{"id":1061,"date":"2010-12-17T20:05:19","date_gmt":"2010-12-17T18:05:19","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=1061"},"modified":"2018-12-22T03:12:43","modified_gmt":"2018-12-22T01:12:43","slug":"don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xxviii-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xxviii-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra\/","title":{"rendered":"\u00abDon Quijote de La Mancha\u00bb (Primera parte &#8211; cap\u00edtulo XXVIII de LII) [Miguel de Cervantes Saavedra]"},"content":{"rendered":"<p>Primera parte<\/p>\n<p><strong>CAP\u00cdTULO XXVIII<\/strong><\/p>\n<p><strong>Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedi\u00f3 en la mesma sierra<\/strong><\/p>\n<p>Felic\u00edsimos y venturosos fueron los tiempos donde se ech\u00f3 al mundo el audac\u00edsimo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan honrosa determinaci\u00f3n como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya perdida y casi muerta orden de la andante caballer\u00eda, gozamos ahora, en esta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no s\u00f3lo de la dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della, que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado hilo, cuenta que, as\u00ed como el cura comenz\u00f3 a prevenirse para consolar a Cardenio, lo impidi\u00f3 una voz que lleg\u00f3 a sus o\u00eddos, que, con tristes acentos, dec\u00eda desta manera:<\/p>\n<p>-\u00a1Ay Dios! \u00bfSi ser\u00e1 posible que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo? S\u00ed ser\u00e1, si la soledad que prometen estas sierras no me miente. \u00a1Ay, desdichada, y cu\u00e1n m\u00e1s agradable compa\u00f1\u00eda har\u00e1n estos riscos y malezas a mi intenci\u00f3n, pues me dar\u00e1n lugar para que con quejas comunique mi desgracia al cielo, que no la de ning\u00fan hombre humano, pues no hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los males!<\/p>\n<p>Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con \u00e9l estaban, y por parecerles, como ello era, que all\u00ed junto las dec\u00edan, se levantaron a buscar el due\u00f1o, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detr\u00e1s de un pe\u00f1asco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por all\u00ed corr\u00eda, no se le pudieron ver por entonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que d\u00e9l no fueron sentidos, ni \u00e9l estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que no parec\u00edan sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se hab\u00edan nacido. Suspendi\u00f3les la blancura y belleza de los pies, pareci\u00e9ndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras el arado y los bueyes, como mostraba el h\u00e1bito de su due\u00f1o; y as\u00ed, viendo que no hab\u00edan sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo se\u00f1as a los otros dos que se agazapasen o escondiesen detr\u00e1s de unos pedazos de pe\u00f1a que all\u00ed hab\u00eda, y as\u00ed lo hicieron todos, mirando con atenci\u00f3n lo que el mozo hac\u00eda; el cual tra\u00eda puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy ce\u00f1ido al cuerpo con una toalla blanca. Tra\u00eda, ansimesmo, unos calzones y polainas de pa\u00f1o pardo, y en la cabeza una montera parda. Ten\u00eda las polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de blanco alabastro parec\u00eda. Acab\u00f3se de lavar los hermosos pies, y luego, con un pa\u00f1o de tocar, que sac\u00f3 debajo de la montera, se los limpi\u00f3; y, al querer quit\u00e1rsele, alz\u00f3 el rostro, y tuvieron lugar los que mir\u00e1ndole estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura, con voz baja:<\/p>\n<p>-\u00c9sta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.<\/p>\n<p>El mozo se quit\u00f3 la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parec\u00eda labrador era mujer, y delicada, y aun la m\u00e1s hermosa que hasta entonces los ojos de los dos hab\u00edan visto, y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a Luscinda; que despu\u00e9s afirm\u00f3 que sola la belleza de Luscinda pod\u00eda contender con aqu\u00e9lla. Los luengos y rubios cabellos no s\u00f3lo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parec\u00eda: tales y tantos eran. En esto, les sirvi\u00f3 de peine unas manos, que si los pies en el agua hab\u00edan parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en m\u00e1s admiraci\u00f3n y en m\u00e1s deseo de saber qui\u00e9n era pon\u00eda a los tres que la miraban.