{"id":1003,"date":"2023-07-13T02:59:39","date_gmt":"2023-07-13T00:59:39","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=1003"},"modified":"2023-07-13T02:59:39","modified_gmt":"2023-07-13T00:59:39","slug":"la-cruz-del-diablo-gustavo-adolfo-becquer","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-cruz-del-diablo-gustavo-adolfo-becquer\/","title":{"rendered":"\u201cLa Cruz del Diablo\u201d [Gustavo Adolfo B\u00e9cquer]"},"content":{"rendered":"<p>Que lo creas o no, me importa bien poco.<\/p>\n<p>Mi abuelo se lo narr\u00f3 a mi padre, mi padre me lo ha referido a m\u00ed, y yo te lo cuento ahora, siquiera no sea m\u00e1s que por pasar el rato. El crep\u00fasculo comenzaba a extender sus ligeras alas de vapor sobre las pintorescas orillas del Segre, cuando, despu\u00e9s de una fatigosa jornada, llegamos a Bellver, t\u00e9rmino de nuestro viaje.<\/p>\n<p>Bellver es una peque\u00f1a poblaci\u00f3n situada a la falda de una colina, por detr\u00e1s de la cual se ven elevarse, como las gradas de un colosal anfiteatro de granito, las empinadas y nebulosas crestas de los Pirineos.<\/p>\n<p>Los blancos caser\u00edos que la rodean, salpicados aqu\u00ed y all\u00e1 sobre una ondulante sabana de verdura, parecen a lo lejos un bando de palomas que han abatido su vuelo para apagar su sed en las aguas de la ribera.<\/p>\n<p>Una pelada roca, a cuyos pies tuercen \u00e9stas su curso, y sobre cuya cima se notan a\u00fan remotos vestigios de construcci\u00f3n, se\u00f1ala la antigua l\u00ednea divisoria entre el condado de Urgel y el m\u00e1s importante de sus feudos.<\/p>\n<p>A la derecha del tortuoso sendero que conduce a este punto, remontando la corriente del r\u00edo y siguiendo sus curvas y frondosas m\u00e1rgenes, se encuentra una cruz.<\/p>\n<p>El asta y los brazos son de hierro; la redonda base en que se apoya, de m\u00e1rmol, y la escalinata que a ella conduce, de oscuros y mal unidos fragmentos de siller\u00eda.<\/p>\n<p>La destructora acci\u00f3n de los a\u00f1os, que ha cubierto de or\u00edn el metal, ha roto y carcomido la piedra de este monumento, entre cuyas hendiduras crecen algunas plantas trepadoras que suben enred\u00e1ndose hasta coronarlo, mientras una vieja y corpulenta encina la sirve de dosel.<\/p>\n<p>Yo hab\u00eda adelantado algunos minutos a mis compa\u00f1eros de viaje y deteniendo mi escu\u00e1lida cabalgadura, contemplaba en silencio aquella cruz, muda y sencilla expresi\u00f3n de las creencia y la piedad de otros siglos.<br \/>\nUn mundo de ideas se agolp\u00f3 a mi imaginaci\u00f3n en aquel instante. Ideas liger\u00edsimas sin forma determinada, que un\u00edan entre s\u00ed, como un visible hilo de luz, la profunda soledad de aquellos lugares, el alto silencio de la naciente noche y la vaga melancol\u00eda de mi esp\u00edritu.<\/p>\n<p>Impulsado de un sentimiento religioso, espont\u00e1neo e indefinible, ech\u00e9 maquinalmente pie a tierra, me descubr\u00ed y comenc\u00e9 a buscar en el fondo de mi memoria una de aquellas oraciones que me ense\u00f1aron cuando ni\u00f1o; una de aquellas oraciones que, cuando m\u00e1s tarde se escapan involuntarias de nuestros labios, parece que aligeran el pecho oprimido y semejantes a las l\u00e1grimas, alivian el dolor, que tambi\u00e9n toma estas formas para evaporarse.<\/p>\n<p>Ya hab\u00eda comenzado a murmurarla, cuando de improviso sent\u00ed que me sacud\u00edan con violencia por los hombros. Volv\u00ed la cara: un hombre estaba al lado m\u00edo.<\/p>\n<p>Era una de nuestros gu\u00edas, natural del pa\u00eds, el cual, con una indescriptible expresi\u00f3n de terror pintada en el rostro, pugnaba por arrastrarme consigo y cubrir mi cabeza con el fieltro que aun ten\u00eda en mis manos.<\/p>\n<p>Mi primera mirada, mitad de asombro, mitad de c\u00f3lera, equival\u00eda a una interrogaci\u00f3n en\u00e9rgica, aunque muda.<\/p>\n<p>El pobre hombre, sin cejar en su empe\u00f1o de alejarme de aquel sitio, contest\u00f3 a ella con estas palabras, que entonces no pude comprender, pero en las que hab\u00eda un acento de verdad que me sobrecogi\u00f3:<\/p>\n<p>-\u00a1Por la memoria de su madre! \u00a1Por lo m\u00e1s sagrado que tenga en el mundo, se\u00f1orito, c\u00fabrase usted la cabeza y al\u00e9jese m\u00e1s que de prisa de esta cruz! \u00a1Tan desesperado est\u00e1 usted que, no bast\u00e1ndole la ayuda de Dios, recurre a la del demonio!<\/p>\n<p>Yo permanec\u00ed un rato mir\u00e1ndole en silencio. Francamente, cre\u00ed que estaba loco; pero \u00e9l prosigui\u00f3 con igual vehemencia:<\/p>\n<p>-Usted busca la frontera; pues bien: si delante de esa cruz le pide usted al cielo que le preste ayuda, las cumbres de los montes vecinos se levantar\u00e1n en una sola noche hasta las estrellas invisibles, s\u00f3lo por que no encontremos la raya en toda nuestra vida.<\/p>\n<p>Yo no pude menos que sonre\u00edrme.<\/p>\n<p>-\u00bfSe burla usted?&#8230;\u00bfCree acaso que esa es una cruz santa, como la del porche de nuestra iglesia?&#8230;<\/p>\n<p>-\u00bfQui\u00e9n lo duda?