\u00f3 don Quijote la cabeza, y vio, a la luz de la luna, que entonces estaba en toda su claridad, c\u00f3mo le llamaban del agujero que a \u00e9l le pareci\u00f3 ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que las tengan tan ricos castillos como \u00e9l se imaginaba que era aquella venta; y luego en el instante se le represent\u00f3 en su loca imaginaci\u00f3n que otra vez, como la pasada, la doncella fermosa, hija de la se\u00f1ora de aquel castillo, vencida de su amor, tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, por no mostrarse descort\u00e9s y desagradecido, volvi\u00f3 las riendas a Rocinante y se lleg\u00f3 al agujero, y, as\u00ed como vio a las dos mozas, dijo:<\/p>\n<p>-L\u00e1stima os tengo, fermosa se\u00f1ora, de que hayades puesto vuestras amorosas mientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestro gran valor y gentileza; de lo que no deb\u00e9is dar culpa a este miserable andante caballero, a quien tiene amor imposibilitado de poder entregar su voluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la hizo se\u00f1ora absoluta de su alma. Perdonadme, buena se\u00f1ora, y recogeos en vuestro aposento, y no quer\u00e1is, con significarme m\u00e1s vuestros deseos, que yo me muestre m\u00e1s desagradecido; y si del amor que me ten\u00e9is hall\u00e1is en m\u00ed otra cosa con que satisfaceros, que el mismo amor no sea, ped\u00eddmela; que yo os juro, por aquella ausente enemiga dulce m\u00eda, de d\u00e1rosla en continente, si bien me pidi\u00e9sedes una guedeja de los cabellos de Medusa, que eran todos culebras, o ya los mesmos rayos del sol encerrados en una redoma.<\/p>\n<p>-No ha menester nada deso mi se\u00f1ora, se\u00f1or caballero -dijo a este punto Maritornes.<\/p>\n<p>-Pues, \u00bfqu\u00e9 ha menester, discreta due\u00f1a, vuestra se\u00f1ora? -respondi\u00f3 don Quijote.<\/p>\n<p>-Sola una de vuestras hermosas manos -dijo Maritornes-, por poder deshogar con ella el gran deseo que a este agujero la ha tra\u00eddo, tan a peligro de su honor que si su se\u00f1or padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuera la oreja.<\/p>\n<p>-\u00a1Ya quisiera yo ver eso! -respondi\u00f3 don Quijote-; pero \u00e9l se guardar\u00e1 bien deso, si ya no quiere hacer el m\u00e1s desastrado fin que padre hizo en el mundo, por haber puesto las manos en los delicados miembros de su enamorada hija.<\/p>\n<p>Pareci\u00f3le a Maritornes que sin duda don Quijote dar\u00eda la mano que le hab\u00edan pedido, y, proponiendo en su pensamiento lo que hab\u00eda de hacer, se baj\u00f3 del agujero y se fue a la caballeriza, donde tom\u00f3 el cabestro del jumento de Sancho Panza, y con mucha presteza se volvi\u00f3 a su agujero, a tiempo que don Quijote se hab\u00eda puesto de pies sobre la silla de Rocinante, por alcanzar a la ventana enrejada, donde se imaginaba estar la ferida doncella; y, al darle la mano, dijo:<\/p>\n<p>-Tomad, se\u00f1ora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los malhechores del mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra de mujer alguna, ni aun la de aquella que tiene entera posesi\u00f3n de todo mi cuerpo. No os la doy para que la bes\u00e9is, sino para que mir\u00e9is la contestura de sus nervios, la trabaz\u00f3n de sus m\u00fasculos, la anchura y espaciosidad de sus venas; de donde sacar\u00e9is qu\u00e9 tal debe de ser la fuerza del brazo que tal mano tiene.<\/p>\n<p>-Ahora lo veremos -dijo Maritornes.<\/p>\n<p>Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la ech\u00f3 a la mu\u00f1eca, y, baj\u00e1ndose del agujero, at\u00f3 lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar muy fuertemente. Don Quijote, que sinti\u00f3 la aspereza del cordel en su mu\u00f1eca, dijo:<\/p>\n<p>-M\u00e1s parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la trat\u00e9is tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os hace, ni es bien que en tan poca parte vengu\u00e9is el todo de vuestro enojo.<\/p>\n<p>Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.<\/p>\n<p>Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque, as\u00ed como Maritornes le at\u00f3, ella y la otra se fueron, muertas de risa, y le dejaron asido de manera que fue imposible soltarse.<\/p>\n<p>Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el brazo por el agujero y atado de la mu\u00f1eca, y al cerrojo de la puerta, con grand\u00edsimo temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a un cabo o a otro, hab\u00eda de quedar colgado del brazo; y as\u00ed, no osaba hacer movimiento alguno, puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante bien se pod\u00eda esperar que estar\u00eda sin moverse un siglo entero.<\/p>\n<p>En resoluci\u00f3n, vi\u00e9ndose don Quijote atado, y que ya las damas se hab\u00edan ido, se dio a imaginar que todo aquello se hac\u00eda por v\u00eda de encantamento, como la vez pasada, cuando en aquel mesmo castillo le moli\u00f3 aquel moro encantado del arriero; y maldec\u00eda entre s\u00ed su poca discreci\u00f3n y discurso, pues, habiendo salido tan mal la vez primera de aquel castillo, se hab\u00eda aventurado a entrar en \u00e9l la segunda, siendo advertimiento de caballeros andantes que, cuando han probado una aventura y no salido bien con ella, es se\u00f1al que no est\u00e1 para ellos guardada, sino para otros; y as\u00ed, no tienen necesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de su brazo, por ver si pod\u00eda soltarse; mas \u00e9l estaba tan bien asido, que todas sus pruebas fueron en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante no se moviese; y, aunque \u00e9l quisiera sentarse y ponerse en la silla, no pod\u00eda sino estar en pie, o arrancarse la mano.