<\/p>\n<p>Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de ponerse en pie, la hermosa moza alz\u00f3 la cabeza, y, apart\u00e1ndose los cabellos de delante de los ojos con entrambas manos, mir\u00f3 los que el ruido hac\u00edan; y apenas los hubo visto, cuando se levant\u00f3 en pie, y, sin aguardar a calzarse ni a recoger los cabellos, asi\u00f3 con mucha presteza un bulto, como de ropa, que junto a s\u00ed ten\u00eda, y quiso ponerse en huida, llena de turbaci\u00f3n y sobresalto; mas no hubo dado seis pasos cuando, no pudiendo sufrir los delicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo. Lo cual visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero que le dijo:\u00a0<\/p>\n<p>-Deteneos, se\u00f1ora, quienquiera que se\u00e1is, que los que aqu\u00ed veis s\u00f3lo tienen intenci\u00f3n de serviros. No hay para qu\u00e9 os pong\u00e1is en tan impertinente huida, porque ni vuestros pies lo podr\u00e1n sufrir ni nosotros consentir.<\/p>\n<p>A todo esto, ella no respond\u00eda palabra, at\u00f3nita y confusa. Llegaron, pues, a ella, y, asi\u00e9ndola por la mano el cura, prosigui\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>-Lo que vuestro traje, se\u00f1ora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren: se\u00f1ales claras que no deben de ser de poco momento las causas que han disfrazado vuestra belleza en h\u00e1bito tan indigno, y tra\u00eddola a tanta soledad como es \u00e9sta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para dar remedio a vuestros males, a lo menos para darles consejo, pues ning\u00fan mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al estremo de serlo, mientras no acaba la vida, que reh\u00faya de no escuchar siquiera el consejo que con buena intenci\u00f3n se le da al que lo padece. As\u00ed que, se\u00f1ora m\u00eda, o se\u00f1or m\u00edo, o lo que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra vista os ha causado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros juntos, o en cada uno, hallar\u00e9is quien os ayude a sentir vuestras desgracias.<\/p>\n<p>En tanto que el cura dec\u00eda estas razones, estaba la disfrazada moza como embelesada, mir\u00e1ndolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna: bien as\u00ed como r\u00fastico aldeano que de improviso se le muestran cosas raras y d\u00e9l jam\u00e1s vistas. Mas, volviendo el cura a decirle otras razones al mesmo efeto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompi\u00f3 el silencio y dijo:<\/p>\n<p>-Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni la soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi lengua, en balde ser\u00eda fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese, ser\u00eda m\u00e1s por cortes\u00eda que por otra raz\u00f3n alguna. Presupuesto esto, digo, se\u00f1ores, que os agradezco el ofrecimiento que me hab\u00e9is hecho, el cual me ha puesto en obligaci\u00f3n de satisfaceros en todo lo que me hab\u00e9is pedido, puesto que temo que la relaci\u00f3n que os hiciere de mis desdichas os ha de causar, al par de la compasi\u00f3n, la pesadumbre, porque no hab\u00e9is de hallar remedio para remediarlas ni consuelo para entretenerlas. Pero, con todo esto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, habi\u00e9ndome ya conocido por mujer y vi\u00e9ndome moza, sola y en este traje, cosas todas juntas, y cada una por s\u00ed, que pueden echar por tierra cualquier honesto cr\u00e9dito, os habr\u00e9 de decir lo que quisiera callar si pudiera.<\/p>\n<p>Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer parec\u00eda, con tan suelta lengua, con voz tan suave, que no menos les admir\u00f3 su discreci\u00f3n que su hermosura. Y, torn\u00e1ndole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse m\u00e1s de rogar, calz\u00e1ndose con toda honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomod\u00f3 en el asiento de una piedra, y, puestos los tres alrededor della, haci\u00e9ndose fuerza por detener algunas l\u00e1grimas que a los ojos se le ven\u00edan, con voz reposada y clara, comenz\u00f3 la historia de su vida desta manera:<\/p>\n<p>-\u00abEn esta Andaluc\u00eda hay un lugar de quien toma t\u00edtulo un duque, que le hace uno de los que llaman grandes en Espa\u00f1a. \u00c9ste tiene dos hijos: el mayor, heredero de su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres; y el menor, no s\u00e9 yo de qu\u00e9 sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los embustes de Galal\u00f3n. Deste se\u00f1or son vasallos mis padres, humildes en linaje, pero tan ricos que si los bienes de su naturaleza igualaran