<\/p>\n<p>-Pues se enga\u00f1a usted de medio a medio; porque esa cruz, salvo lo que tiene de Dios, esta maldita&#8230;; esa cruz pertenece a un esp\u00edritu maligno, y por eso la llaman La cruz del Diablo.<\/p>\n<p>-\u00a1La cruz del diablo!- repet\u00ed, cediendo a sus instancias, sin darme cuenta a mi mismo del involuntario temor que comenz\u00f3 a apoderarse de mi esp\u00edritu, y que me rechazaba como una fuerza desconocida de aquel lugar-. \u00a1La cruz del Diablo! \u00a1Nunca ha herido mi imaginaci\u00f3n una amalgama m\u00e1s disparatada de dos ideas tan absolutamente enemigas!&#8230; \u00a1Una cruz&#8230;y del diablo! \u00a1 Vaya, vaya! \u00a1Fuerza ser\u00e1 que en llegando a la poblaci\u00f3n me expliques este monstruoso absurdo.<\/p>\n<p>Durante este corto di\u00e1logo, nuestros camaradas que hab\u00edan montado sus cabalgaduras, se nos reunieron al pie de la cruz; yo les explique en breves palabras lo que acababa de sucederme: monte nuevamente en mi roc\u00edn, y las campanas de la parroquia llamaban lentamente a la oraci\u00f3n cuando nos apeamos en el m\u00e1s escondido y l\u00f3brego de los paradores de Bellver. Las llamas rojas y azules se enroscaban chisporroteando a lo largo del grueso tronco de encina que ard\u00eda en el ancho hogar; nuestras sombras, que se proyectaban temblando sobre los ennegrecidos muros, se empeque\u00f1ec\u00edan o tomaban formas gigantescas, seg\u00fan la hoguera desped\u00eda resplandores m\u00e1s o menos brillantes; el vaso de sa\u00faco, ora vac\u00edo, ora lleno, y no de agua como cangil\u00f3n de noria hab\u00eda dado tres veces la vuelta en derredor del circulo que form\u00e1bamos junto al fuego, y todos esperaban con impaciencia la historia de La cruz del Diablo, que a guisa de postres de la frugal cena que acab\u00e1bamos de consumir se nos hab\u00eda prometido, cuando nuestro gu\u00eda tosi\u00f3 por dos veces, se ech\u00f3 al coleto un ultimo trago de vino, limpi\u00f3se con el rev\u00e9s de la mano la boca y comenz\u00f3 de este modo:<\/p>\n<p>-Hace mucho tiempo, mucho tiempo, yo no s\u00e9 cu\u00e1nto, pero los moros ocupaban la mayor parte de Espa\u00f1a, se llamaban condes nuestros reyes, y las villas y aldeas pertenec\u00edan en feudo a ciertos se\u00f1ores que, a su vez, prestaban homenaje a otros m\u00e1s poderosos, cuando acaeci\u00f3 lo que voy a referir a ustedes.<\/p>\n<p>Concluida esta breve introducci\u00f3n hist\u00f3rica, el h\u00e9roe de la fiesta guard\u00f3 silencio durante algunos segundos, como para coordinar sus recuerdos, y prosigui\u00f3 as\u00ed:<\/p>\n<p>-Pues es el caso que en aquel tiempo remoto esta villa y algunas otras formaban parte del patrimonio de un noble bar\u00f3n, cuyo castillo se\u00f1orial se levant\u00f3 por muchos siglos sobre la cresta del pe\u00f1asco que ba\u00f1a el Segre, del cual toma su nombre.<\/p>\n<p>A\u00fan testifican la verdad de mi relaci\u00f3n algunas informes ruinas que, cubiertas de jaramago y musgo, se alcanzan a ver sobre su cumbre desde el camino que conduce a este pueblo.<\/p>\n<p>No s\u00e9 si, por ventura o desgracia, quiso la suerte que este se\u00f1or, a quien por su crueldad detestaban sus vasallos, y por sus malas cualidades ni el rey admit\u00eda en la corte, ni sus vecinos en el hogar, se aburriese de vivir solo con su mal humor y sus ballesteros en lo alto de la roca en que sus antepasados colgaron su nido de piedra.<\/p>\n<p>Devan\u00e1base noche y d\u00eda los sesos en busca de alguna distracci\u00f3n propia de su car\u00e1cter, lo cual era bastante dif\u00edcil despu\u00e9s de haberse cansado, como ya lo estaba, de mover guerra a sus vecinos, apalear a sus servidores y ahorcar a sus s\u00fabditos.<\/p>\n<p>En esta ocasi\u00f3n, cuentan las cr\u00f3nicas que se le ocurri\u00f3, aunque sin ejemplar, una idea feliz.<\/p>\n<p>Sabiendo que los cristianos de otras poderosas naciones se prestaban\u00a0 partir juntos con una formidable armada a un pa\u00eds maravilloso para conquistar el sepulcro de Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, que los moros ten\u00edan en su poder, se determin\u00f3 a marchar en su seguimiento.<\/p>\n<p>Si realiz\u00f3 esta idea con objeto de purgar sus culpas, que no eran pocas, derramando su sangre en tan justa empresa, o con el de transplantarse a un punto donde sus malas ma\u00f1as no conociesen, se ignora; pero la verdad del caso es que, con gran contentamiento de grandes y chicos, de vasallos y de iguales, alleg\u00f3 cuanto dinero pudo, redimi\u00f3 a sus pueblos del se\u00f1or\u00edo mediante una gruesa cantidad, y no conservando de propiedad suya m\u00e1s que el pe\u00f1\u00f3n del Segre y las cuatro torres del castillo, herencia de sus padres, desapareci\u00f3 de la noche a la ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>La comarca entera respir\u00f3 en libertad durante alg\u00fan tiempo, como si despertara de una pesadilla.<\/p>\n<p>Ya no colgaban de los \u00e1rboles de sus sotos, en vez de frutos, racimos de hombres; las muchachas del pueblo no tem\u00edan al salir con su c\u00e1ntaro a la cabeza a tomar agua de la fuente del camino, ni los pastores llevaban sus reba\u00f1os al Segre por sendas impracticables y ocultas, temblando encontrar a cada revuelta de la trocha a los ballesteros de su muy amado se\u00f1or.