{"id":1006,"date":"2010-12-10T17:54:56","date_gmt":"2010-12-10T15:54:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=1006"},"modified":"2010-12-10T17:54:56","modified_gmt":"2010-12-10T15:54:56","slug":"%e2%80%9cel-cristo-de-la-calavera%e2%80%9d-gustavo-adolfo-becquer","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/%e2%80%9cel-cristo-de-la-calavera%e2%80%9d-gustavo-adolfo-becquer\/","title":{"rendered":"\u201cEl Cristo de la calavera\u201d [Gustavo Adolfo B\u00e9cquer]"},"content":{"rendered":"<p><em>(Leyenda de Toledo)\u00a0<\/em><\/p>\n<p>El rey de Castilla marchaba a la guerra de moros, y para combatir con los enemigos de la religi\u00f3n hab\u00eda apelado en son de guerra a todo lo m\u00e1s florido de la nobleza de sus reinos. Las silenciosas calles de Toledo resonaban noche y d\u00eda con el marcial rumor de los atabales y los clarines, y ya en la morisca puerta de Visagra, ya en la de Valmard\u00f3n o en la embocadura del antiguo puente de San Mart\u00edn, no pasaba hora sin que se oyese el ronco grito de los centinelas anunciando la llegada de alg\u00fan caballero que, precedido de su pend\u00f3n se\u00f1orial y seguido de jinetes y peones, ven\u00eda a reunirse al grueso del ej\u00e9rcito castellano.<\/p>\n<p>El tiempo que faltaba para emprender el camino de la frontera y concluir de ordenar las huestes reales discurr\u00eda en medio de fiestas p\u00fablicas, lujosos convites y lucidos torneos, hasta que, llegada, al fin, la v\u00edspera del d\u00eda se\u00f1alado de antemano por su alteza para la salida del ej\u00e9rcito, se dispuso un postrer sarao, con el que debieran terminar los regocijos.<\/p>\n<p>La noche del sarao, el alc\u00e1zar de los reyes ofrec\u00eda un aspecto singular. En los anchurosos patios, alrededor de inmensas hogueras y diseminados sin orden ni concierto, se ve\u00eda una abigarrada multitud de pajes, soldados, ballesteros y gente menuda, que \u00e9stos aderezando sus corceles y sus armas y disponi\u00e9ndolos para el combate; aqu\u00e9llos saludando con gritos o blasfemias las inesperadas vueltas de la fortuna, personificada en los dados del cubilete; los otros repitiendo en coro el refr\u00e1n de un romance de guerra que entonaba un juglar, acompa\u00f1ado de la guzla; los de m\u00e1s all\u00e1 comprando a un romero conchas, cruces y cintas tocadas en el sepulcro de Santiago, o riendo con locas carcajadas de los chistes de un buf\u00f3n, o ensayando en los clarines el aire b\u00e9lico para entrar en la pelea, propio de sus se\u00f1ores, o refiriendo antiguas historias de caballer\u00edas o aventuras de amor, o milagros recientemente acaecidos, formaban un infernal y atronador conjunto, imposible de pintar con palabras.<\/p>\n<p>Sobre aquel revuelto oc\u00e9ano de cantares de guerra, rumor de martillos que golpeaban los yunques, chirridos de limas que mord\u00edan el acero, piafar de corceles, voces descompuestas, risas inextinguibles, gritos desaforados, notas destempladas, juramentos y sonidos extra\u00f1os y discordes, flotaban a intervalos, como un soplo de brisa armoniosa, los lejanos acordes de la m\u00fasica del sarao.<\/p>\n<p>\u00c9ste, que ten\u00eda lugar en los salones que formaban el segundo cuerpo del alc\u00e1zar, ofrec\u00eda, a su vez, un cuadro, si no tan fant\u00e1stico y caprichoso, m\u00e1s deslumbrador y magn\u00edfico.