{"id":1049,"date":"2010-12-17T19:58:04","date_gmt":"2010-12-17T17:58:04","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=1049"},"modified":"2018-12-22T03:12:39","modified_gmt":"2018-12-22T01:12:39","slug":"don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xvi-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/don-quijote-de-la-mancha-primera-parte-capitulo-xvi-de-lii-miguel-de-cervantes-saavedra\/","title":{"rendered":"\u00abDon Quijote de La Mancha\u00bb (Primera parte &#8211; cap\u00edtulo XVI de LII) [Miguel de Cervantes Saavedra]"},"content":{"rendered":"<p>Primera parte<\/p>\n<p><strong>CAP\u00cdTULO XVI<\/strong><\/p>\n<p><strong>De lo que le sucedi\u00f3 al ingenioso hidalgo en la venta que \u00e9l imaginaba ser castillo<\/strong><\/p>\n<p>El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, pregunt\u00f3 a Sancho qu\u00e9 mal tra\u00eda. Sancho le respondi\u00f3 que no era nada, sino que hab\u00eda dado una ca\u00edda de una pe\u00f1a abajo, y que ven\u00eda algo brumadas las costillas. Ten\u00eda el ventero por mujer a una, no de la condici\u00f3n que suelen tener las de semejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dol\u00eda de las calamidades de sus pr\u00f3jimos; y as\u00ed, acudi\u00f3 luego a curar a don Quijote y hizo que una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer, la ayudase a curar a su hu\u00e9sped. Serv\u00eda en la venta, asimesmo, una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallard\u00eda del cuerpo supl\u00eda las dem\u00e1s faltas: no ten\u00eda siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que alg\u00fan tanto le cargaban, la hac\u00edan mirar al suelo m\u00e1s de lo que ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayud\u00f3 a la doncella, y las dos hicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranch\u00f3n que, en otros tiempos, daba manifiestos indicios que hab\u00eda servido de pajar muchos a\u00f1os.<\/p>\n<p>En la cual tambi\u00e9n alojaba un arriero, que ten\u00eda su cama hecha un poco m\u00e1s all\u00e1 de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantas de sus machos, hac\u00eda mucha ventaja a la de don Quijote, que s\u00f3lo conten\u00eda cuatro mal lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colch\u00f3n que en lo sutil parec\u00eda colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que eran de lana por algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban de guijarro, y dos s\u00e1banas hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyos hilos, si se quisieran contar, no se perdiera uno solo de la cuenta.<\/p>\n<p>En esta maldita cama se acost\u00f3 don Quijote, y luego la ventera y su hija le emplastaron de arriba abajo, alumbr\u00e1ndoles Maritornes, que as\u00ed se llamaba la asturiana; y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado a partes a don Quijote, dijo que aquello m\u00e1s parec\u00edan golpes que ca\u00edda.<\/p>\n<p>-No fueron golpes -dijo Sancho-, sino que la pe\u00f1a ten\u00eda muchos picos y tropezones.<\/p>\n<p>Y que cada uno hab\u00eda hecho su cardenal. Y tambi\u00e9n le dijo:<\/p>\n<p>-Haga vuestra merced, se\u00f1ora, de manera que queden algunas estopas, que no faltar\u00e1 quien las haya menester; que tambi\u00e9n me duelen a m\u00ed un poco los lomos.<\/p>\n<p>-Desa manera -respondi\u00f3 la ventera-, tambi\u00e9n debistes vos de caer.<\/p>\n<p>-No ca\u00ed -dijo Sancho Panza-, sino que del sobresalto que tom\u00e9 de ver caer a mi amo, de tal manera me duele a m\u00ed el cuerpo que me parece que me han dado mil palos.<\/p>\n<p>-Bien podr\u00e1 ser eso -dijo la doncella-; que a m\u00ed me ha acontecido muchas veces so\u00f1ar que ca\u00eda de una torre abajo y que nunca acababa de llegar al suelo, y, cuando despertaba del sue\u00f1o, hallarme tan molida y quebrantada como si verdaderamente hubiera ca\u00eddo.<\/p>\n<p>-Ah\u00ed est\u00e1 el toque, se\u00f1ora -respondi\u00f3 Sancho Panza-: que yo, sin so\u00f1ar nada, sino estando m\u00e1s despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos cardenales que mi se\u00f1or don Quijote.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo se llama este caballero? -pregunt\u00f3 la asturiana Maritornes.<\/p>\n<p>-Don Quijote de la Mancha -respondi\u00f3 Sancho Panza-, y es caballero aventurero, y de los mejores y m\u00e1s fuertes que de luengos tiempos ac\u00e1 se han visto en el mundo.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 es caballero aventurero? -replic\u00f3 la moza.