{"id":1001,"date":"2010-12-10T17:50:51","date_gmt":"2010-12-10T15:50:51","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=1001"},"modified":"2018-12-22T03:12:47","modified_gmt":"2018-12-22T01:12:47","slug":"la-corza-blanca-gustavo-adolfo-becquer","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-corza-blanca-gustavo-adolfo-becquer\/","title":{"rendered":"\u00abLa corza blanca\u00bb [Gustavo Adolfo B\u00e9cquer]"},"content":{"rendered":"<p>\u00a0\u00a0\u00a0 En un peque\u00f1o lugar de Arag\u00f3n, y all\u00e1 por los a\u00f1os de mil trescientos y pico, viv\u00eda retirado en su torre se\u00f1orial un famoso caballero llamado don Dion\u00eds, el cual despu\u00e9s de haber servido a su rey en la guerra contra infieles, descansaba a la saz\u00f3n, entregado al alegre ejercicio de la caza, de las rudas fatigas de los combates.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Aconteci\u00f3 una vez a este caballero, hall\u00e1ndose en su favorita diversi\u00f3n acompa\u00f1ado de su hija, cuya belleza singular y extraordinaria blancura le hab\u00edan granjeado el sobrenombre de la Azucena, que como se les entrase a m\u00e1s andar el d\u00eda engalfados en perseguir a una res en el monte de su feudo, tuvo que acogerse durante las horas de la siesta, a una ca\u00f1ada por donde corr\u00eda un riachuelo, saltando de roca en roca con un ruido manso y agradable.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Har\u00eda cosa de unas horas que don Dion\u00eds se encontraba en aquel delicioso lugar, recostado sobre la menuda grama a la sombra de una chopera, departiendo amigablemente con sus monteros sobre las peripecias del d\u00eda, y refiri\u00e9ndose unos a otros las aventuras m\u00e1s o menos curiosas que en su vida de cazadores les hab\u00edan acontecido, cuando por lo alto de la empinada ladera y a trav\u00e9s de los alternados murmullos del viento que agitaba las hojas de los \u00e1rboles, comenz\u00f3 a\u00a0 percibirse, cada vez m\u00e1s cerca. el sonido de una esquililla a las del gui\u00f3n de un reba\u00f1o.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 En efecto, era as\u00ed, pues a poco de haberse o\u00eddo la esquililla empezaron a saltar por entre las api\u00f1adas matas de cantueso y tomillo y a descender a la orilla opuesta del riachuelo, hasta unos cien corderos blancos como la nieve, detr\u00e1s de los cuales, con su caperuza calada para libertarse la cabeza de los perpendiculares rayos del sol, y su hatillo al hombro en la punta de un palo, apareci\u00f3 el zagal que los conduc\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; A prop\u00f3sito de aventuras extraordinarias-exclam\u00f3 al verle uno de los monteros de don Dion\u00eds, dirigi\u00e9ndose a su se\u00f1or, ah\u00ed ten\u00e9is a Esteban, el zagal que de un tiempo a esta parte anda m\u00e1s tonto que lo que naturalmente lo hizo Dios, que no es poco, y el cual puede haceros pasar un rato divertido refiriendo la causa de sus continuos sustos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00bfPues qu\u00e9 le acontece a ese pobre diablo, inquiri\u00f3 don Dion\u00eds con aire de curiosidad picada?<\/p>\n<p>\u00a1Friolera!, a\u00f1adi\u00f3 el montero en tono de zumba, es el caso que, sin haber nacido en Viernes Santo, ni estar se\u00f1alado con la cruz, ni hallarse en relaciones con el demonio a lo que se puede colegir de sus h\u00e1bitos de cristiano viejo, se encuentra, sin saber c\u00f3mo ni por donde , dotado de la facultad m\u00e1s maravillosa que ha pose\u00eddo hombre alguno, a no ser Salom\u00f3n, de quien se dice que sab\u00eda hasta el lenguaje de los p\u00e1jaros.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00bfY a qu\u00e9 se refiere esa facultad maravillosa?, se refiere, prosigui\u00f3 el montero, a que, seg\u00fan \u00e9l afirma, y lo jura y lo perjura por todo lo m\u00e1s sagrado del mundo, los ciervos que discurren por estos montes se han dado de ojo para no dejarle en paz, siendo lo m\u00e1s gracioso del caso que en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n los ha sorprendido concertando entre s\u00ed las burlas que han de hacerle y despu\u00e9s que est\u00e1s burlas se han llevado a termino, ha o\u00eddo las ruidosas carcajadas con las que las celebran.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Mientras esto dec\u00eda el montero, Constanza, que as\u00ed se llamaba la hermosa hija de don Dion\u00eds, se hab\u00eda aproximado al grupo de los cazadores, y como demostrase su curiosidad por conocer la extraordinaria historia de Esteban, uno de \u00e9stos se adelant\u00f3 hasta el sitio en donde el zagal daba de beber a su ganado, y le condujo a presencia de su se\u00f1or que, para disipar la turbaci\u00f3n y el visible encogimientos del pobre mozo, se apresur\u00f3 a saludarle por su nombre, acompa\u00f1ando el saludo con una bondadosa sonrisa.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Era Esteban un muchacho de diecinueve a veinte a\u00f1os, fornido, con la cabeza peque\u00f1a y hundida entre los hombros, los ojos peque\u00f1os y azules, la mirada incierta y torpe como la de los albinos, la nariz roma, los labios gruesos y entreabiertos, la frente alzada, la tez blanca , pero ennegrecida por el sol, y el cabello, que le ca\u00eda parte sobre los ojos y parte alrededor de la cara, en guedejas \u00e1speras y rojas semejantes a las crines de un roc\u00edn colorado.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Esto, sobre poco m\u00e1s o menos, era Esteban en cuanto al f\u00edsico, respecto a su moral, pod\u00eda aseverarse sin temor de ser desmentido ni por \u00e9l ni por ninguna de las personas que le conoc\u00edan, que era perfectamente simple, aunque un tanto suspicaz y malicioso, como buen r\u00fastico.