<\/p>\n<p>Por las extensas galer\u00edas que se prolongaban a lo lejos, formando un intricado laberinto de pilastras esbeltas y ojivas caladas y ligeras como el encaje; por los espaciosos salones vestidos de tapices, donde la seda y el oro hab\u00edan representado con mil colores diversos, escenas de amor, de caza y de guerra, y adornados con trofeos de armas y escudos, sobre los cuales vert\u00edan un mar de chispeante luz un sinn\u00famero de l\u00e1mparas y de candelabros de bronce, palta y oro, colgadas aqu\u00e9llas de las alt\u00edsimas b\u00f3vedas y enclavados \u00e9stos en los gruesos sillares de los muros; por todas partes adonde se volv\u00edan los ojos se ve\u00edan oscilar y agitarse en distintas direcciones una nube de damas hermosas con ricas vestiduras chapadas en oro, redes de perlas aprisionando sus rizos, joyas de rub\u00edes llameando sobre su seno, plumas sujetas en vaporoso cerco a un mango de marfil, colgadas del pu\u00f1o, y rostrillos de blancos encajes que acariciaban sus mejillas, o alegres turbas de galanes con talabartes de terciopelo, justillos de brocado y calzas de seda, borcegu\u00edes de tafilete, capotillos de mangas perdidas y caperuza, pu\u00f1ales con pomo de filigrana y estoques de corte, bru\u00f1idos, delgados y ligeros.<\/p>\n<p>Pero entre esta juventud brillante y deslumbradora, que los ancianos miraban desfilar con una sonrisa de gozo, sentados en los altos sitiales de alerce que rodeaban el estrado real, llamaba la atenci\u00f3n por su belleza incomparable una mujer, aclamada reina de la hermosura en todos los torneos y las cortes de amor de la \u00e9poca, cuyos colores hab\u00edan adoptado por empresa los caballeros m\u00e1s valientes, cuyos encantos eran asunto de las coplas de los trovadores m\u00e1s versados en la ciencia del gay saber, a la que se volv\u00edan con asombro todas las miradas, por la que suspiraban en secreto todos los corazones; alrededor de la cual se ve\u00edan agruparse con af\u00e1n, como vasallos humildes en torno de su se\u00f1ora, los m\u00e1s ilustres v\u00e1stagos de la nobleza toledana, reunida en el sarao de aquella noche.<\/p>\n<p>Los que asist\u00edan de continuo a formar el s\u00e9quito de presuntos galanes de do\u00f1a In\u00e9s de Tordesillas, que tal era el nombre de esta celebrada hermosura, a pesar de su car\u00e1cter altivo y desde\u00f1oso, no desmayaban jam\u00e1s en sus pretensiones; y \u00e9ste animado con una sonrisa que hab\u00eda cre\u00eddo adivinar en sus labios, aqu\u00e9l con una mirada ben\u00e9vola que juzgaba haber sorprendido en sus ojos; el otro, con una palabra lisonjera, un liger\u00edsimo favor o una promesa remota, cada cual esperaba en silencio ser el preferido. Sin embargo, entre todos ellos hab\u00eda dos que m\u00e1s particularmente se distingu\u00edan por su asiduidad y rendimiento, dos, que, al parecer, si no los predilectos de la hermosa, podr\u00edan calificarse de los m\u00e1s adelantados en el camino de su coraz\u00f3n. Estos dos caballeros, iguales en cuna, valor y nobles prendas, servidores de un mismo rey y pretendientes de una misma dama, llam\u00e1banse Alonso de Carrillo, el uno, y el otro, Lope de Sandoval.<\/p>\n<p>Ambos hab\u00edan nacido en Toledo; juntos hab\u00edan hecho sus primeras armas, y en un mismo d\u00eda, al encontrarse sus ojos con los de do\u00f1a In\u00e9s, se sintieron pose\u00eddos de un secreto y ardiente amor por ella, amor que germin\u00f3 alg\u00fan tiempo retra\u00eddo y silencioso, pero que al cabo comenzaba a descubrirse y a dar involuntarias se\u00f1ales de existencia en sus acciones y discursos.<\/p>\n<p>En los torneos de Zocodover, en los juegos florales de la corte, siempre que se les hab\u00eda presentado coyuntura para rivalizar entre s\u00ed en gallard\u00eda o donaire, se hab\u00edan aprovechado con af\u00e1n ambos caballeros, ansiosos de distinguirse a los ojos de su dama; y aquella noche, impelidos, sin duda, por un mismo af\u00e1n, trocando los hierros por las plumas y las mallas por los brocados y la seda, de pie junto al sitial donde ella se reclin\u00f3 un instante despu\u00e9s de haber dado una vuelta por los salones, comenzaron una elegante lucha de frases enamoradas e ingeniosas, epigramas embozados y agudos.