<\/p>\n<p>-\u00bfTan nueva sois en el mundo que no lo sab\u00e9is vos? -respondi\u00f3 Sancho Panza-. Pues sabed, hermana m\u00eda, que caballero aventurero es una cosa que en dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy est\u00e1 la m\u00e1s desdichada criatura del mundo y la m\u00e1s menesterosa, y ma\u00f1ana tendr\u00eda dos o tres coronas de reinos que dar a su escudero.<\/p>\n<p>-Pues, \u00bfc\u00f3mo vos, si\u00e9ndolo deste tan buen se\u00f1or -dijo la ventera-, no ten\u00e9is, a lo que parece, siquiera alg\u00fan condado?<\/p>\n<p>-A\u00fan es temprano -respondi\u00f3 Sancho-, porque no ha sino un mes que andamos buscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo sea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que, si mi se\u00f1or don Quijote sana desta herida o ca\u00edda y yo no quedo contrecho della, no trocar\u00eda mis esperanzas con el mejor t\u00edtulo de Espa\u00f1a.<\/p>\n<p>Todas estas pl\u00e1ticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote, y, sent\u00e1ndose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo:<\/p>\n<p>-Creedme, fermosa se\u00f1ora, que os pod\u00e9is llamar venturosa por haber alojado en este vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo, es por lo que suele decirse que la alabanza propria envilece; pero mi escudero os dir\u00e1 qui\u00e9n soy. S\u00f3lo os digo que tendr\u00e9 eternamente escrito en mi memoria el servicio que me habedes fecho, para agradec\u00e9roslo mientras la vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me tuviera tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrata que digo entre mis dientes; que los desta fermosa doncella fueran se\u00f1ores de mi libertad.<\/p>\n<p>Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las razones del andante caballero, que as\u00ed las entend\u00edan como si hablara en griego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento y requiebros; y, como no usadas a semejante lenguaje, mir\u00e1banle y admir\u00e1banse, y parec\u00edales otro hombre de los que se usaban; y, agradeci\u00e9ndole con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron; y la asturiana Maritornes cur\u00f3 a Sancho, que no menos lo hab\u00eda menester que su amo.<\/p>\n<p>Hab\u00eda el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilar\u00edan juntos, y ella le hab\u00eda dado su palabra de que, en estando sosegados los hu\u00e9spedes y durmiendo sus amos, le ir\u00eda a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase. Y cu\u00e9ntase desta buena moza que jam\u00e1s dio semejantes palabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno; porque presum\u00eda muy de hidalga, y no ten\u00eda por afrenta estar en aquel ejercicio de servir en la venta, porque dec\u00eda ella que desgracias y malos sucesos la hab\u00edan tra\u00eddo a aquel estado.<\/p>\n<p>El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote estaba primero en mitad de aquel estrellado establo, y luego, junto a \u00e9l, hizo el suyo Sancho, que s\u00f3lo conten\u00eda una estera de enea y una manta, que antes mostraba ser de anjeo tundido que de lana. Suced\u00eda a estos dos lechos el del arriero, fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y todo el adorno de los dos mejores mulos que tra\u00eda, aunque eran doce, lucios, gordos y famosos, porque era uno de los ricos arrieros de Ar\u00e9valo, seg\u00fan lo dice el autor desta historia, que deste arriero hace particular menci\u00f3n, porque le conoc\u00eda muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de que Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas; y \u00e9chase bien de ver, pues las que quedan referidas, con ser tan m\u00ednimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde podr\u00e1n tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan las acciones tan corta y sucintamente que apenas nos llegan a los labios, dej\u00e1ndose en el tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo m\u00e1s sustancial de la obra. \u00a1Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte, y aquel del otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas; y con qu\u00e9 puntualidad lo describen todo!