{"id":1000,"date":"2010-12-10T17:50:10","date_gmt":"2010-12-10T15:50:10","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cultureduca.com\/blog\/?p=1000"},"modified":"2018-12-22T03:12:47","modified_gmt":"2018-12-22T01:12:47","slug":"la-ajorca-de-oro-gustavo-adolfo-becquer","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/natureduca.com\/culturblog\/la-ajorca-de-oro-gustavo-adolfo-becquer\/","title":{"rendered":"\u00abLa ajorca de oro\u00bb [Gustavo Adolfo B\u00e9cquer]"},"content":{"rendered":"<p>(Leyenda de Toledo)<\/p>\n<p>Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el v\u00e9rtigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que so\u00f1amos en los \u00e1ngeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diab\u00f3lica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.<\/p>\n<p>El la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni l\u00edmite; la amaba con ese amor en que se busca un goce y s\u00f3lo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, dir\u00edase que lo infunde el Cielo para la expiaci\u00f3n de una culpa.<\/p>\n<p>Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo; \u00e9l, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su \u00e9poca. Ella se llamaba Mar\u00eda Ant\u00fanez; \u00e9l, Pedro Alonso de Orellana. Los dos eran toledanos, y los dos viv\u00edan en la misma ciudad que los vio nacer.<\/p>\n<p>La tradici\u00f3n que refiere esta maravillosa historia acaecida hace muchos a\u00f1os, no dice nada m\u00e1s acerca de los personajes que fueron sus h\u00e9roes.<\/p>\n<p>Yo, en mi calidad de cronista ver\u00eddico, no a\u00f1adir\u00e9 ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos; mejor.<\/p>\n<p>El la encontr\u00f3 un d\u00eda llorando, y la pregunt\u00f3:<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 lloras?<\/p>\n<p>Ella se enjug\u00f3 los ojos, lo mir\u00f3 fijamente, arroj\u00f3 un suspiro y volvi\u00f3 a llorar.<\/p>\n<p>Pedro, entonces, acerc\u00e1ndose a Mar\u00eda le tom\u00f3 una mano, apoy\u00f3 el codo en el pretil \u00e1rabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del r\u00edo y torn\u00f3 a decirle:<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 lloras?<\/p>\n<p>El Tajo se retorc\u00eda gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol traspon\u00eda los montes vecinos; la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y s\u00f3lo el mon\u00f3tono ruido del agua interrump\u00eda el alto silencio.<\/p>\n<p>Mar\u00eda exclam\u00f3:<\/p>\n<p>No me preguntes por qu\u00e9 lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabr\u00e9 contestarte ni t\u00fa comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele m\u00e1s que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginaci\u00f3n, sin que ose formularlas el labio, fen\u00f3menos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancar\u00eda una carcajada.<\/p>\n<p>Cuando estas palabras expiraron, ella torn\u00f3 a inclinar la frente y \u00e9l a reiterar sus preguntas.<\/p>\n<p>La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:<\/p>\n<p>T\u00fa lo quieres; es una locura que te har\u00e1 re\u00edr; pero no importa; te lo dir\u00e9, puesto que lo deseas. Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen, su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandec\u00eda como un ascua de fuego; las notas del \u00f3rgano temblaban, dilat\u00e1ndose de eco en eco por el \u00e1mbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina. Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levant\u00e9 la cabeza y mi vista se dirigi\u00f3 al altar. No s\u00e9 por qu\u00e9 mis ojos se fijaron, desde luego, en la imagen; digo mal; en la imagen, no; se fijaron en un objeto que, hasta entonces, no hab\u00eda visto, un objeto que, sin que pudiera explic\u00e1rmelo, llamaba sobre s\u00ed toda mi atenci\u00f3n&#8230; No te r\u00edas&#8230;; aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su Divino Hijo&#8230; Yo apart\u00e9 la vista y torn\u00e9 a rezar&#8230; \u00a1Imposible! Mis ojos se volv\u00edan involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflej\u00e1ndose en las mil facetas de sus diamantes, se reproduc\u00edan de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de \u00e1tomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos esp\u00edritus de las llamas que fascinan con su brillo y su incre\u00edble inquietud&#8230; Sal\u00ed del templo; vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginaci\u00f3n. Me acost\u00e9 para dormir; no pude&#8230; Pas\u00f3 la noche, eterna con aquel pensamiento&#8230; Al amanecer se cerraron mis p\u00e1rpados, y, \u00bflo creer\u00e1s?, a\u00fan en el sue\u00f1o ve\u00eda cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y pedrer\u00eda; una mujer, s\u00ed, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se re\u00eda mof\u00e1ndose de m\u00ed. \u00bfLa ves? parec\u00eda decirme, mostr\u00e1ndome la joya. \u00a1C\u00f3mo brilla! Parece un c\u00edrculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. \u00bfLa ves? Pues no es tuya, no lo ser\u00e1 nunca, nunca&#8230; Tendr\u00e1s acaso otras mejores, m\u00e1s ricas, si es posible; pero \u00e9sta, \u00e9sta, que resplandece de un modo tan fant\u00e1stico, tan fascinador&#8230;, nunca, nunca. Despert\u00e9; pero con la misma idea fija aqu\u00ed, entonces como ahora, semejante a un clavo ardiendo, diab\u00f3lica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satan\u00e1s&#8230; \u00bfY qu\u00e9?