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Una vez el zagal repuesto de su turbaci\u00f3n, le dirigi\u00f3 de nuevo la palabra a don Dion\u00eds, y con el tono m\u00e1s se\u00f1orial del mundo, y fingiendo un extraordinario inter\u00e9s por conocer los detalles del suceso a que su montero se hab\u00eda referido, le hizo una multitud de preguntas, a las que Esteban comenz\u00f3 a contestar de una manera evasiva, como deseando evitar explicaciones sobre el asunto.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Estrechado, sin embargo, por las interrogaciones de su se\u00f1or y por los ruegos de Constanza, que parec\u00eda la m\u00e1s curiosa e interesada en que el pastos refiriese sus estupendas aventuras, decidi\u00f3se \u00e9ste a hablar, mas no sin que antes dirigiese a su alrededor una mirada de desconfianza, como temiendo ser o\u00eddo por otras personas que las que all\u00ed estaban presentes, y de rascarse tres o cuatro veces la cabeza tratando de reunir sus recuerdos o h\u00edlvanar su discurso, que al fin comenz\u00f3 de esta manera:<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Es el caso, se\u00f1or, que seg\u00fan me dijo un preste de Tarazona, al que acud\u00ed no ha mucho para consultar m\u00e1s dudas, con el diablo no sirven juegos, sino punto en boca, buenas y muchas oraciones a San Bartolom\u00e9, que es quien le conoce las cosquillas, y dejarle andar; que Dios que es justo\u00a0 y est\u00e1 all\u00e1 arriba, proveer\u00e1 a todo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Firme en esta idea, hab\u00eda decidido no volver a decir palabra sobre el asunto a nadie, ni por nada, pero lo har\u00e9 hoy por satisfacer a vuestra curiosidad, y a fe, a fe que despu\u00e9s de todo, si el diablo me lo toma en cuenta y torna a molestarme en castigo de mi indiscreci\u00f3n, buenos evangelios llevo cosidos a la pelliza y con su ayuda creo que, como otras veces, no me ser\u00e1 in\u00fatil el garrote.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Pero vamos, apremi\u00f3 don Dion\u00eds, impaciente al escuchar las digresiones del zagal, que amenazaba no concluir nunca, d\u00e9jate de rodeos y ve derecho al asunto.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 A \u00e9l voy, contest\u00f3 con calma Esteban, que despu\u00e9s de dar una gran voz acompa\u00f1ada de un silbido para que se agruparan los corderos, que no perd\u00eda de vista y comenzaba a desparramarse por el monte, torn\u00f3 a rascarse la cabeza y prosigui\u00f3 as\u00ed:<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Por una parte vuestras continuas excursiones, y por otra el dale que le das de los cazadores furtivos, que ya con trampa o con ballesta no dejan res a vida en veinte jornadas al contorno, hab\u00edan no hace mucho agotado la caza en estos montes, hasta el extremo de no encontrarse un venado en ellos ni por un ojo de la cara.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Hablaba yo de esto mismo en el lugar, sentado en el porche de la iglesia, donde despu\u00e9s de acabada la misa del domingo sol\u00eda reunirme con algunos peones de los que labran la tierra de Verat\u00f3n , cuando algunos de ellos me dijeron:<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Pues, hombre, no s\u00e9 en qu\u00e9 consist\u00eda el que t\u00fa no las topes, pues de nosotros podemos asegurarte que no bajamos una vez a las hazas que no nos encontremos rastro, y hace tres o cuatro d\u00edas, sin ir m\u00e1s lejos, una manada que, a juzgar por la huellas, deb\u00eda de componerse de m\u00e1s de veinte, le segaron antes de tiempo una pieza de trigo al santero de la Virgen del Romeral.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00bfY hac\u00eda qu\u00e9 sitio segu\u00eda el rastro?, pregunt\u00e9 a los peones, con \u00e1nimo de ver si topaba con la tropa. Hac\u00eda la ca\u00f1ada de los cantuesos, me contestaron.<\/p>\n<p>No ech\u00e9 en saco roto la advertencia, y aquella noche misma fui a apostarme entre los chopos. Durante toda ella estuve oyendo por ac\u00e1 y por all\u00e1, tan pronto lejos como cerca, el bramido de los ciervos que se llamaban unos a otros, y de vez en cuando sent\u00eda moverse el ramaje a mis espaldas, pero por m\u00e1s que hice todo ojos, la verdad es que no pude distinguir a ninguno.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 No obstante, al romper el d\u00eda, cuando llev\u00e9 a los corderos al agua, a la orilla de este r\u00edo, como obra de dos tiros de honda del sitio en que nos hallamos, y en una umbr\u00eda de los chopos, donde ni a la hora de la siesta se desliza un rayo de sol, encontr\u00e9 huellas recientes de los ciervos, algunas ramas desgajadas, la corriente un poco turbia y, lo que es m\u00e1s particular, entre el rastro de las reses las breves huellas de unos pies peque\u00f1itos como la mitad de la palma de mi mano, sin ponderaci\u00f3n alguna.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Al decir esto, el mozo, instintivamente, y al parecer buscando un punto de comparaci\u00f3n, dirigi\u00f3 la vista hacia el pide de Constanza que asomaba por debajo del brial, calzado de un precioso chap\u00edn de tafilete amarillo, pero como al par de Esteban bajasen tambi\u00e9n los ojos de don Dion\u00eds y algunos de los monteros que le rodeaban, la hermosa ni\u00f1a se apresur\u00f3 a esconderlo, exclamando con el tono m\u00e1s natural del mundo; \u00a1Oh no!; por desgracia, no los tengo yo tan peque\u00f1os pues de este tama\u00f1o s\u00f3lo se encuentran en las hadas cuya historia nos refieren los trovadores.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Pues no paro aqu\u00ed la cosa, continu\u00f3 el zagal, cuando Constanza hubo concluido, sino que otra vez,\u00a0 habi\u00e9ndome colocado en otro escondite por donde indudablemente hab\u00edan de pasar los ciervos para dirigirse a la ca\u00f1ada, all\u00e1 al filo de la medianoche me rindi\u00f3 un poco el sue\u00f1o , aunque no tanto que no abriese los ojos en el mismo punto en que cre\u00ed percibir que las ramas se mov\u00edan a mi alrededor. Abr\u00ed los ojos, seg\u00fan dejo dicho, me incorpor\u00e9 con sumo cuidado, y poniendo atenci\u00f3n a aquel confuso murmullo que cada vez sonaba m\u00e1s pr\u00f3ximo, o\u00ed en las r\u00e1fagas de aire como gritos y cantares extra\u00f1os, carcajadas y tres o cuatro voces distintas que hablaban entre si, como un ruido y algarab\u00eda semejantes al de las muchachas del lugar, cuando riendo y bromeando por el camino vuelven en bandadas de la fuente con sus c\u00e1ntaros a la cabeza.