LA AGRICULTURA ECOLÓGICA Y SOSTENIBLE Y LOS FERTILIZANTES ORGÁNICOS

 

Los antecedentes de la Revolución verde

A partir de mediados del pasado siglo XX, se manifestó un notable incremento de la productividad agrícola mundial, primero en Estados Unidos, extendiéndose posteriormente a numerosos países, fruto de una serie de estudios y prácticas de selección de vegetales (fundamentalmente cereales como el maíz, trigo y arroz), dirigidas por el ingeniero agrónomo estadounidense Norman Borlaug, y asistidas por diversas organizaciones agrícolas internacionales.

En 1945 Borlaug comenzó a estudiar los campos de trigo mexicanos y las royas que destruían cíclicamente los trigales, así como las técnicas de la agricultura tradicional de muy baja producción agrícola, y por tanto ineficaces para cubrir las necesidades de alimentación de una población cada vez más creciente. Tres años después, él y sus ayudantes habían conseguido obtener variedades muy resistentes, a la vez que comenzaron a difundir nuevas prácticas agrícolas. La eficacia de los nuevos métodos agronómicos y resistencia de las semillas (que permitió a México ser autosuficiente en trigo en 1956), impulsó aún más la investigación de nuevas variedades, y en solo diez años muchos países asiáticos, del Norte de África, Sudamérica, España… se beneficiaron de esta tecnología y preservaron de la hambruna a una enorme población humana. Este fenómeno fue conocido internacionalmente como “La Revolución verde”.

Las nuevas variedades de trigo obtenidas, más resistentes a las plagas, fundamentaron el éxito de la Revolución verde

Las nuevas variedades de trigo obtenidas, más resistentes a las plagas, fundamentaron el éxito de la Revolución verde. Imagen Wikimedia Commons

Los aspectos negativos de La Revolución verde

Pero no todo fueron buenas noticias. A pesar de que la Revolución verde supuso una extraordinaria explosión en cuanto al rendimiento de los cultivos, también produjo un grave desequilibrio en relación con los nutrientes de las variedades extendidas por todo el globo. La inmensa mayoría de cereales presentaban importantes deficiencias de calidad nutricional, por ejemplo en vitaminas, minerales, aminoácidos esenciales, etc., sólo contrarrestados por su alto valor calórico. La desnutrición comenzó a manifestarse en poblaciones aparentemente bien alimentadas, debido a la carencia general de esos nutrientes. Además, los animales alimentados con esos cereales, presentaban igualmente una pobreza nutricional, que se convertía en un ciclo cerrado cuando los productos animales entraban en la dieta humana.

No sólo la nutrición humana se había desequilibrado, sino que se presentaron nuevos problemas adicionales: los cultivos tradicionales adaptados históricamente a una zona desaparecieron y nuevas plagas hicieron acto de presencia. Las semillas se encarecieron y se creó una dependencia económica y tecnológica de la nueva Revolución verde.

Los nuevos conceptos agrícolas nacidos de la Revolución verde

Los problemas surgidos de la Revolución verde llevó al nacimiento de movimientos que comenzaron a luchar contra las nuevas técnicas agronómicas, a promover la disminución del uso de agroquímicos, a preservar la fertilidad del suelo, y a un mayor respeto de los ciclos ecológicos; buenas prácticas (las ecológicas) que todavía se hallaban en sus primeras manifestaciones ideológicas en la década de 1960 y 1970, así como las medioambientales, y que hoy en día la población es capaz de entender y llevar a la práctica con suficiente convencimiento de su necesidad.

Nacieron así, términos como agricultura ecológica, biológica, orgánica, sostenible, natural, tradicional, industrial, intensiva, extensiva… que pueden llegar a confundirnos. Varios de esos términos son sinónimos, y así, llamamos agricultura ecológica, a la agricultura orgánica o biológica, es decir, a aquel tipo de labor agrícola en donde no se utilizan sustancias químicas, ni plaguicidas, y se recurre a fertilizante orgánico de crecimiento, o abono de compostaje en lugar de productos de síntesis.

La agricultura tradicional es aquella que se ha realizado durante siglos por los pequeños campesinos, en general a escala reducida o familiar, habitualmente poco eficiente, y por tanto alejada de la industrial, que ocupa grandes terrenos, personal y maquinaria.

La agricultura intensiva es antagónica a la extensiva y la ecológica u orgánica, pues utiliza grandes cantidades de productos químicos y fertilizantes inorgánicos sobre terrenos más o menos extensos pero constantemente explotados, con objeto de reponer rápidamente los nutrientes que pierde el suelo en cada cultivo, ya que la razón de este tipo de agricultura es proveer continuamente los mercados de productos agrícolas. Es una práctica agronómica ecológicamente indeseable, debido a las grandes cantidades de energía que se emplean, así como el uso de productos fitosanitarios, mano de obra humana y mecánica.