<\/p>\n<p>As\u00ed transcurri\u00f3 el espacio de tres a\u00f1os; la historia del Mal caballero, que s\u00f3lo por este nombre se le conoc\u00eda, comenzaba a pertenecer al exclusivo dominio de las viejas, que en las eternas veladas del invierno las relataban con voz hueca y temerosa a los asombrados chicos: las madres asustaban a los peque\u00f1uelos incorregibles o llorones dici\u00e9ndoles: &lt;&lt;\u00a1Que viene el se\u00f1or del Segre!&gt;&gt;, cuando he aqu\u00ed que no s\u00e9 si un d\u00eda o\u00a0 una noche, si ca\u00eddo del cielo o abortado de los profundos, el temido se\u00f1or apareci\u00f3 efectivamente y, como suele decirse, en carne y hueso, en mitad de sus antiguos vasallos.<\/p>\n<p>Renuncio a describir el efecto de esta desagradable sorpresa. Ustedes se lo podr\u00e1n figurar, mejor que yo pintarlo, s\u00f3lo con decirles que tornaba reclamando sus vendidos derechos; que si malo se fue, peor volvi\u00f3, y si pobre y sin cr\u00e9dito se encontraba antes de partir a la guerra, ya no pod\u00eda contar con m\u00e1s recursos que su despreocupaci\u00f3n, su lanza y una media docena de aventureros tan desalmados y perdidos como su jefe.<\/p>\n<p>Como era natural, los pueblos se resistieron a pagar tributos que a tanta costa hab\u00edan redimido; pero el se\u00f1or puso fuego a sus heredades, a sus alquer\u00edas y a sus mieses.<\/p>\n<p>Entonces apelaron a la justicia del rey; pero el se\u00f1or se burl\u00f3 de las cartas-leyes de los condes soberanos, las clav\u00f3 en el postigo de sus torres y colg\u00f3 a los fara\u00fates de una encina.<\/p>\n<p>Exasperados, y no encontrando otra v\u00eda de salvaci\u00f3n, por \u00faltimo, se pusieron de acuerdo entre si, se encomendaron a la Divina Providencia y tomaron las armas; pero el se\u00f1or reuni\u00f3 a sus secuaces, llam\u00f3 en su ayuda al diablo, se encaram\u00f3 a su roca y se prepar\u00f3 a la lucha.<\/p>\n<p>Esta comenz\u00f3 terrible y sangrienta. Se peleaba con todas armas, en todos sitios y a todas horas, con la espada y el fuego, en la monta\u00f1a y en la llanura, en el d\u00eda y durante la noche. Aquello no era pelear para vivir: era vivir para pelear.<\/p>\n<p>Al caso, triunf\u00f3 la causa de la justicia. oigan ustedes c\u00f3mo:<\/p>\n<p>Una noche oscura, muy oscura, en que no se o\u00eda ni un rumor en la tierra ni brillaba un solo astro en el cielo, los se\u00f1ores de la fortaleza, engre\u00eddos por una reciente victoria, se repart\u00edan el bot\u00edn y, ebrios con el vapor de los licores, en mitad de la boca y estruendosa org\u00eda, entonaban sacr\u00edlegos cantares en loor de su infernal patrono.<\/p>\n<p>Como dejo dicho, nada se o\u00eda en derredor del castillo, excepto el eco de las blasfemias, que palpitaban perdidas en el sombr\u00edo seno de la noche, como palpitan las almas de los condenados envueltas en los pliegues del hurac\u00e1n de los infiernos.<\/p>\n<p>Ya los descuidados centinelas hab\u00edan fijado algunas veces sus ojos en la villa, que reposaba silenciosa, y se hab\u00edan dormido sin temor a una sorpresa, apoyados en el grueso tronco de sus lanzas, cuando he aqu\u00ed que algunos aldeanos, resueltos a morir y protegidos por la sombra, comenzaron a escalar el enhiesto pe\u00f1\u00f3n del Segre, a cuya cima tocaron a punto de medianoche.<\/p>\n<p>Una vez en la cima, lo que faltaba por hacer fue obra de poco tiempo: los centinelas salvaron de un solo salto el valladar que separa al sue\u00f1o de la muerte; el fuego, aplicado con teas de resina al puente y al rastrillo, se comunic\u00f3 con la rapidez del rel\u00e1mpago a los muros, y los escaladores, favorecidos por la confusi\u00f3n y abri\u00e9ndose paso entre las llamas, dieron fin con los habitantes de aquella guarida en un abrir y cerrar los ojos. Todos perecieron.<\/p>\n<p>Cuando el cercano d\u00eda comenz\u00f3 a blanquear las altas copas de los enebros, humeaban a\u00fan los calcinados escombros de las desplomadas torres; y a trav\u00e9s de sus anchas brechas, chispeando al herirla la luz, y colgada de uno de los negros pilares de la sala del fest\u00edn, era f\u00e1cil divisar la armadura del temido jefe, cuyo cad\u00e1ver, cubierto de sangre y de polvo, yac\u00eda entre los desgarrados tapices y las calientes cenizas, confundido con los de sus oscuros compa\u00f1eros.<\/p>\n<p>El tiempo pas\u00f3; comenzaron los zarzales a rastrear por los desiertos patios, la hiedra a enredarse en los oscuros machones y las campanillas azules a mecerse colgadas de las ruinosas almenas. Los desiguales soplos de la brisa, el graznido de las aves nocturnas y el rumor de los reptiles que se deslizaban entre las altas hierbas, turbaban s\u00f3lo de vez en cuando el silencio de la muerte de aquel lugar maldecido; los insepultos huesos de sus antiguos moradores blanqueaban al rayo de la luna, y a\u00fan pod\u00eda verse el haz de armas del se\u00f1or del Segre colgado del negro pilar de la sal de fest\u00edn.