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Seg\u00fan coleg\u00eda de la proximidad de las voces y del cercano chasquido de las ramas que cruj\u00edan al romperse para dar paso a aquella turba de locuelas, iban a salir de la espesura a un peque\u00f1o rellano que formaba\u00a0 el monte en el sitio donde yo estaba oculto, cuando enteramente a mis espaldad, tan cerca o m\u00e1s que me encuentro de vosotros, o\u00ed una nueva voz fresca, delgada y vibrante que dijo &#8230;., creedlo, se\u00f1ores, esto es tan seguro como que me he de morir&#8230;, dijo &#8230; claro y distintamente, estas palabras:<\/p>\n<p>\u00a1Por aqu\u00ed, por aqu\u00ed, compa\u00f1eras,<br \/>\nque est\u00e1 ah\u00ed el bruto de Esteban!<\/p>\n<p>Al llegar a este punto de la relaci\u00f3n el zagal, los circunstantes no pudieron ya contener por m\u00e1s tiempo la risa que hac\u00eda largo rato les retozaba en los ojos, y dando rienda suelta a su buen humor prorrumpieron en una carcajada estrepitosa. De los primeros en\u00a0 comenzar a re\u00edr y de los \u00faltimos en dejarlo , fueron\u00a0 don Dion\u00eds, que a pesar de su fingida circunspecci\u00f3n no pudo por menos que tomar parte en el regocijo, y su hija Constanza, la cual cada vez que miraba a Esteban todo suspenso y confuso, tornaba a re\u00edrse como una loca hasta el punto de saltarle las l\u00e1grimas a los ojos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El zagal, por su parte, aunque sin atender al efecto que su narraci\u00f3n hab\u00eda producido, parec\u00eda todo turbado e inquieto; mientras los se\u00f1ores re\u00edan a sabor de sus inocentadas, \u00e9l tornaba la vista a un lado y a otro con visibles muestras de temor\u00a0 y como queriendo descubrir algo a trav\u00e9s de los cruzados troncos de los \u00e1rboles.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 es eso, Esteban, qu\u00e9 te sucede?, le pregunt\u00f3 uno de los monteros, notando la creciente inquietud del pobre mozo, que ya fijaba sus espantadas pupilas en la hija de don Dion\u00eds, ya las volv\u00eda a su alrededor con una expresi\u00f3n asombrada y est\u00fapida.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Me sucede una cosa muy extra\u00f1a, explic\u00f3 Esteban, cuando, despu\u00e9s de escuchar las palabras que dejo referidas, me incorpor\u00e9 con prontitud para sorprender a la personas que las hab\u00eda\u00a0 pronunciado, una corza blanca como la nieve sali\u00f3 de entre las mismas matas en donde yo estaba oculto, y dando unos saltos enormes por encima de los carrascales y los lentiscos, se alej\u00f3 seguida de una tropa de corzas de su color natural, y as\u00ed estas como la blanca que las iba guiando, no arrojaban bramidos al huir, sino que se re\u00edan con unas carcajadas cuyo eco jurar\u00eda que a\u00fan me est\u00e1 sonando en los o\u00eddos en este momento.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a1Bah!&#8230;.\u00a1Bah!&#8230; Esteban, exclam\u00f3 don Dion\u00eds con aire burl\u00f3n, sigue los consejos del preste de Tarazona no hables de tus encuentros con los corzos amigos de burlas, no sea que haga el diablo que al fin pierdas el poco juicio que tienes, y pues ya est\u00e1s provisto de los evangelios, y sabes las oraciones de San<\/p>\n<p>Bartolom\u00e9 vu\u00e9lvete a tus corderos, que comienzan a desbandarse por la ca\u00f1ada.<\/p>\n<p>Si los esp\u00edritus malignos tornan a incomodarle ya sabes el remedio: paternoster y garrotazo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El zagal, despu\u00e9s de guardarse en el zurr\u00f3n un medio pan blanco y un trozo de carne de jabal\u00ed, y en el est\u00f3mago un valiente trago de vino que le dio por orden de su se\u00f1or uno de los palafreneros, despidi\u00f3se de don Dion\u00eds y su hija, y apenas anduvo cuatro pasos , comenz\u00f3 a voltear la honda para reunir a pedradas los corderos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Como a esta saz\u00f3n not\u00e1base don Dion\u00eds que entre unas y otras las horas del calor eran pasadas y el vientecillo de la tarde comenzaba a mover las hojas de los chopos y a refrescar los campos, dio orden a su comitiva para que aderezasen las caballer\u00edas que andaban paciendo sueltas por el inmediato soto; y cuando todo estuvo a punto, hizo se\u00f1a a los unos para que soltasen las tra\u00edllas, y a los otros para que tocasen las trompas, y saliendo en tropel de la chopera, prosigui\u00f3 adelante la interrumpida caza.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0Entre los monteros de Don Dion\u00eds hab\u00eda uno llamado Garc\u00e9s hijo de un antiguo servidor de la familia, y por tanto el m\u00e1s querido de sus se\u00f1ores.<\/p>\n<p>Garc\u00e9s ten\u00eda poco m\u00e1s o menos la edad de Constanza, y desde muy ni\u00f1o hab\u00edase acostumbrado a prevenir al menor de sus deseos y adivinar y satisfacer el m\u00e1s leve de sus antojos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Por su mano se entreten\u00eda en afilar en los ratos de ocio las agudas saetas de su ballesta de marfil, \u00e9l domaba los potros que hab\u00eda de montar su se\u00f1ora, \u00e9l ejercitaba en los ardides de la caza a sus lebreles favoritos y amaestraba a sus halcones, a los cuales compraba en las ferias de Castila caperuzas rojas bordadas de oro.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Para con los otros monteros, los pajes y la gente menuda del servicio de don Dion\u00eds, la exquisita solicitud de Garc\u00e9s y el aprecio con que sus se\u00f1ores le distingu\u00edan, hab\u00edanle valido una especio de general animadversi\u00f3n, y al decir a los envidiosos , en todos aquellos cuidados con que se adelantaba a prevenir los caprichos de su se\u00f1ora, revelase su car\u00e1cter adulador y rastrero. No faltaban, sin embargo, algunos que m\u00e1s avisados o maliciosos, creyeron sorprender en la asiduidad del solicito mancebo algunas se\u00f1ales de mal disimulado amor.