<\/p>\n<p>Los astros menores de esta brillante constelaci\u00f3n, formando un dorado semic\u00edrculo en torno de ambos galanes, re\u00edan y esforzaban las delicadas burlas; y la hermosa objeto de aquel torneo de palabras aprobaba con una imperceptible sonrisa los conceptos escogidos o llenos de intenci\u00f3n que ora sal\u00edan de los labios de sus adoradores como una ligera onda de perfume que halagaba su vanidad, ora part\u00edan como una saeta aguda que iba a buscar, para clavarse en \u00e9l, el punto m\u00e1s vulnerable del contrario: su amor propio.<\/p>\n<p>Ya el cortesano combate de ingenio y galanura comenzaba a hacerse de cada vez m\u00e1s crudo; las frases eran a\u00fan corteses en la forma, pero breves, secas, y al pronunciarlas, si bien las acompa\u00f1aba una ligera dilataci\u00f3n de los labios, semejante a una sonrisa, los ligeros rel\u00e1mpagos de los ojos imposibles de ocultar, demostraban que la c\u00f3lera herv\u00eda comprimida en el seno de ambos rivales.<\/p>\n<p>La situaci\u00f3n era insostenible. La dama lo comprendi\u00f3 as\u00ed, y levant\u00e1ndose del sitial se dispon\u00eda a volver a los salones, cuando un nuevo incidente vino a romper la valla del respetuoso comedimiento en que se conten\u00edan los dos j\u00f3venes enamorados. Tal vez con intenci\u00f3n, acaso por descuido, do\u00f1a In\u00e9s hab\u00eda dejado sobre su falda uno de los perfumados guantes, cuyos botones de oro se entreten\u00eda en arrancar uno a uno mientras dur\u00f3 la conversaci\u00f3n. Al ponerse de pie, el guante resbal\u00f3 por entre los anchos pliegues de seda y cay\u00f3 en la alfombra. Al verlo caer, todos los caballeros que formaban su brillante comitiva se inclinaron presurosos a recogerlo, disput\u00e1ndose el honor de alcanzar un leve movimiento de cabeza en premio de su galanter\u00eda.<\/p>\n<p>Al notar la precipitaci\u00f3n con que todos hicieron el adem\u00e1n de inclinarse, una impecable sonrisa de vanidad satisfecha asom\u00f3 a los labios de la orgullosa do\u00f1a In\u00e9s, que despu\u00e9s de hacer un saludo general a los galanes que tanto empe\u00f1o mostraban en servirla, sin mirar apenas y con la mirada alta y desde\u00f1osa, tendi\u00f3 la mano para recoger el guante en la direcci\u00f3n en que se encontraban Lope y Alonso, los primeros que parec\u00edan haber llegado al sitio en que cayera.<\/p>\n<p>En efecto, ambos j\u00f3venes hab\u00edan visto caer el guante cerca de sus pies; ambos se hab\u00edan inclinado con igual presteza a recogerle, y al incorporarse, cada cual lo ten\u00eda asido por un extremo. Al verlos inm\u00f3viles, desafi\u00e1ndose en silencio con la mirada y decididos ambos a no abandonar el guante que acababan de levantar del suelo, la dama dej\u00f3 escapar un grito leve e involuntario, que ahog\u00f3 el murmullo de los asombrados espectadores, los cuales present\u00edan una escena borrascosa que en el alc\u00e1zar, y en presencia del rey, podr\u00eda calificarse de un horrible desacato.<\/p>\n<p>No obstante, Lope y Alonso permanec\u00edan impasibles, mudos, midi\u00e9ndose con los ojos, de la cabeza a los pies, sin que la tempestad de sus almas se revelase m\u00e1s que por un ligero temblor nervioso que agitaba sus miembros como si se hallasen acometidos de una repentina fiebre.