<\/p>\n<p>Nadie osaba tocarle; pero corr\u00edan mil f\u00e1bulas acerca de aquel abandonado objeto, causa incesante de hablillas y terrores para los que le miraban llamear durante el d\u00eda, herido por la luz del sol, o cre\u00edan percibir en las altas horas de la noche el met\u00e1lico son de sus piezas, que chocaban entre si cuando las mov\u00eda el viento, con un gemido prolongado y triste.<\/p>\n<p>A pesar de todos los cuentos que a prop\u00f3sito de la armadura se fraguaron, y que en voz baja se repet\u00edan unos a otros los habitantes de los alrededores, no pasaban de cuentos, y el \u00fanico mal positivo que de ello result\u00f3 se redujo entonces a una dosis de miedo m\u00e1s que regular, que cada uno de por s\u00ed se esforzaba en disimular lo posible, haciendo, como decirse suele, de tripas coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Si de aqu\u00ed no hubiera pasado la cosa, nada se habr\u00eda perdido. Pero el diablo, que a lo que parece no se encontraba satisfecho de su obra, sin duda con el permiso de Dios, y a fin de hacer purgar a la comarca algunas culpas, volvi\u00f3 a tomar cartas en el asunto.<\/p>\n<p>Desde este momento las f\u00e1bulas, que hasta aquella \u00e9poca no pasaron de un rumor vago y sin viso alguno de verosimilitud, comenzaron a tomar consistencia y a hacerse de d\u00eda en d\u00eda m\u00e1s probables.<\/p>\n<p>En efecto, hac\u00eda algunas noches que todo el pueblo hab\u00eda podido observar un extra\u00f1o fen\u00f3meno.<\/p>\n<p>Entre las sombras, a lo lejos, ya subiendo las retorcidas cuestas del pe\u00f1\u00f3n del Segre, ya vagando entre las ruinas del castillo, ya cerni\u00e9ndose, al aparecer, en los aires, se ve\u00edan correr, cruzarse, esconderse y tornar a aparecer para alejarse en distintas direcciones, unas luces misteriosas y fant\u00e1sticas, cuya procedencia nadie sabia explicar.<\/p>\n<p>Esto se repiti\u00f3 por tres o cuatro noches durante el intervalo de un mes, y los confusos aldeanos esperaban, ansiosos, el resultado de aquellos concili\u00e1bulos diab\u00f3licos que ciertamente no se hizo aguardar mucho, cuando tres o cuatro alquer\u00edas incendiadas, varias reses desaparecidas y los cad\u00e1veres de algunos caminantes despe\u00f1ados en los precipicios pusieron en alarma todo el territorio en diez leguas a la redonda.<\/p>\n<p>Ya no qued\u00f3 duda laguna. Una banda de malhechores se albergaba en los subterr\u00e1neos del castillo.<\/p>\n<p>Estos, que s\u00f3lo se prestaban al principio muy de tarde en tarde y en determinados puntos del bosque que a\u00fan en el d\u00eda se dilata a lo largo de la ribera, concluyeron por ocupar casi todos los desfiladeros de las monta\u00f1as, emboscarse en los caminos, saquear los valles y descender como un torrente a la llanura, donde, a este quiero, a este no quiero, no dejaban t\u00edtere con cabeza.<\/p>\n<p>Los asesinatos se multiplicaban, las muchachas desaparec\u00edan, los ni\u00f1os eran arrancados de las cunas, a pesar de los lamentos de sus madres, para servirlos en diab\u00f3licos festines, en que, seg\u00fan la creencia general, los vasos sagrados sustra\u00eddos de las profanadas iglesias serv\u00edan de copa.<\/p>\n<p>El terror lleg\u00f3 a apoderarse de los \u00e1nimos en un grado tal, que al toque de oraciones nadie se aventuraba a salir de su casa, en la que no siempre se cre\u00edan seguros de los bandidos del pe\u00f1\u00f3n.<\/p>\n<p>Mas \u00bfqui\u00e9nes eran estos? \u00bfDe d\u00f3nde hab\u00edan venido? \u00bfCu\u00e1l era el nombre de su misterioso jefe? He aqu\u00ed el enigma que todos quer\u00edan explicar y que nadie pod\u00eda resolver hasta entonces, aunque se observase, desde luego, que la armadura del se\u00f1or feudal hab\u00eda desaparecido del sitio que antes ocupara y posteriormente varios labradores hubiesen afirmado que el capit\u00e1n de aquella desalmada gavilla marchaba a su frente, cubierto con una que, de no ser la misma, se le asemejaba en un todo.<\/p>\n<p>Cuanto queda repetido, si se le despoja de esa parte de fantas\u00eda con que el miedo abulta y completa sus creaciones favoritas, nada tiene en si de sobrenatural y extra\u00f1o.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 cosa m\u00e1s corriente en unos bandidos que las ferocidades con que estos se distingu\u00edan, ni m\u00e1s natural que el apoderarse su jefe de las abandonadas armas del se\u00f1or del Segre?<\/p>\n<p>Sin embargo, algunas revelaciones hechas antes de morir por uno de sus secuaces, prisionero en las \u00faltimas refriegas, acabaron de colmar la medida, preocupando el \u00e1nimo de los m\u00e1s incr\u00e9dulos. Poco m\u00e1s o menos, el contenido de su confesi\u00f3n fue \u00e9ste:<\/p>\n<p>&lt;&lt;-Yo -dijo- pertenezco a una noble familia. Los extrav\u00edos de mi juventud, mis locas prodigalidades y mis cr\u00edmenes, por \u00faltimo, atrajeron sobre mi cabeza la c\u00f3lera de mis deudos y la maldici\u00f3n de mi padre, que me deshered\u00f3 al expiar. Hall\u00e1ndome solo y sin recursos de ninguna especie, el diablo, sin duda, debi\u00f3 sugerirme la idea de reunir algunos j\u00f3venes que se encontraban en una situaci\u00f3n id\u00e9ntica a la