Sembrado de soja de agricultura intensiva en Argentina. Imagen Wikimedia Commons

Sembrado de soja de agricultura intensiva en Argentina. Imagen Wikimedia Commons

Por su parte, la agricultura extensiva se opone a la intensiva, en el sentido de ser un sistema de producción que no busca el máximo rendimiento del suelo, por lo que el uso de productos químicos no son una prioridad. Suele practicarse sobre grandes extensiones de terreno, habitualmente alejados de los grupos de población urbana, y donde se realiza una rotación de cultivos para favorecer la fertilidad del suelo y alejar la posibilidad de que se asienten las plagas. Se utilizan además aquellos recursos naturales que ya existan en el lugar, como son las fuentes de agua naturales, y si es posible los procedentes de animales, pues muchas de estas explotaciones son agropecuarias, es decir, conviven la agricultura y la ganadería. En algunos casos este tipo de agricultura se acerca a la ecológica.

La agricultura sostenible y ecológica

Cuando hablamos de agricultura ecológica y agricultura sostenible, no hablamos exactamente de lo mismo, aunque tienen muchas similitudes. No toda la agricultura sostenible es ecológica, pero es seguro que toda la agricultura ecológica debería ser sostenible en lo que se refiere al ambiente natural. Desde la ya comentada Revolución verde nacida a mediados del pasado siglo XX, los notables incrementos de la productividad agrícola mundial comenzaron a preocupar a los científicos e investigadores, al observarse una serie de problemas de naturaleza medioambiental y socioeconómica.

La agricultura intensiva intentaba surtir las crecientes demandas de los mercados en un planeta cada vez más poblado y con menos área de cultivo percápita, pero esa agricultura empleaba grandes cantidades de recursos, no sólo hídricos, también de productos químicos y fitosanitarios. La sobreexplotación de los suelos y el uso descontrolado de recursos externos, comenzó a manifestar las consecuencias en forma de contaminación de los suelos, las aguas, el medioambiente, la diversidad biológica y, finalmente, la propia salud humana. La voz de alarma fue dada.

En 1987, el llamado Informe Brundtland, elaborado para la ONU con la dirección de la ministra noruega Gro Harlem Brundtland, recogía por primera vez el término “desarrollo sostenible” o “sustentable”. Su definición fue la de “satisfacer las necesidades humanas actuales evitando que las necesidades de las generaciones futuras queden comprometidas”. Para ello se requería un importante cambio en la idea de la sostenibilidad, dentro de un contexto socio-económico de desarrollo que respetase en lo posible las leyes de la ecología, pero no supeditándose estrictamente a ellas.

La agricultura sostenible pretende la optimización de la agricultura tradicional y de los recursos naturales, sean renovables o no, la lucha biológica contra plagas y enfermedades, la reducción de la producción de residuos, el control de las emisiones de gases de efecto invernadero…, todo ello sin renunciar al uso de una forma eficiente de fertilizantes y fitosanitarios tradicionales junto con los de origen orgánico o natural. También se tiene en cuenta el conocimiento y técnicas de la agricultura local tradicional que funcionan y son compatibles con una agricultura sostenible, reforzándolas en todo caso con las ciencias agronómicas modernas más que sustituyéndolas.

No se olvida en la agricultura sostenible los aspectos sociales y económicos, la competitividad productiva, la rentabilidad de la producción y la mejora en las condiciones de abastecimiento y salubridad de los alimentos. En definitiva: producir alimentos sanos con destino a las generaciones presentes, mediante métodos agronómicos sostenibles, a precios razonables pero suficientes para mantener la economía del sector agrario, y garantizando así que las generaciones venideras podrán seguir conservando un ciclo “sostenido” entre producción, consumo y cuidado medioambiental.

Por su parte, la agricultura ecológica es una técnica agronómica que incluye la mayoría de las prácticas de la agricultura sostenible, pero restringiendo o prohibiendo directamente el uso de determinados recursos. Además, aunque en la agricultura sostenible se estima en gran parte a la población consumidora y los aspectos socioeconómicos, la agricultura ecológica también integra el entorno social pero se enfoca preferentemente a la preservación del medioambiente, manteniendo la fertilidad de los suelos, la calidad del aire y los acuíferos. Los alimentos producidos mediante este tipo de agricultura deben estar exentos de plaguicidas, fertilizantes de síntesis o antibióticos. Está prohibido el uso de organismos genéticamente modificados (OMG), conocidos popularmente como transgénicos. La agricultura ecológica está regulada en numerosos países, y los productos deben ser certificados por las empresas mediante etiquetas ecológicas.