<\/p>\n<p>Digo, pues, que despu\u00e9s de haber visitado el arriero a su recua y d\u00e1dole el segundo pienso, se tendi\u00f3 en sus enjalmas y se dio a esperar a su puntual\u00edsima Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado y acostado, y, aunque procuraba dormir, no lo consent\u00eda el dolor de sus costillas; y don Quijote, con el dolor de las suyas, ten\u00eda los ojos abiertos como liebre. Toda la venta estaba en silencio, y en toda ella no hab\u00eda otra luz que la que daba una l\u00e1mpara que colgada en medio del portal ard\u00eda.<\/p>\n<p>Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro caballero tra\u00eda de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su desgracia, le trujo a la imaginaci\u00f3n una de las estra\u00f1as locuras que buenamente imaginarse pueden. Y fue que \u00e9l se imagin\u00f3 haber llegado a un famoso castillo -que, como se ha dicho, castillos eran a su parecer todas las ventas donde alojaba-, y que la hija del ventero lo era del se\u00f1or del castillo, la cual, vencida de su gentileza, se hab\u00eda enamorado d\u00e9l y prometido que aquella noche, a furto de sus padres, vendr\u00eda a yacer con \u00e9l una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera, que \u00e9l se hab\u00eda fabricado, por firme y valedera, se comenz\u00f3 a acuitar y a pensar en el peligroso trance en que su honestidad se hab\u00eda de ver, y propuso en su coraz\u00f3n de no cometer alevos\u00eda a su se\u00f1ora Dulcinea del Toboso, aunque la mesma reina Ginebra con su dama Quinta\u00f1ona se le pusiesen delante.<\/p>\n<p>Pensando, pues, en estos disparates, se lleg\u00f3 el tiempo y la hora -que para \u00e9l fue menguada- de la venida de la asturiana, la cual, en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fust\u00e1n, con t\u00e1citos y atentados pasos, entr\u00f3 en el aposento donde los tres alojaban en busca del arriero. Pero, apenas lleg\u00f3 a la puerta, cuando don Quijote la sinti\u00f3, y, sent\u00e1ndose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendi\u00f3 los brazos para recebir a su fermosa doncella. La asturiana, que, toda recogida y callando, iba con las manos delante buscando a su querido, top\u00f3 con los brazos de don Quijote, el cual la asi\u00f3 fuertemente de una mu\u00f1eca y, tir\u00e1ndola hac\u00eda s\u00ed, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tent\u00f3le luego la camisa, y, aunque ella era de harpillera, a \u00e9l le pareci\u00f3 ser de fin\u00edsimo y delgado cendal. Tra\u00eda en las mu\u00f1ecas unas cuentas de vidro, pero a \u00e9l le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, \u00e9l los marc\u00f3 por hebras de lucid\u00edsimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol escurec\u00eda. Y el aliento, que, sin duda alguna, ol\u00eda a ensalada fiambre y trasnochada, a \u00e9l le pareci\u00f3 que arrojaba de su boca un olor suave y arom\u00e1tico; y, finalmente, \u00e9l la pint\u00f3 en su imaginaci\u00f3n de la misma traza y modo que lo hab\u00eda le\u00eddo en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores, con todos los adornos que aqu\u00ed van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que tra\u00eda en s\u00ed la buena doncella, no le desenga\u00f1aban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes, le parec\u00eda que ten\u00eda entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y, teni\u00e9ndola bien asida, con voz amorosa y baja le comenz\u00f3 a decir:<\/p>\n<p>-Quisiera hallarme en t\u00e9rminos, fermosa y alta se\u00f1ora, de poder pagar tama\u00f1a merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes fecho, pero ha querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado que, aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra, fuera imposible. Y m\u00e1s, que se a\u00f1ade a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso, \u00fanica se\u00f1ora de mis m\u00e1s escondidos pensamientos; que si esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero que dejara pasar en blanco la venturosa ocasi\u00f3n en que vuestra gran bondad me ha puesto.<\/p>\n<p>Maritornes estaba congojad\u00edsima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y, sin entender ni estar atenta a las razones que le dec\u00eda, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del arriero, a quien ten\u00edan despierto sus malos deseos, desde el punto que entr\u00f3 su coima por la puerta, la sinti\u00f3; estuvo atentamente escuchando todo lo que don Quijote dec\u00eda, y, celoso de que la asturiana le hubiese faltado la palabra por otro, se fue llegando m\u00e1s al lecho de don Quijote, y est\u00favose quedo hasta ver en qu\u00e9 paraban aquellas razones, que \u00e9l no pod\u00eda entender. Pero, como vio que la moza forcejaba por desasirse y don Quijote trabajaba por tenella, pareci\u00e9ndole mal la burla, enarbol\u00f3 el brazo en alto y descarg\u00f3 tan terrible pu\u00f1ada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero, que le ba\u00f1\u00f3 toda la boca en sangre; y, no contento con esto, se le subi\u00f3 encima de las costillas, y con los pies m\u00e1s que de trote, se las pase\u00f3 todas de cabo a cabo.