m\u00eda, los cuales, seducidos con la promesa de un porvenir de disipaci\u00f3n, libertad y abundancia, no vacilaron un instante en suscribir a mis designios. Estos se reduc\u00edan a formar una banda de j\u00f3venes de buen humor, despreocupados y poco temerosos del peligro, que desde all\u00ed en adelante vivir\u00edan alegremente del producto de su valor y a costa del pa\u00eds, hasta tanto que Dios se sirviera disponer de cada uno de ellos conforme a su voluntad, seg\u00fan hoy a mi me sucede. Con esto objeto, se\u00f1alamos esta comarca para teatro de nuestras expediciones futuras y escogimos como punto el m\u00e1s a prop\u00f3sito para nuestras reuniones el abandonado castillo del Segre, lugar seguro no tanto por su posici\u00f3n fuerte y ventajosa como por hallarse defendido contra el vulgo por las supersticiones y el miedo. Congregados una noche bajo sus ruinosas arcadas, alrededor de una hoguera que iluminaba con su rojizo resplandor las desiertas galer\u00edas, trab\u00f3se una acalorada disputa sobre cual de nosotros hab\u00eda de ser elegido jefe. Cada uno aleg\u00f3 sus m\u00e9ritos: yo expuse mis derechos; ya los unos murmuraban entre si con ojeadas amenazadoras, ya los otros, con voces descompuestas por la embriaguez, hab\u00edan puesto la mano sobre el pomo de sus pu\u00f1ales para dirimir la cuesti\u00f3n, cuando de repente o\u00edmos un extra\u00f1o crujir de armas acompa\u00f1ado de pisadas huecas y sonantes, que de cada vez se hac\u00edan m\u00e1s distintas. Todos arrojamos a nuestro alrededor una inquieta mirada de desconfianza; nos pusimos de pie y desnudamos nuestros aceros, determinados a vender caras las vidas; pero no pudimos por menos de permanecer inm\u00f3viles al ver adelantarse con paso firme e igual un hombre de elevada estatura, completamente armado de la cabeza al pie y cubierto el rostro con la visera del casco, el cual, desnudando su montante, que dos hombres podr\u00edan apenas manejar, y poni\u00e9ndose sobre uno de los carcomidos fragmentos de las rotas arcadas, exclamo con una voz hueca y profunda, semejante al rumor de una ca\u00edda de aguas subterr\u00e1neas: \u201cSi alguno de vosotros se atreve a ser el primero mientras yo habite en el castillo del Segre, que tome esa espada, signo del poder\u201d. Todos guardamos silencio, hasta que, transcurrido el primer momento de estupor, le proclamamos a grandes voces nuestro capit\u00e1n, ofreci\u00e9ndole una copa de nuestro vino, la cual rehus\u00f3 por se\u00f1as acaso por no descubrirse la faz, que en vano procuramos distinguir a trav\u00e9s de las rejillas de hierro que la ocultaba a nuestros ojos. No obstante, aquella noche pronunciamos el m\u00e1s formidable de los juramentos, y a la siguiente dieron principio nuestras nocturnas correr\u00edas. En ellas, nuestro misterioso jefe marcha siempre delante de todos. Ni el fuego le ataja, ni los peligros le intimidan, ni las l\u00e1grimas le conmueven. Nunca despliega sus labios; pero cuando la sangre humea en nuestras manos, como cuando los templos se derrumban calcinados por las llamas; cuando las mujeres huyen espantadas entre las ruinas, y los ni\u00f1os arrojan gritos de dolor, y los ancianos perecen a nuestros golpes, contesta con una carcajada de feroz alegr\u00eda a los gemidos, las imprecaciones y los lamentos. Jam\u00e1s se desnuda de sus armas ni abate la visera de su casco despu\u00e9s de la victoria, ni participa del fest\u00edn, ni se entrega al sue\u00f1o. Las espadas que le hieren se hunden entre las piezas de su armadura, y ni le causan la muerte ni se retiran te\u00f1idas en sangre; el fuego enrojece su espaldar y su cota, y a\u00fan prosigue imp\u00e1vido entre las llamas, buscando nuevas v\u00edctimas; desprecia el oro, aborrece la hermosura y no le inquieta la ambici\u00f3n. Entre nosotros, unos le creen un extravagante; otros, un noble arruinado, que por un resto de pudor se tapa la cara, y no falta quien se encuentra convencido de que es el mismo diablo en persona.&gt;&gt;<\/p>\n<p>El autor de estas revelaciones muri\u00f3 con la sonrisa de la mofa en los labios y sin arrepentirse de sus culpas. Varios de sus iguales le siguieron en diversas \u00e9pocas al suplicio; pero el temible jefe, a quien continuamente se un\u00edan nuevos pros\u00e9litos, no cesaba en sus desastrosas empresas.<\/p>\n<p>Los infelices habitantes de la comarca, y de cada vez m\u00e1s aburridos y desesperados, no acertaban ya con la determinaci\u00f3n que deber\u00eda tomarse para concluir de un todo con aquel orden de cosas, cada d\u00eda m\u00e1s insoportable y triste.<\/p>\n<p>Inmediato a la villa, y oculto en el fondo de un espeso bosque, viv\u00eda a esta saz\u00f3n, en una peque\u00f1a ermita dedicada a San Bartolom\u00e9, un santo hombre, de costumbres piadosas y ejemplares, a quien el pueblo tuvo siempre en olor de santidad merced a sus saludables consejos y acertadas predicciones.