&#8230; Callas, callas y doblas la frente&#8230; \u00bfNo te hace re\u00edr mi locura?<\/p>\n<p>Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimi\u00f3 el pu\u00f1o de su espada, levant\u00f3 la cabeza, que, en efecto, hab\u00eda inclinado, y dijo con voz sorda:<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 Virgen tiene esa presea?<\/p>\n<p>-La del Sagrario-\u00a0 murmur\u00f3 Mar\u00eda.<\/p>\n<p>-\u00a1La del Sagrario! -repiti\u00f3 el joven con acento de terror-. \u00a1La del Sagrario de la Catedral! &#8230;<\/p>\n<p>Y en sus facciones se retrat\u00f3 un instante el estado de su alma, espantada de una idea.<\/p>\n<p>-\u00a1Ah! \u00bfPor qu\u00e9 no la posee otra Virgen? -prosigui\u00f3 con acento en\u00e9rgico y apasionado-. \u00bfPor qu\u00e9 no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancar\u00eda para ti, aunque me costase la vida o la condenaci\u00f3n. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo&#8230;, yo, que he nacido en Toledo, \u00a1imposible, imposible!<\/p>\n<p>-\u00a1Nunca! -murmur\u00f3 Mar\u00eda con voz casi imperceptible-. \u00a1Nunca!<\/p>\n<p>Y sigui\u00f3 llorando.<\/p>\n<p>Pedro fij\u00f3 una mirada est\u00fapida en la corriente del r\u00edo; en la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebr\u00e1ndose al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial.<\/p>\n<p>\u00a1La Catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantescas palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una b\u00f3veda colosal y magn\u00edfica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado, el genio, toda una creaci\u00f3n de seres imaginarios y reales.<\/p>\n<p>Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las l\u00e1mparas.<\/p>\n<p>Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el esp\u00edritu de nuestra religi\u00f3n, sombr\u00edo como sus tradiciones, enigm\u00e1tico como sus par\u00e1bolas, y todav\u00eda no tendr\u00e9is una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y de la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porf\u00eda el tesoro de sus creencias; de su inspiraci\u00f3n y de sus artes.<\/p>\n<p>En su seno viven el silencio, la majestad, la poes\u00eda del misticismo y un santo honor que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra. La consunci\u00f3n material se alivia respirando el aire puro de las monta\u00f1as; el ate\u00edsmo debe curarse respirando su atm\u00f3sfera de fe.<\/p>\n<p>Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresi\u00f3n tan profunda como en los d\u00edas en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabern\u00e1culos se cubren de oro y pedrer\u00eda; sus gradas, de alfombras, y sus pilares, de tapices.<\/p>\n<p>Entonces cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil l\u00e1mparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la armon\u00eda de los \u00f3rganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos m\u00e1s profundos hasta las m\u00e1s altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios, que vive en \u00e9l, y lo anima con su soplo, y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.<\/p>\n<p>El mismo d\u00eda en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir se celebraba en la catedral de Toledo el \u00faltimo de la magn\u00edfica octava de la Virgen.<\/p>\n<p>La fiesta religiosa hab\u00eda tra\u00eddo a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya \u00e9sta se hab\u00eda dispersado en todas direcciones, ya se hab\u00edan apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo hab\u00edan rechinado sobre sus goznes para cerrarse detr\u00e1s del \u00faltimo toledano, cuando de entre las sombras, y p\u00e1lido, tan p\u00e1lido como la estatua de la tumba en que se apoy\u00f3 un instante mientras dominaba su emoci\u00f3n, se adelant\u00f3 un hombre que vino desliz\u00e1ndose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. All\u00ed, la claridad de una l\u00e1mpara permit\u00eda distinguir sus facciones.<\/p>\n<p>Era Pedro.