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Si en efecto era as\u00ed, el oculto cari\u00f1o de Garc\u00e9s ten\u00eda m\u00e1s que sobrada disculpa en la incomparable hermosura de Constanza. Hubi\u00e9rase necesitado un pecho de roca y un coraz\u00f3n de hielo para permanecer impasible un d\u00eda y otro al lado de aquella mujer singular por su belleza y sus raros atractivos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La Azucena del Moncayo llam\u00e1banla en veinte leguas a la redonda, y bien merec\u00eda este sobrenombre, porque eran tan airosa, tan blanca y tan rubia, que como a las azucenas, parec\u00eda que Dios la hab\u00eda hecho de nieve y oro.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Y sin embargo, entre los se\u00f1ores comarcanos murmur\u00e1base que la hermosa castellana de Verat\u00f3n no era tan limpia de sangre como bella, y que, a pesar de sus trenzas rubias y su tez de alabastro, hab\u00eda tenido por madre una gitana. Lo cierto que pudiera haber en estas murmuraciones nadie pudo nunca decirlo, porque la verdad era que don Dion\u00eds tuvo una vida bastante azarosa en su juventud, y despu\u00e9s de combatir largo tiempo bajo la conducta del monarca aragon\u00e9s del cual recab\u00f3 entre otras mercedes el feudo del Moncayo march\u00f3se a Palestina, en donde anduvo errante algunos a\u00f1os, para volver por \u00faltimo a encerrarse en su castillo de Verat\u00f3n con una hija peque\u00f1a, nacida sin duda en aquellos pa\u00edses remotos. El \u00fanico que hubiera podido decir algo acerca del misterioso origen de Constanza, pues acompa\u00f1\u00f3 a don Dion\u00eds en sus lejanas peregrinaciones, era el padre de Garc\u00e9s, y este hab\u00eda ya muerto hac\u00eda bastante tiempo, sin decir una sola palabra sobre el asunto ni a su propio hijo, que varias veces y con muestras de gran inter\u00e9s se lo hab\u00eda preguntado.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El car\u00e1cter tan pronto retra\u00eddo y melanc\u00f3lico como bullicioso y alegre de Constanza, la extra\u00f1a exaltaci\u00f3n de sus ideas, sus extravagantes caprichos, sus nunca vistas costumbres, hasta la particularidad de tener los ojos y las cejas negros como la noche, siendo blando blanca y rubia como el oro, hab\u00edan contribuido a dar p\u00e1bulo a las hablillas de sus convecinos , y aun el mismo Garc\u00e9s, que tan \u00edntimamente la trataba, hab\u00eda llegado a persuadirse que su se\u00f1ora era algo especial y no se parec\u00eda a las dem\u00e1s mujeres .<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Presente a la relaci\u00f3n de Esteban, como los otros monteros, Garc\u00e9s fue acaso el \u00fanico que oy\u00f3 con verdadera curiosidad los pormenores de su incre\u00edble aventura, y si bien no pudo menos de sonre\u00edr cuando el zagal repiti\u00f3 las palabras de la corza blanca, desde que abandon\u00f3 el soto en que hab\u00edan sesteado comenz\u00f3 a revolver en su mente las m\u00e1s absurdas imaginaciones.<\/p>\n<p>\u00abNo cabe duda que todo eso de hablar las corzas es pura aprensi\u00f3n de Esteban, que es un completo mentecato, dec\u00eda entre si el joven montero mientras que, jinete en un poderoso alaz\u00e1n, segu\u00eda a paso el palafr\u00e9n de Constanza, la cual tambi\u00e9n parec\u00eda mostrarse un tanto distra\u00edda y silenciosa, y retirada del tropel de los cazadores, apenas tomaba parte en la fiesta, pero, \u00bfqui\u00e9n dice que en lo que se refiere a ese simple no existir\u00e1 algo de verdad?, prosigui\u00f3 pensando el mancebo.<\/p>\n<p>Cosas m\u00e1s extra\u00f1as hemos visto en el mundo, y una corza blanca bien puede haberla, puesto que, si se ha de dar cr\u00e9dito a las cantigas del pa\u00eds, San Humberto, patr\u00f3n de los cazadores, ten\u00eda una. \u00a1Oh, si yo pudiese coger viva una corza blanca para ofrec\u00e9rsela a mi se\u00f1ora!.\u00bb<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 As\u00ed pensando y discurriendo pas\u00f3 Garc\u00e9s la tarde, y cuando ya el sol comenz\u00f3 a esconderse por detr\u00e1s de las cetrinas lomas y don Dion\u00eds mand\u00f3 volver grupas a su gente para tornar al castillo, separ\u00f3se sin ser notado de la comitiva y ech\u00f3 en busca del zagal por lo m\u00e1s espeso e intrincado del monte.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La noche hab\u00eda cerrado casi por completo cuando don Dion\u00eds llegaba a las puertas de su castillo. Acto continuo dispusieron una frugal colocaci\u00f3n y sent\u00f3se con su hija en la mesa.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Y Garc\u00e9s \u00bfd\u00f3nde est\u00e1?, pregunt\u00f3 Constanza, notando que su montero no se encontraba all\u00ed para servirla como ten\u00eda de costumbre.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 No sabemos, se apresuraron a contestar los otros servidores; desapareci\u00f3 de entre nosotros cerca de la ca\u00f1ada, y esta es la hora que todav\u00eda no le hemos visto.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 En este punto lleg\u00f3 Garc\u00e9s todo sofocado, cubierta a\u00fan de sudor la frente, pero con la cara m\u00e1s regocijada y satisfecha que pudiera imaginarse.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Perd\u00f3name se\u00f1ora, rog\u00f3, dirigi\u00e9ndose a Constanza, personadme si he faltado un momento a mi obligaci\u00f3n: pero all\u00e1 de donde vengo a todo correr de mi caballo, como aqu\u00ed, s\u00f3lo me ocupaba en serviros.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00bfEn servirme?, repiti\u00f3 Constanza, no comprendo lo que quieres decir.