<\/p>\n<p>Los murmullos y las exclamaciones iban subiendo de punto; la gente comenzaba a agruparse en torno de los actores de escena; do\u00f1a In\u00e9s, o aturdida o complaci\u00e9ndose en prolongarla, daba vueltas de un lado a otro, como buscando d\u00f3nde refugiarse y evitar las miradas de la gente, que cada vez acud\u00eda en mayor n\u00famero. La cat\u00e1strofe era ya segura; los dos j\u00f3venes hab\u00edan ya cambiado algunas palabras en voz sorda, y mientras que con la una mano sujetaban el guante con una fuerza convulsiva, parec\u00edan ya buscar instintivamente con la otra el pu\u00f1o de oro de sus dagas, cuando se entreabri\u00f3 respetuosamente el grupo que formaban los espectadores y apareci\u00f3 el rey.<\/p>\n<p>Su frente estaba serena; ni hab\u00eda indignaci\u00f3n en su rostro ni c\u00f3lera en su adem\u00e1n.<\/p>\n<p>Tendi\u00f3 una mirada alrededor, y esta sola mirada fue bastante para darle a conocer lo que pasaba. Con toda la galanter\u00eda del doncel m\u00e1s cumplido, tom\u00f3 el guante de las manos de los caballeros, que, como movidas por un resorte, se abrieron si dificultad al sentir en contacto de la del monarca y volvi\u00e9ndose a do\u00f1a In\u00e9s de Tordesillas, que apoyada en el brazo de una due\u00f1a parec\u00eda pr\u00f3xima a desmayarse, exclam\u00f3, present\u00e1ndolo, con acento, aunque templado, firme:<\/p>\n<p>-Tomad, se\u00f1ora, y cuidad de no dejarlo caer en otra ocasi\u00f3n donde al devolv\u00e9roslo, os lo devuelvan manchado en sangre.<\/p>\n<p>Cuando el rey termin\u00f3 de decir estas palabras, do\u00f1a In\u00e9s, no acertaremos a decir si a impulsos de la emoci\u00f3n o por salir m\u00e1s airosa del paso, se hab\u00eda desvanecido en brazos de los que la rodeaban.<\/p>\n<p>Alonso y Lope, el uno estrujando en silencio entre sus manos el birrete de terciopelo, cuya pluma arrastraba por la alfombra, y el otro mordi\u00e9ndose los labios hasta hacerse brotar la sangre, se clavaron una mirada tenaz e intensa.<\/p>\n<p>Una mirada en aquel lance equival\u00eda a un bofet\u00f3n, a un guante arrojado al rostro, aun desaf\u00edo a muerte. Al llegar la medianoche, los reyes se retiraron a su c\u00e1mara. Termin\u00f3 el sarao, y los curiosos de la plebe, que aguardaban con impaciencia este momento formando grupos y corrillos en las avenidas de palacio, corrieron a estacionarse en la cuesta del alc\u00e1zar, los Miradores y el Zocodover.<\/p>\n<p>Durante una o dos horas, en las calles inmediatas a estos puntos rein\u00f3 un bullicio, una animaci\u00f3n y un movimiento indescriptibles. Por todas partes se ve\u00edan cruzar escuderos caracoleando en sus corceles ricamente enjaezados, reyes de armas con lujosas casullas llenas de escudos y blasones, timbaleros vestidos de colores vistosos, soldados cubiertos de armaduras resplandecientes, pajes con capotillos de terciopelo y birretes coronados de plumas, y servidores de a pie que preced\u00edan las lujosas literas y las andas cubiertas e ricos pa\u00f1os, llevando en sus manos grandes hachas encendidas, a cuyo rojizo resplandor pod\u00eda verse a la multitud que, con cara at\u00f3nita, labios entreabiertos y ojos espantados, miraba desfilar con asombro a todo lo mejor de la nobleza castellana, rodeada en aquella ocasi\u00f3n de un fausto y un esplendor fabulosos.<\/p>\n<p>Luego, poco a poco fue cesando el ruido y la animaci\u00f3n; los vidrios de colores de las altas ojivas del palacio dejaron brillar; atraves\u00f3 entre los api\u00f1ados grupos la \u00faltima cabalgata; la gente del pueblo, a su vez, comenz\u00f3 a dispersarse en todas direcciones, perdi\u00e9ndose entre las sombras del enmara\u00f1ado laberinto de calles oscuras, estrechas y torcidas, y ya no turbaba el profundo silencio de la noche m\u00e1s que el grito lejano de vela de alg\u00fan guerrero, el rumor de los pasos de alg\u00fan curioso que se retiraba el \u00faltimo o el ruido que produc\u00edan las albadas de algunas puertas al cerrarse, cuando en lo alto de la escalinata que conduc\u00eda a la plataforma del palacio apareci\u00f3 un caballero, el cual, despu\u00e9s de tender la vista por todos los lados, como buscando a alguien que deb\u00eda esperarlo, descendi\u00f3 lentamente hacia la cuesta del alc\u00e1zar, por la que se dirigi\u00f3 hacia el Zocodover.