a los de su fortuna, ni ellos tuvieran m\u00e1s que desear ni yo temiera verme en la desdicha en que me veo; porque quiz\u00e1 nace mi poca ventura de la que no tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan bajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a m\u00ed me quiten la imaginaci\u00f3n que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos, en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante, y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos que su riqueza y magn\u00edfico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que ellos se preciaban era de tenerme a m\u00ed por hija; y, as\u00ed por no tener otra ni otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una de las m\u00e1s regaladas hijas que padres jam\u00e1s regalaron. Era el espejo en que se miraban, el b\u00e1culo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban, midi\u00e9ndolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos tan buenos, los m\u00edos no sal\u00edan un punto. Y del mismo modo que yo era se\u00f1ora de sus \u00e1nimos, ans\u00ed lo era de su hacienda: por m\u00ed se receb\u00edan y desped\u00edan los criados; la raz\u00f3n y cuenta de lo que se sembraba y cog\u00eda pasaba por mi mano; los molinos de aceite, los lagares de vino, el n\u00famero del ganado mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan rico labrador como mi padre puede tener y tiene, ten\u00eda yo la cuenta, y era la mayordoma y se\u00f1ora, con tanta solicitud m\u00eda y con tanto gusto suyo, que buenamente no acertar\u00e9 a encarecerlo. Los ratos que del d\u00eda me quedaban, despu\u00e9s de haber dado lo que conven\u00eda a los mayorales, a capataces y a otros jornaleros, los entreten\u00eda en ejercicios que son a las doncellas tan l\u00edcitos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla, y la rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el \u00e1nimo, estos ejercicios dejaba, me acog\u00eda al entretenimiento de leer alg\u00fan libro devoto, o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la m\u00fasica compone los \u00e1nimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del esp\u00edritu.<\/p>\n<p>\u00bb\u00c9sta, pues, era la vida que yo ten\u00eda en casa de mis padres, la cual, si tan particularmente he contado, no ha sido por ostentaci\u00f3n ni por dar a entender que soy rica, sino porque se advierta cu\u00e1n sin culpa me he venido de aquel buen estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es, pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un encerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse, sin ser vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa, porque los d\u00edas que iba a misa era tan de ma\u00f1ana, y tan acompa\u00f1ada de mi madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada que apenas v\u00edan mis ojos m\u00e1s tierra de aquella donde pon\u00eda los pies; y, con todo esto, los del amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que \u00e9ste es el nombre del hijo menor del duque que os he contado\u00bb.<\/p>\n<p>No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a Cardenio se le mud\u00f3 la color del rostro, y comenz\u00f3 a trasudar, con tan grande alteraci\u00f3n que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieron que le ven\u00eda aquel accidente de locura que hab\u00edan o\u00eddo decir que de cuando en cuando le ven\u00eda. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse quedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando qui\u00e9n ella era; la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosigui\u00f3 su historia, diciendo:<\/p>\n<p>-\u00abY no me hubieron bien visto cuando, seg\u00fan \u00e9l dijo despu\u00e9s, qued\u00f3 tan preso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones.<\/p>\n<p>Mas, por acabar presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas, quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para declararme su voluntad. Soborn\u00f3 toda la gente de mi casa, dio y ofreci\u00f3 d\u00e1divas y mercedes a mis parientes. Los d\u00edas eran todos de fiesta y de regocijo en mi calle; las noches no dejaban dormir a nadie las m\u00fasicas. Los billetes que, sin saber c\u00f3mo, a mis manos ven\u00edan, eran infinitos, llenos de enamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que promesas y juramentos. Todo lo cual no s\u00f3lo no me ablandaba, pero me endurec\u00eda de manera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que para reducirme a su voluntad hac\u00eda, las hiciera para el efeto contrario; no porque a m\u00ed me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que tuviese a demas\u00eda sus solicitudes; porque me daba un no s\u00e9 qu\u00e9 de contento verme tan querida y estimada de un tan principal caballero, y no me pesaba ver en sus papeles mis alabanzas: que en esto, por feas que seamos las mujeres, me parece a m\u00ed que siempre nos da gusto el o\u00edr que nos llaman hermosas.