{"id":1051,"date":"2010-12-17T19:59:20","date_gmt":"2010-12-17T17:59:20","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=1051"},"modified":"2018-12-22T03:12:40","modified_gmt":"2018-12-22T01:12:40","slug":"don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xviii-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xviii-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra\/","title":{"rendered":"\u00abDon Quijote de La Mancha\u00bb (Primera parte &#8211; cap\u00edtulo XVIII de LII) [Miguel de Cervantes Saavedra]"},"content":{"rendered":"<p>Primera parte<\/p>\n<p><strong>CAP\u00cdTULO XVIII<\/strong><\/p>\n<p><strong>Donde se cuentan las razones que pas\u00f3 Sancho Panza con su se\u00f1or Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas<\/strong><\/p>\n<p>Lleg\u00f3 Sancho a su amo marchito y desmayado; tanto, que no pod\u00eda arrear a su jumento. Cuando as\u00ed le vio don Quijote, le dijo:<\/p>\n<p>-Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo o venta, de que es encantado sin duda; porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo contigo, \u00bfqu\u00e9 pod\u00edan ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo esto por haber visto que, cuando estaba por las bardas del corral mirando los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni menos pude apearme de Rocinante, porque me deb\u00edan de tener encantado; que te juro, por la fe de quien soy, que si pudiera subir o apearme, que yo te hiciera vengado de manera que aquellos follones y malandrines se acordaran de la burla para siempre, aunque en ello supiera contravenir a las leyes de la caballer\u00eda, que, como ya muchas veces te he dicho, no consienten que caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urgente y gran necesidad.<\/p>\n<p>-Tambi\u00e9n me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero no pude; aunque tengo para m\u00ed que aquellos que se holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de carne y hueso como nosotros; y todos, seg\u00fan los o\u00ed nombrar cuando me volteaban, ten\u00edan sus nombres: que el uno se llamaba Pedro Mart\u00ednez, y el otro Tenorio Hern\u00e1ndez, y el ventero o\u00ed que se llamaba Juan Palomeque el Zurdo. As\u00ed que, se\u00f1or, el no poder saltar las bardas del corral, ni apearse del caballo, en \u00e1l estuvo que en encantamentos. Y lo que yo saco en limpio de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando, al cabo al cabo, nos han de traer a tantas desventuras que no sepamos cu\u00e1l es nuestro pie derecho. Y lo que ser\u00eda mejor y m\u00e1s acertado, seg\u00fan mi poco entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de entender en la hacienda, dej\u00e1ndonos de andar de Ceca en Meca y de zoca en colodra, como dicen.<\/p>\n<p>-\u00a1Qu\u00e9 poco sabes, Sancho -respondi\u00f3 don Quijote-, de achaque de caballer\u00eda! Calla y ten paciencia, que d\u00eda vendr\u00e1 donde veas por vista de ojos cu\u00e1n honrosa cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: \u00bfqu\u00e9 mayor contento puede haber en el mundo, o qu\u00e9 gusto puede igualarse al de vencer una batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna.<\/p>\n<p>-As\u00ed debe de ser -respondi\u00f3 Sancho-, puesto que yo no lo s\u00e9; s\u00f3lo s\u00e9 que, despu\u00e9s que somos caballeros andantes, o vuestra merced lo es (que yo no hay para qu\u00e9 me cuente en tan honroso n\u00famero), jam\u00e1s hemos vencido batalla alguna, si no fue la del vizca\u00edno, y aun de aqu\u00e9lla sali\u00f3 vuestra merced con media oreja y media celada menos; que, despu\u00e9s ac\u00e1, todo ha sido palos y m\u00e1s palos, pu\u00f1adas y m\u00e1s pu\u00f1adas, llevando yo de ventaja el manteamiento y haberme sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme, para saber hasta d\u00f3nde llega el gusto del vencimiento del enemigo, como vuestra merced dice.<\/p>\n<p>-\u00c9sa es la pena que yo tengo y la que t\u00fa debes tener, Sancho -respondi\u00f3 don Quijote-; pero, de aqu\u00ed adelante, yo procurar\u00e9 haber a las manos alguna espada hecha por tal maestr\u00eda, que al que la trujere consigo no le puedan hacer ning\u00fan g\u00e9nero de encantamentos; y aun podr\u00eda ser que me deparase la ventura aquella de Amad\u00eds, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente Espada, que fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo, porque, fuera que ten\u00eda la virtud dicha, cortaba como una navaja, y no hab\u00eda armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase delante.