<\/p>\n<p>All\u00ed fue el desear de la espada de Amad\u00eds, contra quien no ten\u00eda fuerza de encantamento alguno; all\u00ed fue el maldecir de su fortuna; all\u00ed fue el exagerar la falta que har\u00eda en el mundo su presencia el tiempo que all\u00ed estuviese encantado, que sin duda alguna se hab\u00eda cre\u00eddo que lo estaba; all\u00ed el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; all\u00ed fue el llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sue\u00f1o y tendido sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la madre que lo hab\u00eda parido; all\u00ed llam\u00f3 a los sabios Lirgandeo y Alquife, que le ayudasen; all\u00ed invoc\u00f3 a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y, finalmente, all\u00ed le tom\u00f3 la ma\u00f1ana, tan desesperado y confuso que bramaba como un toro; porque no esperaba \u00e9l que con el d\u00eda se remediara su cuita, porque la ten\u00eda por eterna, teni\u00e9ndose por encantado. Y hac\u00edale creer esto ver que Rocinante poco ni mucho se mov\u00eda, y cre\u00eda que de aquella suerte, sin comer ni beber ni dormir, hab\u00edan de estar \u00e9l y su caballo, hasta que aquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro m\u00e1s sabio encantador le desencantase.<\/p>\n<p>Pero enga\u00f1\u00f3se mucho en su creencia, porque, apenas comenz\u00f3 a amanecer, cuando llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos y aderezados, con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de la venta, que a\u00fan estaba cerrada, con grandes golpes; lo cual, visto por don Quijote desde donde a\u00fan no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogante y alta dijo:<\/p>\n<p>-Caballeros, o escuderos, o quienquiera que se\u00e1is: no ten\u00e9is para qu\u00e9 llamar a las puertas deste castillo; que asaz de claro est\u00e1 que a tales horas, o los que est\u00e1n dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirse las fortalezas hasta que el sol est\u00e9 tendido por todo el suelo. Desviaos afuera, y esperad que aclare el d\u00eda, y entonces veremos si ser\u00e1 justo o no que os abran.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 diablos de fortaleza o castillo es \u00e9ste -dijo uno-, para obligarnos a guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran, que somos caminantes que no queremos m\u00e1s de dar cebada a nuestras cabalgaduras y pasar adelante, porque vamos de priesa.<\/p>\n<p>-\u00bfPar\u00e9ceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? -respondi\u00f3 don Quijote.<\/p>\n<p>-No s\u00e9 de qu\u00e9 ten\u00e9is talle -respondi\u00f3 el otro-, pero s\u00e9 que dec\u00eds disparates en llamar castillo a esta venta.<\/p>\n<p>-Castillo es -replic\u00f3 don Quijote-, y aun de los mejores de toda esta provincia; y gente tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y corona en la cabeza.<\/p>\n<p>-Mejor fuera al rev\u00e9s -dijo el caminante-: el cetro en la cabeza y la corona en la mano. Y ser\u00e1, si a mano viene, que debe de estar dentro alguna compa\u00f1\u00eda de representantes, de los cuales es tener a menudo esas coronas y cetros que dec\u00eds, porque en una venta tan peque\u00f1a, y adonde se guarda tanto silencio como \u00e9sta, no creo yo que se alojan personas dignas de corona y cetro.<\/p>\n<p>-Sab\u00e9is poco del mundo -replic\u00f3 don Quijote-, pues ignor\u00e1is los casos que suelen acontecer en la caballer\u00eda andante.<\/p>\n<p>Cans\u00e1banse los compa\u00f1eros que con el preguntante ven\u00edan del coloquio que con don Quijote pasaba, y as\u00ed, tornaron a llamar con grande furia; y fue de modo que el ventero despert\u00f3, y aun todos cuantos en la venta estaban; y as\u00ed, se levant\u00f3 a preguntar qui\u00e9n llamaba. Sucedi\u00f3 en este tiempo que una de las cabalgaduras en que ven\u00edan los cuatro que llamaban se lleg\u00f3 a oler a Rocinante, que, melanc\u00f3lico y triste, con las orejas ca\u00eddas, sosten\u00eda sin moverse a su estirado se\u00f1or; y como, en fin, era de carne, aunque parec\u00eda de le\u00f1o, no pudo dejar de resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a hacer caricias; y as\u00ed, no se hubo movido tanto cuanto, cuando se desviaron los juntos pies de don Quijote, y, resbalando de la silla, dieran con \u00e9l en el suelo, a no quedar colgado del brazo: cosa que le caus\u00f3 tanto dolor que crey\u00f3 o que la mu\u00f1eca le cortaban, o que el brazo se le arrancaba; porque \u00e9l qued\u00f3 tan cerca del suelo que con los estremos de las puntas de los pies besaba la tierra, que era en su perjuicio, porque, como sent\u00eda lo poco que le faltaba para poner las plantas en la tierra, fatig\u00e1base y estir\u00e1base cuanto pod\u00eda por alcanzar al suelo: bien as\u00ed como los que est\u00e1n en el tormento de la garrucha, puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son causa de acrecentar su dolor, con el ah\u00ednco que ponen en estirarse, enga\u00f1ados de la esperanza que se les representa, que con poco m\u00e1s que se estiren llegar\u00e1n al suelo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Primera parte CAP\u00cdTULO XLIII Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros estra\u00f1os acaecimientos en la venta sucedidos. -Marinero soy de amor, y en su pi\u00e9lago profundo navego sin esperanza de llegar a puerto alguno. 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