\u00a0<\/p>\n<p>\u00bbPero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos que mis padres me daban, que ya muy al descubierto sab\u00edan la voluntad de don Fernando, porque ya a \u00e9l no se le daba nada de que todo el mundo la supiese. Dec\u00edanme mis padres que en sola mi virtud y bondad dejaban y depositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad que hab\u00eda entre m\u00ed y don Fernando, y que por aqu\u00ed echar\u00eda de ver que sus pensamientos, aunque \u00e9l dijese otra cosa, mas se encaminaban a su gusto que a mi provecho; y que si yo quisiese poner en alguna manera alg\u00fan inconveniente para que \u00e9l se dejase de su injusta pretensi\u00f3n, que ellos me casar\u00edan luego con quien yo m\u00e1s gustase: as\u00ed de los m\u00e1s principales de nuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo se pod\u00eda esperar de su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos, y con la verdad que ellos me dec\u00edan, fortificaba yo mi entereza, y jam\u00e1s quise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque de muy lejos, esperanza de alcanzar su deseo.<\/p>\n<p>\u00bbTodos estos recatos m\u00edos, que \u00e9l deb\u00eda de tener por desdenes, debieron de ser causa de avivar m\u00e1s su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la voluntad que me mostraba; la cual, si ella fuera como deb\u00eda, no la supi\u00e9rades vosotros ahora, porque hubiera faltado la ocasi\u00f3n de dec\u00edrosla.<\/p>\n<p>Finalmente, don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado, por quitalle a \u00e9l la esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviese m\u00e1s guardas para guardarme; y esta nueva o sospecha fue causa para que hiciese lo que ahora oir\u00e9is. Y fue que una noche, estando yo en mi aposento con sola la compa\u00f1\u00eda de una doncella que me serv\u00eda, teniendo bien cerradas las puertas, por temor que, por descuido, mi honestidad no se viese en peligro, sin saber ni imaginar c\u00f3mo, en medio destos recatos y prevenciones, y en la soledad deste silencio y encierro, me le hall\u00e9 delante, cuya vista me turb\u00f3 de manera que me quit\u00f3 la de mis ojos y me enmudeci\u00f3 la lengua; y as\u00ed, no fui poderosa de dar voces, ni aun \u00e9l creo que me las dejara dar, porque luego se lleg\u00f3 a m\u00ed, y, tom\u00e1ndome entre sus brazos (porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme, seg\u00fan estaba turbada), comenz\u00f3 a decirme tales razones, que no s\u00e9 c\u00f3mo es posible que tenga tanta habilidad la mentira que las sepa componer de modo que parezcan tan verdaderas. Hac\u00eda el traidor que sus l\u00e1grimas acreditasen sus palabras y los suspiros su intenci\u00f3n. Yo, pobrecilla, sola entre los m\u00edos, mal ejercitada en casos semejantes, comenc\u00e9, no s\u00e9 en qu\u00e9 modo, a tener por verdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me moviesen a compasi\u00f3n menos que buena sus l\u00e1grimas y suspiros.<\/p>\n<p>\u00bbY as\u00ed, pas\u00e1ndoseme aquel sobresalto primero, torn\u00e9 alg\u00fan tanto a cobrar mis perdidos esp\u00edritus, y con m\u00e1s \u00e1nimo del que pens\u00e9 que pudiera tener, le dije: \u00bbSi como estoy, se\u00f1or, en tus brazos, estuviera entre los de un le\u00f3n fiero y el librarme dellos se me asegurara con que hiciera, o dijera, cosa que fuera en perjuicio de mi honestidad, as\u00ed fuera posible hacella o decilla como es posible dejar de haber sido lo que fue. As\u00ed que, si t\u00fa tienes ce\u00f1ido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo atada mi alma con mis buenos deseos, que son tan diferentes de los tuyos como lo ver\u00e1s si con hacerme fuerza quisieres pasar adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no tu esclava; ni tiene ni debe tener imperio la nobleza de tu sangre para deshonrar y tener en poco la humildad de la m\u00eda; y en tanto me estimo yo, villana y labradora, como t\u00fa, se\u00f1or y caballero. Conmigo no han de ser de ning\u00fan efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus palabras han de poder enga\u00f1arme, ni tus suspiros y l\u00e1grimas