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Si ,se\u00f1ora, en serviros, repiti\u00f3 el joven, pues he averiguado que es verdad que la corza blanca existe. A m\u00e1s de Esteban, le dan por seguro otros varios pastores, que juran haberla visto m\u00e1s de una vez, y con ayuda de los cuales espero en Dios y en mi patr\u00f3n San Humberto, que antes de tres d\u00edas, viva o muerta, os la traer\u00e9 al castillo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a1Bah!&#8230; \u00a1Bah!.. ,exclam\u00f3 Constanza, con aire de zumba, mientras hac\u00edan coro a sus palabras las risas m\u00e1s o menos disimuladas de los presentes. D\u00e9jate de cacer\u00edas nocturnas y de corzas blancas; mira que el diablo ha en la flor de tentar a los simples, y si te empe\u00f1as en andarle a los talones, va a dar que re\u00edr contigo como con el pobre Esteban.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Se\u00f1ora, interrumpi\u00f3 Garc\u00e9s, con voz entrecortada y disimulando en lo posible la c\u00f3lera que le produc\u00eda el burl\u00f3n regocijo de sus compa\u00f1eros, yo no me he visto nunca con el diablo y, por consiguiente, no s\u00e9 todav\u00eda c\u00f3mo las gasta: pero conmigo os juro que todo podr\u00e1 hacer menos dar que re\u00edr, porque el uso de ese privilegio s\u00f3lo en vos s\u00e9 tolerarlo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Constanza conoci\u00f3 el efecto que su burla hab\u00eda producido en el enamorado joven; pero deseando apurar su paciencia hasta lo \u00faltimo, torn\u00f3 a decir en el mismo tono: \u00bfy si al dispararle te saluda con alguna risa del g\u00e9nero de la que oy\u00f3 Esteban, o se te r\u00ede en la nariz, y al escuchar sus sobrenaturales carcajadas se te cae la ballesta de las manos, y antes de reponerte del susto ya ha desaparecido la corza blanca m\u00e1s ligera que un rel\u00e1mpago?.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a1Oh!, exclamo Garc\u00e9s, en cuanto a eso, estad segura que como yo la topase de ballesta, aunque me hiciese m\u00e1s monos que un juglar, aunque me hablara, no ya en romance, sino en lat\u00edn, como el abad de Munilla, no se iba sin un arp\u00f3n en el cuerpo.<\/p>\n<p>En este punto del di\u00e1logo terci\u00f3 don Dion\u00eds, y con una desesperante gravedad a trav\u00e9s de la que se adivinaba toda la iron\u00eda de sus palabras, comenz\u00f3 a darle al ya sendereado mozo los consejos m\u00e1s originales del mundo, para el caso de que se encontrase de manos a boca con el demonio convertido en corza blanca. A\u00a0 cada nueva ocurrencia de su padre, Constanza fijaba sus ojos en el atribulado Garc\u00e9s y romp\u00eda a re\u00edr como una loca, en tanto que los otros servidores reforzaban las burlas con sus miradas de inteligencia y su mal encubierto gozo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Mientras dur\u00f3 la colocaci\u00f3n prolong\u00f3se esta escena en que la credulidad del joven montero fue, por decirlo as\u00ed, el tema obligado del general regocijo; de modo que cuando se levantaron los pa\u00f1os, y don Dion\u00eds y Constanza se retiraron a sus habitaciones, y toda la gente del castillo se entreg\u00f3 al reposo, Garc\u00e9s permaneci\u00f3 un largo espacio de tiempo irresoluto, dudando si, a pesar de las burlas de sus se\u00f1ores, proseguir\u00eda firme en sus prop\u00f3sitos o desistir\u00eda completamente de la empresa.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 !Y qu\u00e9 diantre!, exclam\u00f3, saliendo del estado de incertidumbre en que se encontraba. Mayor mal del que me ha sucedido no puede sucederme, y si, por el contrario es verdad lo que nos ha contado Esteban &#8230; \u00a1oh, entonces c\u00f3mo he de saborear mi triunfo!.<\/p>\n<p>Esto diciendo, arm\u00f3 su ballesta, no sin haberle hecho antes la se\u00f1al de la cruz en la punta de la vira, y coloc\u00e1ndosela a la espalda se dirigi\u00f3 a la poterna del castillo para tomar la vereda del monte.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Cuando\u00a0 Garc\u00e9s lleg\u00f3 a la ca\u00f1ada y al punto en que seg\u00fan las instrucciones de Esteban, deb\u00eda aguardar la aparici\u00f3n de las corzas, la luna comenzaba a remontarse con la lentitud por detr\u00e1s de los cercanos montes.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 A fuer de buen cazador y pr\u00e1ctico en el oficio, antes de elegir un punto a prop\u00f3sito para colocarse al acecho de las reses, anduvo un gran rato de ac\u00e1 para all\u00e1 examinando las trochas y las veredas vecinas, la disposici\u00f3n de los \u00e1rboles , los accidentes del terreno, las curvas del r\u00edo y la profundidad de sus aguas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Por \u00faltimo, despu\u00e9s de terminar este minucioso reconocimiento del lugar en que se encontraba, agazap\u00f3se en un ribazo junto a unos chopos de copas elevadas y oscuras, a cuyo pie crec\u00edan unas matas de lentisco, altas lo bastante para ocultar a un hombre echado en tierra.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El r\u00edo, que desde las musgosas rocas donde ten\u00eda el nacimiento, ven\u00eda siguiendo las sinuosidades del Moncayo, al entrar en la ca\u00f1ada por la vertiente, desliz\u00e1base desde all\u00ed ba\u00f1ando el pie de los sauces que sombreaban sus orillas, o jugueteando con alegre murmullo entre las piedras rodadas del monte, hasta caer en una hondura pr\u00f3xima al lugar que serv\u00eda de escondrijo al montero.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Los \u00e1lamos, cuyas plateadas hojas mov\u00eda el aire con un rumor dulc\u00edsimo, los sauces que inclinados sobre la limpia corriente humedec\u00edan en ella las puntas de sus desmayadas ramas, y los apretados carrascales por cuyos troncos sub\u00edan y se enredaban las madreselvas y las campanillas azules, formaban un espeso muro de follaje alrededor del remanso del r\u00edo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El viento, agitando los frondosos pabellones de verdura que derramaba en torno su flotante sombra, dejaba penetrar a intervalos un furtivo rayo de luz, que brillaba como un rel\u00e1mpago de plata sobre la superficie de las aguas inm\u00f3viles y profundas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Oculto tras los matojos, con el o\u00eddo atento al m\u00e1s leve rumor y la vista clavada en el punto en donde seg\u00fan sus c\u00e1lculos deb\u00edan aparecer las corzas Garc\u00e9s esper\u00f3 in\u00fatilmente un gran espacio de tiempo.