La agricultura ecológica es una agricultura sostenible donde se restringe o prohíbe el uso de determinados recursos. Imagen Wikimedia Commons

La agricultura ecológica es una agricultura sostenible donde se restringe o prohíbe el uso de determinados recursos. Imagen Wikimedia Commons

Cabe citar brevemente un tipo de agricultura llamado “natural”, también conocido como método Fukuoka, en referencia al biólogo y filósofo japonés del mismo nombre. Es una agricultura practicada de forma muy minoritaria, difícilmente aplicable para la obtención de alimentos masivos destinados a una amplia población en crecimiento. La agricultura natural respeta las condiciones inherentes a un ecosistema, es decir, su propia sucesión dinámica, en la cual no se trabaja la tierra, no se ara, no se poda, y se conserva intacta toda la fauna implicada, incluso las consideradas como plagas. Esta agricultura podría emular a las prácticas recolectoras de los primeros humanos, pues las plantas productivas se mantienen en su propio hábitat con la mínima interferencia humana, y los frutos son más bien “recolectados” en vez de “cultivados”.

Los fertilizantes orgánicos en la práctica de la agricultura ecológica y sostenible

Cuando se practica una agricultura sostenible, pero sobre todo ecológica, el uso de fertilizantes orgánicos se convierte en una prioridad. Más aún, en la agricultura ecológica certificada no se admiten fertilizantes de origen sintético.

La fertilidad de un suelo de cultivo consiste en la calidad y equilibrio adecuado en nutrientes favorables para el crecimiento de las plantas, junto a otros factores como su estructura, luz, humedad o temperatura. Cuando esa fertilidad no es buena o está muy limitada, es necesario añadirle nutrientes externamente.

Originalmente, un suelo que no es explotado intensivamente obtiene muchos nutrientes esenciales por varias vías. A través de la atmósfera recibe carbono y dióxido de nitrógeno; a través de las materias del sustrato obtiene nutrientes orgánicos e inorgánicos, procedentes de restos vegetales descompuestos (humus) y de los minerales disueltos procedentes de la meteorización de las rocas; a partir del riego o la lluvia obtiene no sólo la hidratación, sino también materias que son arrastradas e incorporadas desde otras zonas. De todo ello, la materia orgánica es la fuente potencial de nitrógeno (junto con el azufre y el fósforo), aportando alrededor del 95% de las necesidades de nitrógeno de las plantas. Esos tres elementos almacenados en la materia orgánica del suelo son reciclados continuamente a través de la biosfera en una serie de ciclos ecológicos. Se estima, que en total las plantas necesitan unos 16 elementos esenciales para su crecimiento; los más importantes son: oxígeno, nitrógeno, carbono, hidrógeno, calcio, fósforo, azufre, potasio y magnesio.

¿Pero qué sucede cuando la práctica de la agricultura reduce los nutrientes esenciales para el crecimiento de las plantas? Es entonces cuando resulta necesario compensar el déficit mediante la aportación de fertilizantes externos, en nuestro caso fertilizantes de origen orgánico dado el tipo de agricultura ecológica que deseamos practicar. Existen variadas materias orgánicas que se pueden incorporar a los suelos deficitarios; podemos hacerlo mediante productos comerciales ya formulados y preparados específicamente con elementos naturales y, adicionalmente o en sustitución, realizar prácticas de abonado orgánico tradicional. Veamos algunas:

El estiércol de granja

Ha sido tradicionalmente una de las materias orgánicas más recurridas, especialmente en las explotaciones agropecuarias, donde los animales formaban parte de un importante ciclo. Además de los tres nutrientes esenciales ya nombrados anteriormente, el estiércol contiene humus, que permite mejorar la estructura física del suelo y aumentar su capacidad para almacenar agua, de gran utilidad para que las plantas puedan absorberla en momentos de escasez, o cuando se filtra rápidamente debido a la porosidad del sustrato. Indirectamente, el humus también previene la erosión y disminuye la evaporación hídrica al formar un manto o acolchado.