<\/p>\n<p>Este venerable ermita\u00f1o, a cuya prudencia y proverbial sabidur\u00eda encomendaron los vecinos de Bellver la resoluci\u00f3n de este dif\u00edcil problema, despu\u00e9s de implorar la misericordia divina por medio de su santo patrono, que, como ustedes no ignoraran, conoce al diablo muy de cerca y en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n le ha atado bien corto, les aconsej\u00f3 que se emboscasen durante la noche al pie del pedregoso camino que sube serpenteando por la roca en cuya cima se encontraba el castillo, encarg\u00e1ndoles al mismo tiempo que, ya all\u00ed, no hiciesen uso de otras armas para aprehenderlo que de una maravillosa oraci\u00f3n que les hizo aprender de memoria y con lo cual aseguraban las cr\u00f3nicas que San Bartolom\u00e9 hab\u00eda hecho al diablo su prisionero.<\/p>\n<p>P\u00fasose en pr\u00e1ctica el proyecto, y su resultado excedi\u00f3 a cuantas esperanzas se hab\u00edan concebido, pues a\u00fan no iluminaba el sol del otro d\u00eda la alta torre de Bellver, cuando sus habitantes, reunidos en grupos en la plaza mayor, se contaban unos a otros, con aire de misterio, c\u00f3mo aquella noche, fuertemente atado de pies y manos, y a los lomos de una poderosa mula, hab\u00eda entrado en la poblaci\u00f3n el famoso capit\u00e1n de los bandidos del Segre.<\/p>\n<p>De que artes se valieron los acometedores de esta empresa para llevarla a t\u00e9rmino, ni nadie se lo acertaba a explicar ni ellos mismos pod\u00edan decirlo; pero el hecho era que, gracias a la oraci\u00f3n del santo o al valor de sus devotos, la cosa hab\u00eda sucedido tal como se refer\u00eda.<\/p>\n<p>Apenas la novedad comenz\u00f3 a extenderse de boca en boca y de casa en casa, la multitud se lanz\u00f3 a las calles con ruidosa algazara y corri\u00f3 a reunirse a las puertas de la prisi\u00f3n. La campana de la parroquia llam\u00f3 a consejo, y los vecinos m\u00e1s respetables se juntaron en cap\u00edtulo, y todos aguardaban ansiosos la hora en que el reo hab\u00eda de comparecer anta sus improvisados jueces.<\/p>\n<p>Estos, que se encontraban autorizados por los condes de Urgel para administrarse por si mismos pronta y severa justicia sobre aquellos malhechores, deliberaron un momento, pasado el cual mandaron comparecer al delincuente a fin de notificarle su sentencia.<\/p>\n<p>Como dejo dicho, as\u00ed en la plaza mayor como en las calles por donde el prisionero deb\u00eda atravesar para dirigirse al punto en que sus jueces se encontraban, la impaciente multitud herv\u00eda como un api\u00f1ado enjambre de abejas. Especialmente en la puerta de la c\u00e1rcel, la conmoci\u00f3n popular tomaba de cada vez mayores proporciones. Y ya los animados di\u00e1logos, los sordos murmullos y los amenazadores gritos comenzaban a poner en cuidado a sus guardas, cuando, afortunadamente, lleg\u00f3 la orden de sacar al reo.<\/p>\n<p>Al aparecer \u00e9ste bajo el macizo arco de la portada de su prisi\u00f3n, completamente vestido de todas armas y cubierto el rostro con la visera, un sordo y prolongado murmullo de admiraci\u00f3n y de sorpresa se elev\u00f3 de entre las compactas masas del pueblo, que se abr\u00edan con dificultad para dejarle paso.<\/p>\n<p>Todos hab\u00edan reconocido en aquella armadura la del se\u00f1or del Segre; aquella armadura objeto de las m\u00e1s sombr\u00edas tradiciones mientras se la vio suspendida de los arruinados muros de la fortaleza maldita.<\/p>\n<p>Las armas eran aquellas, no cab\u00eda duda alguna. Todos hab\u00edan visto flotar el negro penacho de su cimera en los combates que un tiempo trabaran contra su se\u00f1or; todos lo hab\u00edan visto agitarse al soplo de la brisa del crep\u00fasculo, a par de la hiedra del calcinado pilar en que quedaron colgadas a la muerte de su due\u00f1o. Mas \u00bfqui\u00e9n podr\u00eda ser el desconocido personaje que entonces las llevaba? Pronto iba a saberse. Al menos, as\u00ed se cre\u00eda. Los sucesos dir\u00e1n c\u00f3mo esta esperanza queda frustrada a la manera de otras muchas y por qu\u00e9 de este solemne acto de justicia, del que deb\u00eda aguardarse el completo esclarecimiento de la verdad, resultaron nuevas y m\u00e1s inexplicables confusiones.<\/p>\n<p>El misterioso bandido penetr\u00f3 al fin en la sala del Concejo, y un silencio profundo sucedi\u00f3 a los rumores que se elevaran de entre los circunstantes al o\u00edr resonar bajo las latas b\u00f3vedas de aquel recinto el met\u00e1lico son de sus acicates de oro. Uno de los que compon\u00edan el tribunal, con voz lenta e insegura, le pregunt\u00f3 su nombre, y todos prestaron el o\u00eddo con ansiedad para no perder una sola palabra de su respuesta; pero el guerrero se limit\u00f3 a encoger sus hombros ligeramente, con un aire de desprecio e insulto que no pudo menos de irritar a sus jueces, los que se miraron entre si sorprendidos.<\/p>\n<p>Tres veces volvi\u00f3 a repetirle la pregunta, que otras tantas obtuvo semejante o parecida contestaci\u00f3n.<\/p>\n<p>-\u00a1Que se levante la visera! \u00a1Que se descubra! \u00a1Que se descubra! -comenzaron a gritar los vecinos de la villa presentes al acto-. \u00a1Que se descubra! \u00a1Veremos si se atreve entonces a insultarnos con su desd\u00e9n como ahora la hace protegido por el inc\u00f3gnito!