<\/p>\n<p>-Yo soy tan venturoso -dijo Sancho- que, cuando eso fuese y vuestra merced viniese a hallar espada semejante, s\u00f3lo vendr\u00eda a servir y aprovechar a los armados caballeros, como el b\u00e1lsamo; y los escuderos, que se los papen duelos.<\/p>\n<p>-No temas eso, Sancho -dijo don Quijote-, que mejor lo har\u00e1 el cielo contigo.<\/p>\n<p>Es estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban ven\u00eda hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en vi\u00e9ndola, se volvi\u00f3 a Sancho y le dijo:<\/p>\n<p>-\u00c9ste es el d\u00eda, \u00a1oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; \u00e9ste es el d\u00eda, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos.<\/p>\n<p>\u00bfVes aquella polvareda que all\u00ed se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copios\u00edsimo ej\u00e9rcito que de diversas e innumerables gentes por all\u00ed viene marchando.<\/p>\n<p>-A esa cuenta, dos deben de ser -dijo Sancho-, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.<\/p>\n<p>Volvi\u00f3 a mirarlo don Quijote, y vio que as\u00ed era la verdad; y, alegr\u00e1ndose sobremanera, pens\u00f3, sin duda alguna, que eran dos ej\u00e9rcitos que ven\u00edan a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura; porque ten\u00eda a todas horas y momentos llena la fantas\u00eda de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos, amores, desaf\u00edos, que en los libros de caballer\u00edas se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hac\u00eda era encaminado a cosas semejantes. Y la polvareda que hab\u00eda visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de dos diferentes partes ven\u00edan, las cuales, con el polvo, no se echaron de ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ah\u00ednco afirmaba don Quijote que eran ej\u00e9rcitos, que Sancho lo vino a creer y a decirle:<\/p>\n<p>-Se\u00f1or, \u00bfpues qu\u00e9 hemos de hacer nosotros?<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9? -dijo don Quijote-: favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente le conduce y gu\u00eda el grande emperador Alifanfar\u00f3n, se\u00f1or de la grande isla Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo, el rey de los garamantas, Pentapol\u00e9n del Arremangado Brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.<\/p>\n<p>-Pues, \u00bfpor qu\u00e9 se quieren tan mal estos dos se\u00f1ores? -pregunt\u00f3 Sancho.<\/p>\n<p>-Quier\u00e9nse mal -respondi\u00f3 don Quijote- porque este Alefanfar\u00f3n es un foribundo pagano y est\u00e1 enamorado de la hija de Pentapol\u00edn, que es una muy fermosa y adem\u00e1s agraciada se\u00f1ora, y es cristiana, y su padre no se la quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma y se vuelve a la suya.<\/p>\n<p>-\u00a1Para mis barbas -dijo Sancho-, si no hace muy bien Pentapol\u00edn, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere!<\/p>\n<p>-En eso har\u00e1s lo que debes, Sancho -dijo don Quijote-, porque, para entrar en batallas semejantes, no se requiere ser armado caballero.<\/p>\n<p>-Bien se me alcanza eso -respondi\u00f3 Sancho-, pero, \u00bfd\u00f3nde pondremos a este asno que estemos ciertos de hallarle despu\u00e9s de pasada la refriega? Porque el entrar en ella en semejante caballer\u00eda no creo que est\u00e1 en uso hasta agora.<\/p>\n<p>-As\u00ed es verdad -dijo don Quijote-. Lo que puedes hacer d\u00e9l es dejarle a sus aventuras, ora se pierda o no, porque ser\u00e1n tantos los caballos que tendremos, despu\u00e9s que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le trueque por otro. Pero est\u00e1me atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caballeros m\u00e1s principales que en estos dos ej\u00e9rcitos vienen. Y, para que mejor los veas y notes, retir\u00e9monos a aquel altillo que all\u00ed se hace, de donde se deben de descubrir los dos ej\u00e9rcitos.