{"id":1069,"date":"2010-12-17T20:09:41","date_gmt":"2010-12-17T18:09:41","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=1069"},"modified":"2018-12-22T03:12:44","modified_gmt":"2018-12-22T01:12:44","slug":"don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xxxvi-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xxxvi-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra\/","title":{"rendered":"\u00abDon Quijote de La Mancha\u00bb (Primera parte &#8211; cap\u00edtulo XXXVI de LII) [Miguel de Cervantes Saavedra]"},"content":{"rendered":"<p>Primera parte<\/p>\n<p><strong>CAP\u00cdTULO XXXVI<\/strong><\/p>\n<p><strong>Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron<\/strong><\/p>\n<p>Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:<\/p>\n<p>-Esta que viene es una hermosa tropa de hu\u00e9spedes: si ellos paran aqu\u00ed, gaudeamus tenemos.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 gente es? -dijo Cardenio.<\/p>\n<p>-Cuatro hombres -respondi\u00f3 el ventero- vienen a caballo, a la jineta, con lanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una mujer vestida de blanco, en un sill\u00f3n, ansimesmo cubierto el rostro, y otros dos mozos de a pie.<\/p>\n<p>-\u00bfVienen muy cerca? -pregunt\u00f3 el cura.<\/p>\n<p>-Tan cerca -respondi\u00f3 el ventero-, que ya llegan.<\/p>\n<p>Oyendo esto Dorotea, se cubri\u00f3 el rostro, y Cardenio se entr\u00f3 en el aposento de don Quijote; y casi no hab\u00edan tenido lugar para esto, cuando entraron en la venta todos los que el ventero hab\u00eda dicho; y, ape\u00e1ndose los cuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposici\u00f3n eran, fueron a apear a la mujer que en el sill\u00f3n ven\u00eda; y, tom\u00e1ndola uno dellos en sus brazos, la sent\u00f3 en una silla que estaba a la entrada del aposento donde Cardenio se hab\u00eda escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos se hab\u00edan quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; s\u00f3lo que, al sentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dej\u00f3 caer los brazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron los caballos a la caballeriza.<\/p>\n<p>Viendo esto el cura, deseoso de saber qu\u00e9 gente era aquella que con tal traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellos le pregunt\u00f3 lo que ya deseaba; el cual le respondi\u00f3:<\/p>\n<p>-Pardiez, se\u00f1or, yo no sabr\u00e9 deciros qu\u00e9 gente sea \u00e9sta; s\u00f3lo s\u00e9 que muestra ser muy principal, especialmente aquel que lleg\u00f3 a tomar en sus brazos a aquella se\u00f1ora que hab\u00e9is visto; y esto d\u00edgolo porque todos los dem\u00e1s le tienen respeto, y no se hace otra cosa m\u00e1s de la que \u00e9l ordena y manda.<\/p>\n<p>-Y la se\u00f1ora, \u00bfqui\u00e9n es? -pregunt\u00f3 el cura.<\/p>\n<p>-Tampoco sabr\u00e9 decir eso -respondi\u00f3 el mozo-, porque en todo el camino no la he visto el rostro; suspirar s\u00ed la he o\u00eddo muchas veces, y dar unos gemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es de maravillar que no sepamos m\u00e1s de lo que habemos dicho, porque mi compa\u00f1ero y yo no ha m\u00e1s de dos d\u00edas que los acompa\u00f1amos; porque, habi\u00e9ndolos encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que vini\u00e9semos con ellos hasta el Andaluc\u00eda, ofreci\u00e9ndose a pag\u00e1rnoslo muy bien.<\/p>\n<p>-\u00bfY hab\u00e9is o\u00eddo nombrar a alguno dellos? -pregunt\u00f3 el cura.<\/p>\n<p>-No, por cierto -respondi\u00f3 el mozo-, porque todos caminan con tanto silencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que los suspiros y sollozos de la pobre se\u00f1ora, que nos mueven a l\u00e1stima; y sin duda tenemos cre\u00eddo que ella va forzada dondequiera que va, y, seg\u00fan se puede colegir por su h\u00e1bito, ella es monja, o va a serlo, que es lo m\u00e1s cierto, y quiz\u00e1 porque no le debe de nacer de voluntad el monj\u00edo, va triste, como parece.<\/p>\n<p>-Todo podr\u00eda ser -dijo el cura.<\/p>\n<p>Y, dej\u00e1ndolos, se volvi\u00f3 adonde estaba Dorotea, la cual, como hab\u00eda o\u00eddo suspirar a la embozada, movida de natural compasi\u00f3n, se lleg\u00f3 a ella y le dijo:<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 mal sent\u00eds, se\u00f1ora m\u00eda? Mirad si es alguno de quien las mujeres suelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco una buena voluntad de serviros.<\/p>\n<p>A todo esto callaba la lastimada se\u00f1ora; y, aunque Dorotea torn\u00f3 con mayores ofrecimientos, todav\u00eda se estaba en su silencio, hasta que lleg\u00f3 el caballero embozado que dijo el mozo que los dem\u00e1s obedec\u00edan, y dijo a Dorotea:<\/p>\n<p>-No os cans\u00e9is, se\u00f1ora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procur\u00e9is que os responda, si no quer\u00e9is o\u00edr alguna mentira de su boca.