enternecerme. Si alguna de todas estas cosas que he dicho viera yo en el que mis padres me dieran por esposo, a su voluntad se ajustara la m\u00eda, y mi voluntad de la suya no saliera; de modo que, como quedara con honra, aunque quedara sin gusto, de grado te entregara lo que t\u00fa, se\u00f1or, ahora con tanta fuerza procuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que de m\u00ed alcance cosa alguna el que no fuere mi lig\u00edtimo esposo\u00bb. \u00bbSi no reparas m\u00e1s que en eso, bell\u00edsima Dorotea -(que \u00e9ste es el nombre desta desdichada), dijo el desleal caballero-, ves: aqu\u00ed te doy la mano de serlo tuyo, y sean testigos desta verdad los cielos, a quien ninguna cosa se asconde, y esta imagen de Nuestra Se\u00f1ora que aqu\u00ed tienes\u00bb.\u00bb<\/p>\n<p>Cuando Cardenio le oy\u00f3 decir que se llamaba Dorotea, torn\u00f3 de nuevo a sus sobresaltos y acab\u00f3 de confirmar por verdadera su primera opini\u00f3n; pero no quiso interromper el cuento, por ver en qu\u00e9 ven\u00eda a parar lo que \u00e9l ya casi sab\u00eda; s\u00f3lo dijo:<\/p>\n<p>-\u00bfQue Dorotea es tu nombre, se\u00f1ora? Otra he o\u00eddo yo decir del mesmo, que quiz\u00e1 corre parejas con tus desdichas. Pasa adelante, que tiempo vendr\u00e1 en que te diga cosas que te espanten en el mesmo grado que te lastimen.<\/p>\n<p>Repar\u00f3 Dorotea en las razones de Cardenio y en su estra\u00f1o y desastrado traje, y rog\u00f3le que si alguna cosa de su hacienda sab\u00eda, se la dijese luego; porque si algo le hab\u00eda dejado bueno la fortuna, era el \u00e1nimo que ten\u00eda para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese, segura de que, a su parecer, ninguno pod\u00eda llegar que el que ten\u00eda acrecentase un punto.<\/p>\n<p>-No le perdiera yo, se\u00f1ora -respondi\u00f3 Cardenio-, en decirte lo que pienso, si fuera verdad lo que imagino; y hasta ahora no se pierde coyuntura, ni a ti te importa nada el saberlo.<\/p>\n<p>-Sea lo que fuere -respondi\u00f3 Dorotea-, \u00ablo que en mi cuento pasa fue que, tomando don Fernando una imagen que en aquel aposento estaba, la puso por testigo de nuestro desposorio. Con palabras eficac\u00edsimas y juramentos estraordinarios, me dio la palabra de ser mi marido, puesto que, antes que acabase de decirlas, le dije que mirase bien lo que hac\u00eda y que considerase el enojo que su padre hab\u00eda de recebir de verle casado con una villana vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal cual era, pues no era bastante para hallar en ella disculpa de su yerro, y que si alg\u00fan bien me quer\u00eda hacer, por el amor que me ten\u00eda, fuese dejar correr mi suerte a lo igual de lo que mi calidad pod\u00eda, porque nunca los tan desiguales casamientos se gozan ni duran mucho en aquel gusto con que se comienzan.\u00a0<\/p>\n<p>\u00bbTodas estas razones que aqu\u00ed he dicho le dije, y otras muchas de que no me acuerdo, pero no fueron parte para que \u00e9l dejase de seguir su intento, bien ans\u00ed como el que no piensa pagar, que, al concertar de la barata, no repara en inconvenientes. Yo, a esta saz\u00f3n, hice un breve discurso conmigo, y me dije a m\u00ed mesma: \u00bbS\u00ed, que no ser\u00e9 yo la primera que por v\u00eda de matrimonio haya subido de humilde a grande estado, ni ser\u00e1 don Fernando el primero a quien hermosura, o ciega afici\u00f3n, que es lo m\u00e1s cierto, haya hecho tomar compa\u00f1\u00eda desigual a su grandeza. Pues si no hago ni mundo ni uso nuevo, bien es acudir a esta honra que la suerte me ofrece, puesto que en \u00e9ste no dure m\u00e1s la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su deseo; que, en fin, para con Dios ser\u00e9 su esposa. Y si quiero con desdenes despedille, en t\u00e9rmino le veo que, no usando el que debe, usar\u00e1 el de la fuerza y vendr\u00e9 a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa que me pod\u00eda dar el que no supiere cu\u00e1n sin ella he venido a este punto. Porque, \u00bfqu\u00e9 razones ser\u00e1n bastantes para persuadir a mis padres, y a otros, que este caballero entr\u00f3 en mi aposento sin consentimiento m\u00edo?\u00bb<\/p>\n<p>\u00bbTodas estas demandas y respuestas revolv\u00ed yo en un instante en la imaginaci\u00f3n; y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza y a inclinarme a lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdici\u00f3n: los juramentos de don Fernando, los testigos que pon\u00eda, las l\u00e1grimas que derramaba, y, finalmente, su disposici\u00f3n y gentileza, que, acompa\u00f1ada con tantas muestras de verdadero amor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado coraz\u00f3n como el m\u00edo.