<\/p>\n<p>Todo parec\u00eda a su alrededor sumido en una profunda calma. Poco a poco, y bien fuese que el peso de la noche, que ya hab\u00eda pasado de la mitad, comenzara a dejarse sentir, bien que el lejano murmullo del agua, el penetrante aroma de las flores silvestres y las caricias del viento comunicasen a sus sentidos el dulce sopor en que parec\u00eda estar impregnada la Naturaleza todo, el enamorado mozo que hasta aquel punto hab\u00eda estado entretenido revolviendo en su mente las m\u00e1s halag\u00fce\u00f1as imaginaciones, comenz\u00f3 a sentir que sus ideas se elaboraban con m\u00e1s lentitud y sus pensamientos tomaban formas m\u00e1s leves e indecisas.<\/p>\n<p>.\u00a0 .\u00a0 .\u00a0 .\u00a0 .\u00a0 .\u00a0 .\u00a0 .\u00a0 .\u00a0 .\u00a0 .<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Cosa de dos horas o tres har\u00eda ya que el joven montero roncaba a pierna suelta, disfrutando a todo sabor de uno de los sue\u00f1os m\u00e1s apacibles de su vida, cuando de repente entreabri\u00f3 los ojos sobresaltado, e incorpor\u00f3se a medias lleno a\u00fan de ese estupor del que vuelve en s\u00ed de improvisto despu\u00e9s de un sue\u00f1o profundo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 En las r\u00e1fagas del aire y confundido con los leves rumores de la noche, crey\u00f3 percibir un extra\u00f1o rumor de voces delgadas, dulces y misteriosas que hablaban entre s\u00ed, re\u00edan o cantaban cada cual por su parte y una\u00a0 cosa diferente, formando una algarab\u00eda tan ruidosa y confusa como la de los p\u00e1jaros que despiertan al primer rayo del sol entre las frondas de una alameda.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0 Este\u00a0 extra\u00f1o rumor s\u00f3lo se dej\u00f3 o\u00edr un instante, y despu\u00e9s todo volvi\u00f3 a quedar en silencio.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Sin duda so\u00f1aba con las majader\u00edas que nos refiri\u00f3 el zagal, se dijo Garc\u00e9s, restreg\u00e1ndose los ojos con mucha calma, y en la firme persuasi\u00f3n de que cuando hab\u00eda cre\u00eddo o\u00edr no era m\u00e1s que esa vaga huella del ensue\u00f1o que queda, al despertar, en la imaginaci\u00f3n como queda en el o\u00eddo la \u00faltima cadencia de una melod\u00eda despu\u00e9s que ha expirado temblando la \u00faltima nota. Y dominado por la invencible languidez que embargaba sus miembros, iba a reclinar de nuevo la cabeza sobre el c\u00e9sped, cuando torn\u00f3 a o\u00edr el eco distante de aquellas misteriosas voces, que acompa\u00f1\u00e1ndose del rumor del aire, del agua y de las hojas, cantaban as\u00ed:<\/p>\n<p><strong>CORO<\/strong><\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; El arquero que velaba en lo alto de la torre ha reclinado su pesada cabeza en el muro.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Al cazador furtivo que esperaba sorprender la res lo ha sorprendido el sue\u00f1o.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; El pastor que aguarda el d\u00eda consultando las estrellas, duerme ahora y dormir\u00e1 hasta el amanecer.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Reina de las ondinas , sigue nuestros pasos.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Ven a mecerte en las ramas de los sauces sobre el haz del agua.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Ven a embriagarte con el perfume de las violetas que se abren entre las sombras.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Ven a gozar de la noche, que es el d\u00eda de los esp\u00edritus.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Mientras flotaban en el aire las suaves notas de aquella deliciosa m\u00fasica, Garc\u00e9s se mantuvo inm\u00f3vil. Despu\u00e9s que se hubo desvanecido, con mucha precauci\u00f3n apart\u00f3 un poco las ramas, y no sin experimentar alg\u00fan sobresalto, vio aparecer las corzas, que en tropel y salvando los matorrales con ligereza incre\u00edble unas veces deteni\u00e9ndose como a escuchar otras, jugueteaban entre s\u00ed ya escondi\u00e9ndose entre la espesura, ya saliendo nuevamente a la senda, bajaban del monte en direcci\u00f3n al remanso del r\u00edo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Delante de sus compa\u00f1eras, m\u00e1s \u00e1gil, m\u00e1s linda, m\u00e1s juguetona y alegre que todas, saltando, corriendo, par\u00e1ndose y tornando a correr, de modo que parec\u00eda\u00a0 no tocar el suelo con los pies, iba la corza blanca, cuyo extra\u00f1o color destacaba como una fant\u00e1stica luz sobre el oscuro fondo de los \u00e1rboles.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Aunque el joven se sent\u00eda dispuesto a ver en cuando le\u00a0 rodeaba algo de sobrenatural y maravilloso, la verdad del caso era que, prescindiendo de la moment\u00e1nea alucinaci\u00f3n que turb\u00f3 un instante sus sentidos, fingi\u00e9ndole m\u00fasicas, rumores y palabras, ni en la forma de las corzas, ni en sus movimientos, ni en los cortos bramidos con que parec\u00edan llamarse, hab\u00eda nada con que no debiese estar ya muy familiarizado un cazador pr\u00e1ctico en esta clase de expediciones nocturnas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 A medida que desechaba la primera impresi\u00f3n, Garc\u00e9s comenz\u00f3 a comprenderlo as\u00ed, y ri\u00e9ndose interiormente de su incredulidad y su miedo, desde aquel instante s\u00f3lo se ocup\u00f3 en averiguar, teniendo en cuenta la direcci\u00f3n que segu\u00edan, el punto donde se hallaban las