<\/p>\n<p>-Jam\u00e1s la dije -dijo a esta saz\u00f3n la que hasta all\u00ed hab\u00eda estado callando-; antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora en tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que se\u00e1is el testigo, pues mi pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.<\/p>\n<p>Oy\u00f3 estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba tan junto de quien las dec\u00eda que sola la puerta del aposento de don Quijote estaba en medio; y, as\u00ed como las oy\u00f3, dando una gran voz dijo:<\/p>\n<p>-\u00a1V\u00e1lgame Dios! \u00bfQu\u00e9 es esto que oigo? \u00bfQu\u00e9 voz es esta que ha llegado a mis o\u00eddos?<\/p>\n<p>Volvi\u00f3 la cabeza a estos gritos aquella se\u00f1ora, toda sobresaltada, y, no viendo qui\u00e9n las daba, se levant\u00f3 en pie y fuese a entrar en el aposento; lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A ella, con la turbaci\u00f3n y desasosiego, se le cay\u00f3 el tafet\u00e1n con que tra\u00eda cubierto el rostro, y descubri\u00f3 una hermosura incomparable y un rostro milagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andaba rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ah\u00ednco, que parec\u00eda persona fuera de juicio; cuyas se\u00f1ales, sin saber por qu\u00e9 las hac\u00eda, pusieron gran l\u00e1stima en Dorotea y en cuantos la miraban. Ten\u00edala el caballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado en tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le ca\u00eda, como, en efeto, se le cay\u00f3 del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada con la se\u00f1ora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la ten\u00eda era su esposo don Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo \u00edntimo de sus entra\u00f1as un luengo y trist\u00edsimo \u00bb\u00a1ay!\u00bb, se dej\u00f3 caer de espaldas desmayada; y, a no hallarse all\u00ed junto el barbero, que la recogi\u00f3 en los brazos, ella diera consigo en el suelo.<\/p>\n<p>Acudi\u00f3 luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro, y as\u00ed como la descubri\u00f3 la conoci\u00f3 don Fernando, que era el que estaba abrazado con la otra, y qued\u00f3 como muerto en verla; pero no porque dejase, con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de sus brazos; la cual hab\u00eda conocido en el suspiro a Cardenio, y \u00e9l la hab\u00eda conocido a ella. Oy\u00f3 asimesmo Cardenio el \u00a1ay! que dio Dorotea cuando se cay\u00f3 desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, sali\u00f3 del aposento despavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que ten\u00eda abrazada a Luscinda. Tambi\u00e9n don Fernando conoci\u00f3 luego a Cardenio; y todos tres, Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber lo que les hab\u00eda acontecido.<\/p>\n<p>Callaban todos y mir\u00e1banse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero rompi\u00f3 el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:<\/p>\n<p>-Dejadme, se\u00f1or don Fernando, por lo que deb\u00e9is a ser quien sois, ya que por otro respeto no lo hag\u00e1is; dejadme llegar al muro de quien yo soy yedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestras importunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras d\u00e1divas.<\/p>\n<p>Notad c\u00f3mo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha puesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sab\u00e9is por mil costosas experiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria.<\/p>\n<p>Sean, pues, parte tan claros desenga\u00f1os para que volv\u00e1is, ya que no pod\u00e1is hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme con \u00e9l la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la dar\u00e9 por bien empleada: quiz\u00e1 con mi muerte quedar\u00e1 satisfecho de la fe que le mantuve hasta el \u00faltimo trance de la vida.<\/p>\n<p>Hab\u00eda en este entretanto vuelto Dorotea en s\u00ed, y hab\u00eda estado escuchando todas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento de qui\u00e9n ella era; que, viendo que don Fernando a\u00fan no la dejaba de los brazos, ni respond\u00eda a sus razones, esforz\u00e1ndose lo m\u00e1s que pudo, se levant\u00f3 y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando mucha cantidad de hermosas y lastimeras l\u00e1grimas, as\u00ed le comenz\u00f3 a decir:<\/p>\n<p>-Si ya no es, se\u00f1or m\u00edo, que los rayos deste sol que en tus brazos eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habr\u00e1s echado de ver que la que a tus pies est\u00e1 arrodillada es la sin ventura, hasta que t\u00fa quieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quien t\u00fa, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los l\u00edmites de la honestidad, vivi\u00f3 vida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer, justos y amorosos sentimientos, abri\u00f3 las puertas de su recato y te entreg\u00f3 las llaves de su libertad: d\u00e1diva de ti tan mal agradecida, cual lo muestra bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verte yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querr\u00eda que cayese en tu imaginaci\u00f3n pensar que he venido aqu\u00ed con pasos de mi deshonra, habi\u00e9ndome tra\u00eddo s\u00f3lo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada.<\/p>\n<p>T\u00fa quisiste que yo fuese tuya, y quis\u00edstelo de manera que, aunque ahora quieras que no lo sea, no ser\u00e1 posible que t\u00fa dejes de ser m\u00edo. Mira, se\u00f1or m\u00edo, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas la incomparable voluntad que te tengo. T\u00fa no puedes ser de la hermosa Luscinda, porque eres m\u00edo, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y m\u00e1s f\u00e1cil te ser\u00e1, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quien te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. T\u00fa solicitaste mi descuido, t\u00fa rogaste a mi entereza, t\u00fa no ignoraste mi calidad, t\u00fa sabes bien de la manera que me entregu\u00e9 a toda tu voluntad: no te queda lugar ni acogida de llamarte a enga\u00f1o. Y si esto es as\u00ed, como lo es, y t\u00fa eres tan cristiano como caballero, \u00bfpor qu\u00e9 por tantos rodeos dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los principios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y leg\u00edtima esposa, qui\u00e9reme, a lo menos, y adm\u00edteme por tu esclava; que, como yo est\u00e9 en tu poder, me tendr\u00e9 por dichosa y bien afortunada. No permitas, con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra; no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales servicios que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te parece que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la m\u00eda, considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en las ilustres decendencias; cuanto m\u00e1s, que la verdadera nobleza consiste en la virtud, y si \u00e9sta a ti te falta, neg\u00e1ndome lo que tan justamente me debes, yo quedar\u00e9 con m\u00e1s ventajas de noble que las que t\u00fa tienes. En fin, se\u00f1or, lo que \u00faltimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tu esposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si ya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo ser\u00e1 la firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien t\u00fa llamaste por testigo de lo que me promet\u00edas. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no ha de faltar de dar voces callando en mitad de tus alegr\u00edas, volviendo por esta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.<\/p>\n<p>Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento y l\u00e1grimas, que los mismos que acompa\u00f1aban a don Fernando, y cuantos presentes estaban, la acompa\u00f1aron en ellas. Escuch\u00f3la don Fernando sin replicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantos sollozos y suspiros, que bien hab\u00eda de ser coraz\u00f3n de bronce el que con muestras de tanto dolor no se enterneciera. Mir\u00e1ndola estaba Luscinda, no menos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreci\u00f3n y hermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras de consuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la ten\u00edan.<\/p>\n<p>El cual, lleno de confusi\u00f3n y espanto, al cabo de un buen espacio que atentamente estuvo mirando a Dorotea, abri\u00f3 los brazos y, dejando libre a Luscinda, dijo:<\/p>\n<p>-Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener \u00e1nimo para negar tantas verdades juntas.<\/p>\n<p>Con el desmayo que Luscinda hab\u00eda tenido, as\u00ed como la dej\u00f3 don Fernando, iba a caer en el suelo; mas, hall\u00e1ndose Cardenio all\u00ed junto, que a las espaldas de don Fernando se hab\u00eda puesto porque no le conociese, prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudi\u00f3 a sostener a Luscinda, y, cogi\u00e9ndola entre sus brazos, le dijo:<\/p>\n<p>-Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas alg\u00fan descanso, leal, firme y hermosa se\u00f1ora m\u00eda, en ninguna parte creo yo que le tendr\u00e1s m\u00e1s seguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo te recibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte m\u00eda.<\/p>\n<p>A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzado a conocerle, primero por la voz, y asegur\u00e1ndose que \u00e9l era con la vista, casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ning\u00fan honesto respeto, le ech\u00f3 los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:<\/p>\n<p>-Vos s\u00ed, se\u00f1or m\u00edo, sois el verdadero due\u00f1o desta vuestra captiva, aunque m\u00e1s lo impida la contraria suerte, y, aunque m\u00e1s amenazas le hagan a esta vida que en la vuestra se sustenta.