\u00a0<\/p>\n<p>Llam\u00e9 a mi criada, para que en la tierra acompa\u00f1ase a los testigos del cielo; torn\u00f3 don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; a\u00f1adi\u00f3 a los primeros nuevos santos por testigos; ech\u00f3se mil futuras maldiciones, si no cumpliese lo que me promet\u00eda; volvi\u00f3 a humedecer sus ojos y a acrecentar sus suspiros; apret\u00f3me m\u00e1s entre sus brazos, de los cuales jam\u00e1s me hab\u00eda dejado; y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dej\u00e9 de serlo y \u00e9l acab\u00f3 de ser traidor y fementido.<\/p>\n<p>\u00bbEl d\u00eda que sucedi\u00f3 a la noche de mi desgracia se ven\u00eda aun no tan apriesa como yo pienso que don Fernando deseaba, porque, despu\u00e9s de cumplido aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse de donde le alcanzaron. Digo esto porque don Fernando dio priesa por partirse de m\u00ed, y, por industria de mi doncella, que era la misma que all\u00ed le hab\u00eda tra\u00eddo, antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al despedirse de m\u00ed, aunque no con tanto ah\u00ednco y vehemencia como cuando vino, me dijo que estuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; y, para m\u00e1s confirmaci\u00f3n de su palabra, sac\u00f3 un rico anillo del dedo y lo puso en el m\u00edo. En efecto, \u00e9l se fue y yo qued\u00e9 ni s\u00e9 si triste o alegre; esto s\u00e9 bien decir: que qued\u00e9 confusa y pensativa, y casi fuera de m\u00ed con el nuevo acaecimiento, y no tuve \u00e1nimo, o no se me acord\u00f3, de re\u00f1ir a mi doncella por la traici\u00f3n cometida de encerrar a don Fernando en mi mismo aposento, porque a\u00fan no me determinaba si era bien o mal el que me hab\u00eda sucedido. D\u00edjele, al partir, a don Fernando que por el mesmo camino de aqu\u00e9lla pod\u00eda verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando \u00e9l quisiese, aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue la siguiente, ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en m\u00e1s de un mes; que en vano me cans\u00e9 en solicitallo, puesto que supe que estaba en la villa y que los m\u00e1s d\u00edas iba a caza, ejercicio de que \u00e9l era muy aficionado.<\/p>\n<p>\u00bbEstos d\u00edas y estas horas bien s\u00e9 yo que para m\u00ed fueron aciagos y menguadas, y bien s\u00e9 que comenc\u00e9 a dudar en ellos, y aun a descreer de la fe de don Fernando; y s\u00e9 tambi\u00e9n que mi doncella oy\u00f3 entonces las palabras que en reprehensi\u00f3n de su atrevimiento antes no hab\u00eda o\u00eddo; y s\u00e9 que me fue forzoso tener cuenta con mis l\u00e1grimas y con la compostura de mi rostro, por no dar ocasi\u00f3n a que mis padres me preguntasen que de qu\u00e9 andaba descontenta y me obligasen a buscar mentiras que decilles. Pero todo esto se acab\u00f3 en un punto, lleg\u00e1ndose uno donde se atropellaron respectos y se acabaron los honrados discursos, y adonde se perdi\u00f3 la paciencia y salieron a plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue porque, de all\u00ed a pocos d\u00edas, se dijo en el lugar como en una ciudad all\u00ed cerca se hab\u00eda casado don Fernando con una doncella hermos\u00edsima en todo estremo, y de muy principales padres, aunque no tan rica que, por la dote, pudiera aspirar a tan noble casamiento. D\u00edjose que se llamaba Luscinda, con otras cosas que en sus desposorios sucedieron dignas de admiraci\u00f3n.\u00bb<\/p>\n<p>Oy\u00f3 Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra cosa que encoger los hombros, morderse los labios, enarcar las cejas y dejar de all\u00ed a poco caer por sus ojos dos fuentes de l\u00e1grimas. Mas no por esto dej\u00f3 Dorotea de seguir su cuento, diciendo:<\/p>\n<p>-\u00abLleg\u00f3 esta triste nueva a mis o\u00eddos, y, en lugar de hel\u00e1rseme el coraz\u00f3n en o\u00edlla, fue tanta la c\u00f3lera y rabia que se encendi\u00f3 en \u00e9l, que falt\u00f3 poco para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevos\u00eda y traici\u00f3n que se me hab\u00eda hecho. Mas templ\u00f3se esta furia por entonces con pensar de poner aquella mesma noche por obra lo que puse: que fue ponerme en este h\u00e1bito, que me dio uno de los que llaman zagales en casa de los labradores, que era criado de mi padre, al cual descubr\u00ed toda mi desventura, y le rogu\u00e9 me acompa\u00f1ase hasta la ciudad donde entend\u00ed que mi enemigo estaba. \u00c9l, despu\u00e9s que hubo reprehendido mi atrevimiento y afeado mi determinaci\u00f3n, vi\u00e9ndome resuelta en mi parecer, se ofreci\u00f3 a tenerme compa\u00f1\u00eda, como \u00e9l dijo, hasta el cabo del mundo. Luego, al momento, encerr\u00e9 en una almohada de lienzo un vestido de mujer, y algunas joyas y dineros, por lo que pod\u00eda suceder. Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta a mi traidora doncella, sal\u00ed de mi casa, acompa\u00f1ada de mi criado y de muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad a pie, llevada en vuelo del deseo de llegar, ya que no a estorbar lo que ten\u00eda por hecho, a lo menos a decir a don Fernando me dijese con qu\u00e9 alma lo hab\u00eda hecho.<\/p>\n<p>\u00bbLlegu\u00e9 en dos d\u00edas y medio donde quer\u00eda, y, en entrando por la ciudad, pregunt\u00e9 por la casa de los padres de Luscinda, y al primero a quien hice la pregunta me respondi\u00f3 m\u00e1s de lo que yo quisiera o\u00edr. D\u00edjome la casa y todo lo que hab\u00eda sucedido en el desposorio de su hija, cosa tan p\u00fablica en la ciudad, que se hace en corrillos para contarla por toda ella. D\u00edjome que la noche que don Fernando se despos\u00f3 con Luscinda, despu\u00e9s de haber ella dado el s\u00ed de ser su esposa, le hab\u00eda tomado un recio desmayo, y que, llegando su esposo a desabrocharle el pecho para que le diese el aire, le hall\u00f3 un papel escrito de la misma letra de Luscinda, en que dec\u00eda y declaraba que ella no pod\u00eda ser esposa de don Fernando, porque lo era de Cardenio, que, a lo que el hombre me dijo, era un caballero muy principal de la mesma ciudad; y que si hab\u00eda dado el s\u00ed a don Fernando, fue por no salir de la obediencia de sus padres. En resoluci\u00f3n, tales razones dijo que conten\u00eda el papel, que daba a entender que ella hab\u00eda tenido intenci\u00f3n de matarse en acab\u00e1ndose de desposar, y daba all\u00ed las razones por que se hab\u00eda quitado la vida. Todo lo cual dicen que confirm\u00f3 una daga que le hallaron no s\u00e9 en qu\u00e9 parte de sus vestidos. Todo lo cual visto por don Fernando, pareci\u00e9ndole que Luscinda le hab\u00eda burlado y escarnecido y tenido en poco, arremeti\u00f3 a ella, antes que de su desmayo volviese, y con la misma daga que le hallaron la quiso dar de pu\u00f1aladas; y lo hiciera si sus padres y los que se hallaron presentes no se lo estorbaran. Dijeron m\u00e1s: que luego se ausent\u00f3 don Fernando, y que Luscinda no hab\u00eda vuelto de su parasismo hasta otro d\u00eda, que cont\u00f3 a sus padres c\u00f3mo ella era verdadera esposa de aquel Cardenio que he dicho. Supe m\u00e1s: que el Cardenio, seg\u00fan dec\u00edan, se hall\u00f3 presente en los desposorios, y que, en vi\u00e9ndola desposada, lo cual \u00e9l jam\u00e1s pens\u00f3, se sali\u00f3 de la ciudad desesperado, dej\u00e1ndole primero escrita una carta, donde daba a entender el agravio que Luscinda le hab\u00eda hecho, y de c\u00f3mo \u00e9l se iba adonde gentes no le viesen.<\/p>\n<p>\u00bbEsto todo era p\u00fablico y notorio en toda la ciudad, y todos hablaban dello; y m\u00e1s hablaron cuando supieron que Luscinda hab\u00eda faltado de casa de sus padres y de la ciudad, pues no la hallaron en toda ella, de que perd\u00edan el juicio sus padres y no sab\u00edan qu\u00e9 medio se tomar para hallarla. Esto que supe puso en bando mis esperanzas, y tuve por mejor no haber hallado a don Fernando, que no hallarle casado, pareci\u00e9ndome que a\u00fan no estaba del todo cerrada la puerta a mi remedio, d\u00e1ndome yo a entender que podr\u00eda ser que el cielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo matrimonio, por atraerle a conocer lo que al primero deb\u00eda, y a caer en la cuenta de que era cristiano y que estaba m\u00e1s obligado a su alma que a los respetos humanos. Todas estas cosas revolv\u00eda en mi fantas\u00eda, y me consolaba sin tener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y desmayadas, para entretener la vida, que ya aborrezco.