corzas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Hecho el c\u00e1lculo, cogi\u00f3 la ballesta entre los dientes, y arrastr\u00e1ndose como una culebra por detr\u00e1s de los lentiscos, fue a situarse sobre unos cuarenta pasos m\u00e1s lejos del lugar en que se encontraba. Una vez acomodado en su nuevo escondite, espero el tiempo suficiente para que las corzas estuvieran ya dentro del r\u00edo, a fin de hacer el tiro m\u00e1s seguro. Apenas empez\u00f3 a escucharse ese ruido particular que produce el agua cuando se bate a golpes o se agita con violencia, Garc\u00e9s\u00a0 comenz\u00f3 a levantarse poquito a poco y con las mayores precauciones, apoy\u00e1ndose en la tierra primero sobre la punta de los dedos, y despu\u00e9s con una de las rodillas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Ya\u00a0 de pie, y cercior\u00e1ndose a tientas de que el arma estaba preparada, dio un paso hac\u00eda delante, alarg\u00f3 el cuello por encima de los arbustos para dominar el remanso, y tendi\u00f3 la ballesta, tendi\u00f3 la vista buscando el objeto que hab\u00eda de herir, se escap\u00f3 de sus labios un imperceptible\u00a0 e involuntario grito de asombro.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La luna, que hab\u00eda ido remont\u00e1ndose con lentitud por el ancho horizonte, estaba inm\u00f3vil y como suspendida en la mitad del cielo. Su dulce claridad inundaba el soto, abrillantaba la intranquila superficie del r\u00edo y hacia ver los objetos como a trav\u00e9s de una gasa azul.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Las corzas hab\u00edan desaparecido.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 en su lugar, lleno de estupor y casi de miedo, vio Garc\u00e9s un grupo de bell\u00edsimas mujeres, de las cuales unas entraban en el agua jugueteando, mientras las otras acababan de despojarse de las ligeras t\u00fanicas que a\u00fan ocultaban a la codiciosa vista el tesoro de sus formas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 En esos ligeros y cortados sue\u00f1os de la ma\u00f1ana, ricos en im\u00e1genes risue\u00f1as y voluptuosas, sue\u00f1os di\u00e1fanos y celestes como la luz que entonces comienza a transparentarse a trav\u00e9s de las blancas cortinas del lecho, no0 ha habido nunca imaginaciones de veinte a\u00f1os que bosquejase con los colores de la fantas\u00eda\u00a0 una escena semejante a la que se ofrec\u00eda en aquel punto a los ojos del at\u00f3nito Garc\u00e9s.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Despojadas ya de sus t\u00fanicas y sus velos de mil colores, que destacaban sobre el fondo suspendidos de los \u00e1rboles o arrojados con descuido sobre la alfombra del c\u00e9sped, las muchachas discurr\u00edan a su placer por el soto, formando grupos pintorescos, y entraban y sal\u00edan en el agua, haci\u00e9ndola saltar en chispas luminosas sobre las flores de la margen como una menuda lluvia de roc\u00edo.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Aqu\u00ed una de ellas, blancas como el vell\u00f3n de un cordero, sacaba su cabeza rubia entre las verdes y flotantes hojas de un planta acu\u00e1tica, de la cual parec\u00eda una flor a medio abrir, cuyo flexible talle m\u00e1s bien se adivinaba que se ve\u00eda temblar debajo de los infinitos c\u00edrculos de luz de las ondas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Otra all\u00e1, con el cabello suelto sobre los hombros mec\u00edase suspendida de la rama de un sauce sobre la corriente del r\u00edo, y sus peque\u00f1os pies, color de rosa, hac\u00edan una raya de plata al pasar\u00a0 rozando la tersa superficie. En tanto que \u00e9stas permanec\u00edan recostadas a\u00fan al borde del agua con los ojos azules adormecidos aspirando con voluptuosidad del perfume de las flores y estremeci\u00e9ndose ligeramente al contacto de la fresca brisa, aqu\u00e9llas danzaban en vertiginosa ronda, entrelazando caprichosamente sus manos ,dejando caer atr\u00e1s la cabeza con delicioso abandono e hiriendo el suelo con el pie en alternada cadencia.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Era imposibles seguirlas en sus \u00e1giles movimientos, imposible abarcar con una mirada los infinitos detalles del cuadro que formaban, unas corriendo, jugando y persigui\u00e9ndose con alegres risas por entre el laberinto de los \u00e1rboles; otras surcando el agua como un cisne y rompiendo la corriente con el levantado seno; otras, sumergi\u00e9ndose en el fondo, donde permanec\u00edan largo rato para volver a la superficie, trayendo una de esas flores extra\u00f1as que nacen escondidas en el lecho de las aguas profundas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 La mirada del at\u00f3nito montero vagaba absorta de una lado a otro, sin saber d\u00f3nde fijarse, hasta que, sentado bajo un pabell\u00f3n de verdura que parec\u00eda servirle de dosel , y rodeada de un grupo de mujeres todas a cual m\u00e1s bella, que la ayudaban a despojarse de sus liger\u00edsimas vestiduras, crey\u00f3 ver el objeto de sus ocultas adoraciones; la hija del noble don Dion\u00eds, la incomparable Constanza.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Marchando de sorpresa en sorpresa, el enamorado joven no se atrev\u00eda ya a dar cr\u00e9dito\u00a0 ni al testimonio de sus sentidos , y cre\u00edase bajo la influencia de un sue\u00f1o fascinador y enga\u00f1oso.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 No obstante, pugnaba en vano por persuadirse de que todo cuando ve\u00eda era efecto del desarreglo de su imaginaci\u00f3n, porque mientras m\u00e1s la miraba, y m\u00e1s despacio, m\u00e1s se convenc\u00eda de que aquella mujer era Constanza.