<\/p>\n<p>Al llegar a la plaza de este nombre se detuvo un momento y volvi\u00f3 a pasear la mirada a su alrededor. La noche estaba oscura; no brillaba una sola estrella en el cielo, ni en toda la plaza se ve\u00eda una sola luz, no obstante, all\u00e1 a lo lejos, y en la misma direcci\u00f3n en que comenz\u00f3 a percibirse un ligero ruido como de pasos que iban aproxim\u00e1ndose, crey\u00f3 distinguir el bulto de un hombre: sin duda, el mismo a quien parec\u00eda aguardaba con tanta impaciencia.<\/p>\n<p>El caballero que acababa de abandonar el alc\u00e1zar para dirigirse a Zocodover era Alonso Carrillo, que, en raz\u00f3n al puesto de honor que desempe\u00f1aba cerca de la persona del rey, hab\u00eda tenido que acompa\u00f1arle en su c\u00e1mara hasta aquellas horas. El que, saliendo de entre las sombras de los arcos que rodeaban la plaza, vino a reun\u00edrsele, Lope de Sandoval. Cuando los dos caballeros se hubieron reunido cambiaron algunas frases en voz baja.<\/p>\n<p>-Presum\u00ed que me aguardabas -dijo el uno.<\/p>\n<p>-Esperaba que lo presumir\u00edas -contest\u00f3 el otro.<\/p>\n<p>-\u00bfY ad\u00f3nde iremos?<\/p>\n<p>-A cualquier parte donde se puedan hallar cuatro palmos de terreno donde revolverse y un rayo de claridad que nos alumbre.<\/p>\n<p>Terminado este brev\u00edsimo di\u00e1logo, los dos j\u00f3venes se internaron por una de las estrechas calles que desembocan en el Zocodover, desapareciendo en la oscuridad como esos fantasmas de la noche que, despu\u00e9s de aterrar un instante al que los ve, se deshacen en \u00e1tomos de niebla y se confunden en el seno de las sombras.<\/p>\n<p>Largo rato anduvieron dando vueltas a trav\u00e9s de las calles de Toledo, buscando un lugar a prop\u00f3sito para terminar sus diferencias; pero la oscuridad de la noche era tan profunda, que el duelo parec\u00eda imposible. No obstante, ambos deseaban batirse, y batirse antes que rayase el alba, pues al amanecer deb\u00edan partir las huestes reales, y Alonso con ellas.<\/p>\n<p>Prosiguieron, pues, cruzando al azar plazas desiertas, pasadizos sombr\u00edos, callejones estrechos y tenebrosos, hasta que, por \u00faltimo, vieron brillar a lo lejos una luz, una luz peque\u00f1a y moribunda, en torno a la cual la niebla formaba un cerco de claridad fant\u00e1stica y dudosa.<\/p>\n<p>Hab\u00edan llegado a la calle del Cristo, y la luz que se divisaba en uno de sus extremos parec\u00eda ser la del farolillo que alumbraba en aquella \u00e9poca, y alumbra a\u00fan, a la imagen que le da su nombre.<\/p>\n<p>Al verla, ambos dejaron escapar una exclamaci\u00f3n de j\u00fabilo y, apresurando el paso en su direcci\u00f3n, no tardaron mucho en encontrarse junto al retablo en que ard\u00eda.<\/p>\n<p>Un arco rehundido en el muro, en el fondo del cual se ve\u00eda la imagen del Redentor enclavado en la cruz y con una calavera al pie; un tosco cobertizo de tablas que lo defend\u00eda de la intemperie, y el peque\u00f1o farolillo colgado de una cuerda, que lo iluminaba d\u00e9bilmente, vacilando al impulso del aire, formaban todo el retablo, alrededor del cual colgaban algunos festones de yedra que hab\u00edan crecido entre los oscuros y rotos sillares, formando una especie de pabell\u00f3n de verdura.