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 hab\u00eda pasado entre los dos amantes para que se aprestara, al fin, a poner por obra una idea que s\u00f3lo al concebirla hab\u00eda erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero \u00e9l estaba all\u00ed, y estaba all\u00ed para llevar a cabo su criminal prop\u00f3sito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corr\u00eda en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.<\/p>\n<p>La catedral estaba sola, completamente sola y sumergida en un silencio profundo. No obstante, de cuando en cuando se percib\u00edan como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o, \u00bfqui\u00e9n sabe?, acaso ilusi\u00f3n de la fantas\u00eda, que oye y ve y palpa en su exaltaci\u00f3n lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.<\/p>\n<p>Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; lleg\u00f3 a la verja y sigui\u00f3 la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla est\u00e1n las tumbas de los reyes, cuyas im\u00e1genes de piedra, con la mano en la empu\u00f1adura de la espada, parecen velar noche y d\u00eda por el santuario, a cuya sombra descansan por toda una eternidad. \u00a1Adelante!, murmur\u00f3 en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parec\u00eda que sus pies se hab\u00edan clavado en el pavimento. Baj\u00f3 los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror; el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.<\/p>\n<p>Por un momento crey\u00f3 que una mano fr\u00eda y descarnada lo sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas l\u00e1mparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las im\u00e1genes del altar, y oscil\u00f3 el templo todo, con sus arcadas de granito y sus manchones de siller\u00eda.<\/p>\n<p>\u00a1Adelante!, volvi\u00f3 a exclamar Pedro como fuera de s\u00ed, y se acerc\u00f3 al ara; y trepando por ella, subi\u00f3 hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revest\u00eda de formas quim\u00e9ricas y horribles; todo era tinieblas o luz dudosa, m\u00e1s imponente a\u00fan que la oscuridad. S\u00f3lo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una l\u00e1mpara de oro, parec\u00eda sonre\u00edr tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.<\/p>\n<p>Sin embargo, aquella sonrisa muda e inm\u00f3vil que lo tranquilizara un instante concluy\u00f3 por infundirle temor, un temor m\u00e1s extra\u00f1o, m\u00e1s profundo que el que hasta entonces hab\u00eda sentido.<\/p>\n<p>Torn\u00f3 empero a dominarse, cerr\u00f3 los ojos para no verla, extendi\u00f3 la mano, con un movimiento convulsivo, y le arranc\u00f3 la ajorca, la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo, la ajorca de oro cuyo valor equival\u00eda a una fortuna.<\/p>\n<p>Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprim\u00edan con una fuerza sobrenatural; s\u00f3lo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro ten\u00eda miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se mov\u00edan lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extra\u00f1os.<\/p>\n<p>Al fin abri\u00f3 los ojos, tendi\u00f3 una mirada, y un grito agudo se escap\u00f3 de sus labios. La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, hab\u00edan descendido de sus huecos y ocupaban todo el \u00e1mbito de la iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupila.<\/p>\n<p>Santos, monjes, \u00e1ngeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confund\u00edan en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de m\u00e1rmol que \u00e9l hab\u00eda visto otras veces inm\u00f3viles sobre sus lechos mortuorios, mientras que, arrastr\u00e1ndose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos en las b\u00f3vedas ululaba, como los gusanos de un inmenso cad\u00e1ver, todo un mundo de reptiles y alima\u00f1as de granito, quim\u00e9ricos, deformes, horrorosos.<\/p>\n<p>Ya no pudo resistir m\u00e1s. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureci\u00f3 sus pupilas; arroj\u00f3 un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cay\u00f3 desvanecido sobre el ara.<\/p>\n<p>Cuando al otro d\u00eda los dependientes de la iglesia lo encontraron al pie del altar, ten\u00eda a\u00fan la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclam\u00f3 con una estridente carcajada:-<\/p>\n<p>-\u00a1Suya, suya!<\/p>\n<p>El infeliz estaba loco.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(Leyenda de Toledo) Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el v\u00e9rtigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que so\u00f1amos en los \u00e1ngeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diab\u00f3lica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos\u2026<\/p>\n<p class=\"continue-reading-button\"> <a class=\"continue-reading-link\" 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