<\/p>\n<p>Hici\u00e9ronlo ans\u00ed, y pusier\u00f3nse sobre una loma, desde la cual se vieran bien las dos manadas que a don Quijote se le hicieron ej\u00e9rcito, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero, con todo esto, viendo en su imaginaci\u00f3n lo que no ve\u00eda ni hab\u00eda, con voz levantada comenz\u00f3 a decir:<\/p>\n<p>-Aquel caballero que all\u00ed ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un le\u00f3n coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, se\u00f1or de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros giganteos, que est\u00e1 a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbar\u00e1n de Boliche, se\u00f1or de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta que, seg\u00fan es fama, es una de las del templo que derrib\u00f3 Sans\u00f3n, cuando con su muerte se veng\u00f3 de sus enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte y ver\u00e1s delante y en la frente destotro ej\u00e9rcito al siempre vencedor y jam\u00e1s vencido Timonel de Carcajona, pr\u00edncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que es el principio del nombre de su dama, que, seg\u00fan se dice, es la sin par Miulina, hija del duque Alfe\u00f1iqu\u00e9n del Algarbe; el otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de naci\u00f3n franc\u00e9s, llamado Pierres Pap\u00edn, se\u00f1or de las baron\u00edas de Utrique; el otro, que bate las ijadas con los herrados carca\u00f1os a aquella pintada y ligera cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice as\u00ed: Rastrea mi suerte.<\/p>\n<p>Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro escuadr\u00f3n, que \u00e9l se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la imaginaci\u00f3n de su nunca vista locura; y, sin parar, prosigui\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>-A este escuadr\u00f3n frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aqu\u00ed est\u00e1n los que beb\u00edan las dulces aguas del famoso Janto; los montuosos que pisan los mas\u00edlicos campos; los que criban el fin\u00edsimo y menudo oro en la felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte; los que sangran por muchas y diversas v\u00edas al dorado Pactolo; los n\u00famidas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos; los partos, los medos, que pelean huyendo; los \u00e1rabes, de mudables casas; los citas, tan crueles como blancos; los etiopes, de horadados labios, y otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los nombres no me acuerdo. En estotro escuadr\u00f3n vienen los que beben las corrientes cristalinas del oliv\u00edfero Betis; los que tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los el\u00edseos jerezanos prados; los manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda; los que en Pisuerga se ba\u00f1an, famoso por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado apacientan en las estendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso; los que tiemblan con el fr\u00edo del silvoso Pirineo y con los blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en s\u00ed contiene y encierra.<\/p>\n<p>\u00a1V\u00e1lame Dios, y cu\u00e1ntas provincias dijo, cu\u00e1ntas naciones nombr\u00f3, d\u00e1ndole a cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenec\u00edan, todo absorto y empapado en lo que hab\u00eda le\u00eddo en sus libros mentirosos!<\/p>\n<p>Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y, de cuando en cuando, volv\u00eda la cabeza a ver si ve\u00eda los caballeros y gigantes que su amo nombraba; y, como no descubr\u00eda a ninguno, le dijo:<\/p>\n<p>-Se\u00f1or, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quiz\u00e1 todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo dices eso? -respondi\u00f3 don Quijote-. \u00bfNo oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?<\/p>\n<p>-No oigo otra cosa -respondi\u00f3 Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros.<\/p>\n<p>Y as\u00ed era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos reba\u00f1os.<\/p>\n<p>-El miedo que tienes -dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, ret\u00edrate a una parte y d\u00e9jame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda.<\/p>\n<p>Y, diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante, y, puesta la lanza en el ristre, baj\u00f3 de la costezuela como un rayo. Diole voces Sancho, dici\u00e9ndole:<\/p>\n<p>-\u00a1Vu\u00e9lvase vuestra merced, se\u00f1or don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir! \u00a1Vu\u00e9lvase, desdichado del padre que me engendr\u00f3! \u00bfQu\u00e9 locura es \u00e9sta? Mire que no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. \u00bfQu\u00e9 es lo que hace? \u00a1Pecador soy yo a Dios!<\/p>\n<p>Ni por \u00e9sas volvi\u00f3 don Quijote; antes, en altas voces, iba diciendo:<\/p>\n<p>-\u00a1Ea, caballeros, los que segu\u00eds y milit\u00e1is debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapol\u00edn del Arremangado Brazo, seguidme todos: ver\u00e9is cu\u00e1n f\u00e1cilmente le doy venganza de su enemigo Alefanfar\u00f3n de la Trapobana!