<\/p>\n<p>-Descubr\u00edos -repiti\u00f3 el mismo que anteriormente le dirigiera la palabra.<\/p>\n<p>El guerrero permaneci\u00f3 impasible.<\/p>\n<p>-Os lo mando en el nombre de nuestra autoridad.<\/p>\n<p>La misma contestaci\u00f3n.<\/p>\n<p>-En el de los condes soberanos.<\/p>\n<p>Ni por esas.<\/p>\n<p>La indignaci\u00f3n lleg\u00f3 a su colmo, hasta el punto que uno de sus guardas, lanz\u00e1ndose sobre el reo, cuya pertinacia en callar bastar\u00eda a apurar la apariencia de un santo, le abri\u00f3 violentamente la visera. Un grito de general sorpresa se escap\u00f3 del auditorio, que permaneci\u00f3 por un instante herido de un inconcebible estupor.<\/p>\n<p>La cosa no era para menos. El casco, cuya f\u00e9rrea visera se ve\u00eda en parte levantada hasta la frente, en parte ca\u00edda sobre la brillante gola de acero, estaba vac\u00edo&#8230;, completamente vac\u00edo.<\/p>\n<p>Cuando pasaba ya el primer momento de terror, quisieron tocarle, la armadura se estremeci\u00f3 ligeramente y, descomponi\u00e9ndose en piezas, cay\u00f3 al suelo con un ruido sordo y extra\u00f1o.<\/p>\n<p>La mayor parte de los espectadores, a la vista del nuevo prodigio, abandonaron tumultuosamente la habitaci\u00f3n y salieron despavoridos a la plaza.<\/p>\n<p>La nueva se divulg\u00f3 con la rapidez del pensamiento entre la multitud que aguardaba impaciente el resultado del juicio, y fue tal la alarma, la revuelta y la vocer\u00eda, que ya a nadie cupo duda sobre lo que de p\u00fablica voz se aseguraba; esto es, que el diablo, a la muerte del se\u00f1or del Segre, hab\u00eda heredado los feudos de Bellver.<\/p>\n<p>Al fin se apacigu\u00f3 el tumulto y decidi\u00f3se volver a un calabozo la maravillosa armadura.<\/p>\n<p>Ya en \u00e9l, despach\u00e1ronse cuatro emisarios que, en representaci\u00f3n de la atribulada villa, hiciesen presente el caso al conde de Urgel y al arzobispo, los que no tardaron muchos d\u00edas en tornar con la resoluci\u00f3n de estos personajes, resoluci\u00f3n que como suele decirse, era breve y compendiosa.<br \/>\n-Cu\u00e9lguese -les dijeron- la armadura en la plaza mayor de la villa, que si el diablo la ocupa, fuerza le ser\u00e1 el abandonarla o ahorcarse con ella.<\/p>\n<p>Encantados los habitantes de Bellver con tan ingeniosa soluci\u00f3n, volvieron a reunirse en consejo, mandaron levantar una horca en la plaza y cuando ya la multitud ocupaba sus avenidas, se dirigieron a la c\u00e1rcel por las armas, en corporaci\u00f3n y con toda la solemnidad que la importancia del caso requer\u00eda.<\/p>\n<p>Cuando la respetable comitiva lleg\u00f3 al macizo arco que daba entrada al edificio, un hombre p\u00e1lido y descompuesto se arroj\u00f3 al suelo en presencia de los aturdido circunstantes, exclamando con las l\u00e1grimas en los ojos:<\/p>\n<p>-\u00a1Perd\u00f3n, se\u00f1ores, perd\u00f3n!<\/p>\n<p>-\u00a1Perd\u00f3n! \u00bfPara qui\u00e9n? -dijeron algunos-. \u00bfPara el diablo que habita dentro de la armadura del se\u00f1or del Segre?<\/p>\n<p>-Para m\u00ed -prosigui\u00f3 con voz tr\u00e9mula el infeliz, en quien todos reconocieron al alcaide de las prisiones-, para m\u00ed&#8230; Porque las armas&#8230; han desaparecido.<\/p>\n<p>Al o\u00edr estas palabras el asombro se pint\u00f3 en el rostro de cuantos se encontraban en el p\u00f3rtico, que, mudos e inm\u00f3viles, hubieran permanecido en la posici\u00f3n en que se encontraban dios sabe cu\u00e1nto si la siguiente relaci\u00f3n del guardi\u00e1n no las hubiera hecho agruparse en su alrededor para escuchar con avidez.<\/p>\n<p>-Perdonadme, se\u00f1ores -dec\u00eda el pobre alcaide-, perdonadme y yo no os ocultare nada; si quiera sea en contra m\u00eda.<\/p>\n<p>Todos guardaban silencio, y el prosigui\u00f3 as\u00ed:<\/p>\n<p>-Yo no acertar\u00e9 nunca a dar la raz\u00f3n; pero es le caso que la historia de las armas vac\u00edas me pareci\u00f3 siempre una f\u00e1bula tejida en favor de alg\u00fan noble personaje a quien tal vez altas razones de conveniencia p\u00fablica no permit\u00edan descubrir ni castigar. En esta creencia estuve siempre, creencia en que no pod\u00eda menos de confirmarme la inmovilidad en que se encontraban desde que por segunda vez tornaron a la c\u00e1rcel tra\u00eddas del Concejo. En vano una noche y otra, deseando sorprender su misterio, si misterios en ellas hab\u00eda, me levantaba poco a poco y aplicaba e o\u00eddo a los intersticios de la ferrada puerta de su calabozo: ni un rumor se percib\u00eda. En vano procure observarlas a trav\u00e9s de un peque\u00f1o agujero producido en el muro. Arrojadas sobre un poco de paja, y en uno de los mas oscuros rincones, permanec\u00edan un d\u00eda y otro descompuestas e inm\u00f3viles. Una noche, por \u00faltimo, aguijoneado por la curiosidad y deseando convencerme por mi mismo de que aquel objeto de terror nada ten\u00eda de misterioso, encend\u00ed un linterna, baj\u00e9 a las prisiones, levant\u00e9 sus dobles aldabas y, no cuidando siquiera (tanta era mi fe en que todo no pasaba de un cuento) de cerrar las puertas tras m\u00ed, penetr\u00e9 en el calabozo. Nunca lo hubiera hecho. Apenas anduve unos pasos, las