<\/p>\n<p>Los caballeros, despu\u00e9s de saludar respetuosamente a la imagen de Cristo quit\u00e1ndose los birretes y murmurando en voz baja una corta oraci\u00f3n, reconocieron el terreno con una ojeada, echaron a tierra sus mantos, y apercibi\u00e9ndose mutuamente para el combate y d\u00e1ndose la se\u00f1al con un leve movimiento de cabeza, cruzaron los estoques. Pero apenas se hab\u00edan tocado los aceros, y antes que ninguno de los combatientes hubiese podido dar un solo paso o intentar un golpe, la luz se apag\u00f3 de repente y la calle qued\u00f3 sumida en la oscuridad m\u00e1s profunda. Como guiados de un mismo pensamiento, y al verse rodeados de repentinas tinieblas, los dos combatientes dieron un paso atr\u00e1s, bajaron la suelo las puntas de sus espadas y levantaron los ojos hacia el farolillo, cuya luz, momentos antes apagada, volvi\u00f3 a brillar de nuevo al punto en que hicieron adem\u00e1n de suspender la pelea.<\/p>\n<p>-Ser\u00e1 alguna r\u00e1faga de aire que ha abatido la llama al pasar -exclam\u00f3 Carrillo, volviendo a ponerse en guardia y previniendo con una voz a Lope, que parec\u00eda preocupado.<\/p>\n<p>Lope dio un paso adelante para recuperar el terreno perdido, tendi\u00f3 el brazo y los aceros se tocaron otra vez; mas, al tocarse, la luz se torn\u00f3 a apagar por s\u00ed misma, permaneciendo as\u00ed mientras no se separaron los estoques.<\/p>\n<p>-En verdad que esto es extra\u00f1o -murmur\u00f3 Lope, mirando al farolillo, que espont\u00e1neamente hab\u00eda vuelto a encenderse y se mec\u00eda con lentitud en el aire, derramando una claridad tr\u00e9mula y extra\u00f1a sobre el amarillo cr\u00e1neo de la calavera colocada a los pies del Cristo.<\/p>\n<p>-\u00a1Bah! -dijo Alonso-. Ser\u00e1 la beata encargada de cuidar del farol del retablo sisa a los devotos y escasea el aceite, por la cual la luz, pr\u00f3xima la morir, luce y se oscurece a intervalos en se\u00f1al de agon\u00eda.<\/p>\n<p>Y dichas estas palabras, el impetuoso joven torn\u00f3 a colocarse en actitud de defensa. Su contrario le imit\u00f3; pero esta vez no tan solo volvi\u00f3 a rodearlos una sombra espes\u00edsima e impenetrable, sino que la mismo tiempo hiri\u00f3 sus o\u00eddos el eco profundo de una voz misteriosa, semejante a esos largos gemidos del vendaval, que parece que se queja y articula palabras al correr aprisionado por las torcidas, estrechas y tenebrosas calles de Toledo.<\/p>\n<p>Qu\u00e9 dijo aquella voz medrosa y sobrehumana, nunca pudo saberse; pero al o\u00edrla ambos j\u00f3venes se sintieron pose\u00eddos de tan profundo terror, que las espadas se escaparon de sus manos, el cabello se les eriz\u00f3 y por sus cuerpos, que estremec\u00eda un temblor involuntario, y por sus frentes, p\u00e1lidas y descompuestas, comenz\u00f3 a correr un sudor fr\u00edo como el de la muerte.<\/p>\n<p>La luz, por tercera vez apagada, por tercera vez volvi\u00f3 a resucitar, y las tinieblas se disiparon.<\/p>\n<p>-Ah! -exclam\u00f3 Lope al ver a su contrario entonces, y en otros d\u00edas su mejor amigo, asombrado como \u00e9l, como \u00e9l p\u00e1lido e inm\u00f3vil-. Dios no quiere permitir este combate, porque es una lucha fraticida, porque un combate entre nosotros ofende al cielo ante el cual nos hemos jurado cien veces una amistad eterna.<\/p>\n<p>Y esto diciendo, se arroj\u00f3 en los brazos de Alonso, que le estrech\u00f3 entre los suyos con una fuerza y una efusi\u00f3n indecibles.<\/p>\n<p>Pasados algunos minutos, durante los cuales ambos j\u00f3venes se dieron toda clase de muestras de amistad y cari\u00f1o, Alonso tom\u00f3 la palabra, y con acento conmovido a\u00fan por la escena que acabamos de referir, exclam\u00f3, dirigi\u00e9ndose a su amigo:<\/p>\n<p>-Lope, yo s\u00e9 que amas a do\u00f1a In\u00e9s; ignoro si tanto como yo, pero la amas. Puesto que un duelo entre nosotros es imposible, resolv\u00e1monos a encomendar nuestra suerte en sus manos. Vamos en su busca: que ella decida con libre albedr\u00edo cu\u00e1l ha de ser el dichoso, cu\u00e1l el infeliz. Su decisi\u00f3n ser\u00e1 respetada por ambos, y el que no merezca sus favores, ma\u00f1ana saldr\u00e1 con el rey de Toledo, e ir\u00e1 a buscar el consuelo del olvido en la agitaci\u00f3n de la guerra.