<\/p>\n<p>Esto diciendo, se entr\u00f3 por medio del escuadr\u00f3n de las ovejas, y comenz\u00f3 de alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada ven\u00edan d\u00e1banle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que no aprovechaban, desci\u00f1\u00e9ronse las hondas y comenzaron a saludalle los o\u00eddos con piedras como el pu\u00f1o. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a todas partes, dec\u00eda:<\/p>\n<p>-\u00bfAd\u00f3nde est\u00e1s, soberbio Alifanfu\u00f3n? Vente a m\u00ed; que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapol\u00edn Garamanta.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 en esto una peladilla de arroyo, y, d\u00e1ndole en un lado, le sepult\u00f3 dos costillas en el cuerpo. Vi\u00e9ndose tan maltrecho, crey\u00f3 sin duda que estaba muerto o malferido, y, acord\u00e1ndose de su licor, sac\u00f3 su alcuza y p\u00fasosela a la boca, y comenz\u00f3 a echar licor en el est\u00f3mago; mas, antes que acabase de envasar lo que a \u00e9l le parec\u00eda que era bastante, lleg\u00f3 otra almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno que se la hizo pedazos, llev\u00e1ndole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machuc\u00e1ndole malamente dos dedos de la mano.<\/p>\n<p>Tal fue el golpe primero, y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo. Lleg\u00e1ronse a \u00e9l los pastores y creyeron que le hab\u00edan muerto; y as\u00ed, con mucha priesa, recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin averiguar otra cosa, se fueron.<\/p>\n<p>Est\u00e1base todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que su amo hac\u00eda, y arranc\u00e1base las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le hab\u00eda dado a conocer. Vi\u00e9ndole, pues, ca\u00eddo en el suelo, y que ya los pastores se hab\u00edan ido, baj\u00f3 de la cuesta y lleg\u00f3se a \u00e9l, y hall\u00f3le de muy mal arte, aunque no hab\u00eda perdido el sentido, y d\u00edjole:<\/p>\n<p>-\u00bfNo le dec\u00eda yo, se\u00f1or don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ej\u00e9rcitos, sino manadas de carneros?<\/p>\n<p>-Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladr\u00f3n del sabio mi enemigo.<\/p>\n<p>S\u00e1bete, Sancho, que es muy f\u00e1cil cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo hab\u00eda de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas. Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desenga\u00f1es y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y s\u00edguelos bonitamente, y ver\u00e1s c\u00f3mo, en alej\u00e1ndose de aqu\u00ed alg\u00fan poco, se vuelven en su ser primero, y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos, como yo te los pint\u00e9 primero&#8230; Pero no vayas agora, que he menester tu favor y ayuda; ll\u00e9gate a m\u00ed y mira cu\u00e1ntas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3se Sancho tan cerca que casi le met\u00eda los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya hab\u00eda obrado el b\u00e1lsamo en el est\u00f3mago de don Quijote; y, al tiempo que Sancho lleg\u00f3 a mirarle la boca, arroj\u00f3 de s\u00ed, m\u00e1s recio que una escopeta, cuanto dentro ten\u00eda, y dio con todo ello en las barbas del compasivo escudero.<\/p>\n<p>-\u00a1Santa Mar\u00eda! -dijo Sancho-, \u00bfy qu\u00e9 es esto que me ha sucedido? Sin duda, este pecador est\u00e1 herido de muerte, pues vomita sangre por la boca.<\/p>\n<p>Pero, reparando un poco m\u00e1s en ello, ech\u00f3 de ver en la color, sabor y olor, que no era sangre, sino el b\u00e1lsamo de la alcuza que \u00e9l le hab\u00eda visto beber; y fue tanto el asco que tom\u00f3 que, revolvi\u00e9ndosele el est\u00f3mago, vomit\u00f3 las tripas sobre su mismo se\u00f1or, y quedaron entrambos como de perlas. Acudi\u00f3 Sancho a su asno para sacar de las alforjas con qu\u00e9 limpiarse y con qu\u00e9 curar a su amo; y, como no las hall\u00f3, estuvo a punto de perder el juicio. Mald\u00edjose de nuevo, y propuso en su coraz\u00f3n de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las esperanzas del gobierno de la prometida \u00ednsula.