<\/p>\n<p>El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo sufrir la a\u00f1adidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido despert\u00f3 el ventero, y luego imagin\u00f3 que deb\u00edan de ser pendencias de Maritornes, porque, habi\u00e9ndola llamado a voces, no respond\u00eda. Con esta sospecha se levant\u00f3, y, encendiendo un candil, se fue hacia donde hab\u00eda sentido la pelaza. La moza, viendo que su amo ven\u00eda, y que era de condici\u00f3n terrible, toda medrosica y alborotada, se acogi\u00f3 a la cama de Sancho Panza, que a\u00fan dorm\u00eda, y all\u00ed se acorruc\u00f3 y se hizo un ovillo. El ventero entr\u00f3 diciendo:<\/p>\n<p>-\u00bfAd\u00f3nde est\u00e1s, puta? A buen seguro que son tus cosas \u00e9stas.<\/p>\n<p>En esto, despert\u00f3 Sancho, y, sintiendo aquel bulto casi encima de s\u00ed, pens\u00f3 que ten\u00eda la pesadilla, y comenz\u00f3 a dar pu\u00f1adas a una y otra parte, y entre otras alcanz\u00f3 con no s\u00e9 cu\u00e1ntas a Maritornes, la cual, sentida del dolor, echando a rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas que, a su despecho, le quit\u00f3 el sue\u00f1o; el cual, vi\u00e9ndose tratar de aquella manera y sin saber de qui\u00e9n, alz\u00e1ndose como pudo, se abraz\u00f3 con Maritornes, y comenzaron entre los dos la m\u00e1s re\u00f1ida y graciosa escaramuza del mundo.<\/p>\n<p>Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cu\u00e1l andaba su dama, dejando a don Quijote, acudi\u00f3 a dalle el socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero, pero con intenci\u00f3n diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo sin duda que ella sola era la ocasi\u00f3n de toda aquella armon\u00eda. Y as\u00ed como suele decirse: el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a \u00e9l, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apag\u00f3 el candil, y, como quedaron ascuras, d\u00e1banse tan sin compasi\u00f3n todos a bulto que, a doquiera que pon\u00edan la mano, no dejaban cosa sana.<\/p>\n<p>Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los que llaman de la Santa Hermandad Vieja de Toledo, el cual, oyendo ansimesmo el estra\u00f1o estruendo de la pelea, asi\u00f3 de su media vara y de la caja de lata de sus t\u00edtulos, y entr\u00f3 ascuras en el aposento, diciendo:<\/p>\n<p>-\u00a1T\u00e9nganse a la justicia! \u00a1T\u00e9nganse a la Santa Hermandad!<\/p>\n<p>Y el primero con quien top\u00f3 fue con el apu\u00f1eado de don Quijote, que estaba en su derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido alguno, y, ech\u00e1ndole a tiento mano a las barbas, no cesaba de decir:<\/p>\n<p>-\u00a1Favor a la justicia!<\/p>\n<p>Pero, viendo que el que ten\u00eda asido no se bull\u00eda ni meneaba, se dio a entender que estaba muerto, y que los que all\u00ed dentro estaban eran sus matadores; y con esta sospecha reforz\u00f3 la voz, diciendo:<\/p>\n<p>-\u00a1Ci\u00e9rrese la puerta de la venta! \u00a1Miren no se vaya nadie, que han muerto aqu\u00ed a un hombre!<\/p>\n<p>Esta voz sobresalt\u00f3 a todos, y cada cual dej\u00f3 la pendencia en el grado que le tom\u00f3 la voz. Retir\u00f3se el ventero a su aposento, el arriero a sus enjalmas, la moza a su rancho; solos los desventurados don Quijote y Sancho no se pudieron mover de donde estaban. Solt\u00f3 en esto el cuadrillero la barba de don Quijote, y sali\u00f3 a buscar luz para buscar y prender los delincuentes; mas no la hall\u00f3, porque el ventero, de industria, hab\u00eda muerto la l\u00e1mpara cuando se retir\u00f3 a su estancia, y fuele forzoso acudir a la chimenea, donde, con mucho trabajo y tiempo, encendi\u00f3 el cuadrillero otro candil.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Primera parte CAP\u00cdTULO XVI De lo que le sucedi\u00f3 al ingenioso hidalgo en la venta que \u00e9l imaginaba ser castillo El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, pregunt\u00f3 a Sancho qu\u00e9 mal tra\u00eda. 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