luz de mi linterna se apag\u00f3 por s\u00ed sola y mis dientes comenzaron a chocar y mis cabellos a erizarse. Turbando el profundo silencio que me rodeaba, hab\u00eda o\u00eddo como un ruido de hierros que se remov\u00edan y chocaban al unirse entre las sombras. Mi primer movimiento fue arrojarme a las puertas para cerrar el paso; pero al asir sus hojas sent\u00ed sobre mis hombros una mano formidable cubierta con un guantelete, que, despu\u00e9s de sacudirme con violencia, me derrib\u00f3 sobre el dintel. All\u00ed permanec\u00ed hasta la ma\u00f1ana siguiente, que me encontraron mis servidores falto de sentido y recordando s\u00f3lo que despu\u00e9s de mi ca\u00edda hab\u00eda cre\u00eddo percibir confusamente como una pisadas sonoras, la comp\u00e1s de las cuales resonaba un rumor de espuelas, que poco a poco se fue alejando hasta perderse.<\/p>\n<p>Cuando concluy\u00f3 el alcaide rein\u00f3 un silencio profundo al que se sigui\u00f3 luego un infernal concierto de lamentaciones, gritos y amenazas.<\/p>\n<p>Trabajo cost\u00f3 a los m\u00e1s pac\u00edficos el contener al pueblo que, con la novedad, ped\u00eda a grandes voces la muerte del curioso autor de su nueva desgracia.<\/p>\n<p>Al cabo logr\u00f3se apaciguar el tumulto y comenzaron a disponerse a una nueva persecuci\u00f3n. Esta obtuvo tambi\u00e9n un resultado satisfactorio.<\/p>\n<p>Al cabo de algunos d\u00edas, la armadura volvi\u00f3 a encontrarse en poder de sus perseguidores. Conocida la f\u00f3rmula, y mediante la ayuda de San Bartolom\u00e9, la cosa no era ya muy dif\u00edcil.<\/p>\n<p>Pero aun quedaba algo por hacer, pues en vano, a fin de sujetarla, la colgaron de una horca; en vano emplearon la m\u00e1s exquisita vigilancia con el objeto de quitarle toda ocasi\u00f3n de escarparse por esos mundos. En cuanto a las desunidas armas ve\u00edan dos dedos de luz se encajaban y, piano pianito, volv\u00edan a tomar el trote y a emprender de nuevo sus excursiones por montes y llanos, que era una bendici\u00f3n del cielo. Aquello era el cuento de nunca acabar.<\/p>\n<p>En tan angustiosa situaci\u00f3n, los vecinos se repartieron entre si las piezas de la armadura, que acaso por cent\u00e9sima vez se encontraba en sus manos, y rogaron al piadoso eremita que un d\u00eda los ilumin\u00f3 con sus consejos decidiera lo que deb\u00ed hacerse con ella.<\/p>\n<p>El santo bar\u00f3n orden\u00f3 al pueblo una penitencia general. Se encerr\u00f3 por tres d\u00edas en el fondo de la caverna que le serv\u00eda de asilo, y al cabo de ellos dispuso que se fundieses las diab\u00f3licas armas, y con ellas y algunas sillares del castillo del Segre se levantase una cruz.<\/p>\n<p>La operaci\u00f3n se llev\u00f3 a t\u00e9rmino, aunque no sin que nuevos y aterradores prodigios llenasen de pavor al \u00e1nimo de los consternados habitantes de Bellver.<\/p>\n<p>En tanto que las piezas arrojadas a las llamas comenzaban a enrojecerse, largos y profundos gemidos parec\u00edan escarparse de la ancha hoguera, de entre cuyos troncos saltaban como si estuvieran vivas y sintiesen la acci\u00f3n del fuego. Una tromba de chispas rojas, verdes y azules danzaban en la c\u00faspide de sus encendidas lenguas y se retorc\u00eda crujiendo como si una legi\u00f3n de diablos cabalgando sobre ellas, pugnasen por libertar a sus se\u00f1or de aquel tormento.<\/p>\n<p>Extra\u00f1a, horrible fue la operaci\u00f3n en tanto que la candente armadura perd\u00eda su forma para tomar la de una cruz. Los martillos ca\u00edan resonando con un espantoso estruendo sobre el yunque, al que veinte trabajadores vigorosos sujetaban las barras del hirviente metal, que palpitaba y gem\u00eda al sentir los golpes.<\/p>\n<p>Ya se extend\u00edan los brazos del signo de nuestra redenci\u00f3n, ya comenzaba a formarse la cabecera, cuando la diab\u00f3lica y encendida masa se retorc\u00eda de nuevo como una convulsi\u00f3n espantosa y, rode\u00e1ndose al cuerpo de los desgraciados que pugnaban por desasirse de sus abrazos de muerte, se enroscaba en anillos como una culebra o se contra\u00eda en zigzag como un rel\u00e1mpago.<\/p>\n<p>El constante trabajo, la fe, las oraciones y el agua bendita consiguieron, por \u00faltimo, vencer al esp\u00edritu infernal y la armadura se convirti\u00f3 en una cruz.<\/p>\n<p>Esa cruz es la que hoy hab\u00e9is visto, y a la cual se encuentra sujeto el diablo, que le presta su nombre. Ante ella, ni las j\u00f3venes colocan en el mes de mayo ramilletes de lirios, ni los pastores se descubren al pasar, ni los ancianos se arrodillan, bastando apenas las severas amonestaciones del clero para que los muchachos no la apedreen.<\/p>\n<p>Dios ha cerrado sus o\u00eddos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se re\u00fanen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie despu\u00e9s que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Que lo creas o no, me importa bien poco. Mi abuelo se lo narr\u00f3 a mi padre, mi padre me lo ha referido a m\u00ed, y yo te lo cuento ahora, siquiera no sea m\u00e1s que por pasar el rato. 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