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 No pod\u00eda caber duda, no ; suyos eran aquellos ojos oscuros y sombreados de largas pesta\u00f1as, que apenas bastaban a amortiguar la luz de sus pupilas, suya aquella rubias y abundante cabellera que, despu\u00e9s de coronar su frente se derramaba por su blanco seno y sus redondas espaldas como una cascada de oro, suyos, en fin, aquel cuello airoso que sosten\u00eda su l\u00e1nguida cabeza, ligeramente inclinada como una flor que se rinde al peso de las gotas de roc\u00edo, y aquellas voluptuosas formas que \u00e9l hab\u00eda so\u00f1ado tal vez, y aquellas manos semejantes a manojos de jazmines, y aquellos pies diminutos, comparables s\u00f3lo con dos pedazos de nieve que el sol no ha podido derretir y que a la ma\u00f1ana blanquean entre la verdura.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 En el momento en que Constanza sali\u00f3 del bosquecillo, sin velo alguno que ocultase a los ojos de su amante los escondidos tesoros de su hermosura, sus compa\u00f1eras comenzaron nuevamente a cantar estas palabras con una melod\u00eda dulc\u00edsima:<\/p>\n<p><strong>CORO<\/strong><\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Genios del aire, habitadores del luminoso \u00e9ter, venid envueltos en un jir\u00f3n de niebla plateada.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Silfos invisibles, dejad el c\u00e1liz de los entreabiertos lirios y venid en vuestros carros de n\u00e1car, a los que vuelan unidas las mariposas.<br \/>\n\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Larvas de las fuentes, abandonad el lecho de musgo y caed sobre nosotras en menuda lluvia de perlas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Escarabajos de esmeralda, luci\u00e9rnagas de fuego, mariposas negras, !venid!.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Y venid vosotros todos, esp\u00edritus de la noche, venid zumbando como un enjambre de insectos de luz y de oro.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Venid, que ya el astro protector de los misterios brilla en la plenitud de su hermosura.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; Venid, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 -Venid, que las que os aman os esperan impacientes.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Garc\u00e9s, que permanec\u00eda inm\u00f3vil, sinti\u00f3 al o\u00edr aquellos cantares misteriosos que el \u00e1spid de los celos le mord\u00eda el coraz\u00f3n, y obedeciendo a, un impulso m\u00e1s poderoso que su voluntad, deseando romper de una vez el encanto que fascinaba sus sentidos, separ\u00f3 con mano tr\u00e9mula y convulsa el ramaje que le ocultaba, y de un solo salto se puso en la margen del r\u00edo. El encanto se rompi\u00f3, desvaneci\u00f3se todo como el humo, y al bullicioso tropel con las t\u00edmidas corzas, sorprendidas en lo mejor de sus nocturno juegos, hu\u00edan espantadas de su presencia, una por aqu\u00ed, otra por all\u00e1, cu\u00e1l salvando de un salto los matorrales, cu\u00e1l ganando a todo correr la trocha del monte.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a1Oh, bien dije yo que todas estas cosas no eran m\u00e1s que fantasmagor\u00edas del diablo!, exclam\u00f3 entonces el montero; pero por fortuna, esta vez ha andado un poco torpe, dej\u00e1ndome entre las manos la mejor presa.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Y, en efecto, era as\u00ed, la corza blanca, deseando escapar por el soto, se hab\u00eda lanzado entre el laberinto de sus \u00e1rboles, y enred\u00e1ndose en una red de madreselvas, pugnaba en vano por desasirse. Garc\u00e9s le encar\u00f3 la ballesta. pero en el mismo punto en que iba a herirla, la corza se volvi\u00f3 hac\u00eda en montero, y con voz clara y aguda detuvo su acci\u00f3n con un grito, dici\u00e9ndole:<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 &#8211; \u00bfGarc\u00e9s, qu\u00e9 haces?.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 El joven vacil\u00f3, y despu\u00e9s de un instante de duda, dej\u00f3 caer al suelo el arma, espantado a la sola idea de haber podido herir a su amante. Una sonora y estridente carcajada vino a sacarle al fin de su estupor, la corza blanca hab\u00eda aprovechado aquellos cortos instantes para acabarse de desenredar y huir ligera como un rel\u00e1mpago, ri\u00e9ndose de la burla hecha al montero.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a1Ah, condenado engendro de Satan\u00e1s!, exclam\u00f3 Garc\u00e9s con voz espantosa, recogiendo la ballesta con una rapidez indecible, pronto has cantado victoria pronto te has cre\u00eddo fuera de mi alcance, y esto diciendo, dej\u00f3 volar la saeta, que parti\u00f3 silbando y fue a perderse en la oscuridad del soto, en el fondo del cual son\u00f3 al mismo tiempo un grito, al que siguieron despu\u00e9s unos sonidos sofocados.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 \u00a1Dios m\u00edo!, exclam\u00f3 Garc\u00e9s, al percibir aquellos lamentos angustiosos. \u00a1Dios m\u00edo, si ser\u00e1 verdad!.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Y fuera de s\u00ed, como loco, sin darse cuenta apenas de lo que le pasaba, corri\u00f3 en la direcci\u00f3n en que hab\u00eda desaparecido la saeta, que era la misma en que sonaban los gemidos. Lleg\u00f3 al fin; pero al llegar, sus cabellos se erizaron de horror, las palabras se anudaron en su garganta y tuvo que amarrarse al tronco de un \u00e1rbol para no caer a tierra.<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Constanza, herida por su mano, expiraba all\u00ed a su vista, revolc\u00e1ndose en su propia sangre, entre las agudas zarzas del monte.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a0\u00a0\u00a0 En un peque\u00f1o lugar de Arag\u00f3n, y all\u00e1 por los a\u00f1os de mil trescientos y pico, viv\u00eda retirado en su torre se\u00f1orial un famoso caballero llamado don Dion\u00eds, el cual despu\u00e9s de haber servido a su rey en la guerra contra infieles, descansaba a la saz\u00f3n, entregado al alegre\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" href=\"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-corza-blanca-gustavo-adolfo-becquer\/\">Seguir leyendo&#8230;<i 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