Estiércol de caballo

Estiércol de caballo. Imagen Wikimedia Commons

Los abonos verdes

Consiste en cultivos que son cortados e incorporados al mismo suelo donde han crecido. Pueden ser cultivos de otoño (aquellos que soportan bien el invierno) o de primavera (aquellos que crecen rápidamente antes de la época de siembra o plantación). Los tipos de plantas a cultivar pueden ser hierbas o leguminosas, éstas son capaces de fijar el nitrógeno atmosférico gracias a unas bacterias que viven en las raíces. Estas materias se van descomponiendo e incorporando los nutrientes al suelo lentamente. Al igual que sucedía con el estiércol de granja, el abono verde también contribuye a mejorar la estructura del suelo, conservar la humedad y evitar la lixiviación de los nutrientes.

El compost y la turba

El compost no es más que restos orgánicos (hojas, hierbas, ramas, frutas, verduras, plantas silvestres…) que se dejan descomponer en un lugar reservado para ello. Aunque no es un fertilizante en sí mismo debido a su bajo contenido en nutrientes esenciales, sí es útil para mejorar la estructura del suelo y favorecer la proliferación de microorganismos beneficiosos. Además, aunque en la composición del compost hay un bajo contenido de nitrógeno, éste es liberado muy lentamente, lo que permite que esté siempre disponible a lo largo del año cuando el nitrógeno añadido externamente es lixiviado por las aguas de lluvia o un riego excesivo. Con la práctica de añadir compost a los suelos de cultivo, se va obteniendo con el tiempo una mejora sustancial en la retención natural del agua y su absorción por las plantas.

Depósito de compostaje. Imagen Wikimedia Commons

Depósito de compostaje. Imagen Wikimedia Commons

La turba consiste en restos de vegetación que sufrieron un proceso de carbonización parcial (primera etapa de la transformación en carbón mineral), sucedida en un ambiente húmedo y carente de oxígeno, habitualmente en marismas y pantanos. Con el paso del tiempo (cientos e incluso miles de años) se forman turberas de las que se obtiene un sustrato orgánico rico en carbono y pobre en nitrógeno. Es adecuado para el cultivo de plantas por su alta capacidad de retención de la humedad, pero debe ser enriquecido con nutrientes externos, por ejemplo fertilizantes orgánicos procedentes de otras fuentes.

Los fertilizantes orgánicos comerciales

Fertilizante orgánico comercial. Imagen cortesía de eurogrow.es

Es notoria la necesidad creciente de contar con fertilizantes orgánicos para la práctica de la agricultura ecológica y sostenible. Aunque muchos agricultores procesan todavía sus propias materias para la obtención de fertilizantes orgánicos, es evidente la variabilidad de los resultados si no se emplea un método científico de procesamiento, medición, analítica y equilibrado. Los subproductos de origen animal y vegetal pueden presentar inicialmente notables diferencias, por variadas causas, como el tipo de vegetal, la especie animal, las condiciones ambientales del proceso, etc. En consecuencia, los fertilizantes resultantes de diferentes lotes raramente serán homogéneos en su estructura química.
Hoy en día, ese problema está superado, y las empresas fabricantes de fertilizantes orgánicos cuentan con la tecnología y la preparación humana para elaborar y ofrecer productos orgánicos equilibrados. El siguiente fertilizante Bio Heaven https://eurogrow.es/biobizz-productos-biologicos/349-bio-bizz-bio-heaven.html, de la marca Biobizz, es un ejemplo de producto compuesto íntegramente por sustancias 100% orgánicas (aminoácidos, nutrientes, proteínas vegetales, humus…), para enriquecer el sustrato, fortalecerlo y estimular la acción enzimática y proteínica de las plantas.

Por último, indicar no obstante que incluso utilizando fertilizantes orgánicos bien formulados, se requiere una práctica y comprensión de cómo funciona la liberación de los distintos elementos y su absorción por las plantas, ya que esa liberación (por ejemplo del nitrógeno, por ser uno de los más importantes, pero también del fosfato y potasio) se produce de forma diferente en un fertilizante orgánico y en uno sintético o inorgánico. En el orgánico la liberación se manifiesta lentamente (la forma deseada), y no está disponible de inmediato para las plantas como sí sucede en el sintético, el cual presenta como inconveniente que desaparece casi tan pronto como es absorbido, por tanto los fertilizantes sintéticos deben aplicarse con más frecuencia, con los consiguientes perjuicios no sólo económicos. Estos procesos son complejos y requerirían un artículo aparte para profundizar en ellos.

Así pues, comprendiendo el funcionamiento de los fertilizantes orgánicos, estaremos en condiciones de aprovechar los notables beneficios que sin duda aportarán a nuestros cultivos ecológicos o sostenibles, y en general al medio ambiente natural.

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Un comentario:

  1. Grandioso post!! Enhorabuena por vuestro gran trabajo!

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