<\/p>\n<p>Levant\u00f3se en esto don Quijote, y, puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asi\u00f3 con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se hab\u00eda movido de junto a su amo -tal era de leal y bien acondicionado-, y fuese adonde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo adem\u00e1s. Y, vi\u00e9ndole don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo:<\/p>\n<p>-S\u00e1bete, Sancho, que no es un hombre m\u00e1s que otro si no hace m\u00e1s que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son se\u00f1ales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aqu\u00ed se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien est\u00e1 ya cerca. As\u00ed que, no debes congojarte por las desgracias que a m\u00ed me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo no? -respondi\u00f3 Sancho-. Por ventura, el que ayer mantearon, \u00bfera otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas, \u00bfson de otro que del mismo?<\/p>\n<p>-\u00bfQue te faltan las alforjas, Sancho? -dijo don Quijote.<\/p>\n<p>-S\u00ed que me faltan -respondi\u00f3 Sancho.<\/p>\n<p>-Dese modo, no tenemos qu\u00e9 comer hoy -replic\u00f3 don Quijote.<\/p>\n<p>-Eso fuera -respondi\u00f3 Sancho- cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan malaventurados andantes caballeros como vuestra merced es.<\/p>\n<p>-Con todo eso -respondi\u00f3 don Quijote-, tomara yo ahora m\u00e1s a\u00edna un cuartal de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Diosc\u00f3rides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna. Mas, con todo esto, sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras m\u00ed; que Dios, que es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y m\u00e1s andando tan en su servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua; y es tan piadoso que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los injustos y justos.<\/p>\n<p>-M\u00e1s bueno era vuestra merced -dijo Sancho- para predicador que para caballero andante.<\/p>\n<p>-De todo sab\u00edan y han de saber los caballeros andantes, Sancho -dijo don Quijote-, porque caballero andante hubo en los pasados siglos que as\u00ed se paraba a hacer un serm\u00f3n o pl\u00e1tica, en mitad de un campo real, como si fuera graduado por la Universidad de Par\u00eds; de donde se infiere que nunca la lanza embot\u00f3 la pluma, ni la pluma la lanza.<\/p>\n<p>-Ahora bien, sea as\u00ed como vuestra merced dice -respondi\u00f3 Sancho-, vamos ahora de aqu\u00ed, y procuremos donde alojar esta noche, y quiera Dios que sea en parte donde no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados; que si los hay, dar\u00e9 al diablo el hato y el garabato.<\/p>\n<p>-P\u00eddeselo t\u00fa a Dios, hijo -dijo don Quijote-, y gu\u00eda t\u00fa por donde quisieres, que esta vez quiero dejar a tu eleci\u00f3n el alojarnos. Pero dame ac\u00e1 la mano y ati\u00e9ntame con el dedo, y mira bien cu\u00e1ntos dientes y muelas me faltan deste lado derecho de la quijada alta, que all\u00ed siento el dolor.<\/p>\n<p>Meti\u00f3 Sancho los dedos, y, est\u00e1ndole tentando, le dijo:<\/p>\n<p>-\u00bfCu\u00e1ntas muelas sol\u00eda vuestra merced tener en esta parte?<\/p>\n<p>-Cuatro -respondi\u00f3 don Quijote-, fuera de la cordal, todas enteras y muy sanas.<\/p>\n<p>-Mire vuestra merced bien lo que dice, se\u00f1or -respondi\u00f3 Sancho.<\/p>\n<p>-Digo cuatro, si no eran cinco -respondi\u00f3 don Quijote-, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha ca\u00eddo ni comido de neguij\u00f3n ni de reuma alguna.<\/p>\n<p>-Pues en esta parte de abajo -dijo Sancho- no tiene vuestra merced m\u00e1s de dos muelas y media, y en la de arriba, ni media ni ninguna, que toda est\u00e1 rasa como la palma de la mano.<\/p>\n<p>-\u00a1Sin ventura yo! -dijo don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba-, que m\u00e1s quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada; porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho m\u00e1s se ha de estimar un diente que un diamante. Mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballer\u00eda. Sube, amigo, y gu\u00eda, que yo te seguir\u00e9 al paso que quisieres.<\/p>\n<p>H\u00edzolo as\u00ed Sancho, y encamin\u00f3se hacia donde le pareci\u00f3 que pod\u00eda hallar acogimiento, sin salir del camino real, que por all\u00ed iba muy seguido.<\/p>\n<p>Y\u00e9ndose, pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de don Quijote no le dejaba sosegar ni atender a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y divertille dici\u00e9ndole alguna cosa; y, entre otras que le dijo, fue lo que se dir\u00e1 en el siguiente cap\u00edtulo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Primera parte CAP\u00cdTULO XVIII Donde se cuentan las razones que pas\u00f3 Sancho Panza con su se\u00f1or Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas Lleg\u00f3 Sancho a su amo marchito y desmayado; tanto, que no pod\u00eda arrear a su jumento. 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