<\/p>\n<p>Estra\u00f1o espect\u00e1culo fue \u00e9ste para don Fernando y para todos los circunstantes, admir\u00e1ndose de tan no visto suceso. Pareci\u00f3le a Dorotea que don Fernando hab\u00eda perdido la color del rostro y que hac\u00eda adem\u00e1n de querer vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la espada; y, as\u00ed como lo pens\u00f3, con no vista presteza se abraz\u00f3 con \u00e9l por las rodillas, bes\u00e1ndoselas y teni\u00e9ndole apretado, que no le dejaba mover, y, sin cesar un punto de sus l\u00e1grimas, le dec\u00eda:<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 es lo que piensas hacer, \u00fanico refugio m\u00edo, en este tan impensado trance? T\u00fa tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea est\u00e1 en los brazos de su marido. Mira si te estar\u00e1 bien o te ser\u00e1 posible deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendr\u00e1 querer levantar a igualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en su verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, ba\u00f1ados de licor amoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es te ruego, y por quien t\u00fa eres te suplico, que este tan notorio desenga\u00f1o no s\u00f3lo no acreciente tu ira, sino que la meng\u00fce en tal manera, que con quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sin impedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere conced\u00e9rsele; y en esto mostrar\u00e1s la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y ver\u00e1 el mundo que tiene contigo m\u00e1s fuerza la raz\u00f3n que el apetito.<\/p>\n<p>En tanto que esto dec\u00eda Dorotea, aunque Cardenio ten\u00eda abrazada a Luscinda, no quitaba los ojos de don Fernando, con determinaci\u00f3n de que, si le viese hacer alg\u00fan movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender como mejor pudiese a todos aquellos que en su da\u00f1o se mostrasen, aunque le costase la vida. Pero a esta saz\u00f3n acudieron los amigos de don Fernando, y el cura y el barbero, que a todo hab\u00edan estado presentes, sin que faltase el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplic\u00e1ndole tuviese por bien de mirar las l\u00e1grimas de Dorotea; y que, siendo verdad, como sin duda ellos cre\u00edan que lo era, lo que en sus razones hab\u00eda dicho, que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Que considerase que, no acaso, como parec\u00eda, sino con particular providencia del cielo, se hab\u00edan todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; y que advirtiese -dijo el cura- que sola la muerte pod\u00eda apartar a Luscinda de Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellos tendr\u00edan por felic\u00edsima su muerte; y que en los lazos inremediables era suma cordura, forz\u00e1ndose y venci\u00e9ndose a s\u00ed mismo, mostrar un generoso pecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que el cielo ya les hab\u00eda concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldad de Dorotea, y ver\u00eda que pocas o ninguna se le pod\u00edan igualar, cuanto m\u00e1s hacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo del amor que le ten\u00eda; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba de caballero y de cristiano, que no pod\u00eda hacer otra cosa que cumplille la palabra dada, y que, cumpli\u00e9ndosela, cumplir\u00eda con Dios y satisfar\u00eda a las gentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de la hermosura, aunque est\u00e9 en sujeto humilde, como se acompa\u00f1e con la honestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota de menoscabo del que la levanta e iguala a s\u00ed mismo; y, cuando se cumplen las fuertes leyes del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de ser culpado el que las sigue.<\/p>\n<p>En efeto, a estas razones a\u00f1adieron todos otras, tales y tantas, que el valeroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre sangre) se abland\u00f3 y se dej\u00f3 vencer de la verdad, que \u00e9l no pudiera negar aunque quisiera; y la se\u00f1al que dio de haberse rendido y entregado al buen parecer que se le hab\u00eda propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, dici\u00e9ndole:<\/p>\n<p>-Levantaos, se\u00f1ora m\u00eda, que no es justo que est\u00e9 arrodillada a mis pies la que yo tengo en mi alma; y si hasta aqu\u00ed no he dado muestras de lo que digo, quiz\u00e1 ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la fe con que me am\u00e1is, os sepa estimar en lo que merec\u00e9is. Lo que os ruego es que no me reprehend\u00e1is mi mal t\u00e9rmino y mi mucho descuido, pues la misma ocasi\u00f3n y fuerza que me movi\u00f3 para acetaros por m\u00eda, esa misma me impeli\u00f3 para procurar no ser vuestro. Y que esto sea verdad, volved y mirad los ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallar\u00e9is disculpa de todos mis yerros; y, pues ella hall\u00f3 y alcanz\u00f3 lo que deseaba, y yo he hallado en vos lo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices a\u00f1os con su Cardenio, que yo rogar\u00e9 al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.