<\/p>\n<p>-Pues que t\u00fa lo quieres, sea -contest\u00f3 Lope.<\/p>\n<p>Y el uno apoyado en el brazo del otro, los dos amigos se dirigieron hacia la catedral, en cuya plaza, y en un palacio del que ya no quedan ni aun los restos, habitaba do\u00f1a In\u00e9s de Tordesillas.<\/p>\n<p>Estaba a punto de rayar el alba, y como algunos de los deudos de do\u00f1a In\u00e9s, sus hermanos entre ellos, marchaban al otro d\u00eda con el ej\u00e9rcito real, no era imposible que en las primeras horas de la ma\u00f1ana pudiesen penetrar en su palacio.<\/p>\n<p>Animados con esta esperanza, llegaron, en fin, al pie de la g\u00f3tica torre del templo; mas al llegar a aquel punto un ruido particular llam\u00f3 su atenci\u00f3n, y deteni\u00e9ndose en uno de los \u00e1ngulos, ocultos entre la sombra de los altos machones que flaquean los muros, vieron, no sin grande asombro, abrirse el balc\u00f3n del palacio de su dama, aparecer en \u00e9l un hombre que se desliz\u00f3 hasta el suelo, al parecer con la ayuda de una cuerda, y, por \u00faltimo, una forma blanca, do\u00f1a In\u00e9s, sin duda, que, inclin\u00e1ndose sobre el calado antepecho, cambi\u00f3 algunas tiernas frases de despedida con su misterioso gal\u00e1n.<\/p>\n<p>El primer movimiento de los dos j\u00f3venes fue llevar las manos al pu\u00f1o de sus espadas; pero, deteni\u00e9ndose como heridos de una idea s\u00fabita, volvieron los ojos a mirarse, y se hubieron de encontrar con una cara de asombro, tan c\u00f3mica, que ambos prorrumpieron en una ruidosa carcajada, carcajada que, repiti\u00e9ndose de eco en eco en el silencio de la noche, reson\u00f3 en toda la plaza y lleg\u00f3 hasta el palacio.<\/p>\n<p>Al o\u00edrla, la forma blanca desapareci\u00f3 del balc\u00f3n, se escuch\u00f3 el ruido de las puertas, que se cerraron con violencia, y todo volvi\u00f3 a quedar en silencio.<\/p>\n<p>Al dia siguiente, la reina, colocada en un estrado lujos\u00edsimo, ve\u00eda desfilar las huestes que marchaban a la guerra de moros, teniendo a su lado a las damas m\u00e1s principales de Toledo. Entre ellas estaba do\u00f1a In\u00e9s de Tordesillas, en la que aquel d\u00eda, como siempre, se fijaban todos los ojos; pero, seg\u00fan a ella le parec\u00eda advertir, con diversa expresi\u00f3n de la costumbre. Dir\u00edase que en todas las curiosas miradas que a ella se volv\u00edan retozaba una sonrisa burlona.<\/p>\n<p>Este descubrimiento no dejaba de inquietarla algo, sobre todo teniendo en cuenta las ruidosas carcajadas que la noche anterior hab\u00eda cre\u00eddo percibir a lo lejos y en uno de los \u00e1ngulos de la plaza, cuando cerraba el balc\u00f3n y desped\u00eda a su amante; pero al mirar aparecer entre las filas de los combatientes, que pasaban por debajo del estrado lanzando chispas de fuego de sus brillantes armaduras y envueltos en una nube de polvo los pendones reunidos de las casas de Carrillo y Sandoval; al ver la significativa sonrisa que la saludar a la reina le dirigieron los dos antiguos rivales, que cabalgaban juntos, todo lo adivin\u00f3, y la p\u00farpura de la verg\u00fcenza enrojeci\u00f3 su frente y brill\u00f3 en sus ojos una l\u00e1grima de despecho.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(Leyenda de Toledo)\u00a0 El rey de Castilla marchaba a la guerra de moros, y para combatir con los enemigos de la religi\u00f3n hab\u00eda apelado en son de guerra a todo lo m\u00e1s florido de la nobleza de sus reinos. 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