<\/p>\n<p>\u00bbEstando, pues, en la ciudad, sin saber qu\u00e9 hacerme, pues a don Fernando no hallaba, lleg\u00f3 a mis o\u00eddos un p\u00fablico preg\u00f3n, donde se promet\u00eda grande hallazgo a quien me hallase, dando las se\u00f1as de la edad y del mesmo traje que tra\u00eda; y o\u00ed decir que se dec\u00eda que me hab\u00eda sacado de casa de mis padres el mozo que conmigo vino, cosa que me lleg\u00f3 al alma, por ver cu\u00e1n de ca\u00edda andaba mi cr\u00e9dito, pues no bastaba perderle con mi venida, sino a\u00f1adir el con qui\u00e9n, siendo subjeto tan bajo y tan indigno de mis buenos pensamientos. Al punto que o\u00ed el preg\u00f3n, me sal\u00ed de la ciudad con mi criado, que ya comenzaba a dar muestras de titubear en la fe que de fidelidad me ten\u00eda prometida, y aquella noche nos entramos por lo espeso desta monta\u00f1a, con el miedo de no ser hallados. Pero, como suele decirse que un mal llama a otro, y que el fin de una desgracia suele ser principio de otra mayor, as\u00ed me sucedi\u00f3 a m\u00ed, porque mi buen criado, hasta entonces fiel y seguro, as\u00ed como me vio en esta soledad, incitado de su mesma bellaquer\u00eda antes que de mi hermosura, quiso aprovecharse de la ocasi\u00f3n que, a su parecer, estos yermos le ofrec\u00edan; y, con poca verg\u00fcenza y menos temor de Dios ni respeto m\u00edo, me requiri\u00f3 de amores; y, viendo que yo con feas y justas palabras respond\u00eda a las desverg\u00fcenzas de sus prop\u00f3sitos, dej\u00f3 aparte los ruegos, de quien primero pens\u00f3 aprovecharse, y comenz\u00f3 a usar de la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o ningunas veces deja de mirar y favorecer a las justas intenciones, favoreci\u00f3 las m\u00edas, de manera que con mis pocas fuerzas, y con poco trabajo, di con \u00e9l por un derrumbadero, donde le dej\u00e9, ni s\u00e9 si muerto o si vivo; y luego, con m\u00e1s ligereza que mi sobresalto y cansancio ped\u00edan, me entr\u00e9 por estas monta\u00f1as, sin llevar otro pensamiento ni otro disignio que esconderme en ellas y huir de mi padre y de aquellos que de su parte me andaban buscando.<\/p>\n<p>\u00bbCon este deseo, ha no s\u00e9 cu\u00e1ntos meses que entr\u00e9 en ellas, donde hall\u00e9 un ganadero que me llev\u00f3 por su criado a un lugar que est\u00e1 en las entra\u00f1as desta sierra, al cual he servido de zagal todo este tiempo, procurando estar siempre en el campo por encubrir estos cabellos que ahora, tan si pensarlo, me han descubierto. Pero toda mi industria y toda mi solicitud fue y ha sido de ning\u00fan provecho, pues mi amo vino en conocimiento de que yo no era var\u00f3n, y naci\u00f3 en \u00e9l el mesmo mal pensamiento que en mi criado; y, como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hall\u00e9 derrumbadero ni barranco de donde despe\u00f1ar y despenar al amo, como le hall\u00e9 para el criado; y as\u00ed, tuve por menor inconveniente dejalle y esconderme de nuevo entre estas asperezas que probar con \u00e9l mis fuerzas o mis disculpas.<\/p>\n<p>Digo, pues, que me torn\u00e9 a emboscar, y a buscar donde sin impedimento alguno pudiese con suspiros y l\u00e1grimas rogar al cielo se duela de mi desventura y me d\u00e9 industria y favor para salir della, o para dejar la vida entre estas soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan sin culpa suya habr\u00e1 dado materia para que de ella se hable y murmure en la suya y en las ajenas tierras.\u00bb<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Primera parte CAP\u00cdTULO XXVIII Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedi\u00f3 en la mesma sierra Felic\u00edsimos y venturosos fueron los tiempos donde se ech\u00f3 al mundo el audac\u00edsimo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan honrosa determinaci\u00f3n como fue\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" href=\"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xxviii-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra\/\">Seguir leyendo&#8230;<i class=\"crycon-right-dir\"><\/i><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":75,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"rop_custom_images_group":[],"rop_custom_messages_group":[],"rop_publish_now":"initial","rop_publish_now_accounts":{"twitter_226634691_226634691":""},"rop_publish_now_history":[],"rop_publish_now_status":"pending","_uag_custom_page_level_css":"","footnotes":""},"categories":[5,1109],"tags":[1010,1016,1012,1039,2685,1013,1053,1017,1052,1054,1060,1145,1165,2686,1014,1466,1057,2684,2683,1025,1033],"class_list":["post-1061","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-literatura","category-textos-literarios","tag-amor","tag-arte","tag-ave","tag-belleza","tag-capitulo","tag-ciencia","tag-dinero","tag-historia","tag-iglesia","tag-industria","tag-lengua","tag-libro","tag-mancha","tag-miguel","tag-naturaleza","tag-parte","tag-pensamiento","tag-primera","tag-quijote","tag-rosa","tag-vino"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.4 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>&quot;Don Quijote de La Mancha&quot; 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