<\/p>\n<p>Y, diciendo esto, la torn\u00f3 a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, con tan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que las l\u00e1grimas no acabasen de dar indubitables se\u00f1as de su amor y arrepentimiento. No lo hicieron as\u00ed las de Luscinda y Cardenio, y aun las de casi todos los que all\u00ed presentes estaban, porque comenzaron a derramar tantas, los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no parec\u00eda sino que alg\u00fan grave y mal caso a todos hab\u00eda sucedido. Hasta Sancho Panza lloraba, aunque despu\u00e9s dijo que no lloraba \u00e9l sino por ver que Dorotea no era, como \u00e9l pensaba, la reina Micomicona, de quien \u00e9l tantas mercedes esperaba. Dur\u00f3 alg\u00fan espacio, junto con el llanto, la admiraci\u00f3n en todos, y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas ante don Fernando, d\u00e1ndole gracias de la merced que les hab\u00eda hecho con tan corteses razones, que don Fernando no sab\u00eda qu\u00e9 responderles; y as\u00ed, los levant\u00f3 y abraz\u00f3 con muestras de mucho amor y de mucha cortes\u00eda.<\/p>\n<p>Pregunt\u00f3 luego a Dorotea le dijese c\u00f3mo hab\u00eda venido a aquel lugar tan lejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, cont\u00f3 todo lo que antes hab\u00eda contado a Cardenio, de lo cual gust\u00f3 tanto don Fernando y los que con \u00e9l ven\u00edan, que quisieran que durara el cuento m\u00e1s tiempo: tanta era la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, as\u00ed como hubo acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le hab\u00eda acontecido despu\u00e9s que hall\u00f3 el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa de Cardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si de sus padres no fuera impedido; y que as\u00ed, se sali\u00f3 de su casa, despechado y corrido, con determinaci\u00f3n de vengarse con m\u00e1s comodidad; y que otro d\u00eda supo como Luscinda hab\u00eda faltado de casa de sus padres, sin que nadie supiese decir d\u00f3nde se hab\u00eda ido, y que, en resoluci\u00f3n, al cabo de algunos meses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarse en \u00e9l toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, as\u00ed como lo supo, escogiendo para su compa\u00f1\u00eda aquellos tres caballeros, vino al lugar donde estaba, a la cual no hab\u00eda querido hablar, temeroso que, en sabiendo que \u00e9l estaba all\u00ed, hab\u00eda de haber m\u00e1s guarda en el monesterio; y as\u00ed, aguardando un d\u00eda a que la porter\u00eda estuviese abierta, dej\u00f3 a los dos a la guarda de la puerta, y \u00e9l, con otro, hab\u00edan entrado en el monesterio buscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con una monja; y, arrebat\u00e1ndola, sin darle lugar a otra cosa, se hab\u00edan venido con ella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester para traella. Todo lo cual hab\u00edan podido hacer bien a su salvo, por estar el monesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, as\u00ed como Luscinda se vio en su poder, perdi\u00f3 todos los sentidos; y que, despu\u00e9s de vuelta en s\u00ed, no hab\u00eda hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablar palabra alguna; y que as\u00ed, acompa\u00f1ados de silencio y de l\u00e1grimas, hab\u00edan llegado a aquella venta, que para \u00e9l era haber llegado al cielo, donde se rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Primera parte CAP\u00cdTULO XXXVI Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo: -Esta que viene es\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" href=\"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xxxvi-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra\/\">Seguir leyendo&#8230;<i class=\"crycon-right-dir\"><\/i><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":75,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"rop_custom_images_group":[],"rop_custom_messages_group":[],"rop_publish_now":"initial","rop_publish_now_accounts":{"twitter_226634691_226634691":""},"rop_publish_now_history":[],"rop_publish_now_status":"pending","_uag_custom_page_level_css":"","footnotes":""},"categories":[5,1109],"tags":[1010,1016,1012,2685,1013,1144,1165,2686,1466,2684,2683,1025,1033],"class_list":["post-1069","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-literatura","category-textos-literarios","tag-amor","tag-arte","tag-ave","tag-capitulo","tag-ciencia","tag-leyes","tag-mancha","tag-miguel","tag-parte","tag-primera","tag-quijote","tag-rosa","tag-vino"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.4 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>&quot;Don Quijote de La Mancha&quot; 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